La mujer comestible (II)

Margaret Atwood

 

 

3

Ya había vuelto de comer y estaba lamiendo sellos y pegándolos en sus respectivos sobres para el estudio nacional sobre el caramelo instantáneo para el flan, que iba retrasado porque alguien en copistería había puesto al revés una de las hojas, cuando la señora Bogue salió de su cubículo.

—Marian —anunció con un suspiro de resignación—, me temo que habrá que sustituir a la señora Dodge, de Kamloops. Está embarazada. —La señora Bogue frunció ligeramente el ceño: para ella los embarazos son actos de deslealtad hacia la empresa.
—Qué lástima —dije. El enorme mapa de pared del país, salpicado de chinchetas rojas como granos de sarampión, está justo encima de mi escritorio, lo que implica que la sustracción y adición de encuestadoras parece haberse convertido en parte de mi trabajo. Me subí a la mesa, localicé Kamloops y saqué la chincheta con el banderín de papel en el que se leía «Dodge».
—Ya que estás ahí arriba —añadió la señora Bogue—, ¿podrías quitar también a la señora Ellis, de Blind River? Espero que sea algo temporal, siempre ha trabajado muy bien, pero nos ha escrito que una señora la echó de su casa persiguiéndola con un cuchillo de cocina, se cayó por las escaleras y se rompió una pierna. Ah… y añade esta, que es nueva. Señora Gauthier, en Charlottetown. Espero sinceramente que sea mejor que la última. Charlottetown siempre es muy difícil.

Cuando bajé, me dedicó una dulce sonrisa, lo que me puso en guardia. La señora Bogue tiene unos modales muy afectuosos, casi cariñosos, cosa que le sirve para tratar con las encuestadoras, y cuando quiere algo es cuando más encantadora se muestra.

—Marian —dijo—, tenemos un pequeño problema. Vamos a empezar un estudio sobre cerveza la semana que viene, ya sabes, ese del teléfono, y los de arriba han decidido que necesitamos hacer una prueba previa este fin de semana. Están preocupados por el cuestionario. Podríamos pedírselo a la señora Pilcher, es buena encuestadora, pero este es el fin de semana largo y preferimos no hacerlo. Tú pensabas quedarte en la ciudad, ¿no?
—¿Tiene que ser este fin de semana? —pregunté, aunque sin saber muy bien por qué.
—Bueno, el caso es que deberíamos tener los resultados el martes sin falta. Solo has de conseguir a siete u ocho hombres.

Que hubiera llegado tarde aquella mañana le daba ventaja.

—Está bien, lo haré mañana.
—Te lo descontaremos de tu jornada, claro —concluyó la señora Bogue mientras se alejaba, y yo me quedé pensando si aquello había sido un comentario irónico. Como siempre emplea el mismo tono dulzón, no es fácil de saber.

Terminé de cerrar los sobres, fui a recoger las encuestas, que me dio Millie, y las repasé para ver si encontraba algún punto problemático. Las preguntas de la sección inicial eran bastante normales. Las siguientes estaban pensadas para valorar la respuesta del oyente ante una cuña radiofónica con música, parte de la campaña publicitaria de una nueva marca de cerveza que una de las grandes empresas estaba a punto de lanzar al mercado. En un determinado momento, el encuestador debía pedir al entrevistado que descolgara el teléfono y marcara un número determinado, tras lo cual podría oír la melodía en cuestión. Luego había una serie de preguntas en las que se pedía al hombre que valorara si le gustaba el anuncio, si creía que podía influir en sus hábitos de compra, etc.

Marqué el número de teléfono. Como la encuesta no se iba a llevar a cabo hasta la semana siguiente, a lo mejor alguien se había olvidado de poner el disco, y quería asegurarme de que no fuera así para no hacer el ridículo.

Después de los tonos de rigor y tras el zumbido y el chasquido al descolgar, se oyó una voz grave, de bajo, acompañada por lo que parecía ser una guitarra eléctrica, que decía:

Keto, Keto,
de la tierra del pino y el abeto,
chispeante, tonificante,
ligera y refrescante…

A continuación, una voz casi tan grave como la del cantante declamaba persuasivamente sobre el mismo fondo musical:

Todo hombre de verdad, cuando llegan las vacaciones y se va a cazar, a pescar o simplemente a eso tan anticuado que llamamos descansar, necesita una cerveza de sabor fresco e intenso, de sabor masculino. En el primer sorbo, bien frío, ya notará que Keto es exactamente lo que siempre le ha pedido a una buena cerveza. Ponga en su vida el sabor de lo salvaje hoy mismo tomándose una jarra de cerveza Keto.

En ese momento, el cantante reanudaba su actuación:

Burbujeante, tonificante,
ligera y refrescante,
¡Keto, Keto, Keto, cerveza Keto!

A continuación, se oía un clímax de sonidos y el disco se apagaba. Todo se sucedía en el orden correcto.

Me acordé de las imágenes que había visto para la presentación visual, programadas para aparecer en revistas y carteles: la etiqueta iba a mostrar dos cornamentas sobre las que se cruzarían un rifle y una caña de pescar. La canción reforzaba aquella idea. A mí no me parecía muy original, pero admiraba la sutileza de «eso tan anticuado que llamamos descansar». Lo decían para que el bebedor de cerveza estándar, el señor de hombros caídos y barriga prominente, sintiera una identificación mística con el deportista de camisa a cuadros que se mostraba en las imágenes con el pie sobre un ciervo abatido o metiendo una trucha en la cesta.

Ya iba por la última página cuando sonó el teléfono. Era Peter. Por su tono de voz me di cuenta de que había algún problema.

—Óyeme, Marian, esta noche no podré cenar contigo.
—¿Ah, no? —dije, esperando una explicación. Estaba decepcionada, tenía la esperanza de animarme si cenaba con él. Además, ya volvía a tener hambre. Llevaba todo el día picando porquerías y había dado por sentado que por la noche podría comer algo más nutritivo. Pero aquello significaba otra cena precocinada de esas que Ainsley y yo reservábamos para casos de urgencia—. ¿Ha pasado algo?
—Cuando te lo cuente lo entenderás. Es Trigger —añadió empezando a reírse—. Trigger se casa.
—Vaya —fue mi respuesta. Quise añadir: «lo siento», pero no me pareció adecuado. Resultaba absurdo mostrar la comprensión que se expresa ante un pequeño contratiempo cuando en realidad me hallaba ante una tragedia nacional—. ¿Quieres que te acompañe? —le pregunté, ofreciéndole mi apoyo.
—No, no, por Dios. Aún sería peor. Nos vemos mañana, ¿de acuerdo?

Cuando colgó, analicé las consecuencias. La más evidente era que la noche siguiente tendría que tratar a Peter con especial delicadeza: Trigger era uno de sus mejores amigos. En realidad, era el último de su grupo de amigos de toda la vida que quedaba soltero. Aquello había sido una especie de epidemia. Justo antes de conocerlo habían sucumbido dos, y en los cuatro meses siguientes, otros dos habían caído sin previo aviso. Ese verano, él y Trigger se habían sentido cada vez más solos en sus sesiones etílicas de solteros, y cuando los demás se tomaban la noche libre para unirse a ellos, los tristes relatos de Peter me daban a entender que el tono general de las veladas no era más que un sustituto artificial de la alegría irresponsable del pasado. Trigger y él se habían aferrado el uno al otro como dos ahogados, intentando convertirse en el mutuo reflejo tranquilizador que ambos necesitaban. Finalmente Trigger se había hundido y el espejo quedaría vacío. Claro que estaban los demás alumnos de Derecho, pero casi todos también estaban casados. Además, pertenecían a la edad de plata postuniversitaria de Peter, y no a la primera edad de oro.

Sentía lástima por él, pero además sabía que debería andar con pies de plomo. Si los dos matrimonios anteriores le habían servido de aviso, después de dos o tres copas empezaría a ver en mí el reflejo de la intrigante sirena que se había llevado a Trigger. No me atreví a preguntarle cómo lo había conseguido ella, porque no quería que pensara que estaba recogiendo ideas. Lo mejor sería intentar distraerlo.

Mientras meditaba, Lucy se acercó a mi escritorio.

—¿Podrías escribirle una carta en mi nombre a esta señora? Tengo un dolor de cabeza que no veas, y no se me ocurre qué decirle.

Se llevó una elegante mano a la frente y con la otra me alargó una nota escrita a lápiz sobre una cartulina. La leí.

Señores: Los cereales estaban buenos, pero entre las pasas he encontrado esto. Atentamente, RAMONA BALDWIN

Al final de la carta había una mosca pegada con cinta adhesiva.

—Sí, es de aquel estudio de cereales con pasas —dijo Lucy con un hilo de voz. Se esforzaba por que me compadeciera de ella.
—Está bien, ¿tienes su dirección?

Redacté varios borradores.

Querida señora Baldwin: sentimos muchísimo que haya encontrado ese objeto en sus cereales, pero ya se sabe que siempre hay pequeños errores inevitables.

Querida señora Baldwin: sentimos haberle causado molestias, pero podemos asegurarle que el contenido íntegro del paquete era totalmente estéril.

Querida señora Baldwin: le agradecemos que nos haya informado de esta anomalía, pues siempre nos interesa conocer las faltas que hayamos podido cometer.

Sabía que lo más importante de todo era no llamar a la mosca por su nombre.

Volvió a sonar el teléfono. Esta vez era una voz que no esperaba.

—¡Clara! —exclamé, consciente de haberla tenido abandonada—. ¿Cómo estás?
—Hecha una mierda, gracias —contestó—. Pero igualmente te invito a cenar esta noche. Me encantaría ver algún rostro externo.
—Perfecto —le respondí con un entusiasmo que solo era sincero a medias. Sería mejor que cenar viendo la tele—. ¿A qué hora quedamos?
—Bueno, ya sabes. Cuando te vaya bien. Aquí no somos precisamente puntuales —dijo con un deje de amargura.

Ahora que ya había aceptado, empecé a pensar a toda prisa en lo que ello implicaba: me había invitado para que le sirviera de distracción y de confidente, para que escuchara su recital de problemas, y la verdad era que no me apetecía.

—¿Te parece bien que vaya con Ainsley? —le pregunté—. Bueno, si no tiene otros planes.

Me dije que a Ainsley no le iría mal una buena cena (solo se había tomado un café a media mañana), aunque en el fondo quería que me acompañara para no sentirme tan presionada. Ella y Clara podrían hablar de psicología infantil.

—Sí, claro, ¿por qué no? —respondió Clara—. Cuantos más mejor. Este es nuestro lema.

Llamé a Ainsley al trabajo y le pregunté si pensaba hacer algo esa noche, a lo que ella contestó que había recibido dos invitaciones y las había rechazado: una del testigo en el juicio por el asesinato del cepillo de dientes y otra del estudiante de odontología de la noche anterior. Con este último había estado bastante brusca: no pensaba volver a salir con él en toda su vida. Según ella, el chico le había asegurado que en la fiesta solo habría pintores.

—Bueno, entonces no haces nada —concluí yo, remarcando el dato.
—No —dijo Ainsley—. A menos que surja algo.
—Entonces, ¿por qué no te vienes a cenar conmigo a casa de Clara? —Esperaba protestas, pero aceptó sin rechistar. Quedamos en encontrarnos en la estación de metro.

A las cinco me levanté de mi escritorio y me dirigí al baño de señoras rosa. Necesitaba unos minutos de soledad para enfrentarme a la cena en casa de Clara. Pero Emmy, Lucy y Millie estaban dentro, peinándose los rubios cabellos y retocándose el maquillaje. Los tres pares de ojos brillaban en los espejos.

—¿Sales esta noche, Marian? —preguntó Lucy con falso desinterés. Compartíamos la misma línea telefónica y estaba claro que se había enterado de lo de Peter.
—Sí —respondí, sin revelar más información. Su mezcla de curiosidad y desazón me ponía nerviosa.

.

4

A última hora de la tarde caminé por la acera hacia la estación de metro envuelta en una espesa neblina dorada producida por el calor y el polvo. Era casi como avanzar por debajo del agua. Cuando aún estaba lejos vi a Ainsley iluminada por el sol junto a un poste del teléfono, y cuando llegué a su lado ella se volvió y se unió a las colas de oficinistas que bajaban las escaleras y se internaban en el frescor de las cavernas subterráneas. Fuimos rápidas y conseguimos asientos, aunque en lados opuestos del vagón, y yo me puse a leer los anuncios a través de una pantalla de cuerpos tambaleantes. Cuando nos bajamos y volvimos a salir a la calle a través de pasillos pintados en tonos pastel, el aire parecía menos húmedo.

La casa de Clara estaba unas calles más al norte. Caminamos en silencio; pensé en comentarle lo del plan de pensiones, pero decidí no hacerlo. Ainsley no entendería por qué me perturbaba la idea; no vería ninguna razón por la que no pudiera dejar mi trabajo y buscarme otro, pensaría que no era nada definitivo. Luego pensé en Peter y en lo que le había pasado. Pero si se lo contaba a Ainsley, le parecería divertido. Al final le pregunté si se sentía mejor.

—No te preocupes tanto por mí, Marian —me dijo—. Haces que me sienta como una inválida.

Aquello me dolió y no respondí nada.

Subíamos por una calle con algo de pendiente. La ciudad asciende desde el lago en una serie de ligeras ondulaciones, aunque vista desde cualquier punto parece plana. Por eso el aire allí era más fresco. Aquella zona también resultaba más tranquila. Pensé que Clara tenía suerte, y más en sus circunstancias, de vivir tan lejos del calor y el ruido del centro. Aunque a ella le parecía una especie de exilio; al principio se habían instalado en un apartamento cerca de la universidad, pero la falta de espacio les había obligado a trasladarse más al norte, aunque aún no habían alcanzado el verdadero extrarradio, lleno de bungalows modernos y caravanas fijas. Su calle era antigua, pero no tan bonita como la nuestra. Las casas tenían dos plantas, eran alargadas y estrechas, con porches de madera y escuetos jardines traseros.

—Qué calor hace, Dios mío —se quejó Ainsley al llegar al caminito que llevaba a casa de Clara.

La hierba del parterre delantero, del tamaño de un felpudo, llevaba bastante tiempo sin que la cortaran. Había una muñeca casi decapitada tirada en la escalera, y en el interior de un cochecito de bebé, un osito de peluche con el relleno medio salido. Llamé a la puerta y al cabo de unos momentos Joe apareció tras la mosquitera, taciturno y despeinado, abrochándose la camisa.

—Hola, Joe —le dije—, ya estamos aquí. ¿Cómo se encuentra Clara?
—Hola, pasad —nos indicó, apartándose un poco—. Clara está detrás.

Atravesamos la casa, que tenía la distribución habitual de ese tipo de viviendas — salón delante, comedor anexo con puertas correderas, luego la cocina—, pasando por encima de algunos objetos y esquivando otros. Bajamos como pudimos la escalera del porche trasero, que estaba lleno de botellas vacías de todo tipo, de cerveza, de leche, de vino, de whisky, y de biberones, y vimos a Clara en el jardín, sentada en una butaca redonda de mimbre con patas metálicas. Tenía los pies sobre una silla y sostenía a su hijo menor cerca dé lo que en otro tiempo había sido su regazo. Clara es tan delgada que sus embarazos siempre llaman la atención, y ahora, en el séptimo mes, parecía una boa constríctor que se hubiera tragado una sandía. Su cabeza, con la aureola de pelo claro, parecía hecha a propósito para parecer más pequeña y hasta más frágil a causa del contraste.

—Hola —dijo con voz cansada cuando nos vio bajar la escalera de atrás—. Hola, Ainsley, me alegro de volver a verte. ¡Qué calor!

Le dimos la razón y nos sentamos en el césped, a su lado, porque no había más sillas. Ainsley y yo nos quitamos los zapatos; Clara ya iba descalza. Resultaba difícil mantener una conversación, pues toda la atención se centraba sin remedio en el bebé, que lloriqueaba y durante un rato fue el único que dijo algo.

Cuando me llamó por teléfono, Clara parecía pedirme que de alguna manera la rescatara, pero en ese momento tuve la sensación de que no había gran cosa que yo pudiera hacer, y que en realidad ella no esperaba que hiciera nada. Yo debía limitarme a ser una testigo, quizás una especie de papel secante que absorbiera con mi mera presencia parte de su aburrimiento.

El bebé había dejado de quejarse y estaba balbuceando. Ainsley arrancaba briznas de hierba.

—Marian —me dijo Clara finalmente—, ¿puedes coger a Elaine un ratito? No le gusta estar en el suelo y tengo los brazos que se me caen a trozos.
—Ya te la cojo yo —se ofreció Ainsley inesperadamente.

Clara se desprendió de la niña y se la pasó a Ainsley.

—Venga, vamos, pequeña sanguijuela. A veces me parece que tiene el cuerpo lleno de ventosas, como los pulpos.

Se reclinó en el respaldo y cerró los ojos. Parecía un extraño cultivo vegetal, un tubérculo bulboso al que le hubieran crecido cuatro raíces delgadas y blancas y una flor amarilla, pálida. En un árbol cercano cantaba una cigarra y su vibración monótona era como una punzada de sol caliente en los oídos.

Ainsley sostenía a la niña con torpeza, observando su cara con curiosidad. Pensé en lo mucho que se parecían aquellos dos rostros. La niña la miraba muy erguida, con los ojos tan redondos como los de Ainsley. La boca rosada le babeaba un poco.

Clara levantó la cabeza y abrió los ojos.

—¿Os apetece tomar algo? —nos preguntó, como recordando que era la anfitriona.
—No te preocupes, estamos bien —respondí yo al momento, alarmada al imaginarla luchando por levantarse de la butaca—. ¿Y tú? ¿Quieres que vaya a buscarte algo? —Me habría sentido mejor si hubiera podido serle útil.
—Joe sale ahora mismo —comentó, como justificándose—. Bueno, contadme alguna noticia. ¿Qué hay de nuevo?
—No gran cosa —respondí. Intentaba pensar en algo que la entretuviera, pero todo lo que hubiera podido contarle, asuntos del trabajo o de los sitios en los que había estado, o de la decoración del apartamento, le habría recordado su propia inercia, su falta de espacio y de tiempo, sus días claustrofóbicos con todos sus pequeños detalles necesarios.
—¿Sigues saliendo con ese chico tan agradable y guapo? ¿Cómo se llama? Recuerdo que una vez vino a buscarte.
—¿Te refieres a Peter?
—Sí, aún sale con él —intervino Ainsley con un atisbo de desaprobación—. La ha monopolizado. —Estaba sentada con las piernas cruzadas y se puso a la niña en el regazo, boca abajo, para poder encender un cigarrillo.
—Suena bien —dijo Clara con voz melancólica—. Por cierto, ¿a que no adivinas quién ha vuelto? Len Slank. El otro día llamó.
—¿En serio? ¿Cuándo ha llegado? —Estaba molesta porque no me hubiera llamado a mí también.
—Hará una semana, según me dijo. Me comentó que había intentado ponerse en contacto contigo, pero que no había conseguido tu teléfono.
—Podría haberlo preguntado en información —apunté secamente—. Pero me encantaría verlo. ¿Qué tal está? ¿Cuánto tiempo se queda?
—¿Quién es? —preguntó Ainsley.
—Oh, nadie que te interese —me apresuré a contestar. No concebí a dos personas menos compatibles—. Es solo un viejo amigo de la facultad.
—Se fue a Inglaterra y se metió en el mundo de la televisión —dijo Clara—. No estoy muy segura de a qué se dedica. Es muy agradable, pero con las mujeres es terrible. Una especie de seductor de jovencitas. Según él, todas las que pasan de los diecisiete son demasiado viejas.
—Ah, uno de esos —comentó Ainsley—. Qué aburridos. —Y aplastó la colilla en el césped.
—Pues me dio la sensación de que había vuelto precisamente por eso —prosiguió Clara con cierto ímpetu—. Por un lío con alguna chica. Lo mismo que le hizo marcharse a Inglaterra.
—Ah —dije yo, en absoluto sorprendida.

Ainsley soltó un gritito y dejó a la niña sobre la hierba.

—Me ha mojado todo el vestido —protestó.
—Sí, es lo que tienen los bebés —dijo Clara.

La niña empezó a chillar. Yo la cogí con reparo y se la di a su madre. Estaba dispuesta a ayudarla, pero solo hasta cierto punto.

Clara levantó a la niña.

—Pero bueno, si pareces una boca de incendios —le dijo en tono tranquilizador —. Has ensuciado el vestido de la amiga de mamá, ¿verdad? La mancha se quitará al lavarla, Ainsley. Pero es que no queríamos ponerte braguitas de plástico con este calor, ¿verdad, marranita? No os creáis nunca lo que os digan sobre el instinto maternal —añadió sonriéndonos—. No entiendo que alguien pueda querer a sus hijos hasta que se conviertan en seres humanos.

Joe apareció en el porche con un trapo sujeto al cinturón a modo de delantal.

—¿Alguien quiere una cerveza antes de cenar?

Ainsley y yo aceptamos al momento.

—Y a mí tráeme un poco de vermut, por favor, cariño —dijo Clara—. No puedo beber otra cosa. Todo lo demás me sienta mal. Joe, ¿puedes cambiar a la niña?

Joe bajó la escalera y la cogió en brazos.

—Por cierto —comentó él—, no habrás visto a Arthur por aquí, ¿verdad?
—Oh, no, ¿dónde se ha metido ahora ese monstruo? —preguntó Clara mientras Joe desaparecía en el interior de la casa. Parecía una pregunta retórica—. Creo que ha aprendido a abrir la puerta de atrás. ¡Será cabroncete! ¡Arthur! Ven, cariño —lo llamó sin energía.

Al fondo del estrecho jardín, la ropa del tendedero, que colgaba casi hasta rozar el suelo, se separó y, tras unas manos rechonchas, apareció el hijo mayor de Clara. Igual que la niña, solo llevaba puesto un pañal. Vaciló, mirándonos con desconfianza.

—Ven, cielo, vamos a ver qué has estado haciendo. Y no toques las sábanas limpias —ordenó sin convicción.

Arthur se acercó a nosotras levantando mucho los pies a cada paso. La hierba debía de hacerle cosquillas. Llevaba el pañal muy suelto, sujeto solo por la fuerza de la voluntad, por debajo de la abultada barriga con el ombligo salido. Tenía el ceño fruncido.

Joe volvió con una bandeja.

—La he metido en la cesta de la colada —anunció—. Está jugando con las pinzas de la ropa.

Arthur había llegado donde estábamos y se había quedado junto a la silla de su madre, con el ceño aún fruncido.

—¿Por qué pones esa cara, diablillo? —Le pasó la mano por detrás y le palpó el pañal—. Me lo suponía —suspiró—. Tanto silencio no podía ser bueno. Marido, tu hijo se ha cagado otra vez. No sé dónde. En el pañal no está.

Joe nos alargó las bebidas, se arrodilló y le habló a su hijo con serenidad no exenta de firmeza.

—Enséñale a papá dónde lo has dejado.

Arthur alzó la vista para mirarlo, indeciso sobre si sonreír o hacer un puchero. Finalmente, avanzó con paso sorprendentemente seguro hasta un lado del jardín, donde se agachó junto a unos crisantemos rojos y medio marchitos, y se quedó mirando muy concentrado el parterre.

—Buen chico —asintió Joe, que volvió a entrar en la casa.
—Este niño es una criatura de la naturaleza, le encanta cagarse en el jardín —nos comentó Clara—. Se cree que es un dios de la fertilidad. Si no lo limpiáramos, esto estaría lleno de estiércol. No sé qué hará cuando nieve. —Cerró los ojos—. Hemos intentado enseñarle a hacerlo en el baño, aunque según algunos libros es demasiado pronto, y le hemos comprado un orinal de plástico. Pero no tiene ni idea de para qué sirve. Se lo pone en la cabeza, supongo que se imagina que es un casco.

Nos quedamos mirándolo, dando sorbos a la cerveza, mientras Joe cruzaba el jardín y regresaba con una hoja de papel de periódico doblada.

—Cuando tenga este, empezaré a tomar la píldora —dijo Clara.

Cuando Joe terminó de preparar la cena, entramos en casa y comimos, sentados a la aparatosa mesa del comedor. A la niña ya le habían dado el biberón y estaba exiliada en el cochecito, en el porche delantero, pero Arthur estaba sentado en una sillita alta, desde donde esquivaba, con contorsiones espasmódicas, las cucharadas de comida que Clara le acercaba a la boca. La cena consistía en unas albóndigas arrugadas y en unos fideos instantáneos, acompañados de lechuga. De postre comimos algo que me resultaba conocido.

—Es ese arroz con leche que ya viene preparado. Te ahorras mucho tiempo —comentó Clara, justificándose—. Y con nata no está tan mal. A Arthur le encanta.
—Sí, pronto sacarán otros con sabor a naranja y a caramelo.
—¿Ah, sí? —Clara interceptó hábilmente un chorro de arroz con leche que había escupido Arthur y lo devolvió a su boca.

Ainsley sacó un cigarrillo y se lo acercó a Joe para que este se lo encendiera.

—Dime una cosa —le dijo—, ¿tú conoces a ese amigo de ellas, Leonard Slank? No hay forma de que suelten prenda.

Joe no había dejado de levantarse y sentarse durante toda la cena, llevándose los platos y ocupándose de la cocina. Parecía mareado.

—Ah, sí, me acuerdo de él, aunque en realidad es amigo de Clara.

Se terminó el arroz con leche a toda prisa y le preguntó a Clara si necesitaba ayuda, pero ella no le oyó. Arthur acababa de tirar su plato al suelo.

—¿Pero qué opinas de él? —le preguntó Ainsley, como si apelara a su inteligencia superior.

Joe se quedó mirando la pared, pensativo. Yo sabía que no le gusta emitir juicios negativos, pero también sabía que Len no le caía bien.

—Es poco ético —dijo al fin. Joe es profesor de filosofía.
—No me parece justo que digas eso —intervine—. Len nunca ha sido poco ético conmigo.

Joe me miró con el ceño fruncido. No tiene mucha confianza con Ainsley, y además tiende a ver a todas las mujeres solteras como víctimas propiciatorias y, por tanto, necesitadas de protección. Ya me había ofrecido en varias ocasiones sus consejos paternales sin que yo se los pidiera, y ahora se limitó a redundar en su opinión.

—No es una persona… recomendable —añadió secamente. A Ainsley se le escapó una carcajada y soltó el humo, indiferente.
—Eso me recuerda que has de darme su teléfono —dije.

Después de la cena nos sentamos en el salón, que estaba hecho un desastre, mientras Joe recogía la mesa. Me ofrecí a ayudarle, pero aseguró que no hacía falta, que prefería que fuera a charlar con Clara. Ella se había instalado en el sofá, sobre un nido de periódicos arrugados, con los ojos cerrados. Seguía sin saber qué decirle. Me quedé ahí sentada, contemplando el centro del techo, donde había una elaborada moldura, de la que en otro tiempo tal vez colgó alguna lámpara de brazos. Recordaba a la Clara del instituto, una niña alta y frágil siempre eximida de las clases de educación física. Se quedaba en el borde del campo, mirándonos a las demás, vestidas con nuestros pantalones cortos azules, como si una actividad tan inútil que hacía sudar tanto le pareciera demasiado ajena como para resultarle un entretenimiento razonable. En aquella clase, llena de adolescentes gordas a base de patatas fritas aceitosas, ella era para cualquiera el ideal de una feminidad etérea, de anuncio de perfume. En la universidad su salud había mejorado un tanto, pero se había dejado crecer el pelo rubio, lo que le había dado un aspecto aún más medieval: yo la relacionaba con las damas que, en los tapices, se sentaban en las rosaledas. Su mentalidad no era esa, claro, pero yo siempre me he dejado guiar por las apariencias.

Se casó con Joe Bates en mayo del segundo año de carrera y al principio me pareció que formaban una pareja perfecta. Joe ya se había licenciado, era casi siete años mayor que ella; un hombre alto y velludo, que andaba algo encorvado y tenía una actitud protectora hacia Clara. La veneración mutua que se profesaban antes de la boda rayaba a veces en un idealismo ridículo; parecía que Joe estuviera siempre dispuesto a extender su gabardina sobre los charcos para que ella no se mojara, o a arrodillarse para besarle las botas de goma. No habían planificado lo de los hijos: Clara recibió la noticia de su primer embarazo con el asombro de quien no puede creer que algo así le esté pasando, y la del segundo con consternación. El tercero la había sumido en un fatalismo inexorable pero inerte. Las metáforas que empleaba para referirse a sus hijos incluían percebes colonizando un barco y lapas aferrándose a una roca.

La miré, sintiendo que me invadía una oleada de lástima. ¿Qué podía hacer yo? ¿Y si me ofrecía para ayudarle a limpiar la casa? Desde luego, Clara no era una persona práctica, no era capaz de controlar los aspectos más prosaicos de la vida, como el dinero o la puntualidad. Cuando vivíamos juntas en la residencia de estudiantes, a veces se quedaba como perdida sin remedio en su habitación, incapaz de encontrar un zapato o ropa limpia que ponerse, y yo tenía que sacarla de aquel montón de trastos que había dejado que se acumularan a su alrededor. Su desorden no era activo ni creativo, como el de Ainsley, que es capaz de devastar una habitación en cinco minutos cuando está en vena; lo de Clara era pasivo. Se limitaba a quedarse ahí de pie, desvalida, mientras la marea de porquerías se elevaba alrededor, incapaz de detenerla o de escapar. Con los bebés le pasaba lo mismo. De algún modo su propio cuerpo parecía estar más allá de sí misma, ir a su aire prescindiendo de sus órdenes. Me fijé en el vistoso estampado floreado de su vestido premamá. Los pétalos estilizados y los pedúnculos se movían siguiendo el ritmo de su respiración, como si estuvieran vivos.

Nos fuimos temprano, después de que se llevaran a Arthur a la cama gritando, después de que Joe definiera como «accidente» algo que el niño había hecho detrás de la puerta del salón.

—No ha sido ningún accidente —puntualizó Clara—. A ese le encanta mearse detrás de las puertas. No sé por qué será. De mayor será muy discreto, agente secreto o diplomático o algo así. El cabrón furtivo.

Joe nos acompañó a la puerta cargado con un montón de ropa sucia.

—Tenéis que volver a visitamos pronto —dijo—. Clara tiene a muy poca gente con quien hablar de verdad.

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