La mujer comestible (IV)

Margaret Atwood

7

En teoría, aún me hacía falta una encuesta y media más, pero para redactar el informe y realizar los cambios en los cuestionarios ya tenía suficiente. Además, quería darme un baño y cambiarme de ropa antes de pasar por casa de Peter, y aquel trabajo me había llevado más tiempo del que había calculado.

Cuando llegué a casa tiré los cuestionarios sobre la cama y busqué a Ainsley, pero no estaba. Cogí la esponja, el jabón, el cepillo y la pasta de dientes, me puse la bata y bajé al otro piso. Nuestro apartamento no tiene baño independiente, cosa que contribuye a explicar que el alquiler sea tan bajo. Puede que la casa se construyera antes de que existieran, o tal vez consideraran que a los criados no les hacía falta. En cualquier caso, tenemos que usar el del segundo piso, lo que a veces nos complica la vida. Ainsley siempre se olvida los anillos, algo que para la señora de abajo supone una violación de su santuario. Deja desodorantes, desmaquilladores, cepillos y esponjas por todas partes, cosa que a Ainsley no le importa lo más mínimo pero que a mí me incomoda. A veces bajo justo después de que ella haya terminado y limpio la bañera.

Me apetecía quedarme un buen rato en remojo, pero apenas me había quitado la película más superficial de polvo y humo de autobús cuando la casera empezó a hacer gárgaras al otro lado de la puerta. Esta es su manera de darnos a entender que quiere entrar. Nunca llama ni pregunta si está ocupado. Total, que volví a subir a casa, me vestí, me preparé un té y me dispuse a irme a casa de Peter. Al pasar por la escalera, los antepasados me observaron con sus tenues ojos de daguerrotipo y con las bocas adustas inmóviles sobre los almidonados cuellos de las camisas.

Normalmente salíamos a cenar fuera, pero cuando no era así yo compraba algo en una tienda que me pillaba de camino —uno de esos establecimientos pequeños y mugrientos que a veces se encuentran en los barrios residenciales más antiguos— y preparábamos la comida en su casa. Claro que podría haber venido a buscarme en su Volkswagen, pero le pone de mal humor hacer recados en coche. Además, prefiero no darle a la señora de abajo motivos de especulación. El caso es que no sabía si iríamos a cenar fuera —Peter no había comentado nada—, así que me pasé por la tienda para ir sobre seguro. Lo más probable es que tuviera resaca de la noche anterior y no le apeteciera una cena en toda regla.

Peter vive lo bastante lejos como para que dé pereza trasladarse hasta su casa en transporte público. Su apartamento queda al sur de nuestra casa y al este de la universidad, en una zona bastante deteriorada, casi marginal que va a transformarse radicalmente en los próximos años, cuando construyan bloques de pisos. Aunque hay varios ya terminados, el de Peter aún está en construcción, y él es el único inquilino. Reside allí temporalmente, y paga solo un tercio del precio que cobrarán cuando el edificio esté acabado. Llegó a ese trato especial a través de un contacto que hizo durante la formalización de un contrato. Peter está en su último año de pasantía como abogado y aún no gana mucho —por ejemplo, su sueldo no le alcanzaría para pagar el apartamento al precio oficial—, pero se trata de un bufete pequeño en el que está teniendo una carrera meteórica.

Durante todo el verano, cada vez que iba a su casa tenía que abrirme paso entre sacos de cemento amontonados junto al vestíbulo, entre bultos recubiertos de lonas polvorientas en el interior, y a veces entre corredores de yeso, escaleras de mano y montañas de tuberías en los rellanos. Los ascensores aún no funcionan. A veces, algún trabajador que no sabía lo de Peter me interceptaba y me explicaba que no podía pasar, que ahí no vivía nadie. Entonces nos enzarzábamos en una discusión sobre la existencia o la inexistencia del tal señor Wollander, y en una ocasión tuve que hacer subir a uno hasta el séptimo piso para mostrarle al Peter de carne y hueso. De todos modos, sabía que siendo sábado por la tarde ya no habría nadie trabajando. Además, los operarios seguramente habrían librado todo el fin de semana. En general, parecen avanzar a un ritmo bastante relajado, que conviene a Peter. Además, creo que también ha habido una huelga o un despido que lo ha retrasado todo. Peter espera que la cosa se alargue; cuanto más tarden en acabar, más tiempo disfrutará de su alquiler bajo.

La estructura del edificio estaba terminada, solo faltaban los acabados. Ya habían instalado las ventanas y habían pintado los cristales con jeroglíficos de jabón blanco para que la gente no se tropezara con ellos. Las puertas de vidrio las habían puesto hacía unas semanas, y Peter había pedido otro juego de llaves para mí. Se trataba más de una necesidad que de una concesión a la comodidad, porque el sistema de portero automático aún no estaba conectado. En el interior, las superficies brillantes —los suelos embaldosados, las paredes pintadas, los espejos, los apliques de luz— que más tarde darían al edificio su barniz elegante, su caparazón interno de escarabajo, aún no habían empezado a secretarse. La dura piel gris de los suelos y de las paredes sin enyesar aún estaba expuesta a la vista, y de gran parte de los enchufes colgaban cables desnudos como nervios sueltos. Subí la escalera con cuidado, evitando tocar la barandilla sucia, pensando en lo mucho que había llegado a asociar los fines de semana con el olor a tablones serrados y a cemento de aquel edificio en construcción. En todos los pisos que iba pasando de largo, los huecos de lo que serían las entradas de los futuros apartamentos se abrían, vacíos, con las puertas aún sin colocar en las bisagras. La ascensión era larga. Al llegar al rellano de Peter, me faltaba el aliento. Ya tenía ganas de que instalaran los ascensores.

El apartamento de Peter está casi terminado, claro. El no viviría en un piso sin pavimentos ni corriente eléctrica, por más barato que resultara el alquiler. El conocido que le facilitó el trato lo usa como piso muestra, aunque siempre llama a Peter con antelación cuando tiene programada una visita con algún posible inquilino. Es algo que a Peter no le importa demasiado; sale mucho y no le molesta que la gente husmee en su casa.

Abrí la puerta, entré y llevé la compra a la nevera de la cocina americana. Oí ruido de agua; Peter se estaba duchando, como muchas otras veces. Me acerqué a la ventana del salón y contemplé la calle. El apartamento no está lo bastante alto como para tener una buena vista del lago o de la ciudad —solo se aprecia un mosaico de callejuelas decrépitas y estrechos patios traseros—, pero tampoco lo bastante bajo como para distinguir claramente lo que hace la gente. Peter aún no ha amueblado del todo el salón. Tiene un sofá danés moderno, una butaca a juego y un equipo de alta fidelidad, pero nada más. Dice que prefiere esperar y comprar artículos de calidad a llenar la casa de saldos que no le gusten. Supongo que tiene razón, aunque me alegraré cuando lo tenga más lleno. Esos dos únicos muebles se ven desproporcionados y aislados en el gran espacio que los rodea.

Cuando espero a alguien siempre me pongo nerviosa, y muchas veces empiezo a pasear arriba y abajo. Fui al dormitorio y miré por la ventana, aunque las vistas desde ahí son casi idénticas. Peter ya ha dado el dormitorio por acabado, pese a que puede resultar un tanto austero para según qué gustos. Ha puesto una piel de cordero de un tamaño considerable en el suelo y una cama sencilla, sólida y bastante grande, de segunda mano pero en perfecto estado, siempre muy bien hecha. También hay un escritorio cuadrado, discreto, de madera oscura, y una de esas sillas giratorias de despacho con asiento de cuero, también de segunda mano. Asegura que para trabajar es muy cómoda. Sobre el escritorio hay una lámpara, un secante, varios lápices y plumas, y su foto de graduación enmarcada. Encima, en la pared, hay una pequeña librería; los textos de Derecho ocupan el estante inferior, y un montón de novelas baratas de detectives el de arriba. El del centro está poblado de una miscelánea de libros y revistas. A un lado de la estantería ha colgado un tablero con ganchos que muestra su colección de armas: dos rifles, una pistola y algunos cuchillos de aspecto amenazador. Me ha dicho los nombres de todo, pero no consigo aprendérmelos. Peter nunca ha usado ninguna de estas armas delante de mí, aunque claro, en la ciudad no creo que se le presenten muchas ocasiones de hacerlo. Se ve que antes iba mucho de caza con sus amigos. Ahí también están sus cámaras de fotos, con sus ojos de cristal cubiertos con fundas de piel. Un espejo de cuerpo entero ocupa toda la puerta del armario ropero.

Peter debió de oírme y me llamó desde el baño.

—¿Marian? ¿Eres tú?
—Sí, estoy aquí, hola.
—Hola, sírvete una copa. Y prepárame otra a mí. Un gin-tonic, ¿vale? Enseguida salgo.

Sabía dónde estaba todo lo necesario. Peter tiene un estante bien surtido de botellas, y nunca se olvida de llenar las cubiteras. Me fui a la cocina y preparé las bebidas con esmero, sin olvidar la piel de limón, como a Peter le gusta. Tardo más de lo normal en preparar los combinados; me cuesta bastante calcular las cantidades.

Oí que el agua de la ducha dejaba de correr y luego unos pasos. Cuando me volví, Peter estaba de pie a la puerta de la cocina, empapado y envuelto en una elegante toalla azul marino.

—Hola —saludé—. Tienes la copa en el mármol.

Avanzó en silencio, cogió el vaso que yo tenía en la mano, bebió un tercio de su contenido y lo dejó en la mesa que estaba detrás. A continuación me abrazó.

—Me estás mojando —le dije con cariño. Le puse la mano, fría de haber estado tocando el hielo, en la espalda, pero no protestó. Tenía la piel tibia y elástica después de la ducha.

Me besó la oreja.

—Vamos al baño —dijo.

.

Me fijé en la cortina de ducha de Peter, de fondo gris y con unos cisnes rosas con el cuello curvado que nadaban en grupos de tres sorteando nenúfares albinos. No era para nada del gusto de Peter, que se había visto obligado a comprarla de urgencia porque cada vez que se duchaba el agua le inundaba el cuarto. No había tenido tiempo de buscar, y aquella le había parecido la más discreta. Me preguntaba por qué habría insistido en que nos metiéramos en la bañera. A mí no me había parecido una buena idea, yo prefiero la cama y sabía que la bañera resultaría demasiado pequeña, incómoda y dura, pero había preferido callarme. Consideraba que debía mostrarme comprensiva, por lo de Trigger. Por si acaso, metí la alfombrilla para no empezar a clavarme cosas.

Había supuesto que Peter se sentiría deprimido, pero aunque lo notaba distinto, deprimido no estaba. En cualquier caso no acababa de entender lo de la bañera. Recordé los otros dos matrimonios desgraciados. Después del primero, había sido la piel de oveja que había a los pies de la cama; después del segundo, una áspera manta sobre un campo al que habíamos llegado después de cuatro horas de viaje en coche. En esta segunda ocasión me había sentido muy incómoda, porque no había dejado de pensar en granjeros y en vacas. Imaginaba que lo del baño formaba parte del mismo esquema, cualquiera que fuese. Tal vez un intento de recalcar un comportamiento juvenil y espontáneo, una rebelión contra la rancia maldición de las medias en el lavabo y la grasa del beicon solidificándose en las sartenes que los matrimonios de sus amigos le evocaban. En las otras ocasiones se había mostrado muy distraído, por lo que deduje que si le gustaba hacerlo era porque lo habría leído en alguna parte, aunque nunca llegué a identificar la procedencia. Lo del campo lo habría encontrado en alguna publicación deportiva para hombres; recordaba que ese día llevaba una chaqueta a cuadros. Lo de la piel de cordero lo atribuí a una de esas revistas de papel satinado en las que aparecen escenas de lujuria en áticos. ¿Y la bañera? A lo mejor lo había sacado de una novela de misterio y asesinatos de las que leía para «evadirse», como él mismo explicaba. ¿Pero no sería más bien una mujer ahogada en la bañera? Una mujer. Aquello les daría la excusa perfecta para la imagen de la portada: una mujer totalmente desnuda en el agua y con una pastilla de jabón o un patito de goma o una mancha de sangre —para pasar la censura—, con el pelo flotando en el agua, la pura frialdad de la porcelana rodeándole el cuerpo, casto como el hielo una vez sin vida, con los ojos abiertos, fijos en los del lector. La bañera es un ataúd. Me asaltó una visión fugaz: nos quedábamos dormidos y el grifo se abría accidentalmente, la tibieza del agua iba sumergiéndonos sin que nos diéramos cuenta, el nivel subía y al final nos ahogábamos. Aquello sí sería una sorpresa para el amigo de Peter cuando viniera a enseñar el piso a los siguientes posibles inquilinos. Toda la casa inundada y dos cadáveres desnudos, unidos en un último abrazo. «Suicidio», dirían todos. «Muertos por amor». En las noches de verano nuestros fantasmas se pasearían por los vestíbulos de los Apartamentos Brentview para Solteros, Dos Dormitorios, Acabados de Lujo, cubiertos solo por unas toallas de baño…

Volví la cabeza, cansada de cisnes, y me concentré en la alcachofa de la ducha. El pelo de Peter olía a jabón. Siempre olía a jabón, no solo cuando acababa de ducharse. Era un olor que yo asociaba con sillas de dentista y medicamentos, pero en él me resultaba atractivo. Nunca usaba esas lociones dulzonas para después del afeitado ni los otros sustitutos masculinos del perfume.

Observé su brazo, los pelos alineados en franjas. Ese brazo era como el cuarto de baño: limpio, blanco y nuevo, la piel extrañamente suave para ser de hombre. Había apoyado la frente en mi hombro y no le veía la cara, pero intenté visualizarla. Era como había dicho Clara: «guapo». Aquello fue seguramente lo primero que me atrajo de Peter. La gente se fijaba en él, no porque tuviera unos rasgos enérgicos o peculiares, sino porque era la normalidad elevada a categoría de perfección, como esos rostros juveniles y retocados de los anuncios de cigarrillos. Sin embargo, a veces me habría gustado ver alguna verruga o algún lunar tranquilizador, o alguna zona rugosa, algo en lo que la mano pudiera demorarse en vez de resbalar sin freno.

Nos habíamos conocido en la fiesta al aire libre que se celebró después de mi graduación. Era amigo de un amigo mío, y comimos helado juntos, a la sombra. Se mostró bastante formal y me preguntó qué planes tenía. Yo le expliqué que esperaba trabajar, aunque se lo planteé con mucha más precisión de la que en realidad tenía en mente, y más tarde me confesó que fue mi aura de independencia y sentido común lo que le había llamado la atención. Me consideró el tipo de chica que no intentaría controlarle la vida. Hacía poco había tenido una experiencia desagradable con lo que llamaba «el otro tipo de chica». Esa suposición suya me había convenido. Desde el principio nos tratamos con sinceridad, y nos llevábamos muy bien. Tuve que adaptarme a sus cambios de humor, claro, pero eso ocurre con todos los hombres, y sus altibajos eran tan evidentes que no suponían una gran dificultad. A lo largo de aquel verano nuestra relación se fue convirtiendo en una costumbre agradable, y como solo nos veíamos los fines de semana, el fulgor inicial no había tenido tiempo de apagarse.

Sin embargo, la primera vez que fui a su apartamento estuvo a punto de ser nuestra última cita. Me había abrumado con música y coñac, creyéndose gentil y experimentado, y yo me había dejado guiar al dormitorio. Habíamos dejado las copas de coñac en el escritorio y Peter, en un movimiento acrobático, había tirado una al suelo.

—Bah, deja eso ahora —dije yo, tal vez con poco tacto. Pero él encendió la luz, se levantó para buscar la escoba y la fregona y barrió todos los trozos de vidrio, recogiendo los grandes con cuidado, como una paloma que picoteara migas de pan. Se puso de un humor de perros.

No tardamos en despedirnos con bastante frialdad, y no supe nada de él durante más de una semana. Las cosas habían mejorado mucho desde entonces, claro.

Peter se estiró y bostezó a mi lado, aplastándome el brazo contra la porcelana. Me aparté un poco y logré liberar el brazo disimuladamente.

—¿Te ha gustado? —me preguntó como de pasada, sin apartar los labios de mi hombro. Siempre me lo preguntaba.
—Ha sido maravilloso —susurré. ¿Acaso no era evidente? Un día de esos le contestaría «horrible», solo para ver su reacción, aunque estaba segura de que no me creería. Me incorporé y le acaricié el pelo mojado, rascándole la nuca. Si no me excedía, era algo que le gustaba.

A lo mejor había escogido la bañera como expresión de su personalidad. Intentaba encontrarle un sentido a aquello. ¿Sería una forma de ascetismo? ¿Una versión moderna de los cilicios y los asientos con clavos? ¿Mortificación de la carne? La verdad es que no había nada en Peter que lo diera a entender. Desde luego, prefiere la comodidad, y además no había sido su carne la mortificada, porque él estaba encima. A lo mejor había sido el gesto de un joven temerario, algo así como saltar vestido a la piscina o ponerse cosas en la cabeza en las fiestas. Aunque esa imagen tampoco casaba con él. Yo me alegraba de que ya no le quedaran amigos solteros, porque a la siguiente boda quién sabe si habría pretendido que nos metiéramos en un armario, o que probáramos alguna postura exótica en el fregadero de la cocina.

A lo mejor —y esa idea me aterró— había creído que aquello podía ser la expresión de mi personalidad. Un nuevo campo de posibilidades se abría ante mí. ¿Acaso me veía como un componente sanitario? ¿Qué tipo de chica creía que era?

Peter me pasaba los dedos por el pelo de la nuca.

—Seguro que los kimonos te sientan de maravilla —me susurró. Me mordió el hombro, y reconocí en aquel acto inusual en él un gesto de alegría desbocada.

Yo le devolví el mordisco en el mismo sitio y, asegurándome de que el pivote de la ducha aún estaba subido, estiré el pie —soy hábil con los pies— y abrí el grifo del agua fría.

.

8

Hacia las ocho y media salimos para ir a buscar a Len. Peter había sufrido uno de sus cambios de humor y estaba de un ánimo que no habría sabido definir, así que no intenté entablar ninguna conversación con él durante el trayecto. No apartaba la vista de la carretera, cogía las curvas demasiado rápido e insultaba en voz baja a los otros conductores. No se había puesto el cinturón.

Antes, cuando le comenté que habíamos quedado con Len no se había mostrado muy entusiasmado, a pesar de que le había asegurado que «le caería bien».

—¿Quién es? —me había preguntado con desconfianza. De no haberlo conocido bien, habría jurado que estaba celoso. Pero Peter no es un hombre celoso.
—Es un viejo amigo de la universidad —le dije—. Acaba de volver de Inglaterra. Creo que es productor de televisión o algo así.

Sabía que Len no tenía un cargo tan importante, pero a Peter le impresiona el trabajo que desempeña la gente. Y como me había propuesto que Len le sirviera de distracción, quería que fuera una noche agradable.

—Vaya —protestó—. Un artista. Seguro que es marica.

Estábamos sentados a la mesa de la cocina, comiendo guisantes congelados y carne ahumada, de esa que hay que hervir tres minutos sin sacar del plástico. Peter no había querido cenar fuera.

—Pues no —salí en apasionada defensa de Len—. Todo lo contrario.

Peter apartó el plato.

—¿Por qué no cocinas nunca? —preguntó con cierta impertinencia.

Aquello me ofendió; me parecía injusto. Me gusta cocinar, pero en casa de Peter lo había evitado deliberadamente para que no se sintiera invadido. Además, hasta entonces nunca se había quejado de la carne ahumada, que encima era nutritiva. Estuve a punto de soltar un comentario irónico, pero al final me contuve. Después de todo, Peter estaba pasando un mal momento.

—¿Qué tal fue la boda? —le pregunté finalmente.

Peter gruñó algo, se reclinó en el asiento, encendió un cigarrillo y se quedó contemplando la pared del fondo con la mirada perdida. Luego se levantó y se sirvió otro gin-tonic. Intentó pasear por la cocina de un lado a otro, pero enseguida se dio cuenta de que era demasiado estrecha y volvió a sentarse.

—Dios mío —suspiró—. Pobre Trigger. Tema un aspecto horrible. ¿Cómo ha podido dejarse atrapar así? —Y prosiguió con un monólogo inconexo en el que Trigger aparecía como una especie de último mohicano, noble y libre, el último ejemplar de dinosaurio exterminado por el destino y por otras especies menores, el último pájaro dodo, demasiado tonto para escapar. Llegado a ese punto empezó a despotricar contra la novia, la acusó de ser una malvada depredadora, de succionar al pobre Trigger al vacío doméstico (lo que me hizo imaginarla como un aspirador), y al final se calló, no sin antes emitir varias predicciones agoreras sobre su futuro de soledad. Soledad que, en este caso, se refería a la falta de otros hombres solteros como él.

Me comí los últimos guisantes congelados. Ya había oído aquel discurso en dos ocasiones, o una perorata similar, y sabía que me convenía callar. Si le daba la razón, solo conseguiría agravar su depresión; si le llevaba la contraria, sospecharía que me ponía de parte de la novia. La primera vez me había mostrado divertida y había intentado quitar hierro al asunto y consolarlo. «Bueno, ahora ya está hecho —le había dicho—. Y a lo mejor acabará resultando bien. Después de todo, ya le tocaba. ¿Cuántos años tiene? ¿Veintiséis?». «Yo también tengo veintiséis años».

En fin, que esta vez decidí cerrar la boca, aunque me alegré de que Peter hubiera soltado su discurso a primera hora. Me levanté y le serví un poco de helado, cosa que se tomó como un gesto comprensivo. Me pasó el brazo por la cintura y me dio un abrazo triste.

—Dios mío, Marian —me dijo—. No sé qué haría si no me entendieras. La mayoría de las mujeres no lo entenderían, pero tú eres tan sensible…

Me acerqué a él y le acaricié el pelo mientras se comía el helado.

Dejamos el coche donde siempre, en una callejuela detrás del Park Plaza. Cuando empezamos a caminar, le pasé la mano por un brazo y él me sonrió, distraído. Yo le devolví la sonrisa —me alegraba de que ya se le hubiera pasado el mal humor del coche— y él apoyó la mano sobre la mía. Estuve a punto de poner mi otra mano encima de la suya, pero pensé que si lo hacía él se vería obligado a imitarme, como en ese juego infantil. Me limité a apretarle el brazo cariñosamente.

Llegamos al Park Plaza y Peter me abrió la puerta de cristal, fiel a su costumbre. Es muy escrupuloso con este tipo de cosas; también me abre la puerta del coche. A veces incluso parece que vaya a cuadrarse.

Mientras esperábamos el ascensor, observé nuestra imagen en el espejo que cubría las puertas de arriba abajo. Peter había elegido uno de sus trajes más discretos, marrón verdoso, de verano, cuyo corte acentuaba su esbeltez. Llevaba todos los complementos a juego.

—No sé si Len habrá llegado —comenté sin apartar la vista de mi reflejo, hablándole al espejo. Se me ocurrió que yo era de la estatura perfecta para él.

El ascensor llegó y Peter le dijo: «A la última planta, por favor», a la ascensorista de guantes blancos. Empezamos a subir despacio. En realidad el Park Plaza es un hotel, pero arriba tiene un bar. Es uno de los locales favoritos de Peter para tomar una copa tranquila, por eso se lo había propuesto a Len. La altura te proporciona una sensación de verticalidad que es difícil de conseguir en la ciudad. El lugar está bien iluminado, no es oscuro como muchos otros, y está limpio. Nadie suele emborracharse demasiado, y es posible mantener una conversación; no hay orquesta ni cantantes. Las sillas son cómodas, la decoración está inspirada en el siglo XVIII y todos los camareros conocen a Peter. Ainsley me contó que una vez, estando ella presente, alguien había amenazado con suicidarse saltando desde la terraza contigua, aunque a lo mejor era una de sus invenciones.

Entramos en el bar. No había mucha gente, así que enseguida vi a Len. Estaba sentado a una de las mesas negras. Nos acercamos y le presenté a Peter. Se dieron la mano: Peter con brusquedad; Len, relajado. El camarero apareció al momento y Peter pidió dos gin-tonics.

—¡Marian, cuánto me alegro de verte! —dijo Len, apoyándose en el borde de la mesa para darme un beso en la mejilla, hábito que, según supuse, habría adquirido en Inglaterra, porque antes no lo hacía. Había engordado un poco.
—¿Qué tal por ahí? —le pregunté. Quería que hablara y entretuviera a Peter, que de nuevo parecía enfurruñado.
—Bien, supongo. Pero demasiada gente. Cada vez que te das la vuelta te encuentras con alguien de aquí. Ya casi no vale la pena ir, está plagado de turistas. De todas formas —añadió, dirigiéndose a Peter—, hubiera preferido no marcharme. Tenía un trabajo que me gustaba, entre otras cosas. Pero hay que ir con cuidado con las mujeres cuando empiezan a perseguirte. Siempre quieren que te cases con ellas. Entonces tienes que salir pitando. Pillarlas antes de que te atrapen ellas a ti y largarte al momento. —Sonrió, luciendo sus dientes blancos y brillantes.

Peter se animó visiblemente.

—Marian me ha dicho que trabajas en televisión.
—Sí —respondió, mirándose las uñas cuadradas de sus manos grandes, casi desproporcionadas—; de momento no tengo nada entre manos, pero espero encontrar algo por aquí. Siempre se necesita gente con experiencia. Telediarios. Ya me gustaría ver a algún buen locutor en este país, alguno bueno de verdad, aunque me imagino la cantidad de papeleo que te exigirán para conseguir cualquier cosa.

Peter se tranquilizó. Seguramente estaba pensando que alguien interesado en reportajes periodísticos no podía ser marica.

Noté que alguien me tocaba el hombro y me volví. Allí de pie había una chica joven que no conocía de nada. Abrí la boca para preguntarle qué quería pero Peter se me adelantó.

—Vaya, es Ainsley. No me habías dicho que también venía.

La miré de nuevo. En efecto: era Ainsley.

—Por Dios, Marian —me dijo casi en un susurro cohibido—, no me habías dicho que era un bar. Espero que no me pidan el documento de identidad.

Len y Peter se habían puesto de pie. Se la presenté a Len, en contra de lo que me dictaba mi buen juicio, y ella se sentó en la cuarta silla. Peter parecía desconcertado. Había conocido a Ainsley en otra ocasión y no le había caído bien. Sospechaba que tenía puntos de vista que él definía como «radicales de pacotilla», porque ella le había soltado un discurso teórico sobre la liberación del Ello. Políticamente, Peter es conservador. Además, se había ofendido cuando Ainsley le dijo que tenía opiniones «convencionales», y se había vengado calificando las suyas de «incivilizadas». Yo suponía que en aquel momento él era consciente de que estaba tramando algo, pero no quería ponerla en evidencia hasta estar seguro de qué era. Le hacían falta pruebas.

El camarero volvió a aparecer y Len preguntó a Ainsley qué quería tomar. Ella vaciló.

—Ay, no sé… tomaré un… un ginger-ale —dijo tímidamente.

Len le sonrió, complacido.

—Marian, sabía que compartías piso con una chica, pero no me habías comentado que fuera tan jovencita.
—Bueno, podría decirse que está bajo mi tutela —respondí secamente—. Me lo han pedido sus padres, que viven en el pueblo.

Estaba furiosa con Ainsley. Me acababa de poner en una situación muy difícil. O le desmontaba el juego, revelando que ya había terminado la universidad y que en realidad era solo unos meses más joven que yo, o me callaba y me convertía en cómplice de algo que equivalía a un fraude. Sabía perfectamente por qué había venido: Len era un candidato en potencia, y al notar mi reticencia a presentárselo había optado por inspeccionarlo en persona.

El camarero volvió con el ginger-ale. Me sorprendió que no le hubiera exigido el carnet, pero pensándolo mejor llegué a la conclusión de que cualquier camarero con experiencia daría por sentado que una chica tan descaradamente joven que entraba en un bar vestida de esa manera y pedía un ginger-ale había de tener bastante más de la edad mínima. Si sospechan de alguien es de las adolescentes que se disfrazan de mujeres, y ella había conseguido no sé dónde un modelito fino de algodón que nunca le había visto, un vestido a cuadritos rosas y celestes sobre un fondo blanco y con un fruncido alrededor del cuello. Se había puesto una pulsera de plata con medallas y remataba la imagen con una coleta atada con un lazo rosa. Apenas se había maquillado, solo un poco de sombra en los ojos para que parecieran el doble de grandes, redondos y azules. Había sacrificado sus uñas ovaladas, mordiéndoselas casi hasta la raíz, lo que les daba un aspecto descuidado y escolar. Saltaba a la vista que iba a por todas.

Len le hablaba, le hacía preguntas, intentaba sonsacarla. Ella daba sorbitos de ginger-ale y le contestaba escuetamente, con timidez. Por supuesto, evitaba hablar más de la cuenta, consciente de que Peter constituía una amenaza. Pese a ello, cuando Len se interesó por su trabajo, pudo contarle la verdad.

—Estoy en una empresa de cepillos de dientes eléctricos —explicó, y se ruborizó, consiguiendo un tono rosado muy auténtico. Por poco me atraganto.
—Disculpad —dije—. Salgo un momento a la terraza a tomar el aire. —Quería decidir qué debía hacer: no me parecía ético dejar que engañara a Len de esa manera. Supongo que Ainsley notó algo, porque cuando me levantaba me dedicó una mirada de advertencia.

Fuera, apoyé los brazos en el borde del muro, que me llegaba casi a la altura del cuello, y contemplé la ciudad. Una línea de luces en movimiento avanzaba justo frente a mí hasta que se dividía para esquivar la masa oscura del parque. Otra línea se incorporaba desde la derecha, sin principio ni final. ¿Qué decisión tomar? ¿Acaso era asunto mío? Sabía que si me metía estaría rompiendo un pacto tácito, y que Ainsley encontraría la forma de vengarse de mí a través de Peter. Era muy hábil en esos temas.

A lo lejos, en el horizonte, vi el destello de un relámpago. Se avecinaba una tormenta. «Bien —dije en voz alta—. Limpiará el ambiente». Si no pensaba dar ningún paso concreto, tenía que estar segura de mi autocontrol, para no meter la pata. Di un par de vueltas a la terraza hasta que me pareció que ya estaba lista para entrar. Me sorprendió constatar que me tambaleaba ligeramente al andar.

El camarero debía de haber vuelto. Había otro gin-tonic en mi sitio. Peter estaba enfrascado en una conversación con Len y apenas reparó en mí. Ainsley estaba callada, con la mirada baja, removiendo el cubito de hielo en el vaso de ginger-ale. Me dediqué a estudiar su recién adquirido aspecto, y se me antojó como aquellas muñecotas que hay en las tiendas en Navidad, de piel suave y lavable, como de plástico, ojos de vidrio y pelo artificial. Rosas y blancas.

Presté atención a la voz de Peter, que parecía llegarme desde lejos. Le explicaba a Len algo relativo a una partida de caza. Yo ya sabía que Peter, antes, salía bastante de caza, sobre todo con su grupo de viejos amigos, pero a mí nunca me había contado tanto sobre el tema. Recuerdo que alguna vez me había comentado que solo mataban cuervos, marmotas y otros bichos pequeños.

—Bueno, pues la solté y, ¡zas!, directo al corazón. Las demás se escaparon. La recogí y Trigger me dijo: «Ya sabes cómo se hace, les abres la barriga, las sacudes fuerte varias veces y las tripas se les salen solas». Así que saqué el cuchillo (yo tengo un cuchillo muy bueno, de acero alemán), le hice un corte en la barriga, la cogí por las patas traseras y la agité muy fuerte, como si estuviera dando latigazos, y de repente había sangre y tripas por todas partes. Me puse perdido, un asco, vísceras de liebre colgando de los árboles, todos los árboles rojos…

Hizo una pausa para reírse. Len sonrió. El tono de voz de Peter había cambiado; apenas lo reconocía. Pensé en el panfleto de la «Abstinencia». No permitiría que mis percepciones sobre Peter se vieran distorsionadas por los efectos del alcohol, me dije.

—Fue muy divertido. Por suerte Trigger y yo teníamos las cámaras a mano y sacamos algunas fotos bastante buenas de aquel desastre. Una pregunta, por tu trabajo entenderás bastante de cámaras… —Y acto seguido se enzarzaron en una conversación sobre lentes japonesas.

Peter parecía hablar cada vez más alto y más rápido hasta el punto que me resultaba imposible seguir el flujo de palabras, y mi mente se distanció para concentrarse en la imagen de la escena del bosque. La vi como si fuera una diapositiva proyectada en una pantalla, en un cuarto oscuro: los colores luminosos, verdes, marrones, el azul del cielo, los rojos. Peter estaba de pie, de espaldas a mí. Llevaba una camisa a cuadros y el rifle colgado del hombro. Lo rodeaba un grupo de amigos, esos amigos a los que yo no conocía. Sus rostros deformados por una mueca de hilaridad eran claramente visibles, iluminados por el sol que penetraba en haces por entre unos árboles anónimos, salpicados de sangre. A la liebre no la veía.

Me incliné hacia delante y apoyé los codos en la mesa. Quería que Peter se volviera y me hablara. Necesitaba oír su voz de siempre, pero él no me decía nada. Estudié los reflejos de los otros tres, que se extendían y se movían sobre la superficie negra y brillante como en un charco de agua. Solo se les veía la barbilla, no los ojos, excepto a Ainsley, que los posaba discretamente en la bebida. Al cabo de un rato me di cuenta de que una gran gota se había materializado en la mesa, cerca de mi mano. La rocé con el dedo y la extendí un poco antes de comprender con horror que era una lágrima. ¡Estaba llorando, entonces! Algo en mi interior empezó a recorrer, indeciso, laberintos de pánico, como si me hubiera tragado un renacuajo. Estaba a punto de perder los nervios y montar una escena, y no quería que eso ocurriera.

Me levanté intentando pasar lo más desapercibida posible, crucé el bar evitando con sumo cuidado las demás mesas y me metí en el servicio de señoras. Tras asegurarme de que no había nadie más —para no dejar testigos—, me encerré en uno de los lujosos cubículos rosas y estuve llorando durante varios minutos. No entendía qué me sucedía; por qué lo hacía. Era la primera vez que hacía algo así, y me parecía absurdo. «Contrólate —me susurraba—. No seas tonta». El rollo de papel higiénico estaba ahí, agazapado, impotente, blanco y suave, esperando pasivamente el final. Arranqué un trozo y me soné.

Aparecieron unos zapatos. Los miré atentamente por debajo de la puerta y reconocí los de Ainsley.

—¡Marian! ¿Estás bien?
—Sí —me apresuré a responder. Me sequé los ojos y salí—. ¿Qué? ¿Ya has iniciado la búsqueda?
—Ya veremos —respondió con frialdad—. Primero he de conseguir más datos sobre él. Espero que no se te ocurra decir nada.
—Yo también lo espero, aunque no me parece ético, la verdad. Es como cortar la punta de las alas a los pájaros, o pescar con luz artificial y todo eso.
—No es lo mismo —protestó—. Yo no pienso hacerle ningún daño. —Se quitó el lazo rosa y se peinó—. ¿Pero qué te pasa? He visto que empezabas a llorar en la mesa.
—Nada. Ya sabes que no me sienta bien la bebida. Seguramente es por la humedad. —Estaba recuperando el dominio de mí misma.

Regresamos a nuestra mesa. Peter hablaba por los codos sobre diferentes sistemas para hacer autorretratos; imágenes reflejadas en espejos, temporizadores que pulsabas antes de salir corriendo para posar, dispositivos con largos cables rematados en disparadores y sistemas hidráulicos. Len intervenía a veces para comentar algún aspecto del enfoque de la imagen, pero cuando llevaba varios minutos sentada me dirigió una mirada extraña, como diciendo que yo le había decepcionado. Luego volvió a la conversación.

¿Qué habría querido expresar? Los miré a los tres, uno por uno. Peter me sonrió sin dejar de hablar, cariñoso pero distante, y de pronto capté la situación: me estaba usando como parte del atrezo; silencioso pero sólido, un perfil en dos dimensiones. No es que prescindiera de mí, como tal vez yo había sentido (¿guardaba eso alguna relación con mi ridículo mutis?). Todo lo contrario: contaba conmigo. Y Len me había mirado así porque imaginaba que estaba siendo discreta a propósito, y por un motivo concreto: nuestra relación era más seria de lo que yo le había descrito. Len nunca le deseaba el matrimonio a nadie, y menos si le caía bien. Pero desconocía la situación y la había interpretado mal.

De repente volvió a invadirme el pánico. Me agarré al borde de la mesa. Aquella sala cuadrada, con sus cortinas recogidas con presilla, su mullida moqueta y sus lámparas de araña ocultaba algo; el aire, traspasado de murmullos, estaba lleno de amenazas veladas. «Aguanta —me dije—. No te muevas». Miré las puertas y las ventanas, calculando las distancias. Me abrumó el impulso de salir de allí.

Las luces parpadearon.

—Caballeros, es hora de cerrar —anunció un camarero. Se oyó un rumor de sillas arrastrándose hacia atrás.

Bajamos en ascensor.

—La noche es joven —dijo Len al salir—. ¿Por qué no os venís a casa y nos tomamos la última? Puedes echarle un vistazo a mi teleconversor.
—Gracias, me encantaría —aceptó Peter.

Salimos a la calle. Peter me ofreció el brazo y nos adelantamos. Ainsley se había quedado rezagada con Len.

En la calle el aire era más fresco. Soplaba una ligera brisa. Me solté del brazo de Peter y eché a correr.

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(Sigue leyendo)

Una respuesta a “La mujer comestible (IV)

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