Bouvard y Pécuchet. La novela (V)

Gustave Flaubert






4

Seis meses después, se habían convertido en arqueólogos; y su casa parecía un museo.

Una vieja viga de madera se alzaba en el vestíbulo. Los especímenes de geología atestaban la escalera; y una cadena enorme se extendía por el suelo a todo lo largo del pasillo.

Habían quitado la puerta entre las dos habitaciones en las que no dormían y condenado la entrada exterior de la segunda para hacer de estas dos estancias un solo ambiente.

Tras cruzar el umbral, se tropezaba con un receptáculo de piedra (un sarcófago galorromano), luego llamaba la atención la quincallería.

Contra la pared de enfrente, un calentador dominaba dos morillos y una plancha de fondo que representaba a un monje acariciando a una pastorcilla. En las pequeñas repisas de todo alrededor se veían candelabros, cerraduras, pernos, tuercas. El suelo estaba cubierto de trozos de tejas rojas. En medio, sobre una mesa, se exhibían los cachivaches más raros: la urdimbre de un gorro típico de las mujeres de Caux, dos urnas de arcilla, medallas, un frasco de cristal opalino. Un sillón tapizado tenía un triángulo de guipur en el respaldo. Un pedazo de cota de malla adornaba la pared divisoria de la derecha; y, debajo de esta, unos ganchos horizontales sostenían una alabarda, una pieza única.

La segunda habitación, a la que se accedía bajando dos escalones, guardaba los viejos libros traídos de París y los que habían descubierto, a su llegada, en un armario al que le habían quitado los batientes y que ahora llamaban la biblioteca.

El árbol genealógico de la familia Croixmare ocupaba por sí solo todo el reverso de la puerta. En la pared de enfrente, el cuadro al pastel de una dama en traje Luis XV estaba dispuesto simétricamente al retrato de Bouvard padre. El marco del espejo lo adornaba un sombrero de fieltro negro y una enorme galocha, llena aún de hojas, que eran los restos de un nido.

Dos nueces de coco (propiedad de Pécuchet desde su juventud) flanqueaban, en la chimenea, un barrilete de cerámica montado a horcajadas por un campesino. Al lado, en un cestillo de paja, había una moneda de diez céntimos, evacuada por un pato.

Delante de la biblioteca, destacaba una cómoda con incrustaciones de concha y adornos de felpa. Sobre el tablero había un gato que sujetaba a un ratón por la cola, que era una petrificación de Saint-Allyre, una caja de labor también con incrustaciones de concha y, sobre esta caja, una botella de aguardiente que contenía una pera bon-chrétien.

¡Pero lo más bello era, en el hueco de la ventana, una estatua de san Pedro! Su mano derecha enguantada apretaba las llaves del Paraíso, de un color verde manzana. Su casulla, adornada de flores de lis, era azul celeste, y su tiara, muy amarilla, puntiaguda como una pagoda. Tenía las mejillas pintadas de rojo, unos grandes ojos redondos, la boca abierta, la nariz torcida y en forma de trompeta. Por encima colgaba un baldaquino hecho con un viejo tapiz en el que se distinguían dos amorcillos dentro de un círculo de rosas, y a sus pies, como una columna, se alzaba una mantequera, que ostentaba las siguientes palabras en letras blancas sobre fondo de color chocolate: «Ejecutado en presencia del S. A. R. el señor duque de Angulema, en Noron, el 3 de octubre de 1817».

Desde su cama, Pécuchet percibía todo aquello en fila, y a veces incluso iba hasta la habitación de Bouvard para prolongar la perspectiva.

Había un espacio vacío delante de la cota de malla, reservado para el arcón estilo Renacimiento.

No estaba acabado, pues Gorgu seguía trabajando en él, cepillando los paneles en el cuarto del horno, ajustándolos y desmontándolos.

A las once desayunaba, a continuación charlaba con Mélie, y a menudo no volvía a aparecer en toda la jornada.

Bouvard y Pécuchet se habían puesto en campaña para conseguir otras piezas del estilo del arcón. Lo que traían a casa no armonizaba. Pero habían encontrado un montón de cosas curiosas. Les había entrado el gusto por los cachivaches, luego la pasión por la Edad Media.

Lo primero que visitaron fueron las catedrales; y las altas naves que se reflejan en el agua de las pilas bautismales, las vidrieras deslumbrantes como cortinajes de piedras preciosas, las tumbas al fondo de las capillas, la incierta luz de las criptas, todo, en definitiva, hasta el frescor de los muros, les provocó un estremecimiento de placer, una emoción religiosa.

Pronto fueron capaces de reconocer las diferentes épocas y, despectivos con los sacristanes, decían:

—¡Ah! ¡Esto es un ábside romano! ¡Es del siglo doce! ¡Otra vez nos encontramos con el estilo flamígero!

Trataban de comprender los símbolos esculpidos en los capiteles, como los dos grifos de Marigny que picotean un árbol florido. Pécuchet vio una sátira en los cantores de mandíbula grotesca que rematan las cimbras de Feuguerolles, y, para Bouvard, la protuberancia del hombre obsceno que cubría uno de los cruceros de ventana de Hérouville demostraba que nuestros antepasados gustaban de la chocarrería.

Llegaron al punto de no poder tolerar el menor signo de decadencia. Todo era decadencia y deploraban el vandalismo, echaban pestes contra el encalado.

Pero el estilo de un monumento no siempre concuerda con la fecha que se le supone. El arco de medio punto dominaba aún, en el siglo XIII, en Provenza. La ojiva es quizá muy antigua y algunos autores discuten que el románico sea anterior al gótico. Esta falta de certeza les contrariaba.

Después de las iglesias estudiaron los castillos, los de Domfront y de Falaise. Admiraban debajo de la puerta las ranuras del rastrillo, y, una vez llegados a lo alto, veían primero la campiña entera y a continuación los tejados de la ciudad, las calles que se entrecruzaban, los carros en la plaza, las mujeres en el lavadero. El muro descendía vertical hasta los zarzales de los fosos y ellos palidecían solo de pensar que unos hombres habían subido hasta allí, colgados de escalas. Se habrían arriesgado a explorar los subterráneos, pero a Bouvard se lo impedía la barriga y a Pécuchet su miedo a las víboras.

Quisieron conocer las viejas casas solariegas, Curcy, Bully, Fontenay-le-Marmion, Argouges. A veces, en la esquina de los edificios, detrás del estercolero, se alza una torre carolingia. La cocina, con sus bancos de piedra, hacía pensar en las comilonas de tiempos feudales. Otras tienen un aspecto únicamente terrible, con sus tres recintos amurallados todavía visibles, aspilleras debajo de la escalera, altas torrecillas de agudos tejados en declive. Luego se llega a un piso en el que una ventana de tiempos de los Valois, tallada como un marfil, deja filtrar la luz del sol que calienta en el suelo de madera granos de colza puestos a secar. Algunas abadías son utilizadas como graneros. Las inscripciones de las lápidas sepulcrales están borradas. En medio de los campos queda en pie un piñón, revestido de arriba abajo de una yedra que tiembla al viento.

Una gran cantidad de cosas excitaban su codicia: un jarrón de estaño, una hebilla de strass, telas de indiana con grandes rameados. La falta de dinero les frenaba.

Por un azar providencial, en Balleroy descubrieron, en un estañador, una vidriera gótica lo bastante grande como para cubrir, cerca del sillón, la pared derecha de la ventana hasta el segundo cristal. En la lejanía se veía el campanario de Chavignolles, que producía un espléndido efecto.

Con la parte inferior de un armario, Gorgu, que les alentaba en su manía, fabricó un reclinatorio para ponerlo debajo de la vidriera. Era aquélla tan obstinada que les hacía echar de menos monumentos de los que nada se sabe, como la casa de recreo de los obispos de Séez.

«Bayeux —dijo el señor de Caumont— debía de tener un anfiteatro.» En vano buscaron el lugar.

El pueblo de Montrecy posee un prado famoso porque en él se encontraron antaño unas medallas. Contaban con reunir una bonita colección numismática. El guarda les negó la entrada.

No tuvieron mejor suerte con el pasadizo existente entre una cisterna de Falaise y un suburbio de Caen. Algunos patos que habían introducido en él reaparecieron en Vaucelles graznando: «Can, can, can», de ahí el nombre de la ciudad.

Nada era demasiado fatigoso para ellos, ningún sacrificio excesivo.

En 1816, Galeron comió por cuatro cuartos en la posada de Mesnil-Villement. Fueron allí y comieron lo mismo, pero ¡comprobaron con sorpresa que las cosas ya no eran como en otro tiempo!

¿Quién fue el fundador de la abadía de Sainte-Anne? ¿Existe un parentesco entre Marin-Onfroy, que importó, en el siglo XII, una nueva variedad de manzana, y Onfroy, gobernador de Hastings, en tiempos de la conquista? ¿Cómo conseguir La astuta pitonisa, comedia en verso de un tal Dutrésor, representada en Bayeux, y en ese momento de lo más difícil de encontrar? Bajo Luis XIV, Hérambert Dupaty, o Dupastis Hérambert, compuso una obra, nunca publicada, repleta de anécdotas sobre Argentan: se propusieron encontrar esas anécdotas. ¿Qué se ha hecho de las memorias autógrafas de madame Dubois de La Pierre, consultadas para la historia inédita de Laigle por Louis Dasprès, vicario provincial de Saint-Martin? Todos ellos eran problemas, apasionantes interrogantes que esclarecer.

Pero a menudo un simple indicio pone sobre la pista de un descubrimiento inapreciable.

Se pusieron, pues, sus blusones para no despertar sospechas, y, disfrazados de buhoneros, se presentaron en las casas, pidiendo comprar viejos papeles. La gente les vendió montones. Eran cuadernos escolares, facturas, antiguos periódicos, nada útil. Finalmente, Bouvard y Pécuchet se dirigieron a Larsonneur.

A este le volvía loco el celtismo, y, respondiendo someramente a sus preguntas, les hizo por su parte otras.

¿Habían observado a su alrededor vestigios del culto al perro, como se ven en Montargis? ¿Y detalles especiales, sobre las hogueras de San Juan, los matrimonios, los dichos populares, etcétera? Incluso les rogó que recogieran para él algunas de las hachas de sílex, conocidas por aquel entonces como celtae y que los druidas empleaban en «sus holocaustos criminales».

Por medio de Gorgu consiguieron una docena, le mandaron la menos grande, y las otras fueron a enriquecer el museo.

Se paseaban por él con devoción amorosa, lo barrían ellos mismos, le habían hablado de él a todos sus conocidos.

Una tarde se presentaron para verlo la señora Bordin y el señor Marescot.

Les recibió Bouvard y comenzó la visita por el vestíbulo.

La viga era nada menos que la antigua horca de Falaise, al decir del carpintero que se la había vendido, quien había recibido esta información de su abuelo.

La gruesa cadena del pasillo provenía de las mazmorras de la torre de homenaje de Torteval. Se asemejaba, según el notario, a las cadenas de los guardacantones de los patios de honor de los palacios. Bouvard estaba convencido de que había servido en otros tiempos para atar a los prisioneros, y abrió la puerta de la primera estancia.

—¿Para qué servían todas estas tejas? —exclamó la señora Bordin.
—Para calentar los baños de vapor; pero vayamos por orden, por favor. Esto es una tumba descubierta en una posada, donde era utilizada como abrevadero.

A continuación Bouvard cogió las dos urnas, llenas de una tierra que no eran sino cenizas humanas, y acercó a sus ojos el frasco para hacer ver de qué modo derramaban los romanos lágrimas en él.

—¡Pero no veo más que cosas lúgubres en su casa!

Efectivamente, era algo un poco demasiado serio para una dama, y entonces sacó de una caja de cartón varias monedas de cobre, con un denario de plata.

La señora Bordin le preguntó al notario qué podría valer hoy eso.

La cota de malla que estaba examinando se le escapó de los dedos y se rompieron unas anillas. Bouvard disimuló su pesar.

Tuvo incluso la cortesía de descolgar la alabarda, y, doblándose, levantando los brazos, golpeando los talones, hacía ademán de segar los corvejones de un caballo, de apuntar como a la bayoneta, de dar muerte a un enemigo. A la viuda le parecía, para sus adentros, un muy buen mozo con toda la barba.

Ella se mostró entusiasmada con la cómoda con incrustaciones de concha. Mucho le asombró el gato de Saint-Allyre, y un poco menos la pera en el frasco; luego, al llegar a la chimenea, manifestó:

—¡Ah! A este sombrero le haría falta un arreglo.

Tres agujeros, marcas de balas, perforaban las alas.

—Perteneció al cabecilla de una banda de ladrones de tiempos del Directorio, David de La Bazoque, apresado a traición y ejecutado inmediatamente.
—Mejor así, hicieron bien —dijo la señora Bordin.

Marescot sonreía despectivamente ante aquellos objetos. No comprendía la inclusión de aquella galocha que había sido el letrero de un vendedor de zapatos, ni el porqué del barrilete de loza, una vulgar jarra de sidra, y el san Pedro era francamente penoso con aquella cara de borrachín.

La señora Bordin observó:

—Debe de haberles costado bastante, de todos modos.
—Oh, no demasiado, no demasiado.

Un pizarrero se lo había vendido por quince francos.

Luego ella criticó, en vista de lo inconveniente, el exagerado escote de la dama con peluca empolvada.

—Pero ¿qué hay de malo en ello? —prosiguió Bouvard—. Cuando una tiene sus encantos… —Y añadió más bajito—: Como usted, estoy seguro.

El notario les daba la espalda, mientras estudiaba las ramas de la familia Croixmare. Ella no respondió nada, pero se puso a jugar con la larga cadena de su reloj. Sus pechos hinchaban el tafetán negro de su corsé, y, con los ojos entrecerrados, inclinaba la cabeza, como una tórtola que se esponja; luego, con aire ingenuo, dijo:

—¿Cómo se llamaba esa dama?
—Lo ignoro; era una amante del Regente, ¿sabe?, ese que tuvo tantas.
—Ya lo creo; las memorias de la época…

Y el notario, sin terminar la frase, deploró ese ejemplo de príncipe que se dejaba arrastrar por las pasiones.

—¡Pero si todos ustedes son así!

Los dos hombres protestaron, y siguió una conversación sobre las mujeres y el amor. Marescot afirmó que existen muchas uniones felices; a veces incluso, sin saberlo, se tiene la felicidad al alcance de la mano. La alusión era directa. Las mejillas de la viuda se arrebolaron; pero, recuperándose casi al punto, dijo:

—No tenemos ya edad para hacer locuras, ¿no, señor Bouvard?
—Ja, ja, yo no diría eso.

Y le ofreció su brazo para volver a la otra estancia.

—Tenga cuidado con los escalones. Muy bien. Ahora observe la vidriera.

Se distinguía un manto de escarlata y las dos alas de un ángel, todo el resto se perdía bajo los emplomados que mantenían en equilibrio las numerosas roturas del cristal. Moría el día, se extendían las sombras. La señora Bordin se había puesto seria.

Bouvard se alejó y reapareció envuelto en una manta de lana, luego se arrodilló en el reclinatorio, con los codos hacia fuera, la cara entre las manos, el resplandor del sol cayéndole sobre la calvicie; y era consciente de este efecto, pues dijo:

—¿No dirían que parezco un monje de la Edad Media?

Acto seguido alzó la frente de soslayo, con los ojos inundados de lágrimas, adoptando una expresión mística. En el pasillo se oyó la voz grave de Pécuchet:

—¡No teman, soy yo!

Y entró con la cabeza completamente recubierta por un yelmo: una olla de acero con unas orejas puntiagudas.

Bouvard se levantó del reclinatorio. Los otros dos permanecían de pie. Pasó un minuto de estupefacción.

La señora Bordin le pareció un poco fría a Pécuchet. Sin embargo, quiso saber si se lo habían enseñado todo.

—Eso me parece. —Y señalando la pared, agregó—: ¡Ah! Disculpen, tendremos aquí un objeto que están restaurando en estos momentos.

La viuda y Marescot se retiraron.

Los dos amigos habían tenido la brillante idea de fingirse competidores. Andaban por ahí el uno sin el otro, y el segundo hacía ofertas superiores a las del primero. Era así como Pécuchet acababa de conseguir el yelmo.

Bouvard le hizo unos cumplidos por ello y recibió elogios por la manta.

Mélie se la había arreglado a manera de cogulla con unos cordones. Se la ponían por turno para recibir a las visitas.

Recibieron las de Girbal, Foureau, el capitán Heurtaux, y luego las de gente de rango inferior, como Langlois, Beljambe, sus arrendatarios, y hasta los criados de los vecinos; y cada vez repetían de principio a fin todas las explicaciones, indicaban el lugar destinado para el arcón, afectaban modestia, pedían indulgencia por el amontonamiento.

Esos días Pécuchet llevaba el gorro de zuavo que tenía en otro tiempo en París, y que le parecía más adecuado para el ambiente artístico. En un momento dado, se calaba el yelmo y se lo inclinaba sobre la nuca para liberar su cara. Bouvard no olvidaba hacer el numerito de la alabarda; y finalmente se preguntaban el uno al otro con una mirada si el visitante se merecía «el monje medieval».

¡Qué emoción cuando se detuvo delante de la cancela el coche del conde de Faverges! No quería más que intercambiar dos palabras con ellos. He aquí de lo que se trataba:

Hurel, su administrador, le había referido que, mientras buscaban documentos por todas partes, habían comprado unos viejos papeles en la hacienda de Aubrye.

Cierto, muy cierto.

¿No habrían descubierto por casualidad unas cartas del barón de Gonneval, ex ayudante de campo del duque de Angulema, y que había residido en Aubrye? Deseaba tener aquella correspondencia por motivos de familia.

No la tenían, pero poseían una cosa que podía interesarle, si se dignaba seguirles a la biblioteca.

¡Nunca zapatos relucientes como aquéllos habían crujido en el pasillo! Fueron a golpearse contra el sarcófago. Incluso estuvo a punto de pisar varias tejas, desplazó el sillón, bajó dos escalones y cuando estuvo en la segunda estancia le enseñaron, debajo del baldaquino, delante del san Pedro, la mantequera fabricada en Noron.

Bouvard y Pécuchet habían creído que la fecha, a veces, podía servir.

El gentilhombre, por cortesía, inspeccionó su museo. Repetía: «¡Encantador! ¡Muy bien!», mientras se daba en la boca golpecitos con el puño del bastón, y, por su parte, les agradecía el haber salvado aquellos restos de la Edad Media, época de fe religiosa y de abnegación caballeresca. Aunque era partidario del progreso, le habría gustado dedicarse, al igual que ellos, a esos interesantes estudios; pero la política, el Consejo General, la agricultura, un montón de compromisos no le dejaban tiempo para ello.

—Por otra parte, después de ustedes, habría ya poco que rascar, porque pronto habrán recogido todas las cosas curiosas de la comarca.
—Modestia aparte, eso pensamos —dijo Pécuchet.

Pero todavía se podía descubrir algo en Chavignolles; por ejemplo había contra la tapia del cementerio, en el caminito, una pila bautismal enterrada bajo la hierba desde tiempos inmemoriales.

Contentos por aquella información, intercambiaron luego una mirada que significaba: «¿Vale la pena?», pero ya el conde abría la puerta.

Mélie, que se encontraba detrás, salió pitando como alma que lleva el diablo.

Cuando pasaba por el patio, vio a Gorgu que estaba fumando en pipa, de brazos cruzados.

—¿Tienen a su servicio a ese muchacho? ¡Hum! Si un día hay una revuelta, yo no me fiaría de él.

Y el señor de Faverges montó en su tílburi.

¿Por qué su criada parecía temerle?

Se lo preguntaron, y ella contó que había servido en su hacienda. Era ella la chiquilla que ponía de beber a las henificadoras el día de su visita, dos años antes. La habían tomado como ayuda en el castillo y despedido «por unos falsos rumores».

Y a Gorgu, ¿qué podían reprocharle? Era muy diestro y se mostraba enormemente respetuoso con ellos.

Al día siguiente, al amanecer, se fueron para el cementerio.

Bouvard tanteó con su bastón el terreno en el lugar indicado. Resonó al golpear algo duro. Arrancaron unas pocas ortigas y descubrieron un receptáculo de gres, una pila bautismal en la que crecían unas plantas.

Sin embargo, nadie tiene por costumbre enterrar pilas bautismales fuera de las iglesias.

Pécuchet hizo un dibujo de ella, Bouvard la descripción, y se lo mandaron todo a Larsonneur.

Su respuesta fue inmediata.

«¡Victoria, queridos colegas! No cabe duda de que se trata de una pila druídica.»

¡Pero debían tener cuidado, no obstante! El hacha era de dudosa autenticidad y, tanto en interés propio como en el suyo, les indicaba una serie de obras que convenía consultar.

Larsonneur confesaba en una posdata sus ganas de ver aquella pila, lo que tendría lugar al cabo de unos días, cuando hiciera un viaje por Bretaña.

Entonces Bouvard y Pécuchet se sumergieron en la arqueología celta. Según esta ciencia, los antiguos galos, nuestros antepasados, adoraban a Kirk y a Kron, a Taranis, a Eso, a Netalemnia, al Cielo y a la Tierra, al Viento, a las Aguas, y, por encima de todo, al gran Teutates, que es el Saturno de los paganos. Pues Saturno, cuando reinaba en Fenicia, casó con una ninfa llamada Anobret, de la que tuvo un hijo llamado Jeud, y Anobret tiene los rasgos de Sara, Jeud fue sacrificado (o estuvo a punto de serlo) como Isaac; así pues, Saturno es Abraham, de donde se deduce que la religión de los galos tenía los mismos principios que la de los judíos.

Contaban con una excelente organización social. El primer estamento comprendía el pueblo, la nobleza y el rey; el segundo los jurisconsultos, y el tercero, el más alto, incluía, según Taillepied, «las varias categorías de filósofos», es decir, los druidas o saronidas, divididos a su vez en eubages, bardos y vates.

Unos profetizaban, otros cantaban, otros estaban dedicados a la enseñanza de la botánica, la medicina, la historia y la literatura, en pocas palabras, «todas las artes de su tiempo». Pitágoras y Platón fueron alumnos suyos. Enseñaron la metafísica a los griegos, la magia a los persas, el arte de la adivinación a los etruscos, y, a los romanos, a estañar el cobre y el comercio de los jamones.

Pero de este pueblo, dominador del mundo antiguo, no quedan más que piedras, aisladas o en grupos de tres, o bien dispuestas en galerías, o formando recintos.

Bouvard y Pécuchet, rebosantes de entusiasmo, estudiaron sucesivamente la Pierre-du-Post en Ussy, la Pierre-Couplée de Guest, la Pierre du Jarier, cerca de Laigle, ¡y otras muchas más!

Todos esos bloques, insignificantes por un igual, no tardaron en aburrirles, y un día que venían de ver el menhir del Passais y se disponían a regresar a casa, el guía les llevó a un hayedo, atestado de moles de granito semejantes a pedestales o a tortugas monstruosas.

La más considerable está hueca como un lebrillo. Uno de sus bordes es más alto que el otro y del fondo parten dos hendiduras que llegan hasta el suelo; era para que la sangre desaguara; ¡no había duda al respecto! El azar no consigue hacer cosas así.

Las raíces de los árboles se entremezclaban con esas rocas abruptas. Lloviznaba; a lo lejos, ascendían unos celajes de bruma, cual grandes fantasmas. Era fácil imaginar bajo el follaje a los sacerdotes con una tiara de oro y blancas vestiduras, con sus víctimas humanas, los brazos atados a la espalda, y, al borde de la pila, la druidesa observando el río rojo, mientras a su alrededor la multitud aullaba armando ruido con címbalos y bocinas hechas con un cuerno de uro.

Concibieron inmediatamente su plan.

Y una noche, al claro de luna, se encaminaron hacia el cementerio, andando como ladrones, a la sombra de las casas. Las persianas estaban cerradas y las alquerías en silencio; no ladró perro alguno. Les acompañaba Gorgu; se pusieron manos a la obra. Solo se oía el ruido de las piedras al ser golpeadas por la azada que abría el césped. La proximidad de los muertos les resultaba desagradable; el reloj de la iglesia difundía un estertor continuo, y el rosetón del tímpano semejaba un ojo que espiase los sacrilegios. Por fin consiguieron llevarse la pila.

Al día siguiente, volvieron al cementerio para ver las huellas de la operación.

El párroco, que estaba tomando el fresco en la puerta de la rectoría, les rogó que le honraran con una visita; y, tras haberles introducido en su salita, les miró de un modo extraño.

En medio del aparador, entre los platos, había una sopera decorada con ramilletes de flores amarillas.

Pécuchet la ponderó, no sabiendo qué decir.

—Se trata de un viejo Ruán —prosiguió el párroco—, un enser de familia. Los entendidos la aprecian, sobre todo el señor Marescot.

Por lo que a él se refería, gracias a Dios, no tenía la manía de las antigüedades; y como ellos parecían no entender, afirmó que les había visto con sus propios ojos robar la fuente bautismal.

Los dos arqueólogos, muy avergonzados, balbucieron. Nadie hacía uso del objeto en cuestión.

¡No importa! Debían restituirla.

¡Por supuesto! Pero, al menos, pedían que se les permitiera llamar a un pintor para hacer un dibujo de ella.

—Está bien, señores.
—Quedará entre nosotros, ¿verdad? —dijo Bouvard—, ¡bajo secreto de confesión!

El eclesiástico, sonriendo, les tranquilizó con un gesto.

No era de él de quien temían, sino más bien de Larsonneur. Cuando pasara por Chavignolles, buscaría la pila, y sus habladurías llegarían hasta oídos del Gobierno. Por prudencia, la escondieron en el cuarto del horno, luego en el cenador, en la caseta, en un armario. Gorgu estaba harto de cargar con ella.

La tenencia de un ejemplar semejante les vinculaba al celtismo de Normandía.

Sus orígenes son egipcios. Séez, en el departamento del Orne, se escribe a veces Saïs, como la ciudad del Delta. Los galos juraban por el toro, la forma importada del buey Apis. El nombre latino de «bellocastes», que designaba a los habitantes de Bayeux, deriva de Beli Casa, morada, santuario de Belus. Belus y Osiris, la misma divinidad. «Nada se opone —dice Mangon de Lalande— a que hubiera, cerca de Bayeux, monumentos druídicos.» «Este lugar —añade Roussel— se asemeja al lugar en el que los egipcios levantaron un templo, y que guardaba sus riquezas.» Todos los monumentos celtas los poseen.

En 1715, cuenta dom Martin, un tal Héribel exhumó, en los alrededores de Bayeux, varias vasijas de arcilla llenas de huesos, y concluyó (siguiendo la tradición y a unas autoridades hoy desaparecidas) que ese lugar, una necrópolis, correspondía al monte Faunus, donde fue enterrado el Becerro de Oro.

¡Pero el Becerro de Oro había sido quemado y devorado por las llamas, a menos que la Biblia estuviera en un error!

En primer lugar, ¿dónde está el monte Faunus? Los autores no lo indican. Los lugareños no saben nada de él. Habría sido necesario proceder a unas excavaciones, y, a tal fin, hicieron llegar al señor prefecto una petición que no tuvo respuesta.

¿Acaso el monte Faunus ha desaparecido y no era una colina sino un túmulo? ¿Qué significaban los túmulos?

Varios contienen esqueletos en posición fetal en el claustro materno. Lo que quiere decir que la tumba era para ellos como una segunda gestación que les preparaba para otra vida. Así pues, el túmulo simboliza el órgano femenino, igual que la piedra erecta es el órgano masculino.

En efecto, allí donde hay menhires ha pervivido un culto obsceno. Prueba de ello es lo que hacían en Guérande, en Chichebouche, en Croisic, en Livarot. Antiguamente, las torres, las pirámides, los cirios, los mojones de los caminos e incluso los árboles significaban el falo, y para Bouvard y Pécuchet todo se convirtió en fálico. Recogieron balancines de carruajes, patas de sillón, cerrojos de sótanos, manos de mortero de boticario. A quien iba a verles le preguntaban: «¿A qué cree usted que se parece esto?», luego desvelaban el misterio, y, si la gente se escandalizaba, ellos se encogían de hombros con una actitud conmiserativa.

Una tarde, mientras fantaseaban sobre los dogmas de los druidas, se presentó, discretamente, el párroco.

Le enseñaron inmediatamente el museo, comenzando por la vidriera; pero estaban impacientes por llegar a una nueva sección, la de los falos. El eclesiástico les paró los pies, juzgando la exhibición indecente. Venía a reclamar la pila bautismal.

Bouvard y Pécuchet imploraron quince días más, el tiempo para hacer un vaciado.

—Cuanto antes mejor —dijo el cura.

Luego charló de cosas insustanciales.

Pécuchet, que se había ausentado un minuto, le deslizó en la mano un napoleón.

El sacerdote hizo ademán de retroceder.

—¡Ah! ¡Para los pobres de la parroquia!

Y el padre Jeufroy, sonrojándose, se guardó la moneda de oro bajo la sotana.

¡Devolver la pila, la pila de los sacrificios! ¡Eso nunca jamás! Estaban decididos incluso a aprender hebreo, que es la lengua madre del celta, a menos que derive de ella. E iban a hacer el viaje a Bretaña, comenzando por Rennes, donde tenían una cita con Larsonneur, con objeto de estudiar esa urna mencionada en las memorias de la Academia Celta y que parecía haber contenido los huesos de la reina Artemisa, cuando entró el alcalde, con el sombrero puesto, sin ceremonias, como el ser grosero que era.

—¡La cosa no puede quedar así, amigos míos! ¡Hay que devolverla!
—¿El qué?
—¡Granujas! ¡Sé muy bien que la tienen escondida!

Alguien les había traicionado.

Ellos replicaron que la retenían con el permiso del señor cura.

—Eso ya lo veremos.

Y Foureau se fue.

Regresó al cabo de una hora.

—¡El cura dice que no! ¡Vengan a explicarse!

Ellos se obstinaron.

En primer lugar, no necesitaban para nada esa pila bautismal, que no era tal. Lo demostrarían con un montón de razones científicas. Y luego se ofrecieron a reconocer, en su testamento, que era propiedad del municipio.

Incluso propusieron comprarla.

—Y, por otra parte, ¡es propiedad mía! —iba repitiendo Pécuchet.

Los veinte francos, aceptados por el padre Jeufroy, eran una prueba contractual y, si había que comparecer ante el juez de paz, lo sentía por él, ¡pues juraría en falso!

Durante estas discusiones, había vuelto a ver varias veces la sopera; y se había despertado en él el deseo, la sed, el ansia de poseer aquella loza. Si aceptaban entregársela, él devolvería la pila. De otro modo, no.

Por cansancio o miedo a un escándalo, el padre Jeufroy se la entregó.

Pasó a formar parte de su colección, al lado del gorro de Caux. La pila fue a adornar el porche de la iglesia; y ellos se consolaron de su pérdida pensando que los vecinos de Chavignolles desconocían su verdadero valor.

Pero la sopera despertó en ellos el gusto por las locerías: nuevo objeto de estudios y de exploraciones en el campo.

Eran los tiempos en que la gente de buen tono buscaba los viejos platos de Ruán. El notario poseía algunos, lo que le había hecho ganarse una cierta reputación de artista, perjudicial en su profesión, pero que él compensaba con otras facetas serias.

En cuanto se enteró de que Bouvard y Pécuchet habían adquirido la sopera, fue a proponerles un intercambio.

Pécuchet se negó.

—¡No se hable más de ello! —Y Marescot examinó su cerámica.

Todas las piezas colgadas a lo largo de las paredes eran azules sobre un fondo de un blanco sucio, y algunas ostentaban un cuerno de la abundancia de tonalidad verde y rojiza; jofainas, platos y platillos, objetos largo tiempo buscados y traídos a casa pegados contra el corazón, debajo de la levita.

Marescot los alabó, habló de otras locerías, de la hispanoárabe, de la holandesa, de la inglesa, de la italiana; y, tras haberles deslumbrado por su erudición, dijo:

—¿Me dejarían ver de nuevo su sopera?

La hizo resonar con un golpecito dado con el dedo, luego contempló las dos S pintadas en la tapadera.

—¡La marca de Ruán! —dijo Pécuchet.
—¡Oh, oh! Ruán, para hablar con propiedad, no tenía marca. Cuando se ignoraba la existencia de las de Moutiers, todas las locerías francesas eran de Nevers. ¡Y lo mismo ocurre hoy en día con Ruán! Por otra parte, se la imita a la perfección en Elbeuf.
—¡No es posible!
—¡Se imitan perfectamente las mayólicas! ¡Su pieza carece de valor, y bonita tontería que iba a hacer yo!

Una vez que el notario se hubo ido, Pécuchet se dejó caer en el sillón, postrado.

—¡No hubiéramos tenido que devolver la pila —dijo Bouvard—, pero te exaltas! ¡Te dejas llevar por tus impulsos!
—¡Sí! Me dejo llevar.

Y Pécuchet, cogiendo la sopera, la arrojó lejos de él, contra el sarcófago.

Bouvard, más sereno, recogió los añicos, uno por uno; y, momentos después, tuvo la siguiente idea:

—¡Marescot, por celos, podría haberse burlado de nosotros!
—Pero ¡cómo!
—¡Nada me asegura que la sopera no sea auténtica! Mientras que las otras piezas, que ha fingido admirar, tal vez son falsas.

Y la jornada acabó en la incertidumbre, con lamentos.

Ello no era una razón para renunciar al viaje a Bretaña. Contaban incluso con llevarse a Gorgu, quien les ayudaría en las excavaciones.

Desde hacía algún tiempo este dormía en la casa, para acabar cuanto antes la restauración del mueble. La perspectiva de un desplazamiento le contrarió y, mientras ellos hablaban de los menhires y de los túmulos que esperaban ver, manifestó:

—Yo conozco algo mejor —les dijo—. En el sur de Argelia, cerca de las fuentes de Bou-Mursoug, hay multitud de ellos.

Y asimismo describió una tumba a cuya apertura había asistido por casualidad, que contenía un esqueleto, acurrucado como un simio, y abrazándose las piernas.

Larsonneur, a quien pusieron al corriente del hecho, no quiso creer nada de todo ello.

Bouvard ahondó en la materia, y volvió a la carga.

¿Cómo es posible que los monumentos de los galos sean rudimentarios, máxime cuando los galos eran gente civilizada en tiempos de Julio César? Sin duda provenían de un pueblo más antiguo.

La hipótesis, en opinión de Larsonneur, era poco patriótica.

Pero ¡qué importa! Nada nos asegura que esos monumentos sean obra de los galos.

—¡Muéstrenos un texto!

El académico se enfadó y no respondió más; ellos se sintieron aliviados por ello, porque estaban ya hartos de los druidas.

Si no sabían a qué atenerse en materia de cerámica y celtismo era porque ignoraban la Historia, en particular la historia de Francia.

En su biblioteca se encontraba la obra de Anquetil; pero les pareció muy poco divertida la sucesión de reyes haraganes. La perversidad de los mayordomos de palacio no les indignó en absoluto y dejaron estar a Anquetil, disgustados por sus insulsas reflexiones.

Entonces le preguntaron a Dumouchel «cuál es la mejor Historia de Francia».

Este les abonó en su nombre a un gabinete de lectura y les mandó las Cartas de Augustin Thierry, junto con dos tomos de Genoude.

Según este escritor, la monarquía, la religión y las asambleas nacionales son «los fundamentos» de la nación francesa, que se remontan a los Merovingios. Los Carolingios los derogaron. Los Capetos, de acuerdo con el pueblo, trataron de mantenerlos. Bajo Luis XIII, se instauró el poder absoluto para derrotar al protestantismo, última expresión del feudalismo, y el 89 no era sino una vuelta a la Constitución de nuestros antepasados.

Pécuchet admiró tales ideas.

Bouvard, que había leído a Augustin Thierry primero, las encontraba lamentables.

—Pero ¡qué me hablas de nación francesa, si no existían ni Francia ni asambleas nacionales! ¡Y los Carolingios no usurparon nada! ¡Y tampoco los reyes concedieron la libertad a los municipios! Tú mismo puedes leerlo.

Pécuchet se rindió a la evidencia, ¡y no tardó en superarle en rigor científico! Habría sido una deshonra para él hablar de Carlomagno y no de Karl el Grande, de Clodoveo en lugar de Clodowig.

Y sin embargo Genoude le encantaba, pues le parecía ingenioso vincular los dos extremos de la historia de Francia, aunque la parte central fuera de relleno; y para saber a qué atenerse, recurrieron a la colección de Buchez y Roux.

Mas el énfasis de los prefacios, esa amalgama de socialismo y catolicismo les descorazonó; el exceso de detalles no dejaba ver el cuadro de conjunto.

Recurrieron a Thiers.

Era en el verano de 1845, en el huerto, bajo el cenador. Pécuchet, con los pies sobre un taburete, leía en voz alta con su voz cavernosa, sin cansarse jamás, deteniéndose tan solo para meter los dedos en su tabaquera. Bouvard le escuchaba con la pipa en la boca, las piernas estiradas, con la cinturilla de los pantalones desabrochada.

Unos viejos les habían hablado del 93; y algunos recuerdos casi personales animaban las chatas descripciones del autor. En aquellos tiempos, los caminos reales hormigueaban de soldados que cantaban La Marsellesa. En la entrada de sus casas, mujeres sentadas cosían lonas para hacer con ellas tiendas de campaña. A veces llegaba una oleada de hombres con gorro rojo, inclinando en la punta de una pica una cabeza exangüe con los cabellos colgando. El Alto Tribunal de la Convención dominaba una nube de polvo, en la que unos rostros furiosos lanzaban gritos de muerte. Si uno pasaba, al mediodía, cerca del estanque de las Tullerías, oía la caída de la guillotina, semejante a unos mazazos.

Y la brisa agitaba los pámpanos del cenador, la cebada madura se mecía de vez en cuando, silbaba un mirlo. Lanzando miradas a su alrededor, saboreaban esta tranquilidad.

¡Lástima que no se hubieran puesto de acuerdo desde un principio! ¡Porque, si los monárquicos hubiesen pensado como los patriotas, si la Corte se hubiese mostrado más franca y los adversarios menos violentos, se habrían podido evitar muchas desgracias!

A fuerza de charlar de ello, se apasionaron. Bouvard, con sus ideas liberales y su corazón sensible, fue constitucional, girondino, termidoriano. Pécuchet, bilioso y de tendencias autoritarias, se declaró sans-culotte y hasta robesperiano.

Aprobaba la condena del rey, los decretos más despiadados, el culto del Ser Supremo. Bouvard prefería el de la Naturaleza. Con gusto hubiera reverenciado la imagen de una mujer gorda derramando de sus pechos a sus adoradores, no ya agua, sino chambertin.

Para contar con un número mayor de hechos en apoyo de sus argumentos, se consiguieron otras obras. Montgaillard, Prudhomme, Gallois, Lacretelle, etcétera; y las contradicciones de estos libros no les creaban el menor problema. Cada uno tomaba de ellas lo que podía resultarle útil para defender su propia causa.

Así Bouvard estaba convencido de que Danton había aceptado cien mil escudos para presentar mociones que habían de ser la perdición de la República, y según Pécuchet, Vergniaud habría pedido seis mil francos mensuales.

—¡Eso jamás! ¡Explícame más bien por qué la hermana de Robespierre recibía una pensión de Luis XVIII!
—¡Eso no es cierto! De quien la recibía era de Bonaparte, y puesto que te lo tomas así, dime, ¿quién es el personaje que poco antes de la muerte de Igualdad tuvo una conversación secreta con él? ¡Quiero que se reimpriman los párrafos suprimidos en las memorias de Campan! La muerte del Delfín me parece sospechosa. ¡La explosión del polvorín de Grenelle se llevó por delante a dos mil personas! Causa desconocida, dicen, ¡qué sandez!

Porque Pécuchet tenía una idea precisa de cuál era aquella causa, y achacaba la responsabilidad de todos los crímenes a las conjuras de los aristócratas y al oro extranjero.

En opinión de Bouvard, el «subid al cielo, hijos de san Luis», las vírgenes de Verdún y los calzones de piel humana eran cosas indiscutibles. Aceptaba las listas de Proudhomme, exactamente un millón de víctimas.

Pero el Loira, tinto en sangre desde Saumur hasta Nantes, a lo largo de setenta kilómetros, le dio que pensar. Pécuchet concibió igualmente dudas, y empezaron a sentir desconfianza de los historiadores.

La Revolución es, para unos, un acontecimiento satánico. Otros la proclaman como una excepción sublime. Los vencidos de cada bando, naturalmente, son unos mártires.

Thierry demuestra, a propósito de los bárbaros, la necedad de pretender saber si tal principio fue bueno o malo. ¿Por qué no seguir el mismo método para el examen de las épocas más recientes? Pero la Historia debe tomarse su venganza sobre la Moral; agradezcámosle a Tácito el haber destrozado a Tiberio. Al fin y al cabo, que la reina tuviera amantes, que Dumouriez desde Valmy pensase en la traición, que en pradial fuese la Montaña o la Gironda quien hubiera comenzado, y en termidor los Jacobinos o la Llanura, ¿qué importancia podía tener en el desarrollo de la Revolución, cuyos orígenes son profundos y las consecuencias incalculables?

Tenía, así pues, que producirse, ser lo que fue, pero suponed una huida del rey sin obstáculos, a Robespierre escapándose o a Bonaparte asesinado —azares que dependían de un posadero menos escrupuloso, de una puerta abierta o de un centinela dormido—, y el curso del mundo habría sido distinto.

Ya no tenían una sola idea coherente sobre los hombres y sobre los hechos de aquella época.

Para formarse un juicio imparcial, hubieran tenido que leerse todas las historias, todas las memorias, todos los diarios y todos los manuscritos, porque de la mínima omisión podía depender un error que a su vez habría provocado otros, y así hasta el infinito. Renunciaron a ello.

Pero les había entrado ya el gusto por la Historia, la necesidad de la verdad por sí misma.

¿Acaso es más fácil descubrirla en las épocas antiguas? Al tomar distancia de los acontecimientos, los autores debían hablar desapasionadamente de ellas. Y abordaron al bueno de Rollin.

—¡Cuántas pamplinas! —exclamó Bouvard desde el primer capítulo.
—Espera un momento —dijo Pécuchet, rebuscando en la parte baja de la biblioteca, donde se amontonaban los libros del último propietario, un viejo jurisconsulto, maníaco y culto.

Y tras haber apartado muchas novelas y obras teatrales, con un Montesquieu y algunas traducciones de Horacio, llegó a lo que buscaba: la obra de Beaufort sobre la historia romana.

Tito Livio atribuye la fundación de Roma a Rómulo. Salustio otorga dicho mérito a los troyanos de Eneas. Coriolano murió en el exilio, según Fabio Píctor, por las intrigas de Actio Tulo, si hemos de creer a Dionisio de Halicarnaso. Séneca afirma que Horacio Cocles volvió victorioso; Dión, que fue herido en una pierna. Y La Mothe le Vayer expresa análogas dudas sobre los demás pueblos.

No existe acuerdo acerca de la antigüedad de los caldeos, el siglo de Homero, la existencia de Zoroastro, los dos imperios de Asiria. Quinto Curcio escribió una historia novelada. Plutarco desmiente a Herodoto. Nos hubiéramos hecho otra idea de César si Vercingetórix hubiera escrito sus comentarios.

La historia antigua es oscura por falta de documentos. En la moderna, en cambio, abundan; y Bouvard y Pécuchet volvieron sobre Francia y comenzaron a leer a Sismondi.

Aquella sucesión de tantos hombres les despertaba las ganas de conocerlos más a fondo y mezclarse con ellos. Querían tener acceso a las fuentes originales. Gregorio de Tours, Monstrelet, Commines, todos los que tenían un nombre extraño o atractivo.

Pero los hechos se confundieron al no saber las fechas.

Afortunadamente poseían la mnemotecnia de Dumouchel, un ejemplar en doceavo, en cartoné, con el epígrafe: «Instruir deleitando».

Combinaba los tres sistemas de Allévy, de Pâris y de Feinaigle.

Allévy transforma las cifras en figuras, por lo que el número 1 está representado por una torre, el 2 por un pájaro, el 3 por un camello, y así sucesivamente. Pâris trata de estimular la imaginación a base de acertijos: una silla guarnecida de clavos dará: Clou, clavo, vis, tornillo = Clodoveo; y como el ruido que hace la fritura es «ric, ric», unas pescadillas en una sartén recordarán a Chilperico. Feinaigle divide el universo en casas, que contienen habitaciones, cada una de cuatro paredes con nueve paneles, y cada panel lleva un emblema. Así pues, el primer rey de la primera dinastía ocupará en la primera habitación el primer panel. Un faro sobre un monte nos dirá cómo se llamaba «Phar a mond», Faramundo, con el sistema Pâris; y según el consejo de Allévy, al ponerle encima un espejo que significa 4, un pájaro 2, y un aro 0, se obtendrá 420, fecha del advenimiento de este príncipe.

Para mayor claridad, tomaron como base mnemotécnica su propia casa, su domicilio, vinculando cada una de sus partes a un hecho concreto; y el patio, el huerto, los alrededores, toda la región no tenían más sentido que el de ayudar a memorizar. Los deslindes en el campo delimitaban ciertas épocas, los manzanos eran árboles genealógicos, los arbustos batallas, todo se convertía en símbolo. Buscaban en las paredes muchas cosas que faltaban, terminaban por verlas, pero ya no sabían qué fechas representaban.

Por otra parte, las fechas no son siempre auténticas. Merced a un manual escolar se enteraron de que el nacimiento de Cristo debe hacerse remontar a cinco años antes de lo que se sitúa; que los griegos tenían tres maneras de calcular cuándo serían las Olimpiadas y los latinos tenían ocho para fijar el comienzo de año. Otras tantas razones para el equívoco, aparte de las que se originaban por zodiacos, eras y calendarios diversos.

Y de la despreocupación por las fechas pasaron al desprecio por los hechos.

¡Lo que de veras contaba era la filosofía de la Historia!

Bouvard no consiguió terminar el célebre discurso de Bossuet.

—¡El Águila de Meaux es un farsante! ¡Se olvida de la China, de las Indias y de América! Pero se preocupa de informarnos de que Teodosio era «la alegría del Universo», que Abraham «trataba de igual a igual a los reyes», y que la filosofía de los griegos deriva de la de los judíos. Su fijación por los judíos me ataca los nervios.

Pécuchet compartió esta opinión, y quiso hacerle leer a Vico.

—¿Cómo admitir —objetaba Bouvard— que unas fábulas sean más verdaderas que las verdades de los historiadores?

Pécuchet trató de explicar los mitos, perdiéndose en la Ciencia Nueva.

—¿No pretenderás negar los designios de la Providencia?
—¡No sé cuáles son! —dijo Bouvard.

Y decidieron dirigirse a Dumouchel.

El profesor confesó que en aquel momento no tenía las ideas muy claras respecto a la Historia.

«Cambia todos los días. Se ponen en tela de juicio los reyes de Roma y los viajes de Pitágoras. Se ataca a Belisario, a Guillermo Tell y hasta al Cid, convertido, gracias a los últimos descubrimientos, en un simple bandido. Sería deseable que no se hagan más descubrimientos, ¡e incluso el Instituto debería establecer una especie de canon que prescribiera lo que hay que creer!»

En una posdata les mandaba las reglas de la crítica que había extraído del curso de Daunou:

«Citar como prueba el testimonio de las multitudes es una pésima prueba; la multitud solo está allí para confirmar».
«Hay que rechazar lo imposible. A Pausanias le enseñaron la piedra que se había tragado Saturno.»
«La arquitectura puede ser falaz, verbigracia: el arco del Foro, en el que Tito fue llamado el primer vencedor de Jerusalén, que Pompeyo conquistó antes que él.»
«A veces las medallas engañan. En el reinado de Carlos IX, se acuñaron monedas con el cuño de Enrique II.»
«Ténganse en cuenta la habilidad de los falsarios, el interés de los apologistas y de los calumniadores.»

Son pocos los historiadores que han trabajado siguiendo estas reglas; todos, en cambio, lo han hecho con la mira puesta en una causa particular, en una religión, en una nación, en un partido, en un sistema, o para censurar a los reyes, aconsejar al pueblo, ofrecer ejemplos morales.

Los otros, que lo único que pretendían era contar hechos, no es que valgan mucho más, puesto que no se puede decir todo, hay que escoger. Pero en la selección de los documentos dominará una cierta disposición mental, y como esta varía, según la idiosincrasia de quien escribe, la Historia no será fijada nunca definitivamente.

«Es triste», pensaban.

Pero se podría escoger un asunto, agotar las fuentes, analizarlo a fondo y luego condensarlo en una narración, que sería como un resumen de hechos, que reflejaría la verdad en su integridad. Una tal obra le parecía realizable a Pécuchet.

—¿Quieres que probemos a escribir nosotros una historia?
—¡No pido nada mejor! Pero ¿cuál?
—Ya, ¿cuál?

Bouvard se había sentado y Pécuchet iba de un lado a otro del museo, cuando le llamó la atención la mantequera, deteniéndose de golpe:

—¿Y si escribiéramos la vida del duque de Angulema?
—¡Pero si era un imbécil! —replicó Bouvard.
—¡Eso qué importa! Los personajes de segundo orden tienen a veces una influencia enorme, y quizá este era el que manejaba los hilos de la política.

Los libros les proporcionarían información, y el señor de Faverges la tendría sin duda de primera mano o de algunos viejos gentilhombres amigos suyos.

Meditaron este proyecto, lo discutieron y finalmente decidieron pasar quince días en la biblioteca municipal de Caen para hacer algunas investigaciones.

El bibliotecario puso a su disposición unas historias generales y unos folletos, con una litografía coloreada que representaba de medio perfil al señor duque de Angulema.

El paño azul de su uniforme desaparecía bajo las charreteras, las condecoraciones y el grueso cordón rojo de la Legión de Honor. Una gorguera en extremo alta ceñía su largo cuello. Su cabeza apepinada estaba enmarcada por unos cabellos rizados y por unas finas patillas; y los párpados pesados, una nariz muy pronunciada y unos gruesos labios le conferían una expresión de insulsa bondad.

En cuanto hubieron tomado unas notas, redactaron un programa:


Nacimiento e infancia carente de especial interés. Uno de sus preceptores fue el abate Guénée, el enemigo de Voltaire. En Turín hacen fundir un cañón para él, y estudia las campañas de Carlos VIII. Por lo que es nombrado, pese a su juventud, coronel de un regimiento de guardias nobles.
1797. Boda.
1814. Los ingleses toman Burdeos. Él acude tras ellos, y comparece ante sus habitantes. Descripción del aspecto del príncipe.
1815. Bonaparte le sorprende. Llama inmediatamente en su ayuda al rey de España, y, de no haber sido por Masséna, Tolon habría caído en manos de los ingleses.
Operaciones en el Mediodía. Es derrotado, pero puesto en libertad después de haber prometido devolver los diamantes de la Corona, que su tío el rey se había llevado a toda prisa.
Después de los Cien Días, vuelve con los suyos y lleva una vida retirada. Pasan varios años.
Guerra de España. Al poco de cruzar los Pirineos, la Victoria sigue por todas partes al nieto de Enrique IV. Conquista el Trocadero, alcanza las columnas de Hércules, aplasta a las facciones, abraza a Fernando y retorna a casa.
Arcos de triunfo, muchachas que le ofrecen flores, cenas en las prefecturas, tedeums en las catedrales. Los parisienses están en el colmo del entusiasmo. La ciudad le ofrece un banquete. En los teatros se cantan alusiones al héroe.
Disminuye el entusiasmo, pues en 1827, en Cherburgo, un baile organizado por suscripción es un fracaso.
En su calidad de gran almirante de Francia, pasa revista a la flota que va a partir hacia Argel.
Julio de 1830. Marmont le informa de cómo están las cosas. Entonces le da tal ataque de furia que se hiere en la mano con la espada del general.
El rey le confía el mando de todas las fuerzas armadas.
En el Bois de Boulogne encuentra algunos destacamentos de las tropas de línea y no se le ocurre decirles ni una sola palabra.
De Saint-Cloud, va volando hasta el puente de Sèvres. Frialdad de las tropas. La cosa no le inquieta. La familia real deja el Trianón. Se sienta al pie de un roble, abre un mapa, medita, vuelve a montar a caballo, pasa por delante de Saint-Cyr y dirige a los alumnos unas palabras de esperanza.
En Rambouillet, la Guardia de Corps se despide de él.
Se embarca, y se siente indispuesto durante toda la travesía. Fin de su carrera.
Es preciso destacar la importancia que tuvieron los puentes. Primero se expone inútilmente al peligro en el puente del Inn, conquista el puente de Saint-Esprit y el puente de Lauriol; en Lyon, los dos puentes se revelan funestos para él, y su fortuna se acaba delante del puente de Sèvres.
He aquí un cuadro de sus virtudes. Inútil ensalzar su valor, al que unía unas grandes dotes políticas. En efecto, ofreció sesenta francos a cada soldado que abandonase al Emperador, y en España trató de corromper a los constitucionales con dinero.
Su prudencia diplomática era tan grande que consintió a los planes matrimoniales de su padre con la reina de Etruria, a la formación de un nuevo Gabinete tras las Reales Ordenanzas, a la abdicación en favor de Chambord, en suma, a todo lo que se le pedía.
Sin embargo, no carecía de firmeza. En Angers, expulsó a la infantería de la Guardia Nacional, que, celosa de la caballería y en medio de una maniobra, había conseguido escoltarle, de tal modo que Su Alteza se encontró atrapado entre los soldados de infantería hasta el punto de no conseguir mover una rodilla. Pero él censuró a la caballería, causante del desorden, y perdonó a la infantería, en un verdadero juicio salomónico.
Dio prueba de su religiosidad con numerosos actos de devoción, así como de su clemencia al conseguir el perdón del general Debelle, que se había alzado en armas contra él.
Detalles íntimos, rasgos del príncipe:
En el castillo de Beauregard, durante su infancia, se divertía con su hermano haciendo un estanque que todavía hoy puede verse. En cierta ocasión, fue de visita al cuartel de cazadores, pidió un vaso de vino y se lo bebió a la salud del Rey.
Mientras paseaba, para marcar el paso repetía para sí: «¡Un, dos; un, dos; un, dos!».
Algunos de sus dichos han llegado hasta nosotros:
A una delegación de bordeleses les dijo: «¡Lo que me consuela de no ser de Burdeos es encontrarme entre vosotros!».
A los protestantes de Nîmes: «Soy un buen católico, pero nunca olvidaré que el más ilustre de mis antepasados fue protestante».
A los alumnos de Saint-Cyr, cuando todo está perdido: «¡Bien, amigos míos! ¡Las noticias son buenas! ¡Las cosas marchan bien, muy bien!».
Tras la abdicación de Carlos X: «¡Puesto que no quieren saber nada de mí, que se las compongan!».
Y en 1814, en cualquier ocasión, hasta en el más pequeño pueblo, decía: «No más guerras, ni reclutamientos forzosos, ni impuestos indirectos».
Su estilo era digno de sus palabras. Sus proclamas son insuperables.
La primera del conde de Artois comenzaba así: «¡Franceses, ha llegado el hermano de vuestro Rey!».
La del príncipe: «Aquí me tenéis. ¡Soy hijo de vuestros reyes! ¡Vosotros sois franceses!».
Orden del día fechada en Bayona: «¡Soldados, aquí me tenéis!».
Otra, en plena deserción: «Seguid sosteniendo con la energía propia del soldado francés la lucha que habéis comenzado. ¡Es lo que Francia espera de vosotros!».
La última, en Rambouillet: «El Rey ha iniciado negociaciones con el Gobierno establecido en París, y todo hace creer que se está a punto de llegar a un acuerdo».
Ese «todo hace creer» era sublime.


—Lo que me preocupa —dijo Bouvard— es que no se hace mención de sus aventuras galantes.

Anotaron al margen: «¡Investigar los amores del príncipe!».

Cuando ya se disponían a irse, al bibliotecario, cambiando de parecer, se le ocurrió enseñarles otro retrato del duque de Angulema.

En este aparecía en calidad de coronel de coraceros, de perfil, con el ojo aún más pequeño, la boca abierta y el cabello liso y alborotado.

¿Cómo conciliar los dos retratos? ¿Tenía el pelo liso o rizado? A menos que tuviera la coquetería de hacérselos rizar.

Para Pécuchet esta era una cuestión seria, pues la cabellera nos habla del temperamento, y el temperamento del individuo.

Bouvard pensaba que no se sabe nada de un hombre en tanto se ignoran sus pasiones; y para esclarecer estos dos puntos, se presentaron en el castillo de Faverges. El conde no estaba, lo cual retrasaba su obra. Regresaron a casa, vejados.

La puerta de la casa estaba abierta de par en par, no había nadie en la cocina. Subieron la escalera; ¿y qué diréis que vieron en medio de la habitación de Bouvard? A la señora Bordin, que miraba a uno y a otro lado.

—Disculpen —dijo esforzándose en reír—. Hace una hora que busco a su cocinera, a la que necesito para hacer confituras.

La encontraron en la leñera, durmiendo como un tronco sentada en una silla. La sacudieron. Abrió los ojos.

—¿Y ahora qué pasa? ¡Usted siempre acosándome con sus preguntas!

Estaba claro que, en su ausencia, la señora Bordin se las hacía.

Germaine salió de su torpor y declaró que había tenido una indigestión.

—Me quedo aquí para atenderla —dijo la viuda.

Entonces advirtieron que en el patio había una gran toca de cintas volanderas. Era la señora Castillon, la mujer del granjero. Exclamó:

—¡Gorgu! ¡Gorgu!

Y desde el granero respondió su pequeña criada en voz alta:

—¡No está aquí!

Bajó al cabo de cinco minutos, con las mejillas coloradas, emocionada. Bouvard y Pécuchet le reprocharon su tardanza. Ella les desató las polainas sin rechistar.

A continuación se fueron a ver el arcón.

Sus fragmentos esparcidos alfombraban el cuarto del horno; las estatuillas estaban dañadas, los batientes rotos.

Ante aquel espectáculo, nueva desilusión; a Bouvard le dieron ganas de echarse a llorar y Pécuchet se puso a temblar de pies a cabeza.

Gorgu, apareciendo casi al punto, explicó lo sucedido: acababa de sacar fuera el arcón para barnizarlo, cuando una vaca errabunda lo había arrollado.

—¿La vaca de quién? —preguntó Pécuchet.
—No lo sé.
—¡Ah!, ¡ha dejado usted la puerta abierta, como ahora! ¡Es culpa suya!

Por lo demás, renunciaban a sus servicios: hacía demasiado tiempo que andaba holgazaneando y no querían saber nada más de él ni de su trabajo.

Los señores estaban en un error. Después de todo, el daño no era tan grande. Antes de tres semanas, todo estaría acabado. Y Gorgu les acompañó hasta la cocina, a donde llegaba Germaine, arrastrándose, para hacerles la cena.

Vieron sobre la mesa una botella de calvados, tres cuartos vacía.

—¡Ha sido sin duda usted! —le dijo Pécuchet a Gorgu.
—¡Yo! ¡Jamás!

Bouvard objetó:

—Usted era el único hombre que había en la casa.
—Y bien, ¿y las mujeres? —prosiguió el trabajador con un guiño de soslayo.

Germaine la cogió al vuelo:

—¡Diga francamente que he sido yo!
—¡Por supuesto que ha sido usted!
—¿Y acaso he sido también yo quien ha hecho pedazos el arcón?

Gorgu hizo una pirueta:

—Pero ¿no ven que está borracha?

Entonces se enzarzaron como dos furias, él pálido, guasón, ella colorada como un tomate y arrancándose mechones de pelo grises bajo la cofia de algodón. La señora Bordin se ponía de parte de Germaine, Mélie de Gorgu.

La vieja estalló.

—¿No es una vergüenza que os paséis días enteros en el bosquecillo, por no hablar de la noche? ¡Parisién del demonio, explotador de mujeres! ¡Y encima viene a casa de nuestros amos para hacérsela tragar!

Las pupilas de Pécuchet se dilataron.

—¿Tragar qué?
—¡Le digo que se burla de ustedes!
—¡Nadie se burla de mí! —gritó Pécuchet.

E indignado por su insolencia, exasperado por tantos sinsabores, la despidió; ¡que abandonase inmediatamente la casa! Bouvard no se opuso a esta decisión y los dos se retiraron, dejando a Germaine sollozando por sus desgracias mientras la señora Bordin trataba de consolarla.

Por la noche, una vez calmados, reconsideraron los acontecimientos, se preguntaron quién se había bebido el calvados, cómo se había hecho pedazos el mueble, qué quería la señora Castillon cuando llamaba a Gorgu, y si él había deshonrado a Mélie.

—¡No sabemos lo que pasa en nuestra casa —dijo Bouvard— y pretendemos descubrir cómo eran los cabellos y los amores del duque de Angulema!

Pécuchet añadió:

—¡Cuántos asuntos mucho más importantes, y aún más complicados!

De lo que concluyeron que los hechos exteriores no lo son todo. Había que completarlos con la psicología. Sin la imaginación, la Historia está llena de lagunas.

—¡Encarguemos algunas novelas históricas!

(Sigue leyendo…)

Una respuesta a “Bouvard y Pécuchet. La novela (V)

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