Arrugas literarias

Pedro A. Curto

 

 

 

 

 

Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes: libros encantadores, sin pose alguno, sin noche.

Escribir (Marguerite Duras)

.

Este 23 de abril, día del libro, se celebrará sin librerías físicas abiertas, ni tampoco bibliotecas. Y en un confinamiento obligado, uno piensa que el libro puede alejarse del espectáculo, de libros ofrecidos en torres como mero objeto de consumo, para pensar en el libro como espacio intimo, en páginas que pueden transformarte, en el puñetazo al corazón helado del que hablaba Kafka. Otra manera de sentir. Otra manera de ver. Otra manera de construir mirada. Algo necesario ante una crisis que tiene sus víctimas principales: las personas mayores. Creíamos tener un estado de bienestar avanzado, de mercado y consumo, que se vanagloriaba del ascenso en la edad media de vida y nos hemos encontrado con el darwinismo social. Y es que cuando existen discursos que convierten una crisis sanitaria en una guerra y a los ciudadanos en soldados, los que están lejos de la edad militar, sobran.

Son muchas las cosas que una sociedad pierde y se empobrece despreciando las décadas acumuladas sobre la piel. Rimbaud dejo escrita su obra a los veinte años, pero es la excepción; la verdadera literatura suele forjarse con el paso del tiempo, acumulando calendarios. Es una mano aristocrática y arrugada, apenas un pellejo envolviendo unos huesos: la mano que escribe de Marguerite Duras. Una mujer con el rostro destrozado y lleno de surcos, producto del tiempo y el alcohol, que notablemente envejecida a los 68 años, ingresa en una clínica de desintoxicación a vida o muerte. Y sobrevivirá hasta los más de ochenta años. Y como una metáfora, terminará el libro que está escribiendo: El mal de la muerte. Y ya sin el lastre del alcohol escribirá las novelas El amante y El amante de la China del norte, que la llevarán de ser una escritora de culto a una de éxito. La cuestión viene de antiguo y es que el lenguaje es uno de los procesos cognitivos que mejor resiste el paso del tiempo. Cuando Cervantes escribió El Quijote tenía 58 años y diez más cuando escribió la segunda parte, que teniendo en cuenta la época (1605-1615) lo situaría, con parámetros actuales, como un octogenario. Con 70 años publicó José Saramago “Ensayo sobre la ceguera”, un libro referente en la actual epidemia, de un autor que siguió la tradición de alcanzar el fénix de su obra en la tercera edad. Algo parecido a lo que hizo José Luis Sampedro, que forjó un personaje de abuelo rebelde y juvenil. Y es que la mayoría de escritores, al deber compartir el oficio literario con otro trabajo que de más dinero, son muchos los autores que aprovechan la jubilación para dedicarse a la escritura con plena dedicación. Porque la lucidez no se abandona con las arrugas y la debilidad del cuerpo, así Ernesto Sábato, que casi llego a centenario, publicó con noventa años un texto vanguardista, “La resistencia”. Y así se podría seguir. Ya lo decía Thomas Mann en la novela “La muerte en Venecia”, sobre su protagonista-escritor, Gustav Aschembach: “También deseaba llegar a viejo, pues siempre había pensado que sólo es en verdad grande, perfecto y digno de auténtico respeto el artista capaz de realizarse creativamente en todas las fases de la vida humana.”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .