Resignación (Final)

Richard Ford

 

 

 

No sabría decir por dónde fuimos aquella mañana en el bote de Renard Júnior, sólo que salimos a las oscuras marismas que forman el Gran Lago, las cuales se encuentran en la parroquia de Plaquemines y parecen el mismísimo confín de la tierra. Más tarde, cuando salió el sol y la neblina se disipó, lo que vi fue una extensa superficie de agua gris parduzca salpicada de islas muy planas cubiertas de hierba amarillenta que olían a alquitrán y a vegetación medio descompuesta, y donde el barro era de un color negro azulado y pegajoso, y olía a rayos. Aunque en el horizonte, iluminados por la luz de la mañana, se veían los edificios más elevados de la ciudad —el Hibernia Bank, donde mi padre había trabajado—, colocados justo encima de la curva de la tierra. Era extraño sentirse tan lejos de la civilización y, sin embargo, verla con tanta claridad.

Por supuesto, al principio estaba todo oscuro. Renard Júnior, que era bajo, se colocó de pie en la popa del bote, y la luz de su linterna pasó por encima de mí, que estaba sentado en el medio, y sobre las espaldas encorvadas de mi padre, que estaba en la proa. El pelo rubio de mi padre relucía, y la brisa lo echaba hacia atrás. Avanzamos un rato por el bayou, a continuación giramos y pasamos lentamente por debajo de un puente de madera, y luego seguimos un largo canal bordeado de montículos cenagosos en los que se habían posado unas garzas y donde los primeros patos se alejaban del bote a causa de la luz adentrándose repentinamente en las sombras de un salto y desapareciendo. Mi padre señaló a esos patos asustados, hizo de su mano una pistola y la agitó en uno-dos-tres disparos silenciosos mientras el esquife surcaba el pantano a gran velocidad.

Naturalmente, me entusiasmaba estar allí. Aun cuando llevara mis odiadas ropas de la academia militar, mi padre estuviera borracho y llevara esmoquin y gobernara el bote aquella especie de mono que era Renard. Creía, no obstante, que todo aquello era una variante de lo que debía ser una cacería de verdad: ir a cazar con tu padre y un guía, y que, fueras cuando fueras, incluso en las circunstancias más perfectas, siempre ocurriría alguna imperfección que te provocaría cierto malestar. El truco consistía en acostumbrarse a aquel leve malestar, o arriesgarse a perder la poca dicha que aquello pudiera proporcionarle.

En cierto momento, mientras surcábamos la oscura y viscosa superficie del lago, Renard Júnior puso marcha atrás, apagó su linterna, giró bruscamente a la izquierda y dejó que la estela nos llevara a una isla cenagosa cubierta de hierba que no había visto. Aunque al punto comprendí que no se trataba, simplemente, de una isla, sino que había también un aguardo camuflado con hierbas en su parte delantera, construido con estacas de madera que se hundían en el barro; dentro se alineaban cajas para fruta donde los cazadores podían sentarse sin ser vistos por los patos que volaban. Cuando el bote embarrancó en las hierbas de la orilla, Renard, que ahora llevaba un par de botas de pescador hasta las caderas, saltó y lo empujó hasta dejarnos en una zona donde el barro era más sólido.

—Esto es el paraíso de los patos —dijo mi padre, y a continuación le dio un fuerte ataque de tos, y su cara juvenil y tersa se vio contorsionada por el jadeo, hasta el punto de que agitó violentamente la cabeza y tuvo que volverse.
—Lo que quiere decir es que aquí es donde los patos van al paraíso —dijo Renard.

Era la primera vez que me dirigía la palabra, y me di cuenta de que su voz no sonaba como las voces de los yats que había oído hasta entonces, y que, supuestamente, sonaba como las de los habitantes de Nueva York o Boston, ciudades del Norte. La voz de Renard era cultivada, melodiosa y con inflexiones, me dije, como la de un director de funeraria de la zona alta de la ciudad, o de un florista. Era una voz que no parecía encajar con el cuerpo de aquel hombrecillo nudoso y musculoso, que en aquel momento estaba hundido hasta los muslos en aquella agua aceitosa y hedionda, y que llevaba el pelo largo y ondulado al estilo de los blancos pobretones.

—¿Cuándo vienen los patos? —dije, sólo por contestarle algo. Mi padre se estaba recuperando; escupió en el agua y echó otro trago.

Renard soltó una breve carcajada que debió de pensar que mi padre, probablemente, oiría.

—Cuando estén a punto. Igual que tú y yo —dijo; comenzó a arrastrar los grandes sacos de lona con los señuelos y dejó de prestarme atención.

.

Renard tenía una piragua de madera oculta entre la espesa hierba, y, tras ocultar nuestro bote con una cubierta de esterillas de paja, la utilizó para colocar los señuelos a medida que el cielo se iba iluminando, aunque aún estaba bastante oscuro. Mi padre y yo nos sentamos sobre las cajas de fruta y le observamos mientras arrojaba los patos lastrados para que formaran dos grupos delante de nuestro aguardadero con un espacio entre ambos. Comenzaba a darme cuenta de que hasta entonces había tenido una idea muy equivocada de lo que eran las marismas. Para empezar, la extensión de agua que nos rodeaba era más pequeña de lo que imaginaba. Aparecieron ante nosotros otras islas cubiertas de hierba a cosa de medio kilómetro de distancia, y luego una hilera de árboles verdes, algo más lejos, aunque más cerca de lo que esperaba. Oí una sirena, y luego una música que debía de proceder de algún coche en el muelle Reggio, y por fin apareció el sol, un disco blanco y ardiente detrás de la neblina, y justo por el lado contrario al que yo esperaba. Aunque todo eso, en verdad —los rasgos confusos y desorientadores de donde me encontraba, que todo acabara siendo lo contrario de lo que esperaba—, parecía bueno, ya que, al menos, tenía la sensación de haber llegado a alguna parte, por lo que poco a poco me olvidé de lo que antes había pensado de aquella jornada, de mi vida y de mi futuro, perspectivas todas ellas nada halagüeñas.

Dentro del aguardo, que sólo tenía tres metros de largo por uno y medio de ancho, y sobre cuyas tablas había casquillos, envoltorios de caramelos y colillas de cigarrillos, mi padre colocó la botella de whisky, vacía ya en sus tres cuartas partes. Una vez nos hubimos acomodado en nuestras cajas, se quedó un rato sentado, y no nos dirigió la palabra ni a mí ni a Renard cuando éste acabó de distribuir los señuelos y se metió en el aguardadero a esperar a los patos. Algo le había dado a mi padre, o se encontraba mal, o estaba muy fatigado, o tenía alguna preocupación, pues su mente se hallaba muy lejos de aquel escondite y de lo que estábamos haciendo allí. Renard sacó las armas de sus fundas. La mía era la vieja A. H. Fox de calibre veinte y dos cañones, que pesaba como el plomo. La había visto muchas veces en casa de mi abuela y la había manejado lo suficiente para conocer sus características, aunque no la había disparado nunca. Mi abuela la llamaba su «escopeta para señoras», y había disparado con ella cuando era joven e iba a cazar con el padre de mi padre. Renard me dio seis cartuchos. Cargué las recámaras y mantuve la boca de la escopeta hacia arriba, sujetándola entre las rodillas, mientras contemplábamos el cielo plateado y esperábamos a que los patos se acercaran a nuestros señuelos.

Mi padre no cargó su escopeta; se quedó sentado, reclinado contra los listones de madera, con el arma apoyada contra la maraña de hierbas que había delante del aguardo. Al cabo de un rato de estar allí sentados, contemplando el cielo, y de haber avistado tan sólo un par de patos, fuera del alcance de nuestras armas, oímos que los demás cazadores de las marismas hacían sus primeros disparos, a veces varios en una terrible explosión. Entonces me di cuenta de que los otros dos aguardaderos se hallaban al otro lado de la laguna en la que nos habíamos instalado, a unos doscientos metros de nuestra posición, visibles si ajustaba los ojos a la luz y a las irregularidades características del horizonte. Sólo vi volar un pato en el cielo; cuando los demás cazadores dispararon, pareció perder altura lentamente, pero, de pronto, cayó como una piedra, y oí ladrar a un perro y una voz de hombre, aguda y que reía en medio de la brisa suave.

—¡Ja, ja, ja! ¡Mira, mira! —dijo aquella voz, muy claramente a pesar de la distancia—. ¡Ese cabrón iba camino de la parroquia de Terre Bonne cuando me lo cargué!

Otro hombre rió. Todo parecía ocurrir muy cerca de nosotros, a pesar de que aún no habíamos disparado y estábamos, simplemente, observando los cielos lechosos.

—¡Menudos cabronazos! —dijo mi padre—. Ni esperan a que sea la hora de disparar. Siempre hacen lo mismo. Es genético.

No parecía dirigirse a nadie en particular, y siguió apoyado en los lados del aguardo, esperando.

—Hace rato que era hora de disparar —dijo Renard Júnior con la vista fija en el cielo. Llevaba dos reclamos de madera colgando del cuello en unas correas de piel. Aún no había soplado los reclamos, y yo quería que lo hiciera, quería ver una bandada de patos formados en uve girar y girar y acercarse a nuestros señuelos, tal como se supone que hacen siempre.
—Ahora es el momento, señor Fabrice el Engominado, señor Fabrichi.

Mi padre se pasó el dorso de la mano por la nariz y por el nacimiento del pelo, a continuación cerró los ojos y los abrió mucho, como si intentara concentrar su atención en lo que estaba haciendo y no le resultara fácil. El escondite olía a agrio, así como a whisky, y al ungüento que se ponía Renard Júnior en su pelo tupido. Mi padre llevaba sus zapatos blancos y negros embarrados y llenos de arañazos, y también se veían manchas de lodo en sus pantalones de esmoquin, en su camisa rosa e incluso en su frente. Tenía una pinta que no pegaba nada en aquel decorado. Parecía haber caído de un avión mientras se dirigía a una fiesta.

Renard Júnior no replicó cuando mi padre le llamó «Fabrice el Engominado», pero estaba claro que un nombre así no podía gustarle. Me pregunté por qué estaba allí y permitía que le hablaran de aquel modo. Aunque, por supuesto, había una razón. En realidad, en el mundo hay muy pocas cosas misteriosas. Casi todo acaba teniendo una explicación decepcionante, por extraño que parezca al principio.

Al cabo de un rato Renard sacó una cajetilla de cigarrillos y se llevó uno a la boca, pero no lo encendió, simplemente lo mantuvo entre sus labios húmedos, que eran grandes y sensuales. Era un tipo de aspecto raro de verdad, con su camisa tachonada de estrellitas y aquella cabeza demasiado grande para su cuerpo; probablemente, andaría por la cuarentena, y no se había quedado enano por los pelos.

—He aquí la señal de un verdadero yat —dijo mi padre. Estaba inclinado sobre su escopeta y miraba fijamente a Renard Júnior—. Observa ese cigarrillo sin encender asomando de esa boca demasiado expresiva. Si vas en coche por las calles de Chalmette, Louisiana, muchacho, verás a hombres, mujeres y niños, todos ellos emparentados con el señor Fabrice, en el césped de sus jardines tamaño sello de correos, todos ellos con botas hasta las caderas y con un Picayune sin encender en la boca, tal como ves ahora. Ecce Homo.

Renard Júnior abrió inesperadamente la boca con el cigarrillo pegado a la parte superior de su lengua púrpura, grande y fea. Le lanzó una mirada a mi padre, todavía inclinado hacia delante sobre la escopeta y con una sonrisa despectiva en la cara, a continuación se metió el cigarrillo en la boca y se lo tragó sin cambiar de expresión. Luego me miró —estaba sentado entre él y mi padre—, y sonrió. Tenía los dientes grandes y con manchas marrones. Fue un gesto lascivo. No sabía por qué, pero estaba seguro de que lo era.

—No le hagas caso —dijo mi padre—. Con esta gente tenemos que lidiar. Tipos arteros, brutos, que hablan francés. Ahora quiero que me digas una cosa acerca de ti, Buck. ¿Últimamente te has encontrado en alguna situación imposible? Resulta que me he vuelto un experto en esa clase de situaciones.

Mi padre movió sus zapatos blancos y negros sobre las tablas embarradas del suelo, con lo que su escopeta, que era una hermosa Beretta de dos cañones montados uno sobre el otro, con incrustaciones de plata, resbaló y cayó justo sobre mis pies con un fuerte ruido, y los cañones acabaron apuntando justo a los tobillos de Renard Júnior. Mi padre ni siquiera intentó agarrar la escopeta cuando esta cayó.

—¡Recoge eso ahora mismo! —me dijo con voz airada, como si se me hubiese caído a mí. Le obedecí. Recogí la escopeta y se la devolví, y la apretó con la rodilla contra uno de los laterales del aguardo. En ese gesto casi violento de colocar su escopeta donde quería hubo algo que me recordó cuando vivía con nosotros. Siempre había sido un hombre de gestos bruscos y repentinos cambios de actitud, risas inesperadas y emociones intensas. Era algo que no siempre me había gustado, pero había decidido que así obraban los hombres y lo aceptaba.
—¿Te gustaría viajar? —dijo mi padre como si hubiera olvidado su anterior pregunta, y levantó la vista al cielo igual que si acabara de darse cuenta que estaba en un puesto para cazar patos y por un segundo, al menos, sintiera algún interés por lo que estábamos haciendo. Se le había vuelto a abrir la gabardina, y mostraba de nuevo la pechera del esmoquin, manchado de barro—. Pues deberías hacerlo —dijo antes de que pudiera responder.

En ese momento Renard Júnior comenzó a soplar su reclamo, y se acuclilló hacia delante. Y porque él lo hizo, yo lo imité, y mi padre, al vernos, se agachó apoyándose sobre las rodillas y desvió la cara hacia abajo. Y a los pocos momentos, mientras Renard seguía soplando, me asomé por encima de la pared de paja y vi dos patos de color negro volando bajo, justo delante de nuestro puesto y por encima de los señuelos. Renard Júnior transformó su sonido de reclamo en un entrecortado cacareo, y cuando lo hizo los patos viraron a un lado y comenzaron a volar justo en dirección contraria a nosotros, casi como si volaran marcha atrás.

—Has dejado que te vean —dijo Renard con un susurro ronco—. Han visto esa cara blanca.

Encogido a su lado, me llegó su aliento, un aliento a cigarrillos y carne agria que debía de haber tenido un horrible sabor en su boca.

—¡Sopla, maldita sea, Fabrice! —dijo entonces mi padre, o gritó, mejor dicho. Me volví para verle; se había puesto en pie con la escopeta al hombro. La gabardina estaba tirada en el suelo, por lo que sólo llevaba el esmoquin. Eché un vistazo a nuestros señuelos y vi cuatro pequeños patos que acababan de ahuecar las alas y se deslizaban hacia el agua, entregas dos hileras de señuelos. Sus alas emitían un sonido metálico.

Renard Júnior inmediatamente volvió a iniciar su cacareo, aún acuclillado, con la cara hacia el suelo, delante de su caja de fruta.

—¡Dispárales, Buck, dispárales! —gritó mi padre, y me puse en pie, me llevé la pesada escopeta al hombro, y, sin pretenderlo, disparé los dos cañones, apreté los dos gatillos a la vez, justo en el mismo momento que mi padre (que en algún momento había cargado su escopeta) también descargaba sucesivamente sus dos cañones apuntando a los patos, que habían rozado brevemente el agua, pero que ya se alejaban, ascendiendo más y más al igual que los otros, cada vez más lejos de nosotros, con el cuello estirado y los ojos —o eso me pareció, pues jamás le había disparado a un pato— muy abiertos y asustados.

Mis dos cañones, al ser disparados simultáneamente, habían dado en uno de los señuelos de Renard y lo habían hecho trizas. Los dos disparos de mi padre, al parecer, no habían dado en ninguna parte, aunque uno de los tacos de papel gris resbaló lentamente hacia el agua mientras los cuatro patos menguaban en la distancia hasta que recibieron los disparos de los cazadores que había al otro lado de la laguna y dos de ellos cayeron.

—Esto ha sido espantoso —dijo mi padre, de pie en el extremo del aguardadero vestido con su esmoquin, y con el pelo rubio lacio pegado a la cabeza de una manera que le hacía parecer un niño. Al momento abrió la escopeta y reemplazó los cartuchos gastados con otros nuevos que sacó del bolsillo del esmoquin. Ya no parecía borracho, sino totalmente concentrado y despierto, excepto por el detalle de no haber acertado ningún disparo.
—Disparáis como un par de abuelas —dijo Renard, disgustado, y meneó la cabeza.
—¡Vete a la mierda! —dijo mi padre sin alterarse, y cerró su hermosa escopeta italiana de golpe con aire amenazador. Sus ojos azules se ensancharon, a continuación se apretaron, y pensé que iba a apuntar a Renard Júnior. Se le había formado un poco de saliva blanca en las comisuras de la boca, y su cara había pasado de tener una expresión concentrada a estar pálida, sudorosa, indignada—. Si necesito tus servicios para otra cosa que no sea soplar el reclamo, hablaré con tu amo —dijo.
—Habla con el tuyo, gracioso —dijo Renard Júnior, y en cuanto lo dijo me miró, levantó las cejas y sonrió frunciendo los labios de una manera simiesca, cruel.
—Ya basta —dijo mi padre alzando la voz—. Ya está bien.

Pensé que iba a extender el brazo por delante de mí y sacudirle a Renard en su sonriente boca. Pero no lo hizo. Simplemente, se reclinó en su caja de fruta, miró hacia delante y colocó la escopeta recién cargada entre las rodillas. Ahora tenía los zapatos blancos y negros encima de la gabardina, y estaban para tirarlos. El clavel rosa había quedado aplastado en el barro viscoso.

Oí la sonora respiración de mi padre. Había ocurrido algo que no era bueno, pero no sabía qué. Algo había surgido en él, la fuerza de una repentina rebelión, pero había quedado derrotada antes de que pudiera manifestarse y actuar. O eso es lo que me pareció. Entre nuestros impulsos y nuestros actos siempre se dan acontecimientos silenciosos. Pero yo no sabía qué acontecimientos habían ocurrido, sólo que había sucedido algo y podía percibirlo. Ahora mi padre parecía cansado, meditabundo. Renard Júnior ya no soplaba ningún reclamo; permanecía sentado en su sitio mirando el cielo neblinoso, que en el horizonte adquiría un rojo denso, vivo y luminoso, como si hubiera un incendio en la otra punta de las marismas. Los otros cazadores habían dejado de disparar. Un pequeño avión avanzaba lentamente por el cielo. Oí ladrar a un perro. Vi pasar a un pez justo delante de donde estábamos. Me pareció ver un cocodrilo. Aparecieron los mosquitos, cosa que no es de extrañar en Louisiana.

—¿Qué haces en Saint Louis? —le pregunté a mi padre. Era lo que quería saber.
—Bueno —dijo mi padre, pensándoselo. Sorbió por la nariz—. Juego al golf. Juego bastante al golf. Francis tiene una gran casa justo delante de un maravilloso parque. Me he aficionado.

Se tocó la frente, donde tenía una mancha negra de barro en la que se había posado un mosquito. Se la frotó y se miró las puntas de los dedos.

—¿Ejerces de abogado?
—¡Dios mío, no! —dijo. Negó con la cabeza y volvió a sorber por la nariz—. En Nueva Orleans me pidieron que abandonara el bufete. Ya lo sabes.
—Sí —dije. Oí que ahora respiraba mejor. Su expresión parecía calmada. Se le veía joven y guapo. El acontecimiento silencioso que había ocurrido en su interior había quedado atrás, y parecía haberlo superado. Le diría que pensaba ir a Lawrenceville. Era la clase de conversación que mantenían padres e hijos mientras cazaban patos. Aunque hubiera preferido que estuviésemos solos, y no tener al lado a Renard Júnior escuchándonos—. Me gustaría pedirte… —comencé a decir.
—Dime cómo andas de novias —me interrumpió mi padre—. Cuéntamelo todo.

Sabía a qué se refería con eso, pero no había nada que contar. Yo estaba en la academia militar, y allí sólo había chicos, por lo que no tenía ninguna experiencia interesante que relatarle. Pero si iba a Lawrenceville sabía que la situación cambiaría por completo. Allí habría chicas.

—No tengo nada que contar… —comencé a decir, pero volvió a interrumpirme.
—Deja que te dé un consejo. —Estaba frotando el índice en torno a la boca de la escopeta—. Antes de follarte a alguien, intenta imaginar cómo te sentirás después de follártelo. ¿Comprendes? Ésa es la clave de todo. La Historia. La Moral. La Filosofía. Te ahorrarás mucha infelicidad. —Asintió con la cabeza, como si esa verdad hubiese quedado clara para él una vez más—. A lo mejor ya lo sabes —dijo. Miró por encima de las hierbas que cubrían la entrada del aguardo, en dirección hacia donde el cielo se había vuelto de fuego, y a continuación me lanzó una mirada que quería parecer honesta y con la que pretendía decirme (o eso pensé) que me apreciaba —. ¿Alguna vez, hablando con alguien, te has descubierto diciendo cosas en las que no crees en lo más mínimo? —Alargó dos dedos y me quitó un mosquito de la mejilla—. ¿No te ha pasado? —dijo un tanto distraído—. ¿No te ha pasado? ¿Nunca?

Me acordé de las conversaciones que había mantenido con Dubinion, y de alguna con mi madre. Eran de la clase a la que acababa de referirse mi padre, memorables, aunque sólo fuera por lo que yo no decía. Pero le contesté que no.

—Entonces la conveniencia no debe de significar gran cosa para ti —dijo de manera amistosa.
—No lo sé —dije, porque no sabía qué era eso de la conveniencia. Era una palabra que nunca había tenido que utilizar.
—Bueno, pues la conveniencia significa mucho para mí. Demasiado, creo —dijo mi padre.

Naturalmente, me acordé de lo que había concluido mi madre acerca de él: que casi todos los demás hombres eran mejores que él. Asumí que preocuparse demasiado por la conveniencia te llevaba a acabar así, y que mi defecto en la vida adulta podría acabar siendo el mismo que el suyo, porque era mi padre. Pero en aquel momento decidí procurar que mi defecto en la vida no fuera el suyo.

—Allí hay un hermoso pato —dijo mi padre. Contemplaba el cielo y parecía divertido—. Fabrice, ¿me permites que me disculpe por haberme portado mal contigo, y que te pida que soples el reclamo? Sería muy generoso por tu parte. Muy amable.

Mi padre sonrió de una manera extraña a Renard Júnior, que yo pensaba que meditaba, taciturno.

Y Renard Júnior sopló el reclamo. Yo no había visto ningún pato, pero cuando mi padre se acuclilló sobre la sucia tabla donde estaban su gabardina manchada y nuestros casquillos vacíos, le imité, y bajé la cara hacia el suelo. Oí la respiración de mi padre, vi sus nudillos pálidos y húmedos apoyándose temblorosos contra los tablones, hasta me llegó el olor de su pelo, un olor fuerte, mohoso. Y comprendí que tendría que conformarme con eso, que no tendría ni otro padre ni otra cacería mejor que aquélla.

—Espera, espérale —dijo mi padre, agachado sobre los tablones, pero que miraba hacia arriba por el borde superior de los ojos. Me puso los dedos en la mano para que me estuviera quieto. Yo seguía sin ver ningún pato. Renard Júnior seguía soplando el largo reclamo, que emitía un sonido agudo y áspero, seguido de unos breves y sonoros gruñidos que hacía con la parte inferior de la garganta, y a continuación volvía a soplar el largo reclamo—. Todavía no —susurró mi padre—. Todavía no. Espérale. —Volví la cara a un lado para mirar hacia arriba por el rabillo del ojo para encontrar algo—. No —dijo mi padre, cerca de mi oído—. No levantes la vista.

Respiré hondo y de nuevo absorbí todos los olores que emanaban de él.

Y entonces Renard Júnior dijo en voz alta:

—¡Venga, por Cristo! ¡Vamos! ¡Disparadle! ¡Disparadle ahora! ¿A qué estáis esperando?

Entonces me puse en pie, sin saber lo que vería, me llevé la escopeta al hombro y entonces miré. Y lo que vi, volando bajo por encima de los señuelos, girando la cabeza a un lado y mirando hacia las aguas parduzcas, fue un solitario pato. Distinguí su cabeza verde y sus ojos negros como perdigones a la luz neblinosa de la mañana, y pude oír el ruido metálico de su aleteo. No creo que me viera ni que oyera a mi padre o a Renard gritar: «¡Dispara, dispara, por Cristo, dispárale, Buck!» Porque cuando mi cara y el cañón de mi escopeta aparecieron por encima de la parte delantera del aguardadero, ni cambió su curso ni inició la maniobra hacia atrás y hacia arriba que había visto antes, que era su manera de salvarse. Siguió mirando hacia abajo y volando lentamente y haciendo ruido en el aire embermejado que nos rodeaba.

Y cuando descubrí el pato por encima de la boca de los cañones, mis ojos se abrieron de una manera que, supe, era la manera en que se abrían para disparar una escopeta, y sin embargo pensé: sólo veo un pato. ¿Y si no hay más? ¿De qué sirve abatir un pato? En mis sueños había cientos de patos, y mi padre y yo les disparábamos, y caían del cielo como un chaparrón, y tanto daba cuántos hubiera, pues mi padre y yo cazábamos juntos. Pero ahora disparaba yo solo, y que hubiera un único pato parecía una aberración, y aunque cien patos me habrían dado igual, no pasaba lo mismo si había uno solo, al menos si iba a ser yo el que disparara. De modo que no lo hice y bajé el arma.

—¿Qué ocurre? —dijo mi padre desde el suelo, justo debajo de mí, sentado aún a cuatro patas, con su esmoquin echado a perder y la cara hacia el suelo esperando oír el disparo. El pato solitario ya había pasado y no estaba a tiro.

Miré a Renard Júnior, que estaba sentado sobre su caja de fruta, pues era lo bastante pequeño para no tener que agacharse. Me miró e hizo una extraña mueca, una mueca que nunca había visto hasta entonces y que nunca olvidaré. Me sonrió y comenzó a parpadear muy rápidamente, y a continuación levantó las dos manos con las palmas al nivel de los ojos, como si esperara que algo cayera en ellas. No sé qué significaba ese gesto, aunque he pensado en él a menudo, a veces en plena noche, cuando no puedo dormir. Escarnio, creo; o quizá, simplemente, que no sabía por qué no le había disparado al pato y esperaba una respuesta. O a lo mejor era algo más, algún signo cuyo significado no sabría nunca. Fabrice era un hombre extraño. De eso no cabía duda.

Mi padre se había puesto en pie, aunque con cierta dificultad. Se echó la escopeta al hombro y le disparó una vez al pato, que ya no era más que una mota en el cielo. Y, por supuesto, no cayó. Mi padre se lo quedó mirando unos minutos con la escopeta al hombro, hasta que la mota con alas desapareció.

—¿Qué demonios ha pasado? —dijo con la cara roja de haber estado arrodillado y encogido—. ¿Por qué no le has disparado a ese pato?

Tenía la boca abierta y el gesto torcido. Vi sus dientes blancos, y que con una mano se agarraba a los lados del aguardo. Parecía tener miedo de caerse. Después de todo, aún estaba borracho. Su pelo rubio brillaba en la luz brumosa.

—No estaba lo bastante cerca —dije.

Mi padre paseó la vista por los señuelos, como si estos pudieran demostrar algo.

—¿Que no estaba lo bastante cerca? —dijo—. He oído el sonido de sus malditas alas. ¿A qué distancia necesitas que esté? Esto que tienes es una escopeta.
—No lo has oído —dije.
—¿Que no lo he oído? —dijo. Sus ojos se apartaron de mi cara y encontraron a Renard Júnior detrás de mí. Su boca adquirió una extraña expresión. El desdén abandonó sus rasgos y, de pronto, pareció que la cosa le hacía gracia y las húmedas comisuras de su boca revelaron una leve sonrisa que tomé por escarnio, y que expresaba su opinión de que me había rajado en el momento crucial, había cometido un error y, por tanto, no merecía ser tomado en serio. Y eso lo pensaba alguien que había abandonado a mi madre y a mí para que nos las apañáramos como pudiéramos, mientras él se divertía sin la menor vergüenza ni dignidad lejos de aquellos que le conocían.
—Tú no sabes nada —dije de pronto—. No eres más que un…

No sé qué iba a decirle. Algo terrible y ofensivo. Algo que le doliera enormemente, pero que una vez dicho habría lamentado toda la vida. De modo que no dije nada, no acabé la frase. Aunque ahora pienso que lo hice por mí, no por él, y a fin de no tener que lamentar más de lo que ya lamentaba. A decir verdad, tanto me daba lo que fuera de él. Tanto me daba y tanto me da.

Y entonces mi padre, con aquella sonrisa esbozada aún en sus hermosos labios, dijo:

—Vamos, hijo. Veo que todavía tienes que crecer un poco más.

Extendió el brazo y me puso la mano en la nuca, rígida de cólera y desprecio. Y, sin que pareciera darse cuenta, me acercó a él y me besó en la frente, y me rodeó con sus brazos y me abrazó hasta que lo que estaba pensando, fuera lo que fuera, hubo pasado, y fue hora de regresar al muelle.

.

Después de aquella mañana de diciembre en el Gran Lago, en 1961, mi padre vivió treinta años más. Y eso, se mire por donde se mire, es toda una vida. No me interesan los porqués de lo que hizo o dejó de hacer, ni si aquel día cambió mi vida, pues la verdad es que creo que no. Mi vida ya había cambiado. Aquella mañana, simplemente, empecé a desarrollar ciertas pautas de conducta a las que me he atenido desde entonces. Al igual que mi padre, soy abogado. Y la abogacía es una profesión que te enseña que la vida consiste, fundamentalmente, en adaptarse, en ser dúctil, en resignarse a aceptar hechos que ocurren fuera de nuestro control y que quizá nunca tuvimos intención de controlar. De modo que cuando sentimos la tentación de rebelarnos, o, como me ocurrió por un instante en el aguardadero, o durante esos treinta años, de dejarme llevar por la rabia contra mi padre, cosa que aún me sucede cuando veo a alguien que me lo recuerda entrando en un edificio vestido con un traje milrayas y una pajarita de colores vivos, intento convencerme de nuevo de que lo mejor es buscar alguna válvula de escape y de que esa cólera es puramente subjetiva y no hay manera de obtener ninguna compensación. Por mucho que la ansiemos. Se podría considerar que la vida no es, prácticamente, otra cosa que el deseo de lograr una compensación. Siendo, como soy, hijo y nieto de abogados, lo sé. Y también sé que no debo esperarla.

Para que conste —pues no volví a verle—, diré que mi padre regresó a Saint Louis y al influjo del doctor Carter, el cual, creo, tenía un carácter tan fuerte como débil era el suyo. Vivieron allí por un tiempo, hasta que (me contaron) el doctor Carter dejó la práctica de la medicina. Luego abandonaron los Estados Unidos y viajaron a París, y más tarde se mudaron a una casa blanca de estuco cerca de Antibes, que, de hecho, vi una vez, de manera por completo accidental, en una excursión que hice aprovechando un viaje de negocios; no sé cómo, supe que ésa había sido su residencia nada más verla, igual que si lo hubiera soñado…, y me marché de allí lo más deprisa que pude, aun cuando para entonces los dos estaban muertos y enterrados.

Una vez, en nuestro periódico, a principios de los setenta, vi la foto de mi padre en las páginas de sociedad, entre un grupo de hombres sonrientes, apuestos, de pelo cortado a cepillo; todos llevaban esmoquin y unos absurdos fajines, y en la mano una copa de champán. Rondaban todos la cincuentena, y, por la sonrisa que ponían, parecían desear desesperadamente ser más jóvenes.

Al ver esa foto recordé que en los días que siguieron a aquel en que mi padre me llevó a cazar a los pantanos, cosa que no acabó precisamente bien, recé. Lo he hecho muy pocas veces en mi vida, y aquélla, por cierto, fue la última. Durante un rato recé con fervor para que, a pesar de todo, regresara junto a nosotros y nuestra vida volviera a ser como antes. Y luego recé para que se muriera, y para que no me enterara de que se había muerto, y para que su recuerdo desapareciera y quedara borrado para siempre de mi mente. Mi madre conoció una muerte repentina, absurda y desdichada no mucho después, y mucha gente, incluso yo, le echó a él la culpa. Con el tiempo, mi padre comenzó a venir de vez en cuando a Nueva Orleans, pero hicimos como si no nos conociéramos.

Así pues, su recuerdo no quedó borrado. Y, sin embargo, como ahora os puedo contar todo esto, creo que lo he superado, y que mi vida ha sido mejor de lo que cabía imaginar. Naturalmente, considero que la vida —la mía— forma parte de las consecuencias de los actos de mis progenitores, del residuo de todo lo que ellos arriesgaron, derrocharon e ignoraron. Esa sensación de que en la vida todo está relacionado puede darse, sin duda, y es de suponer que en algunos lugares más que en otros. Pero se puede sobrevivir a ella. Yo soy la prueba, en la medida en que, desde aquel día, jamás se me ha ocurrido imaginar que mi vida pudiera ser diferente de como es.

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