Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “El temprano adiós de la dalina chiquita”

Ítalo Costa Gómez

 

 

Creo que no son pocas las generaciones que han tenido que sufrir la muerte de uno de sus ídolos más queridos cuando éstos estaban en la flor de la juventud; en el más absoluto esplendor. La mía lo vivió de la manera más cruda que puede haber y cuando vivíamos en plena inocencia.

Mónica Santa María era una muchacha preciosa de padre trujillano y madre alemana. Era menuda, de rostro exageradamente bello (no gratuitamente fue la ganadora del título a “La mujer más bella del siglo” otorgado por un importante diario español), ojos azules, sonrisa perfecta y un carisma y telegenia que tenía enamorados a los más de 24 países a donde llegaba el programa infantil más exitoso que haya producido el Perú en su historia, Nubeluz.

La guapa conductora de televisión era muy reservada con su vida privada, concedía pocas entrevistas y en todas ellas sus declaraciones eran siempre orientadas a su trabajo, jamás a su vida íntima. Por tanto era casi imposible para los niños que estábamos embelesados con ella (y sus compañeras Almendra Gomelsky, Lilianne Braun y Xiomy Xibillé) sospechar que tras ese talento, alegría y energía desbordante que brindaba cada fin de semana se escondía una profunda depresión que la llevó a auto eliminarse a los veintiún años de edad dejando desconsoladas a millones de personas en el mundo entero.

Cuenta la historia que cuando salió a la luz la noticia del suicidio de la dalina chiquita (un horrible 14 de marzo de 1994) yo estaba sentado con mi papá en el comedor viendo televisión y se paró rapidísimo a apagarla apenas anunciaban los titulares de un noticiero. Él trabaja en la tele y ya un amigo lo había llamado a contarle la noticia.

Yo era pequeño y guardo leves recuerdos de la conversación exacta pero papá me ayudó a recordar años después. Dice que me sentó en su regazo y me dijo:

– Te he explicado antes qué es lo que pasa cuando alguien muere. Te acuerdas hijo?
– Sí. Son viejitos y se van a vivir al cielo.
– Lamentablemente no siempre sucede cuando uno es viejito. Ítalo, una de las dalinas que sale en la televisión se ha ido al cielo. Tuvo un problema y ahora vive allá arriba, como un angelito. Quiero que lo sepas porque lo vas a ver en las noticias y tus amigos del colegio lo van a comentar y los periódicos también. La dalina Mónica ya no quería vivir aquí y decidió irse con Dios antes de tiempo. Eso no está bien pero no nos toca juzgarla sino extrañarla. 

Siendo tan chiquito y con la devoción que sentía por ella (vivía enamorado del mundo glúfico… yo soy muy soñador y Nubeluz era un mundo de ensueño) tuve un golpe emocional muy duro. Entendí muy temprano (junto a millones de niños) lo que significaba una depresión y un suicido. No fue fácil para ningún papá explicar con claridad qué había pasado por la mente de Mónica Santa María. Tampoco fue sencillo para sus compañeros de trabajo dar una explicación que consuele sin rozar una mentira piadosa. Tampoco lo fue explicar por qué seguía apareciendo bailando y dando mensajes en el programa si ya estaba en el cielo (Panamericana TV cometió el error de transmitir los programas en los que aparecía Mónica por casi un año después de su muerte).

Aún guardo cada recorte de lo que sucedió con Nubeluz antes y después del adiós de Mónica. Marcó una época pero hubo algo más especial. Los niños empezamos a sentir empatía y respeto por el tema de la depresión y sus posibles consecuencias. No fue en vano lo que pasó, confío totalmente en eso. Fue ahí que nació en mí la curiosidad del periodismo y las ganas de entrar en una historia y tratar de desmenuzarla para entenderla y poder compartirla. Marcó un antes y un después en mi forma de actuar y de ver la vida – y la muerte -.

Me quiero quedar con una frase qué escribí en mi cuaderno con una foto de ella al costado que también conservo:

– “Te quiero mucho y nunca te olvidar dalina. Ya no estás triste.”

Y nunca la olvidé, nunca lo haré. Ella vive en centenares de personas con corazón de niño que piensan en ella todos los días. Más pesó la alegría qué nos regaló cuando vivía qué la pena que sentimos por su tan temprana partida.

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