El buscador de libros

Carlos E. Luján Andrade






La búsqueda de libros me llevó hacia tugurizados puestos ubicados en distintos lugares de la ciudad de Lima. No recuerdo cuántos habré visitado, ni ahora dónde estarán. Hubiera sido ideal diseñar un mapa de estos puestos de textos viejos sobre todo de aquellos distantes encontrados casi de casualidad cuando uno se dirigía a cualquier otro destino que no sea el comprar libros. Estos espacios perdidos, dispersos como islotes furtivos me llamaban grandemente la atención. Pequeños garajes, sótanos lúgubres o un puesto de madera donde mejor  se verían las frutas que los libros, y tenían un atractivo especial porque ellos me hallaban a mí, pues yo no iba en búsqueda de ellos. Pero si vas a su encuentro requiere una preparación previa, como cuando un expedicionario intenta hallar alguna ciudadela perdida, momia precolombina o una reliquia. Los pertrechos deberán estar listos para aquella especial tarea: libreta con los apuntes donde estén anotados nombres de autores o títulos (o una buena memoria) que uno requiere, una maleta donde cargar los tomos encontrados y separar el tiempo necesario para realizar una búsqueda paciente y rigurosa. De ir ansiosos nos puede hacer cometer el error de adquirir algo que en realidad no era tan necesario. Para estas expediciones librescas en Lima hay lugares donde uno puede perderse: el jirón Quilca, Camaná o el Amazonas que nos ofrecen rutas establecidas, quizás repetitivas para los andantes cotidianos pero para un buscador cada estante es un paisaje nuevo ya que los libros los rotan porque a pesar de siempre ofrecer el mismo escenario, un buen observador se percata de que los libros que antes estuvieron en esos sitios, ahora ya no lo están. Son objetos vivientes móviles. 

Pero volviendo a los islotes librescos, puedo mencionar que estos tienen la lozanía de la espontaneidad, cuando me los encontraba mi estado de ánimo era diferente, ya que se mostraban como un respiro a la vista entre tanto caos callejero y vida citadina salvaje. Sin exagerar, podría considerarlo como una cabina del silencio colocada en medio de una calle céntrica. En estos espacios se puede percibir aquella desconcertante personalidad de un vendedor que quiere vivir de aquello en lo que pocos creen: la vida integrada a la lectura. Era inevitable preguntarse porqué estaban tan lejos de los otros locales donde también se ofrecían libros en gran cantidad. Alguna vez lo habré intentado averiguar, no obstante, la inconsciencia sobre este hecho hizo que mi curiosidad sea vista por ellos como un acto de ingenuidad, como preguntarle a un sacerdote si en realidad cree en Dios. En aquellos vendedores el convencimiento de su labor está más allá de toda prueba, explicación o lugar.

Lo que puedo lamentar de estos pequeños y aislados locales es que con el pasar de los años han ido desapareciendo, el consumo masivo de otros productos más rentables pero mucho menos nobles han hecho sucumbir esa idealización por el negocio del libro de viejo. Al caminar por aquellas furtivas calles donde recordaba esos oasis librescos, ahora no hallo más que peluquerías, farmacias o simplemente portones metálicos oxidados.  Intentando mitigar mi decepción creo en mi equivocación de la dirección o una mudanza. Es ahí donde anhelo esos mapas nunca diseñados.

La búsqueda de estos viejos libros me ha acompañado tanto despierto como dormido, ya expliqué algunas sensaciones de esta experiencia en el mundo real, pero en el onírico era más fascinante. En los años de mi obsesión libresca tuve un sueño particularmente extraño;  tanto que hasta ahora tengo una impresión fuerte sobre él. Durante un buen tiempo estuve muy interesado en unas ediciones de literatura de la editorial española Aguilar; eran libros de papel biblia y tapa de cuero. En ellos podíamos encontrar obras completas de Dostoievski, Balzac, Amado Nervo, José Santos Chocano, Stendhal, Ricardo Palma, etc. Lamentablemente, eran pocos los que quedaban y de precio elevado. Algunos se encontraban deteriorados con el cuero de la portada maltratada y las hojas amarillentas. Hallarlos siempre producía satisfacción, más aún si se podía conseguir pagando un precio cómodo. No obstante, la idea de añorar la época en la que recién eran ofrecidos era recurrente cuando uno los veía escasos. Así una noche tuve un sueño donde regresaba en el tiempo y entraba a las librerías en las que se ofrecían esos ejemplares como una novedad. Quizás como la desaparecida, la de Mejía Baca. Y en aquella alucinación los locales eran inmensos, enchapados en madera, ordenados y con gigantescos libreros portadores de volúmenes encuerados. Recuerdo haberme quedado fascinado con tanta oferta, escogía libros y libros y ya no sabía dónde llevarlos porque mi maleta estaba repleta. El problema del dinero no existía porque portaba una billetera de cuerina repleta de billetes antiguos pero relucientes. Lo curioso del sueño es que ahí también retorné al presente, en el mismo lugar y ese elegante local ya no era más que una casona vieja de madera podrida y con olor a moho. Los otrora estantes habían sido canibalizados y solo quedaban paredes descascaradas con costras de barro y quincha. En su reemplazo, unos libreros mal trajeados remataban libros apolillados  y copias piratas. Pero lo más triste fue que al regresar en el tiempo, lo hice sin los libros. Así salí de dicha tienda abatido y caminé desilusionado por las calles también desoladas.

Habré soñado buscando libros varias veces y uno en especial, el recurrente: en el que compraba aquél libro que había visto hace mucho, en el que hallaba un incunable o podía adquirir alguno que estuviera fuera de mi presupuesto. No voy a negar que esa época libresca llegue a ser ingenuamente feliz. La vida se limitaba a buscar autores, obras y explorar con estos las primeras palabras que me ofrecían. Enterándome por primera vez sobre algo que ellos guardaron por mucho tiempo y que al tenerlos en mis manos por fin eran liberados.

Con los años, al regresar a esas calles, a esos puestos donde antes exploraba con avidez, la complicidad de antaño se ha perdido. Ya no percibo la camaradería del libro que quiere ser hallado. El universo libresco ya no me pertenece y me parezco a esos transeúntes que de adolescente despreciaba, a los que veía su mala fortuna por pasar delante de estos libros e ignorarlos y seguir con su miseria hacia su mundano destino. Ahora comprendo su indiferencia, no es ignorancia sino decepción porque en estos no siempre se halla lo que la vida nos exige, y también quizás estos autores caminaron desencantados ante otros libros para finalmente escribir lo que ahora se luce en estos viejos estantes. La vida hace a los libros.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .