La esperanza (IX)

André Malraux

II

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1

Los fascistas ocupaban tres granjas —rocas amarillentas, tejas del mismo color—en una hondonada de donde había ante todo que sacarlos.

La operación era trivial. Todo ese pedregal del Tajo, entre Talavera y Toledo, permitía a los milicianos alcanzar las granjas a cubierto, si actuaban con orden y prudencia. En la noche, Jiménez había pedido granadas. El oficial encargado de la distribución de armas era un emigrado alemán y, al alba, Jiménez, deslumbrado por semejante eficacia, había visto llegar los camiones… pero cargados de frutos de granado.

Por último, debidamente reclamadas, habían llegado las granadas verdaderas.

Una de las compañías de Jiménez estaba formada por milicianos que habían llegado desde hacía unos días y que aún no habían combatido. Jiménez los había puesto a las órdenes de sus mejores suboficiales y hoy los dirigía él mismo.

Hizo comenzar los ejercicios de lanzamiento de granadas.

En la tercera compañía, la de los nuevos milicianos, hubo vacilaciones. Uno de los milicianos, con la granada en la mano, no la lanzaba. «¡Tírala!», le gritó el sargento. Iba a estallarle en la mano y no quedaría gran cosa de ese pobre tipo. Jiménez le dio un fuerte puñetazo bajo el codo: la granada estalló en el aire, el miliciano cayó y la sangre corrió por la cara de Jiménez.

El miliciano estaba herido en el hombro. Se había librado de una buena. Desde que lo hubieron vendado y evacuado, comenzaron a desplegar los vendajes para Jiménez. Eso le daba una apariencia menos heroica: parecía remendado con sellos postales.

Se colocó al lado del siguiente lanzador de granadas. No hubo más accidentes. Una veintena de hombres fueron eliminados.

Jiménez había hecho reconocer el terreno por Manuel, al que su partido había colocado junto a uno de los oficiales de quien más podía aprender. Jiménez le tenía afecto: Manuel no era disciplinado por afición a la obediencia ni al mando, sino por naturaleza y por sentido de la eficacia. Y era cultivado, a lo que el coronel era sensible. Que este ingeniero de sonido, excelente músico, fuera un oficial nato, asombraba al coronel, que sólo conocía a los comunistas por leyendas absurdas, y no se daba cuenta de que un militante comunista de alguna importancia, obligado por sus funciones a una disciplina estricta y a la necesidad de convencer, a la vez administrador, agente de ejecución riguroso y propagandista, tiene muchas posibilidades de ser un excelente oficial.

Comenzó el ataque de la primera granja. Era una mañana tranquila, con hojas inmóviles como piedras, y de vez en cuando un viento muy ligero, casi fresco, parecía anunciar el otoño. Como los milicianos atacaban en orden, con granadas, protegidos por las piedras y los tiradores, la posición fascista era insostenible. De pronto una treintena de milicianos saltó sobre las rocas y atacaron en descubierto aullando, en un asalto salvaje.

—¡Ya está! —aulló Jiménez, golpeando con el puño en la portezuela del auto.

Veinte milicianos habían caído sobre las rocas, rodando o los brazos en cruz, o los puños sobre el rostro como si se protegieran; la sangre de uno de los cuerpos, fulgurando al sol, cubría poco a poco una piedra chata y blanca, de una pureza de azúcar.

Felizmente, de ambos lados de la granja, los demás milicianos habían alcanzado las últimas rocas; no habían visto caer a sus camaradas. Bajo las granadas, las tejas comenzaban a saltar como géiseres. Después de un cuarto de hora, la granja estaba tomada.

Los nuevos milicianos debían atacar la segunda. Habían visto el desarrollo de toda la acción.

—Hijos míos —les dijo Jiménez subido sobre la capota del Ford—, la granja está tomada. Los que salieron de las rocas contrariando las órdenes, ya sean los que entraron primero o no, están excluidos de la columna. No olvidéis que aquel que nos contempla, quiero decir la historia, que nos juzga y nos juzgará, necesita del valor que gana y no del valor que consuela. Siguiendo los caminos señalados, no hay ningún peligro hasta doscientos metros del enemigo. La prueba es que yo iré con vosotros en este automóvil. Antes, no debe haber un solo herido. Después lucharemos y tomaremos la granja. ¡Que la Provi…, que la suerte nos asista! Que Aquel que todo lo ve, quiero decir… la Nación española esté con nosotros, muchachos, que combatimos por lo que creemos justo…

Detrás de los nuevos milicianos, portadores de granadas, había elegido para tiradores sus mejores soldados.

Antes de que hubiesen llegado a las granjas, vieron a los fascistas que las abandonaban.

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La semana anterior, soldados fascistas habían pasado las líneas: unos quince habían sido incorporados a la compañía de Manuel. Su jefe evidente, aunque no hubiera sido elegido, Alba, era un miliciano muy valiente, casi siempre hostil, y que muchos sospechaban que fuera un espía.

Manuel lo hizo llamar.

Comenzaron a caminar a través de las piedras. Manuel iba hacia las líneas fascistas. No había frente, pero en esa dirección, a pesar del abandono de las granjas, el enemigo no estaba a más de tres kilómetros.

—¿Tienes un revólver? —preguntó Manuel.
—No.

Alba mentía: le bastaba a Manuel mirar cómo su pantalón se abultaba en la cintura.

—Toma éste.

Le dio el que llevaba en el bolsillo; conservaba en la cintura la larga pistola automática encerrada en su estuche.

—¿Por qué no eres de la F. A. I.?
—No tengo ganas.

Manuel lo observaba. Sus rasgos engrosados, más bien que virilizados, esa nariz redonda, esa boca de labios gruesos, ese pelo casi ondulado pero plantado bruscamente en una frente baja… Manuel imaginaba cómo a su madre debió en otra época «parecerle guapo».

—Tú protestas mucho —dijo Manuel.
—Hay mucho de que protestar.
—Hay sobre todo mucho que hacer. Si estuvieras en el lugar de Jiménez, o si estuviera yo mismo, las cosas no andarían mejor, sino peor. Por lo tanto, hay que ayudarlo a que haga lo que hace. Después se verá.
—Todo iría peor aún, pero no sería un enemigo de clase el que dirigiera, cosa preferible.
—Yo no me intereso en lo que son las personas, me intereso en lo que hacen. En fin, Lenin no era un obrero. Esto es lo que quiero decirte: algo vales, y eso que vales debe utilizarse. Enseguida, y no en protestar. Reflexiona, y después di con quién estás de acuerdo. La F. A. I., la C. N. T., el P. O. U. M., lo que quieras. Van a reunir a los hombres de tu organización, y tomarás la responsabilidad. Se necesitan tenientes. ¿Has sido alguna vez herido?
—No.
—Yo sí, en esa historia idiota de la dinamita. Toma esto, me hace doler la cintura —se quitó el cinturón—. Cada cual tiene sus gustos. El mío es jugar con una rama.

Cortó una rama en el borde del camino y volvió junto a Alba. Estaba desarmado. Quizá los fascistas estuvieran a un kilómetro. Y, en todo caso, Alba estaba a su lado.

—A mi juicio, es que aquí no estás cómodo. Y quizá no lo estés nunca. Pero a cada cual hay que darle su oportunidad.
—¿Hasta a los excluidos del partido?

Manuel se detuvo, estupefacto. No había pensado en eso.

—Cuando haya, a ese respecto, instrucciones formales del partido, las llevaré a cabo, sean las que fueren. Mientras no las haya, digo: hasta a los excluidos del partido. Todo hombre eficaz debe ayudar a la República en este momento.
—¡Tú no te quedarás en el partido!
—Sí.

Manuel lo miró y sonrió. Cuando reía, era como un niño; pero sonreía con una sonrisa que bajaba las comisuras de su boca y le daba un aire amargo a su pesado mentón.

—¿Sabes lo que dicen de ti? —exclamó sin dejar de caminar como para señalar de antemano que la pregunta que formulaba no tenía importancia.
—Quizá… —Alba tenía en la mano el cinturón de Manuel, cuyo estuche con el revólver le golpeaba las pantorrillas. La soledad de las piedras era completa—. Y bien —preguntó medio en broma—, ¿qué piensas tú de lo que dicen de mí?
—No se puede tener un mando sin confiar en las personas.

Manuel, mientras caminaba, hacía saltar con su rama las piedrecitas del camino.

—Los fascistas, quizá. Nosotros, no. O entonces no vale la pena. Un hombre activo y pesimista a la vez, es o será un fascista, salvo si tiene detrás de sí una fidelidad.
—Los comunistas dicen siempre de sus enemigos que son fascistas.
—Yo soy comunista.
—¿Y entonces?
—No doy mis revólveres a los fascistas.
—¿Estás seguro?

Alba miraba a Manuel con una expresión bastante confusa.

—Sí.

La convicción que tenía Manuel de no arriesgar nada desaparecía cuando la turbación de su interlocutor se hacía evidente: un asesino que conversa con la persona contra quien va a tirar está ciertamente molesto, pensaba Manuel irónicamente. Pero sentía entonces que su muerte estaba quizá a su lado en la forma de ese muchacho terco, con una cara redonda e infantil.

—Yo desconfío de aquellos que quieren mandar —dijo Alba.
—Sí. Pero no más que de aquellos que no quieren mandar.

Volvían hacia el pueblo. Aunque sus músculos estuvieran en tensión, Manuel sentía una sorda confianza entre ese hombre y él, como sentía a veces bocanadas de sensualidad entre su querida y él. Cuando se acuesta uno con una espía, pensaba, debe parecerse un poco a esto.

—El odio de la autoridad en sí, Alba, es una enfermedad. Recuerdos de infancia. Hay que superar eso.
—¿Qué diferencia haces tú, entonces, entre nosotros y los fascistas?
—Ante todo, las tres cuartas partes de nuestros fascistas españoles no sueñan con la autoridad sino con hacer lo que les plazca. Además, en el fondo, los fascistas creen siempre en la raza del que manda. No es porque los alemanes sean racistas por lo que son fascistas. Todo fascista manda por derecho divino. Es por lo que la cuestión de confiar no se plantea para él como para nosotros.

Alba se ajustó el cinturón.

—Dime —preguntó sin mirar a Manuel—, ¿y si te vieras obligado a cambiar de opinión sobre los hombres?
—España es un país donde no faltan en este momento ocasiones de morir…

Alba puso la mano sobre el estuche, lo abrió y sacó a medias el revólver, lentamente, pero sin ocultarse. Dentro de tres minutos, estarían de nuevo a la vista del pueblo. Me he puesto en una situación idiota —pensaba Manuel— y, al mismo tiempo: si muero así, está bien. Alba rechazó el arma.

—Un país donde no faltan las ocasiones de morir, tienes razón…

Manuel se preguntaba si no era para él mismo por lo que Alba había sacado el revólver. Y que quizá todo eso fuera una comedia.

—Reflexiona —le dijo—. Tienes tres días. Entra en la organización que te guste. Si no, dirige sin apoyo y busca a los sin partido. Te prometo que te divertirás, pero eso es asunto tuyo.
—¿Por qué?
—Porque hay que saber en qué se basa uno para mandar a gentes muy diferentes. Yo no sé todavía gran cosa, pero empiezo a aprender. En fin, es asunto tuyo. El mío es: aquí has tomado una especie de responsabilidad moral. Debes tomar una responsabilidad concreta. Naturalmente, yo controlaré.

Si Alba hubiera respondido no, Manuel lo habría inmediatamente excluido. Pero nada dijo. ¿Estaba satisfecho? Sin embargo, parecía hostil.

—¿Has comprendido?
—Quizá —dijo el otro.

Y se fue con mala cara.

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Se ponía el sol.

Las tres granjas tomadas y fortificadas en la medida de lo posible, vueltos a mandar a Toledo los milicianos que habían atacado a descubierto la primera granja y dadas las instrucciones a los oficiales, Jiménez, con una hermosa cruz de tafetán inglés a la izquierda de su cráneo rapado, caminaba con Manuel hacia San Isidro, donde se organizaban los acuartelamientos de la columna. La carretera era color de losas roídas por los guijarros; hasta el horizonte, nada que no fuese piedra y los arbustos espinosos que crecían acá y allá parecían armonizar sus ramas puntiagudas con los salientes de las rocas amarillas.

Manuel pensaba en algunas frases que Jiménez acababa de decir a los oficiales de la columna: «De una manera general, el valor personal de un jefe es tanto más grande cuanto más grande es su mala conciencia de jefe. Recuerden ustedes que tenemos mucha más necesidad de resultados que de ejemplos». Manuel caminaba lentamente para no adelantarse al coronel, que arrastraba su pierna; la claudicación también formaba parte de las noticias falsas.

—Los nuevos han peleado bien, ¿verdad? —preguntó Manuel.
—Sí.
—Los fascistas se escaparon sin combatir.

A causa de su semisordera, a Jiménez le gustaba hablar mientras caminaba y monologar.

—En Talavera, es la dispersión, muchacho. Atacan con tanques italianos… El coraje es algo que se organiza, que vive y que muere, que hay que mantener como los fusiles… El coraje individual no es más que una buena materia prima para el coraje de las tropas… No hay un hombre sobre veinte que sea realmente cobarde. Dos sobre veinte son orgánicamente valientes. Hay que hacer una compañía eliminando al primero, empleando lo mejor posible los otros dos y organizando los diecisiete restantes…

Manuel recordaba una aventura que formaba parte del folklore de la columna: Jiménez, subido en la capota de su Ford, repetía a los milicianos de su regimiento, formados en torno de su cacharro, sus instrucciones contra el bombardeo de aviones: una escuadrilla enemiga, recién llegada de Italia, había partido esa mañana para Toledo. «La bomba de avión estalla como una flor de regadera». Los hombres ponían una cara terrible; siete bombarderos enemigos, escoltados por aviones de caza, estaban poniéndose en fila para pasar por encima de la plaza. El coronel era sordo, pero la brigada oía los motores. «Les recuerdo que en esos casos, el miedo y la temeridad son igualmente inútiles. Nada de lo que está por debajo de un metro puede ser alcanzado. A una compañía echada, la bomba de un avión sólo puede herir a los que están en el mismo lugar en que cae». Es siempre así, pensaban los oyentes que bizqueaban hacia el cielo y oían la profunda vibración de los motores aumentar de segundo en segundo. Se necesitaba toda la autoridad de Jiménez para que los milicianos no se echaran boca abajo. Todos sabían cómo había tomado el hotel Colón. Las narices se levantaban ostensiblemente. Manuel, con el pulgar, sin moverse, había señalado el cielo. «¡Cuerpo a tierra todo el mundo!», había gritado Jiménez. Los oficiales se pusieron cuerpo a tierra al instante. El primer bombardero enemigo, viendo desaparecer la concentración de su mira, había lanzado sus bombas al azar sobre el pueblo y los otros habían guardado las suyas para Toledo. Sólo hubo un herido. Desde entonces, en los milicianos de Jiménez había desaparecido el terror de los aviones.

«Extraña cosa, la guerra: hasta para el jefe más brutal, matar es un problema de economía: gastar lo más posible hierro y explosivo para gastar lo menos posible carne viva. No tenemos mucho hierro…».

Manuel conocía el reglamento de la infantería española (inextricable) hasta Clausewitz y las revistas técnicas francesas, él no cesaba de aprender la guerra a través de las gramáticas: Jiménez era una lengua viva. Detrás del pueblo se encendían las primeras fogatas de los milicianos. Jiménez las miraba con amargo afecto:

—Discutir sus debilidades es completamente inútil. Desde el momento en que las gentes quieren batirse, toda crisis del ejército es una crisis de dirección. Yo he servido en Marruecos: los moros, cuando llegan al cuartel, ¿cree usted que son magníficos? Por supuesto, estaremos obligados a hacer una disciplina republicana para todas nuestras tropas, o dejar de vivir. Pero, aun ahora, no se equivoque usted, hijo mío: nuestra crisis profunda es una crisis de mando. Nuestra tarea es más difícil que la de nuestros adversarios, eso es todo…
»Lo que organizan sus amigos los señores comunistas —¡quién me hubiera dicho que habría de pasearme amistosamente con un bolchevique!—, lo que organizan sus amigos, ese 5.º regimiento, si no es la Reichswehr, es sin embargo serio. Pero ¿con qué armas lo armarán cuando sea un cuerpo del ejército?
—El barco mexicano ha llegado a Barcelona.
—Veinte mil fusiles… Casi no hay aviones… Casi no hay cañones… Las ametralladoras… Usted ha visto, hijo mío, hay una para cada tres compañías. En caso de ataque, se la prestan. La lucha no es entre los moros de Franco y nuestro ejército —que ya no existe—: es entre Franco y la organización del nuevo ejército. A los milicianos sólo les queda, por desgracia, hacerse matar para ganar tiempo. Pero este ejército ¿dónde encontrará sus fusiles, sus cañones, sus aviones? Improvisaremos un ejército más rápidamente que una industria.

—Tarde o temprano —dijo Manuel firmemente— tendremos la ayuda soviética.

Jiménez meneó la cabeza, dio algunos pasos en silencio. No esperaba ya nada de Francia, de la que había esperado todo. ¿Debería su país ser salvado por Rusia, o perderse?…

Un rayo último de luz retozaba en torno a su cabeza en parte rapada, con la gran cruz de tafetán inglés. Manuel miraba desplegarse las fogatas de los milicianos; la caída de la noche daba una infinita vanidad al eterno esfuerzo de los hombres que poco a poco envolvían la sombra y la indiferencia de la tierra.

—Rusia está lejos… —dijo el coronel.

Las inmediaciones de la carretera habían sido abundantemente bombardeadas por los aviones fascistas. A derecha e izquierda estaban las bombas que no habían estallado. Manuel, con las dos manos, levantó una, destornilló el percutor y encontró un papel dactilografiado que tendió a Jiménez, que leyó, en portugués: Camaradas, esta bomba no estallará. Por el momento eso es todo.

Y no era la primera.

—¡A pesar de todo! —dijo Manuel.

A Jiménez no le gustaba demostrar su emoción.

—¿Qué ha hecho usted con Alba? —le preguntó.

Manuel le contó la entrevista.

Las piedras parecían volver a una vida miserable de donde las hubiera sacado la luz. Cada vez que las formas de los peñascos arrastraban al coronel a su infancia, pensaba en su pasado juvenil.

—Muy pronto, tendrá que formar usted mismo a jóvenes oficiales. Desean ser queridos. En el hombre es natural. Y nada mejor, a condición de hacerle comprender lo siguiente: un oficial debe ser querido en la naturaleza de su mando —más justo, más eficaz, mejor— y no en las particularidades de su persona. Hijo mío, ¿me comprenderá usted si le digo que un oficial no debe jamás seducir?

Manuel lo escuchaba pensando en el jefe revolucionario, y pensaba que ser querido sin seducir es uno de los hermosos destinos del hombre.

Se acercaban al pueblo, a sus chatas casas blancuzcas pegadas a un hueco del peñasco como vaquitas de San Antón al agujero de un árbol.

—Es siempre peligroso desear que a uno lo quieran —dijo Jiménez entre veras y burlas. El talón de su pierna herida sonaba regularmente sobre las piedras. Por un momento caminaron en silencio. No se oía ni el vuelo de una mosca.
»… hay más nobleza en ser un jefe que en ser un individuo —prosiguió el coronel—: Es más difícil…

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Habían llegado al pueblo.

—¡Salud, hijos míos!, —gritaba Jiménez respondiendo a los vivas. Los milicianos se hallaban al este del pueblo, que no ocupaban y que estaba casi abandonado. Los dos oficiales lo atravesaron. Frente a la iglesia, había un castillo con almenas.
—Dígame, mi coronel, ¿por qué los llama usted «hijos míos»?
—¿Llamarlos camaradas? No puedo. Tengo sesenta años: no queda bien, me da la impresión de estar representando una comedia. Entonces los llamo muchachos o hijos míos, y basta.

Pasaron delante de la iglesia. Había sido incendiada. Por el portal abierto salía un olor a sótano y a fuego apagado. El coronel entró. Manuel miraba la fachada.

Era una de esas iglesias españolas a la vez barrocas y populares a las cuales la piedra, empleada en lugar del estuco italiano, le daba un aire casi gótico. Las llamas habían hecho irrupción en el interior; enormes lenguas negras convulsas coronaban cada ventana y se aplastaban al pie de las estatuas más altas, calcinadas sobre el vacío.

Manuel entró. Todo el interior de la iglesia era negro; bajo los fragmentos retorcidos de las rejas, el suelo hundido no era más que escombros negros de hollín. Las estatuas interiores de yeso, limpiadas por el fuego hasta una blancura de tiza, formaban altas manchas pálidas al pie de los pilares tiznados y los ademanes delirantes de los santos reflejaban la paz azulada de la tarde del Tajo, que entraba por el portal derribado. Manuel admiraba, y se sentía de nuevo artista: esas estatuas contorneadas encontraban en el incendio apagado una grandeza bárbara, como si su danza hubiera nacido allí de las llamas, como si ese estilo se hubiera vuelto súbitamente el del incendio mismo.

Desaparecido el coronel, la mirada de Manuel lo buscaba demasiado alto: arrodillado en medio de los escombros, rezaba.

Manuel sabía que Jiménez era un católico fervoroso, pero no por eso estaba menos confuso. Salió para alcanzarlo. Caminaron un instante en silencio.

—¿Quiere usted permitirme que le haga una pregunta, mi coronel? ¿Cómo se ha puesto usted de nuestro lado?
—Usted sabe que yo estaba en Barcelona. Recibí la carta del general Goded que me incitaba a rebelarme. Reflexioné cinco minutos. No había prestado juramento al Gobierno, pero no me cabía duda de que en mí mismo había aceptado servirlo. Mi decisión estaba tomada, desde luego, pero no quería, a mi edad, tener más tarde la sensación de haber obrado por un capricho… Al cabo de esos cinco minutos, fui a buscar a Companys y le dije: Señor Presidente, el tercio N.º 13 y su coronel están a su disposición.

Miró de nuevo la iglesia, fantástica en la paz de la tarde llena de olor a heno, con su frontón destrozado y sus estatuas calcinadas recortadas sobre el fondo del cielo.

—¿Por qué será necesario —dijo a media voz— que los hombres confundan siempre la causa sagrada de Aquel que nos está mirando en este momento con la de sus ministros indignos? ¿Con la de aquellos de sus ministros que son indignos?
—Pero, mi coronel, ¿por quiénes han oído hablar de él sino por sus ministros?

Jiménez señaló con un lento ademán la paz de las campiñas y nada dijo.

—Un ejemplo, mi coronel, yo he estado enamorado una vez en mi vida. Gravemente. Quiero decir, con gravedad. Estaba como si hubiera sido mudo. Hubiera podido ser el amante de esa mujer, pero nada hubiera cambiado. Entre ella y yo había un muro: la Iglesia de España. Yo la amaba, y ahora, cuando reflexiono en ello, siento que era como si hubiera amado a una loca, a una loca dulce e infantil. ¡Vamos, mi coronel, mire este país! ¿Qué ha hecho de él la Iglesia sino mantenerlo en una atroz infancia? ¿Qué ha hecho de nuestras mujeres? ¿Y de nuestro pueblo? Le ha enseñado dos cosas: a obedecer y a dormir…

Jiménez se apoyó en la pierna herida, tomó a Manuel por el brazo y cerró un ojo:

—Hijo mío, si usted hubiera sido el amante de esa mujer, quizá hubiera dejado de ser sorda y loca.
»Por lo demás, mientras más grande es una causa, mayor asilo ofrece a la hipocresía y a la mentira…

Manuel se aproximó a un grupo de campesinos, oscuros y erguidos junto a la pared todavía blanca en la sombra.

—Decidme, camaradas, vuestra escuela es bastante fea —agregó cordialmente—. ¿Por qué no habéis transformado vuestra iglesia en escuela como han hecho en Murcia, en vez de quemarla?

Los campesinos no contestaron. Caía la noche, las estatuas de la iglesia empezaban a desaparecer. Los dos oficiales veían las siluetas inmóviles adosadas a la pared, las chaquetas negras, los anchos sombreros, pero no las caras.

—El coronel quisiera saber por qué han quemado la iglesia. ¿Qué les reprocháis a los curas de aquí? Concretamente.
—¿Porque los curas están contra nosotros?
—No, a la inversa.

En la medida en que Manuel podía adivinar a través de la oscuridad, los campesinos estaban, ante todo, molestos: ¿eran esos oficiales de fiar? Quizá todo eso tenía alguna relación con la protección de los objetos de arte.

—¿Es que hay aquí un solo camarada que haya trabajado para el pueblo sin que haya tenido al cura en contra? Entonces ¿qué?

Los campesinos reprochaban a la Iglesia el haber sostenido siempre a los señores, aprobado la represión que siguió a la rebelión de Asturias, aprobado la expoliación de los catalanes, enseñando sin cesar a los pobres la sumisión ante la injusticia, en tanto que hoy predicaba la guerra santa contra ellos. Uno reprochaba a los sacerdotes su voz, «que no era un voz de hombre», muchos, la hipocresía o la dureza, según el grado, de los hombres en quienes ellos se apoyaban en los pueblos; todos, el haber indicado a los fascistas, en los pueblos conquistados, los nombres de aquellos «indóciles», no ignorando que los hacían fusilar. Todos, su riqueza.

—Si quieres, todo eso —agregó uno—. Hace un momento, tú preguntabas por la iglesia: ¿por qué no hacer una escuela? Mis hijos son mis hijos, ¿entiendes? Aquí, en invierno, no hace siempre calor. Antes que ver a mis hijos vivir allí dentro, ¿entiendes bien?, prefiero que se hielen.

Manuel le ofreció un cigarrillo, después se lo encendió; el que acababa de hablar era un campesino de unos cuarenta años, afeitado, banal. De su vecino de la derecha, la corta llama del encendedor extrajo por un segundo un rostro como de habichuela, nariz y boca imprecisas entre una frente y un mentón prominentes. Les habían pedido argumentos; los habían dado; pero la última voz tenía un sonido particular: hablaba el corazón. Había caído la noche.

—Todos esos individuos son unos impostores —dijo en medio de la sombra la voz de un campesino.
—¿Quieren dinero? —preguntó Jiménez.
—Cada cual busca su interés. Ellos dicen que no, por supuesto… Pero tampoco se trata de eso. Yo hablo de lo que tienen en el fondo. Eso no puede explicarse. Son impostores.
—Un hombre de la ciudad no puede darse cuenta de lo que son los curas…

A lo lejos, ladraban los perros. ¿Cuál de los campesinos hablaba?

—Ha sido condenado a muerte por los fascistas, Gustavito —dijo otra voz, en el tono de «ya no nos la pueden pegar»; y también como si todos hubieran deseado que aquél diera su opinión.
—No hay que confundir —dijo otra voz, la de Gustavito, sin duda—: Conrado y yo somos creyentes. Eso sí, estamos contra los curas. Sólo que yo creo.
—¡Éste querría casar a su Virgen del Pilar con San Santiago de Compostela!
—¿Con Santiago de Compostela? Antes la haría puta, sí —y, en voz más baja, con un tono lento de campesino que se explica—: Los fascistas abrían una puerta, tal cual. Y sacaban a un tipo que decía: ¿Qué? Después, eso volvía a empezar. Al pelotón no se lo oía nunca. A la campanilla del cura se la oía. Cuando ese sinvergüenza comenzaba a hacerla sonar, quería decir que uno de nosotros iba a palmarla. Para tratar de confesarnos. A veces lo conseguía, el hijo de puta. Para perdonarlos, como decía. Perdonarnos… ¡De habernos defendido contra los generales! Durante quince días la he oído sonar. Entonces dije: son ladrones de perdón. Yo me entiendo. No es sólo la cuestión del dinero… Comprenda bien: ¿qué te dice un cura que te confiesa? Te dice que te arrepientas. Si hay un solo cura que haya hecho arrepentir a uno solo de nosotros de haberse defendido, pienso que nunca será lo bastante castigado. Porque no hay nada mejor que el arrepentimiento, es lo mejor del hombre. Eso es lo que pienso.

Jiménez se acordó de Puig.

—¿Collado piensa algo?
—¡Dale! —dijo Gustavo.

El campesino no decía nada.

—¿Y qué? ¿No te decides?
—No se puede hablar así —dijo el que no había hablado todavía.
—Cuenta la historia de ayer. Empieza el sermón.
—No es una historia…

Llegaban milicianos con un ruido de fusiles en la noche. Ahora la oscuridad era completa.

—Todo eso —dijo por fin, sarcástico— porque les conté que el rey pasó un día por las Hurdes. Iba de caza. Allí casi todos tienen bocio, son cretinos, enfermos… Tan pobres que el rey no podía creer que se pudiera ser tan pobre. Son enanos. Entonces dijo: hay que hacer algo por esa gente. Le dijeron: sí, señor, como de costumbre. Y no hicieron nada, como de costumbre. Después, como era una comarca tan miserable, la utilizaron: hicieron allí un presidio. Como de costumbre…

¿Quién hablaba? La entonación de esa voz fuertemente articulada no podía ser sino la de un hombre acostumbrado a tomar la palabra, a pesar de los giros populares.

Jiménez la oía claramente, aunque no fuera muy alta:

—Jesucristo encontró que eso no andaba. Se dijo: iré allí. El ángel buscó la mejor de las mujeres de la región, y se le apareció. «Oh, no vale la pena: el niño nacería antes de tiempo porque no tendré qué comer. En mi calle no hay más que un campesino que ha comido carne desde hace cuatro meses; mató a su gato».

Ahora la ironía cedía su lugar a una desolada amargura. Jiménez sabía que en ciertas provincias hay recitadores que improvisan durante los velatorios, pero nunca los había oído.

—Cristo fue a casa de otra. En torno a la cuna había ratas. Para calentar al niño, era poco, y para la amistad era triste. Entonces Jesús pensó que en España las cosas andaban mal.

Ruidos de cañones y de frenos subían del centro del pueblo, con lejanos tiros de fusil y ladridos, y el viento traía de la iglesia calcinada un olor de piedra y de humo. El ruido de los cañones fue por un instante tan fuerte que los dos oficiales no oyeron más las palabras.

—… hay que obligar a los propietarios a que arrienden las tierras a los campesinos. Los que tienen bueyes han gritado que eran despojados por los que tienen ratas. Y han llamado a los soldados romanos.
»Entonces el Señor fue a Madrid, y para hacerlo callar, los reyes del mundo han comenzado a matar niños de Madrid.
»Entonces Cristo se dijo que no había gran cosa que hacer con los hombres. Que eran tan asquerosos que hasta desangrándose por ellos noche y día durante toda la eternidad no se llegaría jamás a lavarlos.

Siempre ruido de cañones. En la intendencia se aguardaba a Jiménez. Manuel estaba al mismo tiempo sobrecogido e irritado.

—Los descendientes de los reyes magos no habían venido a su nacimiento, pues habían llegado a ser errabundos o funcionarios. Entonces, por primera vez en el mundo, gentes de todos los países; aquellos que estaban cerca y aquellos que estaban en el quinto infierno, aquellos de comarcas donde hacía calor y aquellos de comarcas donde helaba, todos los que eran valerosos y miserables se pusieron en marcha con fusiles.

Había en esa voz una convicción tan solitaria que, a pesar de la noche, Jiménez sintió que el que hablaba había cerrado los ojos.

—Y comprendieron en sus corazones que Cristo estaba vivo en la comunidad de los pobres y de los humillados. Y en largas filas, de todos los países, los que conocían bastante bien la pobreza para morir contra ella, con sus fusiles cuando los tenían y con sus manos en vez de fusiles cuando no los tenían, fueron a acostarse unos junto a los otros en la tierra de España…
»Hablaban todas las lenguas y hasta había chinos entre ellos que vendían cordones de zapatos.

La voz se hizo más sorda; el hombre hablaba entre dientes, acurrucado en la sombra como los que acaban de ser heridos en el vientre, con un círculo de cabezas —y la cruz de tafetán inglés de Jiménez— en torno de la suya.

—Y cuando todos los hombres hubieron matado demasiado, y cuando la última fila de los pobres se puso en marcha…

Silabeó las palabras en voz baja, con una intensidad cuchicheante de brujo:

—… una estrella que nunca habían visto se alzó por encima de ellos…

Manuel no se atrevía a prender su encendedor. Los bocinazos de los camiones se llamaban en la noche, rabiosos en su atascamiento.

—No es así como lo contaste ayer —dijo alguien en voz casi baja.

Y la de Gustavo, más fuerte:

—Yo no soy partidario de esas historias. Uno no sabría qué debe hacer. Hay que saber lo que se quiere, no hay más que eso.
—No vale la pena —dijo una tercera voz, lenta y cansada—: Un hombre de la ciudad no puede comprender la cuestión de los curas…

Creen que es la religión.

—Un hombre de la ciudad no puede comprenderlo.
—¿Qué era antes del levantamiento? —preguntó Jiménez.
—¿Él?

Hubo un momento de silencio.

—… Era monje —dijo una voz.

Manuel arrastraba al coronel hacia el estruendo infernal de las bocinas.

—¿Vio usted, en el momento de encender el cigarrillo, la insignia de Gustavo? — le preguntó Jiménez cuando continuaron caminando—. La F. A. I., ¿no?
—Con otra sería lo mismo. Yo no soy anarquista, mi coronel. Pero he sido educado por los curas, como todos nosotros; y, vea usted, hay algo en mí (sin embargo, en tanto que comunista, estoy contra toda destrucción), hay algo en mí que comprende a ese hombre.
—¿Más que al otro?
—Sí.
—Usted conoce Barcelona —dijo Jiménez—; en algunas iglesias el cartel no dice, como de costumbre: Vigilado por el pueblo, sino: Propiedad de la venganza del pueblo. Sólo que… En la plaza de Cataluña, el primer día, los muertos han permanecido bastante tiempo; dos horas después de que cesara el fuego, las palomas de la plaza han vuelto, se han posado en las aceras y sobre los muertos… El odio de los hombres también se gasta…

Y más lentamente, como si hubiera resumido años de inquietud:

—Dios tiene tiempo para esperar…

Sus botas resonaban en la tierra seca y dura; Jiménez, con su pierna herida, caminaba menos ligero que Manuel.

—Pero ¿por qué —prosiguió el coronel—, por qué es necesario que su espera sea esto?

.

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “La esperanza (IX)

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