La mujer comestible (I)

Margaret Atwood

 

 

Primera parte

1

Sé que el viernes, al levantarme, me encontraba bien. Tal vez un poco más apática que de costumbre. Cuando entré en la cocina para prepararme el desayuno, Ainsley ya estaba ahí, derrotada. Me dijo que la noche anterior había ido a una fiesta horrible. Me juró que solo había estudiantes de odontología, cosa que la había deprimido tanto que había tenido que consolarse emborrachándose.

—No tienes ni idea de lo pesado que es tener que aguantar veinte conversaciones sobre la cavidad bucal de la gente —dijo—. La reacción más intensa que conseguí provocarles fue cuando les describí un flemón que había tenido. Oye, se les hizo la boca agua. En general los hombres suelen fijarse en otras cosas, además de en los dientes, por el amor de Dios.

Tenía resaca, cosa que me animó —me hacía sentir mucho más sana—, y le serví un vaso de zumo de tomate y le preparé un alka-seltzer mientras la escuchaba y respondía a sus quejas con murmullos de asentimiento.

—Como si no tuviera bastante con el trabajo —añadió.

Ainsley trabaja como controladora de cepillos defectuosos en una empresa de cepillos de dientes eléctricos. Es un empleo temporal. En realidad espera entrar en una galería de arte de esas pequeñas, aunque no paguen mucho. Quiere conocer pintores. El año pasado, me dijo, le dio por los actores, hasta que llegó a conocer a algunos.

—Es una auténtica fijación —prosiguió—. A lo mejor es una sensación mía, pero seguro que todos llevan esos espejitos en los bolsillos del abrigo y cada vez que van al baño se inspeccionan los dientes para asegurarse de que aún no tienen caries. —Se pasó la mano lentamente por el pelo, que era largo y rojizo tirando a caoba—. ¿Te imaginas darle un beso a uno de esos? De entrada te diría «Abre bien la boca». Qué manía, oye.

—Debió de ser horrible —le dije, y volví a llenarle el vaso—. ¿No podrías haber cambiado de tema?

Ainsley arqueó las cejas casi inexistentes, que aún no se había pintado esa mañana.

—Pues claro que no. Yo fingía que estaba de lo más interesada. Y por supuesto no les hablé de mi trabajo. A los hombres con carrera no les hace ninguna gracia que sepas algo sobre su especialidad. Pero qué te voy a contar, si a Peter le pasa lo mismo.

Ainsley siempre se mete con Peter, sobre todo cuando no se encuentra bien. Yo, que me sentía magnánima, no protesté.

—Tendrías que comer algo antes de ir a trabajar. Con el estómago vacío es peor.
—Oh, Dios mío. No puedo soportarlo. Otro día de máquinas y de bocas. Hace meses que no pasa nada interesante, desde lo de aquella señora que nos devolvió su cepillo porque se le caían las cerdas y descubrimos que lo lavaba con Ajax.

Me metí tanto en el papel de benefactora de Ainsley y me recreé tanto en mi superioridad moral que no me percaté de lo tarde que era hasta que me lo recordó ella. En la empresa de cepillos eléctricos no les importa a qué hora llegas, pero en la mía les gusta la puntualidad. Así que tuve que prescindir del huevo y me tomé la leche y los cereales a todo correr, consciente de que volvería a tener hambre mucho antes de la hora de comer. Le di un bocado a un trozo de pan mientras Ainsley me miraba en silencio, con cara de asco; cogí el bolso y salí, dejando que fuera ella la que cerrara la puerta.

Vivimos en la planta superior de una casa grande, en uno de los barrios más antiguos y elegantes, en lo que supongo que debían de ser las dependencias del servicio. Ello implica que entre nosotras y la puerta de entrada hay dos tramos de escalera: el superior, más estrecho y empinado, y el inferior más ancho y con alfombra, aunque algunas de las varillas que la sostienen están sueltas. Como en la empresa me exigen que lleve zapatos de tacón, tengo que bajar de lado, agarrándome a la barandilla. Aquella mañana ya había conseguido superar la hilera de calentadores de latón colgados de la pared de nuestro rellano, había evitado tropezar con la rueca de muchos brazos del segundo descansillo y había pasado deprisa por delante de la deshilachada bandera protegida por un cristal y de la fila de antepasados en sus marcos ovales que montan guardia en el primer tramo. Constaté con alivio que no había nadie en el vestíbulo. Me dirigí a la puerta, maniobrando para esquivar la planta de plástico que había a un lado y el velador con su tapete de ganchillo y su bandeja de cobre que había al otro. Del otro lado de la cortina de terciopelo, a la derecha, oía a la niña que ejecutaba sus ejercicios de piano. Me creí a salvo.

Pero antes de llegar a la puerta, vi que las bisagras cedían un poco y que se abría un resquicio, y entonces supe que estaba atrapada. Era la señora de abajo. Llevaba unos guantes de jardinería inmaculados y sostenía una pala pequeña. Me pregunté a quién habría enterrado en el jardín.

—Buenos días, señorita MacAlpin —me saludó.
—Buenos días. —Incliné un poco la cabeza y le sonreí. Nunca me acuerdo de cómo se llama, y a Ainsley le pasa lo mismo; supongo que las dos tenemos lo que se conoce como bloqueo mental con ella. Estiré el cuello y miré en dirección a la calle, pero ella no hizo ademán de apartarse.
—Ayer salí —me informó—. Fui a una reunión. —Siempre aborda los temas de forma indirecta. Yo me apoyé en el otro pie y sonreí, esperando que se diera cuenta de que llevaba prisa—. La niña me ha dicho que hubo otro incendio.
—Bueno, no fue exactamente un incendio —puntualicé. La niña había aprovechado que hablábamos de ella para dejar de practicar y ahora estaba de pie junto a la cortina de terciopelo que daba acceso a la sala, mirándome. Es una criatura grandota de unos quince años que acude a un colegio privado para niñas y tiene que llevar un uniforme verde con calcetines altos a juego. Estoy convencida de que en realidad es bastante normal, pero el lacito que corona su corpachón le da cierto aspecto de retrasada.

La señora de abajo se sacó uno de los guantes y se arregló un poco el moño.

—Pues la niña me ha dicho que había mucho humo —añadió con dulzura.
—Estaba todo controlado —insistí yo, esta vez sin sonreír—. Eran solo las costillas de cerdo.
—Entiendo. Bueno, espero que le diga a la señorita Tewce que procure no hacer tanto humo. La niña se inquieta.

Considera que Ainsley es la única responsable del humo; a lo mejor cree que lo saca por la nariz como si fuera un dragón. Pero a Ainsley nunca la aborda en el vestíbulo para decirle nada. Solo me para a mí. Sospecho que ha decidido que Ainsley no es respetable y que yo sí lo soy. Seguramente es por nuestra manera de vestir; Ainsley dice que yo escojo la ropa como si fuera un camuflaje o una capa de protección, aunque yo no veo nada de malo en eso. A ella le va más el rosa chillón.

Evidentemente, perdí el autobús. Al cruzar el jardín vi que se alejaba por el puente seguido de una nube de humo. Mientras esperaba el siguiente, de pie bajo un árbol —en nuestra calle hay muchos, todos ellos enormes—, Ainsley salió de la casa y se unió a mí. Es toda una artista en vestirse en un momento. Yo no podría arreglarme en tan poco tiempo. Tenía mucho mejor aspecto —tal vez por efecto del maquillaje, aunque con Ainsley nunca se sabe— y se había recogido el pelo caoba en lo alto de la cabeza, como siempre que va a trabajar. El resto del tiempo se lo deja suelto. Llevaba puesto su vestido naranja y rosa sin mangas, que en mi opinión le ceñía demasiado las caderas. Iba a hacer un día húmedo y de mucho calor; yo ya notaba que a mi alrededor se iba condensando una especie de atmósfera privada, como una bolsa de plástico. A lo mejor también debería haberme puesto un vestido sin mangas.

—Me ha pillado en la entrada —le dije—. Por lo del humo.
—Esa vieja bruja. ¿Por qué no se meterá en sus asuntos?

Ainsley no es de un pueblo pequeño, como yo, y por eso no está acostumbrada a que la gente sea fisgona. Tampoco le da tanto miedo. No es consciente de las consecuencias.

—No es tan vieja —repliqué mirando hacia las ventanas de la casa, que tenían las cortinas corridas, aunque sabía que no nos oía—. Además, no fue ella la que se dio cuenta del humo, fue la hija. Ella había ido a una reunión benéfica.
—Ya, de la Unión de Mujeres Cristianas por la Abstinencia —dijo Ainsley—. O de las Hijas del Imperio. Seguro que no fue a ninguna reunión. Se escondió detrás de esa maldita cortina para hacernos creer que había salido y ver si hacíamos algo gordo de verdad. Ella lo que quiere es una orgía.
—Chica, lo tuyo ya es paranoia.

Ainsley está convencida de que, cuando salimos, la señora de abajo sube y registra nuestro piso y se horroriza en silencio, y hasta sospecha que nos controla la correspondencia, aunque no se atreve a leerla. La verdad es que a veces abre la puerta antes de que nuestras visitas llamen al timbre. Debe de creerse con derecho a tomar ciertas precauciones. Cuando al principio nos interesamos por el piso, nos dejó muy claro, mediante veladas alusiones a anteriores inquilinos, que lo más importante para ella era no corromper la inocencia de la niña, y que seguramente era más prudente alquilárselo a dos chicas que a dos chicos.

—Hago todo lo que puedo —dijo suspirando y meneando la cabeza. Nos había confiado que su esposo, cuyo retrato al óleo colgaba sobre el piano, no le había dejado tanto dinero como habría debido—. Ya habrán visto que su apartamento no dispone de entrada independiente. —No era la primera vez que hacía más hincapié en los inconvenientes que en las ventajas, casi como si no quisiera que lo alquiláramos. Yo le aseguré que nos hacíamos cargo. Ainsley no abrió la boca. Habíamos acordado que yo me encargaría de hablar y ella se sentaría y pondría cara de niña buena, cosa que le sale de maravilla cuando quiere: tiene el rostro rosado y blanco, redondeado, de bebé, la nariz chata y unos enormes ojos azules que puede abrir mucho hasta que parecen pelotas de ping-pong. Ese día incluso había conseguido que se pusiera guantes.

La señora de abajo volvió a menear la cabeza.

—Si no fuera por la niña vendería la casa. Pero quiero que se críe en un buen barrio.

Le aseguré que lo entendía y ella comentó que estaba claro que la zona ya no era tan buena como antes; algunas de las casas más grandes eran demasiado caras de mantener y sus propietarios se habían visto obligados a venderlas a inmigrantes (las comisuras de los labios se le arquearon ligeramente hacia abajo) que las habían convertido en pisos compartidos.

—Pero en nuestra calle eso aún no ha pasado. Y yo ya le tengo dicho a la niña por qué sitios puede pasar y cuáles debe evitar.
—Yo comenté que me parecía sensato. Antes de firmar el contrato, me pareció una persona de trato más fácil. Y el alquiler era muy bajo, y la casa quedaba cerca de la parada del autobús. Para estar en la ciudad, era una ganga.
—Además —le dije a Ainsley—, tienen todo el derecho de preocuparse por el humo. ¿Y si hubiera un incendio? Y eso que nunca ha mencionado las otras cosas.
—¿Qué otras cosas? Si nunca hemos hecho nada.
—Bueno… —Sospechaba que la señora de abajo había tomado buena nota de todos los objetos con forma de botella que subíamos a casa, aunque yo me esforzaba por disimularlas. En realidad nunca nos ha prohibido nada en concreto (eso habría sido una violación demasiado flagrante de su ley del matiz), pero así solo consigue que me sienta como si no pudiera hacer nada.
—En noches silenciosas —dijo Ainsley mientras el autobús se acercaba— la oigo excavando túneles en la madera.

En el autobús no hablamos. A mí no me gusta charlar en los autobuses, prefiero mirar los anuncios. Además, Ainsley y yo no tenemos mucho en común, aparte de la señora de abajo. La conozco solo desde poco antes de que compartiéramos el apartamento. Era amiga de una amiga mía y buscaba compañera de piso al mismo tiempo que yo, que es como normalmente ocurren estas cosas. Tal vez debería haberla buscado por ordenador, aunque en líneas generales no nos ha ido tan mal. Nos llevamos bien gracias a una adaptación simbiótica de hábitos y reduciendo al mínimo esa hostilidad velada que suele darse entre mujeres. Nuestro piso nunca está limpio del todo, pero por un acuerdo tácito procuramos que no se acumule más que una fina película de polvo; si yo lavo los platos del desayuno, ella se ocupa de los de la cena; si barro el salón, ella le pasa un trapo a la mesa de la cocina. Es un trato a dos bandas, y las dos sabemos que si una de las dos falla, la cosa se desmonta. Claro que cada una tiene su dormitorio y lo que pase en su interior es estrictamente de la incumbencia de su propietaria. El suelo de la habitación de Ainsley, por ejemplo, está cubierto de una peligrosa combinación de ropa sucia y ceniceros esparcidos aquí y allá como un camino de piedras, pero aunque a mí me parece que podría provocarse un incendio, nunca se lo menciono. Gracias a que las dos nos controlamos —supongo que ella también se controla, porque seguro que hay cosas que no le gustan de mí— conseguimos mantener un equilibrio razonable.

Llegamos a la estación del metro, donde me compré una bolsa de cacahuetes. Ya empezaba a tener hambre. Le ofrecí unos cuantos a Ainsley, pero me dijo que no le apetecían, así que me los comí yo todos camino del centro.

Nos bajamos en la penúltima parada en dirección sur y caminamos juntas una manzana; nuestras empresas están en la misma zona.

—Por cierto —me dijo cuando ya estaba doblando la esquina de mi calle—, ¿tienes tres dólares? Se nos ha terminado el whisky.

Busqué en el monedero y se los di, no sin cierta sensación de injusticia: compartimos la cuenta, pero rara vez el contenido. Cuando tenía diez años escribí una redacción sobre la abstinencia en un concurso de catequesis de la Iglesia Unida. Lo ilustré con imágenes de accidentes de coche, dibujos de hígados enfermos y tablas que mostraban los efectos del alcohol en el sistema circulatorio. Supongo que por eso no soy capaz de tomarme una segunda copa sin que me venga a la mente una señal de peligro pintada con lápices de colores y asociada al sabor del mosto rancio que nos daban durante la comunión. Eso me coloca en situación de desventaja con respecto a Peter: a él le gusta que le siga el ritmo.

Mientras me acercaba a toda prisa al edificio de mi oficina, me descubrí envidiando el trabajo de Ainsley. Aunque el mío está mejor pagado y resulta más interesante, el suyo es más temporal; ella sabe lo que quiere hacer después. Además, trabaja en un edificio nuevo y brillante con aire acondicionado, mientras que el mío es de ladrillo sucio y con las ventanas pequeñas. Y encima su trabajo se sale de lo normal. Cuando conoce a alguien en una fiesta, todos se sorprenden cuando les dice que controla la calidad de los cepillos de dientes eléctricos defectuosos, y entonces ella les responde: «¿Qué otra cosa se puede hacer hoy en día con una licenciatura en Filosofía y Letras?». En cambio mi empleo es de lo más previsible. También se me ocurrió que en realidad yo estoy mejor preparada que ella para ese trabajo. Por lo que veo en casa, estoy segura de que mis capacidades mecánicas son superiores a las suyas.

Por fin llegué al despacho, tres cuartos de hora tarde. Nadie dijo nada, pero todas se dieron cuenta.

.

2

Dentro la humedad era peor. Sorteé los escritorios de las señoras y me dirigí a mi rincón. En cuanto me hube instalado tras la máquina de escribir, ya noté los muslos pegados a la tapicería de polipiel de la silla. Constaté que el sistema de airé acondicionado se había vuelto a estropear, aunque como en realidad se trata solo de un ventilador que da vueltas en el centro del techo y remueve el aire como una cuchara en un plato de sopa, no importa demasiado si funciona o no. Pero para la moral de las señoras no era nada bueno ver las aspas colgando inmóviles ahí arriba, porque daba la sensación de que no se estaba haciendo nada al respecto, y elevaba su inercia a cotas aún más altas. Permanecían agazapadas en sus asientos, quietas como sapos, abriendo y cerrando la boca. Los viernes siempre son malos en la oficina.

Ya había empezado a teclear lánguidamente en la máquina de escribir húmeda cuando la señora Withers, la dietista, abrió la puerta, se detuvo e inspeccionó la sala. Llevaba su habitual peinado a lo Betty Grable y unos zapatos abiertos por delante, y parecía que llevara hombreras a pesar de ir con un vestido sin mangas.

—Ah, Marian —dijo—. Has llegado justo a tiempo. Necesito a otra catadora para el arroz con leche, y ninguna señora parece tener hambre esta mañana.

De pronto cambió la trayectoria y se dirigió a la cocina. Por algún motivo, los dietistas son inasequibles al desaliento. Me despegué de la silla, sintiéndome como una voluntaria a la que hubieran escogido a dedo, pero me obligué a recordar que a mi estómago no le sentaría mal otro desayuno.

En la diminuta e inmaculada cocina me explicó su problema mientras llenaba tres cuencos de vidrio con cantidades iguales de arroz con leche.

—Tú trabajas con cuestionarios, Marian, tal vez puedas ayudamos. No estamos seguros de si pedir que prueben los tres sabores durante la misma comida o cada uno por separado, en comidas consecutivas. O tal vez sería mejor que los probaran por pares, vainilla y naranja en una comida, por ejemplo, y vainilla y caramelo en otra. Evidentemente, queremos que las respuestas sean lo más objetivas posible, e influye tanto lo que coman antes…; los colores de las verduras, el mantel y todo eso.

Probé el de vainilla.

—¿Cómo valorarías el color? —me preguntó con impaciencia, lápiz en ristre para anotar mi respuesta—. ¿Natural? ¿Algo artificial? ¿Claramente no natural?
—¿Han pensado en añadirle pasas? —dije, disponiéndome a probar el de caramelo. No quería ofenderla.
—Las pasas son un riesgo —replicó—. A mucha gente no le gustan.

Dejé el de caramelo y cogí el de naranja.

—¿Van a recomendar que se sirvan calientes? ¿O con nata?
—Bueno, en principio están pensados para personas que disponen de poco tiempo —dijo—. Lo normal es que los tomen fríos. Si quieren pueden añadirles la nata después. Vaya, no tenemos nada en contra, aunque desde el punto de vista nutricional no es necesario, porque ya están enriquecidos con vitaminas, pero por ahora lo que nos interesa es estrictamente un test de sabor.
—Creo que sería mejor que los probaran en comidas consecutivas.
—Ojalá pudiéramos hacer la prueba a media tarde. Pero necesitamos obtener una reacción familiar… —Dio unos golpecitos con el lápiz en el borde del fregadero de acero inoxidable.
—Bueno, creo que será mejor que vuelva a lo mío.

Decidir por ellos lo que querían saber no formaba parte de mi trabajo.

A veces me pregunto qué forma parte de mi trabajo, sobre todo cuando me visualizo a mí misma llamando a talleres para preguntar a los mecánicos datos sobre pistones y juntas de culata, o entregando rosquillas a viejas desconfiadas en las esquinas. Sé en calidad de qué me contrató Encuestas Seymour: se supone que debo dedicar mi jornada a revisar cuestionarios, a convertir la redacción retorcida y excesivamente sutil de los psicólogos que los escriben en preguntas sencillas que entiendan tanto quienes las formulan como quienes las responden. Una pregunta como «¿En qué punto percentil ubicaría usted el valor del impacto visual?» no sirve. Cuando me ofrecieron el trabajo, después de terminar la carrera, consideré que había tenido suerte —era mejor que muchos otros—, pero después de cuatro meses sus límites seguían siendo vagos.

A veces estoy segura de que me están preparando para ascenderme, pero como solo tengo una noción vaga del organigrama de Encuestas Seymour, no se me ocurre adonde. La empresa está organizada en capas, como un helado de tres sabores: la capa superior, la inferior y nuestro departamento, que es la bola pegajosa del centro. En la planta superior están los ejecutivos y los psicólogos —a los que nos referimos como «los hombres de arriba», pues todos son hombres—, que se encargan de organizar las relaciones con los clientes. Alguna vez he entrevisto sus despachos, enmoquetados y decorados con muebles caros y con reproducciones sobre seda de obras del Grupo de los Siete. En la planta inferior a la nuestra están las máquinas —las de mimeografía y las IBM—, que cuentan y clasifican y ordenan la información. También he estado allí, rodeada de esa especie de estruendo como de fábrica en el que los operarios parecen estar nerviosos y tener mucho trabajo, con los dedos manchados de tinta. Nuestro departamento es el eslabón entre las dos: se supone que nosotras nos ocupamos del factor humano, es decir, de los entrevistados. Como los estudios de mercado son una especie de explotación agrícola, una especie de fábrica artesanal de calcetines, todas son amas de casa que trabajan en sus ratos libres y cobran por encuesta realizada. No ganan mucho, pero les gusta salir de casa. A los que responden los cuestionarios no se les paga nada; muchas veces me pregunto por qué se molestan. Tal vez sea por el discurso inicial en el que se les dice que con sus respuestas contribuyen a mejorar los productos que consumen sin salir de casa, como si fueran científicos. O tal vez es que les apetece hablar con alguien. En realidad me parece que la mayoría de la gente se siente halagada cuando le piden su opinión.

Como nuestro departamento trata fundamentalmente con mujeres, todas, a excepción del pobre chico de los recados, somos mujeres. Nos han asignado una sala grande pintada de verde burocrático, con un cubículo de cristales opacos en un extremo para la señora Bogue, jefe del departamento, y unas mesas de madera en la otra punta para las mujeres de aspecto maternal que se sientan a descifrar la caligrafía de los entrevistados y a marcar los cuestionarios cumplimentados con lápices de colores. Allí, con sus tijeras, sus tubos de pegamento y sus fajos de papel, parecen una clase de párvulas jubiladas. El resto de las que componemos el departamento nos sentamos en varios escritorios en el espacio que queda entre esos dos extremos. Disponemos de un comedor cómodo, decorado con cortinas de cretona para las que se traen la comida de casa, y de una máquina de café y té, aunque algunas de las señoras se traen sus propias teteras; también disponemos de un lavabo rosa, con un cartel sobre los espejos en el que se nos invita a no tirar pelos ni posos de té por el desagüe.

Entonces, ¿a qué podría aspirar en Encuestas Seymour? No a convertirme en uno de los hombres del piso de arriba, ni en uno de los que manejan las máquinas, ni en una de las señoras que marcan encuestas, pues eso sería un retroceso. Podría, sí, aspirar a ser como la señora Bogue, o a convertirme en su asistente, pero a juzgar por el panorama tardaría años en conseguirlo, y además no estaba segura de querer eso.

Cuando me faltaba poco para terminar el cuestionario sobre el estropajo, un trabajo urgente, la señora Grot, de contabilidad, entró en la oficina. Venía a ver a la señora Bogue, pero de camino se detuvo junto a mi escritorio. Es una mujer baja y rechoncha, con el pelo del color de las bandejas metálicas de las neveras.

—Bueno, señorita MacAlpin —me saludó—. Ya lleva cuatro meses con nosotros, lo que le da derecho a suscribir su plan de pensiones.
—¿Plan de pensiones? —Cuando entré en la empresa me habían hablado del tema, pero lo había olvidado—. ¿No es un poco pronto para eso? En fin, ¿no le parece que soy demasiado joven?
—Bueno, es mejor empezar pronto, ¿no? —me respondió la señora Grot. Detrás de las gafas con montura al aire, los ojos le brillaban. Seguro que estaba encantada con la idea de descontarme algo más de la nómina.
—Creo que no quiero hacerme un plan de pensiones —señalé—. Se lo agradezco.
—Ya, pero es que es obligatorio, ¿entiende? —dijo con aplomo.
—¿Obligatorio? ¿Aunque no quiera?
—Sí, claro. Es que si nadie pagara, nadie podría cobrar nada, ¿no? Le he traído los documentos necesarios; solo tiene que firmar aquí.

Firmé, pero cuando la señora Grot se hubo ido, de pronto me sentí deprimida; aquello me había afectado más de la cuenta. No era solo la sensación de sentirme sujeta a unas reglas que no me importaban y de las que no deseaba formar parte; a eso ya te acostumbras en el colegio. Era una especie de pánico supersticioso por haber firmado, por haber puesto mi nombre en un documento mágico que parecía atarme a un futuro tan lejano que ni siquiera era capaz de pensar en él. En alguna parte, delante de mí, otro yo me estaba esperando, un yo preconfigurado, un yo que había trabajado incontables años en Encuestas Seymour y finalmente recibía su recompensa. Una pensión. Visualicé una habitación blanca con una estufa eléctrica. A lo mejor llevaría sonotone, como mis tías abuelas, que no se habían casado. Hablaría sola. Los niños me tirarían bolas de nieve. Me dije a mí misma que no fuera tonta. Seguramente el mundo ya habría explotado para entonces. Me recordé que si quería podía despedirme de aquel trabajo al día siguiente y buscarme otro. Pero no sirvió de nada. Pensé en la firma, en que quedaría archivada, que el archivo lo meterían en un cofre, que lo guardarían en la caja fuerte de algún sitio y lo cerrarían con llave.

Agradecí la pausa de las diez y media. Sabía que debería haberme quedado trabajando para compensar mi retraso de la mañana, pero me convenía distraerme un poco.

Salgo a tomar un café con las únicas tres personas del departamento de mi edad. A veces Ainsley también viene, cuando está cansada de los demás controladores de cepillos de dientes eléctricos. No es que le caigan especialmente bien mis tres compañeras de trabajo, a las que llama, colectivamente, las vírgenes de la oficina. La verdad es que no se parecen mucho —aparte de ser las tres rubias de peluquería—; Emmy, la mecanógrafa, lleva un tinte más rojizo y el pelo suelto; Lucy, que trabaja de relaciones públicas o algo así, es rubia platino y va muy bien peinada; y Millie, que es australiana y asistente de la señora Bogue, tiene el cabello quemado por el sol y lo lleva corto. Las tres, según han confesado en varias ocasiones entre cafés y galletas, son vírgenes. Millie lo es debido a un sólido sentido práctico infantil («Creo que a la larga es mejor esperar a estar casada. Menos problemas»); Lucy, por la presión social («¿Qué diría la gente?»), que parece enraizada en la convicción de que todos los dormitorios tienen micrófonos ocultos, y que la sociedad se agolpa al otro lado, sintonizando los auriculares; y Emmy, que es la hipocondríaca del despacho, por el temor a caer enferma, cosa que seguramente le sucedería. A las tres les gusta viajar. Millie ha vivido en Inglaterra, Lucy ha estado dos veces en Nueva York y Emmy quiere ir a Florida. Cuando ya hayan viajado lo bastante, les gustaría casarse y llevar una vida tranquila.

—¿Habéis oído que han cancelado la encuesta sobre laxantes en Quebec? —dijo Millie cuando estábamos sentadas en nuestra mesa de costumbre, en el desangelado restaurante que había al otro lado de la calle, el que nos quedaba más cerca—. Y eso que iba a ser un trabajo importante, con una prueba por las casas y un cuestionario de treinta y dos páginas. —Millie siempre se enteraba de todo antes que las demás.
—Pues a mí me parece bien —murmuró Emmy—. No veo cómo iban a hacer treinta y dos páginas de preguntas sobre «eso» —añadió, rascándose el esmalte de uñas del pulgar. Emmy siempre parece estar desintegrándose: siempre le cuelgan hilos del dobladillo, el pintalabios se le desprende en láminas secas; suelta pelos rubios y escamas de cuero cabelludo que le caen sobre los hombros. Allá donde va deja siempre un rastro de sí misma.

Vi entrar a Ainsley y la saludé. Se apretujó en uno de los bancos, nos saludó a todas y se sujetó un mechón de pelo que se le había soltado. Las vírgenes de la oficina le devolvieron el saludo, aunque sin excesivo entusiasmo.

—Pues no sería la primera vez —dijo Millie, que llevaba en la empresa más tiempo que las demás—. Y funciona. Dan por sentado que cualquier persona capaz de pasar de la página tres debe de ser algo así como una adicta a los laxantes, no sé si me explico, y que es capaz de llegar hasta el final.
—¿Qué no sería la primera vez? —preguntó Ainsley.
—¿Qué os apostáis a que no limpia la mesa? —intervino Lucy en voz lo bastante alta como para que la camarera la oyera. Lucy libra una batalla continua con la camarera, que lleva pendientes de Woolworth y tiene el ceño fruncido y salta a la vista que no es una virgen de la oficina.
—El estudio de laxantes de Quebec —le comenté en privado a Ainsley.

La camarera llegó, limpió la mesa ostentosamente y anotó nuestro pedido. Lucy se puso quisquillosa con su galleta: sobre todo que esta vez no se la trajera con pasas.

—La última vez me la trajo con pasas —nos informó— y yo le dije que no las soportaba. Nunca las he soportado. Puaj.
—¿Por qué solo en Quebec? —preguntó Ainsley, sacando el humo por la nariz—. ¿Hay alguna razón psicológica? —Ainsley se había licenciado en Psicología.
—Y yo qué sé —dijo Millie—. Supongo que es solo que allí la gente va más estreñida. ¿No comen muchas patatas?
—¿Estriñen tanto las patatas? —preguntó Emmy, inclinándose sobre la mesa. Se alisó unos mechones de pelo de la frente y una nube de minúsculas motas se desprendió de ella y empezó a flotar en el aire.
—No será solo por las patatas —declaró Ainsley—. Debe de ser su complejo de culpa colectivo. O la tensión por el problema lingüístico. Deben de estar terriblemente reprimidos.

Las demás la miraron con hostilidad. Se notaba que creían que estaba dándoselas de lista.

—¡Qué calor hace hoy! —soltó Millie—. El despacho es como un horno.
—¿Alguna novedad en tu oficina? —le pregunté a Ainsley para cambiar de tema.

Ainsley apagó la colilla.

—Pues sí, hemos tenido bastante movimiento —dijo—. Una mujer ha intentado librarse de su esposo provocando un cortocircuito en su cepillo de dientes, y uno de nuestros chicos tiene que intervenir en el juicio como testigo, declarar que al aparato nunca le habría podido pasar eso en condiciones normales. Y quiere que yo lo acompañe en calidad de ayudante especial, o algo así, pero es tan aburrido… Seguro que en la cama es un muerto.

Sospeché que Ainsley se lo estaba inventando todo, pero tenía los ojos más azules y más redondos que nunca. Las vírgenes de la oficina se agitaron en sus asientos. Ainsley tiene una manera informal de hablar de los varios hombres de su vida que las incomoda.

Por suerte; nos sirvieron el desayuno.

—La muy zorra me ha vuelto a traer una con pasas —se quejó Lucy, y empezó a quitarlas con sus uñas largas y perfectas, iridiscentes, y a amontonarlas a un lado del plato.

Cuando volvíamos a la oficina le comenté a Millie lo del plan de pensiones.

—No sabía que fuera obligatorio —le dije—. No veo por qué tengo que pagar la cuota para que esas viejas arpías, como la señora Grot, se jubilen y coman de mi sueldo.
—Ah, sí, a mí al principio también me preocupaba —me respondió Millie sin prestarme gran atención—. Ya se te pasará. Bueno, espero que hayan arreglado el aire acondicionado.

.

(Continuará…)

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