ANTIVACUNAS Y LA SOBERANÍA DEL CUERPO

Pedro A. Curto





Si hay algo sobre lo que se supone somos soberanos, sobre lo que tenemos libertad, es el propio cuerpo: podemos cuidarlo o maltratarlo, hacerlo musculoso o esquelético, entregarlo al ejercicio físico o al sedentarismo, someterlo a regímenes alimenticios o entregarlo a bacanales de comida, tatuar su piel, suicidarlo en un baño de alcohol como hacía Nicolas Cage en Living Las Vegas… El cuerpo es nuestro territorio y nuestra patria íntima, donde mandamos nosotros más allá de nuestra condición social o económica y lógicamente de sus posibilidades y limitaciones. Otra cuestión son los condicionantes sociales y en particular su relación con las estructuras de los poderes, lo que Michel Foucault llamó biopolítica.

Acampan en un parque al modo que se hacen las protestas modernas, son pocos pero hacen ruido y pretenden cuestionar el status quo como le corresponde a las vanguardias, tienen el aire romántico y bohemio de los que se enfrentan a los poderosos y cuestionan el discurso oficial. Son los llamados antivacunas y en medio de un mundo confuso como el que vivimos, es un movimiento que a pesar de su excentricidad parece tener un cierto seguimiento.

En la serie House su doctor protagonista tenía un planteamiento básico para afrontar los casos de sus pacientes: todos mienten. Con esa filosofía se mostraba agresivo con ellos, se burlaba de sus planteamientos y problemas, escarbaba en su intimidad y en ocasiones asaltaba sus casas buscando en su modus vivendi las razones de su enfermedad. Y es que House no tenía demasiado respeto por la soberanía del cuerpo de sus pacientes; un bien mayor, el conseguir curarles (para él más bien resolver el acertijo), estaba por encima de su libertad. Es un viejo debate que difícilmente puede resolverse por los numerosos vericuetos que presenta. En todo caso creo que a House no le hubiesen gustado los antivacunas.

Tener un sistema de vacunación universal en un importante avance sanitario y social, más allá que como todo, sea mejorable. Cuestión aparte son los intereses de la industria farmacéutica que suelen esgrimir los antivacunas, pero es que son precisamente esos intereses económicos los que hacen que a territorios subdesarrollados no lleguen las vacunas o lo hagan de manera deficiente, con lo que de sacrificio humano supone. Eso sí que es grave.

Ninguna soberanía es absoluta, ninguna libertad es absoluta, ninguna ley es absoluta, ningún orden jurídico es absoluto. Los Testigos de Jehová que se niegan a las transfusiones de sangre, según el dogma de su religión y prefieren entregar su vida a un Dios cruel, a mi juicio están cometiendo una barbaridad, pero es su barbaridad y su sacrificio, están en el margen de la soberanía sobre el propio cuerpo. Pero cuando esa soberanía afecta a otros cuerpos debe ser limitada por el mejor método científico que se conozca, y eso son las vacunas. Como se ha visto con la pandemia nuestro cuerpo no solo es débil y limitado, sino que puede ser un vehículo contaminante para otras personas.

Vivimos en sociedad y hay un principio básico: la soberanía y libertad de nuestro cuerpo acaba donde empieza la soberanía y derechos de los demás. Por eso los planteamientos de los antivacunas no tiene nada de rebelde, más allá de las apariencias, y sí mucho de reaccionario. Como diría House: “Son unas creencias estúpidas.”

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