La mujer comestible (V)

Margaret Atwood

 

 

9

Avancé por la acera. Al cabo de un minuto me sorprendí al descubrir el movimiento de mis pies y me pregunté cómo había empezado a correr. Pese a ello, no me detuve.

Los demás estaban tan atónitos que al principio se quedaron petrificados. Luego Peter me llamó.

—¡Marian! ¿Pero se puede saber qué estás haciendo?

Por su tono, era evidente que estaba furioso; ese era el peor de los pecados, porque estábamos en público. No le respondí, pero lo miré por encima del hombro sin detenerme. Tanto él como Len me seguían, aunque no tardaron en parar.

—Iré a por el coche y la alcanzaré —oí que Peter le decía a Len—. Tú intenta que no llegue a la avenida.

Dio media vuelta y salió disparado en dirección contraria. Aquello me despistó. Supongo que esperaba que Peter me siguiera, y resultaba que era Len quien se esforzaba por alcanzarme. Miré al frente justo a tiempo para esquivar a un viejo que salía de un restaurante, y enseguida volví la cabeza otra vez. Ainsley vacilaba, indecisa sobre a cuál de los dos seguir, y finalmente salió en la misma dirección que Peter. La vi desaparecer tras la esquina, una bandera rosa y blanca ondeando al viento.

Empezaba a faltarme el aliento, pero les llevaba bastante ventaja y podía permitirme bajar un poco el ritmo. Cada farola que pasaba de largo se convertía en un marcador de la carrera. Me parecía un logro, una especie de meta ir dejándolos atrás. Como era la hora de cierre en los bares, había bastante gente en la calle. Yo les dedicaba algunas sonrisas y lanzaba ocasionales saludos al pasar, casi riéndome de sus expresiones de sorpresa. Estaba dominada por la excitación de la velocidad. Era como jugar a pillar.

—¡Marian! ¡Para! —me gritaba Len a intervalos.

Entonces vi que el coche de Peter doblaba la siguiente esquina y se incorporaba a la avenida. Seguramente había dado la vuelta a la manzana. «No pasa nada», pensé, «viene contra dirección y tendrá que cambiar de sentido. No le dará tiempo de atraparme».

El coche circulaba por el carril exterior, acercándose a mí. En ese instante se abrió un hueco en el tráfico; él lo aprovechó y realizó un giro de ciento ochenta grados. Llegó a mi lado y frenó. Ainsley me observaba desde el parabrisas trasero, su rostro permanecía inexpresivo como una luna.

De repente la situación dejó de ser un juego. Aquella silueta redondeada de tanque me resultaba amenazadora. La amenaza era que Peter no hubiera intentado alcanzarme a pie, que se hubiera parapetado tras la armadura del coche, aunque, por supuesto, su decisión era la más lógica. En cuestión de segundos el vehículo se pararía, la puerta se abriría… ¿Adonde ir?

Para entonces ya había dejado atrás la zona de tiendas y restaurantes y había llegado a un barrio de casas viejas y aceras anchas. Sabía que muchos de los edificios ya no eran viviendas y que se habían convertido en consultas de dentista o en peluquerías. Había una verja abierta. Entré y recorrí el camino de gravilla.

Debía de ser un club privado o algo por el estilo. La puerta principal tenía una marquesina y había luz en las ventanas. Mientras vacilaba, oyendo los pasos de Len que sonaban cada vez más cerca, la puerta empezó a abrirse.

Allí estaría a salvo: era una propiedad privada. Salté el pequeño seto que había a un lado del camino y me alejé en diagonal por el césped hasta llegar a una zona en penumbra. Visualicé a Len subiendo a toda prisa por el camino y tropezándose con unas personas indignadas, un grupo de señoras de mediana edad ataviadas con vestidos de noche, y aquello me devolvió por un momento a la realidad. Era mi amigo. Sin embargo, había tomado partido contra mí y ahora tendría que pagar las consecuencias.

En la oscuridad, junto a la casa, me detuve a pensar. Len estaba a mis espaldas; a un lado, la casa, y en las otras dos direcciones, algo más impenetrable que la oscuridad me cerraba el paso. Se trataba del muro de ladrillo que se unía a la verja de la entrada y parecía rodear todo el perímetro del edificio. Tendría que escalarlo.

Avancé entre unos arbustos espinosos. El muro solo me llegaba a la altura del hombro. Me quité los zapatos y los lancé al otro lado. Empecé a encaramarme apoyándome en las ramas y en unos ladrillos salientes. Oí un chasquido. Notaba el latido de la sangre en los oídos.

Cerré los ojos, me arrodillé un momento en lo alto del muro, me balanceé un poco, mareada, y me dejé caer hacia atrás.

Noté que alguien me cogía al vuelo, me dejaba en el suelo y me zarandeaba. Era Peter, que debía de haberme seguido y me había esperado en el callejón, suponiendo que saltaría el muro.

—¿Pero qué demonios te ha pasado? —me regañó. Su rostro, a la luz de las farolas, era de enfado y de preocupación a partes iguales—. ¿Te encuentras bien?

Me apoyé en él y le pasé la mano por la nuca. El alivio de que me hubiera detenido y me estuviera abrazando, de oír su voz de siempre y de saber que era de verdad, era tan grande que empecé a reír casi sin querer.

—Estoy bien —respondí—. Claro que estoy bien. No sé qué me ha pasado.
—Entonces ponte los zapatos —zanjó Peter alargándomelos. Estaba irritado, pero no pensaba montar un espectáculo allí.

Len se asomó por el muro y aterrizó a nuestro lado con un golpe sordo. Respiraba entrecortadamente.

—¿Está aquí? Bien. Vámonos antes de que esta gente llame a la policía.

El coche estaba allí mismo. Peter me abrió la puerta y me monté. Len se subió detrás, con Ainsley, y solo me dijo que no sabía que fuera una histérica. Ainsley permaneció en silencio. Arrancamos y doblamos la esquina. Len iba indicando el camino. Yo habría preferido volver a casa, pero no quería causarle a Peter más problemas aquella noche. Me senté bien erguida y doblé las manos en el regazo.

Aparcamos junto al edificio de Len que, por lo que intuí en la oscuridad, era de esos viejos y destartalados, de ladrillo, con una escalera de incendios exterior. No había ascensor, solo unas escaleras desgastadas con barandilla oscura, de madera. Subimos por parejas.

El apartamento era diminuto y constaba solo de una estancia con el baño a un lado, y la cocina al otro. Estaba algo desordenado, con maletas en el suelo, libros y ropa por todas partes. Era evidente que Len aún no se había instalado del todo. La cama estaba junto a la puerta de entrada y hacía las veces de sofá. Yo me quité los zapatos y me senté en ella. Tenía los músculos en tensión y me dolía todo el cuerpo de cansancio.

Len sirvió tres generosas copas de coñac, se fue a la cocina y, tras un rato de búsqueda, encontró una Coca-Cola para Ainsley. Puso un disco. Entonces Peter y él empezaron a manipular un par de cámaras, a enroscar varias lentes y a mirar por el visor, intercambiando información sobre tiempos de exposición. Yo estaba arrepentida y avergonzada, pero no podía hacer nada. Si hubiese estado a solas con Peter habría sido distinto, pensaba, le habría resultado más fácil perdonarme.

Ainsley no me servía de ayuda. Seguía con su numerito de niña buena que escucha y calla, que en su caso era lo más prudente. Se había sentado en una butaca redonda de mimbre, idéntica a la del jardín de Clara, aunque esta tenía una funda de pana a cuadros en tonos amarillos, de esas que se sujetan con gomas elásticas y acostumbran a soltarse si te mueves mucho. Pero Ainsley estaba bastante quieta, apoyando el vaso de Coca-Cola en el regazo y contemplando su propio reflejo en la superficie marrón del refresco. Su expresión no denotaba aburrimiento ni placer. Su paciencia inerte era la de una planta carnívora apostada en una ciénaga, con sus hojas huecas y bulbosas medio llenas de agua, aguardando la llegada de un insecto, su caída, su muerte por asfixia, su digestión.

Yo estaba apoyada en la pared, dando sorbos de coñac, y el ruido de las voces y la música me sacudía con un vaivén de oleaje. Supongo que el peso de mi cuerpo había desplazado un poco la cama. En cualquier caso, sin pensar mucho en nada, volví la cabeza y miré hacia abajo. El espacio que se abría entre la cama y la pared empezó a resultarme de lo más atractivo.

Seguro que ahí se estaría de maravilla, pensé. Y habría menos humedad. Dejé la copa en la mesilla del teléfono que había junto a la cama y eché un rápido vistazo a la habitación. Todos estaban concentrados en lo suyo. No se darían cuenta.

Segundos después ya estaba encajada de lado entre la cama y la pared, invisible para los demás pero muy incómoda. Esto no funciona, pensé; tendré que meterme debajo. Será como estar en una tienda de campaña. En ningún momento pensé en volver a subir. Aparté la cama tan discretamente como pude, usando todo mi cuerpo como palanca, levanté el borde ribeteado de la colcha y me introduje en la ranura como si se tratara de un sobre. Era muy estrecho. El somier era muy bajo y solo cabía si me tendía muy recta en el suelo. Volví a arrastrar la cama contra la pared.

Me sentía bastante entumecida. Además, por el suelo había unas bolas de polvo y borra bastante grandes, que parecían trozos de pan rancio (indignada, pensé que Len era un cerdo, que no barría debajo de la cama, pero luego lo disculpé: llevaba poco tiempo viviendo ahí y a lo mejor esa suciedad la habían dejado en la casa los que vivían antes). Pero la penumbra, teñida de naranja por la colcha que me rodeaba por los cuatro costados, el frescor y la soledad resultaban agradables. La música estridente, la risa sincopada y las voces monótonas me llegaban amortiguadas por el colchón. A pesar de la estrechez y del polvo, me alegraba de no tener que soportar el resplandor reverberante y cálido de la habitación. Aunque me hallaba menos de un metro por debajo de ellos, para mí la habitación quedaba «ahí arriba». Y yo permanecía en un espacio subterráneo, me había cavado una madriguera particular. Me sentía orgullosa de mí misma.

Una voz de hombre, creo que era la de Peter, dijo en voz alta: «Eh, ¿dónde está Marian?», y los demás respondieron: «Habrá ido al baño». Sonreí. Era agradable ser la única que sabía dónde estaba en realidad.

De todos modos, me sentía cada vez más incómoda en esa postura. Los músculos del cuello me dolían. Quería estirarme, tenía ganas de estornudar. Empecé a desear que no tardaran mucho en percatarse de mi ausencia para que se pusieran a buscarme. Ya no recordaba por qué me había escondido debajo de la cama de Len. Aquello era ridículo. Además, cuando saliera estaría cubierta de polvo.

Pero como ya había dado el paso, me resistía a dar marcha atrás. Si tenía que salir a gatas de debajo de la colcha, arrastrando polvo, como un gorgojo saliendo de un saco de harina, perdería toda mi dignidad. Equivaldría a admitir que me había equivocado. Ahí estaba y ahí seguiría hasta que me sacaran a la fuerza.

Mi resentimiento hacia Peter por permitir que siguiera encajonada debajo de la cama mientras él se movía a sus anchas ahí arriba, en plena libertad, cotorreando sobre tiempos de exposición, me llevó a pensar en los últimos cuatro meses. Durante todo el verano habíamos avanzado en una dirección determinada, aunque no se notara el movimiento: nos habíamos engañado y habíamos creído que permanecíamos estáticos. Ainsley ya me había advertido de que Peter me estaba monopolizando; no entendía por qué no «me diversificaba», por utilizar sus propias palabras. Aquello podía estar muy bien para ella, pero a mí andar con más de uno a la vez no me parecía ético. Sin embargo, me había quedado en una especie de vacío. Peter y yo habíamos evitado hablar del futuro, porque sabíamos que no importaba, que en realidad lo nuestro no era nada serio; estaba claro que aquel había sido el motivo de mi desmoronamiento en el servicio de señoras y de mi huida. Estaba evitando la realidad. Y en ese momento, en ese preciso instante, debía enfrentarme a ello. Debía decidir qué quería hacer.

Alguien se sentó de golpe sobre la cama, aplastándome contra el suelo. Solté un grito apagado.

—¿Qué coño es esto? —dijo quien se hubiera sentado—. Debajo de la cama hay alguien.

Les oí susurrarse algo, y Peter me llamó con voz mucho más baja de lo necesario.

—Marian, ¿estás debajo de la cama?
—Sí —respondí en tono indiferente. Había decidido no darle importancia a todo aquel asunto.
—Bueno, pues sal —replicó con delicadeza—. Creo que es hora de volver a casa.

Me hablaba como si yo fuera una niña rebelde que se ha encerrado en un armario y a la que han de tratar con mimo. A mí la situación me divertía y me indignaba a partes iguales. Estuve a punto de decir: «No quiero», pero temí que fuera la gota que colmara el vaso de Peter, y además Len era muy capaz de decir: «Bueno, por mí que se quede ahí toda la noche. Hay que tratarlas así. Ya se le pasará la rabieta».

—No puedo, me he quedado atrapada —respondí en cambio.

Intenté moverme. Estaba atrapada.

Ahí arriba celebraban otra reunión ejecutiva.

—Vamos a levantar la cama —anunció Peter— y tú sales, ¿de acuerdo?

Los oí dándose órdenes mutuamente. Aquello parecía toda una proeza de la ingeniería. Oí pies que se arrastraban mientras adoptaban sus posiciones y se afianzaban.

—¡Arriba! —gritó Peter, y la cama se levantó. Yo retrocedí, como un cangrejo cuando le quitan la roca bajo la que se oculta.

Peter me ayudó a incorporarme. Tenía todo el vestido cubierto de polvo. Los dos empezaron a sacudírmelo, riéndose.

—¿Se puede saber qué estabas haciendo ahí debajo? —me preguntó Peter. Por su manera de quitarme las bolas más grandes de polvo, lentamente, haciendo esfuerzos por concentrarse, comprendí que mientras yo había permanecido bajo la cama ellos no habían perdido el tiempo con el coñac.
—Se estaba más tranquilo —expliqué lacónicamente.
—¿Y por qué no me dijiste que te habías quedado atrapada? —replicó, galante—. Yo te habría rescatado. ¡Qué pinta! —Aquella situación le divertía y le hacía sentirse superior.
—Ah, es que no quería interrumpirte. —Ya había descubierto cuál era la emoción que predominaba en mi estado de ánimo: la rabia.

El punzón ardiente del enfado que traslucía en mi voz debió atravesar la cutícula de su euforia. Retrocedió un paso. Parecía estar midiéndome fríamente con la mirada. Me cogió del antebrazo, como si me llevara detenida por conducta temeraria, y se dirigió a Len.

—Creo que lo más prudente será que nos marchemos —dijo—. Ha sido un placer. Espero que volvamos a vemos pronto. Me encantaría que vinieras a ver mi trípode y me dieras tu opinión.

AI otro lado de la habitación, Ainsley se levantó de la silla que tenía la funda de pana.

Me liberé de la mano de Peter.

—Yo no me voy contigo. Volveré a pie. —Y salí por la puerta.
—Haz lo que te dé la gana —replicó Peter. Sin embargo se dispuso a seguirme, abandonando a Ainsley a su suerte. Mientras bajaba la estrecha escalera, oí la voz de Len.
—¿Te apetece otra copa, Ainsley? Ya te acompañaré luego a casa, no te preocupes. Dejemos que los dos tortolitos arreglen sus cosas.
—Oh, creo que no debería… —protestó Ainsley con cierta alarma.

Una vez en la calle me sentí bastante mejor. Había logrado escapar, aunque no sabía de qué ni hacia dónde. No estaba muy segura de por qué había actuado de esa manera, pero al menos lo había hecho. Por fin había tomado una decisión, por fin había terminado algo. Después de esa violencia, de esa exhibición tan descarada y que de pronto me resultaba embarazosa, ya no existía reconciliación posible, aunque ahora que me alejaba de allí no sentía ninguna irritación hacia Peter. Pensé, absurdamente, que nuestra relación había sido muy tranquila, que hasta entonces nunca nos habíamos peleado. No habíamos tenido ningún motivo para discutir.

Miré atrás. Ni rastro de Peter. Caminé por las calles desiertas, pasé junto a los bloques de pisos viejos, hacia la calle principal en la que podría coger un autobús. Sin embargo, a aquella hora (¿qué hora sería?) no me quedaría más remedio que esperar mucho rato. Eso me inquietó. El viento soplaba con más fuerza y era más frío, y los relámpagos se aproximaban cada vez más. Se oía el lejano retumbar de los truenos. Y yo solo llevaba un vestido de verano. No sabía si llevaba suficiente dinero para coger un taxi. Abrí el monedero, lo conté y vi que no me alcanzaría.

Llevaba caminando unos diez minutos en dirección norte, pasando junto a los escaparates fríamente iluminados de las tiendas cerradas, cuando vi que el coche de Peter doblaba la esquina a unos cien metros de donde yo estaba. Se bajó y se quedó plantado en la acera, esperando. Yo seguí avanzando al mismo ritmo, sin aflojar el paso ni cambiar de dirección. Sin duda ya no existía razón alguna para echar a correr. Aquello ya no me afectaba.

Cuando llegué a su altura, me cerró el paso.

—¿Serías tan amable de permitirme que te acompañe a casa? —me preguntó con forzada amabilidad—. Acabarás empapada. —Mientras decía estas palabras, unos gruesos goterones premonitorios habían empezado a caer.

Vacilé. ¿Por qué lo hacía? Tal vez le movía el mismo impulso que le llevaba a abrirme las puertas de los coches —casi un acto reflejo—, en cuyo caso podría aceptar el favor como una simple formalidad exenta de peligro. Pero si montaba en ese coche, ¿qué implicaría realmente? Lo observé con detenimiento. Era evidente que había bebido demasiado, aunque no era menos cierto que mantenía un control casi absoluto sobre sí mismo. Sí, tenía la mirada algo turbia, pero se mantenía muy derecho.

—Bueno —dije, indecisa—. La verdad es que preferiría ir andando. Pero gracias de todos modos.
—Vamos, Marian, no seas infantil —zanjó bruscamente, cogiéndome del brazo.

Yo permití que me arrastrara hasta el coche y que me obligara a sentarme en el lugar del acompañante. Creo que me mostré reticente, pero tampoco me apetecía demasiado mojarme.

El entró en el vehículo y cerró de un portazo. Arrancó el motor.

—Ahora a lo mejor me contarás a qué viene tanta tontería —me dijo, enfadado.

Doblamos la esquina y la lluvia empezó a descargar, barriendo el parabrisas al ritmo de las ráfagas de viento. Estaba a punto de estallar una de esas tormentas que, en palabras de una de mis tías abuelas, arrastran la suciedad y limpian los torrentes.

—Yo no te he pedido que me lleves a casa —repliqué, a la defensiva. Estaba plenamente convencida de que no era ninguna tontería, pero también era consciente de que a cualquier observador externo se lo habría parecido. No quería discutir. Aquella vía era un callejón sin salida. Iba sentada muy tiesa en mi asiento, mirando por la ventanilla, por la que apenas se veía nada.
—No entiendo por qué has tenido que echar a perder una noche perfecta — insistió, prescindiendo de mi comentario. Se oyó un trueno.
—Pues a ti no parece que te la haya arruinado mucho —repliqué—. Yo diría que te has divertido bastante.
—Ah, vaya, es eso. No estábamos pendientes de ti. Nuestra conversación te aburría. Bueno, pues la próxima vez no hará falta que vengas, así te ahorraremos la molestia.

Su respuesta me pareció sumamente injusta. Después de todo, Len era amigo mío.

—Len es amigo mío, por si no lo sabías —puntualicé. Empezaba a temblarme la voz—. Acaba de llegar de Inglaterra; no me parece tan horrible que quisiera charlar un rato con él.

En cuanto lo hube dicho fui consciente de que era una excusa, que Len no tenía nada que ver con la situación.

—Ainsley se ha comportado como una buena chica. ¿Por qué tú no? A ti lo que te pasa es que rechazas tu feminidad —me sermoneó.

Su comentario sobre Ainsley me pareció una provocación malintencionada.

—A la mierda mi feminidad —le grité—. La feminidad no tiene nada que ver con esto. Has sido maleducado, y ya está.

Peter no soportaba que lo acusaran de tener malas maneras, y yo lo sabía. Aquello lo colocaba al mismo nivel de esa gente de los anuncios de desodorante que no son conscientes de que les huelen las axilas.

Me observó de reojo y entrecerró los párpados, fulminándome con la mirada. Apretó los dientes y pisó peligrosamente el acelerador. Ya estaba lloviendo a cántaros. La calzada, cuando se veía, parecía una lámina compacta de agua. En aquel momento circulábamos por una calle que hacía pendiente. El coche derrapó, giró sobre sí mismo un par de veces, empezó a retroceder por el jardín de alguna casa, chocó con algo y finalmente se detuvo. Oí una especie de chasquido.

—¡Estás loco! —grité, cuando logré levantar la cabeza del salpicadero y constatar que no estaba muerta—. ¡Nos matarás! —¿Estaría usando el plural mayestático?

Peter bajó la ventanilla y sacó la cabeza. Entonces se echó a reír.

—Creo que les he podado el seto un poco más de la cuenta.

Apretó el acelerador. Las ruedas patinaron un momento, escupiendo el barro del césped y dejando (como comprobé más tarde) dos profundos surcos. Puso la primera y salimos del jardín, enfilando de nuevo la calle.

Yo estaba temblando del susto, pero también de frío y de rabia.

—Primero me obligas a meterme en el coche y me pegas una bronca porque te sientes culpable, y ahora intentas matarme.

Peter seguía riendo. Tenía el pelo empapado y pegado al cráneo, aunque solo se había asomado un momento. Las gotas de lluvia le resbalaban por la cara.

—Cuando se levanten se van a encontrar con una alteración en su paisaje —farfulló, ahogando una carcajada.
—Vaya, sí que te divierte destrozar la propiedad ajena —repliqué, sarcástica.
—No seas aguafiestas —me recriminó en tono cariñoso. Era evidente que le satisfacía sobremanera lo que en su opinión era una exhibición de fuerza. A mí me molestaba que se apropiara de un mérito que correspondía en exclusiva a las ruedas traseras de su coche.
—Peter, ¿es que no puedes actuar con seriedad? Te portas como un adolescente.

Decidió prescindir de mi comentario.

El coche se detuvo en seco.

—Ya hemos llegado —anunció.

Agarré la palanca de la portezuela con la intención de soltar una frase lapidaria y salir del coche. Pero él me sujetó por el brazo.

—Espera a que escampe un poco.

Apagó el motor y los latidos de los limpiaparabrisas cesaron. Nos quedamos ahí sentados, en silencio, oyendo la tormenta. Seguro que la teníamos justo encima. Los rayos lo iluminaban todo continuamente, se bifurcaban en el aire y eran seguidos casi de inmediato por un chasquido desgarrado, como el de los árboles del bosque cuando se parten y caen. En los intervalos de oscuridad oíamos el tamborileo de la lluvia sobre el coche. El agua descendía en cortinas por las ventanillas.

—Menos mal que no he permitido que vinieras a pie —comentó Peter, empleando el tono de quien ha tomado una decisión irrevocable. No me quedaba más remedio que estar de acuerdo.

Durante un momento prolongado de luz, me volví y descubrí que me estaba mirando, con la cara extrañamente en penumbra y los ojos brillantes como los de un animal iluminado por los faros de un coche. Su expresión era intensa, un poco amenazadora. Se inclinó hacia mí.

—Un momento. Tienes polvo en la cabeza.

Me pasó las manos por el pelo. Con cierta torpeza pero con mucha suavidad me quitó una bola de pelusa que se me había quedado enredada.

De pronto me sentí exhausta, como un pañuelo de papel usado. Apoyé la frente en la suya y cerré los ojos. Tenía la piel fría y mojada y el aliento le olía a coñac.

—Abre los ojos —me pidió. Le obedecí. Seguíamos con las frentes unidas, y cuando el siguiente relámpago iluminó el cielo me encontré mirando una multitud de ojos.
—Tienes ocho ojos —dije en voz baja. Los dos nos reímos; él me atrajo hacia sí y me besó. Yo le abracé.

Nos quedamos así un buen rato, bajo la tormenta. Yo solo era consciente de que estaba muy cansada y de que no podía parar de temblar.

—No sé que me ha pasado esta noche —susurré. El me acariciaba el pelo perdonándome, entendiéndome, un poco paternalista.
—Marian. —Noté que tragaba saliva. Ahora ya no sabía si era mi cuerpo o el suyo el que temblaba. Me abrazó con más fuerza—. ¿Cómo crees que nos iría… cómo crees que sería… si nos casáramos?

Me separé un poco.

Un enorme destello azul iluminó el interior del coche. Mientras nos mirábamos, inmersos en aquel breve fulgor, vi mi reflejo, pequeño y deformado, en sus ojos.

.

.

10

Cuando me desperté el domingo por la mañana —aunque ya era más bien domingo por la tarde— al principio noté la mente hueca, igual que si alguien me hubiera vaciado el cráneo como si fuera un melón y me hubiera dejado solo la cáscara para pensar. Miré alrededor y apenas reconocí la habitación. Mi ropa estaba esparcida por el suelo y colgada de cualquier manera en el respaldo de la silla, como si un espantapájaros de tamaño natural hubiera explotado. Notaba una especie de bola de algodón en el interior de la boca. Me levanté y me dirigí a trompicones a la cocina.

Por la ventana abierta entraba un sol radiante y un aire fresco. Ainsley ya se había levantado. Estaba inclinada, concentrada en algo que se extendía frente a ella, sentada con las piernas dobladas y el cabello suelto cayéndole sobre los hombros. Desde atrás parecía una sirena apoyada en una roca: una sirena envuelta en un albornoz verde deshilachado. Esparcidos sobre la mesa salpicada de migas se veían los restos de su desayuno: la estrella de mar mutilada formada por la piel de plátano, restos de cáscaras y cortezas marrones de tostadas varadas aquí y allá, al azar, como a la deriva.

Me acerqué a la nevera y saqué el zumo de tomate.

—Hola —le dije a la espalda de Ainsley. Me preguntaba si sería capaz de comerme un huevo.

Se volvió.

—¡Vaya! —exclamó.
—¿Llegaste bien a casa anoche? —le pregunté—. Qué tormenta, ¿no? —Me serví un gran vaso de zumo de tomate y me lo bebí de golpe.
—Sí, claro. Le pedí que me llamara un taxi. Llegué a casa justo antes de que descargara la tormenta. Me fumé un cigarrillo, me tomé un whisky y me acosté. Estaba agotada. Quedarse así sentada de esa manera es agotador y luego, cuando os fuisteis, no sabía cómo lograría salir de ahí. Era como zafarse de un pulpo gigante, pero lo conseguí haciéndome la tonta y la asustada. En esta primera etapa es muy necesario actuar así.

Miré el cazo que aún humeaba sobre un fogón.

—¿Ya has terminado con el agua del huevo? —le pregunté, encendiendo el fuego.
—Bueno, ¿y tú qué? Estaba bastante preocupada. Pensé que a lo mejor estabas muy borracha o algo así. Perdona que te lo diga, pero te comportaste como una estúpida.

—Vamos a casarnos —le dije, no sin cierta reticencia. Sabía que le parecería mal. Metí el huevo en el cazo. Se quebró al momento, porque estaba demasiado frío de la nevera.

Ainsley arqueó sus cejas apenas núbiles; no parecía sorprendida.

—Bueno, yo en tu lugar me casaría en Estados Unidos, es mucho más fácil conseguir el divorcio. Vaya, que no lo conoces mucho, ¿no? Pero bueno —prosiguió más animada—, por lo menos Peter ganará pronto lo suficiente para que podáis vivir separados cuando tengáis un hijo, aunque no os divorciéis. En todo caso, espero que no os caséis enseguida. Creo que no sabéis lo que hacéis.
—Supongo que en el fondo he querido casarme con él desde el principio — proseguí. Aquello la hizo callar. Fue como invocar una divinidad.

Inspeccioné el huevo, del que salía una lengua semicoagulada, como la de una ostra. Conecté la cafetera y me hice un hueco en el mantel. En ese momento vi lo que estaba haciendo Ainsley. Había descolgado el calendario de la pared de la cocina (que tenía el dibujo de una niña pequeña, vestida con ropas anticuadas, sentada en un columpio con un cesto de cerezas y un cachorro blanco; una prima lejana me envía uno cada año porque trabaja en una papelería en el pueblo) y estaba marcando distintas fechas según un criterio críptico.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunté. Casqué el huevo en el borde del plato y metí la uña del pulgar en la grieta. No se había hecho del todo. Lo eché en el plato y lo revolví.
—Diseño mi estrategia —me respondió, muy resuelta.
—Ainsley, te juro que no entiendo cómo puedes ser tan fría —le dije, sin apartar la vista de los números negros que se alineaban en columnas.
—¡Pero es que necesito un padre para mi hijo! —Su tono daba a entender que yo pretendía quitarles el pan de la boca a todas las viudas del mundo y a sus respectivos hijos huérfanos, de los que en ese momento ella era la representante.
—Bueno, como quieras. ¿Pero por qué Len? Piensa que con él todo puede ser más complicado, después de todo es amigo mío y últimamente lo ha pasado bastante mal; no quisiera verle sufrir. Por ahí hay miles de hombres.
—En este momento, no. Al menos no hay ninguno que sea un espécimen tan interesante como él —adujo, convencida—. Además, eso de que el niño nazca en primavera me atrae. Me gustaría tenerlo en primavera. O a principios de verano. Así las fiestas de cumpleaños podrían ser en el jardín y no dentro de casa, con tanto jaleo…
—¿Has indagado en sus antepasados? —le pregunté irónicamente, mientras rebañaba el último resto de huevo.
—Sí, claro —respondió con entusiasmo—. Mantuvimos una breve conversación justo antes de que iniciara la aproximación. Averigüé que su padre fue a la universidad. Al menos por su rama no parece que haya tontos, y tampoco es alérgico a nada. Me habría gustado saber si era Rh negativo, pero ya me pareció demasiado descarado, ¿no crees? Y trabaja en la tele, así que algo de artista debe de tener escondido en alguna parte. Sobre sus abuelos no logré averiguar gran cosa, pero con eso de los factores hereditarios no se puede ser demasiado selectivo porque entonces no te decides nunca. Además, la genética engaña —prosiguió—. Hay auténticos genios que tienen hijos muy poco inteligentes.

Marcó una fecha en el calendario con gran determinación y frunció el ceño. Su parecido con un general planificando una gran campaña bélica resultaba estremecedor.

—Ainsley, lo que necesitas es un plano de tu dormitorio —le dije—. O no, mejor un mapa fotográfico. O una fotografía aérea. Así podrías trazar flechas y líneas de puntos y una equis en el punto de conjunción.
—Por favor, no frivolices —me reprendió. Había empezado a contar en voz baja.
—¿Y cuándo será? ¿Mañana?
—Espera un momento —me interrumpió, y siguió contando un poco más—. No, habrá que esperar un poco. Como mínimo un mes. He de asegurarme que lo lograré a la primera. O a la segunda.
—¿A la primera?
—Sí, ya lo he pensado todo, aunque no será fácil. Bueno, todo dependerá de su psicología. Seguro que se asustaría si me mostrara demasiado dispuesta, así que tendré que darle mucha cuerda. Porque en cuanto consiga lo que quiere, ya me lo veo venir, me soltará el rollo de siempre: que si sería mejor que no nos viéramos, que si no quiere nada serio, que si es mejor que ninguno de los dos se líe… Y desaparecerá del mapa. Y no podré localizarlo cuando lo necesite, porque me acusaría de intentar monopolizarlo, o de hacerle exigencias, o algo así. En cambio, mientras no me tenga —concluyó—, podré disponer de él cuando me dé la gana.

Las dos nos quedamos un momento en silencio.

—También el dónde va a ser problemático —prosiguió—. Porque todo tiene que parecer espontáneo, un momento de pasión. Que crea que ha vencido mis resistencias, que me he dejado arrastrar y todo eso. —Sonrió brevemente—. Cualquier solución previamente pactada, como que nos encontremos en un motel, no serviría de nada. Tendrá que ser en su casa, o aquí.
—¿Aquí?
—Si es necesario, sí —declaró con firmeza, ladeándose un poco en la silla.

Yo no dije nada. La idea de que Leonard Slank se desnudara bajo el mismo techo que cobijaba también a la casera y a su árbol genealógico enmarcado me resultaba perturbadora. Sería casi un sacrilegio.

Ainsley se metió en su dormitorio con el calendario, musitando algo. Yo me quedé sentada, pensando en Len. De vez en cuando me sacudían chispazos de conciencia durante los que le veía encaminarse a su condena coronado de flores, sin que nadie le advirtiera ni por un instante de lo que estaba a punto de sucederle. Claro que, en cierta forma, él se lo había buscado, o eso suponía, y además Ainsley parecía decidida a no reclamar nada a quien finalmente escogiera para ese dudoso honor (dudoso por lo ignorado). Si Len hubiera sido meramente el típico mujeriego, no me habría preocupado. Sin embargo no cabía duda de que era una criatura más compleja y de un mecanismo más delicado. Desde luego, se portaba como un faldero arrogante y baboso. Pero no era cierto, como había afirmado Joe, que careciera de sentido ético. A su manera, era una especie de moralista, pero al revés. Le gustaba hablar como si a nadie le interesara más que el sexo y el dinero, pero cuando alguien le demostraba sus teorías en el mundo real, reaccionaba lanzando una crítica feroz. Su mezcla de cinismo e idealismo ejercía una gran influencia en las tendencias «corruptoras», como él las llamaba, que le inspiraban las jovencitas más inexpertas. La supuesta pureza, la inaccesibilidad, resultaban atractivas al idealista que había en él. Pero en cuanto las conseguía, el cínico las consideraba mancilladas y las despreciaba. «Resulta que era igual que todas las demás», comentaba amargamente. Trataba con devoción a las mujeres que consideraba inalcanzables, como las esposas de sus amigos. Confiaba en ellas hasta extremos imposibles, solo porque su cinismo no le impulsaba a ponerlas a prueba; y no solo porque le parecieran inabordables, sino porque eran demasiado viejas. A Clara, por ejemplo, la idolatraba. A veces demostraba una curiosa ternura, un sentimentalismo casi cursi hacia la gente a quien apreciaba, que no era mucha; a pesar de ello, las mujeres lo acusaban constantemente de misoginia y los hombres de misantropía. Tal vez en ambos casos tuvieran razón.

Con todo, no me parecía que el uso que de él quería hacer Ainsley fuera a causarle un daño irreparable, ni siquiera un daño a secas, así que se lo encomendé a los ángeles de la guarda que tuviera, me terminé el café y me fui a mi cuarto a vestirme. Después llamé a Clara para comunicarle la noticia; la reacción de Ainsley no había sido muy satisfactoria.

Clara pareció alegrarse, aunque su respuesta fue algo ambigua.

—¡Qué bien! —exclamó—. Joe se alegrará mucho. Últimamente me comentaba que ya era hora de que sentaras cabeza.

Aquello me molestó un poco. Después de todo, no tenía treinta y cinco años ni estaba al borde de la desesperación. Por su forma de decirlo, parecía pensar que se trataba de una decisión prudente. Pero consideré que no se le puede pedir a la gente que entienda una relación que le es ajena. Luego estuvimos hablando de sus molestias digestivas.

Cuando estaba fregando los platos del desayuno, oí unos pasos en la escalera. Se trataba de una variación de la técnica de la señora de abajo, que consistía en abrir la puerta sin preguntamos nada para que entrara cualquiera. Lo hacía sobre todo en los momentos menos oportunos, como por ejemplo los domingos por la tarde, sin duda con la esperanza de pillarnos en alguna actitud comprometedora, en bata y con los rulos puestos o el pelo lleno de pinzas.

—¡Hola! —gritó una voz cerca de la puerta. Era Peter, que por lo que se veía ya había adquirido el privilegio de la visita intempestiva.
—Ah, hola —respondí, en un tono de voz que pretendía ser cálido y sorprendido a un tiempo—. Estaba fregando los platos —añadí tontamente cuando asomó la cabeza por el hueco de la escalera. Dejé los que faltaban en el fregadero y me sequé las manos en el delantal.

Entró en la cocina.

—Dios mío, a juzgar por la resaca —dijo—, seguro que ayer pillé una buena. Esta mañana la boca me sabía a zapatilla de tenis. —En su voz percibí un tono de orgullo y una nota de disculpa.

Nos escrutamos con cautela. Si alguno de los dos había pensado en retractarse, aquel era el momento para comunicarlo, porque siempre cabía echar la culpa a la química orgánica. Sin embargo, ninguno de los dos se desdijo. Al final Peter me dirigió una sonrisa complacida y nerviosa.

—Cuánto lo siento —le dije, solícita—. Sí, la verdad es que bebiste bastante. ¿Quieres un café?
—Me encantaría —asintió, y se acercó para besarme en la mejilla, antes de desmoronarse en una de las sillas de la cocina—. Por cierto, perdona que no te haya llamado antes, pero no sé, de pronto sentí el impulso de venir a verte.
—No pasa nada. —La verdad es que se le notaba la resaca. Se había vestido sin fijarse, aunque en Peter era imposible que el resultado fuera descuidado. Se trataba, más bien de un desaliño estudiado: iba meticulosamente mal afeitado y los calcetines le hacían juego con el color de las manchas de pintura del polo. Encendí la cafetera.
—¡Vaya! —exclamó igual que había hecho Ainsley, aunque en un tono completamente distinto. Era como si acabara de comprarse un coche nuevo. Le dediqué una sonrisa cromada; vaya, que le sonreí para demostrarle ternura pero que noté la boca tensa y brillante y, en cierto modo, de lujo.

Serví dos cafés. Saqué la leche y me senté en la otra silla. Peter me cogió una mano.

—¿Sabes? —me dijo—. Creía que no quería… lo que pasó ayer noche… que no lo deseaba en absoluto.

Asentí. A mí me pasaba lo mismo.

—Supongo que intentaba escaparme —añadió.
—Yo había hecho lo mismo.
—Pero supongo que tenías razón con lo de Trigger.

Y a lo mejor sí quería, aunque no era consciente de ello. Los hombres tenemos que sentar la cabeza en algún momento, y yo ya tengo veintiséis años.

Lo veía bajo una nueva luz. Estaba cambiando de forma allí mismo, en la cocina: dejaba de ser un joven soltero temerario para convertirse en un salvador del caos, en un portador de estabilidad. En algún rincón remoto de Encuestas Seymour, una mano invisible borraba mi nombre.

—Y ahora que las cosas han quedado claras, creo que voy a ser mucho más feliz. Un hombre no puede pasarse la vida corriendo de un lado a otro. A largo plazo, también será bueno para mi carrera, los clientes prefieren a los casados; a ciertas edades, los solteros resultan sospechosos, la gente empieza a pensar que eres maricón o algo así. —Hizo una pausa, antes de proseguir—. Y además, Marian, sé que siempre podré contar contigo. En general las mujeres son demasiado alocadas, pero tú no, tú eres sensata. A lo mejor para ti no es importante, pero siempre he pensado que la sensatez es una de las primeras características en las que hay que fijarse cuando se busca esposa.

Yo no me sentía una persona muy sensata. Bajé la mirada con modestia y la fijé en una miga de pan que se me había escapado cuando había pasado el trapo por la mesa. No estaba segura de lo que debía decir. «Tú también eres muy sensato» no me parecía adecuado.

—Sí, yo también estoy muy contenta —le dije—. Vamos a tomar el café al salón.

Me siguió. Dejamos las tazas en la mesa de centro y nos sentamos en el sofá.

—Me gusta este salón —comentó, echándole un vistazo—. Es acogedor. —Me pasó el brazo por los hombros y nos quedamos ahí sentados en lo que esperaba que fuera un silencio feliz. Los dos nos sentíamos raros. Ya no podíamos basamos en las suposiciones, las pistas y los senderos de nuestra anterior relación para orientarnos. Hasta que hubiéramos establecido los nuevos fundamentos, no sabríamos muy bien qué decir o hacer.

Peter ahogó una risa.

—¿De qué te ríes? —le pregunté.
—De nada. Es que cuando he ido a buscar el coche hace un rato he encontrado tres arbustos metidos debajo. Y me he pasado por delante de la casa de ayer y he visto que dejamos un hueco perfecto en el seto del jardín. —Aquel episodio seguía resultándole gracioso.
—Qué tonto eres —le dije con cariño. Sentía en mi interior la punzada de mis instintos de posesión. Así que aquel objeto me pertenecía. Apoyé la cabeza en su hombro.
—¿Y cuándo quieres que nos casemos? —me preguntó casi a bocajarro.

Mi primera reacción fue contestarle con alguna evasiva absurda, como siempre había hecho hasta entonces cuando me hacía alguna pregunta seria sobre mí —«¿Qué opinas del Día de la Marmota?»—, pero entonces oí un hilillo de voz, que apenas reconocí.

—Prefiero que lo decidas tú. Las grandes decisiones prefiero dejártelas a ti.

Estaba atónita ante mis propias palabras. Nunca hasta entonces le había dicho nada remotamente parecido. Y lo más gracioso era que se lo había dicho muy en serio.

.

(Continuará…)

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