La mujer comestible (VI)

Margaret Atwood

 

 

 

11

Peter se marchó temprano. Me dijo que quería dormir un rato más, y me recomendó que hiciera lo mismo. Pero yo no estaba cansada, más bien me sentía llena de una energía nerviosa que no se iba ni caminando arriba y abajo por el apartamento. Esa tarde estaba cargada de un vacío fúnebre que desde la infancia he asociado con los domingos por la tarde: la sensación de no tener nada que hacer.

Acabé de fregar los platos, guardé los cubiertos en sus respectivos compartimientos del cajón, aunque sabía que no tardarían en mezclarse; hojeé las revistas del salón por séptima vez, fijándome brevemente pero con un nuevo interés en titulares como «Adopción: ¿sí o no?», «El enamoramiento: ¿es verdad? Test de veinte preguntas» y «Tensiones durante la luna de miel», y bajé el tiempo de la tostadora, que últimamente había estado quemando el pan.

Cuando sonó el teléfono salté disparada a contestar. Se equivocaban. Supongo que podría haber hablado con Ainsley, que seguía en su dormitorio, pero no sé por qué no me parecía que fuera a ayudarme mucho. Me apetecía hacer algo que pudiera terminarse, concluirse, aunque no sabía qué. Al final, decidí pasar la tarde en la lavandería.

Desde luego, no lavamos ropa en el piso de abajo. Ni siquiera sé si la casera tiene lavadora. Nunca permite que algo tan plebeyo como la colada mancille la despejada vista del jardín trasero. A lo mejor es que ni ella ni su hija ensucian la ropa. Quizá va forrada con un plástico invisible. Nunca hemos estado en el sótano de la casa, en realidad ni siquiera nos consta que exista. Es posible que, en su mundo jerarquizado, una de las cosas que todo el mundo sabe pero de las que la gente respetable no habla sea precisamente la colada.

Así que cuando las montañas de ropa sucia se hacen intolerables y los cajones de ropa limpia están vacíos, vamos a la lavandería. Bueno, para ser exactos, voy yo sola. Yo no aguanto tanto como Ainsley. El domingo por la tarde es el mejor momento del fin de semana. Hay menos señores mayores podando y sulfatando sus rosales, y menos señoras mayores, ataviadas con sombreros de flores y guantes blancos, camino de las casas de otras señoras mayores, bien por sus propios medios, bien conducidas por otros, a tomar el té. La lavandería más cercana está a una parada de autobús, y el sábado es mal día porque hay mucha gente que coge el autobús para ir de compras, también señoras mayores con sus sombreros y sus guantes, aunque no tan inmaculadas como las otras. Y más tarde salen los que van al cine. Por eso prefiero los domingos por la tarde; hay menos gente. No me gusta que me miren, y no cabe la menor duda de que mi bolsa de la ropa es una bolsa de ropa.

Aquella tarde no me dio pereza recorrer el trayecto. Necesitaba salir de casa. Descongelé y me comí un plato precocinado, me puse la ropa que solía llevar para ir a la lavandería (vaqueros, camiseta y unas zapatillas deportivas a cuadros que me había comprado en un arrebato y que no me ponía en ninguna otra ocasión) y comprobé que tenía monedas de veinticinco. Cuando estaba metiendo todo lo necesario en la bolsa, Ainsley entró en mi habitación. Se había pasado casi todo el día encerrada en su cuarto, inmersa en quién sabe qué prácticas de magia negra: seguro que habría estado destilando algún afrodisíaco, o fabricando muñecos de cera de Leonard y traspasándolos con alfileres. Ahora alguna intuición la había alertado.

—Hola, ¿vas a la lavandería? —dijo, cuidándose mucho de no parecer interesada.
—No —le respondí—. Es que he cortado a Peter en trocitos y lo hago pasar por ropa sucia para llevármelo al río y enterrarlo.

Supongo que el comentario le pareció de mal gusto, porque no sonrió.

—Ya que vas, ¿te importaría llevarte un par de cosillas mías? Solo lo imprescindible.
—Está bien —acepté, resignada—. Tráemelas.

Este procedimiento es bastante frecuente. De hecho, es uno de los motivos por los que nunca va a la lavandería.

Desapareció y al cabo de unos minutos se presentó con un montón de ropa interior multicolor entre los brazos.

—Ainsley, solo lo imprescindible.
—Es que todo esto lo es —protestó. Pero cuando insistí en que no me lo podía llevar todo, dividió la montaña en dos partes.
—Muchas gracias, me salvas la vida —me dijo—. Adiós.

Arrastré la enorme bolsa por las escaleras, me la puse sobre el hombro y la saqué a la calle, no sin interceptar una mirada fría de la señora de abajo, que apartó una de las cortinas de terciopelo de su salita. Estaba segura de que pretendía dejar constancia de su desacuerdo con aquella flagrante exhibición de suciedad. Qué asquerosamente inmundos somos todos, diría.

Una vez en el autobús, puse la bolsa en el asiento de al lado, esperando que desde lejos se pareciera lo bastante a un niño pequeño como para pasar desapercibida y no levantar la indignación de la gente de bien que pudiera considerar inadecuado el hecho de realizar algún trabajo en el día del Señor. Recordaba un incidente anterior con una señora mayor envuelta en seda negra y con un sombrero malva, que me había pillado por banda cuando me apeaba del autobús. Parecía escandalizada no solo porque me estaba saltando el cuarto mandamiento, sino por el atuendo que había escogido para hacerlo: Jesús nunca te perdonará esas zapatillas a cuadros, supongo que pensaba. Luego me fijé en uno de los carteles que había encima de las ventanillas, en el que aparecía una joven con tres pares de piernas saltando con una faja puesta. Debo confesar que estos anuncios me escandalizan, a mi pesar. Son demasiado descarados. Por un instante me pregunté qué tipo de persona se dejaría impresionar por ese anuncio hasta el punto de comprarse el artículo en cuestión, y si alguna vez habrían hecho una encuesta al respecto. Se supone que la figura femenina —pensé— atrae al sector masculino, no a las mujeres, y los hombres no suelen comprar fajas. Aunque tal vez aquella esbelta joven pretendiera ofrecer un reflejo: a lo mejor la posible compradora imaginara que, al adquirirla, en el paquete también encontraría la juventud y la delgadez perdidas. Las siguientes travesías las dediqué a reflexionar sobre una especie de eslogan que había leído en alguna parte y que decía que no hay mujer bien vestida si no lleva faja. Y en el tramo final del trayecto estuve pensando en los kilos de más que se acumulan con la edad. ¿Cuándo me ocurriría a mí? A lo mejor ya me estaba pasando. Cuidado con esas cosas, me dije; te pillan por sorpresa y, cuando quieres darte cuenta, ya es demasiado tarde.

La lavandería estaba en la misma calle del autobús. Cuando ya me encontraba delante de una de las máquinas advertí que me había olvidado el jabón.

—¡Oh, no! —exclamé en voz alta.

La persona que estaba metiendo la ropa en la lavadora de al lado me miró impertérrita.

—Coge mi detergente si quieres. —Me tendió el paquete.
—Gracias, a ver si ponen una máquina expendedora, aunque no creo que se les ocurra.

Entonces lo reconocí. Era el joven de la encuesta de cerveza. Me quedé ahí de pie con el paquete en la mano. ¿Cómo había sabido que me había olvidado el jabón? Ni siquiera lo había dicho en voz alta.

Ahora me estaba observando con más atención.

—Ah —exclamó—. Ahora te reconozco. Al principio no te situaba. Sin ese caparazón oficial pareces más vulnerable. —Volvió a concentrarse en su lavadora.

Vulnerable. ¿Aquello era bueno o malo? Me eché un vistazo furtivo para asegurarme de que no tenía ninguna costura rota ni la cremallera abierta, y a continuación empecé a meter la ropa a toda prisa en las máquinas, separando las prendas oscuras y las claras. No quería que él terminara antes que yo y que pudiera dedicarse a mirarme, pero se me adelantó y le dio tiempo de ver cómo introducía algunas de las piezas de lencería más frívolas de Ainsley.

—¿Son tuyas? —me preguntó con interés.
—No —le respondí, ruborizándome.
—Ya decía yo. No te pegan.

¿Se trataba de un halago o de una crítica? A juzgar por su tono neutro, había sido un simple comentario; y, como tal, bastante acertado, pensé irónicamente.

Cerré las gruesas puertas de las lavadoras y metí las monedas en las ranuras. Esperé hasta que el ruidito de siempre me informó de que todo funcionaba bien y entonces me acerqué a la hilera de sillas y me senté. Tendría que quedarme allí esperando, constaté. En aquella zona no había nada abierto los domingos. Podría haber ido al cine, pero no tenía suficiente dinero. Ni siquiera me había acordado de llevarme un libro. ¿En qué estaría pensando antes de salir de casa? No suelo ser tan despistada.

El se sentó a mi lado.

—Lo malo de estas lavanderías —comentó— es que siempre te encuentras pelos púbicos en las máquinas. No es que me preocupe mucho todo eso, no soy maniático con los gérmenes y esas cosas. Pero lo de los pelos ya me parece un poco excesivo. ¿Quieres chocolate?

Me volví para comprobar si alguien nos había oído, pero estábamos solos en la lavandería.

—No, gracias.
—La verdad es que no me gusta mucho, pero estoy intentando dejar de fumar.

Desenvolvió la chocolatina y fue comiéndosela despacio. Los dos contemplábamos fijamente la larga fila de máquinas blancas y brillantes, en especial las tres puertas de cristal como ojos de buey o acuarios tras las cuales nuestra ropa giraba sin parar: distintas formas que aparecían, se mezclaban con otras, se escondían y volvían a asomar por entre una neblina de agua jabonosa. El joven se acabó la chocolatina, se chupó los dedos, alisó y dobló el papel de plata, se lo guardó con cuidado en un bolsillo y sacó un cigarrillo.

—La verdad es que me gusta mirarlas —explicó—. Yo miro las lavadoras como otras personas se sientan delante de la tele. Resulta tranquilizador, porque siempre sabes qué esperar y no es necesario pensar. La diferencia es que yo puedo modificar un poco los programas; si me canso de ver siempre lo mismo, meto un par de calcetines verdes o alguna otra prenda de un color vivo.

Hablaba con voz monótona y estaba encorvado hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza hundida en el cuello de su suéter oscuro, como una tortuga dentro de su caparazón.

—Vengo bastante por aquí. A veces necesito salir de casa un rato. Cuando tengo algo que planchar, no hay problema; me gusta alisar la ropa, eliminar las arrugas, así mantengo las manos ocupadas. Pero si me quedo sin nada que planchar, bueno, he de venir aquí. Para conseguir más.

Ni siquiera me miraba. Podría haber estado hablando solo. Yo también me incliné hacia delante, para verle la cara. A la luz azulada y fluorescente de la lavandería, una luz que parece eliminar toda existencia de matices y de sombras, su piel resultaba aún más ultraterrena.

—Necesito salir de ese apartamento. En verano es como un homo encendido y oscuro, y cuando hace tanto calor no te apetece ni enchufar la plancha. El piso ya es pequeño, pero con el calor aún encoge más y los otros quedan demasiado cerca. Soy consciente de ellos hasta cuando me encierro en mi habitación; sé lo que están haciendo. Fish se atrinchera en su butaca y apenas se mueve, ni siquiera cuando se dedica a escribir, aunque luego rompe las hojas y dice que no le sale nada bueno y se queda ahí sentado días y más días mirando los papeles que siembran el suelo; una vez se puso a cuatro patas e intentó unir los pedazos con cinta adhesiva, pero no lo logró, claro, y montó un numerito y nos acusó a nosotros dos de usar sus ideas para publicar antes que él y de haberle robado algunos de los pedazos. Y Trevor, cuando no está en los cursos de verano o calentándonos la casa con sus cenas de doce platos (yo preferiría comer salmón en lata), se pone a practicar caligrafía italiana del siglo XV, florituras y arabescos, y no deja de hablar sobre el quattrocento. Tiene una memoria asombrosa para los detalles. Supongo que resulta interesante, pero no sé por qué no es la respuesta, al menos para mí, y me parece que tampoco para él. La cosa es que se repiten hasta la saciedad, pero no parecen llegar a ninguna parte, ni terminar nada. Yo no soy mejor que ellos, claro. En realidad soy igualito. Ahí estoy, bloqueado con ese asqueroso trabajo semestral. Una vez fui al zoo y vi a un armadillo que describía ochos una y otra vez sobre sí mismo. Aún recuerdo el curioso sonido metálico que hacía con las patas en el suelo de la jaula. Dicen que todos los animales enjaulados hacen lo mismo, es una forma de psicosis, y aunque los dejes en libertad siguen describiendo círculos. Lees el material una y otra vez, y cuando vas por el artículo veinte ya no entiendes nada, y entonces empiezas a pensar en la cantidad de libros que se publican todos los años, todos los meses, todas las semanas, y son demasiados. Las palabras —añadió, mirando por fin en mi dirección pero con los ojos extrañamente desenfocados, como si en realidad estuviera contemplando un punto situado varios centímetros por debajo de mi piel— empiezan a perder su significado.

Las lavadoras iniciaban uno de los ciclos de aclarado, haciendo girar la ropa cada vez más deprisa; luego volvieron a llenarse de agua y se oyeron más chapoteos y sacudidas. El joven encendió otro cigarrillo.

—Deduzco que los tres sois estudiantes —comenté.
—Sí, claro —dijo lúgubremente—. ¿Es que no lo habías notado? Somos todos licenciados. En filología inglesa. Los tres. Llegué a pensar que en esta ciudad todo el mundo era licenciado en filología. Somos tan endogámicos que nunca vemos a nadie más. Por eso fue tan raro cuando apareciste el otro día y resultó que no lo eras.
—Pues a mí siempre me ha parecido que eso tenía que ser bastante emocionante. —No era cierto; solo pretendía darle conversación, pero desde el preciso instante en que cerré la boca me di cuenta de que mi comentario era de un entusiasmo infantil.
—Emocionante —repitió en tono burlón—. Sí, yo también lo creía. Parece emocionante cuando tienes el ímpetu de los primeros tiempos. Todos te dicen: «Haz un postgrado», y te dan un poco de dinero. Y tú vas y lo haces, y piensas: «Ahora descubriré la verdad». Pero no aciertas a descubrirla del todo, y todo se pierde en detalles banales y rancios, y acaba derrumbándose bajo un revoltillo de comas y notas a pie de página fragmentadas, y pasado un tiempo es como cualquier otra actividad: estás atrapado sin escapatoria posible, y te preguntas cómo has llegado a meterte en eso. Si estuviéramos en Estados Unidos, tendría la excusa de estar retrasando la tesina, pero aquí no tengo motivos de peso. Además, todo se está haciendo; en realidad todo está hecho, atado y bien atado, y tú te revuelcas en el fango, en lo más hondo del barril, convertido en uno de esos postgraduados que llevan nueve años en la facultad, pobres imbéciles, redactando textos nuevos o convertidos en esclavos para editar la versión definitiva de las invitaciones a las cenas y las entradas al teatro de Ruskin, o intentando exprimir la última gota de sentido a algún insignificante fraude literario que alguien se ha sacado de la manga. El pobre Fischer está escribiendo una tesis; él quería hacerla sobre los símbolos del útero en D. H. Lawrence, pero todos le dijeron que ese estudio ya estaba hecho. Así que ahora está desarrollando una teoría imposible y cada vez más incoherente.

Se detuvo.

—¿Qué teoría es esa? —le pregunté para sacarlo de su mutismo.
—No lo sé exactamente. Ya no quiere hablar de ella, excepto cuando bebe, y en esos casos nadie le entiende. Por eso rompe las hojas. Cuando la revisa, no la entiende ni él.
—¿Y tú? ¿Qué tema has elegido? —La verdad era que no se me ocurría sobre qué podía ser.
—Yo aún no he llegado a ese punto. Ni siquiera sé si llegaré algún día, ni qué pasará. Evito pensar en ello. Por el momento se supone que he de presentar un trabajo pendiente de una asignatura de hace dos cursos. Escribo una frase al día. Bueno, eso cuando hay suerte. —Las lavadoras empezaron a centrifugar. El las miró fijamente.
—Bueno, ¿de qué va ese trabajo entonces? —Empezaba a intrigarme, tanto por los cambiantes perfiles de su rostro como por sus palabras. No quería de ninguna manera que dejara de hablar.
—Mejor que no lo sepas —respondió—. Pornografía prerrafaelita. Y también he empezado algo sobre Beardsley.
—Ah. —Los dos reflexionamos en silencio sobre la posible futilidad de esa tarea—. A lo mejor te has equivocado de carrera —sugerí no muy segura—. Tal vez serías más feliz si cambiaras de ocupación.

Me ofreció una sonrisa burlona y tosió.

—Debería dejar de fumar —dijo—. ¿Y a qué podría dedicarme? Cuando has llegado hasta aquí, ya no sirves para nada. Tu mente se ha transformado. Tienes un título universitario, una especialización, y la gente lo nota. Fuera del ramo, no hay nadie lo bastante insensato para contratarme. Ni siquiera para cavar zanjas serviría. Me cargaría todo el sistema de alcantarillado con el pico, intentando desenterrar todos esos símbolos subterráneos, tuberías, válvulas, conductos de aguas negras… No, no. Seré un esclavo de las minas de papel durante toda mi vida.

No se me ocurría qué responder. Lo miré e intenté imaginarlo trabajando en una empresa como Encuestas Seymour, aunque fuese arriba, con los hombres de inteligencia. Nada. No encajaría de ninguna manera.

—¿Eres de aquí? —le pregunté finalmente. El tema de la universidad parecía agotado.
—No, claro, ni yo ni mis compañeros. ¿Hay alguien que sea de aquí? Por eso alquilamos el apartamento. Sale demasiado caro, pero es que no hay residencias para universitarios, solo ese tugurio pseudobritánico con su escudo de armas y sus muros monásticos. Aunque no creo que me admitieran en un sitio así, y además sería igual de malo que vivir con Trevor. Trevor es de Montreal. Su familia procede de Westmount, creo, y son gente de dinero, pero después de la guerra se vieron obligados a introducirse en el mundo de los negocios. Tienen una fábrica de galletas de coco, pero se supone que en casa no podemos comentar nada sobre el tema. Resulta de lo más raro, porque siempre aparecen montañas de galletas de coco, y tenemos que comérnoslas y fingir que no sabemos de dónde han salido. A mí el coco no me gusta. Fish es de Vancouver, siempre echa de menos el mar. Baja hasta el lago y se mete en esa agua contaminada e intenta consolarse con las gaviotas y las pieles de pomelo que flotan por ahí, aunque no le sirve de mucho. Antes los dos hablaban con acento, pero ahora no se les nota; cuando llevas un tiempo en este triturador de cerebros, parece que no vienes de ninguna parte.
—¿Y tú? ¿De dónde eres?
—No lo conocerás —replicó secamente.

Las lavadoras se detuvieron. Los dos fuimos a buscar sendos carritos metálicos y llevamos la ropa a las secadoras. Luego nos sentamos en los mismos sitios de antes. Ahora ya no había nada que mirar, solo el ronroneo y los chasquidos de las máquinas. Encendió otro cigarrillo.

Un viejo decrépito entró, nos vio y volvió a salir. Seguramente buscaba un sitio donde dormir.

—Pues sí —prosiguió al fin—. Es por inercia. Nunca te parece que vayas a llegar a ninguna parte. Te vas empantanando en una situación, te vas hundiendo. La semana pasada prendí fuego al apartamento, y en parte lo hice a propósito. A lo mejor quería ver qué harían, o incluso cómo reaccionaría yo mismo. Pero básicamente lo que deseaba era ver algunas llamas y algo de humo, para variar. Claro que lo apagaron enseguida; empezaron a correr como locos, describiendo ochos como los armadillos, diciendo que estaba «enfermo», que por qué lo había hecho, que a lo mejor mis tensiones internas me estaban superando y que debería ir a ver a un psicólogo. Pero no me serviría de nada. Ya conozco todo eso y no sirve de nada. A mí esos tipos no me convencen en absoluto, sé demasiado, ya he pasado por todo eso, estoy inmunizado. Incendiar el apartamento no ha cambiado nada, bueno, sí, ahora no puedo mover un dedo sin que Trevor se ponga a gritar y a saltar de un lado a otro, y sin que Fischer empiece a buscar mi caso en un libro de primero de Psicología que tiene por casa. Creen que estoy loco. —Tiró la colilla al suelo y la pisó—. Y en mi opinión los locos son ellos —añadió.
—A lo mejor deberías cambiarte de piso —apunté con cautela.

Me dedicó otra de sus sonrisas condescendientes.

—¿Y adonde iría? No puedo permitírmelo. Estoy atrapado. Además, también me cuidan, ¿sabes? —Levantó aún más los hombros, hundiendo el cuello.

Observé su anguloso perfil, la afilada línea de la mandíbula, el hueco oscuro del ojo, admirada. Toda esa conversación, todas esas confesiones, bastante escurridizas, por otra parte… yo no me creía capaz de nada semejante. Me parecía un ejercicio temerario, como un huevo crudo que decidiera salir de la cáscara: existía el riesgo de desparramarse demasiado, de convertirse en un charco amorfo. Pero él, ahí sentado, con un cigarrillo recién encendido en la boca, no parecía percibir ningún peligro.

Visto en retrospectiva, me sorprende mi propio desapego. Mi inquietud de la tarde se había esfumado. Me sentía tranquila, serena como una luna de piedra, controlando todo el espacio blanco de la lavandería. Podría haberme acercado para abrazar aquel cuerpo incómodo y consolarlo, acunarlo suavemente. Con todo, había algo en él totalmente alejado de la infancia, algo que parecía más propio de un viejo exagerado, un viejo al que no era posible consolar. Al recordar su actitud durante la encuesta de la cerveza, también pensé que era muy capaz de estar inventándoselo todo. Tal vez fuese cierto, pero también era posible que lo hubiese contado para provocar en mí esa misma reacción maternal, para poder sonreír condescendiente ante mi gesto y retirarse con más ganas al santuario de su suéter, negándose a que me acercara, a que lo tocara.

Debía de estar equipado con una especie de sentido extrasensorial más propio de la ciencia ficción, un tercer ojo o una antena. Porque aunque tenía la cara vuelta hacia el otro lado y no me veía, me leyó el pensamiento.

—Noto que admiras mi aspecto enfermizo —dijo con voz suave y clara—. Sé que resulta atractivo. Es premeditado. A las mujeres les gustan los inválidos. Eso permite que aflore la Florence Nightingale que hay en ellas. Pero ten cuidado. —Ahora sí me miraba, taimado, con la cabeza ladeada—. Podrías hacer algo destructivo: el hambre es un impulso más básico que el amor. Ya sabes que Florence Nightingale era caníbal.

Eso alteró mi calma. Noté que un cosquilleo de temor me recorría la piel. ¿De qué me estaba acusando exactamente? ¿Estaba expuesta?

No se me ocurrió nada que decirle.

Las secadoras se detuvieron morosamente. Me levanté.

—Gracias por el detergente —le dije en un frío tono de cortesía.

El también se levantó. Volvía a parecer bastante indiferente ante mi presencia.

—De nada.

Nos quedamos ahí de pie, en silencio, sacando la ropa de las secadoras y metiéndola en las bolsas. Nos las echamos al hombro y empezamos a caminar a la vez hacia la calle, yo un poco por delante. Me detuve un momento al llegar a la puerta, pero él no hizo ademán de abrirla, así que tiré de ella.

Al salir del establecimiento los dos nos volvimos al mismo tiempo, de modo que estuvimos a punto de chocar. Nos quedamos mirándonos, indecisos, durante un buen rato. Los dos empezamos a decir algo, y los dos nos interrumpimos. Entonces, como si alguien hubiera pulsado un interruptor, soltamos las bolsas y avanzamos un paso. Me descubrí besándolo, o siendo besada por él, ya que sigo sin saber cómo ocurrió. La boca le sabía a tabaco. Aparte de ese regusto y de una impresión de delgadez y sequedad, como si el cuerpo que rodeaba con mis brazos y el rostro que tocaba el mío estuvieran hechos en realidad de papel o de pergamino tensado sobre un marco, no recuerdo ninguna otra sensación.

Los dos dejamos de besarnos al mismo tiempo y nos separamos. Estuvimos mirándonos durante otro minuto. Luego recogimos las bolsas con la colada, nos las echamos al hombro, dimos media vuelta y echamos a andar en direcciones opuestas.

Todo aquel incidente recordaba de forma un tanto ridícula las espasmódicas atracciones y repulsiones protagonizadas por aquellos perritos de juguete que llevaban unos imanes en la base y que me regalaban por mi cumpleaños.

No recuerdo nada del trayecto de regreso a casa, excepto que en el autobús me quedé mirando mucho rato un anuncio en el que aparecía una enfermera con toca y uniforme blancos. Tema una cara rotunda y competente, y sostenía un biberón mientras sonreía. El texto de la foto rezaba: «Regala vida».

.

.

12

Y aquí estoy.

Sentada en la cama de mi dormitorio, con la puerta cerrada y la ventana abierta. Es el Día del Trabajo, un día soleado y fresco como el de ayer. Me ha resultado extraño no haber tenido que ir a trabajar esta mañana. El tráfico de las autopistas de las afueras ya empezará a coagularse incluso a estas horas, la gente estará de retomo después de haber pasado el fin de semana en sus casas de veraneo, para evitar las caravanas. Hacia las cinco de la tarde todo habrá llegado al punto de solidificación y el aire estará herido por los destellos del sol reflejándose en kilómetros de metal y por los rumores y los quejidos de los motores en punto muerto y de los niños aburridos. Pero aquí, como siempre, reina la paz.

Ainsley está en la cocina. Hoy apenas la he visto. La oigo deambular por la casa, al otro lado de la puerta, murmurando de vez en cuando. No acabo de decidirme a abrir. Nuestras posturas han cambiado de un modo que aún no me he parado a evaluar, y sé que me resultaría difícil hablar con ella.

Parece que haya transcurrido mucho tiempo desde el viernes, porque han pasado muchas cosas, pero ahora que medito sobre todo ello, he llegado a la conclusión de que mis acciones fueron más sensatas de lo que en su momento me parecieron. Era mi inconsciente, que se estaba adelantando a mi yo consciente, y el inconsciente aplica su propia lógica. Es posible que mi comportamiento no cuadre del todo con mi verdadera personalidad, pero ¿acaso son los resultados tan incoherentes? La decisión ha sido algo repentina, pero ahora que he tenido tiempo para reflexionar me doy cuenta de que en realidad ha sido un paso muy acertado. Desde luego, en el instituto y en la universidad siempre partí de la base de que acabaría casándome con alguien y teniendo hijos, como todo el mundo. O dos o cuatro. Tres no me parece un buen número, y no me gustan los hijos únicos, a la mínima salen malcriados. A diferencia de Ainsley, yo nunca he puesto reparos al matrimonio. Ella se opone por principio, y la vida no funciona gracias a los principios, sino a la capacidad de adaptación. Como dice Peter, uno no puede pasarse la vida corriendo de un lado a otro. La gente que no se casa se vuelve rara cuando llega a la mediana edad, más amargada, más vacía, no sé. He conocido a muchas personas en el despacho y lo sé. No obstante, aunque estoy segura de que era algo que llevaba en el subconsciente, conscientemente no esperaba que ocurriera tan pronto ni de la manera como se ha producido. Claro que desde el principio lo mío con Peter era más serio de lo que estaba dispuesta a admitir.

Además, no hay motivo alguno para que nuestro matrimonio acabe como el de Clara. En su caso, ninguno de los dos es lo bastante práctico, no saben organizar su relación. En gran parte es cuestión de unos detalles técnicos muy elementales, como los muebles, las comidas, el mantenimiento del orden. No creo que a Peter y a mí nos cueste llegar a un acuerdo razonable. Aunque, por supuesto, aún hay muchos detalles que precisar. Bien mirado, la verdad es que Peter es la opción ideal. Es atractivo, tendrá éxito y además es limpio, punto fundamental cuando se trata de convivencia.

Ya me imagino la cara que pondrán las del despacho cuando se enteren. Pero aún no puedo contarlo, tendré que seguir trabajando ahí un tiempo más. Hasta que Peter termine su pasantía necesitaremos el dinero. Al principio seguramente tendremos que vivir en un apartamento, pero más tarde podremos trasladamos a una casa de verdad, un sitio más permanente; merecerá la pena el esfuerzo de mantenerla limpia.

Mientras tanto, mejor que haga algo constructivo en vez de quedarme aquí sentada. Antes que nada debería revisar el cuestionario de la cerveza y redactar el informe con lo que he averiguado, para pasarlo a máquina mañana a primera hora y quitármelo de encima.

Luego a lo mejor me lavo el pelo. Y esta habitación necesita un buen repaso. Tendría que ir abriendo los cajones y tirando todo lo que se ha ido acumulando en ellos, hay varios vestidos que me pongo tan poco que no merece la pena que los guarde. Los llevaré al Ejército de Salvación. Y mucha bisutería, de la que te regala la familia por Navidad. Broches dorados con formas de perritos de aguas y de ramilletes de flores, con trozos de cristal tallado en lugar de pétalos y ojos. Hay una caja de cartón llena de libros, casi todos de texto, y de cartas de casa que nunca más releeré, y un par de muñecas antiguas que he conservado por sentimentalismo. La más vieja tiene el cuerpo de trapo relleno de arena (lo sé porque en una ocasión la sometí a una intervención quirúrgica con unas tijeras para las uñas) y las manos, los pies y la cabeza de un material duro que recuerda la madera. Los dedos de las manos y de los pies parecen prácticamente arrancados a mordiscos. Tiene el pelo negro y corto, unos pocos rizos pegados a un trozo de rejilla que se le está despegando del cráneo. La cara está muy desgastada, pero sigue teniendo su boca roja abierta con su lengua de fieltro dentro y dos dientes de porcelana, que según recuerdo era lo que más me fascinaba. Está vestida con un trozo de sábana vieja. Por la noche le dejaba comida y a la mañana siguiente, al comprobar que seguía allí, siempre me decepcionaba. La otra muñeca es más nueva y tiene el pelo lavable y la piel como de goma. La pedí de regalo una Navidad, porque se podía bañar. Ninguna de las dos resulta muy agradable; debería tirarlas a la basura con todo lo demás.

Sigo sin poder entender lo del hombre de la lavandería ni explicar mi propio comportamiento. Tal vez haya sido una especie de lapsus, un apagón del ego, como la amnesia. De todas formas es poco probable que vuelva a encontrármelo —ni siquiera sé cómo se llama—, y además no tiene nada que ver con Peter.

Cuando termine de limpiar mi habitación, escribiré a casa. Todos se alegrarán, seguro que esto es lo que llevan tiempo esperando. Querrán que vayamos a pasar el fin de semana con ellos lo antes posible. Yo tampoco conozco a los padres de Peter.

Dentro de un minuto me levantaré de la cama y caminaré sobre el charco de sol que se derrama en el suelo. No permitiré que se me escape la tarde entera, por más agradable que resulte estar sentada en esta habitación silenciosa, contemplando el techo con la espalda apoyada en la pared fresca, columpiando los pies en el borde del colchón. Es casi como estar en una balsa, a la deriva, dejando que la vista se pierda en la claridad del cielo.

Tengo que organizarme. Hay mucho que hacer.

.

(Continuará…)

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