La esperanza (X)

André Malraux

 

 

2

Una nueva tentativa de mediación había sido inminente. Un sacerdote debía llegar a Toledo por la noche, y sin duda entrar en el Alcázar al día siguiente.

Los faroles de gas de la placita estaban apagados. La única luz era la de una lámpara de tormenta que colgaba bastante baja, delante de la taberna El Gato. El dibujo del gato sedujo a Shade, que se sentó en una mesa cerca de la puerta y se ocupó de proyectar diferentes sombras de su pipa sobre el muro de la catedral de Toledo.

Hasta las dos de la mañana, Shade podía telegrafiar a su diario. De aquí a entonces, López habría vuelto de Madrid. Era él quien traía al sacerdote: hermoso artículo en perspectiva. Aún no eran las diez. La soledad completa hacía de esta plaza, con sus escaleras y sus palacetes bajo las hojas rojizas, una decoración a la cual los últimos tiros de fusil del Alcázar daban una irrealidad misteriosa. Encantado, Shade soñaba con grandes estaciones de radio olvidadas en la India en los palacios granates invadidos por los cocoteros, aportando todos los ruidos de la guerra al pueblo de los pavos reales y de los monos; el olor a cadáver de Toledo era el de los pantanos de Asia. «¿Hay estaciones de radio en la luna?… Estaría bien que las ondas aportaran ese vago estruendo de combate de los astros muertos»… La catedral secularizada, intacta y sin duda llena de milicianos a esa hora, satisfacía su hostilidad a la Iglesia católica y su amor al arte. En el interior de la taberna, las voces decían:

—Nuestros aviones han fallado el golpe: las ametralladoras de los fascistas están en la plaza de toros, en Badajoz, pero no en el medio, bajo techo.
—Con los cuarteles hay que tener cuidado; han metido allí a los prisioneros.

Otra voz más fuerte, irónica, con un fuerte acento anglosajón:

—Después del combate, había mucha agitación en la plaza. Yo miraba. Estaba quinientos metros más arriba. Todas las mujeres eran jóvenes y bonitas, y no había una que no dijera: «¿Qué hace, allí arriba, ese guapo muchacho escocés?». Shade tomaba notas cuando López apareció por fin, con aire regio, los brazos al aire y el pelo revuelto. Se dejó caer pesadamente en una silla, levantó de nuevo los brazos, los dejó caer otra vez, se golpeó los muslos con las manos en el silencio de la plaza, y se oyeron como un eco algunos tiros de fusil; Shade aguardaba, con el sombrerito echado hacia atrás.
—Piden curas, bueno, ¡habrá que darles curas! ¡Dios mío!
—¿Son ellos los que piden curas, o sois vosotros los que reclamáis vuestros rehenes?

López tomó el aire del que ha visto demasiado durante la jornada:

—¡Pero es lo mismo, pánfilo! Comprende, ellos habían pedido curas. Eso es asunto de ellos. Por otro lado, esos miserables no quieren evacuar las mujeres y los niños: ni los nuestros, ni los de ellos. Saben bien qué es lo mejor para ellos. En fin, yo conozco dos curas. Telefoneo a Madrid: movilicen a estos dos, yo llegaré hacia las tres.
»¡Si creen que hay en todos los rincones, en Madrid, curas que no hayan tomado las de Villadiego! Para empezar, no había manera de dar con Guernico. Estaba en su organización de ambulancias. En fin, tenía la dirección del primer cura, era un buen tipo: venía a menudo a la cárcel cuando nosotros estábamos dentro, en 1934. Llego a su casa con cuatro milicianos (llevábamos monos). La casa era católica, el portero era católico, los inquilinos eran católicos, las ventanas eran católicas, las paredes eran católicas; había vírgenes de yeso, horrendas, en todos los rincones de la escalera. En cuanto se para el auto, ¡empiezan a gritar en todos los pisos! Esos imbéciles creían que veníamos a fusilarlos. Le explico al portero: no quiere entender. ¡Nuestros famosos asesinatos! Al ver llegar el auto, el cura se había escapado por el jardín. Así pasó con el primero.

La plaza había cesado de ser lunar. Como en cualquier otro lugar, López la llenaba con su presencia.

—Ahora el segundo. Sabía que estaba en relaciones con la dirección general de las milicias. Llego, encuentro a todos los oficiales comiendo. Llamo a un compañero, le explico de lo que se trata. «Bueno, tendré tu cura a las cuatro». Yo tenía muchísimo que hacer, debía darle la lata a todo el mundo para conseguir municiones, vuelvo a las cuatro.
»“Sabes —me dice el compañero—, el cura estaba allí cuando viniste, comía con nosotros, pero yo quería prevenirlo. Me parece difícil conseguirlo: se acobarda”. ¿Qué, se acobarda? ¡Banda de forajidos! ¡Ni siquiera son capaces de cumplir con su trabajo! En fin, me explican que es canónigo en la catedral, ¡te das cuenta de su grado en la jerarquía eclesiástica! Si hubiera sido un cura de aldea, habría hecho menos historias. En fin, curas de aldea yo no conozco: ¡No se interesan en la escultura! “Muy bien, dile que quiero hablarle. Si hay una posibilidad de sacar a los niños de esta inmundicia, hay que sacarlos”. Yo me moría de sed. Ellos tenían cerveza en la nevera. Corro a la cocina, y veo a un tipo sin cuello, con la camisa sucia, el chaleco desprendido y pantalón a rayas, forzando los grifos de la cerveza. (Hay que decir que no hacía frío). En fin, era el Monseñor.
—¿Joven, viejo?
—Mal afeitado, pero los pelos que le nacían de la barba eran blancos. Bastante rechoncho. Más bien, una cara bonachona, y manos para dibujarlas. Le explico lo que pasa (yo, ¿te das cuenta?). Para responderme, habla diez minutos. Aquí se llama charlatán a un tipo que habla un cuarto de hora cuando harían falta no más de treinta segundos: era pues un charlatán. Le digo no sé qué cosa, me contesta: «En eso reconozco muy bien el lenguaje de los soldados». Debieron decirle que yo tenía una responsabilidad. Yo vestía un mono, sin insignia. «¡Un oficial como usted!». ¡Eso me dice a mí, pobre escultor! En fin, le contesto: «Oficial o no, si me dicen que vaya a pelear a tal lugar, voy; usted es un sacerdote; allí hay gente que lo reclama y yo quiero sacar a los chiquillos. ¿Viene usted o no viene?». Reflexiona, me pregunta gravemente: «¿Me garantiza usted que mi vida estará a salvo?». Eso me hizo hervir la sangre. Le contesto: «Cuando vine aquí, hace un momento, usted estaba comiendo con los milicianos; ¿qué cree usted, que los de Toledo se lo van a comer crudo?». Estábamos sentados los dos sobre la mesa. Se levanta y dice muy noblemente, la mano sobre el chaleco desprendido: «Si cree usted que puedo salvar una sola vida, iré». «Bueno, usted parece una buena persona. Ahora, si se trata de salvar vidas hay que salvarlas de inmediato: el auto está abajo». «¿No cree usted que sería mejor que me pusiera cuello y una chaqueta?». «A mí, me importa un bledo, pero quizá los otros estarían más contentos si lo vieran de sotana». «Aquí no tengo sotana». No sé si era verdad, o si obraba por prudencia; debía ser verdad. Desapareció… Bajo, y lo encuentro algunos minutos después delante del auto, con cuello, corbata negra y una chaqueta de alpaca. «¡Partimos!».

Una ráfaga de viento trajo hasta la plaza un intenso olor a quemado; hasta allí llegaba el humo del Alcázar. Libre del olor a podrido, la ciudad pareció transformada de pronto.

—Nos detenían cada poco para verificar nuestros papeles. «Será realmente difícil salir de Madrid», me decía con el aire de alguien que ha reflexionado sobre ello. Durante el camino, lo que le interesaba era explicarme que los rojos podían tener tanta razón como los blancos, «quizá más», y saber cómo se llevaría a cabo la entrevista. «Es muy sencillo —le repetía yo cada cuarto de hora—, sucederá exactamente como con el capitán Rojo. Les diremos que usted está acá, lo conduciremos a donde están las personas que ellos enviarán, le vendarán los ojos y lo llevarán a la oficina del coronel Moscardó, que dirige el Alcázar. Allí usted se las arreglará».
»“¿En la oficina del coronel Moscardó?”. “Sí, en la oficina de Moscardó”. Entonces le explico que su deber era negar la absolución a todos esos tipos, el bautismo sobre todo, si Moscardó se negaba a liberar a las mujeres y a los chiquillos.
—¿Lo prometió? —preguntó Shade.
—Me importa un bledo: si quiere hacerlo, lo hará; si no, su promesa no cambiará en nada las cosas. En fin, se lo expliqué lo mejor que pude; no debió de ser gran cosa. Llegamos a Toledo. En la batería, bajo, quiero hablar con el capitán. «¡Cojones!, —grita el capitán saltando sobre el estribo, sin dejarme decir una palabra—, ¿dónde están los obuses? ¡Nos han prometido obuses!». Yo hacía ademanes discretos, moviendo los brazos como aspas de molino, para que se callara; por poco que sepa un cura, sabe siempre de más. Imposible hacerle comprender. Por fin el imbécil empieza a darse cuenta. Hago las presentaciones: «El camarada cura». El capitán señalaba la torre del Alcázar que daba la impresión de venirse abajo; se golpeaba los muslos. «Mira lo que parece la oficina de Moscardó», decía, mostrando una buena brecha triangular. «Pero, mi querido comandante (ya estábamos en ese grado de intimidad) —me dice el cura—, ¿es en ese lugar desmantelado en el que usted quiere realizar mi entrevista con el coronel Moscardó? ¿Cómo llegaré hasta allí?». «¡Arrégleselas usted!, —vocifera el capitán, tajante—. ¡Pero ni Dios mismo entraría!».
»Las cosas iban cada vez mejor. Por último le he explicado que nos arreglaríamos con Moscardó, le he puesto tres guardaespaldas y está durmiendo.
—Y al fin, ¿va o no va?
—Mañana, a las nueve: armisticio hasta mediodía.
—¿Sabes algo a propósito de los chiquillos?
—Nada. Los responsables deberán explicarle a mi cura. Y aquellos que se creen responsables. Esperemos que no le metan mucho miedo: entre los anarcos, hay un tatuado especialmente indicado.
—Subamos a ver qué pasa arriba.

Subieron en silencio hacia la plaza de Zocodover, admirando al pasar el Terror de Pancho Villa, cuyo sombrero era todavía más hermoso de noche. La calle se iba llenando a medida que subían. En los últimos pisos de las casas, algunos fusiles y una ametralladora tiraban de cuando en cuando. Tres meses antes, Shade, a la misma hora, había oído ahí los cascos de un asno invisible y guitarras que tocaban alegremente la Internacional en la noche de vuelta de alguna serenata. El Alcázar apareció entre dos tejados, iluminado por reflectores.

—Vamos hasta la plaza —dijo—, escribiré en el tanque.

Los periodistas tenían la costumbre de refugiarse en el tanque, generalmente inutilizado, de llevar una vela e instalarse en él para escribir.

Llegaron por fin a la barricada. A la izquierda, tiroteaban milicianos; a la derecha, otros, acostados sobre colchones, jugaban a los naipes; otros estaban confortablemente instalados en sillones de mimbre; en el medio, la radio transmitía una canción andaluza. Arriba, desde un segundo piso, tiraba la ametralladora. Shade se acercó a una brecha de la barricada.

Iluminada por una poderosa lámpara de arco, absolutamente vacía, la plaza donde en otros tiempos los reyes de Castilla luchaban a caballo con el toro era mucho más irreal que la de la catedral, más parecida a una plaza de un astro muerto que cualquier otro lugar en el mundo, en esa inquietante mezcla de olor a quemado y de frescura nocturna. Bajo una luz de estudio, escombros de Asia, un arco, tiendas dañadas por las balas, cerradas y abandonadas, y, sobre todo un lado, sillas de hierro de fondas, dispersas, entreveradas o aisladas. Por encima de las casas, una enorme publicidad de vermut, erizada de cetas; en los rincones oscuros débilmente iluminados, los cuartos de los observadores. De frente, los reflectores hundían su luz de teatro en todas las callejuelas ascendentes; y en el extremo de las callejuelas, en plena luz también, mejor iluminado para la muerte de lo que nunca lo estuvo para los turistas, extrañamente chato sobre el fondo del cielo nocturno, humeaba el Alcázar.

De tiempo en tiempo, tiraba un fascista; Shade miraba a los milicianos que respondían y a los que jugaban a los naipes, y se preguntaba quiénes de entre ellos tenían allí a sus mujeres o a sus hijos.

Las mantas campesinas sacadas para la noche, así como las franjas de los colchones de las barricadas daban a toda la ciudad una extraña unidad rayada. Un mulo pasó por la calle principal. «A medianoche, para unificar el rayado, los mulos serán reemplazados por cebras», dijo Shade. En la calle principal estrecha y sombría, delante del tanque prehistórico, las torretas de los autos blindados, iluminadas, formaban pequeñas manchas de luz. Muy cerca de la plaza, un escaparate de modas estaba casi iluminado; una vieja con sombrero de plumas, inmóvil, se intoxicaba con los sombreros provincianos vueltos ahora visibles por la reverberación de las lámparas de arco que iluminaban el Alcázar humeante.

De cuando en cuando una bala enemiga sonaba contra el blindaje de los autos ametralladoras. López se encaminó al Estado Mayor. Shade entró en el tanque, donde el ametrallador le hizo sitio. En el interior de una torreta una ametralladora hacía su mucho estruendo, más allá la calle toda entraba en trance. Shade saltó del tanque: ¿contraataque del Alcázar?

Los fascistas acababan de mandar un cohete luminoso y la ciudad entera tiraba sobre el cohete.

.

.

3

El sacerdote había entrado hacía una media hora. Periodistas, «responsables» de toda clase se paseaban detrás de la barricada a paso corto, esperando el descenso de los primeros enemigos en la plaza para observar el armisticio. Shade, en mangas de camisa y el sombrero echado para atrás, caminaba entre un funcionario del Partido Comunista, Pradas, un periodista ruso, Golovkin, y un periodista japonés, y espiaba cada tres pasos por los agujeros de la barricada. Pero la plaza no estaba habitada sino por sus sillas de café, patas arriba. El olor a muerte y el olor a fuego se alternaban según el viento.

Un oficial fascista apareció en la esquina de la plaza por una de las callejuelas del Alcázar. Volvió a irse. La plaza quedó de nuevo vacía. No ya despierta como lo estaba cada noche bajo sus reflectores, sino abandonada. El día le daba nuevamente vida, esa vida pronta a volver, emboscada en las esquinas de la plaza como los fascistas y los milicianos.

El armisticio había comenzado. Pero la plaza, por haber sido tanto tiempo el lugar donde ningún combatiente podía pasar sin encontrar las ametralladoras enemigas, parecía traer desgracia.

Tres milicianos se decidieron por fin abandonar la barricada. Se contaba que había, en las partes reconquistadas del Alcázar, colchones bajo las bóvedas, y partidas de naipes —los mismos que los de los milicianos de la barricada—. A fuerza de ser enemigo, y aunque en varias partes fuera reconquistado, el Alcázar se había vuelto misterioso. Los milicianos sabían que no habrían de entrar durante el armisticio, pero tenían ganas de acercarse. No se apartaban sin embargo de la barricada.

«Unos y otros son más resueltos para el ataque», pensaba Shade, mirando con un ojo por un agujero entres los sacos, la frente sobre la tela cálida ya, el sombrero más hacia atrás que nunca. «Parecen gatos».

Un grupo de oficiales fascistas acababa de aparecer del otro lado, allí donde había desaparecido el primero; vacilaron ante la plaza vacía. Milicianos y fascistas, detenidos, se miraban; algunos nuevos milicianos pasaron la barricada. Shade tomó sus gemelos.

En la cara de los fascistas que apenas distinguía, esperaba odio: lo que creía distinguir era molestia, acentuada por la torpeza del andar y sobre todo por los brazos, muy impresionante en esos hombres vestidos con trajes nítidos de oficiales. Los milicianos se acercaban.

—¿Qué crees? —le preguntó al que miraba por el agujero vecino.
—A los nuestros les molesta hablar.

Empezar una conversación no es fácil entre gentes que han tratado de matarse desde hace dos meses: lo que separaba a esos hombres y los había hecho rondar, a unos a lo largo de las columnas, a otros a lo largo de la barricada, era, más que el tabú de la plaza, la idea de que, si se acercaban, se hablarían.

Otros fascistas bajaban del Alcázar, y otros milicianos salían de la barricada.

—Las cuatro quintas partes de la guarnición son guardias civiles, ¿verdad? —preguntó Golovkin.
—Sí —dijo Shade.
—Mira los uniformes: no dejan ir sino a los oficiales.

Ya no era cierto. Llegaban guardias, con sus tricornios de charol y sus uniformes de ribetes amarillos, pero con alpargatas blancas.

—Los milicianos han matado a todos los de zapatos —dijo Shade.

Pero la conversación había empezado ya, aunque los dos grupos estuvieran separados por unos diez metros. Shade encendió su pipa, entre dos sacos, y caminó hasta el conciliábulo, seguido de Golovkin y de Pradas.

Los dos grupos estaban insultándose.

Separados por diez metros como por un espacio sagrado, haciendo ademanes tanto más singulares cuanto que no avanzaban, se lanzaban argumentos con los brazos.

—… porque nosotros, a lo menos, combatimos por un ideal, cornudos de mierda —decían los fascistas en el momento en que él llegaba.
—¿Y nosotros? ¿Es que nosotros combatimos por las cajas de caudales, hijos de puta? ¡Y la prueba de que nuestro ideal es más grande está en que lo es para todo el mundo!
—¡A la mierda con el ideal para todo el mundo! ¡Lo que importa en un ideal es que sea mejor, ignorante!

Se habían apuntado durante dos meses, por eso mantenían sus relaciones de guerra, puesto que no encontraban otras. Y sin embargo…

—Dime, ¿es un ideal arrojar gases sobre los abisinios? ¿Es un ideal los obreros alemanes en los campos de concentración? ¿Es un ideal los obreros agrícolas a una peseta por día? ¿Es un ideal las masacres de Badajoz, sirviente de asesinos?
—Rusia, ¿es un ideal?
—¿Qué es?
—¡Para los que no han ido! ¡República de los trabajadores! ¡Se caga en los trabajadores!
—¡Será por eso que tus patrones la detestan! Si eres de buena fe, te lo digo: todo lo que hay de asqueroso en el mundo está con vosotros. Y todos los que quieren justicia están con nosotros, hasta las mujeres. ¿Dónde están vuestras milicianas? ¡Tú eres un guardia, no un príncipe! ¿Por qué las mujeres están con nosotros?
—Ante todo, que las mujeres se callen, cornudo. ¡Y tu ideal de quemar iglesias, puedes guardártelo!
—Si hubiera menos iglesias, no habría necesidad de quemarlas.
—¡Demasiadas iglesias de oro y demasiados pueblos sin pan!

Shade alcanzó a ponerse al lado de los milicianos, turbado de encontrar de nuevo el sentimiento que le daban los vanos insultos de los chóferes parisienses y de los cocheros de Italia.

—¿Quién es ese individuo? —le preguntó un miliciano señalando a Golovkin.

Habían visto la víspera a Shade con López; era del oficio.

—Corresponsal de un diario soviético.

Golovkin tenía los pómulos salientes, la cara curtida de los campesinos de las esculturas góticas. Shade, que había pasado por Moscú para hacer un reportaje, había notado que los rusos, muy cerca de su origen campesino, se parecían a menudo a las caras medievales: yo tengo aire indio, ese ruso tiene aire de labrador, los españoles tienen aire de caballo…

Los tres milicianos que fueron los primeros en salir de la barricada, permanecían a un lado, sin avanzar.

Las comparaciones de ideal continuaban.

—¡Lo que no impide —gritó uno de los oficiales fascistas— que una cosa es combatir por su ideal durmiendo en la casa, como hacen ustedes, y otra viviendo en los subterráneos! ¿Es que nosotros podemos fumar?
—¿Qué, qué?

Un miliciano atravesó el terreno tabú. Era un hombre de la C. N. T., una manga de su camisa remangada sobre un brazo azul de tatuajes. El sol casi vertical proyectaba bajo sus pies la sombra de su sombrero mexicano, y avanzaba así sobre un zócalo negro. Iba hacia los fascistas como para pelearse, con un paquete de cigarrillos en la mano. Shade sabía que en España no se tiende jamás un paquete de cigarrillos, y esperaba el ademán del anarquista. Éste sacó los cigarrillos uno por uno y los distribuyó sin abandonar su expresión de cólera. Los tendía a los fascistas como prueba, como si hubiera dicho: «¡Haberse permitido reprocharnos estos cigarrillos! ¡Si vosotros no los tenéis, es a causa de las complicaciones de la guerra, puercos, pero nada podéis decir contra nosotros por los cigarrillos, cretinos!». Continuando su distribución, tomó las ventanas por testigos. Cuando acabó su paquete, los otros milicianos, que se habían unido a él, continuaron distribuyendo.

—¿Cómo interpretáis esta distribución, idiota? —preguntó Pradas.

Se parecía a un Mazarino que se hubiera dejado despuntar la barba para parecerse a Lenin.

—En una de las sesiones más violentas de la cámara belga, he visto hacerse la fraternal unidad de todos los partidos para rechazar el impuesto sobre las palomas mensajeras: el ochenta por ciento de los diputados eran colombófilos. Aquí existe la francmasonería de los fumadores.
—Es algo más profundo, mira…

Uno de los fascistas acababa de gritar: «¡Lo que no impide que vosotros estéis afeitados!». Cosa tanto más singular cuanto que los milicianos no lo estaban. Pero uno de ellos, también un anarquista, fue corriendo hacia la calle del Comercio. Los dos periodistas lo seguían con la mirada: acababan de detenerse para hablar con un miliciano que estaba junto a la barricada. Éste sacó su revólver en dirección a los fascistas, y lo agitó como si hablara con furor. El anarquista se fue corriendo.

—Entre ustedes, ¿era así? —preguntó Shade a Golovkin.
—Ya hablaremos más tarde. Es inexplicable.

El miliciano volvió, con una caja de hojitas Gillette en la mano, y la abrió corriendo. Había por lo menos doce oficiales fascistas.

Dejó de correr; visiblemente, no sabía cómo distribuir sus cuchillas: no tenía doce. Hizo un ademán para arrojarlas, como golosinas a los niños, vaciló, y dio por fin la caja al fascista más próximo, con hostilidad. Los demás oficiales se precipitaron hacia el que venía de recibirla, pero ante la risa de los milicianos, uno de ellos dio una orden. En el instante en que se separaban, otro fascista llegaba del Alcázar; y, llegado del otro lado de la plaza, el miliciano que había sacado su revólver cuando pasó el distribuidor de hojas de afeitar, se acercó al grupo.

—Todo eso es muy bonito… —dijo, mirando a los fascistas uno tras otro. Su voz permanecía en suspenso, y todos aguardaban—… ¿y los rehenes? ¡Yo tengo allí a mi hermana!

Esta vez, el tono era de odio. Ya no se trataba de comparar ideales.

—Un oficial español no tiene que intervenir en las decisiones de sus jefes —respondió uno de los fascistas.

Apenas lo oyeron los milicianos porque, al mismo tiempo, el último fascista llegado decía:

—Quiero ver al comandante, de parte del coronel Moscardó.
—Venga usted —dijo uno de los milicianos.

El oficial lo siguió. Shade y Pradas siguieron, muy bajos a ambos lados del gran Golovkin, en medio de la multitud cada vez más densa, y cuya marcha hubiera tenido el aspecto de un paseo dominguero si los ojos de todos los que subían hacia la plaza no hubieran estado pertinazmente fijos en el Alcázar.

Hernández salía de la tienda seguido del Negus, de Mercery y de dos tenientes, cuando el oficial fascista iba a entrar. Éste saludó y tendió las cartas.

—Del coronel Moscardó para su mujer.

Shade tuvo súbitamente la impresión de que todo lo que había visto desde la víspera en Toledo, y desde los días en Madrid, convergía en esos dos hombres que se miraban con un odio gastado, en el olor quemado del Alcázar, cuya humareda traída por el viento a la ciudad se agitaba como el lienzo de una bandera hecha jirones. Los cigarrillos ofrecidos, las hojas de afeitar, iban a parar a esas cartas; como los rehenes, las barricadas absurdas, los asaltos, las fugas y, cuando se disipaba por un instante el olor del fuego, ese olor a caballo muerto convertido en el de la tierra misma.

Hernández había alzado el hombro derecho, como de costumbre, y dado las cartas a un teniente, indicando una dirección con un gesto de su largo mentón.

—Siniestro imbécil —dijo el Negus, cordial a pesar de todo.

Hernández alzó esta vez los dos hombros, siempre con el mismo cansancio, y le hizo señas al teniente de que se fuera.

—¿La mujer de Moscardó está en Toledo? —preguntó Pradas asegurándose los quevedos.
—En Madrid —respondió Hernández.
—¿Libre? —preguntó Shade, estupefacto.
—En una clínica.

El Negus se alzó de hombros a su vez, pero colérico. Hernández subió hacia la tienda oficina, de donde llegaba hasta Shade, en la calle silenciosa desde el armisticio, el ruido de una máquina de escribir. A través de las callejuelas perpendiculares, los perros, asombrados sin duda por la detención del fuego, comenzaban a aventurarse. El ruido de los pasos y de las voces, que se hacía sensible desde que no se tiraba, volvía a recuperar la ciudad, como la paz. Pradas se acercó al capitán y dio algunos pasos a su lado, con la barbilla en la mano.

—¿Qué significa enviar esta carta? ¿Cortesía?

Frunciendo las cejas, con aire más que irónico, perplejo, caminaba al lado del oficial que miraba el suelo donde la sombra de los sombreros mexicanos lanzaba enormes confeti.

—Generosidad —respondió por fin Hernández, volviéndole la espalda.

.

—¿Conoce usted bien a ese capitán? —preguntó Pradas con las cejas todavía fruncidas.
—¿Hernández? —respondió Shade—. No.
—¿Qué lo ha llevado a hacer eso?
—¿Qué lo llevaría a no hacerlo?
—Eso —dijo Golovkin señalando un auto de los llamados blindados, que pasaba. En el techo, un cadáver de miliciano que, por la manera en que estaba atado, se adivinaba que era amigo de los que lo conducían. El periodista se ajustó la corbata, lo que en él era señal de duda.
—¿Eso sucede a menudo? —preguntó Golovkin.
—Bastante, creo. El comandante del lugar ya ha llevado cartas de esta clase.
—¿Es un oficial de carrera?
—Sí. Hernández también.
—¿Qué mujer es? —preguntó Pradas.
—Nada de lo que usted piensa, vicioso. No la conozco, pero no es una mujer joven.
—¿Entonces qué? —dijo Golovkin—. ¿Españolismo?
—¿Le satisfacen esa clase de palabras? El almuerza en Santa Cruz, vaya usted. No le costará que lo inviten: hay comunistas.

Entre los milicianos de toda clase pasaba el Terror de Pancho Villa. Shade tuvo conciencia de que Toledo era una pequeña ciudad, tanto en la guerra como en la paz; y que iba a encontrar todos los días los mismos originales, como no hacía mucho encontraba todos los días a los mismos guías y a los mismos jubilados.

—Los fascistas —dijo— no atacan entre las dos y las cuatro a causa de la siesta. No se forme demasiado pronto una opinión de lo que pasa aquí.

Vistos del lado del Alcázar, los sacos de arena y los colchones rayados de las barricadas, casi intactos del lado de la ciudad, estaban agujereados como madera picada por los gusanos. El humo cubría todo de sombra. El incendio proseguía su vida indiferente: en esa calma extraña de suspensión de combate, hacia el Alcázar, una nueva casa había comenzado a incendiarse.

.

(Continuará…)

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