La esperanza (XII)

André Malraux

 

 

 

 

7

Hasta la noche, Manuel había sido traductor: Heinrich, uno de los generales de las brigadas internacionales que se formaban en Madrid inspeccionaba el frente (si se podía llamar así) del Tajo: desde Talavera hasta Toledo exceptuando a Jiménez y a dos o tres más, no había líneas de vigilancia, ni líneas de escucha; las reservas no tenían organización, ni protección; las ametralladoras eran malas y estaban mal colocadas.

Heinrich, en uniforme, con la gorra en la mano y el sudor que le corría por el cráneo —afeitado para que no se le vieran las canas—, haciendo sonar las botas sobre la tierra agrietada de fines de verano, había rectificado, rectificado, con el optimismo resuelto de los comunistas.

Manuel había aprendido de Jiménez cómo se manda, y ahora aprendía cómo se dirige. Había creído aprender la guerra, y desde hacía dos meses aprendía la prudencia, la organización, la obstinación y el rigor. Aprendía sobre todo a poseer todo eso en vez de concebirlo. Y subiendo en la noche hacia el Alcázar donde una fluida masa de fuego ondulaba como una medusa incandescente, advertía que después de once horas de modificaciones aportadas por Heinrich, comenzaba a sentir en su cuerpo lo que era una brigada en combate. Perdidas en la fatiga, algunas frases de jefes del ejército zumbaban en su cabeza, mezcladas al ruido del fuego: «El valor no admite la hipocresía», «Lo que se escucha se comprende, lo que se ve se imita», una de Napoleón, la otra de Quiroga. Jiménez le había descubierto a Clausewitz; su memoria parecía la biblioteca militar, pero la biblioteca no era mala. La hoguera del Alcázar se reflejaba en las nubes como un arroyo que arde se refleja en el mar. Cada dos minutos, un cañón pesado tiraba sobre el brasero.

Heinrich quería lo que quería la parte más activa del Estado Mayor español: conservando los guardias de asalto como tropas de choque, y esperando la entrada en acción de las internacionales, extender lo más posible el 5.º regimiento; después, cuando sus unidades fueran bastante numerosas, volcarlas en el ejército regular del cual constituirían el núcleo y donde permitirían introducir la disciplina revolucionaria como los primeros elementos comunistas habían permitido elaborar el 5.º regimiento. Los batallones de Enrique pasaban a ser un cuerpo de ejército. Manuel había comenzado con la compañía motorizada; había mandado un batallón bajo las órdenes de Jiménez, iba a tomar en Madrid el mando de un regimiento. Pero no era él quien «subía»: era el ejército español.

Con la cara iluminada de anaranjado por las cortas llamas rabiosas del Alcázar, subía a Santa Cruz a través del viento, un tallo de hinojo en la mano, para ver el estado de la mina. Heinrich, en la ciudad, con su nuca afeitada de oficial alemán donde se le formaban arrugas como en la frente, esperaba una llamada telefónica de Madrid.

Cuando decayó de nuevo con el viento el ruido del cañón y de los fusiles, otro ruido continuaba débil y conmovedor: el ruido crepitante, sofocado, de las llamas del techo del Alcázar. Ese ruido concordaba con el olor que hacía irrisorio el cañón, las llamadas lejanas y todo lo que provenía de la agitación de los hombres: el olor a fuego y a cadáveres mezclado, tan espeso que parecía que el Alcázar no bastaba para provocarlo, que sólo podía ser el olor mismo del viento y de la noche.

Se había vuelto indispensable lanzar las milicias de Toledo en la batalla del Tajo. Con excepción de los subterráneos, el Alcázar debía estallar en la noche y se evacuaba la ciudad. Pasaban algunos campesinos, con sus cerdos y sus cabras, en largas filas silenciosas en la roja noche, iluminadas no por el Alcázar sino por el incendio de las nubes.

Cuando Manuel llegó de la calle de Santa Cruz, uno de los comandantes de Toledo estaba allí. Cuarenta años, la gorra de uniforme echada hacia atrás.

—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué hay de nuevo?

Avanzó hacia Manuel con las manos en los bolsillos, cordial, protector, brusco.

—¿Cuándo estará lista la mina? —le preguntó Manuel.

El comandante lo miró:

—Cuando hayan terminado… Mañana.

Parecía decir: ¿es que puede saberse cuándo con esos animales? Y con la mirada burlona, como si le pareciera también muy divertido. Manuel no dejaba de tener simpatía por la tristeza de Hernández, pero esa ironía indiferente y superior lo crispaba. Y desde su caída con Ramos, la dinamita le parecía un arma novelesca y por lo tanto sospechosa.

Los ruidos de la guerra se detuvieron por un instante; en el silencio, se oían regularmente golpes metálicos y sordos, que parecían venir del piso y de las paredes.

—¿Es la mina? —preguntó Manuel.

Los milicianos asintieron por señas. Manuel pensaba que en ese mismo momento los fascistas del Alcázar lo oían de la misma manera.

El jefe de los mineros llegaba.

—¿A qué hora crees que habrás terminado?
—Entre las tres y las cuatro.
—¿Seguro?

El minero reflexionó.

—Seguro.
—¿Qué saltará?
—Ah, eso no puede afirmarse…
—¿A tu juicio?
—Toda la parte delantera.
—¿Nada más?

El minero siguió reflexionando:

—Eso dicen. Yo no lo creo. Los sótanos no están superpuestos, están escalonados, siguen la forma del peñasco.
—Gracias.

El minero se fue. Manuel, con el gajo de hinojo en la mano izquierda, tomó al comandante del brazo.

—Si se combate mañana, ten cuidado, camarada: vuestros nidos de ametralladoras están demasiado lejos. Ninguno está camuflado: se los ve a la luz del fuego.

Salieron en la noche rojiza. Los envolvió el olor a cadáveres y a piedra caliente, desapareció un segundo en el viento, nuevamente volvió y tomó posesión del jardín lleno de capotes militares.

Inspeccionó uno tras otro los puestos difíciles, hasta las partes del Alcázar tomadas por los republicanos. Allí, todo cambiaba: guardias de asalto, guardias civiles, milicianos organizados. Pero estaba inquieto: el ataque que debía suceder a la explosión no había sido preparado por ningún especialista militar.

Entre los cañonazos, oía todavía el ruido de la mina que, ahora, subía de la tierra a través de sus piernas. En sus subterráneos, los enemigos la oían sin duda más claramente aun… Heinrich, en el teléfono, oía la respuesta sobre la toma de Madrid. Quería defender Toledo, pero ya Toledo resistiera o cayera, pedía que se abandonara un sistema de pequeñas unidades, y se constituyera una fuerte reserva, apoyada por el 5.º regimiento. Franco, que comenzaba a buscar la manera de ir entrando, mucho esperaba del levantamiento de los fascistas de Madrid, y sus tropas avanzaban demasiado pronto.

.

Hernández, terminado su servicio, estaba sentado a una mesa con su amigo Moreno, en la Permanencia de las Milicias, el único lugar de Toledo donde aún se podía beber cerveza tibia. El teniente Moreno, encarcelado por los fascistas el día mismo del levantamiento, condenado a muerte, y liberado por una feliz casualidad cuando hubo una transferencia de prisión a prisión, había podido volver a Madrid tres días antes. Acababa de ser llamado para dar informes: había sido, como Hernández, alumno de la Escuela Militar de Toledo. Ante las ventanas abiertas de par en par, los milicianos se agitaban como el corazón azul de las llamas por debajo del inmenso incendio.

—Todos locos —dijo Moreno entre sus mechones de pelo. Su cabello negro y espeso, partido por la mitad, le caía sobre la cara, cubriéndolo como una máscara. Hernández lo miraba interrogador. Estaban unidos desde hacía quince años por una amistad indiferente, hecha de confidencias sentimentales y de recuerdos.
—Ya no creo en nada de lo que he creído —dijo Moreno—, en nada. Y sin embargo, parto mañana por la tarde en las primeras líneas.

Se echó el pelo para atrás. Su belleza era célebre en Toledo: nariz aguileña, ojos muy grandes, la máscara convencional de la belleza latina —vuelta singular aquella noche por el cabello que se había dejado muy largo, como para atestiguar sobre la prisión de donde había sido liberado—. Estaba mal afeitado, y lo poco que se le veía de la barba era gris.

Las casas ocultaban el Alcázar, pero no su reverberación. Bajo esa luz que tomaba una tras otra todas las tonalidades de las uvas negras y que, venida de las nubes, pegaba las sombras a los adoquines, los milicianos pasaban en medio del ruido regular del cañón.

—Cuando estuviste preso, ¿qué te costó más trabajo?
—Aprender a ablandarme.

Desde hace mucho Hernández sospechaba en Moreno una singular complacencia por lo trágico. Pero su angustia, cuya naturaleza no discernía el capitán, era evidente.

Callaron un instante, esperando el cañón. El éxodo, invisible, llenaba la noche con el chirrido de las carretas.

—Mi prisión, hombre, tuvo menos importancia que mi condena a muerte. Lo que me ha cambiado… Yo creía pensar algo de los hombres. Era un marxista, entiendo que el primer oficial marxista. Ahora no pienso lo contrario, no: no pienso nada.

Hernández no tenía ningún deseo de discutir sobre el marxismo. Los milicianos corrían, con ruido de fusiles.

—Oye bien —continuó Moreno—, cuando me condenaron a muerte, me autorizaron a bajar al patio. Todos los que había allí estaban condenados por sus ideas políticas. No se hablaba nunca de política. Nunca. El que hubiera comenzado habría hecho instantáneamente el vacío a su alrededor.

Una miliciana jorobada le trajo un sobre a Hernández. Moreno estalló de risa, nerviosamente.

—Desde el punto de vista de la revolución —dijo—, ¿qué me dices de esta comedia?
—No es sólo una comedia.

Hernández seguía con la mirada a la jorobada que se iba; pero contrariamente a Moreno, no veía de ella sino un impulso, y la miraba amistosamente; en la medida en que se podía juzgar a través de la noche color berenjena, a los milicianos también. Ella formaba parte del juego; hasta entonces, sin duda, había estado en plena soledad. El capitán alzó hacia Moreno su mirada de miope: empezaba a desconfiar.

—¿Partes mañana para el frente?…

Moreno vaciló, hizo caer su vaso, sin inmutarse. No dejaba de mirar a Hernández.

—Me voy esta noche a Francia —dijo por fin.

El capitán calló. Un miliciano extranjero, ignorando que allí no se pagaba, golpeó un vaso con una moneda. Moreno sacó una moneda del bolsillo, la tiró por el aire como si jugara a cara o cruz, la cubrió con la mano sin mirar de qué lado había caído, sonrió con una sonrisa bastante confusa. A esa máscara perfectamente regular, todo sentimiento profundo le daba una expresión infantil.

—Al principio, hombre, no estábamos en una prisión; estábamos en un viejo convento: lugar muy indicado, evidentemente. En la prisión anterior, no se veía nada, no se oía nada. (Era siempre así). En el convento teníamos suerte: se oía todo. La noche, las salvas.

Miró a Hernández con ojos inquietos. En su expresión infantil había una especie de candor, pero también algo azorado.

—¿Crees que se fusila con frases?

Y, sin esperar la respuesta:

—Ser fusilado mientras un faro te ilumina… Había salvas, y había también otro ruido, nos habían quitado todo el dinero que llevábamos, pero no las moneditas. Entonces casi todos los prisioneros jugaban a cara o cruz. ¿Iremos mañana al patio?, por ejemplo. O bien el pelotón de ejecución. No jugaban a un tiro, sino a diez, a veinte. Las salvas llegaban de lejos, ahogadas a causa de las paredes, de los colchones inflados, entre ellas y yo, por la noche, había ese pequeño alboroto a la izquierda, a la derecha, a mi alrededor. ¿No lo creerás? Sentía la extensión de la prisión por el alejamiento del sonido de las moneditas.
—¿Y los guardias?
—Una vez, uno oyó un tintineo. Abrió la puerta de mi celda, gritó: «¡Perdiste!», y la cerró. He tenido guardianes muy malos. Digo: malos. Pero no allí. ¿Oyes el ruidito de los tenedores? Era tan fuerte como eso. Y quizá cuando uno terminaba por oírlo no existía. Eso pone nervioso. A veces yo estaba en el sonido de las moneditas como uno está en la nieve. Y esos hombres no habían estado, como yo, detenidos el primer día: eran combatientes. Era conmovedor e idiota: en suma, echaban moneditas a la muerte. Dime un poco, ¿qué quería decir, allí dentro, el heroísmo?

Tomó la moneda y la tiró por el aire.

—Cara —dijo, asombrado.

La volvió a guardar en el bolsillo. Hernández había visto a Moreno combatir, en otros tiempos, contra las tropas de Abd-el-Krim y lo sabía valiente. El cañón tiraba siempre contra el Alcázar, cuyo chirrido estaba cortado por el grito estridente de las ruedas de las carretas.

—Oye, hombre, no hay héroes sin auditorio. Desde que está uno verdaderamente solo, lo comprende. Se dice que ser ciego es un universo; estar solo es también un universo, puedes creerme. Allí uno comprende que lo que piensa de sí es una idea del otro mundo. Del mundo que uno ha dejado. Tú puedes pensar algo de ti en ese universo, pero tienes simplemente la impresión de estar loco. ¿Te acuerdas de la confesión de Bakunin? Es eso. Los dos mundos no se comunican. Está el mundo en que los hombres mueren juntos, cantando, apretando los dientes o como quieran, y después, detrás, hombre, está ese convento con…

Buscó la moneda en el bolsillo, la hizo sonar, la tiró por el aire y se estremeció. Después la recogió sin mirar de qué lado había caído: su mirada permanecía fija en la calle.

—¡Míralos! ¡Míralos! Unos detrás de los otros. ¡Y yo te abrazo, y te admiro, y soy histórico, y pienso! Y todo eso en un calabozo: monedas que uno tira…
»A pesar de todo habrá aún en la tierra países sin fascistas, antes de que yo muera. Cuando me liberaron, me sentía borracho de estar de vuelta, me presenté para tomar nuevamente servicio. Pero ahora veo claro. A cada hombre lo amenaza su verdad, recuérdalo. Su verdad, eh, no es ni siquiera la muerte, ni siquiera el sufrimiento, es una moneda, hombre, una moneda…
—¿En qué, para un ateo como tú, el instante de la muerte es más válido, más importante, si quieres, en cuanto al juicio que puede formarte sobre la vida, que cualquier otro instante?
—Se puede soportar todo, hasta dormir sabiendo que va uno a perder horas de vida y que será fusilado al día siguiente; se pueden romper las fotos de aquellos que uno ama porque uno está harto de agotarse mirándolas; hasta puede uno darse cuenta con placer de que está saltando como un perro para echar inútilmente una mirada por la tronera y lo demás… Digo: todo. Lo que no podría uno soportar cuando te abofetean o te golpean, es que después te matarán. Y que no habrá nada más.

La pasión ponía tenso su rostro de actor, que adquiría de nuevo, en la iluminación a veces leonada, a veces violeta, de la hoguera invisible, una verdadera belleza.

—¡Pues sí, hombre, date cuenta! En Palma, estuve en la celda catorce días. Catorce. Un ratón venía todos los días a la misma hora: un reloj. Como el hombre es, como todos saben, el animal que segrega amor, me puse a amar ese ratón. A los catorce días tuve el derecho de salir al patio, pude conversar con otros prisioneros; entonces, al volver a mi celda, esa misma noche el ratón me fastidió.
—No se sale de una prueba como la que acabas de sufrir sin que algo quede; deberías ante todo comer, beber y dormir y pensar lo menos posible…
—Es fácil decirlo. Mira, el hombre no tiene costumbre de morir, apréndelo de una vez por todas. No tiene de ningún modo costumbre de morir. Entonces, cuando eso le sucede, lo recuerda.
—Aun no estando condenado a muerte, aquí se aprenden muchas cosas que el hombre no está hecho para aprender… Yo he aprendido algo muy simple: se espera todo de la libertad, enseguida, y se necesitan muchos muertos para que el hombre avance un centímetro… Esta calle debe haber sido más o menos como ahora bajo Carlos V… Y a pesar de todo el mundo ha cambiado desde Carlos V. Porque los hombres han querido que cambie, a pesar de las moneditas —y quizá no ignorando que las moneditas existen en alguna parte…—. Nada puede ser más desalentador que combatir aquí. Lo que no impide que lo único en el mundo que sea tan… pesado como tu recuerdo es la ayuda que podemos prestar a los individuos que están pasando delante de nosotros sin decirnos nada.
—Yo me decía cosas por el estilo en mi celda, por la mañana. Con la caída de la tarde volvía la verdad. La caída de la tarde es lo peor: cuando uno, sabes, ha caminado mucho por los tres metros de ancho y las paredes empiezan a aproximarse, ¡eso te vuelve inteligente! Los cementerios de las revoluciones son iguales a los otros…
—Todas las semillas se pudren al principio, pero algunas germinan… Un mundo sin esperanza es irrespirable. O entonces, puramente físico. Por eso tantos oficiales se las arreglan bien: la vida ha sido siempre física para casi todos, pero no para nosotros.
»Tú deberías pedir quince días para cuidarte. Y si después, tranquilamente, miras a los milicianos y sólo ves de ellos la comedia, si nada en ti está ligado a la esperanza que hay en ellos, entonces vete a Francia: ¿qué quieres hacer aquí?

Detrás de los grupos silenciosos pasaban carretas atestadas de canastas y de sacos, donde brillaba por un instante el fulgor escarlata de una botella; después, encima de burros, campesinas sin rostro y en el que, sin embargo, se adivinaba la mirada fija, con la secular aflicción de las Fluidas a Egipto. Corría el éxodo, hundido bajo sus mantas en ese olor a fuego, escandido por el latido profundo y ritmado del cañón.

.

De las estrellas tranquilas, todas las colinas bajan hacia una pendiente por donde vendrán los tanques enemigos. De cuando en cuando, en una granja, en un bosquecillo, detrás de un peñasco, los grupos de dinamiteros aguardan.

Las líneas republicanas de Toledo están dos kilómetros atrás.

Bajo algunos olivos, una docena de dinamiteros están acostados. Uno, boca abajo, el mentón en ambas manos, no deja de mirar la cresta donde se encuentra el centinela. Casi todos los demás tienen un cigarrillo en la boca, pero no está todavía encendido.

La Sierra resiste, el frente de Aragón resiste, el frente de Córdoba resiste, Málaga resiste, Asturias resiste. Pero los camiones de Franco avanzan a toda velocidad a lo largo del Tajo. Y en Toledo las cosas andan mal. Como siempre que las cosas andan mal, los dinamiteros hablan de 1934 en Asturias. Pepe cuenta lo sucedido en Oviedo a los refuerzos que acaban de llegar de Cataluña:

—Esa derrota fue seguida por el Frente Popular. Habían tomado el arsenal. Creíamos que estaba a salvo y fuera del asunto, con todo lo que había allí, no podía hacerse nada. Y los mecheros de cañón sin fulminante y los obuses sin espoleta… Los obuses los utilizamos como balas de cañón; así los utilizamos. Hacían ruido y eso nos daba confianza. No era inútil.

Pepe se vuelve de espaldas: encima de los obreros, la luz de la luna brilla como el fino polvo de las hojas plateadas.

—Eso daba confianza. La confianza nos permitía avanzar.

La luz ilumina su simpática cabeza de caballo.

—¿Crees que entrarán en Toledo?
—¿Y su hermana?
—¡No te hagas mala sangre, Pepe! Para mí, Toledo… es un desbarajuste. Lo que importa es Madrid.
—Sin dinamita —dijo otra voz— estábamos liquidados en tres días. Tratamos de arreglarnos en el arsenal, con los compañeros que sabían cargar, ¡pero no había manera! Al fin, los muchachos partieron al frente con cinco balas cada uno. ¿Te das cuenta? ¡Cinco balas! Dime, Pepe, ¿te acuerdas de las mujeres con las cestas de ensalada y los bolsos? He visto muchas veces en mi vida recolectar; pero recolectar vainas, nunca. Ellas no pensaban en otra cosa que en las vainas. Les parecía que no tirábamos bastante rápido. ¡Qué le vamos a hacer!

Nadie ha vuelto la cabeza: esa voz es la de González. ¿Es que hay un timbre alegre de voz que sólo pertenece a los hombres gordos? Todos escuchan, al mismo tiempo que acechan, esperando el ruido lejano de los tanques.

—Con dinamita —continúa Pepe— hemos hecho ruido y buen trabajo. ¿Te acuerdas del lanzapiedras de Mercader?

Pero se vuelve hacia los catalanes: ellos no han conocido a Mercader.

—Era un muchacho muy juicioso que había hecho una especie de máquina para lanzar grandes cargas de dinamita. Lanzabombas, en suma. Como en las guerras de antes; eso se atirantaba con cuerdas. Hacían falta tres hombres. Al principio, los moros, cuando recibieron verdaderas cargas a doscientos metros, quedaron estupefactos. Había fabricado también escudos. Pero ésos no funcionaban bien. Servían de blanco.

A lo lejos, una banda de ametralladoras parte, se detiene, vuelve a partir, perdida como un ruido de máquina de coser en la inmensidad nocturna. Pero nunca los tanques.

—Ellos habían fabricado aviones —dice una voz amarga.

Historias a la vez épicas e irrisorias en ese valle donde acechan las líneas paralelas de los tanques. Sin duda los dinamiteros son el último cuerpo en que el hombre cuenta contra la máquina. Los catalanes están allí como estarían en otro lado, pero los asturianos se aferran a su pasado: lo continúan. Son el más viejo motín español, por fin organizado. Los únicos tal vez para quienes la leyenda dorada de la revolución crece con la experiencia de la guerra, en vez de estar triturados por ella.

—Ahora la caballería mora tiene fusiles ametralladores.
—¡Me cago en ellos!
—Sevilla está llena de alemanes; todos especialistas.
—Y directores de prisiones.
—Dicen que dos divisiones italianas se han ido…
—¿Los compañeros no resisten bien, eh, los tanques?
—No están acostumbrados…

De nuevo, para luchar contra la amenaza acuden a sus recuerdos del pasado:

—Entre nosotros —continúa Pepe—, el final fue lo peor. En el comité central campesino, los muchachos estaban mal. Sin recursos y agobiados. Los moros llegaban, necesitábamos tres horas para detenerlos. Teníamos hombres y dinamita, pero nada para utilizarla. Hacíamos una especie de petardos con diarios y pernos. En cuanto a armas, mejor no hablar; estaban liquidadas y suprimidas. El compañero enviado la víspera al arsenal, había vuelto con un pedazo de diario donde el responsable había escrito que si necesitaban municiones no valía la pena molestarse en pedirlas porque no les quedaba un solo cartucho. Los compañeros se repartían los últimos que tenían: cinco cada uno. Y habían partido al frente con su fusil. Nada más. Os dais cuenta: todo andaba bien, perfectamente bien. Los del comité central campesino estaban ocupados en poner cara de culo en torno de la mesa, dado que era lo único que podían hacer. Y había muchos compañeros en torno a la mesa. Nada decíamos. Las ametralladoras de los moros empezaban a acercarse como en este momento. Y después hubo una especie de alboroto… ¿Cómo decirte? Como si lo sofocaran, un alboroto sin ruido: los vasos y los cubiertos de la mesa, y el retrato de la pared empezaron a temblar. ¿Qué podía ser? Lo comprendimos por los cencerros. El ganado escapaba, porque tenía miedo de los moros que tiraban sin ton ni son, y allí estaban en medio de la carretera. Hasta que un compañero del comité, astuto y de muy buen juicio, grita: hagamos una barricada, quitemos los cencerros a los rumiantes (no eran chatos, eran los de las montañas, macizos). Quitamos a todos los animales sus cencerros, hicimos granadas y fue así como resistimos tres horas y pudimos evacuar todo lo que podía ser evacuado y llevado a otra parte.
»Así que, después de todo, nos cagamos en los tanques: ahora, sea como fuere, tenemos con qué defendernos.

Pepe se acordó también del tren blindado. Siempre la guerra con las manos. Pero desde que están organizados, sin fusiles antitanques, detienen a los tanques.

A lo lejos, ladra un perro.

—¿Y el burro? ¡El burro, González!
—La guerra… Uno siempre se acuerda de sus momentos divertidos.

Muchos dinamiteros están silenciosos, o son incapaces de contar nada. Pepe, González y algunos otros son los profesionales del relato y de la animación. Sin duda los tanques no se atreven a atacar por la noche. No conocen bastante bien el terreno y temen los fosos. Pero el día va a despuntar muy pronto. Bueno, ahora lo del burro.

—La idea de mandar un borrico era realmente buena. Lo habíamos cargado de dinamita, habíamos encendido la mecha y, vamos, a los moros. El borrico se escapa, las orejas tiesas, sin darse cuenta demasiado de adonde iría a parar. Pero los otros empiezan a tirarle. A las primeras balas, agita las orejas, se detiene, se hace preguntas; sin duda, no le parece bien, porque vuelve. A nuestro lado, no, de ninguna manera. Entonces empezamos a tirarle también. Sólo que a nosotros nos conoce; balas por balas, prefiere volver a donde estaba.

Hubo una tal explosión que la tierra pareció rajarse en toda su profundidad y cayeron hojas y ramitas secas.

En el enorme rayo rojo que subió de Toledo, todos de color violeta en la noche con la boca abierta sin mirada, vieron la cara que tendrían cuando estuvieran muertos.

Todos los cigarrillos cayeron.

Conocían el sonido de las explosiones. No era una mina. Ni dinamita. Ni un polvorín.

—¿Un torpedo?

Ninguno de ellos, por lo demás, lo ha visto ni oído. Escuchan. Les parece que llega desde lo alto un ruido de avión; pero quizá es el de los camiones de los moros.

—¿Hay en Toledo una fábrica de gas?, —pregunta González.

Nadie lo sabe. Pero todos piensan en el Alcázar.

Sobre lo que no cabe duda es que algo anda mal allí para los fascistas. Allí donde se apaga el chorro convulso, el cielo está rojo: ¿incendio o aurora?

No: la aurora se levanta del otro lado: hela aquí que comienza y una frescura de hojas cae de los olivares.

Ya no hay lugar para los recuerdos. Ahora los dinamiteros, donde quiera que estén apostados, aguardan. El enemigo y el día.

Han vuelto a tomar sus cigarrillos, que no todos han encendido. Es el silencio en la campiña española, el mismo que cuando llegaron los primeros moros, el mismo que hubo durante tantos días de paz y tantos de miseria. La línea blanca del despuntar del día comienza a alargarse a ras del horizonte. Por encima de la cabeza de los hombres acostados, la noche poco a poco se disgrega. Enseguida tendrá lugar la llamada profunda del día; pero ahora no es más que la tristeza miserable de la aurora, la hora pálida. En las granjas comienzan los gritos desolados de los gallos.

—¡Ricardo vuelve!, —grita Pepe.

El centinela vuelve corriendo. Venidos de la misma desolación, erguidos como si no amenazaran ya la tierra sino el cielo pálido, los primeros tanques enemigos sobrepasan la cresta.

González, después Pepe, después todos los demás encienden sus cigarrillos. Por todas partes, al encuentro de los tanques, manchas de hombres comienzan a deslizarse.

Quizá los tanquistas saben que están allí, pero no los ven: agachados o acostados, los dinamiteros están sobre el fondo de tierra del valle, en tanto que los tanques están encabritados en el cielo.

A la derecha de González uno de los catalanes, un joven que, desde que está allí, no ha dicho casi nada; a su izquierda, Pepe. González apenas los ve. Siente su flexible caminar en la aurora, su caminar de hombres. Al principio de cada combate, sus amigos le parecen por un momento moluscos privados de su caparazón: blandos, flexibles, sin defensa. Él es el más vigoroso de todos, y los siente enclenques. Los tanques, ellos sí que no dejan de tener caparazón, avanzan con un ruido creciente; frente a los tanques, la línea temblorosa de los dinamiteros se desliza en un extraordinario silencio.

Hay dos filas de tanques, pero están de tal modo separados unos de otros que los dinamiteros no los tendrán en cuenta; a cada grupo su tanque, como si ellos mismos estuvieran en fila. Algunos catalanes han escondido mal el cigarrillo en la mano. ¡Idiotas!, debería pensar González. Mira esos puntos imperceptibles: está un poco atrás, quizá desde adelante son menos visibles. Avanza con ellos, levantado por la misma marea, por una exaltación fraternal y dura. Y su corazón, sin dejar de mirar el tanque que avanza hacia él, canta el canto profundo de Asturias. Nunca sabrá más que ahora lo que es ser un hombre.

Va a encontrarse en descubierto. El día avanza. Pepe acaba de pegarse a la tierra. González se estira. El tanque está a cuatrocientos metros, y se lo ocultan las siluetas de las hierbas que tiene ante los ojos: gramíneas, esas espigas de hierba que de niño enganchaba a las mangas de sus compañeros, una suerte de avena salvaje y una margarita, de alto tallo; las hormigas se pasean por ella. También una minúscula araña. Seres que viven así, a ras de tierra, en ese palmeral de hierbas, lejos de la vida y de la guerra. Detrás de dos hormigas muy atareadas llega a toda velocidad la mancha rugiente y sacudida del tanque oblicuo. No está en terreno plano: si arrojan bien la dinamita, los liquidarán. González se pone de costado.

Es necesario que el tanque pase por la derecha. González está protegido de las torretas por un ligero terraplén hasta que el tanque llegue a su altura. Veremos quién mata antes. El tanquista tendrá el sol en los ojos. González se asegura de que nada retiene su brazo derecho.

¿Qué diablos ha hecho el catalán? El tanque de la derecha tira. El de González llega a toda velocidad, siempre oblicuo, sobre las hormigas enormes a diez centímetros de sus ojos. González salta, arroja la dinamita en un estruendo de mecánica y de ametralladoras, se arroja a sí mismo a tierra en el mismo movimiento como si se hundiera en la explosión.

Levanta la cabeza entre el ruido de las piedras que caen: el tanque, panza al aire, ha caído sobre su torreta. Se abría por el extremo de la torreta. El día se alza sobre una de sus orugas que continúa girando.

González está acostado en la tierra, pero en modo alguno protegido. El cañón de la torreta, dado la vuelta, no se mueve. Con una bomba en la mano, González acecha.

En los rayos oblicuos del sol, la oruga gira cada vez con mayor lentitud, como la rueda de una lotería.

González tiene su cigarrillo cerca de la última bomba. La ametralladora del capot no se mueve. Los dos hombres están heridos o muertos; si no, la cabeza hacia abajo en ese tanque dado la vuelta, del cual no pueden salir porque la torreta soporta todo el peso del tanque. Si el depósito se vuelca, antes de cinco minutos arderán: la guerra civil.

Todavía nada. La oruga se ha detenido.

González se vuelve. La artillería republicana no tira. ¿Es que hay una artillería republicana? Se pone de rodillas. En el valle marcado por las huellas de las orugas como el mar por las de los navíos, cinco tanques fuera de combate, con las formas prehistóricas de los carros derribados o dados la vuelta. (Cuando vio al primero dado la vuelta, creyó estar frente a un nuevo modelo). Dos llamean. Mucho más allá, en el día que ahora todo lo ha invadido, los últimos tanques, poco a poco escondidos por una cuesta del terreno, se lanzan sobre las líneas republicanas —las últimas antes de Toledo.

Con el pasar del día, ahora fulgurante, no se ve a los muertos entre las hierbas. Pasan las balas alrededor de los dos dinamiteros. Pepe, imitando su silbido idiota, se pega a la tierra.

Por encima de la cresta, llegan las manchas blancas de los turbantes moros.

El humo que, después de la explosión, envolvía aún el Alcázar abierto, tenía, en la frescura de la aurora, un olor húmedo y pesado con el cual se fundía el de los cadáveres. Unido a la superficie por el viento, cubría las paredes todavía en pie, como el mar un fondo rocoso. Una ráfaga más fuerte curvó su superficie estancada; bloques de piedra emergieron retorcidos. Hacia la derecha, más abajo, no avanzó por masas que se atropellan, sino como el agua que corre, llenando los agujeros y las grietas. El Alcázar pierde como un depósito, pensó Manuel.

Ocupando cada callejuela llena de escombros como si ella misma hubiera hecho la guerra, el humo invadía metro por metro las posiciones republicanas. Los sitiadores estaban ahora alejados unos de otros: la mina había hecho saltar las posiciones más avanzadas de los fascistas, pero no los subterráneos.

Por un instante, todos los ruidos cesaron, y Manuel oyó a alguien que golpeaba con el pie la piedra que tenía detrás. Era Heinrich, con un reflejo de aurora sobre su nuca espesa que se plegaba como una frente.

—¿Madrid? —preguntó Manuel, con el hinojo en la mano.
—No —dijo el general sin mirarlo. Su mirada estaba fija en las rocas más altas que salían poco a poco del humo como de una marea descendente.
—¿Por qué? —preguntó Manuel.
—Porque no. ¿Los nuestros estaban enfrente, verdad?
—Se ha evacuado antes de la explosión.
—¿No hay otro acceso a la parte que acaba de saltar que el Alcázar mismo?

Con los gemelos delante de su vieja cara de campesina polaca miraba siempre el promontorio despedazado ante el cual bajaba el humo. Tendió sus gemelos a Manuel.

—¿Tenemos ametralladoras a los lados?
—No.
—¡Eso no los detendría pero los retardaría!

Unos puntos pasaban junto al perfil del peñasco, pegados a él como moscas. Cada vez que un punto pasaba sobre la cresta, desaparecía, pero reaparecía un poco más abajo. El humo sobrepasaba de lejos los antiguos puestos de avanzada abandonados a causa de la explosión por los guardias de asalto republicanos; los fascistas avanzaban detrás del humo.

—¿Tenemos ametralladoras a los lados?

Todas las posiciones conquistadas desde diez días antes habían sido perdidas.

—Habrá que poner la ciudad en estado de defensa —dijo Heinrich.

El teléfono de la Jefatura no respondía. En Santa Cruz se decía que los moros estaban a diez kilómetros.

Fueron a la tienda de Hernández.

En una calle en que la bulla era la propia de los días en que comienza el verano, un miliciano le tendió su fusil a Manuel, un máuser.

—¿Quieres un fusil, comandante?
—Lo necesitarás dentro de poco —respondió Heinrich en alemán.
—Voy a dejarlo; entonces, si tú lo quieres…

Las cejas blancas de Heinrich daban a sus ojos expresión de asombro. Su mirada, ahora fija en su cara afeitada hasta el cráneo, con las cejas invisibles, adquirió por eso mismo una extrema brutalidad. Pero veinte personas lo separaban ya del miliciano.

En las casas con las persianas cerradas comenzaban ya a tirar contra los milicianos con los fusiles abandonados bajo las puertas.

El malestar que sentía Manuel cuando se encontraba en un lugar cerrado lo sentía por primera vez en la calle: no podía ya dar un paso sin tantear el suelo con el dedo grande del pie. Hasta entonces ni la multitud de Toledo, ni la de la procesión del Corpus de otros tiempos, ni la de las jornadas históricas de Madrid se parecían a ésta. Los milicianos llevaban los sombreros mexicanos en el extremo del brazo, verticalmente, como aros de circo, veinte mil hombres enloquecidos. En cada zaguán, fusiles abandonados.

La tienda de Hernández estaba abierta de par en par. Un hombre con quepis rojo y negro hablaba:

—¿Quién es aquí el responsable?
—Yo, el capitán Hernández.
—Bueno, dime, capitán; estábamos en el 25 de la calle del Comercio. Hemos sido bombardeados. Nos pasamos al 45, nos bombardearon también. ¿Eres tú el que les avisa cuando nos mudamos para que los del otro bando nos maten mejor?

Hernández miraba al hombre con asco.

—Continúa —dijo.
—Porque nosotros estamos hartos. ¿Dónde está nuestra aviación?
—¿Dónde quiere que esté? En el aire.

Contra los aviones italianos y alemanes sólo le quedaban al Gobierno diez aviones modernos en condiciones de volar.

—Porque si nuestra aviación no está aquí dentro de media hora, ¡ponemos los pies en polvorosa! No estamos aquí para servir de carne de cañón a los burgueses, ni a los comunistas. Nos vamos. ¿Entendido?

Miraba la gran estrella roja de Manuel, detrás del capitán. Los ojos de Heinrich habían adquirido de nuevo su fijeza.

Hernández lo tomó con ambas manos por las solapas de su chaqueta, y le dijo sin alzar la voz:

—Vas a irte enseguida —y lo echó sin que el otro agregara una palabra.

Hernández se volvió, saludó a Heinrich y le dio la mano a Manuel.

—Éste es un imbécil o un canalla, o las dos cosas a la vez, si ustedes quieren. Están obsesos por la traición. No sin motivo… Mientras las cosas anden así, no hay nada que hacer…
—Siempre hay algo que hacer.

Manuel traducía, la mano nerviosa: el hinojo se había perdido en la multitud. Hernández se encogió de hombros.

—A sus órdenes.
—Si ese individuo abandona su puesto, debe ser fusilado.
—Por ustedes, en todo caso. ¿Con quién se puede contar?
—Con nadie. Nada que hacer aquí. ¡Y sin embargo!… En fin… No traigan aquí buenas tropas, estarán podridas en una hora. Es una guarida de cobardes. Combatamos afuera, si podemos, con otras tropas. ¿De qué disponen ustedes?
—Quizá no todo esté perdido en esos miles de hombres y esos fusiles —dijo Heinrich—. Y hay que aprovechar la posición.
—Ni un soldado. Trescientos milicianos se dejarán matar. Algunos asturianos, si quiere usted. Los otros son cobardes que quieren justificar su huida criticando todo. Dejan sus fusiles en los zaguanes, y los fascistas comienzan a tirar contra nosotros. Las mujeres ni siquiera tienen miedo de injuriamos por las ventanas.
—Gane tiempo hasta las cinco o las seis.
—La puerta de Bisagra es defendible, pero no la defenderán.
—A nosotros nos toca defenderla —dijo Heinrich—. Vamos.

Después de una larga vuelta por las callejuelas, llegaron a la puerta. Un mercado de fusiles.

Una docena de milicianos, sentados en el suelo, jugaban a los naipes. Heinrich se agachó al pasar, recogió los naipes mirando a los jugadores, se los guardó en el bolsillo. Continuó su camino, pasó por la puerta y examinó la posición desde afuera. Manuel encontró una rama más o menos derecha que reemplazó a la de hinojo: quería calmar su nerviosidad, y los fusiles abandonados lo enfurecían.

—Es la locura completa —dijo Heinrich—. ¡Por los tejados y las terrazas se puede resistir por lo menos hasta que traigan la artillería!

Entraron en la ciudad. El general miraba siempre los tejados.

—¡Qué desgracia no saber español, Dios mío!
—Yo lo sé —dijo Manuel.

Hernández y él comenzaron a tomar uno por uno a los hombres, a situarlos, a mandar a buscar municiones, a entregar a los tiradores las buenas armas abandonadas. Se encontraron tres fusiles ametralladores. Al cabo de una hora, la puerta estaba defendida.

—Me vas a tomar por un imbécil —dijo Heinrich a Manuel—, pero ahora habría que hacerles cantar la Internacional. Como todos están protegidos, no se ven; tendrían que sentirse.

El tuteo comunista no disminuía en nada la autoridad de Heinrich.

—¡Camaradas! —gritó Manuel.

De todos los rincones, de todos los ángulos, de todas las ventanas, salieron cabezas. Manuel comenzó la Internacional molesto por su rama llena de hojas que no quería soltar, y con la cual tenía ganas de marcar el compás. Su voz era muy fuerte, y habiendo cesado el tiroteo contra el Alcázar, se la oía. Pero los milicianos no sabían la letra de la Internacional.

Heinrich estaba estupefacto. Manuel se atuvo al refrán.

—Es siempre así —dijo Heinrich, con amargura—. Antes de cuatro horas estaremos en Madrid. Durará hasta entonces.

Hernández sonrió tristemente.

Manuel nombró jefes, y los tres se fueron a la Puerta del Sol.

En tres cuartos de hora, la puerta estuvo custodiada.

—Volvamos a Bisagra —dijo Heinrich.

Por las ventanas entreabiertas, los tiros de fusil de los fascistas eran cada vez más numerosos. Pero ya no había barullo: en una hora, más de diez mil hombres habían partido. La ciudad se vaciaba como un cuerpo pierde sangre.

Su auto estaba guardado en un hangar.

—Tómelo enseguida —dijo Hernández—. Luego…

Ante la puerta, un oficial de bigote corto esperaba.

—Me han dicho que van ustedes a Madrid. Yo tengo que estar allí con urgencia. ¿Pueden llevarme?

Mostró su orden de misión. Los tres partieron, para Bisagra primero. Manuel conducía. Había fusiles abandonados en cada umbral. En el momento en que el auto disminuía su velocidad para girar, una puerta se entreabrió y una mano, desde el interior, tendió un fusil. Heinrich lo tomó, la mano entró de nuevo.

—El pueblo español no está a la altura de su tarea… —dijo el oficial.

Por tercera vez, la mirada del general tomó esa expresión de fijeza brutal que había observado Manuel.

—En un caso como éste —contestó Heinrich—, la crisis es siempre una crisis de mando.

Manuel se acordó de Jiménez. Y también de todos esos milicianos que se veían en cada calle de Madrid aplicados y preocupados, que aprendían a marchar como se aprende a leer.

De vuelta en Bisagra, Manuel llamó. Nadie respondió. Llamó de nuevo. Nada. Subió al último piso de la casa desde donde pudo descubrir los tejados. Detrás de cada ángulo, allí donde había apostado a un hombre había un fusil abandonado. También los tres fusiles ametralladores. Bisagra estaba todavía defendida: defendida por armas sin hombres.

Faltaban fusiles en el frente de Málaga, en el frente de Córdoba, en el frente de Aragón. Faltaban fusiles en Madrid.

En una era apenas alejada, trillaban el trigo…

Manuel tiró por fin su rama, bajó con las piernas de algodón. Todas las puertas estaban abiertas: al lado de las ventanas, apoyados en las cortinas, los últimos fusiles velaban sobre Toledo.

Y por las ventanas abiertas aparecía en cada tejado detrás de cada chimenea, un fusil, con su paquete de municiones al lado.

Manuel puso a Heinrich al corriente. Hernández ya lo había adivinado.

—Hay que sacar de aquí a los jóvenes —dijo Heinrich—. Corramos a Madrid. ¡En el momento actual, no será difícil hacer evacuar Toledo!
—Ya no tiene usted tiempo —dijo Hernández.
—Intentémoslo.
—¿Y tú? —preguntó Manuel—, ¿qué vas a hacer?
—¿Qué quieres que haga? —dijo Hernández encogiéndose de hombros, mostrando la sonrisa amarga de sus largos dientes amarillos—. Somos unos veinte los que sabemos utilizar decentemente una ametralladora.

Mostró el cementerio con indiferencia.

—Allí o acá…
—No: llegaremos a tiempo.

Hernández levantó de nuevo los hombros.

—Llegaremos a tiempo —repitió Manuel firmemente, golpeando con la rama su zapato.

Hernández lo miraba asombrado.

Manuel tuvo súbitamente conciencia de que nunca le había hablado a Hernández con ese tono. No se traducen órdenes con una voz neutra y lo estaba haciendo desde hacía varias horas con el mismo tono de Heinrich. Había aprendido autoridad como se aprende una lengua: repitiéndola.

—Si tienes veinte individuos —dijo—, trata, a pesar de todo, de defender esta puerta.
—Busca a otros hombres para reemplazarlos antes de partir —dijo Heinrich.
—A sus órdenes —continuó Hernández con la misma indiferencia desesperada.

Colocados de nuevo los hombres, volvieron a la tienda. Aumentaban los insultos desde las ventanas, en la calle, y los tiros de fusil de los fascistas.

—Éstos —dijo Manuel— quisieran el restablecimiento de Felipe II. Para comenzar, Hernández, haz juntar todas las armas, salvo las de las puertas: voy a mandar camiones con guardias de asalto.
—Es más fácil juntarlas que hacerlas utilizar…

La agonía de la ciudad se precipitaba.

—Que resistan durante el día —dijo Heinrich—. Los dinamiteros resistirán por la noche. Con las juventudes de aquí, y los hombres del 5.º, resistiremos ocho días. Y de aquí a ocho días…

.

(Continuará…)

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