La esperanza (XI)

André Malraux

 

 

4

Las mesas en ángulo recto ocupaban el rincón de una sala del museo de Santa Cruz. Algunos puntos de luz brillaban en la penumbra, esos puntos de luz que provenían de los agujeros de los ladrillos se aferraban a los fusiles cruzados en las espaldas; en el olor español a aceite de oliva crudo, en medio de un amontonamiento de frutos y de hojas, brillaban vagamente las manchas sudadas de los rostros. Sentado en el suelo, el Terror de Pancho Villa reparaba fusiles.

La actitud de Hernández era tanto más simple cuando que su espalda encorvada no se prestaba a posturas marciales; su escolta, en la otra mesa, jugaba a la guardia. Ninguno de los heridos había cambiado su venda. «Demasiado felices de su sangre», decía Pradas a media voz. Golovkin y Pradas acababan de sentarse enfrente de Hernández, que hablaba con otro oficial. El capitán, con una mancha de luz en la frente, otra sobre su mentón prominente de compañero de Cortés, no parecía de otra nación que la del periodista ruso, pero sí de otra época. Todos los milicianos estaban punteados de sol.

—El camarada Pradas, del comité técnico del partido —dijo Manuel.

Hernández levantó la cabeza.

—Lo sé —respondió.
—En fin, ¿por qué, exactamente, lo has hecho traer? —replicó Manuel, continuando la conversación.
—¿Por qué los milicianos han distribuido cigarrillos?
—Eso es lo que me interesa —gruñó Pradas con aire perplejo, la mano detrás de la oreja, una mancha de luz en su barbilla.

¿Oía mal y se ayudaba con la mano? No la mantenía contra la oreja, la pasaba por detrás, como un gato que se acicala; Hernández respondió a Manuel con un ademán indiferente de sus largos dedos. El ruido de las radios perdidas en el fondo de la resplandeciente luz de afuera parecía entrar por los agujeros de balazos, y enredarse en torno de Pancho Villa, adormecido ahora en medio de los fusiles, bajo su extraordinario sombrero.

—El camarada soviético (Pradas traducía, con la mano sobre la cabeza) dice: «Entre nosotros, la mujer de Moscardó hubiera sido detenida en el mismo instante». Quisiera comprender por qué es usted de otra opinión.

Golovkin sabía francés y comprendía un poco el español.

—¿Tú has estado preso? —le preguntó el Negus.

Hernández callaba.

—Bajo el zarismo, era demasiado joven.
—¿Has hecho la guerra civil?
—Como técnico.
—¿Tienes hijos?
—No.
—Yo… tenía.

Shade no insistió.

—La generosidad es el honor de las grandes revoluciones —dijo Mercery, digno.
—Pero los hijos de los nuestros están en el Alcázar —replicó Pradas.

Un miliciano traía un magnífico jamón con tomates, guisado con aceite de oliva, que a Shade le inspiraba horror. El Negus no se sirvió.

—¿Usted detesta el aceite, usted, un español? —preguntó Shade, interesado por toda cuestión de cocina.
—Nunca como carne: soy vegetariano.

Shade tomó su tenedor: llevaba las armas del arzobispado.

Todos comían. En las vitrinas modernas del museo, vidrio, acero y aluminio, todo estaba en orden salvo pequeños objetos pulverizados allí mismo por las balas, detrás de un nítido agujero en la vitrina rodeado de rayos.

—Escucha bien —dijo el Negus a Pradas—: Cuando los hombres salen de prisión, el noventa por ciento no fijan la mirada. No miran ya como hombres. En el proletariado hay también muchas miradas que no se fijan. Y para empezar hay que terminar con eso, ¿comprendes?

Hablaba tanto para Golovkin como para Pradas, pero hacerse traducir por Pradas le disgustaba.

—Me parece bien que éste no se haga el sabiondo —dijo Shade a media voz, con satisfacción.

Uno de los milicianos se le acercó, trayendo un sombrero de cardenal.

—Acabamos de encontrarlo. Entonces, como no es de utilidad para la colectividad, se ha votado dártelo.
—Gracias —dijo Shade, sereno—. Por lo general le caigo simpático a los puros, a los perros lanudos, a los niños. No a los gatos, ¡por desgracia! Gracias.

Se puso el sombrero, acarició las borlas y continuó comiendo su jamón.

—En casa de mi abuela, en Iowa City, hay borlas como ésas. Debajo de los sillones. Gracias.

El Negus mostró con su índice corto una crucifixión estilo Bonnat, pálida sobre un fondo bituminoso, fusilada desde varios días antes por los de enfrente. Los agujeros agrupados de las balas casi le habían arrancado el brazo derecho a Cristo; el izquierdo, protegido sin duda por las piedras de las paredes, estaba sólo atravesado aquí y allá; del hombro a la cadera, en bandolera, el cuerpo pálido había sido recorrido por una ráfaga de ametralladora, regular y nítida como el pespunte de una máquina de coser.

—Si nos aplastan aquí y en Madrid, los hombres habrán vivido un día con su corazón. ¿Me comprendes? A pesar del odio. Son libres. Nunca lo habían sido. No hablo de libertad política, eh, ¡hablo de otra cosa! ¿Me comprendes?
—Perfectamente —dijo Mercery—: Como dice mi señora, el corazón es lo esencial.
—En Madrid es más serio —dijo Shade, tranquilo bajo su sombrero rojo—. Pero de acuerdo. La revolución son las vacaciones de la vida… Mi artículo de hoy se llama Asueto.

Pradas se pasó la mano por la punta de su cráneo en forma de pera, atento. No había oído el fin de la frase de Shade, perdida en un tumulto de sillas: le hacían sitio a García, que acababa de llegar, la pipa en la comisura de su sonrisa.

—No es fácil para los hombres vivir juntos —replicó el Negus—. Bien. ¡Pero no hay, que digamos, tanto valor en el mundo! Nada que hacer; termina uno por sentir que se acaban los hombres resueltos a morir. Pero nada de «dialéctica», nada de burócratas en el lugar de los delegados; nada de ejército para terminar con el ejército, nada de arreglos con los burgueses. Vivir como la vida debe vivirse, desde ahora, o morir. Si las cosas salen mal, fuera. Nada de ida y vuelta.

La mirada de ardilla en acecho de García se iluminó.

—Mi querido Negus —dijo cordialmente—, cuando uno quiere que la revolución sea una manera de vivir por sí misma, se vuelve casi siempre una manera de morir. En ese caso, querido amigo, uno termina por arreglárselas tan bien con el martirio como con la victoria.

El Negus levantó la mano derecha con el ademán de Cristo enseñando:

—El que tiene miedo de morir no tiene la conciencia tranquila.
—Y mientras tanto —dijo Manuel, con el tenedor en el aire—, los fascistas están en Talavera. Y si esto continúa, perderéis Toledo.
—Y después de todo, sois cristianos —dijo Pradas profesoral—. Y durante…

«Perdió una buena ocasión de callarse» pensó García.

—¡Abajo el solideo! —dijo el Negus crispado—. Pero la teosofía tiene su lado bueno.
—No —dijo Shade, jugando con las borlas de su sombrero—. Continúa.
—¡Nosotros no somos cristianos! Vosotros os habéis vuelto curas. No digo que el comunismo sea una religión, pero digo que los comunistas se están volviendo curas. Ser revolucionarios, para vosotros, es ser astutos. Para Bakunin, para Kropotkin, no era así; no era en modo alguno así. A vosotros os traga el partido. Tragados por la disciplina. Tragados por la complicidad: con el que no es de los vuestros, no tenéis decencia, ni deberes, ni nada. No sabéis lo que es ser fieles. Nosotros, desde 1934, hemos hecho siete huelgas nada más que por solidaridad, sin un solo objetivo material.

La cólera hacía hablar al Negus muy rápido, gesticulando, agitando las manos alrededor de sus cabellos revueltos. Golovkin no comprendía, pero lo inquietaban algunas palabras captadas aquí y allá. García le dijo algunas palabras en ruso.

—Concretamente, más vale ser infieles que incapaces —dijo Pradas.

El Negus sacó su revólver y lo colocó sobre la mesa.

García colocó su pipa de igual manera. En los platos y en las garrafas con cuello de alambique reverberaban como gusanos relucientes los mil puntos de luz de los ladrillos agujereados, como en una enorme naturaleza muerta. A lo largo de las ramas brillaban las frutas y las cortas líneas azules de los cañones de los revólveres.

—Todas las armas en el frente —dijo Manuel.
—Cuando tuvimos que ser soldados —dijo Pradas—, fuimos soldados. Después, cuando tuvimos que ser constructores, hemos sido constructores. Hemos debido ser administradores, ingenieros, ¿qué más? Lo hemos sido. Y si en última instancia debemos ser curas, pues bien, seremos curas. Pero hemos hecho un Estado revolucionario, y aquí haremos un ejército. Concretamente. Con nuestras cualidades y nuestros defectos. Y es el ejército el que salvará a la República y al proletariado.
—A mí —dijo Shade suavemente con las manos aferradas a las borlas de su sombrero— me importa un bledo. Lo que hacéis unos y otros es más sencillo y mejor que lo que decís. Todos sabéis demasiado. Por lo demás, Golovkin, en tu país todos comienzan a ser sabiondos. Es por lo que no soy comunista. El Negus me parece un poco bobo, pero me gusta.

La atmósfera se distendía.

Hernández miró de nuevo su reloj, después sonrió. Tenía los dientes largos, como las manos y la cara.

—En cada revolución es lo mismo —replicó Pradas con la barbilla en la mano—. En el diecinueve, Steinberg, socialista revolucionario, comisario de justicia, pidió que cerraran definitivamente la fortaleza Pedro y Pablo. A consecuencia de lo cual Lenin obtuvo de la mayoría que encerraran en ella a los prisioneros blancos: así tenemos bastantes enemigos en la retaguardia. En última instancia, la nobleza es un lujo que una sociedad sólo puede pagarse tarde.
—Pero cuanto antes, mejor —dijo Mercery, definitivo.
—Mañana, fastidiarán por cualquier cosa —replicó el Negus—. No hay caso. Los partidos son hechos para los hombres, no los hombres para los partidos. Nosotros no queremos hacer ni un Estado, ni una iglesia, ni un ejército. Queremos hombres.
—Que comiencen por conducirse noblemente cuando tengan la ocasión —dijo Hernández, con sus largos dedos anudados delante del mentón—. Hay bastantes inmundos y asesinos que se dicen de los nuestros.
—Permítanme ustedes, camaradas —dijo Mercery, la mano sobre la mesa y el corazón en la mano—. De dos cosas, una. Si salimos vencedores aparecerán ante la Historia con los rehenes, y nosotros con la libertad de la señora Moscardó. Suceda lo que sucediere, Hernández, da usted un noble y gran ejemplo. En nombre del movimiento «Paz y Justicia», al que tengo el honor de pertenecer, me saco ante usted el… en fin, mi quepis.

Desde su primer encuentro, el día del lanzallamas, Mercery dejaba confuso a García: el comandante se preguntaba si la comedia es inseparable del idealismo; y al mismo tiempo, sentía en Mercery algo auténtico, con lo que el fascismo debía contar.

—Y no perdáis el tiempo en tomar a los anarcos por una pandilla de chiflados —decía el Negus—. El sindicalismo español ha hecho desde hace años un trabajo serio. Sin comprometerse con nadie. Nosotros no somos ciento setenta millones como vosotros, pero si el valor de una idea se mide por la cantidad de sus partidarios, los vegetarianos son más numerosos en el mundo que los comunistas, hasta contando a todos los rusos. La huelga general, ¿existe o no? Vosotros la habéis atacado desde hace años. Releed a Engels, eso os instruirá. La huelga general es Bakunin. Yo he visto una obra comunista donde hay anarcos. ¿A qué se parecen? A los comunistas vistos por los burgueses.

En la sombra las estatuas de los santos daban la impresión de alentar los ademanes exaltados.

—Desconfiemos un poco de las generalizaciones —dijo Manuel—. El Negus puede haber tenido experiencias…, en fin, desgraciadas; todos los comunistas no son perfectos. Aparte de nuestro camarada ruso, cuyo nombre he olvidado, y de Pradas, creo que soy, en esta mesa, el único miembro del partido: Hernández, ¿es que tú crees que soy un cura? ¿Y tú, Negus?
—No, tú eres una buena persona. Y valiente. Hay muchas buenas personas entre vosotros. Pero no hay sólo eso en el partido.
—Otra cosa: vosotros habláis como si tuvierais el monopolio de la honestidad, y tratáis de burócratas a los que no están de acuerdo con vosotros. ¡Sin embargo te das cuenta de que Dimitroff no es un burócrata! Dimitroff contra Durruti, en fin, es una moral contra otra, ¡no es una componenda contra una moral! Somos camaradas, seamos honestos.
—Y es vuestro Durruti el que ha escrito: «Renunciaremos a todo menos a la victoria» —dijo Pradas al Negus.
—Sí —gruñó éste mostrando los dientes—, ¡pero si Durruti te conociera, te sacaría a patadas en el culo!
—Con vuestra moral no se hace política —replicó Pradas—. De eso, por desgracia, no tardaréis en daros cuenta. Es así como…
—Ni con otra —dijo una voz.
—La complicación —dijo García—, y quizá el drama de la revolución, es que tampoco se la hace sin.

Hernández levantó la cabeza.

Uno de los puntos luminosos brillaba sobre el cuchillo de Manuel, que comía sol.

—Hay algo que está bien en los capitalistas —dijo el Negus—. Una cosa importante. Hasta me sorprende que la hayan encontrado. Será necesario que hagamos aquí, para cada sindicato, algo parecido cuando termine la guerra. La única cosa que respeto en los capitalistas.

»Es el Desconocido. El soldado desconocido, en ellos; pero se puede hacer mejor. En el frente de Aragón, he visto muchísimas tumbas sin nombre: sólo sobre la piedra, o en un extremo de la madera, había F. A. I. o C. N. T. Eso me ha… estaba bien. En Barcelona, las columnas parten para el frente desfilando ante la tumba de Ascaso, y todo el mundo calla, eso está bien, también. Es mejor que las charlatanerías.

Un miliciano venía a buscar a Hernández.

—Cristianos… —gruñó Pradas para su perilla.
—¿Salió el sacerdote? —preguntó Manuel, ya de pie.
—Todavía no. Es el comandante el que me hace llamar.

Salió Hernández, acompañado por Mercery y por el Negus, que llevaba su sombrero; ya no era el sombrero mexicano de la víspera, sino el quepis rojo y negro de la Federación Anarquista. Hubo un instante de silencio lleno del ruido disperso del final de comidas militares.

—¿Por qué ha hecho traer la carta? —preguntó Golovkin a García.

Sentía que sólo García era respetado por todos, hasta por el Negus. Y hablaba ruso.

—Procedamos por orden… Primero, para no rechazar, ha sido oficial por decisión paterna, es republicano desde hace años por liberalismo, y medianamente intelectual… Segundo, es oficial de carrera (no es el único aquí); sea lo que piense políticamente de la gente de enfrente, eso lo obliga a desempeñar un papel. Tercero, estamos en Toledo. Usted bien sabe que no se hace poco teatro al comienzo de toda revolución; en estos momentos, aquí España es una colonia mexicana.
—¿Y del otro lado?
—La línea telefónica entre nuestro cuartel general y el Alcázar no está cortada, y ambas partes la utilizan desde el comienzo del sitio. Cuando las últimas negociaciones, se entendió que nuestro parlamentario sería el comandante Rojo. Rojo ha sido educado aquí mismo. Ante una puerta, le sacaron la venda que llevaba sobre los ojos: era la oficina de Moscardó. ¿Ha visto usted la pared de la izquierda? Un agujero. La oficina está sin techo. Moscardó de gran uniforme en el sillón, y Rojo en la silla de otros tiempos. Por lo demás, la pared del fondo intacta; encima de la cabeza de Moscardó, querido amigo, el retrato de Azaña que habían olvidado descolgar.
—¿Y en cuanto el valor? —preguntó Golovkin en voz un poco más baja.
—Habría que dirigirse a alguien que hubiera tenido ocasión de observar eso de más cerca que yo. En este momento, nuestras mejores tropas son los guardias de asalto. ¿Manuel?

Le hizo la pregunta de Golovkin en español.

Manuel se tomó entre los dedos el labio inferior.

—Ningún coraje colectivo resiste a los aviones y a las ametralladoras. En suma: los milicianos bien organizados y armados son valientes, los otros se escapan. Basta de milicias, basta de columnas: un ejército. El coraje es un problema de organización. Queda por saber quiénes son los que quieren ser organizados…
—¿Cree usted que ese capitán pueda conservar cierta simpatía por los cadetes, en tanto que oficial de carrera? —preguntó Pradas a García.
—Hemos hablado de eso juntos. Dice que no hay cincuenta cadetes en el Alcázar, lo que es verdad. El Alcázar está defendido por guardias civiles y por oficiales. Esos jóvenes héroes de una raza superior, que defienden su ideal contra un populacho enfurecido, son los gendarmes españoles. Así sea.
—En suma, García. ¿Cómo explicas la historia de la plaza? —preguntó Manuel.
—Creo que el que ha dado los cigarrillos, y el chistoso que trajo las hojitas de afeitar, y los que lo siguieron, y Hernández con las cartas, han obedecido sin darse cuenta de ello al mismo sentimiento: probar a los de arriba que no tienen el derecho de despreciarlos. Lo que digo parece una broma; es muy serio. La derecha y la izquierda españolas están separadas por el gusto o el horror de la humillación. El Frente Popular es, entre otras cosas, el conjunto de aquellos que la aborrecen. Tome, antes del levantamiento, en un pueblo, dos pequeños burgueses pobres, uno con nosotros, el otro contra nosotros. El que está con nosotros quiere la cordialidad, el otro la altanería. La necesidad de la fraternidad contra la pasión de la jerarquía es una oposición muy seria en este país… y quizá en otros…

Manuel, en ese ámbito, desconfiaba de lo psicológico, pero se acordaba del padre Barca: «Lo contrario de la humillación, muchacho, no es la igualdad: es la fraternidad».

—Cuando me entero concretamente —respondió Pradas— de que la República ha triplicado los salarios; de que los campesinos, en consecuencia, han podido por fin comprarse camisas; de que el gobierno fascista ha reducido los salarios a su estado anterior y que a causa de ello, las miles de camiserías que se habían abierto han debido cerrar, comprendo por qué la pequeña burguesía española está ligada al proletariado. La humillación no armaría a doscientos hombres.

García comenzaba a repetir las típicas palabras de los partidos: para los comunistas era «concretamente». Conocía, por lo demás, la desconfianza que a Pradas, y hasta a Manuel, les inspiraba la psicología; pero, si pensaba que las perspectivas de la lucha antifascista debían ordenarse basándose en lo económico, pensaba también que no había ninguna diferencia, económicamente, entre los anarquistas (o sus amigos), las masas socialistas y los grupos comunistas.

—De acuerdo, querido amigo; sin embargo, no es de las regiones de Extremadura donde se comen bellotas, de donde provienen nuestras mejores tropas, ni las más numerosas. Pero, te lo ruego, ¡no me hagas hacer una teoría de la revolución por la humillación! Trato de comprender lo que ha pasado esta mañana, y no la situación general de España. En última instancia, como vosotros diríais, Hernández no es camisero, ni siquiera simbólicamente.
»El capitán es un hombre muy honesto, para el cual la revolución es una forma de realización de sus deseos éticos. Para él, el drama que vivimos es un Apocalipsis personal. Lo que hay de más peligroso en esos semicristianos es el gusto del sacrificio: están dispuestos a cometer los peores errores con tal de pagarlos con la vida. García parecía tanto más inteligente aparte de sus oyentes cuanto que, más que comprender, adivinaban lo que decía.

—Evidentemente —respondió—, el Negus no es Hernández; pero entre liberal y libertario no hay sino una diferencia de terminología y de temperamento. El Negus ha dicho que los suyos estaban siempre dispuestos a morir. Tratándose de los mejores, es cierto. Notad que digo: tratándose de los mejores. Están borrachos de una fraternidad que no ignoran que no puede durar así. Y están dispuestos a morir después de algunos días de exaltación —o de venganza, según los casos—, durante los cuales los hombres habrían vivido según sus sueños. Notad que él nos lo ha dicho: con su corazón… Sólo que, para ellos, esta muerte justifica todo.
—No me gusta la gente que se hace fotografiar con el revólver en la mano —dijo Pradas.
—Son a veces los mismos que han tomado las armas de los ricos, el 18 de julio, cerrando el puño en el bolsillo para imitar un revólver.
—Los anarquistas…
—Los anarquistas —dijo Manuel— es una palabra que sirve sobre todo para confundir. El Negus es miembro de la F. A. I., desde luego. Pero lo que importa, en suma, no es lo que piensan sus compañeros; es que millones de hombres, millones, que no son anarquistas, piensan como ellos.
—¿Lo que piensan de los comunistas? —preguntó Pradas, gruñón.
—Pues no, querido amigo —dijo García—: Lo que piensan de la lucha y de la vida. Lo que piensan en común con… por ejemplo, el capitán francés. Piense usted que esta actitud la he conocido en Rusia, en 1917, en Francia no hace seis meses. Es la adolescencia de la revolución. Hay con todo que darse cuenta de que las masas son una cosa y los partidos otra. ¡Lo vemos desde el 18 de julio!

Alzó el caño de su pipa.

—Nada es más difícil que hacer pensar a las gentes en lo que van a hacer.
—Sin embargo —dijo Pradas—, eso es lo único que importa.
—Condenados a cambiar o a morir —dijo tristemente Golovkin.

Ahora García callaba y reflexionaba. Para él, en el anarcosindicalismo, había anarco y había sindicalismo; la experiencia sindicalista de los anarquistas era su elemento positivo; la ideología, su elemento negativo. Los límites de la anarquía española (sobrepasado lo pintoresco) eran los del sindicalismo mismo, y los más inteligentes de los anarquistas no invocaban la teosofía, sino a Sorel. Y sin embargo, toda esta conversación se desarrollaba como si los anarquistas hubiesen sido una raza particular, como si se hubiesen definido ante todo por su carácter, como si García hubiese debido estudiarlos, no en tanto que político, sino en tanto que etnólogo.

Decir que en toda España, pensaba, a esta hora del almuerzo, se hablaba sin duda así… Sería tanto más serio saber sobre qué bases pueden hacerse ejecutar las decisiones del Gobierno, por la acción común de organizaciones que se llaman la C. N. T., o la F. A. I., o el Partido Comunista, o la U. G. T. Cuán extraña la afición de los hombres a discutir cosas distintas a las condiciones de su acción, en el momento mismo en que la vida está suspendida de esa acción. Será necesario que vea con cada uno de esos tipos aisladamente lo que puede hacerse.

Un miliciano que acababa de hacerle a Manuel una pregunta se acercó:

—¿Camarada García? Te llaman de la Jefatura: el teléfono de Madrid.

García llamó a Madrid.

—¿Y en qué está esa mediación?, —le preguntaron.
—El sacerdote no ha vuelto. El tiempo convenido expira dentro de diez minutos.
—Llame directamente cuando sepa algo. ¿Qué piensa de la situación?
—Mala.
—¿Muy mala?
—Mala.

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5

Hernández, que sabía que habían llamado a García al teléfono, lo esperaba para volver al museo.

—Usted ha dicho algo que me ha impresionado: que no se hace política con la moral, pero que tampoco se hace sin ella. ¿Usted habría hecho llevar la carta?
—No.

El ruido de las armas en reposo, los depósitos militares en el sol del mediodía, el olor de los muertos, todo evocaba de tal modo el aquelarre de la víspera que parecía imposible que la guerra terminara. Faltaba menos de un cuarto de hora para el fin del armisticio; la paz era ya lo pintoresco y el paso silencioso y alargado de Hernández resbalaba junto al sólido paso de García.

—¿Por qué?
—Primero: no han devuelto los rehenes. Segundo: desde el momento que usted ha aceptado una responsabilidad, debe ser vencedor. Eso es todo.
—Permítame, yo no la he elegido. Era oficial, sirvo como oficial.
—Usted la ha aceptado.
—¿Cómo quiere que la rechace? Usted bien sabe que no tenemos oficiales…

Por primera vez, una siesta sin fusiles había bajado sobre la ciudad, alargada en un sueño inquieto.

—¿Para qué sirve la revolución si no debe hacer a los hombres mejores? Yo no soy un proletario, mi comandante: el proletariado por el proletariado no me interesa más que la burguesía por la burguesía; y combato, a pesar de todo, lo mejor que puedo, qué quiere usted…
—¿Será hecha la revolución por el proletariado, o por los… estoicos?
—¿Por qué no lo sería por los hombres más humanos?
—Porque los hombres más humanos no hacen la revolución, querido amigo: hacen las bibliotecas o los cementerios. Desgraciadamente…
—El cementerio no impide que un ejemplo sea un ejemplo. Al contrario.
—Hasta que llegue Franco.

Hernández tomó a García del brazo, con un ademán casi femenino.

—Escúcheme, García. No juguemos a quién tendrá razón. Sólo puedo hablar con usted. Manuel es un hombre honesto, pero sólo ve a través de su partido. Los… otros estarán aquí antes de ocho días, usted lo sabe mejor que yo. Entonces, sabe usted, tener razón…
—No.
—Si…

Hernández miró al Alcázar: nada nuevo.

—Sólo que, si debo morir aquí, no hubiese querido que fuera de esta manera…

»La semana pasada uno de mis… en fin… vagos camaradas, anarquista o diciéndose tal, fue acusado de haber robado la caja. Era inocente. Apeló a mi testimonio. Naturalmente, lo defendí. Había hecho la colectivización obligatoria del pueblo del cual era responsable y sus hombres empezaban a extender la colectivización a los pueblos vecinos. Estoy de acuerdo en que esas medidas son malas. Estoy de acuerdo con que el programa de los comunistas sobre esta cuestión es, por el contrario, bueno.

»Estoy en malos términos con ellos desde que di mi testimonio… Tanto peor; qué quiere usted, no dejaré tratar de ladrón a un hombre que apela a mi testimonio cuando lo sé inocente.

—Los comunistas (y aquellos que tratan de organizar algo en este momento) piensan que la pureza de corazón de su amigo de marras no le impide aportar a Franco una ayuda objetiva, si da motivo a revueltas campesinas…
—Los comunistas quieren hacer algo. Ustedes y los anarquistas, por razones diferentes, quieren ser algo… Es el drama de toda revolución como ésta. Los mitos en que nos basamos para vivir son contradictorios: pacifismo y necesidad de defensa, organización y mitos cristianos, eficacia y justicia, y así por el estilo. Debemos ordenarlos, transformar nuestro Apocalipsis en ejército, o reventar. Eso es todo.
—Y sin duda los hombres que tienen dentro de sí las mismas contradicciones deben, ellos también, reventar… Eso es todo, como usted dice.

García pensaba en Golovkin: «Es necesario que cambien o mueran…».

—Muchos hombres —dijo— esperan del Apocalipsis la solución de sus propios problemas, pero la revolución ignora esos miles de problemas que ha suscitado, y continúa…
—¿Piensa usted que yo estoy condenado, verdad? —preguntó Hernández, sonriendo.

No sonreía con ironía.

—Hay descanso en el suicidio…

Y señaló con el dedo los viejos anuncios de vermut y de películas, junto a los cuales caminaban, y sonrió más aún con sus largos dientes de caballo triste:

—El pasado…, —y después de algunos segundos—: Pero, a propósito de Moscardó, yo he tenido una mujer, también.
—Sí… Pero no hemos sido rehenes… Las cartas de Moscardó, su testimonio… Cada uno de los problemas que usted plantea es un problema moral —dijo García—. Vivir en función de una moral es siempre un drama. Tanto durante una revolución como sin ella.
—¡Y se cree de tal modo lo contrario mientras no hay revolución!…

En los jardines saqueados, los rosales y las plantas de boj daban la impresión de participar del armisticio.

—Es posible que usted encuentre de nuevo su destino. Renunciar a aquello que se ha amado, a aquello por lo que se ha vivido, no es nunca fácil… Yo quisiera ayudarlo, Hernández. La partida que usted juega está perdida de antemano, porque usted vive políticamente —en una acción política—, bajo un dominio militar que en todo instante se vincula a la política y su partido no es político. Es la comparación de lo que usted ve y de lo que usted sueña. La acción no se piensa sino en términos de acción. No hay pensamiento político sino comparando una cosa concreta con otra cosa concreta, una posibilidad con otra posibilidad. Los nuestros, o Franco —una organización u otra organización—, no una organización contra un deseo, un sueño o un apocalipsis.
—Los hombres no mueren sino por lo que no existe.
—Hernández, pensar en lo que debería ser en vez de pensar en lo que puede hacerse, aún si nada realmente bueno puede hacerse, es una peste. Sin remedio, como dice Goya. Esa partida está perdida de antemano para cada hombre. Es una partida desesperada, mi querido amigo. El perfeccionamiento moral, la nobleza son problemas individuales, con los cuales la revolución está muy lejos de hallarse comprometida directamente. El único puente entre los dos, para usted, es la idea de su sacrificio.
—Usted conoce Virgilio: Ni contigo, ni sin ti… Ahora no saldré de ella.

El gruñido del 155, el zumbido puntiagudo de los obuses, la explosión y el ruido casi cristalino de las tejas y de los cascotes que caían.

—El cura ha fracasado —dijo García.

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6

El ejército de Yagüe marchaba de Talavera hacia Toledo.

El ciudadano Leclerc, de mono blanco perfectamente sucio, el sombrero hongo gris en la cabeza y el termo bajo el brazo, se acercaba a un avión cuya puerta estaba abierta:

—¡Dios mío, que más le ha pasado a mi Orion! —dijo con hermosa voz de laringitis, como si se gritara a sí mismo.
—Nada, nada —contestó tranquilamente Attignies que se ponía un jersey—: He instalado una mira.
—Entonces, muchacho, perfecto —respondió Leclerc, condescendiente.

A Leclerc no le gustaba Attignies: ni su juventud sana, ni sus modales, que Leclerc sentía de un gran burgués a pesar de la cordialidad de Attignies, ni sus conocimientos (Attignies salía de la Escuela de Guerra), ni su comunismo austero, aunque Attignies no hiciera, lejos de eso, afectación de austeridad. Los voluntarios sentían reconocimiento por los técnicos; los mercenarios, como Leclerc, celos. Y Leclerc estaba obsesionado por las mujeres.

Puso el motor en marcha.

Pelícanos y heridos daban vueltas en torno al aparato, Scali seguido de Raplati. Jaime, desde que estaba ciego, venía al campo como antes, con la cara cortada en dos por una venda. Los médicos decían que recuperaría la vista. Pero él ya no podía soportar la presencia cercana de un perro. También House, apoyado en dos bastones, imperioso, rezumando lecciones y órdenes —insoportable después de que sus heridas le habían dado autoridad… Sibirsky había dejado España.

Desde que los pelícanos, para continuar la lucha, habían pasado al vuelo de noche, la atmósfera del campo había cambiado. La caza enemiga se había por eso mismo suprimido; aterrizar de noche en el campo no es una excursión divertida, pero no lo es más hacerlo de día en las líneas del enemigo. El destino había reemplazado al combate. Si los caballeros, en la guerra, están ligados a sus caballos, al menos sus caballos no son ciegos, ni están amenazados diariamente de parálisis; y el enemigo, en adelante, era menos el ejército fascista que los motores de esos aviones, cubiertos de zurcidos como pantalones viejos. La guerra, en adelante, eran esos aparatos reparados hasta el infinito que partían en la noche.

El aparato despegó, sobrepasó las nubes.

—¿Muchacho?
—¿Qué?
—Mírame. Me las paso haciéndome el idiota. ¡Pero soy un hombre!

No quería a Attignies, pero todo aviador que combate respeta el valor, y el de Attignies era indiscutible.

Volvieron a ponerse por debajo de las nubes.

Como durante la gran guerra, como en China, envuelto en ese ruido protector y sin embargo tan vulnerable del motor, Leclerc, con el hongo gris sobre la cabeza, sentíase en verdad libre, gozando de una libertad divina, por encima del sueño y de la guerra, por encima de los dolores y de las pasiones.

Pasó un momento. Después Leclerc, en el tono de las decisiones maduradas:

—Tú también eres un hombre.

Attignies no quería herir al piloto, pero ese tipo de conversación le atacaba los nervios. Respondía con un gruñido sin dejar de mirar, por debajo de él, la vía láctea de la carretera iluminada; ésta se hundía delante de ellos hasta el fondo de la noche, temblando bajo el viento que sin duda soplaba a ras de tierra y Attignies se sentía ligado por la angustia a esa única huella del hombre en la oscuridad enemiga, en la amenazadora soledad. No había luz: toda caída era mortal. Y como si su instinto más sensible que su conciencia hubiera oído antes, Attignies comprendió de pronto la causa de su angustia: el motor fallaba.

—¡Una válvula! —le gritó a Leclerc.
—Me importa un bledo —gritó el otro—: Podemos intentar el golpe.

Attignies ajustó el broche de su casco: estaba siempre listo para cualquier intento.

Talavera aparecía a ras del horizonte, agrandada por la soledad y la oscuridad. A ras de las colinas, sus luces se perdían en las estrellas, parecían llegar hasta el avión. El ruido discontinuo del pistón daba vida a la ciudad y la convertía en una suerte de amenaza. Entre las luces provincianas y las luces afiebradas y móviles de la guerra, la mancha negra de la fábrica de gas apagada tenía la inquietante tranquilidad de los animales salvajes dormidos. El avión sobrevolaba ahora una carretera asfaltada, mojada por una lluvia reciente que reflejaba los faroles de gas. La masa de luces se ensanchaba a medida que el avión se aproximaba a Talavera y de pronto Attignies las vio a ambos lados de las alas de su viejo avión que volaba en picado, como estrellas alrededor de un avión que sube.

Abrió la trampa improvisada: el aire frío de la noche se precipitó en la carlinga. De rodillas por encima de la ciudad, esperaba, la mirada limitada por la mira como la de un caballo por sus anteojeras. Leclerc, dirigiéndose sobre el cuadrado negro de la fábrica, el oído atento, avanzaba por encima del esqueleto luminoso de Talavera.

Sobrepasó la mancha negra, se volvió furioso hacia Attignies de quien sólo veía el pelo rubio, luminoso en la penumbra del aparato.

—¡Qué esperas, Dios de Dios!
—¡Cierra el pico!

Leclerc inclinó el aparato: sostenida aún por la velocidad, la andanada de sus bombas los acompañaba un poco más baja y un poco retrasada, brillantes como peces bajo la luna. A la manera en que un vuelo de palomas que cambia de dirección desaparece en delgados perfiles, las bombas súbitamente se apagaron: su caída se hacía vertical. En el borde de la fábrica brotó una franja de explosiones rojas.

Errado.

Leclerc dio una corta vuelta y volvió sobre la fábrica bajando más. «¡La altura!», gritó Attignies, a quien ese movimiento cambiaba el tiempo de mira. Observó el altímetro, volvió a la trampa: Talavera, vista ahora en sentido inverso acababa de cambiar como un hombre que se vuelve: la luz confusa proyectada sobre las calzadas por las oficinas militares era reemplazada en todos lados por los rectángulos iluminados de las ventanas. La mancha de la fábrica era menos nítida. Abajo, las ametralladoras tiraban, pero era poco probable que los ametralladores vieran con claridad el avión. Toda la ciudad se apagó y sólo quedó, en la noche llena de estrellas, el cuadro de mandos iluminado, y la sombra del sombrero hongo de Leclerc sobre el cuadrante del altímetro.

La ciudad había vivido la vida sorda de sus luces esparcidas, después la vida precisa de sus luces descubiertas por la media vuelta del avión; ahora apagada, estaba mucho más viva. Como las chispas de la piedra de un encendedor, aparecían y desaparecían cortas llamas de ametralladoras. La ciudad hostil acechaba, parecía agitarse a cada movimiento del avión que volvía hacia ella, con Leclerc, los ojos fijos, el sombrero hongo sobre sus dos mechones revueltos, y Attignies, boca abajo, la nariz sobre la mira por donde entraba el muy pequeño codo del río, azulado bajo la luna: la fábrica estaba allí. Dejó caer la segunda andanada de bombas.

Esta vez no las vieron por debajo de ellos. Y el avión cayó de narices en un estruendo ilimitado, por encima de un globo color de rayo. Leclerc tiró furiosamente de la palanca de mando; el avión rebotó hasta la indiferente serenidad de las estrellas; por debajo sólo ardía el incendio rampante y rojo: la fábrica había estallado.

Las balas atravesaron la cabina: quizá la explosión hiciera al avión visible; una ametralladora seguía su silueta que acababa de entrar en el halo de la luna. Leclerc empezó a zigzaguear. Attignies, habiéndose dado la vuelta, miraba extenderse la red roja del incendio. El rosario de bombas había tocado también los cuarteles, muy cercanos a la fábrica.

Un banco de nubes los separó de la tierra.

Leclerc tomó la botella del termo, se detuvo, el cubilete en el aire, asombrado, y le hizo una señal a Attignies: el avión estaba fosforescente, iluminado por una luz azulada. Attignies mostró el cielo. Hasta entonces habían mirado la tierra, con la atención del combate, y nunca al avión mismo: por encima de ellos, hacia atrás, la luna, que no veían, iluminaba el aluminio de las alas. Leclerc dejó su termo: ningún ademán humano estaba ya a la altura de las cosas; muy lejos de ese cuadrante de guerra sólo iluminado por leguas, la euforia que sigue a todo combate se perdía en una serenidad geológica, en el acuerdo de la luna y de ese metal pálido que relucía como las piedras brillan durante milenios sobre los astros muertos. Sobre la nube, por debajo de ellos avanzaba pacientemente la sombra del avión. Leclerc levantó el índice, hizo una mueca apreciativa, gritó gravemente: «¡Recuerda!…», tomó de nuevo el termo y advirtió que el motor continuaba fallando.

Pasaron por fin la nube. En la tierra algunos caminos se agitaban. Ahora Attignies conocía esa fluctuación de las carreteras nocturnas: los camiones fascistas avanzaban hacia Toledo.

.

(Continuará…)

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