La mujer comestible (III)

Margaret Atwood

 

 

5

Caminamos hacia el metro en la penumbra del anochecer, por entre el sonido de los grillos y de los televisores distantes (en algunas ventanas abiertas veíamos unos parpadeos azulados) y el olor del alquitrán caliente. Tenía la piel sofocada, como si estuviera atrapada en una capa de pasta húmeda. Me daba miedo que Ainsley no se lo hubiera pasado bien; su silencio no indicaba nada bueno.

—La cena no ha estado mal —le dije, movida por el deseo de ser solidaria con Clara, que después de todo era amiga mía desde hacía más tiempo que Ainsley—. Joe cada vez es mejor cocinero.
—¿Cómo lo soporta? —preguntó Ainsley con más vehemencia que de costumbre—. ¡Se queda ahí tirada y él se lo hace todo! ¡Deja que la trate como a una cosa!
—Está embarazada de siete meses —señalé—. Y además, nunca se ha encontrado bien.
—¡Pero bueno! —prosiguió Ainsley indignada—. Pues yo la he visto radiante. Es él quien no está bien. Desde que lo conozco ha envejecido, y de eso no hará más de cuatro meses. Esa le está chupando toda la energía.
—¿Y qué sugieres? —le pregunté. Me sentía irritada con Ainsley, que no era capaz de ponerse en la piel de Clara.
—Yo qué sé, que haga algo, aunque solo sea un gesto simbólico. No llegó a terminar la carrera, ¿no? ¿No sería el momento perfecto para retomar los estudios? Hay muchas mujeres embarazadas que aprovechan para terminar sus carreras.

Recordé las decisiones de la pobre Clara después de su primer embarazo; se lo había tomado solo como una interrupción temporal. Después del segundo se había quejado: «¡No sé qué hacemos mal! ¡Si voy con mucho cuidado!». Siempre se había negado a tomar la píldora —pensaba que tal vez le cambiara la personalidad—, pero gradualmente su oposición se había hecho menos radical. Había leído una novela francesa (traducida) y un libro de expediciones arqueológicas en Perú, y había comentado la posibilidad de apuntarse a clases nocturnas. Últimamente le había dado por hacer agrios comentarios sobre el hecho de que era «solo una ama de casa».

—Pero Ainsley —objeté—, si tú siempre dices que tener una carrera no significa nada.
—No en sí mismo —replicó—. Es lo que representaría para ella. Tendría que organizarse.

Cuando ya estábamos de vuelta en el apartamento me acordé de Len y decidí que aún no era demasiado tarde para llamarle. Estaba en casa y, tras intercambiar los saludos de rigor, le dije que me encantaría verlo.

—Perfecto. ¿Cuándo y dónde? Que sea en un sitio fresco. Ya no me acordaba del calor que hace aquí en verano.
—Entonces no tendrías que haber vuelto —observé, dándole a entender que sabía el motivo de su regreso y ofreciéndole la posibilidad de confiarse a mí.
—Ha sido lo más prudente —explicó con un atisbo de altivez—. Les das una mano y se cogen el brazo. —Se le notaba un ligero acento inglés—. Por cierto, Clara me ha dicho que tienes una nueva compañera de piso.
—No es tu tipo —repliqué. Ainsley se había ido al salón y estaba sentada en el sofá, de espaldas a mí.
—Vaya, así que es demasiado vieja, como tú, ¿no?

Llamarme vieja era una de sus bromas. Me reí.

—¿Te va bien mañana por la noche? —propuse. De pronto se me había ocurrido que Len sería la distracción perfecta para Peter—. Sobre las ocho y media en el Park Plaza. Llevaré a un amigo. Quiero que lo conozcas.
—Ah, sí. Clara ya me ha dicho algo. No iréis en serio, ¿verdad?
—No, nada de eso —aseguré para tranquilizarlo.

Después de colgar, Ainsley me preguntó si había estado hablando con Len Slank.

—Sí —admití.
—¿Qué aspecto tiene? —insistió como sin darle importancia.

No pude negarme a decírselo.

—Ah, bueno, es normal. No creo que te pareciera atractivo. Tiene el pelo rubio y rizado, y lleva gafas de pasta. ¿Por qué?
—Simple curiosidad. —Se levantó y se fue a la cocina—. ¿Quieres beber algo? —me gritó desde allí.
—No, gracias. Bueno, tráeme un vaso de agua.

Entré en el salón y me acerqué a la ventana, donde corría algo de brisa. Ainsley se había servido un whisky con hielo y me alargó el agua. Se sentó en el suelo.

—Marian, he de decirte algo.

Lo dijo en un tono de voz tan grave que me preocupé al momento.

—¿Qué te pasa?
—Voy a tener un hijo —dijo tranquilamente.

Di un rápido sorbo de agua. No imaginaba a Ainsley cometiendo un error de cálculo como aquel.

—No te creo.
—No, no es que ya esté esperando —me respondió riendo—. Quiero decir que pienso quedarme embarazada.

Sentí una mezcla de alivio y desconcierto.

—¿Vas a casarte? —le pregunté, pensando en la desgracia de Trigger. Intenté adivinar en quién podía estar interesada, sin éxito. Desde que la conocía siempre había sido claramente contraria al matrimonio.
—Ya sabía que me preguntarías eso —dijo, imprimiendo un tono falsamente despectivo a su voz—. No, no voy a casarme. Ese es el problema de la mayoría de los niños, que tienen demasiados progenitores. No puede decirse que el tipo de hogar que Clara y Joe han creado sea el entorno ideal para un niño. Piensa en lo confusas que serán sus imágenes materna y paterna. Pero si ya están plagados de complejos. Y todo básicamente por culpa del padre.
—¡Pero si Joe es maravilloso! —protesté—. Si lo hace todo por ella. ¿Qué sería de Clara sin él?
—Precisamente. Tendría que salir adelante ella sola. Y lo haría, y la educación de los niños sería mucho más coherente. Lo que destruye a las familias en estos tiempos son los maridos. ¿Te has dado cuenta de que ni siquiera le da el pecho a la niña?
—Pero es que ya tiene dientes —protesté—. Casi todas las mujeres destetan a sus hijos cuando les salen los dientes.
—Ridículo —insistió Ainsley—. Estoy segura de que ha sido idea de Joe. En Sudamérica les dan el pecho mucho más tiempo. Los varones norteamericanos odian presenciar el funcionamiento normal de la unidad básica materno-filial, se sienten innecesarios. Así Joe puede darle a la niña el biberón igual que ella. Cualquier mujer, si tuviera que apañarse sola, le daría el pecho a su hijo el máximo de tiempo posible. Yo lo haré.

A mí me parecía que nos habíamos ido por las ramas. Estábamos hablando en teoría de algo que era práctico. Intenté un ataque personal.

—Ainsley, pero si tú no sabes nada de bebés. Ni siquiera te gustan demasiado. Te he oído decir que te parecen sucios y ruidosos.
—Que no te gusten los bebés de los demás no implica que no te gusten los tuyos.

Aquello era irrebatible. Me sentí desconcertada. No sabía ni cómo justificar mi oposición a su plan. Y lo peor del caso era que seguramente se saldría con la suya. Siempre consigue lo que quiere con gran eficacia, aunque, en mi opinión, algunas de las cosas que quiere —y aquel era un ejemplo— no son razonables. Decidí intentarlo con una dosis de realismo práctico.

—Está bien, de acuerdo —convine—. Tienes razón. Pero ¿tú por qué quieres tener un hijo? ¿Qué vas a hacer con él?

Me miró con desprecio.

—Toda mujer debería tener al menos un hijo. —Sonaba como una voz en la radio anunciando que toda mujer debería tener al menos un secador de pelo—. Es aún más importante que el sexo. Es la culminación más profunda de la feminidad.

Ainsley es aficionada a los libros baratos de antropología que tratan de culturas primitivas. Tiene varios en el suelo de su habitación, medio sepultados bajo la ropa. En su facultad le obligan a matricularse en asignaturas así.

—Pero ¿por qué ahora? —insistí, buscando mentalmente más objeciones—. ¿Y el empleo en la galería de arte? ¿Y lo de conocer a pintores? —Lo de los pintores se lo dije como quien le enseña una zanahoria a un burro.

Ainsley abrió mucho los ojos.

—¿Qué tiene que ver la maternidad con trabajar en una galería de arte? Tú siempre estás pensando en términos de una cosa o la otra. Y lo importante es el todo. En cuanto a por qué ahora, la verdad es que llevo tiempo pensándolo. ¿A ti no te pasa que necesitas un propósito en la vida? Además, ¿no crees que es mejor tener los hijos siendo joven, cuando puedes disfrutarlos? También se ha demostrado que las probabilidades de que nazcan sanos son mayores si se tienen entre los veinte y los treinta años.

—Y vas a criarlo tú —concluí.

Miré a mi alrededor, empezando a calcular cuánto tiempo, energía y dinero me costaría empaquetar mis pertenencias y hacer la mudanza. Casi todo lo más voluminoso lo había traído yo: la pesada mesa de centro, sacada del desván de un familiar; la mesa abatible de nogal que abríamos cuando venía gente, también heredada; la butaca y el sofá que había comprado al Ejército de Salvación y mandado retapizar. El póster gigante de Theda Bara y las vistosas flores de papel eran de Ainsley, igual que los ceniceros y los cojines de plástico hinchable con estampados geométricos. Peter decía que a nuestro salón le faltaba unidad. La verdad era que nunca lo había considerado una solución permanente, pero ahora que su continuidad se veía amenazada, a mis ojos había adquirido una estabilidad deseable. Las mesas plantaban sus patas con más firmeza sobre el suelo; parecía inconcebible que la mesa de centro pudiera bajar algún día por aquella escalera estrecha, que el póster de Theda Bara se enrollase, revelando la grieta de la pared, que los cojines de plástico fueran a desinflarse y a meterse en un maletero. Me preguntaba si la señora de abajo consideraría el embarazo de Ainsley como un incumplimiento de contrato y si emprendería algún tipo de acción legal contra nosotras.

Ainsley se estaba poniendo de mal humor.

—¡Pues claro que pienso criarlo yo! ¿Qué sentido tiene pasar por todas las incomodidades si no lo crías tú?
—Así que en realidad se trata de que has decidido tener un hijo ilegítimo a sangre fría y educarlo tú sola —aduje, apurando el agua.
—¡Dios, qué aburrido es tener que explicar siempre lo mismo! ¿Por qué empleas esa palabra tan horriblemente burguesa? El nacimiento es legítimo, ¿no? Eres una puritana, Marian, y ese es el problema de toda la sociedad.
—Está bien, soy una puritana —repliqué, aunque me sentía ofendida. A mí me parecía que estaba siendo más comprensiva que la mayoría de la gente—. Pero como resulta que la sociedad es como es, ¿no estás siendo egoísta? ¿No sufrirá tu hijo? ¿Cómo piensas mantenerlo, enfrentarte a los prejuicios de la gente y todo eso?
—¿Y cómo va a cambiar la sociedad —objetó Ainsley con la dignidad de un cruzado— si algunos individuos no se adelantan y abren camino? Me limitaré a decir la verdad. Sé que me enfrentaré a algunas complicaciones, pero habrá gente que se mostrará bastante tolerante al respecto, eso seguro, incluso aquí. Vaya, que no será lo mismo que si me hubiera quedado embarazada sin querer.

Nos quedamos allí sentadas unos minutos, en silencio. La idea básica parecía clara.

—Está bien —dije finalmente—. Ya veo que lo tienes todo pensado. Pero ¿qué pasa con el padre? Sé que es un pequeño detalle técnico sin importancia, pero necesitarás uno, ¿sabes? Aunque solo sea un ratito. No puedes enviar a un amigo a que te lo compre.
—Bueno —explicó ella, tomándome en serio—, en realidad eso también lo he pensado. Tendrá que contar con una dotación genética aceptable y ser bastante guapo. Y no estará de más que sea alguien comprensivo que no se ponga pesado con lo del matrimonio.

Me recordaba, demasiado para mi gusto, a un granjero hablando de crianza de ganado.

—¿Ya has pensado en alguien? ¿Por qué no ese estudiante de odontología?
—Ese no, por Dios. Si no tiene barbilla.
—¿Y el hombre ese, testigo del asesinato del cepillo?

Arqueó una ceja.

—No me parece muy inteligente. Yo preferiría a un pintor, claro, pero es demasiado arriesgado desde el punto de vista genético; en los tiempos que corren todos deben de tener parte de los cromosomas destruidos por culpa del LSD. Supongo que podría rescatar a Freddy, el del año pasado, seguro que no le importaría nada colaborar, aunque está tan gordo y tiene una barba tan poblada… No me gustaría tener un hijo gordo.
—Ni con la barba poblada —añadí, intentando ayudarla.

Ainsley me miró, irritada.

—Qué sarcástica —me recriminó—. Te advierto que si se fijaran más en las características que transmiten a sus hijos, a lo mejor no se precipitarían tanto. Es bien sabido que la raza humana está degenerando, y es porque la gente transmite sus genes más débiles sin pararse a pensar y, además, debido a los avances médicos ya no existe la selección natural de antes.

El cerebro se me estaba agarrotando. Sabía que Ainsley se equivocaba, pero su discurso sonaba muy racional. Decidí que lo mejor era acostarme antes de que acabara convenciéndome.

Ya en mi cuarto, me senté en la cama con la espalda apoyada en la pared, pensando. Al principio intenté buscar alguna forma de disuadirla, pero luego me resigné. Estaba decidida, y aunque esperaba que aquello fuera solo un capricho pasajero, ¿era en realidad asunto mío? Tendría que adaptarme a la situación, nada más. A lo mejor cuando tuviéramos que mudarnos encontraría a otra compañera de piso. Pero ¿era justo dejar a Ainsley sola? No quería ser irresponsable.

Me metí en la cama, intranquila.

.

6

El despertador me sacó de un sueño en el que miraba hacia abajo y veía que los pies se me empezaban a disolver como gelatina líquida, y me ponía unas botas de goma justo a tiempo, aunque en aquel momento descubría que tenía las puntas de los dedos transparentes. Me volvía hacia el espejo para ver qué le estaba pasando a mi cara, pero en aquel momento me desperté. Normalmente no recuerdo lo que sueño.

Ainsley todavía estaba dormida, así que me herví el huevo y me tomé sola el zumo de tomate y el café. Me puse una ropa que me pareció adecuada para ir a hacer encuestas, una falda recatada, una blusa con mangas y unos zapatos cómodos, con poco tacón. Pretendía empezar temprano, pero no podía ser demasiado pronto porque era día festivo y los hombres aún no se habrían levantado. Saqué el plano de la ciudad y lo estudié, tachando mentalmente las zonas que sabía que ya se habían seleccionado para la encuesta real. Me preparé unas tostadas y otro café y tracé varias rutas posibles.

Debía encontrar a siete u ocho hombres que acreditaran un consumo semanal mínimo de cerveza y que estuvieran dispuestos a responder a mis preguntas. Localizarlos podía ser más difícil que de costumbre porque era un fin de semana largo. Sabía por experiencia que los hombres se mostraban en general menos dispuestos que las mujeres a participar en el juego de las encuestas. Nuestra zona quedaba descartada: a la señora de abajo podría llegarle el rumor de que había estado preguntando a los vecinos cuánta cerveza bebían. Además, sospechaba que aquel barrio era más de whisky que de cerveza, y de viudas adictas al té. El distrito residencial que quedaba al oeste tampoco servía. Una vez había intentado hacer una encuesta sobre patatas fritas y me había parecido que las caseras eran muy antipáticas. A lo mejor creyeron que era una inspectora del gobierno de incógnito intentando descubrir que tenían más inquilinos de los que declaraban a efectos de impuestos. Contemplé la posibilidad de acercarme a las residencias de estudiantes que había junto a la universidad, pero recordé que el estudio marcaba una edad mínima.

Cogí el autobús, me bajé en la estación de metro, me detuve para anotar en la hoja de gastos el importe del billete y crucé la calle. Luego bajé por una pendiente hasta llegar al parque sin árboles que había enfrente. Había un campo de béisbol en uno de los extremos, pero nadie lo estaba usando. El resto del parque era solo césped, que se había secado y crujía al pisarlo. El día iba a ser igual que el anterior: sin brisa, agobiante. El cielo estaba despejado pero la atmósfera no era limpia. El aire colgaba pesadamente como un vapor invisible, y los colores y los perfiles de los objetos se difuminaban con la distancia.

Al otro extremo del parque había una cuesta de asfalto. Subí por ella. Llevaba a una calle residencial en la que se alineaban, muy juntas, unas casas pequeñas y bastante decrépitas, los típicos edificios cuadrados de dos pisos que parecen cajas de zapatos, con celosías de madera cubiertas de hiedra alrededor de las ventanas. En algunas, las celosías estaban recién pintadas, lo que resaltaba aún más las superficies desgastadas de las fachadas de piedra. Era uno de esos barrios que llevaban varias décadas de decadencia pero que en los últimos años habían recuperado cierto estatus. Varios exiliados de las afueras las habían comprado y las habían rehabilitado totalmente, pintándolas de un blanco sofisticado y añadiéndoles caminitos de piedra y arbustos en jardineras de cemento y farolas junto a las puertas. Las casas reformadas resultaban frívolas comparadas con las otras, como si hubieran decidido dar la espalda, con irresponsable despreocupación, a los problemas del paso del tiempo, el deterioro y el clima espartano. Decidí saltarme las casas reformadas cuando empecé con las encuestas. Ahí no encontraría lo que buscaba. Serían todos bebedores de martinis.

Una hilera de puertas cerradas es algo que siempre intimida un poco, y más cuando sabes que habrás de acercarte una por una y llamar para pedir algo que equivale a un favor. Me alisé la falda, erguí los hombros y adopté lo que me pareció una expresión profesional pero amistosa, y me fui andando hasta la calle siguiente, practicando mentalmente antes de reunir la presencia de ánimo necesaria para empezar. Al final de la travesía vi lo que me pareció un bloque de pisos bastante nuevo. Decidí que terminaría allí el trabajo. En el interior se estaría más fresco, y a lo mejor me servía para completar las encuestas que aún me faltaran.

Llamé al primer timbre. Alguien me estudió brevemente a través de unas cortinas blancas medio transparentes. Me abrió la puerta una mujer de rasgos angulosos, que llevaba un delantal con volantes. En su cara no había ni rastro de maquillaje, ni siquiera de pintalabios, y llevaba unos zapatos de esos negros con cordones y tacón ancho que siempre me sugieren la palabra «ortopédico» y que asocio con el departamento de oportunidades de los grandes almacenes.

—Buenos días. Trabajo para Encuestas Seymour —me presenté esbozando una sonrisa forzada—. Estamos haciendo un pequeño estudio y quisiera saber si su esposo sería tan amable de responder unas preguntas.
—¿Vende usted algo? —me preguntó, mirando el lápiz y los papeles.
—¡No, no! No tenemos nada que ver con ventas. Somos una empresa de estudios de mercado, solo hacemos preguntas. Eso ayuda a mejorar la calidad de los productos —añadí sin demasiada convicción. Intuía que allí no encontraría lo que estaba buscando.
—¿Y de qué trata? —insistió, apretando las comisuras de los labios en un gesto de desconfianza.
—Bueno, pues en realidad trata de cerveza —le respondí en tono alegre, intentando que la palabra sonara tan inocente como la leche desnatada.

Su expresión se transformó al momento. Era evidente que estaba a punto de decir que no, pero al final vaciló, se apartó a un lado y me invitó a pasar, aunque su tono me hizo pensar en un plato frío de avena.

Me quedé en el inmaculado recibidor, que olía a abrillantador de muebles y lejía, mientras ella salía por otra puerta y la cerraba. Oí una conversación susurrada y de pronto la puerta volvió a abrirse. Un hombre alto y canoso de gesto severo avanzó hacia mí seguido de la mujer. Llevaba puesto un abrigo negro, a pesar de lo caluroso del día.

—Jovencita —me dijo—, no voy a reprenderla personalmente porque veo que es una buena chica, un medio inocente al servicio de este abominable fin. Pero hágame el favor de entregar estos folletos a sus superiores. ¿Quién sabe si sus corazones aún pueden ablandarse? La propagación de la bebida y la embriaguez son una iniquidad, un pecado contra el Señor.

Cogí los panfletos que me extendía, pero me sentí leal a Encuestas Seymour e intervine:

—Sepa que nuestra empresa no tiene nada que ver con la venta de la cerveza.
—Da igual —replicó con dureza—. Todo forma parte de lo mismo. «Los que no están conmigo, están contra mí», dijo el Señor. No intente blanquear los sepulcros de esos hombres indignos que trafican con la miseria y la degradación humanas. — Estaba a punto de darse la vuelta pero se lo pensó mejor y añadió algo—: No estaría de más que también los leyera usted, jovencita. Está claro que el alcohol nunca ha manchado sus labios, pero no hay alma que sea totalmente pura y esté a salvo de la tentación. Tal vez la semilla no caiga en el camino ni en terreno rocoso.

Me limité a musitar unas palabras de agradecimiento y el hombre elevó las comisuras de los labios hasta esbozar una sonrisa. Su esposa, que había presenciado el sermón con satisfacción mal disimulada, se adelantó y me abrió la puerta. Salí a la calle, conteniendo el impulso de estrecharles la mano, como si estuviéramos a la salida de la iglesia.

Aquel había sido un mal principio. Miré los panfletos mientras me acercaba a la casa contigua. «Abstinencia», exigía uno. El título del otro era más impactante: «La bebida y el demonio». Seguro que era clérigo, aunque anglicano desde luego que no, y mucho menos de la Iglesia Unida. Sería de alguna de esas sectas raras.

En la casa de al lado no había nadie, y en la siguiente me abrió la puerta una cría embadurnada de chocolate que me informó de que su padre aún no se había despertado. Al siguiente intento comprendí enseguida que al fin había dado con un buen campo de operaciones. La puerta principal estaba abierta de par en par. Instantes después de que llamara al timbre, vi que venía hacia mí un hombre con la cara muy roja, de estatura media pero bastante corpulento, casi gordo. Cuando abrió la mosquitera vi que no llevaba zapatos, solo calcetines, además de una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos.

Le expliqué mi trabajo y le mostré la tabla de consumo semanal, numerada del uno al diez. La empresa lo hace así porque hay hombres a los que les da vergüenza verbalizar su consumo de cerveza. Aquel hombre escogió el nueve, el segundo empezando por arriba. Casi nadie escoge el diez. A todos les gusta pensar que siempre hay alguien que bebe más que ellos.

—Pase al salón y siéntese. Debe de estar cansada de caminar, con el calor que hace —me dijo entonces—. Mi esposa acaba de salir a comprar —añadió como de pasada.

Me senté en una de las butacas y él bajó el volumen del televisor. En el suelo,

junto a su asiento, vi una botella medio vacía de cerveza Moose, la competencia. Se sentó frente a mí sonriendo, se secó el sudor de la frente con un pañuelo y respondió a las preguntas preliminares con aire de experto en el trance de emitir un veredicto profesional. Tras escuchar el anuncio por teléfono, se rascó los pelos del pecho, pensativo, y respondió con el entusiasmo por el que equipos enteros de publicistas habían estado rezando todos los días. Cuando terminamos, anoté su nombre y dirección, que son datos que la empresa necesita para no repetir la encuesta a las mismas personas, me levanté y empecé a darle las gracias. En ese instante vi que se levantaba y que se acercaba a mí con una sonrisa maliciosa.

—¿Y qué hace una chica tan guapa como tú rondando por ahí y preguntando a los hombres sobre la cerveza? —dijo con voz insinuante—. Deberías estar en casa con un hombre grande y fuerte que te cuidara.

Le metí los dos panfletos sobre la abstinencia en la mano abierta y salí corriendo.

Conseguí completar cuatro encuestas más sin incidentes de consideración, y descubrí que el cuestionario debería incluir una casilla que dijera: «no tiene teléfono… fin de la encuesta», y otra que tuviera en cuenta a la gente que no escuchaba la radio. También constaté que a los hombres que se identificaban con los sentimientos primitivos del anuncio no les gustaba la palabra «chispeante», que consideraban demasiado cursi o, como explicó uno de ellos, «demasiado afrutada». La quinta encuesta se la hice a un hombre alto y medio calvo que tenía tanto miedo a exponer su opinión sobre cualquier cosa, que sacarle alguna palabra era como extraerle una muela con una llave inglesa. Cada vez que le hacía alguna pregunta se ruborizaba, tragaba saliva y torcía el gesto en un rictus de agonía. Le pedí que escuchara el anuncio y cuando le pregunté si le había gustado mucho, un poco o no demasiado, se quedó mudo durante varios minutos antes de emitir un débil «Sí».

Ya solo me quedaban dos entrevistas que completar. Decidí saltarme las demás casas y acercarme directamente al bloque de apartamentos. Conseguí entrar recurriendo a la técnica habitual de llamar a todos los timbres a la vez hasta que algún incauto abría.

El frescor del vestíbulo fue un alivio. Subí el primer tramo de escaleras, recubierto por una alfombra que empezaba a desgastarse, y llamé a la primera puerta, que según la numeración correspondía al apartamento 6. Aquello me pareció curioso, porque por lógica debería haber sido el número 1.

Llamé, pero no contestaron. Insistí, esperé un rato, y ya estaba a punto de acercarme al apartamento de al lado cuando la puerta se abrió sin ruido y me encontré con un joven de unos quince años.

Se frotaba un ojo con el dedo, como si acabara de levantarse. Su delgadez era cadavérica; iba con el torso desnudo, y las costillas le sobresalían como las de esas demacradas tallas medievales de madera. La piel que se extendía sobre ellas era casi incolora, ni siquiera blanca, sino más próxima a ese tono amarillento de las sábanas gastadas. Iba descalzo y solo llevaba unos pantalones de color caqui. Los ojos, medio ocultos tras un flequillo negro y enmarañado, tenían una estudiada expresión de obstinada melancolía.

Nos quedamos mirándonos. Estaba claro que él no iba a decir nada, y yo no me decidía a empezar. Los cuestionarios que llevaba habían quedado de pronto desconectados de todo, y a la vez se habían vuelto amenazadores. Al final conseguí preguntarle, sintiéndome muy sintética al hacerlo, si su padre estaba en casa.

El siguió mirándome sin parpadear.

—No. Está muerto —dijo.
—Ah. —Me quedé ahí de pie, algo aturdida; el contraste con el calor del exterior me había mareado un poco. Todo parecía sucederse a cámara lenta. No encontraba nada que decir, pero no era capaz de irme ni moverme. El seguía allí, junto a la puerta.

Entonces, tras lo que me parecieron horas, se me ocurrió que a lo mejor no era tan joven como parecía. Tenía ojeras y algunas arrugas incipientes.

—¿De verdad que solo tienes quince años? —le pregunté, como si él ya me hubiera dicho su edad.
—Tengo veintiséis —replicó con voz lúgubre.

Yo reaccioné de manera tangible y, como si aquella respuesta hubiera apretado algún acelerador en mí, le solté una versión supersónica de mi discurso de presentación en el que explicaba que trabajaba para Encuestas Seymour y que no vendía nada y que pretendíamos mejorar la calidad de los productos y que solo quería hacerle algunas preguntas sobre la cantidad de cerveza que solía consumir por semana, pensando mientras lo hacía que no parecía beber nada que no fuese agua, para acompañar el mendrugo de pan que le arrojaran a la mazmorra en la que permanecía encadenado. Pareció tristemente interesado, con el interés que alguien dedicaría (en caso de dedicarle alguno) a un perro muerto, así que le entregué la tabla con el consumo medio semanal y le pedí que escogiera un número. La estuvo estudiando un rato, le dio la vuelta, miró el reverso, que estaba en blanco, y cerró los ojos.

—El seis —respondió.

Aquello implicaba entre siete y diez botellas por semana, lo suficiente como para cumplimentar la encuesta, y así se lo dije.

—Pues entra.

Experimenté una ligera sensación de alarma al traspasar el umbral y al ver que la puerta se cerraba pesadamente tras de mí.

Estábamos en un salón mediano, totalmente cuadrado, con una cocina americana en un lado y un distribuidor que conducía a las habitaciones en el otro. Las contraventanas estaban cerradas y en la sala reinaba una penumbra crepuscular. Las paredes, hasta donde las sombras me permitían ver, estaban pintadas de blanco y no había ningún cuadro en ellas. El suelo estaba cubierto con una alfombra persa auténtica con un recargado dibujo de volutas y flores marrones, verdes y granates, mejor incluso, según me pareció, que la que nuestra casera tenía en su salita, herencia del abuelo paterno. Había una estantería que iba de pared a pared, de esas que la gente se hace con tablones y ladrillos. Los otros únicos muebles eran tres enormes butacones viejos y abultados, uno rojo intenso, otro verde azulado y el tercero de un granate desgastado. Junto a cada uno de ellos había una lámpara de pie. Todas las superficies visibles estaban cubiertas de papeles sueltos, cuadernos, libros abiertos y puestos boca abajo, y otros cerrados con lápices y hojas a modo de puntos.

—¿Vives aquí tú solo? —le pregunté.

Me miró fijamente con sus ojos lúgubres.

—Eso depende de lo que quieras decir por «solo».
—Ah, ya entiendo —le dije cortésmente. Atravesé el salón intentando mantener mi aire de alegre determinación, procurando sortear los objetos esparcidos en el suelo. Me dirigía a la butaca azul, que era la única que no estaba infestada de papeles.
—Ahí no te puedes sentar —me advirtió en un tono ligeramente admonitorio—. Es la de Trevor. No le gustaría que te sentaras en su butaca.
—Ah. ¿Puedo sentarme en la roja, entonces?
—Bueno, esa es la de Fish, pero a él no le importaría que te sentaras. Vaya, al menos eso creo. Pero tiene todos sus papeles encima y a lo mejor se los desordenas.

Yo no creía que solo por sentarme encima pudiera desordenárselos más, pero preferí callarme. Me preguntaba si Trevor y Fish serían dos amigos imaginarios que aquel chico se había inventado, y si me habría mentido con lo de su edad. Con aquella luz, podría haber tenido diez años. Seguía ahí de pie, mirándome sin alterarse, los hombros encorvados, los brazos cruzados a la altura del pecho, agarrándose los codos.

—Entonces supongo que la tuya será la verde.
—Sí —respondió—, pero llevo dos semanas sin sentarme. Lo tengo todo ordenado encima.

Me habría apetecido acercarme para ver qué era exactamente lo que tenía tan ordenado ahí encima, pero me recordé a mí misma que allí había ido por trabajo.

—Entonces ¿dónde me siento?
—En el suelo —señaló—. O en la cocina. O en mi dormitorio.
—No, en el dormitorio no —me apresuré a contestar.

Retrocedí por entre aquel mar de papeles y busqué la cocina con la mirada. Me saludó un olor característico, parecía haber bolsas de basura en los rincones, y el resto del espacio estaba tomado por grandes ollas y teteras, algunas limpias y otras no.

—Me parece que en la cocina no cabemos —objeté, y empecé a apartar los papeles de la moqueta como quien retira la suciedad de la superficie de un lago.
—Creo que será mejor que no lo hagas —sugirió—. Algunos no son míos. Podría traspapelarse algo. Mejor vamos a mi dormitorio.

Cruzó el recibidor y se metió en otra habitación. Ya no me quedaba más remedio que seguirle.

El dormitorio era una caja oblonga de paredes blancas, también con los postigos cerrados y tan oscura como la sala de estar. No había más objetos que una tabla de planchar con la plancha encima, un tablero de ajedrez con algunas piezas tiradas en un rincón, una máquina de escribir en el suelo, una caja de cartón que parecía contener ropa sucia, y que metió en el armario de una patada para que pudiera pasar, y una cama estrecha. Extendió una manta gris militar sobre el ovillo de sábanas y se sentó sobre ella con las piernas cruzadas, apoyando la espalda en el ángulo que formaban las dos paredes. Encendió la lámpara, sacó un cigarrillo de un paquete que volvió a meterse en el bolsillo trasero del pantalón, lo encendió y se quedó ahí quieto, sosteniéndolo con las dos manos juntas, como un buda famélico dedicándose a sí mismo una ofrenda de incienso.

—Adelante —dijo.

Me senté en el borde de la cama —no había sillas— y empecé a hacerle la encuesta. Tras cada pregunta, apoyaba la cabeza en la pared, cerraba los ojos y respondía. Luego volvía a abrirlos y me miraba con signos apenas perceptibles de concentración mientras yo le formulaba la siguiente.

Cuando llegamos a la parte del anuncio, se fue a la cocina, donde estaba el teléfono, y marcó el número. Se quedó allí un rato que a mí se me hizo muy largo. Me levanté para ver lo que estaba haciendo, y lo vi con la oreja pegada al auricular y la boca arqueada en un gesto que era casi una sonrisa.

—En teoría solo lo tienes que escuchar una vez —le dije algo molesta.

Colgó a regañadientes.

—¿Puedo volver a llamar cuando te vayas y oírlo más veces? —me preguntó en el tono inseguro pero implorante del niño que pide otra galleta.
—Sí —concedí—, pero no hasta la semana que viene, ¿de acuerdo? —No quería que les bloqueara la línea a los encuestadores.

Volvimos al dormitorio y nos sentamos igual que antes.

—Ahora voy a repetirte algunas de las frases del anuncio y tú me dices qué te sugiere cada una. —Era la parte de la encuesta que pedía asociaciones libres, pensada para evaluar las reacciones inmediatas ante algunas ideas clave.
—En primer lugar, ¿qué te sugiere «de sabor masculino»?

Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

—Sudor —dijo, concentrado—. Zapatillas deportivas de lona. Vestuarios subterráneos y suspensorios.

Se supone que los encuestadores deben anotar literalmente las palabras de los encuestados, y eso hice yo. Pensé en colar aquella encuesta en el grupo de las reales, para sacar a alguna de las señoras de los lápices de colores de su monotonía; a la señora Weemers, tal vez, o a la señora Grundridge. Ella se la leería en voz alta a las demás, y comentarían que de todo había en la viña del Señor. El tema les daría para tres desayunos, por lo menos.

—¿Y «El primer sorbo, bien frío»?
—No sé… Oh, espera un momento. Es un pájaro, blanco, que cae desde gran altura. Le han atravesado el corazón en invierno. Las plumas se van soltando y descienden, a la deriva… Esto se parece a esos test de palabras que te hacen los psicólogos —dijo con los ojos abiertos—. A mí me encantaban. Son mejores que los de dibujitos.
—Creo que se basan en el mismo principio —convine—. ¿Y «de sabor fresco e intenso»?

Lo meditó un buen rato.

—Amargura —dijo—. No, eso no puede ser. —Arrugó la frente—. Ahora lo entiendo. Es una de esas historias de caníbales. —Por primera vez, parecía disgustado —. Conozco la estructura. Hay una de esas en El Decamerón y un par en las obras de Grimm. El marido mata al amante de la mujer, o viceversa, trocea el corazón y lo pone en el guiso o en el pastel de carne antes de servirlo en bandeja de plata, para que el otro se lo coma. Aunque lo de «fresco» no pega mucho, ¿verdad? Shakespeare — añadió en un tono de voz menos alterado—, Shakespeare también tiene algo así. Hay una escena en Tito Andrónico, aunque es discutible que fuera Shakespeare quien la escribiera, o…
—Gracias.

Yo anotaba a toda prisa. A aquellas alturas ya estaba convencida de que era un neurótico compulsivo y que lo mejor que podía hacer era aparentar tranquilidad y no demostrar ningún miedo. En realidad no estaba asustada (no parecía violento), pero estaba claro que aquellas preguntas lo inquietaban. Tal vez su equilibrio emocional fuera muy precario y bastara alguna de aquellas frases para arrojarlo por el precipicio. Estos tipos son así, pensé, recordando algunos casos clínicos que me había contado Ainsley. Cualquier insignificancia, como una palabra, puede alterarlos profundamente.

—¿Y «chispeante, tonificante, ligera y refrescante»?

Estuvo largo rato pensando.

—No me dicen nada —respondió al cabo—. No encajan. La primera parte da la imagen de alguien que tiene la cabeza de cristal y que se la golpean con un palo; como las copas musicales. Pero «ligera y tonificante» no me dice nada. Supongo — concluyó— que en esta no te sirvo de mucho.
—No, lo estás haciendo muy bien —le respondí, pensando en qué le pasaría a la máquina IBM si se les ocurría introducir aquella encuesta.
—Ahora la última: «el sabor de lo salvaje».
—¡Ah! —exclamó, con la voz llena de algo muy parecido al entusiasmo—. Esta es fácil. Me ha impactado desde el principio. Es una de esas filmaciones en tecnicolor sobre perros o caballos. «Sabor de lo salvaje» es obviamente un perro, medio lobo y medio husky, que salva a su amo tres veces, una del fuego, otra de una inundación y la tercera de unos humanos malvados, más probablemente cazadores blancos que indios, en los tiempos que corren, y que al final muere por el tiro de un trampero que dispara su escopeta del calibre 22. Lo entierran, seguramente en la nieve. Plano panorámico de árboles y lago. Puesta de sol. Fundido en negro.
—Muy bien —asentí, escribiendo a toda velocidad para apuntarlo todo. Los dos escuchábamos en silencio el garrapateo del lápiz—. Y ahora, siento mucho tener que preguntártelo, pero se supone que tengo que pedirte que me digas si crees que estas frases encajan con la cerveza muy bien, bastante bien, bien, no muy bien o nada bien.
—No sabría decirte —respondió, perdiendo todo el interés—. Yo nunca bebo cerveza. Solo whisky. Y para el whisky no encajan en absoluto.
—Pero si acabas de escoger el número seis en la tabla. Eso significa que bebes entre siete y diez botellas por semana —protesté, incrédula.
—Tú me has pedido que escogiera uno. Y el seis es mi número de la suerte —expuso con paciencia—. Si hasta conseguí que cambiaran el número de la puerta. En realidad este apartamento es el 1. Además, estaba aburrido. Me apetecía hablar con alguien.
—Entonces no podré contabilizar tus respuestas —le advertí con dureza. Por un momento se me había olvidado que no eran encuestas reales.
—Venga, si te lo has pasado muy bien —me dijo con su media sonrisa—. Sabes perfectamente que todas las demás respuestas que te han dado hoy son aburridísimas. Admite que te he alegrado el día considerablemente.

Sentía una pizca de enojo. Yo que me había compadecido de él por considerarlo un ser torturado al borde de una debacle mental, y resultaba que había sido una actuación en toda regla. Me quedaba la opción de levantarme e irme al momento, haciendo patente mi irritación, o admitir que tenía razón. Fruncí el ceño, intentando decidir qué hacer. En aquel preciso instante me di cuenta de que la puerta se abría y oí unas voces.

El se inclinó hacia delante y se puso a escuchar con atención, pero al cabo de un momento volvió a apoyarse en la pared.

—Son solo Trevor y Fish. Mis compañeros de piso —explicó—. Los otros dos aburridos. Trevor el que más. Cuando me encuentre aquí sin camisa y con una mujermujer en la habitación le va a dar algo.

Se oyó el crujido de bolsas de la compra en la cocina y luego una voz profunda.

—Dios, qué calor hace en la calle.
—Creo que será mejor que me vaya —dije. Si los otros se parecían en algo al que tenía delante, dudaba de que pudiera soportarlo. Recogí los cuestionarios y me levanté. En aquel preciso instante volvió a oírse la misma voz.
—Duncan, ¿quieres una cerveza? —Una cara peluda asomó por el marco de la puerta.
—¡Así que bebes cerveza!
—Me temo que sí, lo siento. Pero es que no quería terminar. El resto parecía aburrido, y además yo ya había dicho lo que quería decir. Fish —añadió dirigiéndose al barbudo—, esta es La Rubia.

Sonreí forzadamente. No soy rubia.

Entonces apareció otra cabeza sobre la anterior. Un rostro de piel blanca con entradas en el pelo, ojos celestes y una nariz admirablemente cincelada. Al verme se quedó boquiabierto.

Era momento de irse.

—Gracias —le dije fría pero amablemente al de la cama—. Me has ayudado mucho.

Me sonrió mientras me acercaba a la puerta.

—¿Cómo es que tienes este trabajo tan horrible? Creía que eso solo lo hacían las amas de casa inútiles —añadió, mientras aquellas cabezas se apartaban, alarmadas, para dejarme pasar.
—Bueno —respondí con toda la dignidad de que fui capaz, renunciando a intentar explicarle la naturaleza superior de mi puesto sin que sonara a justificación—. Hay que comer, ¿no? Además, ¿qué otra cosa se puede hacer hoy en día con una licenciatura?

Una vez fuera, miré el cuestionario. Las transcripciones de sus respuestas eran casi indescifrables a la luz del sol; solo se distinguía un borrón de letras grises.

.

(Continuará…)

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