CANIBALISMO RITUAL: “Piromanía literaria”

José Luis Barrera

Burning ship (the episode of the Russian-Turkish War)
Ivan Aivazovsky (1817-1900)






El misterio gozoso es la lectura; el doloroso, la escritura. Dos caras de una moneda y, a menudo, el primero conduce al segundo.

El oficio de escribir, más allá de todas las fantasías y películas de poetas muertos, no tiene mucho que ver con el muchacho que, a la sombra de un fresno y con libreta Moleskine en mano, se inspira de la nada y hace un soneto —¡ojalá lo fuera!—. En realidad, exige tiempo, paciencia y es una lucha constante en contra del ego.

Ahora bien, escribir es terrible, pero atreverse a publicar es peor, pues significa que el tipo que decidió destriparse con un esferográfico o un teclado, finalmente, va a exhibir los resultados de su auto-descuartizamiento ante desconocidos.

En el momento en que el archivo de Word se convierte en libro —no importa si es digital o impreso— ya no hay vuelta atrás. Se han quemado las naves. El escribidor no tiene una oportunidad nueva para corregir sus fallos y, con el tiempo y la experiencia —si se atreve a releerse—, el pudor lo machacará de modo inevitable. Y es que los años dejan en ridículo al entusiasmo.

Estas líneas parecen una tragedia, pero no, es lo natural. La historia de la literatura es la del arrepentimiento. Si usted, querido lector, bucea por las biografías de los escritores que se tomaron con seriedad su oficio, es probable que encuentre muy pocos que no se hayan quejado de sus trabajos. Aun Borges dijo que jamás leía sus libros para evitar la vergüenza.

Entonces ¿vale la pena publicar? Sin duda. Pero no a la primera, sino luego de correcciones y correcciones de las correcciones… No hay prisa, es preferible hacer un solo libro bueno que miles de malos —claro que esta lección rara vez se aprende a la primera.

La publicación es necesaria porque sobre hojas y bits se ha creado y se seguirá creando una memoria colectiva. Nuestros primeros libros —esos que se hicieron sobre piedras; con dibujos y sin letras— son el recuento de lo que fuimos y también de lo que no debemos ser como especie.

El que dice que escribe solo para él es un mentiroso o un loco. Se escribe porque, aunque sea inconscientemente, hay una pretensión de crear vestigios, rastros de uno mismo; incluso si no se sabe cuándo o quién los descifrará.

Los humanos somos sobre todo contadores de historias. Los chismes de oficina y las anécdotas del abuelo son la prueba, al tiempo que la escritura y la imprenta, artilugios creados para que el vicio por el cuento se materializara o fuese mucho más asequible.

Si me lo preguntan: he publicado dos libros y me arrepiento muchísimo de ambos, sin embargo, estoy a punto de ir por el tercero porque soy —como todos— un pirómano de barcos.

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