La esperanza (XIII)

André Malraux

 

 

8

Hernández, vestido de civil, como casi todos los últimos combatientes —se había despojado de su mono—, vaciló un segundo. Por el ruido, los republicanos estaban a la derecha. ¿Qué quería? ¿Ser salvado? Dos horas antes hubiera podido irse como se toma el tren. ¿Luchar hasta el último momento? Ante todo, no estar solo, no estar ya más tiempo solo. Había quedado separado de los suyos en el primer ataque del Tercio. Ante todo, volver a encontrarlos.

Corriendo pegado a la pared de la callejuela (a la izquierda, el ruido de las ametralladoras del Tercio se aproximaba), llegó a una calle. Las balas republicanas arañaban las altas fachadas macilentas y hacían subir del yeso pequeñas humaredas espesas. El ruido de las ametralladoras enemigas se acercaba más y más. Sin duda, la legión acababa de alcanzar la esquina que Hernández había rebasado un momento antes: ahora las balas llegaban de frente y de atrás.

A diez metros, adelante, un farol estaba iluminado. Llegó hasta él, agitó su revólver por encima de su cabeza para hacerse reconocer: una bala golpeó en la parte delantera del máuser y lo hizo caer. Hernández se metió en el umbral de una puerta. Estaba protegido del Tercio por los ángulos de la calle, de los republicanos por el espesor de la pared. De cada lado, una ametralladora tiraba nerviosamente, sin ver gran cosa. Hasta que una andanada de tiros hizo caer el farol con un bonito ruido de vidrios; las ametralladoras tiraron entonces sin ver nada de nada, salvo, en cada extremo de la calle, un crepitar de cortas llamas azuladas.

Hernández se acostó, alcanzó su revólver bajo una red horizontal de balas, y volvió a su umbral.

Habían pasado diez minutos cuando una mano se aferró a su brazo y lo sobresaltó.

—Hernández, Hernández.
—Hum… Sí.

El miliciano que se había unido a él (también vestido de civil) tiró tres tiros de revólver con un segundo de intervalo, y ambos corrieron. La ametralladora republicana se detuvo.

En el momento en que la alcanzaron, otro miliciano llegaba por detrás.

—¡Los moros!
—¡A la plaza! —dijo el tipo que hacía funcionar la ametralladora y que parecía dirigir el grupo.

Todos corrieron por las callejuelas, y el ametrallador erizado de fragmentos de Hotchkiss.

Hernández no quería morir solo.

El ametrallador se volvió, colocó su ametralladora, tiró una andanada de unas cincuenta balas, volvió a correr. Tiraba mal. Los moros se habían detenido; a su vez, emprendieron de nuevo su carrera.

Tiros débiles, aislados. Y de pronto, en sentido contrario a la carrera de los republicanos, el viento trajo una música de cobres y de grandes tambores, la de los circos, los parques de diversiones y de los ejércitos. ¿Qué tiovivos dan vueltas ahora?, se preguntó Hernández. Y reconoció por fin el himno fascista: la música del Tercio tocaba en la plaza de Zocodover.

El ametrallador se detuvo de nuevo, volvió a tirar. Diez segundos, quince. «¡Escapa de una vez, idiota!», le gritó su compañero. Y comenzó a darle patada tras patada en el trasero: «¡Quieres irte de una vez, idiota!».

Las patadas tuvieron más efecto que las balas y el avance de los moros. El tirador tomó de nuevo su ametralladora y salió corriendo.

Llegaron a la plaza de toros.

Había unos treinta milicianos. Desde dentro, la plaza parecía una fortaleza. De cartón, pensó Hernández. Miró hacia fuera: los moros comenzaban a custodiar las puertas.

—Al primer cañonazo, ¡esto se va a poner bonito! —dijo un artillero, también de civil.
—Los civiles fascistas ya tienen un brazal blanco —dijo un miliciano.
—Hacen un Tedéum en la catedral. El cura está allí. Ha estado escondido todo el tiempo.

Nuestras ejecuciones en masa, pensó Hernández.

Miraba siempre hacia fuera. Hacia la izquierda, la ciudad no estaba todavía cercada.

—¡La caballería mora! —gritó un individuo.
—¡Estás loco!
—Quedarse aquí es idiota —dijo Hernández—. Serán cada vez más. Nos liquidarán enseguida. A la izquierda la campiña está aún libre. Dejad las puertas, están custodiadas. Voy a limpiar un pedazo de la calle con la ametralladora. Saltad desde el primer tiro, y tratad de no romperos la crisma. Liquidad a los moros que no han sido tocados y que querrán deteneros. No costará mucho. Huid hacia la izquierda. Podéis servir para algo mejor que para ser fusilados. Si llegan más del lado de ellos, los detengo hasta que estéis fuera de peligro.

Apuntó con la ametralladora, tiró dos andanadas, ida y vuelta, segando. Los moros cayeron o escaparon. Los hombres de la plaza saltaron, reprimieron sin trabajo a los últimos moros. Los fascistas llegaron por la derecha: la ametralladora los batió en enfilada, obligándolos a detenerse en los umbrales. Los últimos republicanos desaparecían apresuradamente llevando a cuestas a sus camaradas que se habían torcido los pies. Hernández no pensaba en nada, apretaba su ametralladora contra el hombro, y era plenamente feliz.

Nadie en la plaza. Saltó por fin, recibió un extraño latigazo por encima de un ojo y sintió que la sangre le cegaba. Otro golpe en la nuca, pesado y ancho esta vez, un culatazo, quizá. Extendió los brazos hacia delante y cayó de bruces.

.

.

9

En el patio de la prisión de Toledo, un hombre se puso a aullar. Era muy raro. Los revolucionarios se callaban porque eran revolucionarios; los otros —los que se habían creído revolucionarios porque lo eran los demás, y percibían que frente a la muerte, sólo les importaba la vida, sea la que fuere— pensaban que el silencio es la única sabiduría de los prisioneros: los insectos amenazados tratan de confundirse con las ramas.

Y estaban aquellos que ni siquiera tenían ganas de gritar.

—¡Pedazo de cornudos, cretinos!, —aullaba la voz—. ¡Yo soy cobrador de tranvía!

Y llegando al extremo de la vociferación:

—¡Cobrador, cobrador de tranvía, imbéciles!

A través de la reja de su celda, Hernández no podía verlo, pero lo oía, el hombre entró en su campo visual. Golpeaba con toda su fuerza una chaqueta de lustrina que tenía en la mano izquierda, como si la sacudiera para sacarle el polvo. En muchas ciudades, los fascistas habían condenado a muerte a todos los obreros que tenían la chaqueta brillante en el hombro: el rastro del fusil. En el hombro de la chaqueta de aquellos que cargaban bolsas de herramientas, la correa dejaba la misma huella.

—¡Me cago en vuestra política de hijos de puta!

Y de nuevo:

—¡Pero miradme el hombro, al menos! ¡El fusil deja un moretón, Dios de Dios! ¿Es que tengo un moretón? ¡Puesto que os digo que soy cobrador de tranvía!

Dos guardianes vinieron a buscarlo. Más bien para meterlo en otra celda que para liberarlo, pensó Hernández. Se impuso el orden.

Los prisioneros daban vueltas por el patio, cada cual con su destino envenenado. Los gritos de los vendedores de diarios llegaban de la ciudad.

Estaban también los nuevos. Como cada día. Como cada día, Hernández los miraba, y como cada día, ellos volvían la cabeza para no encontrar su mirada. Hernández comenzaba a saber que los condenados a muerte son contagiosos.

El ruido del cerrojo de su celda —ahora, el ruido más importante.

Hernández esperaba ser ejecutado. Estaba harto. Hasta la coronilla. Los hombres con quienes hubiera querido vivir sólo servían para morir y, con los otros, no tenía ganas de vivir. El régimen de la prisión, en tanto que régimen, no tenía nada de atroz. Administrativo: los carceleros eran profesionales, traídos de Sevilla. La vida de la prisión era otra cosa. A veces, se llevaban de golpe veinte o treinta prisioneros; enseguida se oía el fuego de una salva, y los golpes de gracia, más débiles, después. A veces, por la noche, se oía abrir un cerrojo, una voz de hombre, y la misma palabra: «¿Ya?».

Después la campanilla de un sacerdote. Nada más. Pero el aburrimiento obligaba a pensar, y los condenados sólo piensan en la muerte.

Un guardia acompañó a Hernández a la oficina de la policía especial, y se quedó con él: el oficial no estaba. Otra ventana más abierta al patio, sobre la misma ronda de prisioneros.

Los que aún no habían sido «juzgados» estaban en el patio; los condenados a muerte, en el calabozo. Hernández trató de mirar a través del patio a los que la reja enfrentaba con la ventana. Demasiado lejos. No distinguía sino la parte de las manos crispadas sobre los barrotes, ésta, sí, en plena luz.

Detrás de las rejas, nada: la sombra. Y, por otra parte, no tenía tantas ganas de ver. Quería cambiar miradas con la vida, no con la muerte.

El jefe de la oficina, un oficial de unos cincuenta años, con el cuello demasiado largo, la cabeza pequeña y los bigotes de Queipo de Llano, entró, trayendo en la mano la billetera de Hernández.

—¿Es su billetera?
—Sí.

El policía sacó un fajo de billetes.

—¿Estos billetes son suyos?
—No lo sé. Había billetes en mi billetera, en efecto.
—¿Cuánto?
—No sé.

El policía alzó los ojos al cielo reconociendo muy bien en ello el desorden de los rojos, pero se calló.

—De seiscientas a ochocientas pesetas —dijo Hernández, alzando el hombro derecho.
—¿Reconoce usted este papel?

El policía con cabeza de alfiler observaba a Hernández, creyendo sin duda en signos reveladores. Hernández, cansado hasta la indiferencia, examinó el papel y sonrió amargamente.

Lo que había intrigado al servicio especial era un billete en el cual, en medio de trazos confusos y sin duda desprovistos de sentido, una línea rota, trazada con lápiz, que subía y bajaba —una A sin barra— parecía una señal.

Era un dibujo de Moreno. No había a pesar de todo partido a Francia, sino al frente del Tajo. Moreno repetía: «Los hombres hablaban de todo en el patio de la prisión. Nunca de política. Nunca. El que hubiera llegado a decir: he defendido lo que he creído justo, he perdido, paguemos la consecuencia, habría creado el vacío a su alrededor. Uno muere solo, Hernández, acuérdese usted de eso».

¿Pensaban en la política, o en los cañones de los fusiles que los apuntaban, o en nada, los que caminaban detrás de esa ventana?

.

Hernández había dicho: «No asigno a la muerte tanta importancia. A la tortura, sí…». «He preguntado —había respondido Moreno— a los de mi prisión que habían sido torturados qué pensaban entonces. Casi todos me han respondido: “Pensaba en lo que vendría después”. Pero la tortura es poca cosa al lado de la certidumbre de la muerte. Lo capital es la muerte, es ella la que hace irremediable lo que la precede, irremediable para siempre; la tortura, la violación seguidas de la muerte, eso es verdaderamente terrible. Sépalo usted…». Moreno había comenzado a dibujar en el billete: «Toda sensación es así —por terrible que pueda ser—. Pero después…».

—¿Reconoce usted el billete? —preguntó de nuevo el policía.

La sonrisa de Hernández lo desconcertaba.

—Sí, por supuesto.

Hernández lo había puesto sobre la mesa por distracción: no se pagaba en la Permanencia de las Milicias.

—¿Qué significan esos signos?

Hernández no respondió.

—Le pregunto qué significa eso.

Era pues, hombre que se tomaba en serio. Hernández miraba esa cabecita, ese cuello: cuando el hombre estuviera muerto, el cuello sería más largo. Y moriría como cualquiera. Más penosamente que por un pelotón, acaso. ¡Pobre idiota!

Ante la ventana, los prisioneros pasaban desviando la mirada.

—Uno de los nuestros —dijo por fin Hernández con la misma sonrisa amarga—, evadido de una de las prisiones de ustedes, condenado a muerte desde hacía más de un mes, me explicaba que todo, en la vida, puede ser compensado; al hablar así, hacía esas dos líneas de las cuales una representa la desgracia, si usted quiere, y la otra su compensación. Pero que la… tragedia de la muerte está en que transforma la vida en destino, que a partir de ella nada puede ser compensado. Y que —aun para un ateo— en ello reside la extrema gravedad del instante de la muerte.
»Se equivocaba, por lo demás —agregó Hernández más lentamente. Tenía la impresión de dar una conferencia.

A su vez, el policía no respondió enseguida. ¿Había comprendido? Si fuera así, tenía suerte. Los idiotas comprenden siempre algo. ¡En cuántas cosas absurdas emplean los vivos su tiempo! Bonito sería que le pidiera explicaciones suplementarias.

Porque, a pesar de su valor, había una palabra que Hernández no pronunciaría: tortura.

El policía seguía pensando.

—Cuestión personal —dijo por fin.

Los prisioneros volvieron a pasar.

—Extraña reflexión por parte de un oficial —agregó el policía—; hubiera hecho mejor en ir a la doctrina.
—No estaba en servicio.

Hernández no sonreía.

—¿Y los tracitos?
—Los tracitos no significan nada. Ese tema de conversación ponía nervioso al que me hablaba, eso es todo.

Hernández no hablaba agresivamente, sino distraídamente.

El oficial tocó el timbre. Entró uno de los guardianes.

—Puede llevárselo.

Hernández pensaba siempre en Moreno. En la misma mesa de Toledo en primavera (época más lejana que la del Cid), le había oído decir a Ramón Gómez de la Serna: «Reconozco que el hombre desciende del mono por el modo en que descascara y come los cacahuetes…». ¡Dónde estaba el tiempo del humorismo! Hernández saludó para salir, dio un paso hacia la puerta.

—¡Alto! —gritó el policía rabioso—. Han sido dadas en lo que a usted concierne «órdenes especialmente benévolas» pero…

Hernández, hundido en sus recuerdos, vuelto en sí por el tono militar de «puede llevárselo», había saludado, como saludaba tan a menudo desde hacía dos meses en Toledo con el puño cerrado. ¿Es que ahora iban a discutir sobre ese tema?

—La «benevolencia» —dijo— en celda de condenado a muerte… Y ¿por qué, por lo demás, órdenes especiales?

El oficial lo miró, estupefacto o exasperado:

—¿Por qué quiere que sea? ¿Por su cara bonita?

Después una idea se presentó súbitamente a su espíritu, e hizo un signo negativo con el índice como diciendo: no, inútil tomar precauciones conmigo, sonrió y dijo:

—Estoy al corriente…
—¿De qué? —preguntó Hernández tranquilamente.

El fascista comenzaba a encontrarlo un poco chiflado. Un rojo.

—De su actitud con los jefes del Alcázar, evidentemente.

No se vuelve uno loco de asco. Hernández sintió de pronto que su barba de cuatro días, sucia, le daba calor. Dejó de sonreír y su rostro pareció menos largo. Su mano, apoyada en la mesa, se cerró.

—Desee usted que las cosas no se hagan dos veces —dijo mirando al policía, y apoyando el puño sobre la mesa. Su hombro temblaba.
—No creo que esa ocasión pueda presentarse de nuevo para usted.

Hernández respondió solamente:

—Tanto mejor…
—Una cuestión personal. ¿Por qué había conservado ese billete?
—Generalmente los billetes se conservan hasta que uno los gasta…

Entró otro oficial. El policía le entregó el billete. Y el guardián llevó a Hernández a su calabozo.

.

.

10

Hernández camina una vez más por las calles de Toledo. Los prisioneros están atados de dos en dos.

Pasa un auto. Dos niñitas juntas. Una vieja que lleva un cántaro. Otro auto con oficiales fascistas. De hecho, piensa Hernández, estoy condenado a muerte por «rebelión militar». Otra mujer con un paquete de almacén, otra con un balde. Un hombre con nada.

Vivos.

Todos morirán. He visto a una de sus amigas morir de cáncer generalizado; su cuerpo era castaño, como sus cabellos; y era médica. Un miliciano, en Toledo, fue aplastado por un tanque. Y la agonía de la uremia… Todos morirán. Salvo esos moros que conducen a los condenados: los asesinos están fuera de la vida y de la muerte.

En el momento en que el tropel llega a un puente, el compañero de Hernández le dice, a media voz:

—Hoja Gillette. Acércate.

Hernández se acerca. Pasa una familia. (Pues sí, hay familias). Un niñito los mira. «Son viejos», dice. «Exagera, piensa Hernández. ¿Es que la muerte me lleva a ironizar?». Pasa una mujer de negro montada en un asno. Haría bien de no mirar así si no quiere mostrar que está con ellos. Hernández sólo siente de su largo cuerpo la presión de la cuerda sobre sus puños. La navajita raspa la cuerda.

—Ya está…

Hernández tira suavemente. Es verdad. Mira a su compañero: tiene una barbita muy dura.

—Los nuestros están todavía detrás de la cresta —dice éste—. En el primer cruce.

Atraviesan el puente. En el primer terraplén el hombre salta.

Está cansado, y también de la vida. Correr, de nuevo correr… ¿Qué hay del otro lado del terraplén? ¿Malezas? No se ve. Se acuerda de las cartas de Moscardó. Lo moros saltan también, tiran. Pero son muy pocos para abandonar la columna. Hernández no sabrá jamás si su compañero ha logrado escapar vivo. Quizá esté vivo: los moros vuelven del terraplén sin reír.

Ahora la tierra sube ligeramente; delante de un agujero alargado cuya profundidad no ve Hernández, diez falangistas, en posición de descanso, y un oficial. A la derecha, los prisioneros: con los que llegan, serán cincuenta. Sus ropas civiles son la única mancha sombría en la mañana radiante, y los uniformes caquis de los moros son del color de Toledo.

He aquí lo que tan a menudo lo ha obsesionado: el instante en que un hombre sabe que va a morir sin poder defenderse.

En apariencia, a los prisioneros no los molesta más tener que morir que a los moros y a los falangistas tener que matarlos. El cobrador de tranvía está con los otros, ahora semejante a los otros. Todos un poco embrutecidos, como después de una gran fatiga, ni más ni menos. El pelotón de ejecución está muy atareado: aunque no tenga otra cosa que hacer que aguardar que tiren, fusiles cargados.

—¡Firmes!

Dos veces más «firmes» que de costumbre; al oír la voz de mando, los diez hombres se han puesto tensos para representar la comedia del honor de obedecer. En torno a Hernández, los otros cincuenta miran en el vacío, más allá de toda comedia.

Tres fascistas acaban de tomar tres prisioneros. Los llevan ante la fosa, retroceden.

—¡Apunten!

El prisionero de la izquierda tiene el pelo cortado en redondo. Los tres cuerpos, más altos que lo común, dominan a aquellos que los miran y se recortan sobre el célebre horizonte de las montañas del Tajo. Qué poca cosa es la historia frente a la carne viva, todavía viva…

Dan un peligroso salto atrás. El pelotón tira, pero ya están en la fosa. ¿Cómo pueden esperar escaparse de ella? Los prisioneros ríen nerviosamente.

No tendrán que escaparse. Los prisioneros han visto el salto al principio, pero el pelotón ha tirado antes. Los nervios.

Traen a otros tres. No es posible que hagan saltar a unos tras otros a esos cincuenta hombres en la fosa. Algo tiene que suceder.

Uno de los prisioneros llevados ante la fosa se ha vuelto y la mira. Instintivamente, ha dado un paso para alejarse de ella. Volviéndose de nuevo pero sin alzar los ojos, advierte que ha avanzado hacia los pies del pelotón estirados hacia él, se detiene y, en el instante en que el prisionero de la derecha va a gritar algo, los tres caen, llevándose las manos al vientre, y se desploman: el pelotón, esta vez, ha tirado más bajo.

Los prisioneros del grupo han permanecido inmóviles. Ningún eco, ningún grito. Venido de la ciudad el rebuzno desolado de un asno y la voz de un vendedor de alcarrazas se pierden en el sol.

Uno de los que llevan a los prisioneros delante del pelotón de ejecución se ha inclinado sobre la fosa, revólver en mano. El cielo se estremece de luz. Hernández piensa en la limpieza de las mortajas: Europa no ama gran cosa pero ama todavía a sus muertos. El hombre en cuclillas al borde de la fosa sigue con el cañón de su revólver algo que se mueve, y tira; imaginar el golpe de gracia en una cabeza insensible no vale más que imaginarlo en una cabeza moribunda. En esta hora en la mitad de la tierra de España, adolescentes que representan la misma odiosa comedia tiran en la misma mañana esplendorosa, y los mismos campesinos, con el mismo pelo hacia delante, caen o saltan en las fosas. Salvo en el circo, Hernández no ha visto nunca a un hombre saltar para atrás.

Otros tres de pie en el mismo lugar van a saltar muy pronto.

¿Si yo no hubiese hecho llevar las cartas de Moscardó —si no me hubiera tentado el actuar noblemente— es que esos tres hombres estarían allí? Dos de entre ellos no se colocan como es debido: demasiado adelante, y no de frente. Uno no sabe si debe ponerse de frente o de espaldas; nunca se sabe qué actitud tomar al partir el tren… piensa Hernández histéricamente. ¿Y qué? Si hubiera actuado de otra manera, ¿habrían cambiado las cosas? ¡No faltaban los tipos que han actuado de otra manera!

Los organizadores de pompas fúnebres vuelven hacia los tres torpes, los toman por los hombros, sin brutalidad, por otra parte, los colocan. Y los prisioneros parecen ayudarlos —esforzarse por comprender lo que quieren los otros y conformarse a ello—. «Se diría que van al entierro». Van a su propio entierro.

Diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte… Los prisioneros están en tres filas; el que cuenta, cuenta aquellos que deben ser fusilados antes que él. «No: diecisiete, dieciocho, diecinueve».

No llega a contarlos. Hernández va a volverse para decirle la cifra exacta. Pero no es ni diecinueve, ni veinte: es diecisiete. Hernández calla. Otro ha dicho algo: morir, sin duda. «¡Ah, está bien!, —responde otra voz—, ¡déjanos en paz! Las hay peores…».

¡Con tal de que no sea un sueño, que no haya todavía que comenzar de nuevo!…

¿Habrán terminado de una vez de colocar a esos prisioneros como para una foto de matrimonio, delante de los cañones de los fusiles horizontales?

Toledo brilla en el aire luminoso que tiembla al ras de los montes del Tajo: Hernández está aprendiendo de qué se hace la historia. Una vez más, en ese país de mujeres de negro, se alza el pueblo milenario de las viudas.

¿Qué quiere decir nobleza de carácter en una acción como ésta? ¿Generosidad?

¿Quién paga?

Hernández mira la greda con pasión. ¡Oh buena tierra inerte! No hay asco y angustia sino entre los vivos.

Lo más atroz de los prisioneros es su valor. Son obedientes; no son pasivos. ¡Qué estúpida es la imagen del matadero! No se hace pasar a los hombres por el matadero —hay que tomarse el trabajo de matarlos—. Hernández piensa en Pradas, en la generosidad. Los tres prisioneros están por fin de frente: la foto está decididamente lista. La generosidad es ser vencedor.

Descarga. Dos caen en la fosa, uno adelante. Uno de los organizadores de la muerte se acerca. ¡Empujará el cuerpo con el pie! No, se agacha, lo tira por el brazo y la pierna; el cuerpo es pesado (el terreno es en subida): ese muerto seguirá fastidiando hasta el fin. Al hueco. ¿Es que vive todavía?

Uno se acostumbra, a la derecha, a matar, a la izquierda, a que lo maten. Tres nuevas siluetas están de pie allí donde han estado todas las demás y ese paisaje amarillo de fábricas cerradas y de castillos en ruinas adquiere la eternidad de los cementerios, hasta el fin de los tiempos, aquí, tres hombres de pie, continuamente renovados, aguardarán que los maten.

—¡Habéis querido la tierra, vosotros!, —grita uno de los fascistas—. ¡Ahora la tenéis!

Uno de los tres es el cobrador de tranvía; el sol brilla sobre el género lustroso de su hombro derecho, sobre la chaqueta que lo ha hecho condenar a muerte. No protesta ya. Espera. Como los otros, se ha dejado colocar sin decir una palabra. «¡Me cago en vuestra política de hijos de puta!». Con el mismo movimiento de los fusiles que se alzan, levanta el puño para el saludo del Frente Popular. Es un hombrecito enclenque, que se parece a los olivos negros.

Hernández mira esa mano cuyos dedos estarán antes de un minuto crispados en la tierra.

El pelotón vacila, no porque esté impresionado, sino porque aguarda que llamen a ese prisionero al orden, a la espera del de los muertos. Los tres organizadores se acercan. El cobrador los mira. Está hundido en su inocencia como una estaca en la tierra, y los mira con un odio pesado y absoluto que es ya del otro mundo.

Si éste se librara… piensa Hernández. Pero no se librará, el oficial acaba de hacer fuego.

Los tres siguientes van a colocarse solos delante de la fosa. El puño levantado.

—¡Manos pegadas al cuerpo!, —grita el oficial.

Los tres prisioneros se encogen de hombros con los puños siempre en alto. El oficial se agacha, se ata el cordón del zapato. Los tres hombres esperan. El oficial se incorpora, se encoge a su vez de hombros y da orden de hacer fuego.

Otros tres, uno de los cuales es Hernández, suben en medio del olor a acero caliente y a tierra removida.

.

(Continuará...)

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