Resignación (I)

Richard Ford

Un año después de que mi padre se fuera a vivir a Saint Louis y nos dejara a mi madre y a mí en Nueva Orleans para que nos las apañáramos como pudiéramos, una tarde llamó por teléfono y pidió hablar conmigo. Eso fue antes de las navidades de 1961. Yo estudiaba en una academia militar de Florida, y había vuelto a casa para las vacaciones. Mi madre había comenzado su nueva carrera de cantante, cuya primera consecuencia fue que tenía que ir a clases de canto a una academia cercana, y la segunda que el hombre que la acompañaba, un negro muy alto, se mudara a nuestra casa y a su dormitorio, mientras ante el vecindario fingía ser el jardinero. Se llamaba William Dubinion, y él y mamá bebían demasiado y llenaban los ceniceros y ponían discos de jazz demasiado altos y hacían un ruido bastante molesto hasta tarde, cosa que no ocurría cuando mi padre estaba en casa. Sin embargo, todo eso sucedía porque él ya no estaba en casa, y porque se había ido a Saint Louis con otro hombre, un oftalmólogo que se llamaba Francis Carter, para no volver jamás. Creo que, a la vista de lo ocurrido, mi madre pensó que tanto daba lo que hiciera o cómo viviera, y que hacer lo peor, al fin y a la postre, no se diferenciaba en mucho de hacer lo mejor.

Todos han muerto ya. Mi padre. Mi madre. El doctor Carter. El acompañante negro, Dubinion. Aunque de vez en cuando aún veo a un hombre en Saint Charles Avenue, en la zona comercial, un hombre que entra en uno de los nuevos bloques de oficinas que han construido: un hombre alto, apuesto, que anda a largas zancadas, de pelo rubísimo, de aspecto juvenil y levemente irónico, con un fresco y elegante traje de verano de milrayas, pajarita y zapatos blancos, que me recuerda a mi padre; o, al menos, la pinta que tenía cuando todo eso ocurrió. Y ésa es la pinta que debió de tener, de hecho, durante toda su vida, hasta bien rebasados los sesenta. Nueva Orleans produce hombres como mi padre, o los producía: hombres que frecuentan un club, deportistas de raqueta, diestros marineros en días tranquilos, episcopalianos tolerantes y progresistas, con buena educación y modales innatos, pero con sus secretos. Esos hombres, cuando te los encuentras por la calle o en alguna cena en los barrios altos, parecen los tipos más increíbles que has visto en tu vida. Te entran ganas de llamarlos al día siguiente y quedar con ellos. Parece que desde siempre hubieras sabido que existían, que hubieran estado siempre presentes en la ciudad, pero que hasta entonces no hubieras visto a muchos, sólo alguno aquí y allá. Parecen exóticos, y tu corazón se ensancha al pensar en el inicio de una larga amistad y en que tu vida mundana va a dar un giro inesperado, y para bien. De modo que los llamas y te ves con ellos. Te vas a pescar con mosca delante de Pointe a la Hache. Organizas una cena y conoces a sus bellas esposas. Almorzáis juntos, con calma, en Antoine’s o en Commander’s y decidís repetir la experiencia cada semana de por vida. Sin embargo, al final de uno de esos almuerzos, notas algo raro. De pronto, surge un silencio, y vuestras miradas se encuentran de una manera que podría indicar una profunda complicidad humana a la que nunca deberás referirte. Pero lo que ves, de repente —y es algo tan repentino como fugaz—, es a ese hombre lejos, muy lejos de ti, tan lejos, de hecho, que ni siquiera eres capaz de calcular la distancia que os separa. Puede que haya una sonrisa en su cara. Puede que incluso acabe de hacer un comentario incisivo, agradable o halagador sobre ti. Pero entonces surge la conciencia de esa lejanía, de esa enorme lejanía, y sabes que no significas nada para él y que, probablemente, nunca volverás a verle, no vale la pena ni molestarse. O, si le ves por casualidad, cruzarás la calle sin esperar a llegar al paso de peatones, buscarás una salida en algún comedor abarrotado, te quedarás sentado más de lo que te apetece en el asiento de tu coche para darle tiempo a doblar la esquina o desaparecer en el mismísimo edificio que he mencionado antes. Le evitarás. Y no es que haya en él nada malo, nada desagradable o imperfecto. Nada sexual. Es sólo que sabes que no es para ti. Y que eso es todo. Es muy sencillo. Aunque es más complicado cuando el hombre en cuestión es tu padre.

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Cuando mi padre llamó y me puse al teléfono —mi madre había contestado, y habían intercambiado unas lacónicas frases—, fue directo al grano.

—Bien, veamos, ¿hablo con Van Cliburn o con Mickey Mantle?

Eran mis dos héroes de la época en que mi padre aún vivía con nosotros: hablaba de ellos sin parar, y hubiera deseado convertirme en cualquiera de los dos. Para entonces ya los había olvidado.

—Ninguno de los dos —dije.

Me hallaba en el gran recibidor de casa, donde estaba el teléfono. A través de la puerta de cristal podía ver a William Dubinion, arrodillado sobre la hierba japonesa que bordeaba las camelias de mi madre. Menuda situación, pensé: contemplar al novio de color de mi madre mientras hablaba con mi padre, que ahora vivía en una ciudad lejana y… bueno, de aquel modo.

—Oh, claro —dijo mi padre—. Eso era lo que nos fascinaba el año pasado.
—Hace más de un año —dije.

Mi madre hizo un ruido en la habitación de al lado. Me llegó el olor del humo de su cigarrillo, oí crujir el periódico. Ella lo escuchaba todo, y no quería mostrarme muy amistoso con mi padre, ni me apetecía. Le consideraba un cabrón.

—Bueno, pues verás, Buck Rogers —prosiguió mi padre—. Te llamo por una cuestión muy importante relacionada con el futuro de la humanidad. Me gustaría saber si te haría ilusión ir a cazar patos al fabuloso pantano del Gran Lago. Conmigo, claro. Tengo que bajar a la ciudad dos días para arreglar unos asuntos legales. Mi anciano padre tenía un fiel criado que había estado toda la vida con la familia, un tal Renard Theriot, un viejo yat de dudosa reputación. Pero de lo que no había duda era de que Renard sabía soplar un reclamo para patos. De modo que lo he arreglado todo para que su hijo, el señor Renard Júnior, nos lleve a un aguardo y sople el reclamo para que podamos matar a unos miles de patos y lo pasemos bien. —Mi padre se aclaró la garganta con aquel estilo tan teatral que utilizaba cuando hablaba de manera tan rimbombante—. Si no tienes la agenda ocupada, desde luego —dijo, y volvió a aclararse la garganta.
—Podría ir —dije, y me pareció extraño estar hablando con él. De vez en cuando me llamaba a la academia militar, donde tenía que conversar con él en las oficinas. Naturalmente, pagaba las facturas de la escuela, me enviaba un tanto cada mes y se encargaba de los gastos de mi madre. Sin duda, era quien pagaba los servicios de William Dubinion, y poco le habría importado saber cuál era su naturaleza. También nos había dejado la gran casa imitación estilo helénico de McKendall Street, en la zona alta de la ciudad. (McKendall es nuestro apellido: mi apellido. Una de esas familias de postín.) Pero seguía siendo muy raro pensar que tu padre vivía con otro hombre en una lejana ciudad y que te llamaba para invitarte a ir a cazar patos. Y, encima, tenía a mi madre escuchando, sentada y fumando y leyendo el States Item, en la habitación de al lado, y pensando lo que estuviera pensando en aquel momento. Era casi demasiado para mí.

Y, sin embargo, quería ir a cazar patos, ir en bote por el pantano que forma la vasta y salobre zona inundada por las mareas de la parte sur y este de nuestra ciudad. Siempre había imaginado que iría allí con mi padre cuando fuera lo bastante mayor. Y ahora ya lo era y en la academia me habían enseñado a disparar con rifle —aunque no con escopeta—. Además, ese día, cuando hablamos, no me pareció alguien que viviera con otro hombre en Saint Louis. Me pareció el de antes, el de nuestra vida normal, cuando iba a los jesuitas y él tenía su bufete en el edificio del Hibernia Bank y formábamos una familia. Creo que mi padre —se llamaba Boatwright McKendall, y en aquella época sólo tenía cuarenta y un años—, por una parte, probablemente quería que las cosas volvieran a ser como eran antes de conocer a su gran amor, el doctor Carter. Aunque también se podría afirmar de él que era de los que siempre querían hacer su voluntad; que jamás reconocería haber hecho algo malo, o ser la causa de algún rencor o un divorcio o un terrible escándalo, como el que hace que te expulsen del bufete que tu familia fundó hace cien años y lleva tu nombre; o que exista la posibilidad de que por tu culpa tu madre muera de la desilusión a edad relativamente temprana. Y, de hecho, cada vez que algo de lo que hacía causaba algún problema a alguien, o destrozaba una vida, o hacía que la existencia de alguien fuera cuesta abajo, bueno, entonces miraba hacia otro lado, o lo arreglaba con dinero, y luego intentaba que la vida siguiera como si el mundo fuera un lugar fabuloso y todos pudiéramos ser estupendos amigos. Era la ausencia que he mencionado antes, su habilidad para no estar donde estaba exactamente, aunque todos parecieran verle ahí, excepto el observador más avezado. Un hijo, por ejemplo.

—Muy bien, escúchame, pues, señor Buck —dijo mi padre al teléfono desde (supongo) Saint Louis. Buck es como me llamaban, para distinguirme de él (llevábamos el mismo nombre), y me siguen llamando. Y recuerdo que me puse nervioso, como si al hacer algo tan natural como quedar con él para ir de caza, y verle por primera vez desde que salió de una fiesta de Año Nuevo en el Boston Club y se fue con el doctor Carter para no volver, estuviera cruzando una línea, exponiéndome a una situación de peligro. Y no el peligro que podrías pensar, relacionado con los bajos instintos, sino un peligro cuya existencia no conoces hasta que no lo sientes en la tripa, lo mismo que sientes cuando bajas corriendo una colina empinada al fondo de la cual hay un río o un cañón profundos, y te das cuenta de que no puedes parar. Mi peligro se llamaba decepción, ahora lo sé. Pero yo quería lo que quería, y no iba a permitir que aquella sensación me detuviera.
—Quiero que sepas —dijo mi padre— que ya lo he arreglado todo con tu madre. Le parece una idea estupenda.

Me imaginé su pelo rubio, su cara hermosa, juvenil, sin arrugas, charlando animadamente ante el auricular del teléfono en alguna sala elegante, soleada, de techos altos, junto a una cara mesa francesa con algunos exquisitos objetos artísticos encima, que iba cogiendo y observando mientras hablaba. En mi imaginación llevaba un batín púrpura y se sentía feliz haciendo lo que hacía.

—¿Va a venir alguien más? —pregunté.
—¡Dios mío, no! —dijo mi padre, y se rió—. ¿En quién pensabas? Francis es demasiado fino para ir a cazar patos. Tendría miedo de perder uno de sus hermosos ojos azules. ¿No es verdad, Francis?

Me horrorizó pensar que el doctor Carter estaba en aquella misma habitación, escuchando. Mi madre, naturalmente, seguía escuchándome.

—Sólo estaremos tú, yo y Renard Júnior —dijo mi padre, y su voz se alejó del auricular. Entonces oí otra voz, suave, distinguida, que decía algo donde estaba mi padre, posiblemente un comentario irónico acerca de nuestros planes. —¡Oh, por Cristo! —dijo mi padre en tono irritado, un tono que yo conocía tan poco como la voz del doctor Carter—. No digas eso. Te equivocas de conversación. Estoy hablando con Buck. —La voz dijo algo más, y en mi mente vi al doctor Carter bajo una luz muy poco favorable, una imagen que no pienso describir—. Y ahora, comandante Rogers, no te olvides de levantarte a las cuatro el jueves —dijo mi padre con su estilo rimbombante—. Los patos madrugan mucho. Te recogeré en tu casa. Ponte tus botas y tu chaquetón, y no lleves nada de color. Yo pondré la artillería.

Me pareció raro que mi padre considerara la gran casa donde habíamos vivido todos nosotros, y donde habían vivido su padre y su abuelo desde la guerra de Secesión, como mi casa. A mí no me parecía que fuera mi casa. Como mucho, sería la casa de mi madre, pues ella se había casado con él y luego se la había quedado al divorciarse.

—¿Cómo va la escuela, por cierto? —dijo mi padre, distraído.
—¿Cómo va el qué?

Estaba sorprendidísimo de que me preguntara eso. Mi padre estaba confuso, como si hubiera estado leyendo algo y hubiera perdido la línea.

—La escuela. Ya sabes. Las notas. ¿Has sacado todo sobresalientes? Deberías. Eres inteligente. Al menos tienes un rictus inteligente.
—Odio la academia —dije.

Me gustaba ir a los jesuitas, donde tenía amigos. Pero mi madre me había obligado a ir a Sandhearst a causa del trastorno que había supuesto la marcha de mi padre. En la academia llevaba uniforme caqui, con una lista azul en el lateral de la pernera de los pantalones, y rígida gorra azul de conserje. Me sentía un completo idiota.

—Oh, bueno, eso no importa —dijo mi padre—. Entrarás en Harvard igual que entré yo.
—¿Y cómo entraste tú? —pregunté, porque, aunque sólo tenía quince años, ya quería ir a Harvard.
—Por guapo —dijo mi padre—. Así es como nos lo montamos los sureños. Ésa es la inteligencia más importante. Una vez lo sabes, el resto es muy simple. Al mundo le gusta guiarse por la belleza. Sólo utiliza el cerebro cuando falla la belleza. Pregúntale a tu madre. Por eso se casó conmigo cuando no hubiera debido hacerlo. Ahora seguro que lo admite.
—Creo que lo lamenta —dije.

Me acordé de que mi madre escuchaba mi mitad de la conversación.

—Oh, sí. Seguro que lo lamenta, Buck. Ahora todos lo lamentamos un poco. Doy fe de ello. —La otra voz que estaba en la habitación volvió a hablar, de nuevo en tono irónico—. ¡Oh, cállate! —dijo mi padre—. ¡Cállate de una vez y no te metas en esto! Te veré el jueves por la mañana, hijo —dijo mi padre, y colgó antes de que pudiera responder.

Esa conversación con mi padre tuvo lugar un lunes, dieciocho de diciembre, tres días antes de la proyectada cacería de patos. Y durante los días que transcurrieron hasta el jueves mi madre, más o menos, me evitó, permaneció en su habitación del piso de arriba con la puerta cerrada, a menudo con William Dubinion, o se fue en coche a sus clases de canto con él al volante, haciéndose pasar por su chófer (aunque ella iba delante, en el asiento del acompañante). Esto ocurrió en la época en que la discriminación racial estaba aún a la orden del día, y a la gente de color se la pisoteaba y linchaba y quemaba en todos los estados del Sur. Y, sin embargo, el que en nuestra ciudad una mujer blanca apareciera en público acompañada de un negro no causaba el menor revuelo. Todo eso no tenía ni lógica ni sentido. Era Nueva Orleans, y si podías salirte con la tuya, pues lo hacías. Además, a Dubinion no le importaba trabajar en los arriates de camelias que había delante de la casa, para salvar las apariencias. Lo cierto es que creo que todo le importaba bien poco. Había crecido en la zona algodonera de la parroquia de Pointe Coupée, entre los dos ríos, había conseguido asistir al conservatorio de Wilberforce, Ohio, había estado en Corea y había tocado en la banda del ejército. Luego estuvo tocando en todos los clubs y tugurios de la ciudad durante una década antes de conocer a mi madre en una fiesta de sociedad en la que le habían contratado para tocar; ella, en aquella época, era la comidilla de la ciudad, pues no dejaba de contarle a todo el mundo que cuando tu marido te abandona por un marica rico, bueno, la vida sigue.

El señor Dubinion casi nunca me dirigía la palabra. Había entrado en la vida de mi madre después de que yo ingresara en la academia militar, y cuando volví a casa para el Día de Acción de Gracias lo tuve que aceptar como un hecho consumado. Era un hombre alto, flaco, con una cara amarillenta y alargada de aspecto grave, ojos agamuzados y acuosos, un leve ceceo y unas manos enormes y huesudas de uñas rosadas que paseaba por las teclas del piano. No creo que mi madre le considerara guapo, pero eso, posiblemente, no importaba. Solía apoltronarse en nuestro salón, donde bebía whisky escocés, fumaba y tocaba melodías que improvisaba en el piano de cola Steinway de mi abuelo. Tarareaba entre dientes y gruñía y se balanceaba hacia arriba y hacia atrás igual que Erroll Garner, el pianista de jazz. Normalmente, me miraba sólo por el rabillo de sus ojos amarillos y achinados, como si aquella majestuosa residencia que era la casa de mi familia no fuera realmente lugar para ninguno de los dos. Imagino que sabía que no se quedaría allí para siempre, y le hacía feliz salirse por una temporada de lo que era su vida habitual, y tener a mi madre de novia. También parecía pensar que yo tampoco me quedaría mucho en aquella casa, y que eso era algo que teníamos en común.

Pero recuerdo una cosa que me dijo pocos días antes de que me fuera con mi padre a los pantanos aquella Navidad, que resultó ser la única que Dubinion pasó con nosotros. Entré en el gran salón en penumbra donde estaba el piano —junto a la ventana que daba a la parte de delante—, y donde mi madre había colocado un gran árbol de Navidad con luces parpadeantes y una estrella dorada en lo alto. Yo tenía un ejemplar de El Infierno, que había decidido leer durante las vacaciones, pues al año siguiente esperaba dejar Sandhearst y matricularme en Lawrenceville, adonde había ido mi padre antes de entrar en Harvard. Y allí estaba William Dubinion, tocando el piano, fumando y bebiendo. Mi madre había estado cantando You’ve Changed con su fina y hermosa voz de soprano, y se había ido a descansar porque cantar la había fatigado. Cuando Dubinion vio la cubierta roja de mi libro, frunció el ceño, se colocó de lado sobre la banqueta, cruzó una pierna sobre la otra y dejó a la vista la piel pálida y sin vello que quedaba encima de sus zapatos de charol negros. Llevaba pantalones negros y una camisa blanca, pero no calcetines; así era como vestía normalmente cuando estaba por casa.

—Un buen libro —dijo con su voz levemente ceceante, y me miró fijamente de una manera que parecía acusatoria.
—Está escrito en italiano —dije—. Es un poema que trata de gente que va al infierno.
—¿Es ahí donde esperas ir?
—No —dije.
—«Per me si va nella citta dolente. Per mi se va nel eterno dolore.» Eso es todo lo que recuerdo —dijo, y tocó un acorde en la clave de fa, un siniestro y sonoro acorde como los de las películas de miedo.

Supuse que se lo estaba inventando, aunque lo cierto es que no era así.

—¿Qué se supone que significa eso? —dije.
—Lo de siempre —dijo con el cigarrillo aún colgándole en la boca—. Ándate con ojo si te llevan a una visita guiada por el infierno. Nada nuevo.
—¿Cuándo leíste este libro? —dije, de pie entre las dos puertas correderas medio cerradas.

Aquel hombre era el novio de mi madre, su genio maléfico, su representante, su seductor y corruptor (eso lo deduje más tarde). Era un hombre extraño y poderoso que había visto una vida que yo nunca vería. Le temía y, al mismo tiempo, me atemorizaba que se diera cuenta de ello, lo cual, probablemente, hacía que me comportara con aire insolente y de superioridad, y provocaba que le cayera mal.

Dubinion se volvió hacia un ramo de pyracanthas rojas que mi madre había colocado sobre el piano.

—Bueno, podría decir algo desagradable —dijo—. Pero no lo haré. —Respiró hondo y soltó el aire con un resoplido—. Sigue leyendo. Yo seguiré tocando.

Asintió con la cabeza, pero no volvió a mirarme. Después de eso no tuvimos muchas más conversaciones. Mi madre lo despachó durante aquel invierno. Regresó un par de veces, pero llegó un momento en que desapareció del mapa. Aunque por entonces la vida de mi madre había ido a peor, de una manera que, probablemente, se veía venir.

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Recuerdo que durante esos tres días mi madre sólo me habló directamente una vez, aparte de informarme de que la cena estaba lista o de que salía por la noche para hacer alguna actuación que le había conseguido Dubinion y que, estoy seguro, pagaba ella (como también pagó para tener la oportunidad de cantar), y fue el miércoles por la tarde, mientras estaba sentado en el porche trasero estudiando minuciosamente el folleto que explicaba los requisitos necesarios para entrar en Lawrenceville que había pedido que me enviaran. Nunca había estado en Lawrenceville ni en Nueva Jersey, pues lo máximo que me había alejado de Nueva Orleans había sido para ir a Yankeetown, en Florida, donde se hallaba mi academia militar, que ocupaba el edificio de un antiguo hospital católico para sacerdotes enfermos y orates. Pero consideraba que Lawrenceville —esa sola palabra— me salvaría de la imposible situación en la que creía encontrarme. Ir a Lawrenceville, viajar muchos kilómetros en tren, entrar en aquel lugar desconocido y complejo que debía de ser Nueva Jersey… Todo eso, unido al hecho de que mi padre había ido a ese colegio, por lo que el apellido de mi familia significaba algo allí, parecía ofrecerme una escapatoria, una liberación y un futuro mejor que el que tenía en mi casa de Nueva Orleans.

Mi madre había salido al porche, que estaba acristalado y desde el que se veía una perspectiva de la hierba del jardín trasero. Sobre el cuidado césped había cuatro sillas de respaldo reclinable y una mesa de picnic, todo de madera y pintado de rosa. El jardín estaba rodeado por una tapia, y nadie, excepto nuestros vecinos —si así lo deseaban—, podía ver que William Dubinion estaba echado encima de la mesa de picnic color rosa, sin camisa, fumando un cigarrillo y mirando muy concentrado el cielo, de un azul cálido.

Mi madre se lo quedó mirando un momento. Llevaba un pijama de seda blanco de hombre, y tenía la voz ronca. Estoy seguro de que ya era adicta a las drogas que con el tiempo acabarían afectando a su raciocinio. Llevaba en la mano un vaso de leche, en el que probablemente había también ginebra o whisky, o algo que mitigara lo mal que se sentía por lo que fuera.

—¡Qué magnífica idea ir a cazar con tu padre! —dijo en tono sarcástico, como si prosiguiera una conversación que hubiéramos iniciado anteriormente, aunque, de hecho, ni habíamos comentado lo de la cacería, a pesar de que yo quería hablar de ello, y a pesar de que pensaba que no debía ir y de que esperaba que ella no me lo permitiera—. ¿Al menos tienes un arma? —me preguntó, aunque sabía que no. Sabía perfectamente lo que tenía y lo que no. Tenía quince años.
—Él va a darme una —dije.

Me lanzó una mirada, pero su expresión no cambió.

—Me pregunto lo que debe ser enrollarse con otro hombre de tu misma posición social —dijo mi madre mientras se pasaba la mano por el pelo, que se había teñido hacía poco de color rubio ceniza y llevaba corto y muy bien arreglado (había sido idea de Dubinion). El padre de mi madre había tenido una farmacia en Prytania Street y había ganado mucho dinero atendiendo a las necesidades de familias ricas como los McKendall. Ella había ido a Newcombe, hecho una buena boda y regresado para codearse con la sociedad en la que mi padre la había introducido (aunque jamás pensé que le importara lo más mínimo la sociedad de Nueva Orleans, contrariamente a mi padre, a quien le importaba lo suficiente como para escupirle a la cara)—. Siempre supuse —dijo— que en sus escapadas se liaba con gente de baja estofa. Un estibador, el encargado de las toallas del club.

Miraba a Dubinion. Debía de ser lo que ella consideraba un personaje de baja estofa. Mis padres llevaban veinte años casados, y a los treinta y nueve mi madre había metido a Dubinion en su vida para borrar cualquier vestigio de cómo había sido su existencia anterior. Ahora, mientras cuento todo esto, me doy cuenta de que ella y Dubinion acababan de hacer el amor, y de que él disfrutaba del duermevela poscoital echado medio desnudo en la mesa de picnic mientras ella rondaba por la casa en pijama, sola, por lo que tuvo que acabar hablando conmigo. Es triste pensar que al cabo de poco más de un año, cuando yo estaba acabando de adaptarme a Lawrenceville, ella moriría. Pensar en ella ahora es como oír hablar a los muertos.

—Pero no se lo echo en cara a tu padre. Que represente el papel de hombre, quiero decir —dijo mi madre—. Otras cosas sí, desde luego. —Se volvió, se acercó y se sentó sobre la silla de mimbre con cojines de rayas que había junto a la mía. Dejó su leche sobre la mesa y sus manos frías me cogieron una mano, y la sujetaron en su regazo, contra sus piernas cubiertas de seda—. ¿Y si me convierto en una buena cantante y tengo que ir de gira y cantar en Chicago, Nueva York y, a lo mejor, París? ¿Te gustaría eso? Podrías venir y verme actuar. Podrías llevar el uniforme de la escuela.

Frunció los labios y volvió la vista hacia el jardín, donde William Dubinion estaba tendido sobre la mesa de picnic como un faraón.

—Eso no me gustaría —dije.

No me gustaba mentirle. Ella salía de noche, se humillaba y me hacía sentirme avergonzado y temeroso. No iba a decirle que todo eso me parecía bien. Era un desastre, y pronto se vería.

—¿No? —dijo—. ¿No te gustaría verme cantar en el Quartier Latin?
—No —dije—. No me gustaría.
—En fin. —Me soltó la mano, cruzó las piernas y apoyó la barbilla en el puño—. Tendré que vivir con eso. A lo mejor tienes razón.

Buscó a su alrededor hasta dar con el vaso de leche, como si hubiese olvidado dónde lo había puesto.

—¿Qué otras cosas tienes que echarle en cara? —pregunté, refiriéndome a mi padre. O, al menos, a su papel de hombre.
—Oh —dijo mi madre—, ¿ahora vamos a volver a hablar de él? Bueno, digamos que le echo en cara toda su persona. Y no por mí, desde luego, sino por ti. Podría haberse quedado aquí y no ponerse en evidencia. Otros hombres lo hacen. No hay nada malo en tener un amante, sea de la categoría que sea. Por ello no es peor que muchos otros hombres. Pero no es eso lo que le echo en cara. La verdad es que no lo había pensado antes. El caso es que casi todos los demás hombres son mejores que él. Y ése es un delito capital en el matrimonio. Tendrás que crecer un poco más para entenderlo. Pero lo conseguirás.

Cogió su vaso de leche, lo levantó, se ciñó los pantalones del pijama a su fina cintura y volvió a entrar en la casa. Al poco oí un portazo, luego su voz y la de Dubinion, y seguí preparando mi solicitud para entrar en Lawrenceville y salvar mi vida. Aunque creo que sé a qué se refería. Lo que quería decir era que mi padre sólo hacía lo que le convenía, y creía que con ello dejaba a los demás la misma libertad para hacer lo que quisieran. Sólo que no es así como funciona el mundo, y la vida de mi madre y la mía son la prueba viviente de ello. Lo que hacen los demás siempre te afecta. Es así de sencillo.

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Mi padre se sentaba, apoltronado, en la proa del esquife vacío, al final del embarcadero de madera. Faltaba una hora para el amanecer. Contemplaba la superficie callada y casi inmóvil de Bayou Baptiste, más allá de la cual (aunque yo no podía verlo) estaban las desoladas marismas que llegaban hasta el Mississippi, que quedaba al oeste, a kilómetros de distancia. Mi padre llevaba la cabeza descubierta y una especie de gabardina color tabaco. Hacía un año que no le veía.

El lugar en que nos encontrábamos se llamaba muelle Reggio, y era poco más que un pequeño campamento, formado por unos cuantos cobertizos, donde los pescadores alquilaban sus botes durante los meses de verano a quienes, como nosotros, iban a cazar patos a los pantanos, y donde unos pocos pescadores de gambas guardaban sus grandes barcas y redes cuando no era la temporada. No había estado allí hasta entonces, pero había oído hablar de aquel lugar cuando estaba en los jesuitas, pues algunos muchachos iban con sus padres, quienes arrendaban zonas de las marismas, construían aguardaderos de madera y se alojaban en frágiles chamizos y casas construidas sobre pilotes junto a la carretera de un solo carril que venía de Violet, Louisiana. Para mí era un lugar renombrado en el sentido de que los campamentos de caza pueden llegar a ser renombradamente misteriosos, hay un peligro en ellos, y representan lo bueno y lo desconocido que tan rara vez se combinan en la vida.

Mi padre, contrariamente a lo que me había anunciado por teléfono, no había ido a buscarme. En lugar de su coche, un taxi amarillo con una luz en el techo se detuvo delante de nuestra casa, y el conductor se acercó a nuestra puerta, llamó al timbre y me dijo que el señor McKendall le enviaba para recogerme y llevarme a Reggio, que estaba en la parroquia de Saint Bernard y, a pesar de ser un lugar agreste, no estaba muy lejos de la ciudad.

—¿Eres tú de verdad? —dijo mi padre desde el bote, volviéndose, cuando ya llevaba un minuto en el extremo del embarcadero esperando que advirtiera mi presencia. Un hombrecillo de aspecto enano y cabeza grande y cuadrada, con el pelo negro y ondulado, vestido con un mono, trajinaba bolsas de lona llenas de señuelos para patos al interior del bote. En el campamento ya había actividad. Llegaban coches procedentes de la oscuridad, con las luces traseras encendidas. Se oían carcajadas de hombres. Alguien había traído un perro que ladraba. Y no hacía frío, a pesar de que faltaba una semana para Navidad. El aire de la mañana era pesado y aterciopelado, y una neblina subía del bayou, que olía como si hubieran vertido en él gasolina o petróleo. La bruma se me enredaba en las manos y en la cara, y sentía el pelo sucio bajo la gorra.
—Siento lo del taxi —dijo mi padre desde la proa del esquife de aluminio. Sonreía de una manera exagerada. Tenía los dientes muy blancos, y estaba delgado. Llevaba el pelo, de color claro y fino, más corto de lo que recordaba, y también me pareció más rubio, y la raya, que llevaba a un lado, era más ancha. Fue extraño, pero recuerdo que pensé —de pie, mirándolo desde mi estatura— que si mi padre tuviera un hermano mayor, tendría justo esa pinta. No muy buena. No feliz ni saludable. Y, desde luego, me di cuenta de que estaba bebido, ya a esa hora. El hombre vestido con un mono trajo tres escopetas enfundadas y las dejó en el bote.
—Este bribón es el señor Reynard Theriot Júnior —dijo mi padre señalando al hombrecillo del pelo ondulado—. Algunos, en Nueva Orleans, le conocen como Fabrice, o el Zorro. O Fabricio. Escoge el nombre que más te guste.

No sabía qué significaba todo aquello. Pero Renard Júnior se quedó quieto tras colocar las armas en el bote y miró a mi padre de manera hostil. Tenía las cejas pobladas y fruncidas, e incluso con tan poca luz su tez oscura hacía que sus ojos parecieran pequeños y penetrantes. Debajo del mono llevaba una camisa roja con estrellitas doradas.

—Fabricio sabe reclamar a los patos con sorprendente sutileza —dijo mi padre levantando demasiado la voz—. Entre otros talentos. ¿No es cierto, señor Fabrice? ¿No saludas a mi hijo, Buck, que es un muchacho estupendo?

Mi padre me dirigió su gran sonrisa de todos-los-dientes-a-la-vista, y me di cuenta de que se estaba burlando de Renard Júnior, quien no me dirigió la palabra y siguió con su trabajo de cargar el bote. Me pregunté qué sabría de mi padre, y, si sabía algo, qué pensaría de él.

—No he podido encontrar mi atavío de cazador —dijo mi padre, y miró en dirección a la pechera abierta de su gabardina. La abrió más y vi que llevaba esmoquin, camisa rosa, una pajarita rojo chillón y un clavel rosa. También llevaba unos zapatos de dos colores, blancos y negros, muy poco adecuados a la época navideña, y que, en cualquier caso, quedarían para tirar en cuanto estuviéramos en las marismas—. Lo tenía guardado en el garaje, en casa de mi madre —dijo, como si hablara solo—. Esta mañana, a primera hora, me di cuenta de que había perdido la llave. —Me miró, todavía sonriendo—. Tú llevas una indumentaria deportiva de primera —dijo.

Me había puesto, simplemente, unos pantalones caqui, y una camisa de la escuela (a la que le había quitado las insignias de latón), unas zapatillas de tenis y una vieja chaqueta y un gorro de tela que había encontrado en un armario. Eso no era exactamente la indumentaria para ir a cazar patos tal como se la había oído describir a mis amigos de la escuela. Mi padre ni siquiera se había acostado; se había pasado la noche en vela, bebiendo y divirtiéndose. Probablemente, habría preferido quedarse donde estaba, con las personas que ahora eran sus amigos.

—¿Qué libros importantes has estado leyendo? —me preguntó mi padre, no sé por qué, desde el bote. Miró a su alrededor cuando pasó lentamente a nuestro lado un bote lleno de cazadores y el gran perro labrador negro que había oído ladrar, rumbo a Bayou Baptiste. Su guía llevaba una lámpara con reflector incorporado que brillaba sobre la neblinosa superficie del agua. Iban a cazar patos. Aunque no podía ver dónde, pues más allá de la orilla opuesta del bayou había sólo una extensión llana, negra y sin árboles que acababa en la oscuridad. No imaginaba dónde podían estar los patos, ni dónde caía la ciudad, ni siquiera dónde se encontraba el este.
—Estoy leyendo El Infierno —dije, y me sentí un tanto incómodo por decir «Infierno» en un embarcadero.
—Ah, ése —dijo mi padre—. Creo que es el libro favorito del señor Fabrice. Canto Quinto: aquellos que han perdido la capacidad de controlarse. Aunque creo que deberías leer la autobiografía de Yeats. Yo la he estado leyendo en Saint Louis. En una carta a un amigo, el gran John Synge, dice Yeats que deberíamos unir el estoicismo, el ascetismo y el éxtasis. Creo que eso estaría bien, ¿no te parece?

Mi padre parecía seguro de sí mismo y desafiante, como si esperara que supiera qué quería decir con aquellas cosas, y quiénes eran Yeats y Synge. Pero no lo sabía. Y no tenía ganas de fingir que lo sabía ante un borracho que llevaba esmoquin y un clavel rojo y estaba sentado en un bote para ir a cazar patos.

—No sé quiénes son. No sé de qué me hablas —dije, y me pareció terrible tener que admitirlo.
—Son el perfecto equilibrio de la vida. Pero hasta ahora sólo he conseguido combinar dos. Quizá uno y medio. ¿Y cómo está tu madre?

Comenzó a abrocharse la gabardina.

—Está bien —mentí.
—Creo que ha encontrado a alguien que la ayuda en la casa.

No levantó la vista, sino que siguió manoseando los botones.

—Está aprendiendo a cantar —dije sin mencionar a Dubinion.
—Ah, bien —dijo mi padre tras abrocharse el último botón y alisarse la pechera de la gabardina—. Siempre ha tenido una bonita voz. Una dulce voz de coro de iglesia.

Levantó la mirada hacia mí y me sonrió, como si supiera que no me gustaba lo que decía y no le importara.

—Ha mejorado mucho.

Se me ocurrió volver a casa en aquel preciso instante, aunque, naturalmente, no había cómo hacerlo.

—Seguro que sí. Y ahora llévanos al sitio ese, Fabricio —dijo mi padre de repente.

Renard estaba detrás de mí en el embarcadero. Otros botes llenos de cazadores ya habían salido. Sólo se veían luces parpadeantes aquí y allá, sobre el agua, alejándose de donde nosotros aún seguíamos amarrados, y el apagado petardeo de sus fuerabordas quedaba amortiguado por la neblina. Subí al bote y me senté en el tablón de en medio. Pero, cuando Renard se colocó en la popa, el bote se inclinó bruscamente a un lado justo en el momento en que mi padre estaba echando un prolongado trago, sin interrumpirlo ni para respirar, de la botella que había colocado entre sus pies, donde no pudiera verse.

—¡No te caigas, hombre! —le dijo Renard a mi padre desde la popa del bote, al tiempo que le daba un fuerte tirón a la cuerda del motor. Tenía una voz grave y melodiosa, teñida de sarcasmo—. Creo que nadie movería un dedo para sacarte.

Mi padre, creo, no le oyó. Pero yo sí. Y me dije que tenía toda la razón.

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “Resignación (I)

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