Bouvard y Pécuchet. La novela (III)

Gustave Flaubert






3

Para saber de química se consiguieron el curso de Regnault, y lo primero que aprendieron fue que «los cuerpos simples son tal vez compuestos».

Se distinguen en metaloides y en metales, diferencia que no tiene «nada de absoluto», dice el autor. Lo mismo es aplicable a los ácidos que a las bases, «porque un cuerpo puede comportarse como un ácido o como una base, según las circunstancias».

Esta observación les pareció extravagante. Las proporciones múltiples inquietaron a Pécuchet.

—Me parece a mí que, dado que una molécula A, supongamos, se combina con varias partes de B, esta molécula debe dividirse en otras tantas partes; pero si se divide, deja de ser la unidad, la molécula primordial. En resumen, no lo entiendo.
—¡Tampoco yo! —decía Bouvard.

Y recurrieron a una obra menos difícil, la de Girardin, merced a la cual adquirieron la certeza de que diez litros de aire pesan cien gramos, que no hay plomo en la mina de los lápices, que el diamante no es más que carbono.

Pero lo que sobre todo los dejó estupefactos fue que la tierra, como elemento, no existe.

Comprendieron el manejo del soplete, cómo actúan el oro, la plata, la lejía, el estañado de las cacerolas; luego, sin el menor reparo, Bouvard y Pécuchet se lanzaron a la química orgánica.

¡Qué maravilla encontrar en los seres vivos las mismas sustancias que componen los minerales! Sintieron, sin embargo, una especie de humillación ante la idea de que sus cuerpos contenían fósforo como las cerillas, albúmina como la clara de huevo, hidrógeno como los mecheros de gas.

Tras los colores y los cuerpos grasos, le llegó el turno a la fermentación.

Esta les llevó a los ácidos, y la ley de los equivalentes les puso en aprietos una vez más. Trataron de aclararla con la teoría de los átomos, lo cual les hizo perderse definitivamente.

Para comprender todas estas cosas, según Bouvard, se requerían unos instrumentos.

El gasto era considerable; y habían hecho ya demasiados.

Pero seguro que el doctor Vaucorbeil podía ilustrarles.

Se presentaron en su consulta dentro del horario de atención médica.

—¡Señores, soy todo oídos! ¿Qué mal tienen?

Pécuchet respondió que no estaban enfermos y, tras haber explicado la razón de su visita, añadió:

—Quisiéramos hacernos una idea en primer lugar de la atomicidad superior.

El médico se puso rojo como la grana, luego les censuró el que quisieran saber de química.

—¡No niego su importancia, por supuesto! ¡Pero actualmente se la encuentra uno hasta en la sopa! Ejerce sobre la medicina una influencia nefasta.

Y la autoridad de sus palabras se veía reforzada por el espectáculo de las cosas que le rodeaban.

Había diaquilón y vendas abandonados sobre la repisa de la chimenea. El maletín quirúrgico descansaba en medio del escritorio, había una palangana llena de sondas en un rincón y, colgada de la pared, la imagen de un desollado.

Pécuchet hizo un cumplido al médico.

—¡Debe de ser bonito estudiar anatomía!

Vaucorbeil se extendió sobre la fascinación que ejercían sobre él en otro tiempo las disecciones; y Bouvard preguntó sobre las diferencias que existen entre los órganos internos de la mujer y los del hombre.

Para complacerle, el médico sacó de la biblioteca una colección de láminas anatómicas.

—¡Pueden llevárselas! ¡En casa podrán mirarlas con más calma!

El esqueleto les asombró por lo prominente de la mandíbula, las cavidades de los ojos, la espantosa largura de las manos. Echaban de menos un texto explicativo; volvieron a la consulta de Vaucorbeil y gracias al manual de Alexandre Lauth aprendieron las subdivisiones de la osamenta, quedando asombrados ante la espina dorsal, dieciséis veces más fuerte, dicen, que si el Creador la hubiera hecho recta. Pero ¿por qué dieciséis veces?

Los metacarpos dejaron con los ánimos por los suelos a Bouvard; Pécuchet, que estudiaba con ahínco el cráneo, se desalentó ante el esfenoides, aunque se pareciera a una «silla turca o turquesa».

En cuanto a las articulaciones, había demasiados ligamentos que las ocultaban; y pasaron a los músculos.

Pero las inserciones no eran fáciles de descubrir, y, al llegar a las apófisis articulares, renunciaron por completo.

Pécuchet dijo entonces:

—¿Y si volviéramos a la química, aunque solo sea para aprovechar el laboratorio?

Bouvard protestó; y le pareció recordar que existían falsos cadáveres, fabricados para uso de los países cálidos.

Barberou, a quien escribió, le proporcionó información al respecto: por diez francos al mes se podía contar con uno de los muñecos de Auzoux, y a la semana siguiente el correo de Falaise depositaba delante de la cancela una caja oblonga.

La trasladaron al cuarto del horno, muy emocionados. Una vez desclavadas las tablas, retirada la paja, quitado el papel de seda, apareció el maniquí.

Era de color ladrillo, sin cabellos, sin piel, con innumerables venillas azules, rojas y blancas. No se parecía en absoluto a un cadáver, sino a una especie de juguete, desagradable de ver, relimpio, que olía a barniz.

Después le quitaron el tórax, y descubrieron los pulmones, semejantes a dos esponjas; el corazón era como un gran huevo, un tanto ladeado por detrás, el diafragma, los riñones, todo el paquete intestinal.

—¡A la tarea! —dijo Pécuchet.

Así se les pasaron volando el día y la noche.

Se habían puesto sus batas, como hacen los estudiantes de medicina en los anfiteatros anatómicos, y estaban trabajando, a la luz de tres velas, con sus pedazos de cartón cuando llamaron a la puerta.

—¡Adelante!

Era Foureau, seguido del guarda rural.

Los amos, entusiasmados, habían mostrado el maniquí a Germaine. Esta había corrido inmediatamente a contárselo al tendero, y ahora todo el pueblo creía que escondían en su casa un verdadero cadáver. Foureau, cediendo a la voz pública, venía a cerciorarse del hecho; en el patio no faltaban los curiosos.

El muñeco, cuando entró el alcalde, yacía de costado; y tenía los músculos de la cara descolgados, el ojo asomaba monstruoso, tenía algo de espantable.

—¿Qué le trae por aquí? —preguntó Pécuchet.

Foureau balbució:

—¡Nada! ¡Absolutamente nada!

Y, levantando una de las piezas que había sobre la mesa, preguntó:

—¿Y esto qué es?
—El bucinador —contestó Bouvard.

Foureau guardó silencio, pero sonreía sardónicamente, celoso de que ellos tuvieran una diversión que superaba sus competencias.

Los dos anatomistas fingían proseguir sus investigaciones. La gente, que se aburría en la puerta, había entrado en el cuarto del horno y, como se empujaban un poco, la mesa se tambaleó.

—¡Ah!, ¡esto es demasiado! —se puso a chillar Pécuchet—; ¡mande que se largue el público!

El guarda rural hizo salir a los curiosos.

—¡Muy bien! —dijo Bouvard—, ¡no necesitamos a nadie!

Foureau captó la alusión, y les preguntó si tenían derecho, no siendo médicos, a poseer un objeto como aquél. En cualquier caso, le escribiría al prefecto.

¡Qué país! No lo había más inepto, salvaje y retrógrado. La comparación que establecieron ellos mismos con los otros les consoló; y ambicionaban sufrir por la ciencia.

Vino a verles también el médico. Este se mostró muy severo en su crítica del maniquí por su escaso parecido con el natural, pero aprovechó la circunstancia para impartir una lección.

Bouvard y Pécuchet quedaron encantados, y, a petición suya, Vaucorbeil les prestó varios libros de su biblioteca, no sin comentar que, en cualquier caso, no conseguirían llegar hasta el fondo.

Ellos tomaron nota del Diccionario de ciencias médicas de los casos excepcionales de parto, longevidad, obesidad y estreñimiento. ¡Ay si hubiesen podido conocer al famoso canadiense de Beaumont, a los polífagos Tarare y Bijou, a la mujer hidrópica del departamento del Eure, al piamontés que iba al retrete cada veinte días, a Simon de Mirepoix, que murió osificado, y a aquel viejo alcalde de Angulema cuya nariz pesaba casi un kilo y medio!

El cerebro les inspiró reflexiones filosóficas. En su interior distinguían perfectamente el septum lucidum, compuesto de dos laminillas, y la glándula pineal, parecida a un guisante rojo; pero había también pedúnculos y ventrículos, arcos, pilares, pisos, ganglios y fibras de toda especie, y el foramen de Pacchioni y los cuerpos de Pacini, en suma, un amasijo inextricable, con el que pasarse toda una vida.

A veces, en un arrebato, desmontaban completamente el cadáver, y luego eran ya incapaces de volver a colocar las piezas en su sitio.

Era una tarea ardua, sobre todo después de comer, y no tardaban en dormirse, Bouvard con el mentón bajado y sacando tripa, Pécuchet con la cabeza entre las manos y los codos sobre la mesa.

A menudo, en ese momento, Vaucorbeil, de vuelta de sus primeras visitas, entreabría la puerta.

—Bien, colegas, ¿cómo va la anatomía?
—¡Muy bien! —respondían ellos.

Entonces él les hacía preguntas por el simple placer de ponerles en un aprieto.

Cuando estaban hartos de un órgano, pasaban a otro, abordando y abandonando por turno el corazón, el estómago, los oídos, los intestinos, porque el muñeco de cartón les aburría mortalmente a pesar de sus esfuerzos por interesarse por él. Finalmente el doctor les sorprendió cuando lo volvían a meter en la caja.

—¡Bravo! Me lo esperaba.

No eran estudios para emprenderlos a su edad, y la sonrisa que acompañaba aquellas palabras les hirió en lo más vivo.

¿Con qué derecho los consideraba unos ineptos? ¿Acaso la ciencia era propiedad privada de aquel señor? ¡Como si él fuese un personaje tan superior!

Así pues, aceptando el desafío, fueron hasta Bayeux para comprar unos libros.

Era la fisiología lo que les faltaba, y un librero les consiguió los tratados de Richerand y de Adelon, famosos en la época.

Todos los lugares comunes sobre las edades, el sexo y el temperamento les parecieron de la mayor importancia. Se alegraron de saber que en el sarro de los dientes anidaban tres especies de microbios, que la sede del gusto está en la lengua y la sensación de hambre nace en el estómago.

Para comprender mejor su funcionamiento, lamentaban no tener la capacidad de rumiar, tal como la habían tenido Montègre, Gosse y el hermano de Bérard, y masticaban despacio, trituraban, salivaban, acompañando con el pensamiento el bolo alimenticio hasta sus vísceras, siguiéndolo incluso hasta sus últimas consecuencias, llenos de un escrúpulo metódico, de una atención casi religiosa.

Para producir artificialmente las fases de la digestión, comprimieron carne en una ampolleta que contenía jugo gástrico de pato, y la llevaron debajo del sobaco durante quince días, sin otro resultado que contraer una infección.

Les vieron correr a lo largo de la carretera general, vestidos con unas ropas mojadas y expuestos al sol abrasador. Era para verificar si la sed se aplaca mediante la aplicación de agua en la epidermis. Regresaron jadeando, ambos con un resfriado.

El oído, la fonación, la vista fueron despachados rápidamente; pero Bouvard quiso profundizar en la generación.

Las reservas que Pécuchet tenía sobre la materia siempre le habían sorprendido. Su ignorancia le pareció tan absoluta que le presionó para que se explicara, y Pécuchet, enrojeciendo, acabó por confesar.

Unos bromistas, en cierta ocasión, le habían llevado a una casa de citas, casa de la que había salido a escape, reservándose para la mujer que amase un día. Esta feliz ocasión no se había presentado nunca, tanto es así que por falso pudor, estrecheces económicas, miedo a las enfermedades, obstinación, costumbre, a los cincuenta años, pese a haber vivido en la capital, era todavía virgen.

A Bouvard le costó creerlo; luego se retorció de risa, pero dejó de hacerlo al darse cuenta de que los ojos de Pécuchet se inundaban de lágrimas; porque no le habían faltado las pasiones; se había enamorado sucesivamente de una volatinera, de la cuñada de un arquitecto, de una dependienta y, por último, de una pequeña lavandera y estaba incluso a punto de casarse cuando descubrió que ella estaba embarazada de otro.

Bouvard le dijo:

—Siempre hay manera de recuperar el tiempo perdido. ¡No hay que ponerse triste, vamos! Ya me ocuparé yo, si quieres…

Pécuchet replicó, suspirando, que ni pensarlo; y continuaron con su fisiología.

¿Es cierto que la superficie de nuestro cuerpo desprende de forma permanente un sutil vapor? Prueba de ello es que el peso de un hombre disminuye a cada minuto. Si cada día se consigue hacer cuadrar la suma de lo que falta y la resta de lo que sobra, la salud se mantendrá en perfecto equilibrio. Santorio, el inventor de esta ley, se pasó medio siglo pesando a diario sus comidas con sus respectivas excreciones, y se pesaba a sí mismo, sin concederse más tregua que el tiempo empleado para anotar sus cálculos.

Trataron de imitar a Santorio. Pero, como su balanza no podía aguantar a ambos, le tocó empezar a Pécuchet.

Este se quitó la ropa para no impedir la transpiración, y permanecía sobre la plataforma, completamente desnudo, dejando ver, pese a su pudor, su torso muy alargado, semejante a un cilindro, con unas piernas cortas, los pies planos y la piel morena. A su lado, en una silla, su amigo procedía a la lectura.

Algunos sabios pretenden que el calor animal se desarrolla por medio de las contracciones musculares, y que es posible, moviendo los músculos del tórax y de la zona pélvica, elevar la temperatura de un baño tibio.

Bouvard fue a buscar su bañera y, cuando todo estuvo listo, se sumergió en ella, provisto de un termómetro.

Los añicos de la destilería, amontonados al fondo del local, dibujaban en la sombra una especie de montículo. De vez en cuando se oía el roer de los ratones; emanaba un olor rancio a plantas aromáticas y, encontrándose a sus anchas, charlaban tan tranquilos.

Pero Bouvard sentía un cierto fresquito.

—¡Mueve los miembros! —dijo Pécuchet.

Él los agitó, pero el termómetro no se movió.

—Sigue estando fría.
—Tampoco yo tengo calor —repuso Pécuchet, presa también de un estremecimiento—, ¡pero mueve la zona pélvica! ¡Muévela!

Bouvard abría los muslos, hacía torsiones con los costados, hacía oscilar el vientre, resoplaba como un cachalote, luego miraba el termómetro, que no paraba de bajar:

—¡No entiendo nada! ¡Y, sin embargo, me muevo!
—¡No lo bastante!

Y reanudaba su gimnasia.

Llevaba así tres horas cuando empuñó el tubo por enésima vez.

—Pero ¡cómo! ¡Doce grados! ¡Ah, se acabó, lo dejo!

Entró un perro, medio dogo, medio braco, con el pelaje rubio, sarnoso, y la lengua colgando.

¿Qué hacer? No había campanilla, y la sirvienta era sorda. Les castañeteaban los dientes, pero no se atrevían a moverse, por miedo a que les mordiera.

Pécuchet consideró oportuno lanzar unas amenazas, revolviendo los ojos.

Entonces el perro se puso a ladrar, y comenzó a saltar en torno a la balanza en la que Pécuchet, agarrándose a las cuerdas y doblando las rodillas, trataba de elevarse lo más posible.

—Eso no se hace así —dijo Bouvard; y se puso a dirigirle sonrisitas al perro, diciéndole palabras cariñosas.

El perro adivinó, sin duda, sus intenciones. Trataba de acariciarle, le ponía las patas sobre los hombros, le arañaba con las uñas.

—¡Pero vamos! ¡Ahora se ha llevado mi pantalón!

El animal se echó sobre él y permaneció tranquilo.

Finalmente, no sin grandes precauciones, se atrevieron el uno a bajar de la plataforma y el otro a salir de la bañera; y una vez vestido, a Pécuchet se le escapó esta exclamación:

—Tú, guapo, nos servirás para nuestros experimentos.

¿Qué experimentos?

Se le podía inyectar fósforo y luego encerrarlo en la bodega para ver si echaba fuego por el hocico. Pero ¿cómo inyectárselo? Y, en cualquier caso, no les venderían fósforo.

Pensaron en encerrarle debajo de una campana neumática, hacerle respirar gas, darle a beber venenos. Pero quizá esto no fuera divertido. Finalmente se decidieron por la magnetización del acero por medio del contacto con la médula espinal.

Dominando la emoción, Bouvard le iba dando las agujas que tenía en un plato a Pécuchet, quien se las iba clavando en las vértebras. Las agujas se rompían, se le resbalaban, caían al suelo; él cogía otras y se las hundía con fuerza, a troche y moche. El perro, tras romper las ataduras, atravesó como una bala de cañón los cristales de la ventana, cruzó el patio, la entrada y se presentó en la cocina.

Germaine se puso a dar alaridos al verle totalmente ensangrentado y con unas cuerdas enrolladas en las patas.

Los amos, que le perseguían, entraron justo en aquel momento. El perro desapareció de un salto.

La vieja criada les reconvino:

—¡Una estupidez más de las suyas, no me cabe la menor duda! ¡Y mi cocina, miren en qué estado ha quedado! ¡Ahora quizá le entre la rabia! ¡Por menos meten a la gente en la cárcel!

Volvieron al laboratorio para comprobar las agujas. Ni una atrajo ni pizca de limadura.

Luego, la hipótesis de Germaine les inquietó. Podía tener la rabia, volver de improviso y atacarles.

Al día siguiente pidieron información por todas partes, y, durante muchos años se alejaban corriendo, en el campo, apenas aparecía un perro parecido a aquél.

Los otros experimentos fueron un fracaso. Contrariamente a lo que sostenían los autores, las palomas que desangraron, ya tuvieran el buche lleno o vacío, perecieron en el mismo lapso. Unos gatitos mantenidos bajo el agua murieron al cabo de cinco minutos, y una oca, a la que habían atiborrado de rubia, dio unos periostos completamente blancos.

La alimentación era su cruz.

¿Cómo era posible que el mismo jugo produjera huesos, sangre, linfa y excrementos? Era imposible seguir las metamorfosis de un alimento. El hombre que toma uno solo es químicamente semejante al que toma varios. Vauquelin, que había calculado toda la cal que contiene la avena de una gallina, encontró cantidades mayores en la cáscara de sus huevos.

Por consiguiente, se verifica una producción de sustancia. ¿De qué modo? No se sabe nada al respecto.

Tampoco se sabe cuál es la fuerza del corazón. Borelli la identifica con la que se requiere para levantar un peso de ochenta y una toneladas, y Kiell la evalúa en unos doscientos veinticinco gramos, por lo que concluyeron que la fisiología es (según un viejo dicho) la novela de la medicina. Al no haber conseguido comprenderla, dejaron de creer en ella.

Pasó un mes de inactividad. Luego pensaron en su huerto.

El árbol muerto, tendido allí en medio, les molestaba. Lo escuadraron. Resultó un ejercicio fatigoso. Bouvard tenía muy a menudo que mandar arreglar sus útiles en una herrería.

Un día en que iba para allí se le acercó un hombre que cargaba sobre la espalda un saco de tela, y le ofreció almanaques, devocionarios, medallas bendecidas y, por último, el Manual de la salud, de François Raspail.

El opúsculo le gustó tanto que le escribió a Barberou para que le mandara la obra completa. Barberou se la remitió, indicándole en la carta la botica donde encontrar las medicinas.

Les encantó la claridad expositiva. Cada enfermedad es originada por unas lombrices. Estas estropean los dientes, minan los pulmones, hinchan el hígado, destruyen el intestino y provocan ventosidades. Lo ideal para liberarse de ellas es el alcanfor. Bouvard y Pécuchet lo adoptaron. Lo aspiraban por la nariz, lo mascaban y lo distribuían en cigarrillos, frascos de agua sedativa y píldoras de áloe. Se propusieron incluso enderezar a un jorobado.

Era un niño que habían conocido un día en una feria. La madre, una mendiga, se lo traía a su casa cada mañana. Ellos le hicieron fricciones en la giba con grasa alcanforada, le aplicaron durante veinte minutos una cataplasma a base de mostaza, luego la recubrían con diaquilón y, para asegurarse de que volviera, le daban de comer.

Sin otra cosa en la cabeza que los helmintos, Pécuchet descubrió en una mejilla de la señora Bordin una mancha sospechosa. El médico se la trataba desde hacía bastante tiempo con amargos; redonda al principio como una moneda de veinte céntimos, la mancha había crecido y formaba ya un círculo rosáceo. Querían curársela. Ella aceptó; pero exigió que fuera Bouvard quien le aplicara el ungüento. Se ponía ante la ventana, se desabrochaba la parte alta del corsé y se estaba allí presentándole la mejilla, mirándole con unos ojos que hubieran sido peligrosos de no haber estado presente Pécuchet. Sin excederse en las dosis prescritas, y pese al temor al mercurio, le suministraron calomel. Un mes después, la señora Bordin estaba curada.

Ella les hizo propaganda, y el recaudador de impuestos, el secretario del Ayuntamiento, el alcalde mismo, todos en Chavignolles chupaban boquillas.

Pero el jorobado no se enderezaba. El recaudador dejó de fumar los cigarrillos alcanforados, pues le agravaban sus crisis de asma. Foureau les acusó de que las píldoras de áloe le provocaban hemorroides. Bouvard tuvo dolores de estómago y Pécuchet terribles jaquecas. Perdieron su confianza en Raspail, pero procuraron no decir palabra de ello, temiendo que se resintiera la consideración de que gozaban.

Y mostraron un gran entusiasmo por la vacuna, aprendieron a hacer sangrías en unas hojas de col y hasta compraron un par de lancetas.

Acompañaban al médico a visitar a los pobres, luego consultaban sus libros.

Los síntomas expuestos por los autores no eran los que acababan de ver. En cuanto a los nombres de las enfermedades, entre el latín, el griego y el francés, aquello era un galimatías de lenguas.

Se cuentan por millares, y la clasificación de Linneo es sumamente cómoda, con sus géneros y especies; pero ¿cómo establecer las especies? Entonces se perdieron en la filosofía de la medicina.

Soñaban con el archeus de Van Helmont, el vitalismo, el brownismo, el organicismo; preguntaban al médico de dónde venía el germen de la escrófula, hacia qué punto se dirige el miasma contagioso, y la manera de distinguir causa y efectos en todos los fenómenos morbosos.

—Causa y efecto se confunden —respondía Vaucorbeil.

Su falta de lógica les irritó; y visitaron ellos solos a los enfermos, entrando en las casas so pretexto de la filantropía.

Al fondo de las habitaciones, en unos sucios colchones, yacía gente con la cara caída de un lado; otros la tenían hinchada o de un rojo escarlata, de color limón, o bien morado, con las ventanillas de la nariz contraídas, la boca hecha un temblor, y percibían estertores, sollozos, sudores, olores a cuero o a queso rancio.

Leían las prescripciones médicas, y se sorprendían sobremanera de que los calmantes fueran a veces excitantes, los eméticos purgantes, que un mismo remedio sirviera para enfermedades distintas, y que una enfermedad se curara con tratamientos opuestos.

Ello no obstante, daban consejos, levantaban la moral, tenían la osadía de auscultar.

Su imaginación no paraba. Le escribieron al rey para que fundase en Calvados un instituto de enfermeros, ofreciéndose ellos como profesores.

Hasta fueron a ver al boticario de Bayeux (pues el de Falaise la tenía tomada con ellos por el asunto de la azufaifa), y le animaron para que preparara, como los antiguos, unas pila purgatoria, es decir, esas bolitas de sustancias medicamentosas que el individuo puede absorber simplemente a fuerza de manosearlas.

Partiendo del razonamiento de que disminuyendo el calor se evitan las flegmasías, colgaron de las vigas del techo el sillón en el que había una mujer con meningitis, y la estaban columpiando con toda su fuerza cuando se presentó el marido y los echó a cajas destempladas.

Finalmente, con gran escándalo del párroco, habían adoptado la nueva moda de introducir el termómetro por el recto.

Se propagó una fiebre tifoidea por los contornos: Bouvard declaró que no se ocuparía de ella. Pero la mujer de Gouy, el arrendatario, fue a llorarle a su casa. Tenía a su marido enfermo desde hacía quince días, y Vaucorbeil lo desatendía.

Pécuchet se sacrificó.

Las manchas lenticulares en el pecho, los dolores en las articulaciones, el vientre hinchado, la lengua roja, eran todos ellos síntomas de dotienentería. Recordando lo que decía Raspail de que prescindiendo de la dieta se elimina la fiebre, prescribió caldos y un poco de carne. De pronto se presentó el médico.

El enfermo estaba comiendo, recostado sobre dos almohadas, entre su mujer y Pécuchet, que le empapuzaban a la fuerza.

Se acercó a la cama, lanzó volando el plato por la ventana y se puso a gritar:

—¡Esto es un verdadero crimen!
—¿Por qué?
—Así se le perfora el intestino, porque la fiebre tifoidea es una alteración de la membrana folicular.
—¡No siempre!

Entonces estalló una discusión sobre la naturaleza de las fiebres. Pécuchet creía en su esencia. Vaucorbeil la hacía depender de los órganos:

—¡Por eso evito todo cuanto pueda ser sobreexcitante!
—¡Pero la dieta debilita el principio vital!
—¡Qué me cuenta usted del principio vital! ¿Qué es eso? ¿Quién lo ha visto?

Pécuchet se hizo un lío.

—Por lo demás —decía el médico—, Gouy no quiere comer.

El enfermo hizo un signo de asentimiento debajo de su gorro de dormir.

—¡No importa! ¡Lo necesita!
—¡En modo alguno! Tiene noventa y ocho de pulso.
—¿Y qué importa el pulso?

Y Pécuchet citó las fuentes autorizadas.

—¡Dejémonos de teorías! —dijo el médico.

Pécuchet se cruzó de brazos.

—Así pues, ¿usted es un empírico?
—¡En absoluto! Pero por medio de la observación…
—¿Y si uno observa mal?

Vaucorbeil creyó que se trataba de una alusión al herpes de la señora Bordin, historia propagada a voces por la viuda, y cuyo recuerdo le irritaba.

—En primer lugar, hay que haber hecho prácticas.
—¡Los que revolucionaron la ciencia no las hacían! Van Helmont, Boerhaave, el mismo Broussais.

Sin responderle, Vaucorbeil se inclinó sobre Gouy y levantó la voz:

—¿A quién de nosotros dos quiere usted como médico?

El enfermo, medio adormilado, entrevió unos rostros rabiosos y rompió a llorar.

Tampoco su mujer sabía qué responder, pues el uno era hábil, pero el otro quizá poseía un secreto.

—¡Muy bien! —dijo Vaucorbeil—, puesto que duda ante un hombre con título…

Pécuchet reía sardónicamente.

—¿De qué se ríe?
—Es que un título no siempre es un argumento.

El médico se sentía atacado en el trabajo que le daba de comer, en sus prerrogativas, en su prestigio social. Dio rienda suelta a su ira:

—¡Eso ya lo veremos cuando comparezca usted ante los tribunales por ejercicio ilegal de la medicina! —Acto seguido, volviéndose hacia la mujer del arrendatario, añadió—: ¡Hágale matar por este señor con toda tranquilidad, y que me aspen si pongo más los pies en esta casa!

Y se adentró por entre las filas de las habas, gesticulando con su junco.

Bouvard, cuando regresó Pécuchet, estaba también muy alterado.

Acababa de recibir a Foureau, exasperado por sus hemorroides. En vano había sostenido que aquéllas preservan de cualquier otra enfermedad. Foureau, no queriendo entrar en razón, amenazaba con pedir daños y perjuicios. Estaba fuera de sí.

Pécuchet le contó la otra historia, que consideraba más grave, y se quedó un poco afectado por la indiferencia del otro.

Gouy, al día siguiente, sintió dolores de estómago. Ello podía deberse a la ingestión de alimento. ¿Era posible que Vaucorbeil no se hubiera equivocado? ¡Un médico, después de todo, debe saber lo que se hace! Y los remordimientos asaltaron a Pécuchet. Temía ser un homicida.

Por prudencia, mandaron a su casa al jorobado. Pero la madre, debido a que veía esfumarse la comida, montó una escena. ¡No había valido la pena haberles hecho venir todos los días de Barneval a Chavignolles!

Foureau se calmó y Gouy recuperó fuerzas. Llegados a ese punto, la curación era segura; un éxito como aquél envalentonó a Pécuchet.

—¿Y si estudiásemos el parto con uno de esos maniquíes?…
—¡Basta ya de maniquíes!
—Son medios cuerpos con piel, inventados para estudiantes de obstetricia. ¡Creo que sería capaz de darle la vuelta al feto!

Pero Bouvard estaba cansado de la medicina.

—Los mecanismos de la vida nos son desconocidos, las afecciones son demasiado numerosas, los remedios problemáticos, ¡y en los libros no se encuentra una sola definición razonable de la salud, la enfermedad, la diátesis, ni siquiera del pus!

Pero todas aquellas lecturas les habían desbarajustado el cerebro.

Al primer resfriado, Bouvard pensó que tenía una congestión pulmonar. Como las sangrías no habían atenuado las punzadas en el costado, recurrió a un vejigatorio, y se resintió de los riñones. Entonces se convenció de que tenía cálculos renales.

Pécuchet sintió dolor de espalda por haber podado el cenador, y vomitó después de comer, cosa que le espantó muchísimo; luego, observando que su tez estaba un poco amarillenta, sospechó que tenía una hepatitis, y empezó a preguntarse: «¿Siento dolor?», y acabó por sentirlo.

Contagiándose mutuamente la tristeza, se escrutaban la lengua, se tomaban el pulso, cambiaban de agua mineral, se purgaban y le temían al frío, al calor, al viento, a la lluvia, a las moscas y, principalmente, a las corrientes de aire.

Pécuchet se convenció de que tomar rapé era una práctica funesta. Por otra parte, puede ocurrir que un estornudo provoque a veces un aneurisma, y abandonó su tabaquera. Por costumbre, metía los dedos dentro de ella; luego, de repente, recordaba que era una imprudencia.

Dado que el café negro nos pone nerviosos, Bouvard quiso renunciar a su tacita; pero se dormía después de las comidas, y al despertar se asustaba porque un sueño prolongado puede causar una apoplejía.

Su ideal era Cornaro, ese caballero veneciano que gracias a la dieta llegó a muy viejo. Sin imitarle en todo, pueden tenerse las mismas precauciones, y Pécuchet sacó de la biblioteca el manual de higiene del doctor Morin.

¿Cómo se las había arreglado para sobrevivir hasta ese momento? Los platos que más les gustaban, el manual de Morin los prohibía. Germaine, perpleja, no sabía ya qué llevarles a la mesa.

Todas las carnes presentan inconvenientes. La morcilla y los embutidos, el arenque, el bogavante y la caza son «refractarios». Cuanto mayor es un pez, más gelatina contiene y, por consiguiente, resulta pesado. Las legumbres provocan acidez, los macarrones dan somnolencia, los quesos «considerados en general son difícilmente digeribles». Un vaso de agua por la mañana es «peligroso», toda bebida o comestible iba acompañado de admoniciones de este tipo, o de palabras como: «¡Perjudicial! ¡Hay que evitar los excesos! ¡No es adecuado para todos!». ¿Por qué perjudicial? ¿Dónde estaba el exceso? ¿Cómo saber si tal cosa puede sentarle bien a uno?

¡Qué problema el desayuno! Dejaron de tomar café con leche, debido a su pésima reputación, y a continuación chocolate, porque «es un montón de sustancias indigestas». Quedaba, pues, el té. Pero «es absolutamente desaconsejable para las personas nerviosas». Sin embargo, en el siglo XVII, Decker prescribía veinte decilitros al día, a fin de limpiar el páncreas de los malos humores.

Esta información les hizo perder su estima por Morin, tanto más cuanto que este condena todo cubrecabeza, sombrero, gorro y gorra: pretensión que indignó a Pécuchet. Entonces compraron el tratado de Becquerel, en el que leyeron que el cerdo es de por sí «un buen alimento», el tabaco absolutamente inocuo, y el café «indispensable para los militares».

Hasta entonces habían creído que los lugares húmedos eran insalubres. ¡En absoluto! Casper afirma que son menos letales que los otros. No hay que meterse en el mar sin antes haberse mojado la piel. Bégin sostiene que se puede zambullir uno incluso estando totalmente sudado. Se dice que el vino después de la sopa sienta bien al estómago. Lévy le achacaba el estropear los dientes. Y, por último, el chaleco de franela, esa salvaguarda, el dueño y señor de nuestra salud, ese bastión predilecto de Bouvard e intrínseco a Pécuchet, sin ambigüedades ni temores por parte de la opinión pública, hay autores que lo desaconsejan a los hombres pletóricos y sanguíneos.

¿Qué decir, entonces, de la higiene?

«Lo que es verdad aquende los Pirineos, es mentira allende de ellos», afirma Lévy, y Becquerel añade que no se trata de una ciencia.

Entonces pidieron ostras, un pato, cerdo con coles, natillas, un queso Pontl’Évêque y una botella de borgoña para cenar. Fue una liberación, casi un desquite; ¡y se mofaban de Cornaro! ¡Muy estúpido se tenía que ser para tiranizarse como él! ¡Qué bajeza pensar permanentemente en prolongar la propia existencia! La vida solo es hermosa si uno la disfruta.

—¿Un poco más?
—Pues sí.
—¡Yo también!
—¡A tu salud!
—¡A la tuya!
—¡Y todo lo demás que se vaya al diablo!

Se exaltaban.

Bouvard anunció que quería tres tazas de café, aunque no fuera militar. Pécuchet, con la gorra sobre las orejas, tomaba rapé una vez tras otra, estornudando sin temor, y, sintiendo que no habría estado nada mal un poco de champán, le pidieron a Germaine que se llegara enseguida a la posada para comprar una botella. El pueblo estaba demasiado lejos. Ella se negó. Pécuchet se indignó por ello.

—¡Se lo ordeno!, ¿entendido?, le mando que vaya a todo correr.

La mujer obedeció, pero no sin rezongar, decidida a dejar lo antes posible a sus amos por lo incomprensibles y estrambóticos que eran.

Luego, como en los buenos tiempos, se fueron a tomar la copita de después del café al cerrillo.

(Sigue leyendo...)

Una respuesta a “Bouvard y Pécuchet. La novela (III)

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