Bouvard y Pécuchet. La novela (IV)

Gustave Flaubert






La cosecha acababa de terminar, y unos almiares, en medio de los campos, alzaban sus negras moles contra el color azulado y suave de la noche. Las alquerías estaban silenciosas. No se oía siquiera a los grillos. Toda la campiña estaba sumida en el sueño. Los dos digerían aspirando la brisa que refrescaba sus mejillas.

Allá en lo alto, el cielo estaba tachonado de estrellas, algunas brillaban en grupos, otras en fila o aisladas. Una zona de polvillo luminoso, que iba de norte a sur, se bifurcaba por encima de sus cabezas. Había en aquella claridad unos grandes espacios vacíos, y el firmamento se hubiera dicho un mar azulado, con archipiélagos e islotes.

—¡Cuántas hay! —exclamó Bouvard.
—¡Y eso que no las vemos todas! —le hizo de eco Pécuchet—. Detrás de la Vía Láctea hay nebulosas, detrás de las nebulosas, más estrellas: ¡de la más próxima nos separan trescientos billones de miriámetros! —Había mirado con frecuencia en el telescopio de la place Vendôme y recordaba las cifras—. El Sol es un millón de veces más grande que la Tierra. Sirio tiene doce veces el tamaño del Sol, ¡y hay cometas de una largura de ciento treinta y cinco millones de kilómetros!
—Es para volverse loco —dijo Bouvard.

Deploró su propia ignorancia, y hasta lamentó no haber frecuentado de joven la Escuela Politécnica.

Entonces Pécuchet, haciéndole volverse hacia la Osa Mayor, le mostró la Estrella Polar, luego Casiopea, cuya constelación forma una Y, Vega en Lira, toda refulgente, y, baja en el horizonte, la roja Aldebarán.

A Bouvard, con la cabeza echada hacia atrás, le costaba seguir los triángulos, los cuadriláteros y los pentágonos que hay que imaginar para orientarse en el cielo.

Pécuchet continuó:

—La velocidad de la luz es de trescientos mil kilómetros por segundo. Un rayo de la Vía Láctea emplea seis siglos en llegar hasta nosotros. De modo que una estrella, cuando nosotros la observamos, puede haber desaparecido ya. Algunas son intermitentes, otras no asoman nunca más; y cambian de posición; todo se mueve, todo pasa.
—¡Pero el Sol está inmóvil!
—Eso se creía en otros tiempos. ¡Pero ahora los científicos declaran que se precipita hacia la constelación de Hércules!

Esto confundía las ideas de Bouvard y, tras un minuto de reflexión, añadió:

—La ciencia se basa en los datos que nos proporciona la observación desde un ángulo restringido. Tal vez no es aplicable a todo lo demás que ignoramos, que es mucho más vasto e imposible de descubrir.

Así hablaban, de pie sobre el cerrillo, al resplandor de los astros, y sus palabras se veían interrumpidas por largos silencios.

Finalmente se preguntaron si había vida humana en las estrellas. ¿Por qué no? Y, puesto que todo es armonía en lo creado, los habitantes de Sirio debían de ser desmesurados, los de Marte de estatura media, y los venusianos pequeñitos. A menos que fuesen iguales en todas partes. ¡También allí arriba hay comerciantes y gendarmes; se trafica, se combate, se destrona a los reyes!…

De pronto surcaron el cielo unas estrellas fugaces trazando en él como la parábola de un cohete monstruoso.

—Mira —dijo Bouvard—, ahí tienes mundos enteros que desaparecen.

Pécuchet prosiguió:

—Si el nuestro se fuera a su vez al traste, los habitantes de los otros astros no se preocuparían por ello más de lo que lo hacemos ahora nosotros. Si uno piensa en estas cosas, depone todo su orgullo.
—¿Qué fin tiene todo esto?
—Tal vez no tiene ningún fin.
—¡Y sin embargo!… —Y Pécuchet repitió dos o tres veces «y sin embargo» sin encontrar nada que añadir—. ¡No importa, me encantaría saber cómo se formó el Universo!
—Esto debe de estar en Buffon —repuso Bouvard con los ojos que ya se le cerraban—. ¡No puedo más! ¡Me voy a la cama!

Por la lectura de Las edades de la Naturaleza se enteraron de que un cometa, al colisionar con el Sol, había hecho desprenderse una porción de este, la cual se convirtió en la Tierra. Primero se habían enfriado los polos. Todas las aguas habían envuelto el globo. Se habían retirado a las cavidades, luego se dividieron los continentes y aparecieron los animales y el hombre.

Lo majestuoso de la Creación, infinita como era, les causó un deslumbramiento no menos infinito. Los horizontes de su pensamiento se ensanchaban. Estaban orgullosos de reflexionar sobre temas de tanta grandeza.

Los minerales no tardaron en cansarles, y, como distracción, recurrieron a las Armonías de Bernardin de Saint-Pierre.

Armonías vegetales y terrestres, aéreas, acuáticas, humanas, fraternales e incluso conyugales, se empaparon de todo, sin omitir las invocaciones a Venus, a los Céfiros y a los Amores. Se asombraban de que los peces tuvieran aletas, alas las aves, las semillas una envoltura, imbuidos de esa filosofía que descubre en la Naturaleza unas intenciones virtuosas y la considera como una especie de san Vicente de Paúl eternamente ocupado en hacer obras pías.

Seguidamente admiraron sus prodigios, los ciclones, los volcanes, las selvas vírgenes, y compraron la obra de Depping sobre las Maravillas y bellezas de la Naturaleza en Francia. Cantal posee tres de ellas, Hérault cinco, Borgoña dos, no más, mientras que el Delfinado cuenta él solo con hasta quince de estas maravillas. Pero no tardaron en encontrar otras nuevas. Las cuevas con estalactitas acaban quedando obstruidas, los volcanes ardientes se apagan, los glaciares naturales se recalientan, y los viejos árboles en los que se decía la misa caen bajo el hacha de los niveladores o se están muriendo.

Luego su curiosidad se dirigió hacia las bestias.

Volvieron a abrir su Buffon y se extasiaron ante los gustos extravagantes de determinados animales.

Pero como una observación personal vale más que mil libros, entraban en los patios y preguntaban a los labradores si habían visto unirse a toros con yeguas, a cerdos buscar vacas, y a perdices macho solazarse entre sí.

—Jamás de los jamases.

Consideraban incluso que estas eran preguntas un tanto chuscas para unos señores de su edad.

Quisieron intentar apareamientos anormales.

El menos difícil es el del macho cabrío con la oveja. Su arrendatario no tenía macho cabrío, una vecina les prestó el suyo, y al llegar la época de celo encerraron a ambos animales en el lagar, escondiéndose ellos detrás de unos toneles para que el acontecimiento pudiera producirse en paz.

Cada uno de los animales se comió su montoncito de heno. Luego rumiaron, la oveja se echó, y balaba sin cesar, mientras que el macho cabrío, derecho sobre sus patas torcidas, con su gran barba y sus orejas colgantes, clavaba en ellos sus pupilas, que relucían en la sombra.

Finalmente, la noche del tercer día, juzgaron conveniente echarle una mano a la Madre Naturaleza; pero el macho cabrío, volviéndose contra Pécuchet, le asestó un testarazo en el bajo vientre. La oveja, presa del miedo, se puso a dar vueltas por el lagar, como en un picadero. Bouvard corrió detrás de ella, se le abalanzó encima para retenerla y rodó por los suelos con unos puñados de lana en ambas manos.

Repitieron sus tentativas con unas gallinas y un pato, con un dogo y una cerda, con la esperanza de que dieran a luz unos monstruos y sin comprender nada respecto a la especie.

Esta palabra designa a un grupo de individuos cuyos descendientes se reproducen; pero unos animales clasificados como de especies diferentes pueden reproducirse, y otros, incluidos en la misma especie, han perdido dicha facultad.

Presumieron de hacerse ideas precisas sobre la materia estudiando el desarrollo de los gérmenes; y Pécuchet le escribió a Dumouchel para que le consiguiera un microscopio.

Pusieron sucesivamente sobre la platina pelos, briznas de tabaco, uñas, una pata de mosca; pero habían olvidado la gota de agua indispensable; otras veces era la laminilla, y empujándose, hacían tambalearse el instrumento; luego, al no conseguir ver más que borrosamente, le echaban la culpa al óptico. Llegaron a dudar del microscopio. Los descubrimientos que se le atribuyen acaso no son tan positivos.

Dumouchel, al mandarles la factura, les rogó que recogieran para él unos amonites y unos erizos de mar, curiosidades que siempre le habían interesado y que abundaban en su región. A fin de estimularles al estudio de la geología, les envió las Cartas, de Bertrand, con el Discurso sobre las revoluciones del globo, de Cuvier.

Tras estas dos lecturas, se figuraron las cosas siguientes:

En primer lugar, una inmensa capa de agua, de la que emergían unos promontorios salpicados de líquenes, y ni un ser vivo, ni un grito. Era un mundo silencioso, inmóvil y desnudo; luego unas largas plantas se mecían en una niebla semejante al vaho de un baño de vapor. Un sol completamente rojo recalentaba la húmeda atmósfera. Entonces estallaban unos volcanes, las montañas vomitaban rocas ígneas, y la lava líquida de los pórfidos y de los basaltos que fluía, se solidificaba. Tercer cuadro: en unos mares pocos profundos, habían surgido unas islas de madréporas; a trechos, las domina un palmeral. Hay conchas parecidas a ruedas de carro, tortugas de tres metros, lagartos de veinte metros; hay anfibios que alargan entre las cañas su cuello de avestruz con una mandíbula de cocodrilo; unas serpientes aladas alzan el vuelo. Por último, aparecen, sobre los inmensos continentes, unos grandes mamíferos de miembros deformes cual trozos de madera mal escuadrados, la piel de un grosor mayor que unas placas de bronce, o bien peludos, hocicones, con crines y colmillos retorcidos. Rebaños de mamuts pacían en las llanuras donde habría estado el Atlántico; el paleoterio, mitad caballo, mitad tapir, hociqueaba en los hormigueros de Montmartre, y el Cervus giganteus temblaba bajo los castaños al bramido del oso de las cavernas, que hacía gañir en su guarida al perro de Beaugency, tres veces más alto que un lobo.

Todas estas eras habían sido separadas entre sí por unos cataclismos, el último de los cuales es nuestro Diluvio. Era como una féerie en varios actos, que tiene al hombre por apoteosis.

Se quedaron patidifusos al enterarse de que existían en unas piedras huellas de libélulas, patas de pájaros; y, tras haber hojeado uno de los manuales Roret, se pusieron a buscar fósiles.

Una tarde, mientras estaban manoseando unos sílex en medio de la carretera general, pasó el párroco, quien les abordó con voz zalamera:

—¿Así que los señores se dedican a la geología? ¡Muy bien!

Pues apreciaba esta ciencia. Confirma la autoridad de las Escrituras al probar la veracidad del Diluvio.

Bouvard habló de los coprolitos, que son excrementos de animales petrificados.

El padre Jeufroy pareció sorprendido por el hecho; pero, al fin y al cabo, si ello se producía, era una razón más para admirar a la Providencia.

Pécuchet confesó que por el momento sus investigaciones no habían resultado fructíferas; pero que los alrededores de Falaise, como todos los terrenos jurásicos, debían de abundar en restos animales.

—He oído decir —replicó el padre Jeufroy—, que encontraron tiempo atrás en Villers una mandíbula de elefante.

Por lo demás, uno de sus amigos, el señor Larsonneur, letrado, miembro del Colegio de Abogados de Lisieux y arqueólogo, quizá pudiera proporcionarles información. Había escrito una historia de Port-en-Bessin, en la que se hacía referencia al descubrimiento de un cocodrilo.

Bouvard y Pécuchet intercambiaron una mirada de inteligencia; pues también ellos habían tenido la misma esperanza; y, a pesar del calor, permanecieron de pie durante un largo rato preguntando al eclesiástico, que se protegía con un paraguas de algodón azul. Lucía una papada un poco pesada, y tenía la nariz puntiaguda, sonreía sin cesar, o inclinaba la cabeza cerrando los párpados.

La campana de la iglesia llamó al Ángelus.

—¡Les deseo muy buenos días, señores! Con su permiso.

Recomendados por él, esperaron durante tres semanas la respuesta de Larsonneur. Por fin, esta llegó.

El hombre de Villers que había desterrado el diente de mastodonte se llamaba Louis Bloche; ningún otro detalle. En cuanto a su historia, ocupaba uno de los volúmenes de la Académie Lexovienne, pero él no prestaba su ejemplar, por temor a desparejar su colección. En cuanto al cocodrilo, había sido descubierto en el mes de noviembre de 1825, al pie del acantilado de las Hachettes, en Sainte-Honorine, cerca de Port-en-Bessin, distrito de Bayeux. Seguían las frases de cumplido de rigor.

El misterio que rodeaba al mastodonte exacerbó el deseo de Pécuchet. Habría querido dirigirse de inmediato a Villers.

Bouvard objetó que, para ahorrarse un desplazamiento quizá inútil, y a buen seguro dispendioso, era mejor informarse, por lo que le escribieron al alcalde del lugar una carta en la que preguntaban qué había sido de un tal Louis Bloche. En el caso de que hubiera fallecido, ¿podían sus descendientes o colaterales proporcionarles alguna información sobre su inapreciable descubrimiento? ¿Cuándo lo había hecho, y en qué lugar del término municipal se encontraba ese testimonio de épocas primitivas? ¿Cuál era, por día, el precio de un hombre y de una carreta?

Pero por más que se dirigieron al teniente de alcalde y luego al primer edil municipal, no recibieron de Villers noticia alguna. ¿Se debía a que los vecinos estaban celosos de sus fósiles? A menos que se los vendieran a los ingleses. Decidieron hacer el viaje a Les Hachettes.

Bouvard y Pécuchet tomaron la diligencia de Falaise para Caen. A continuación, un carricoche los llevó de Caen a Bayeux; y de Bayeux fueron a pie hasta Port-en-Bessin.

No les habían engañado. La costa de Les Hachettes presentaba extraños guijarros, y, siguiendo las indicaciones del posadero, llegaron a la playa.

Al haber bajamar, se veían todos los cantos rodados, con una extensión de algas hasta las primeras olas.

Unas hondonadas herbosas interrumpían el acantilado, hecho de tierra blanda y parda y que, al endurecerse, se convertía en las capas inferiores en una muralla de piedra gris. Caían sin cesar unos hilillos de agua, mientras el mar rugía a lo lejos. Parecía a veces suspender su batir; y no se oía más que el leve murmullo de los manantiales.

Andaban con paso titubeante sobre unas hierbas viscosas, o tenían que saltar hoyos. Bouvard se sentó cerca de la orilla, y contempló las olas, sin pensar en nada, fascinado, inerte. Pécuchet se lo volvió a llevar hacia la pendiente para enseñarle un amonites incrustado en la roca, como un diamante en su ganga. Se les rompieron las uñas, habría hecho falta unas herramientas, pero, por otra parte, caía la noche. El cielo era de un rojo encendido en la parte occidental y las sombras cubrían la playa entera. En medio de las algas casi negras, se extendían los charcos de agua. El mar subía hacia ellos; era hora de volver.

Desde el amanecer del día siguiente, con un pico y una piqueta, atacaron su fósil cuya envoltura saltó a pedazos. Era un Ammonites nodosus, erosionado en los extremos, pero que pesaría unos siete kilos; y Pécuchet, en su entusiasmo, exclamó:

—¡No podemos por menos que regalárselo a Dumouchel!

Luego encontraron unas esponjas de mar, terebrátulas, orcas, pero ¡ni rastro de cocodrilos! A falta de estos, confiaban en dar con alguna vértebra de hipopótamo o de ictiosaurio, cualquier osamenta coetánea del Diluvio, cuando distinguieron en el acantilado, a la altura de un hombre, unos contornos que dibujaban la forma de un pez gigantesco.

Discutieron sobre la manera de extraerlo.

Bouvard era partidario de desprenderlo empezando por arriba, mientras que Pécuchet por abajo, demoliendo la roca para hacerlo descender con suavidad, sin dañarlo.

Mientras recuperaban el aliento, vieron por encima de su cabeza, en la campiña, a un guarda del contrabando con capote que hacía aspavientos con aires de mando.

—¡Bueno, y qué! ¡Déjenos en paz!

Y continuaron con su tarea; Bouvard, de puntillas, golpeando con su piqueta; Pécuchet, doblado en dos, cavando con su pico.

Pero el guarda reapareció más abajo, en un valle, multiplicando las señales; ¡pero a ellos les importaba un rábano! Un cuerpo ovalado adquiría forma bajo la tierra removida, y pendía, a punto de deslizarse.

De pronto apareció otro individuo con un sable.

—Sus permisos.

Era el guarda rural que estaba haciendo la ronda, y justo en aquel momento se presentó también el otro, que había acudido por una barranca.

—¡Deténgalos, compadre Morin! ¡O el acantilado se vendrá abajo!
—¡Nuestro fin es científico! —replicó Pécuchet.

Entonces se desprendió una masa rocosa, que les pasó rozando tan cerca, a los cuatro, que estuvieron a punto de acabar muertos.

Una vez que se hubo disipado el polvo, reconocieron un mástil de barco que quedó echó trizas bajo la bota del guarda de contrabando.

Bouvard dijo entre suspiros:

—¡No hacíamos nada malo!
—¡No se puede hacer nada que sea competencia de la Escuela de Ingeniería Naval! —prosiguió el guarda—. Para empezar, identifíquense, para que pueda presentar cargos contra ustedes.

Pécuchet se rebeló, gritando contra semejante injusticia.

—¡No hay razón que valga! ¡Síganme!

Cuando llegaron al puerto, una multitud de golfillos les escoltó. Bouvard, rojo como una amapola, afectaba aires de dignidad; Pécuchet, muy pálido, lanzaba miradas furiosas; y aquellos dos forasteros, que llevaban unos guijarros en sus pañuelos, no ponían muy buena cara. Los acomodaron, provisionalmente, en una posada, cuyo hospedero, firme en el umbral, impedía el paso. Luego el albañil quiso que le fueran devueltos sus útiles de trabajo; se los pagaron; ¡nuevos gastos! ¡Y el guarda rural que no volvía! ¿Cómo era posible? Por fin, un individuo con la cruz de la Legión de Honor los dejó en libertad, y se fueron, tras haber dado sus nombres, apellidos y dirección, y haberse comprometido a ser más circunspectos en el futuro.

Aparte del permiso, carecían de otras muchas cosas, y, antes de emprender nuevas exploraciones, consultaron la Guía del viajero geólogo, de Boné.

En primer lugar, había que contar con una buena mochila de soldado, luego con un buen equipo de agrimensor, una lima, unas pinzas, una brújula, y tres martillos metidos en un cinto que se disimula debajo de la levita y «preserva así de tener una apariencia extravagante que conviene evitar cuando se viaja». Como bastón, Pécuchet adoptó sin dudarlo el de turista, de casi dos metros de alto, y con una larga contera de hierro. Bouvard prefería un paraguas bastón o un paraguas de varillas, con el mango retráctil, para abrochar la seda, embutida dentro de una funda independiente. No olvidaron unos recios zapatos con polainas, «dos pares de tirantes para cada uno, a causa de la transpiración», y, aunque uno no puede «presentarse por todas partes con gorra», se batieron en retirada ante el gasto que suponía «uno de esos sombreros que se pliegan, y que reciben el nombre de su inventor, el sombrerero Gibus». La misma obra prescribe también la actitud que conviene adoptar: «saber la lengua del país que se visita», y ellos la sabían. «Exhibir una manera de vestir modesta», era su costumbre. «No llevar dinero encima», nada más simple. Por último, para evitar todo tipo de situaciones embarazosas, es oportuno adoptar «el título de ingeniero».

—¡Pues bien, lo adoptaremos!

Así preparados comenzaron sus excursiones; estaban fuera en ocasiones hasta ocho días; se pasaban la vida al aire libre.

A veces, en las orillas del Orne, descubrían en una hendidura unos plegamientos rocosos que asomaban sus láminas oblicuas por entre unos álamos y brezos, o bien se entristecían de no encontrar a lo largo del camino más que unas capas de arcilla. Frente a un paisaje, no admiraban ni el sucederse de planos, ni la profundidad de las lejanías, ni tampoco las ondulaciones de la vegetación, sino lo que no era visible, lo que estaba debajo, la tierra, y todas las colinas eran para ellos «una prueba más del Diluvio».

A la manía del Diluvio le siguió la de las masas erráticas. Las gruesas piedras aisladas en los campos debían de provenir de glaciares desaparecidos, y así buscaban morrenas y margas calizas.

Varias veces les tomaron por unos buhoneros, a causa de su ridícula vestimenta, y cuando respondían que eran «ingenieros», les entraba un temor: la usurpación de un título semejante podía acarrearles problemas.

Al final del día, jadeaban bajo el peso de sus muestras, pero, intrépidos como eran, se las llevaban a casa. Las había a lo largo de los peldaños de la escalera, en las habitaciones, en el salón, en la cocina, y Germaine se quejaba debido al mucho polvo.

No era tarea de poca monta saber, antes de pegar las etiquetas, los nombres de las rocas; la variedad de los colores y de grano les hacía confundir la arcilla con la marga, el granito con el gneis, el cuarzo con la caliza.

Además, la nomenclatura les irritaba. ¿Por qué devoniano, cámbrico y jurásico, como si las tierras designadas por dichas palabras no estuvieran, por otra parte, más que en Devonshire, cerca de Cambridge, y en el Jura? Imposible orientarse; lo que es un sistema para uno, es para el otro un estadio, para un tercero un simple conjunto de depósitos. Las hojas de las capas se entremezclan, se confunden; pero Omalius d’Halloy previene de que no hay que creer en las divisiones geológicas.

Esta declaración supuso para ellos un alivio, y cuando hubieron visto unas calizas con poliperos en la llanura de Caen, unos filados en Balleroy, caolines en Saint-Blaise, oolitos por doquier, y hubieron buscado hulla en Cartigny y mercurio en la Chapelle-en-Juger, cerca de Saint-Lô, decidieron hacer una excursión más lejos, un viaje a Le Havre, para estudiar el cuarzo piromaco y la arcilla de Kimmeridge.

Tan pronto como hubieron bajado del paquebote, preguntaron por el camino que llevaba a los faros; unos derrumbamientos lo obstruían, era peligroso aventurarse por allí.

Un alquilador de coches les abordó y les ofreció dar unos paseos por los alrededores: Ingouville, Octeville, Fécamp, Lillebonne, «Roma si hacía falta».

Aunque sus precios eran exorbitantes, el nombre de Fécamp les había impactado; con un pequeño desvío podían visitar Étretat, y tomaron la góndola de Fécamp para dirigirse, en primer lugar, lo más lejos posible.

En la góndola, Bouvard y Pécuchet entablaron conversación con tres campesinos, dos buenas mujeres, un seminarista, y no dudaron en autotitularse como ingenieros.

Se detuvieron delante de la dársena. Ganaron el acantilado, y cinco minutos después tuvieron que pasar casi rozándola para evitar un gran charco de agua que se extendía como un golfo en medio de la playa. Luego vieron una arcada que se abría sobre una profunda gruta; era resonante, luminosa, parecida a una iglesia, con columnas de arriba abajo y una alfombra de algas marinas a todo lo largo de las losas del suelo.

Esta obra de la Naturaleza les llenó de asombro; y se entregaron a elevadas consideraciones sobre los orígenes del mundo.

Bouvard propendía hacia el neptunismo. Pécuchet, por el contrario, era plutoniano. El fuego central había roto la corteza del globo, levantado los terrenos, abierto grietas. Era como un mar interior que tenía su flujo y reflujo, sus tempestades. Una fina película nos separa de él. No dormiríamos si pensáramos en todo cuanto tenemos bajo nuestros pies. Sin embargo, el fuego central disminuye y el Sol se debilita, de tal modo que un día la Tierra perecerá debido al enfriamiento. Se tornará estéril; toda la madera y toda la hulla se habrán convertido en ácido carbónico, y ningún ser podrá subsistir.

—Aún no hemos llegado a ese momento —dijo Bouvard.
—Eso espero —prosiguió Pécuchet.

En cualquier caso, ese final del mundo, por más lejano que estuviese, les ensombreció, y caminaron, lado a lado, silenciosamente por sobre los cantos rodados.

El acantilado, perpendicular, totalmente blanco y estriado de negro, aquí y allá, por las vetas de sílex, corría hasta el horizonte, como la curva de un bastión que se extiende a lo largo de veinte kilómetros. Soplaba un viento del este, punzante y frío. El cielo estaba gris, el mar verdusco y como henchido. Unas aves alzaban el vuelo desde la cima de las rocas, revoloteaban, volvían rápido a sus agujeros. A veces una piedra, al desprenderse, rebotaba de peña en peña hasta donde ellos estaban.

Pécuchet proseguía en voz alta sus pensamientos:

—¡A menos que la Tierra sea aniquilada por un cataclismo! No sabemos lo que durará nuestro período. Basta con que el fuego central se desborde.
—Pero ¿no disminuye?
—Lo cual no impide que sus explosiones hayan producido la isla Julia, el Monte Nuovo y tantos otros más.

Bouvard se acordaba de haber leído estos detalles en Bertrand.

—Pero en Europa no ocurren cataclismos de este tipo.
—¿Cómo que no? La prueba está en el caso de Lisboa. En cuanto a nuestros países, las minas de hulla y de pirita marcial son numerosas y pueden perfectamente, al descomponerse, formar bocas volcánicas. Los volcanes surgen, por otra parte, siempre cerca del mar.

Bouvard paseó la mirada por las olas, y creyó distinguir a lo lejos una humareda que ascendía hacia el cielo.

—Dado que la isla Julia —prosiguió Pécuchet— ha desaparecido, ¿quién sabe qué otras tierras, formadas del mismo modo, podrían tener el mismo destino? Un islote del Archipiélago es tan importante como Normandía o la misma Europa.

Bouvard se figuró Europa tragada por un abismo.

—Supongamos —dijo Pécuchet— que se produce un temblor de tierra debajo del canal de la Mancha; las aguas se precipitan al Atlántico; las costas de Francia y de Inglaterra, vacilando en su base, se inclinan, se juntan y, ¡zas!, aplastan todo cuanto encuentran por medio.

En lugar de responder, Bouvard echó a andar tan deprisa que no tardó en encontrarse a cien pasos de Pécuchet. Al estar solo, la idea de un cataclismo le perturbó. No había comido nada desde la mañana: le latían las sienes. De pronto le pareció que el suelo se estremecía y el acantilado, encima de su cabeza, se vencía sobre él. Una lluvia de guijas cayó en ese momento de lo alto.

Pécuchet le vio salir a la desesperada, comprendió su espanto, le gritó de lejos:

—¡Detente!, ¡detente! ¡El período no ha terminado aún!

Y, para alcanzarle, caminaba a grandes trancos, con su bastón de turista, mientras vociferaba:

—¡El período no ha terminado! ¡No ha terminado!

Bouvard, enloquecido, seguía corriendo. El paraguas de varillas se le cayó, los faldones de su levita ondeaban, la mochila le bailaba en la espalda. Era como una tortuga con alas que galopara por entre las rocas; una más grande que las demás le ocultó de la vista.

Pécuchet llegó hasta allí sin aliento, no vio a nadie, luego volvió sobre sus pasos para ganar los campos por una «cañada» que Bouvard había tomado, sin duda.

Era un angosto repecho, reluciente como alabastro pulimentado, del ancho de dos hombres, hecho de amplios escalones cortados en el acantilado. A quince metros de altura, Pécuchet quiso descender. El mar batía de lleno. Reanudó la subida.

En el segundo recodo, cuando vio el vacío, se quedó helado del espanto. A medida que se acercaba al tercero, le flaqueaban las piernas. Las capas de aire vibraban en torno a él, un calambre le pinzaba el epigastrio; se sentó en el suelo, con los ojos cerrados, sin tener más conciencia que de los latidos de su corazón que le ahogaban; luego tiró su bastón de turista y reanudó la ascensión con las rodillas y las manos. Pero los tres martillos que le colgaban del cinto se le clavaban en el vientre; los guijarros de que estaban llenos sus bolsillos le golpeaban en los costados; la visera de su gorra le cegaba; el viento redoblaba su fuerza; finalmente, alcanzó la meseta y encontró allí a Bouvard, que había subido más lejos, por una cañada menos difícil.

Una carreta los recogió. Se olvidaron de Étretat.

Al día siguiente por la noche, en Le Havre, mientras esperaban el paquebote, vieron en apéndice a un periódico un suelto titulado De la enseñanza de la geología.

Este artículo, repleto de hechos, exponía la cuestión tal como se la conocía en la época.

Aunque nunca se había producido un cataclismo completo del globo, la misma especie no siempre tiene la misma duración, y puede extinguirse más deprisa en un lugar determinado que en otro. Terrenos de la misma edad contienen fósiles diferentes, así como depósitos muy distantes en el tiempo guardan algunas semejanzas. Los helechos de otro tiempo son idénticos a los helechos del presente. Muchos zoófitos contemporáneos se encuentran en las capas más antiguas. En resumen, las modificaciones actuales explican los trastornos anteriores. Siempre actúan las mismas causas, la Naturaleza no da sino saltos, y los períodos, afirma Brongniart, no son después de todo más que abstracciones.

Hasta ese momento Cuvier les había parecido siempre rodeado de una aureola, en el culmen de una ciencia indiscutible. Ahora su confianza se había visto socavada. La Creación ya no tenía la misma disciplina, y su respeto por aquel gran hombre disminuyó.

Gracias a biografías y extractos, aprendieron algo de las doctrinas de Lamarck y de Geoffroy Saint-Hilaire.

Todas esas cosas iban en contra de las ideas corrientes, la autoridad de la Iglesia.

Bouvard sintió como el alivio de un yugo que se hubiera sacudido.

—¡Me gustaría ver ahora qué me responde sobre el Diluvio el ciudadano Jeufroy!

Le encontraron en su jardincillo, donde esperaba a los fabriqueros, que tenían que reunirse al cabo de un rato para la compra de una casulla.

—¿Qué desean los señores?…
—Una aclaración, por favor.

Y Bouvard comenzó.

¿Qué significaban, en el Génesis, «rompieron todas las fuentes del abismo» y «se abrieron las cataratas del cielo»? ¡Pues un abismo no puede romperse y el cielo no tiene cataratas!

El reverendo, tras cerrar los párpados, respondió que había que distinguir siempre entre el espíritu y la letra. Que cosas que en un principio nos chocan se vuelven legítimas cuando profundizamos en ellas.

—¡Muy bien! Pero ¿cómo explicar una lluvia que superaba a las más altas montañas, que miden ocho mil metros? ¡Imagínese, ocho mil metros! ¡Una profundidad de agua de ocho mil metros!

Y el alcalde, que llegaba en ese momento, añadió:

—¡Menuda, qué remojón!
—Convendrá usted —dijo Bouvard— en que Moisés exagera terriblemente.

El párroco, que había leído a Bonald, replicó:

—¡Ignoro los motivos que tendría; pero, sin duda, era para infundir un terror saludable a los pueblos que tenía bajo su mando!
—Y, además, ¿de dónde provenía esa masa de agua?
—¡Qué sé yo! El aire debió de transformarse en lluvia, como ocurre todos los días.

Vieron entrar por la puerta del jardín al señor Girbal, recaudador de impuestos, con el capitán Heurtaux, propietario; y el posadero Beljambe daba el brazo al tendero Langlois, que caminaba con dificultad debido a su catarro.

Pécuchet, sin preocuparse de ellos, tomó la palabra:

—Perdone usted, padre Jeufroy. El peso de la atmósfera, como nos demuestra la ciencia, es igual al de una masa de agua que envolviera el globo con una capa de diez metros. En consecuencia, si todo el aire se condensase y cayese en estado líquido, aumentaría muy poco la masa de las aguas existentes.

Y los fabriqueros ponían unos ojos como platos; escuchaban.

El párroco perdió la paciencia.

—¿No negará que encontraron unas conchas en lo alto de las montañas? ¿Quién las puso allí, sino el Diluvio? ¡No suelen, digo yo, brotar por sí solas de dentro de la tierra, como si fueran zanahorias! —Y habiendo hecho reír a los circunstantes con esta frase, añadió frunciendo los labios—: A menos que no sea otro de los descubrimientos de la ciencia.

Bouvard quiso replicar con el alzamiento de las montañas, la teoría de Élie de Beaumont.

—Nunca lo he oído nombrar —repuso el reverendo.

Foureau se apresuró a decir:

—¡Es de Caen! ¡Yo le vi en una ocasión en la prefectura!
—Pero si su Diluvio —prosiguió Bouvard— hubiese traído unas conchas hasta allí, las encontraríamos rotas en la superficie, y no a una profundidad a veces de trescientos metros.

El cura se atrincheró en la veracidad de las Sagradas Escrituras, la tradición del género humano, y los animales descubiertos en el hielo, en Siberia.

¡Lo cual no prueba que el hombre viviera en la misma época que ellos! La Tierra, según Pécuchet, era considerablemente más antigua.

—El delta del Mississippi se remonta a decenas de miles de años. La época actual tiene por lo menos cien mil. Las listas de Manéthon…

Apareció el conde de Faverges.

Todos guardaron silencio a su llegada.

—¡Continúen, por favor! ¿Qué decían ustedes?
—Estos señores me replicaban —contestó el reverendo.
—¿A propósito de qué?
—¡De las Sagradas Escrituras, señor conde!

Bouvard alegó al punto que, como geólogos, estaban en su derecho de poner en tela de juicio la religión.

—Ándese con cuidado —dijo el conde—, pues ya conoce usted el dicho, querido señor: un poco de ciencia nos aleja de Dios, mucha nos lleva a Él. —Y con un tono a la vez altanero y paternal añadió—: ¡Créame!, ¡volverá usted a Él! ¡Volverá!
—¡Quizá! Pero ¡qué pensar de un libro en el que se afirma que la luz fue creada antes que el sol, como si el sol no fuera la única fuente de luz!
—Olvida usted la que se conoce como boreal —dijo el eclesiástico.

Bouvard, sin responder a la objeción, negó rotundamente que pudiera existir la luz por un lado y las tinieblas por el otro, que hubiera una mañana y una noche cuando los astros no existían, y que los animales hubieran aparecido de repente, en lugar de formarse por cristalización.

Como los viales eran demasiado estrechos, caminaban por las platabandas, gesticulando. A Langlois le entró un ataque de tos. El capitán gritaba:

—¡Ustedes son unos revolucionarios!

Y Girbal:

—¡Haya paz! ¡Haya paz!
—¡Qué materialismo! —exclamaba el cura.

Y Foureau:

—¡Ocupémonos más bien de nuestra casulla!
—¡No! ¡Déjenme hablar!

Y, acalorándose, Bouvard llegó hasta el punto de decir ¡que el hombre descendía del mono!

Todos los fabriqueros se miraron, con cara de gran pasmo, y como para asegurarse de que no eran unos simios.

Bouvard prosiguió:

—Si se compara el feto de una mujer, de una perra, de un ave, de una rana…
—¡Basta ya!
—¡Pero yo voy más lejos! —exclamó Pécuchet—; ¡el Hombre desciende de los peces!

Estallaron risas. Pero él, sin inmutarse, prosiguió:

—En el Telliamed, un libro árabe…
—¡Vamos, señores, al trabajo!

Y entraron en la sacristía.

Los dos amigos no habían conseguido sacar de sus trece al padre Jeufroy como habían creído, por lo que Pécuchet encontró en él «el sello del jesuitismo».

Pero, no obstante, aquella luz boreal les tenía inquietos, y fueron a consultar qué era en el manual de Orbigny.

Se trata de una hipótesis para explicar por qué los vegetales fósiles de la bahía de Baffin se asemejan a las plantas ecuatoriales. Presupone, en lugar del sol, una gran fuente luminosa, ahora desaparecida, y de la que las auroras boreales no serían acaso más que los vestigios.

Luego les asaltó una duda sobre el origen del hombre, y, en su incertidumbre, pensaron en Vaucorbeil.

Sus amenazas no habían pasado de ahí. Como en otro tiempo, cruzaba todas las mañanas por delante de su cancela, raspando uno tras otro con su bastón todos los barrotes.

Bouvard acechó su llegada, y tras haberle parado, le dijo que quería someter a su consideración una cuestión antropológica singular.

—¿Cree usted que el género humano desciende de los peces?
—¡Qué sandez!
—De los monos más bien, ¿no?
—¡En línea directa, imposible!

¿De quién fiarse? ¡Pues, a fin de cuentas, el médico no era un católico!

Continuaron sus estudios, con desapasionamiento, cansados del eoceno y del mioceno, del Mont-Jurillo, de la isla Julia, de los mamuts de Siberia y de los fósiles que todos los autores comparaban invariablemente con «unas medallas que constituyen testimonios auténticos», tanto es así que un día Bouvard estampó su mochila contra el suelo, declarando que no pensaba seguir adelante.

¡La geología tiene demasiadas lagunas! Ya es mucho si conocemos algunos lugares de Europa. En cuanto al resto, incluido el fondo de los océanos, no sabremos nunca nada.

Y cuando finalmente Pécuchet mencionó al reino mineral, dijo:

—¡No creo en el reino mineral, visto que materias orgánicas han entrado en la formación del sílex, del yeso y quizá del oro! ¿Acaso no ha sido el diamante antes carbón? ¿Y el carbón fósil un amasijo de vegetales? Calentándolo a no sé cuántos grados, se obtiene serrín de madera, porque todo muda, todo se transforma. Lo creado está hecho de materia inestable y precaria; ¡mejor haríamos ocupándonos de otra cosa!

Se tumbó de espaldas y se puso a dormitar, mientras Pécuchet, con la cabeza inclinada y una rodilla cogida con las manos, se entregaba a sus reflexiones.

Una margen musgosa bordeaba un camino encajonado que sombreaban unos fresnos, cuyas ligeras copas temblaban; la angélica, la menta y la lavanda exhalaban cálidos, especiados olores; la atmósfera estaba pesada; y Pécuchet, como en una especie de atontamiento, fantaseaba sobre las innumerables existencias dispersas en torno a él, sobre los insectos que zumbaban, los manantiales ocultos bajo el césped, la savia de las plantas, los pájaros en sus nidos, el viento, las nubes, la Naturaleza entera, sin tratar de descubrir sus misterios, pero seducido por su fuerza y perdido en su grandeza.

—¡Tengo sed! —dijo Bouvard despertándose.
—¡También yo! Con gusto me tomaría algo.
—No hay problema —replicó un hombre que pasaba en mangas de camisa con un tablón al hombro.

Reconocieron a aquel vagabundo al que Bouvard había ofrecido un vaso de vino tiempo atrás. Parecía rejuvenecido unos diez años, llevaba el pelo con caracoles en las sienes, los bigotes perfectamente engomados, y cimbreaba el cuerpo a la manera parisién.

Un centenar de pasos más allá, abrió la cancela de un patio, arrojó el tablón contra un muro y les hizo entrar en una alta cocina.

—¡Mélie! ¿Dónde estás, Mélie?

Apareció una muchacha que, a una orden suya, se fue «pitando a por bebida», y regresó enseguida a la mesa para servir a los señores.

Sus bandós de color trigueño despuntaban de una cofia de tela gris. Sus pobres ropas le caían a lo largo del cuerpo sin un pliegue; y con la nariz recta, los ojos azules, tenía algo de delicado, campestre y candoroso.

—Bonita, ¿eh? —dijo el ebanista, mientras ella traía los vasos—. ¡Se diría una señorita vestida de campesina! ¡Pero cómo trabaja! ¡Que sepas, tesoro, que cuando sea rico, me casaré contigo!
—Dice usted siempre tonterías, señor Gorgu —repuso ella con dulce voz, con un acento arrastrado.

Un mozo de cuadras vino a coger avena de un viejo arcón y dejó caer la tapa tan brutalmente que saltó una esquirla de madera.

Gorgu la emprendió contra la torpeza de todos «esos mozos de campo», luego, arrodillado delante del mueble, se puso a buscar el punto del que había saltado el trozo. Pécuchet, queriendo ayudarle, distinguió bajo el polvo unos rostros de personajes.

Era un arcón estilo Renacimiento, con unos meandros en la parte inferior, pámpanos en las esquinas, y unas columnitas que dividían su parte frontal en cinco compartimientos. En el centro se veía a Venus Anadiomena de pie sobre una concha, luego a Hércules y a Ónfale, a Sansón y a Dalila, a Circe y sus puercos, a las hijas de Lot embriagando a su padre; todo ello deteriorado, carcomido por la polilla; incluso faltaba el panel de la derecha. Gorgu cogió una candela para permitir ver mejor a Pécuchet el de la izquierda, que presentaba, bajo el Árbol del Paraíso, a Adán y Eva en una postura muy indecente.

Bouvard admiró igualmente el arcón.

—Si les interesa, se lo doy por poco.

Dudaron, en vista de las reparaciones.

Podía encargarse de ellas Gorgu, pues era ebanista de oficio.

—¡Vamos! ¡Vengan!

Y llevó a Pécuchet hacia la casucha, donde la señora Castillon, la dueña, estaba tendiendo la ropa.

Mélie, cuando se hubo lavado las manos, retomó junto a la ventana su labor de encaje, se sentó a plena luz, y se puso a trabajar.

El dintel de la puerta la enmarcaba. Los bolillos se desenredaban bajo sus dedos con un entrechocar de castañuelas. Su perfil permanecía inclinado.

Bouvard le preguntó por sus padres, su tierra, lo que recibía de sueldo.

Era natural de Ouistreham, no tenía ya familia, ganaba una pistola al mes; en una palabra, le gustó tanto a Bouvard que quiso tomarla a su servicio para que ayudase a la vieja Germaine.

Pécuchet reapareció con la dueña y, mientras continuaban su mercadeo, Bouvard preguntó muy bajito a Gorgu si la joven criada aceptaría convertirse en sirvienta suya.

—¡Pues claro!
—Pero antes —dijo Bouvard— tengo que consultarlo con mi amigo.
—Está bien, yo haré lo mismo con ella; pero ¡ni una palabra! Es por el ama.

Cerraron el trato por treinta y cinco francos. Para la restauración, ya se pondrían de acuerdo.

Apenas estuvo en el patio, Bouvard le hizo saber sus intenciones respecto a Mélie.

Pécuchet se detuvo a fin de reflexionar mejor, abrió su tabaquera, tomó una pulgarada de rapé y, tras sonarse, dijo:

—¡Pensándolo bien, es una buena idea! ¡Dios mío, pues sí! ¿Por qué no? Por otra parte, el amo eres tú.

Diez minutos después, Gorgu apareció en el borde de una zanja e, interpelándoles, dijo:

—¿Cuándo les llevo el mueble?
—¡Mañana!
—Y en cuanto a lo otro, ¿se han decidido?
—¡Conformes! —respondió Pécuchet.

(Sigue leyendo..)

Una respuesta a “Bouvard y Pécuchet. La novela (IV)

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