La última carta de Stefan Zweig

José Luis Barrera

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UNO

21 febrero de 1942. En Nueva York, el señor Alfred Zweig, empresario austriaco en el exilio, recibió una carta de su hermano Stefan, famoso escritor, afincado en Brasil desde hacía varios meses.

El documento tardó una semana en llegar al destinatario y era un himno a la intrascendencia enfocado en contratos de alquiler y deudas. La historia lo habría metido en el cajón del olvido si, al día siguiente, Stefan y Lotte, su segunda mujer, no se hubieran suicidado en Petrópolis.

Como sucede casi siempre con las tragedias, esta se llenó de incógnitas. Ninguna de las cartas enviadas a colegas y familiares durante las semanas anteriores contenía una justificación razonable, pero la absorción de Austria dentro de la gran barriga del Reich nazi quizá fue el detonante.

Al principio, los síntomas no se dejaron ver, sin embargo, como estafilococo carnívoro, la tristeza y el miedo devoraron lentamente el corazón de él y de otros intelectuales de Europa.

Apenas una semana antes del suicidio, el 15 de febrero, los aliados habían sufrido una derrota terrible en Singapur y muchos vieron aquello como un presagio fatal. Hasta entonces, el bando liderado por el Reino Unido había sufrido tantos reveses que ni el ingreso de Estados Unidos parecía conjurar la derrota.

La familia Zweig, otrora rica, ahora había perdido todas sus posesiones: la fábrica que fue la fuente de riqueza, confiscada; la casa de Viena, en manos del gobierno central del Reich; y la mansión de Salzburgo que Stefan convirtió en su cuartel general por al menos un lustro fue subastada por el gobierno de la provincia sin que su dueño recibiera jamás el dinero de la venta.

Por otra parte, colecciones, libros y hasta derechos de autor desaparecieron en el remolino de los despachos de las SS, al tiempo que las obras de Stefan Zweig eran prohibidas en todo el territorio de la nueva Alemania y los textos ya impresos iban a parar en piras que niños de las Juventudes Hitlerianas armaban al son de marchas militares tan alegres que resultaban ridículas.

El “judío decadente Zweig” pasó, en cuestión de meses, de las listas de autores best seller en Alemania y Austria a ser un anatema y cualquier editorial que intentase publicar sus obras corría el riesgo de ser cerrada.

Este destino lo compartió con muchos intelectuales judíos, incluido su amigo Sigmund Freud.

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DOS

La otra guerra, la de 1914 que iba a ser la última, Stefan Zweig la pasó en los despachos del Imperio Austro Húngaro.

Los militares, conscientes de la incompetencia de cualquier intelectual para la acción, lo condenaron a una oficina donde debía escribir la versión victoriosa de una guerra que su país estaba perdiendo. Para ellos, un cargo en la Oficina Militar de Prensa era humillante, pero para Zweig, un alivio.

El trabajo era distópico: sentado frente a una mesa, recibía a diario los informes del movimiento de las tropas, los partes de guerra y cables de noticias, eliminando la información capaz de provocar baja de moral en militares y civiles.

Para un pacifista cuyos amigos, en buena proporción, se encontraban en el bando contrario, aquella resultaba una tarea horrenda, aunque preferible si enterrarse en una trinchera era la otra alternativa.

Su primera esposa, Friderike, movió todas sus influencias para lograr que Zweig fuese admitido en la Oficina de Prensa y que, aparte de algún viaje de propaganda, a nadie se le ocurriese mandarlo a un frente del que difícilmente se podía salir.

No obstante, esa tabla de salvación no lo libró de los golpes. Émile Verhaeren, poeta belga al que admiraba hasta el punto de traducir su obra, se tornó en un enemigo acérrimo. Para este, alemanes y austriacos se convirtieron en criminales.

El intercambio de cartas, además, estaba muy restringido. Amigos de un lado solo podían saber de los del contrario a través de terceros que viviesen en países neutrales como Suiza y, aun así, no era seguro que la información llegara, abonando el campo de batalla con malos entendidos y separaciones entre gente antes muy cercana.

Cualquier proyecto literario quedó aparcado, obligando a Zweig a que se concentrara en ser un magnífico “peluquero de héroes”.

La expresión se usaba en broma entre los funcionarios de la Oficina Militar de Prensa y resumía sutilmente el desprecio para con su patriótica tarea.

En cualquier caso, a escondidas, se puso a trabajar en una obra de teatro, Jeremías, que era una forma de resistencia, un acto de rebeldía intelectual.

El libreto, enmascarado en el relato bíblico, ocultaba una loa al pacifismo y un desprecio terrible por la guerra. De ahí que, a través de sus contactos, gestionó el estreno en Suiza, país que desde el siglo diecinueve se había declarado no beligerante.

El 27 de noviembre de 1916, dos años antes del fin de la Gran Guerra y apenas una semana después de la muerte del penúltimo emperador de Austria, Verhaeren, el amigo convertido en antagonista, falleció luego de caer a los rieles del tren en Ruán. Había estado en aquella ciudad impartiendo una de esas conferencias en contra del agresor germano que tanto desesperaban a Zweig. A este la noticia le llegaba el mismo día de su cumpleaños.

Frederike, temiendo que cayera en depresión o, peor, que los fracasos en la guerra lo extirparan de la Oficina de Prensa para refrescar con sus treinta y cinco años a las tropas agotadas, se dedicó a mover sus influencias una vez más con el fin de conseguirle una misión de propaganda en Suiza.

La aprobación del permiso llegó un año después, al mismo tiempo que se concretaba la compra de una finca en las laderas de Salzburgo y de que cierto teatro en Zurich aceptase estrenar su Jeremías.

El funcionario que había ayudado a Frederike en sus gestiones fue su antiguo suegro, el progenitor del hombre al que ella abandonó para huir con Stefan.

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TRES

Stefan Zweig llegó al final de la Primera Guerra Mundial sin haber tenido un verdadero bautizo de fuego y con la esperanza de que Europa, al fin, funcionaría como unidad.

El crack de 1929 fue la evidencia de que aquello era imposible.

El fascismo cruzaba espadas con los comunistas en Italia y Alemania, al tiempo que las bolsas de valores del mundo sufrían catastróficos colapsos. De la noche a la mañana, un rico podía convertirse en pobre y millones de marcos servir apenas para comprar un caramelo.

De forma paradójica, la década que empezó en 1925 fue la mejor tanto económica como creativamente para Zweig.

Sus libros llenaban los estantes de las librerías y cada año aparecía una oferta de alguna editorial empeñada en traducir sus textos desde el alemán al ruso o al finés.

Escritores contemporáneos veían en el austriaco a un productor de best-sellers, llamándolo “Stefan Zweig & Co.” o la “fábrica Zweig”. Él, por otro lado, ignoraba cualquier clase de sarcasmo porque su vida parecía encausarse y la seguridad sobre su trabajo se refrendaba con la amistad y buenos auspicios de personajes como Hermann Hesse o Romain Rolland.

La clave del éxito de sus obras es que conjugaban la simpleza con la plasticidad en el lenguaje, de modo que tanto el público con fuerte formación intelectual como el que solo leía por placer en un viaje de verano era capaz de entenderlo y disfrutar.

Además, las biografías, género en el que empezó a volverse especialista, contenían una característica novedosa: iban más allá de un recuento de los acontecimientos de la vida de los personajes, enfocándose en su sicología.

Para Zweig, admirador de Freud y de las corrientes contemporáneas de la Psiquiatría, el hombre, héroe o villano, actúa empujado por una lógica indetectable a primera vista. Solo una lectura meticulosa del pasado, incluyendo la formación y hasta los primeros años de cada personaje, permite comprenderlo y, a través de él, a toda la Historia.

La celebridad de Zweig lo llevó de Inglaterra hasta la Unión Soviética, pasando por Francia, los Países Bajos y España. En cada viaje dictaba conferencias y firmaba autógrafos y su editorial, la alemana Insel Verlag, hacía hasta lo imposible por repartir volúmenes de su obra en las ciudades europeas.

Acaso el éxito hizo que el escritor viese con irracional optimismo la intervención de Mussolini en favor de Austria ante la amenaza del nazismo que, liderado por Adolf Hitler, buscaba absorber para el imperio alemán a la pequeña nueva república.

Con el pasar de los meses, el panorama empezó a oscurecerse de forma lenta pero constante. Los periódicos se llenaban con noticias protagonizadas por violentas partidas de nazis, mientras los defensores de la independencia austriaca permanecían enfrascados en luchas intestinas.

Zweig comprendió que la paz era solo un intervalo entre tormentas cuando, cierta mañana, una patrulla de policía irrumpió en su propiedad de Salzburgo para revisarla en busca de armas que, según cierta denuncia, él escondía para la fantástica insurrección de los socialistas en contra del gobierno del canciller Dollfuss.

Era febrero de 1934 y el registro de la casa coincidía con su separación de la editorial Insel, que, por otra parte, estaba soportando el cerco del Ministerio de Propaganda alemán, enemigo declarado del “judío Zweig”.

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CUATRO

Stefan abandonó Austria, sin embargo, pese a ser un apasionado viajero que había llegado incluso a la India durante su juventud, era incapaz de entender el mundo sin el lente geográfico y estético de su tierra. Verse obligado a dejar la patria de forma definitiva fue una conmoción letal.

Se separó de su mujer, iniciando enseguida un romance con su secretaria, Lotte, que acabaría en matrimonio poco después.

Empezó también los trámites para la venta de su casa en Salzburgo, al tiempo que se asentaba en Londres y liquidaba sus colecciones de autógrafos y antigüedades armadas desde el tiempo de la universidad.

De esos años destaca una fotografía en la que se lo puede ver envejecido y con sonrisa nerviosa en medio del estudio de televisión de la BBC. Viste un traje negro, su mano izquierda busca algo, tal vez respuestas, dentro del bolsillo de la chaqueta y sus ojos parecen mirar a un monstruo extradiegético.

Las preguntas que le hicieron en la entrevista, de las que solo queda una transcripción, fueron intrascendentes: “¿cuáles son sus libros favoritos?”, “¿qué es lo que más le gusta de Londres?”, etcétera.

Zweig quedó tan desalentado con esta primera y única incursión en el naciente medio que cada vez se hizo más reacio a los actos públicos y las charlas con periodistas.

Luego vino la ocupación alemana de Checoslovaquia y el bombardeo japonés a Pearl Harbor. Stefan y Lotte huyeron hacia América y aunque Estados Unidos y Brasil los recibieron con toda clase de homenajes, la suerte estaba echada.

Como uno de sus propios personajes, Zweig se dedicó a vivir su último capítulo terminando los trabajos pendientes, entre los que destaca su autobiografía.

Originalmente, El mundo del ayer estaba destinado a contar su historia desde la infancia en Viena hasta el registro de su propiedad en Salzburgo, pero, con sagacidad, pronto entendió que su vida, la de cualquiera en realidad, no tenía sentido por sí sola. El color y la textura aparecerían describiendo a los hombres y mujeres que, con su amor o su odio, lo convirtieron en el exiliado de entonces.

La obra pasó de ser una simple colección de memorias a una radiografía extraordinaria de al menos dos generaciones de europeos que se tambaleaban entre la locura y la guerra. El mundo del ayer llegó a los estantes junto con la noticia del suicidio de su autor.

Al tiempo que cientos de compradores abrían los libros como si se tratase de víctimas sacrificiales, el ejército estadounidense se embarcaba en una guerra cuyo fin solo se produjo tres años después con la detonación de las bombas atómicas.

La muerte había salvado a Zweig de convertirse otra vez en “peluquero de héroes”.

Publicado en la edición de abril 2008 de la Revista Mundo Diners de Ecuador

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