La esperanza (VIII)

André Malraux

 

 

3

Marcelino pensaba, como Magnin, que a falta de aviones de caza había que hacerse proteger por las nubes. A menudo había vuelto de combates en el frente sur del Tajo casi en el crepúsculo, con Toledo en medio de las cosechas como un gran ornamento, su Alcázar alzado en la curva del río, y las humaradas de algunas casas incendiadas extendidas en diagonal sobre la piedra amarilla, sus últimas volutas cargadas de átomos de luz como rayos de sol a través de la sombra. Las casas ardían a ras del suelo con la calma de las chimeneas de aldea bajo el sol poniente, con toda la poderosa serenidad de las horas muertas de la guerra. Marcelino, que entendía bastante de pilotaje y navegación para prever la acción de sus compañeros de a bordo, no se había hecho piloto, pero era el mejor bombardero de la escuadrilla internacional, y un excelente jefe de tripulación. Hoy que en Toledo se combatía en alguna parte bajo esas nubes, los aviones de caza estaban muy cerca.

Por encima de las nubes, el cielo estaba extraordinariamente puro. Arriba, ningún avión enemigo patrullaba hacia la ciudad; una paz cósmica reinaba sobre la perspectiva blanca. En el cálculo, el avión se aproximaba a Toledo: iba a su máxima velocidad. Jaime cantaba; los demás miraban intensamente. Algunas montañas sobrepasaban a lo lejos la llanura de nieve: de tiempo en tiempo, en un hueco de nubes, aparecía parte de un trigal.

El avión debía de estar encima de la ciudad. Pero ningún aparato indicaba la deriva que impone un viento perpendicular a la marcha del avión. Si bajaba a través de las nubes, estaría seguro a la vista de Toledo; pero si estaba demasiado alejado, los aparatos de caza enemigos tendrían tiempo de llegar antes del bombardeo.

El avión bajó en picado.

Esperando a la vez la tierra, los cañones del Alcázar y la caza enemiga, el piloto y Marcelino miraban el altímetro con más pasión de lo que mirarían jamás un rostro humano. 800-600-400… siempre las nubes. Había que subir de nuevo y esperar que un hueco pasara por debajo de ellas.

Encontraron de nuevo el cielo, inmóvil por encima de las nubes que parecían seguir el movimiento de la tierra. El viento las empujaba del este al oeste; los pozos eran allí relativamente numerosos. Comenzaron a girar, solos en la inmensidad, con un rigor de estrella.

Jaime, antes ametrallador, le hizo una señal a Marcelino: por primera vez, los dos tenían conciencia, en sus cuerpos, del movimiento de la tierra. El avión que giraba como un minúsculo planeta, perdido en la indiferente gravitación de los mundos, esperaba que pasara bajo él Toledo, su Alcázar rebelde y sus sitiadores, arrastrados por el ritmo absurdo de las cosas terrestres.

Desde el primer hueco —demasiado pequeño—, el instinto de ave de caza pasó de nuevo a todos. Con el círculo de gavilanes, el avión giraba a la espera de un hueco más grande, todos los hombres de la tripulación mirando hacia abajo al acecho de la tierra. Les parecía que el paisaje entero de nubes giraba con una lentitud planetaria en torno al aparato inmóvil.

De la tierra, súbitamente reaparecida en el lindero de un hueco de nubes, a doscientos metros del avión llegó un pequeño cúmulo: desde el Alcázar tiraban.

El avión picó de nuevo.

El espacio se contrajo; no más cielo, el avión estaba ahora bajo las nubes; no más inmensidad: el Alcázar.

Toledo estaba a la izquierda, y, bajo el ángulo del descenso, la barranca que domina el Tajo era más aparente que toda la ciudad, y que el Alcázar mismo, que continuaba tirando; sus apuntadores eran oficiales de la Escuela de Artillería. Pero el verdadero adversario de la tripulación era el caza enemigo.

Toledo, oblicuo, se volvía poco a poco horizontal. Tenía siempre el mismo carácter decorativo, tan extraño en ese momento; y, una vez más, estaba rayada por largas humaredas transversales de incendios. El avión comenzó a girar tangencial al Alcázar.

Las circunferencias de gavilán eran necesarias para un bombardeo preciso —los sitiadores estaban muy cerca— pero cada circunferencia daba más tiempo al caza enemigo. El avión estaba a trescientos metros. Abajo, delante del Alcázar, hormigas con sombreros redondos blancos.

Marcelino entreabrió la trampilla, calculó el blanco, pasó, no dejó caer ninguna bomba, controló: sí, el blanco era bueno. Como el Alcázar era pequeño y Marcelino temía la dispersión de las bombas ligeras, quería arrojar solamente las pesadas; no había dado ninguna señal, y toda la tripulación esperaba. Por segunda vez, el indicador de órdenes le dijo al piloto que diera la vuelta. Se aproximaban las nubecitas de los obuses.

—¡Contacto! —gritó Marcelino.

De pie en la carlinga, con su mono siempre sin cinturón, parecía más torpe que nunca. Pero no dejaba de mirar el Alcázar. Abrió esta vez toda la trampilla, se puso en cuclillas: por el aire fresco que invadió el avión, todos comprendieron que empezaba el combate.

Era el primer frío de la guerra de España.

El Alcázar giró, vino hacia ellos. Marcelino, ahora boca abajo, tenía el puño en el aire, al acecho de los segundos. Los sombreros pasaron bajo el avión. El brazo de Marcelino parecía desgarrar un telón. El Alcázar pasó, algunos obuses torpes pasaron por encima de él como satélites, giró, se fue hacia la derecha, pudieron ver una vaga humareda en medio del patio principal. ¿Era la bomba?

El piloto continuaba su círculo, volvía a tomar tangencialmente el Alcázar; la bomba había caído en medio del patio. Los obuses del Alcázar seguían al avión, que volvió a pasar, arrojó su segunda bomba pesada, se fue, volvió otra vez. La mano de nuevo levantada de Marcelino no bajó: en el patio, sábanas blancas acababan de ser extendidas a toda prisa; el Alcázar se rendía.

Jaime y Pol boxeaban de júbilo. Toda la tripulación pataleaba en la carlinga.

A ras de las nubes, apareció el caza enemigo.

.

.

4

En la Jefatura, antiguo colegio transformado en cuartel, López, amistoso y borbónico, terminaba de interrogar a evadidos del Alcázar: una mujer, rehén, evadida gracias a un falso salvoconducto otorgado por el maestro armero, también evadido; y diez soldados, hechos prisioneros el primer día, que habían podido saltar por una de las barrancas.

La mujer era una robusta y morena comadre de unos cuarenta años, de nariz redonda y ojos muy vivos, visiblemente debilitada.

—¿Cuántos eran ustedes?, —preguntaba López.
—No puedo decírselo, señor comandante, porque nosotros no estábamos todos juntos; prisioneros por un lado, prisioneros por otro. Aquí y allá. En nuestro sótano, seríamos veinticinco, pero eso como si dijéramos era un dormitorio…
—¿Le daban de comer?

La mujer miró a López.

—Todavía demasiado.

Algunos campesinos pasaron delante de la Jefatura, con sus enormes horcas de madera a modo de candelabro sobre el hombro izquierdo, la escopeta bajo el brazo derecho. Y detrás de ellos entraba en Toledo una cosecha espesa, arrastrada por bueyes con cuernos coronados de retamas.

—Aquí, las personas dicen que no hay de comer en el Alcázar. No lo crea, señor comandante. Carne de caballo y pan malo, pero hay de comer. Yo he visto lo que he visto, sé de cocina más que los hombres, ¡tengo una fonda! Hay de comer, se lo aseguro.
—¡Y sus aviones mandan jamones y sardinas! —gritó uno de los soldados evadidos—. Los jamones son siempre para los oficiales. No nos han dado ni siquiera una vez. ¡Qué semanas! ¡Y los guardias que se quedan con esa gente!
—¿Y qué quieres que hagan los guardias, muchacho? —dijo la mujer.
—Que hagan como nosotros.
—Sí, pero dime —dijo ella lentamente—, quizá tú no hayas matado a nadie en Toledo…

Era lo que pensaba López: esos guardias civiles, cuando las derechas estaban en el poder, habían sido los agentes de la represión en la región de Toledo; y temían que aquellos que los reconocieran personalmente no tomaran en cuenta las condiciones de la rendición.

—¿Y las mujeres de los fascistas?
—¡Ésas!… —dijo la mujer.

Su cara, respetuosa cuando se dirigía a López, cambió súbitamente.

—¡Pero qué os pasa a vosotros, los hombres, que tenéis tanto miedo de tocar a las mujeres! ¡No todas son vuestras madres! ¡Saben tratarnos peor que los hombres! ¡Pero si tenéis miedo de las mujeres, dadnos las bombas a nosotras!
—No sabrías arrojarlas —dijo López, sonriente y confuso. Y les dijo a dos periodistas que acababan de llegar, bloc en mano—: Hemos propuesto la evacuación de todos los no combatientes; pero los rebeldes se niegan. Dicen que sus mujeres quieren quedarse con ellos.
—No me digas —exclamó la mujer—. La que acaba de parir allí, ¿quiere quedarse? La que quiso matar a tiros de revólver a su marido, ¿quiere quedarse? ¡Para empezar de nuevo, quizá! La que aúlla a la luna, hora tras hora, y que hasta debe de estar loca, ¿quiere quedarse?
—¡Y uno tiene que oírlas por fuerza! —dijo uno de los soldados. Y continuó histéricamente, tapándose las orejas con los puños—: ¡Y se las oye! ¡Y se las oye!
—Camarada López —gritaron de fuera—, ¡teléfono de Madrid!

López bajó, inquieto. Le gustaba lo pintoresco, pero no el sufrimiento, y ver siempre allí arriba ese Alcázar lleno de odio donde fusilaban en los patios y donde nacían niños comenzaba a enfurecerlo. Una mañana, sin ver un solo rostro había oído gritar en el Alcázar: «¡Queremos rendirnos! ¡Queremos…!». Después una descarga, y nada más.

Por teléfono, resumió lo que acababa de saber acerca de los rehenes: poca cosa.

—En fin —dijo—, no hay error posible, ¡es necesario que nosotros salvemos a esas gentes!

La voz desde Madrid replicó, más fuerte:

—Estoy de acuerdo con que hay que hacer lo imposible por ellos, pero hay que terminar con el Alcázar y mandar a los milicianos a Talavera. Ustedes deben, con todo, darles una posibilidad a los canallas de allí arriba. Preparen, lo antes posible, una mediación. Por el cuerpo diplomático, podemos ocuparnos del asunto nosotros mismos.
—Han pedido un sacerdote. Hay sacerdotes en Madrid.
—Mediación religiosa, bien. Vamos a llamar directamente al comandante del lugar. Gracias.

López volvió a subir.

—Las mujeres —decía uno de los soldados— están en los sótanos a causa de los aviones. Entonces, comprendéis, cuando son las nuestras, las mandan a las cuadras, allí donde nos habían encerrado. Las de ellos no están allí. Allí es terrible a causa del olor: en el picadero, hay una treintena de muertos enterrados a flor de tierra, además de las osamentas de los caballos. Es terrible. Los cadáveres son de los que han querido rendirse. Entonces nosotros, os dais cuenta, entre los que teníamos a nuestros pies, y los que han puesto sábanas en el patio delante de la cuadra donde uno estaba, sábanas para rendirse, cuando el avión ha pasado… El avión nos fastidiaba; por un lado, nos bombardeaba, y, por otro, estábamos contentos… Entonces han puesto sus sábanas.
—¿Qué eran? ¿Guardias civiles?
—No, soldados. Los otros han dejado que pusieran las sábanas. Pero entonces, cuando el avión partió, las ametralladoras comenzaron a funcionar. Hemos visto a los compañeros caer aquí y allá, sobre las sábanas, en cualquier parte. Después los guardias vinieron a recoger las sábanas. ¡Ya no estaban blancas!… Se las han llevado tirándolas por una punta, como unos pañuelos. Entonces nos dijimos que nos esperaba la misma suerte, y saltamos fuera cual fuese el peligro.
—¿No sabes si han matado a uno llamado cabo Morales? —preguntó una voz—. Porque es mi hermano. Más bien de tendencias socialistas…

El soldado no respondió.

—Sabes —dijo la mujer, resignada—, ésos matan a todos…

Cuando López salió de la Jefatura, los niños volvían de la escuela, la cartera bajo el brazo. Caminaba, moviendo los brazos como aspas de molino y la mirada abstraída, y estuvo a punto de pisar un charco negro; un anarquista lo apartó, como si López hubiera estado a punto de aplastar a un animal herido:

—Cuidado, hombre —dijo. Y respetuosamente—: Sangre izquierdista.

.

.

5

Una mitad de los pelícanos dormía sobre las banquetas del bar. La otra… los mecánicos estaban en su puesto; un cuarto de los pilotos y de los ametralladores, Dios sabe dónde. Magnin se preguntaba cómo llegaría a establecer una disciplina cualquiera sin ningún medio de sujeción. A pesar de sus marrullerías y de su jactancia, de su indisciplina y de su afectación, los pelícanos combatían a razón de uno contra siete; de igual modo, los españoles de Sembrano; de igual modo, los Bréguet de Cuatro Vientos y de Getafe. Todos habían perdido la mitad de sus efectivos. Muchos mercenarios, entre ellos Sibirsky, habían pedido combatir sin sueldo un mes por dos, deseosos de no ser privados de dinero ni de fraternidad. Cada día, San Antonio volvía cargado de cigarrillos, de gemelos, de discos de fonógrafo, cada vez más triste. Los aviones que partían sin caza (¿con qué caza habrían partido?) pasaban la Sierra gracias al alba, a la prudencia, al combate emprendido en otro lado, volviendo por lo común hechos un colador. En el bar, el consumo de alcohol aumentaba.

Los que estaban acostados en las banquetas, y Scali seguido de Raplati, comenzaron a ir y venir por la terraza del bar, en actitud de prisioneros. Sin que nadie hubiera venido a decir la hora, todos sabían que el avión de Marcelino no había vuelto aún. Le quedaba gasolina para un cuarto de hora, a lo sumo.

Enrique, uno de los comisarios del 5.º regimiento, que se decía mexicano y que quizá lo fuera, caminaba con Magnin por el campo. El sol se ponía detrás de ellos y los pelícanos veían los bigotes de Magnin, iluminados por los últimos rayos del sol, sobrepasar el perfil de tótem del comisario.

—Concretamente, ¿cuántos aviones le quedan?, —le preguntaba éste.
—Mejor no hablar. Como aviación regular, hemos dejado de existir… Y siempre a la espera de ametralladoras decentes. ¿Qué diablos hacen los rusos?
—¿Y los franceses?
—Dejemos eso. Vea usted, lo interesante es lo que se puede hacer. Salvo en caso de mucha suerte, bombardeo por la noche, o aprovecho las nubes. Felizmente, viene el otoño…

Alzó los ojos: la noche sería hermosa.

—Ahora, ante todo, me ocupo del tiempo que hará. Somos una aviación de guerrilla. O llegan aviones del extranjero, o no se tratará sino de morir lo mejor posible. ¿Qué olvidaba decirle? ¡Ah, ya recuerdo! ¿Qué hay de verdad en esa historia de aviones rusos llegados a Barcelona?
—Estuve antes de ayer en Barcelona. He visto en un hangar abierto un hermoso avión; estrellas rojas por todos lados, una hoz y un martillo en la cola, inscripciones a uno y otro lado. Y delante la palabra: Lenine. Pero la I rusa… (la dibujó con el dedo) estaba al revés, como la N española. Al final, me acerqué y reconocí el avión del Negus…

Magnin había encontrado el avión personal del emperador Haile-Selassié. Avión bastante rápido, con grandes depósitos de gasolina, pero difícil de manejar. Estropeado por un piloto, había sido enviado a reparar a Barcelona.

—Tanto peor. ¿A qué viene ese disfraz?
—¿Niñería, operación mágica para atraer a los verdaderos aviones rusos? Quizá, en última instancia, provocación…
—Tanto peor. ¿Y a ustedes, cómo les va?
—Bien. Pero muy lentamente.

Enrique se detuvo, sacó de su bolsillo un plano de organización que iluminó con su linterna eléctrica. Anochecía.

—Desde ahora, concretamente, todo esto está realizado.

Era más o menos el plano de los batallones Sturm. Magnin pensaba en los milicianos de Zaragoza que habían partido sin balas, en la falta de teléfono en casi todo el frente de Aragón, en las ambulancias reemplazadas por el alcohol o la tintura de yodo de los milicianos, en Toledo…

—¿Han restablecido la disciplina?
—Sí.
—¿Por medio de la fuerza?
—No.
—¿Cómo hacen ustedes?
—Los comunistas son disciplinados. Obedecen a los secretarios de célula, obedecen a los delegados militares, a menudo son los mismos. Mucha gente que quiere pelear viene a nosotros porque les gusta la organización seria. Antes, los nuestros eran disciplinados porque eran comunistas. Ahora, muchos se hacen comunistas porque son disciplinados. En cada unidad tenemos un número bastante grande de comunistas que observan la disciplina porque les interesa hacerla respetar; forman núcleos sólidos, en torno a los cuales se organizan reclutamientos que forman a su vez nuevos núcleos. A fin de cuentas, hay diez veces más hombres que comprenden que harán entre nosotros un trabajo útil contra el fascismo de los que nosotros estamos en condiciones de organizar.
—A propósito, quisiera hablarle también de los alemanes…

Ese tema impacientaba a Magnin, ante quien se habían intentado muchas gestiones.

Enrique había puesto el brazo bajo el suyo, ademán que viniendo de ese fortachón sorprendió a Magnin. Dividía a los jefes comunistas en comunistas del tipo militar y en comunistas del tipo cura, que debiera meter en el segundo tipo a este individuo que había hecho cinco guerras civiles, grande y vigoroso como García, lo dejaba confuso. Y sin embargo, encontraba que esos labios de estatua mexicana hacían pensar por instantes en la boca de un vendedor de alfombras.

¿Qué exigía la policía? Que los tres alemanes no pusieran más los pies en un aeródromo. Krefeld, según la opinión de Magnin, era sospechoso, y por otra parte incapaz; el ametrallador, que se las había dado de monitor, no sabía manejar una ametralladora, y estaba siempre en el partido comunista cuando Karlitch lo necesitaba: este último hacía todo el trabajo solo. La historia de Schreiner era trágica, y era más que posible que fuera inocente. Pero, de todos modos debía partir a la Defensa Contra Aviones.

—Vea usted, Enrique, todo esto, humanamente, es penoso, pero no tengo ninguna razón válida, razonable, de negar a la policía lo que pide —y que puede exigir—. No soy comunista, no puedo pues pretender obedecer, en este caso, a la disciplina de mi partido. Las buenas razones entre la aviación, la policía y el Departamento de Informes tienen demasiada importancia práctica para nosotros, en momentos en que sólo actuamos por sorpresa, para que yo los comprometa en esta historia. Parecería que lo hiciera por testarudez. Usted comprende lo que quiero decirle.
—Habría que conservarlos —dijo Enrique—. El partido responde por ellos… Usted comprende bien que para todos los camaradas, esa partida sería el reconocimiento de una sospecha. A fin de cuentas, no es posible hacerles esa mala pasada a personas que son buenos militantes desde hace años.

El ametrallador era del partido; Magnin, no lo era.

—Yo estoy persuadido de que Schreiner es inocente; pero no se trata de eso. Ustedes tienen los informes del partido alemán de París; ustedes creen en esos informes; muy bien: háganse responsables ante el Gobierno. Pero yo no tengo ningún elemento de investigación; y no voy a decidir a la ligera, basándome en mis sentimientos, una cuestión que puede tener consecuencias tan graves. Tanto más cuanto que usted lo sabe, como aviadores son totalmente ineficaces.
—Se podría organizar una cena en que yo le traería el saludo de los camaradas españoles, y en que usted saludaría a los camaradas alemanes… Me dicen que hay en la escuadrilla hostilidad contra los alemanes, un poco de nacionalismo…
—No tengo ninguna gana de brindar con personas que le informan de esa manera.

La consideración que tenía Magnin, sino por la persona de Enrique (lo conocía apenas) al menos por su trabajo, aumentaba su irritación. Magnin había visto formarse los batallones del 5.º regimiento. Eran, considerados en su conjunto, los mejores batallones de milicias; todo el ejército del Frente Popular podía formarse por el mismo método. Habían resuelto el problema —decisivo— de la disciplina revolucionaria. Magnin consideraba pues a Enrique como uno de los mejores organizadores del ejército popular español; pero estaba persuadido de que ese mocetón serio, prudente, aplicado, no hubiera hecho en su lugar lo que acababa de pedirle que hiciera.

—El partido ha reflexionado sobre la cuestión y piensa que hay que conservarlos —dijo Enrique.

Magnin volvió a encontrar los reproches de los tiempos de lucha entre socialistas y comunistas.

—Permítame. La revolución para mí está por encima del Partido Comunista.
—No soy un maniático, camarada Magnin. Y he militado antes en el trotskismo. Hoy el fascismo se ha convertido en un artículo de exportación. Exporta productos elaborados: ejército, aviación. En esas condiciones digo que la defensa concreta de lo que nosotros queremos defender no se basa en primer lugar en el proletariado mundial, sino en la Unión Soviética y el Partido Comunista. Cien aviones rusos harían más por nosotros que cincuenta mil milicianos que no saben combatir. Ahora bien, actuar con el partido es actuar con él sin reservas: el partido es un bloque.
—Sí. Pero los aviones rusos no están aquí. En cuanto a sus tres compañeros, si el Partido Comunista responde por ellos que responda él mismo ante la policía, o que los tome a su servicio. Yo nada tengo en contra.
—Entonces, a fin de cuentas, ¿usted quiere que se vayan?
—Sí.

Enrique soltó a Magnin del brazo.

Estaban ahora a la luz de los edificios. El rostro aindiado del comisario reaparecía a la luz, en tanto que había estado hasta entonces a la sombra, el que lo hubiera soltado del brazo le permitía también verlo mejor, porque, desde un poco más lejos, Magnin se acordó de una frase de Enrique que habían citado delante de él y que él había olvidado: «Para mí, un camarada del partido tiene más importancia que todos los Magnin y todos los García del mundo».

—Vea usted —continuó Magnin—, yo sé lo que es un partido; pertenezco a un partido débil: la izquierda revolucionaria socialista. Cuando uno toca el botón de la luz, es necesario que todas las bombillas eléctricas se enciendan a la vez. Tanto peor si algunas no son perfectas; y, por lo demás, las bombillas mayores se encienden mal. Por lo tanto, el partido…
—¿Los conserva usted? —preguntó Enrique con una voz neutra, más bien para señalar que no quería tratar de influir sobre Magnin que no para simular indiferencia.
—No.

El comisario se interesaba más en las decisiones que en la psicología.

—¡Salud! —dijo.

No había nada que hacer: Magnin había organizado esa aviación, encontrado a los hombres, arriesgado su vida sin cesar, comprometido diez veces sin el menor derecho la responsabilidad de la compañía que dirigía: no era uno de ellos. No era del partido. Su palabra pesaba menos que la de un ametrallador incapaz de desmontar una ametralladora; y un hombre cuyo trabajo y valor respetaba estaba dispuesto, para satisfacer lo que había de menos puro en su camarada de partido, a exigir de él, Magnin, una actitud de niño. Y todo eso podía defenderse. «Hacen falta lámparas en cada cuarto». Y a pesar de todo, era Enrique el que organizaba las mejores tropas españolas. Y él mismo, Magnin, aceptaba que destituyeran a Schreiner. La acción es la acción, y no la justicia.

Ahora la oscuridad era casi completa.

No era por la injusticia que había venido a España…

Algunos disparos lejanos pasaron sobre el campo.

¡Cuán irrisorio era todo aquello comparado con las multitudes campesinas que huían con sus asnos ante los pueblos incendiados!

Sintiendo por primera vez hasta el fondo de sí mismo la soledad de la guerra, arrastrando los pies en la hierba reseca del campo, tenía prisa por llegar al hangar donde los aviones eran reparados por hombres fraternalmente unidos.

.

La noche completa llegaba más pronto que Marcelino, y los aterrizajes nocturnos no son recomendables para los pilotos heridos. Los mecánicos parecían mirar caer la noche; lo que miraban, tensos en la paz inquieta del crepúsculo, era la invisible carrera entre el avión y la noche.

Llegaba Attignies, la mirada puesta en la cresta de las colinas.

—Mi querido Sigfrido, los comunistas me fastidian —dijo Magnin.

Los españoles, y aquellos que querían a Attignies, lo llamaban entre ellos Sigfrido: era rubio, y hermoso. Por primera vez lo llamaban así en su presencia; no lo tomó en cuenta.

—Cada vez —dijo— que veo tensión entre el partido y un hombre que quiere lo que nosotros queremos, como usted, me da una gran tristeza.

De los comunistas de la escuadrilla Attignies era aquel que Magnin estimaba más. Lo sabía hostil a Krefeld y a Kurtz. Necesitaba hablar. Y lo sabía hecho un manojo de nervios, como él, a la espera de Marcelino por quien sentía un gran afecto.

—Creo que el partido tiene mucha culpa en este asunto —dijo Attignies—. Pero ¿está usted seguro de no tener ninguna?
—Un hombre impulsivo no está nunca libre de culpa, muchacho…

No le hablaba en tono protector, sino más bien paternal.

—Que hagan el balance…

Magnin no tenía ganas de exponer recriminaciones. Sin embargo, continuó:

—¿Cree usted que ignoro hasta qué punto me atacan los comunistas desde que Kurtz desempeña allí su inmundo papel policíaco?
—No es un policía. Ha luchado en la Alemania hitleriana; aquellos de los nuestros que han combatido a Hitler son quizá los mejores. En total, este asunto es absurdo, y no hay nada que hacer. Pero usted, que es un revolucionario y un hombre de experiencia, ¿por qué no lo pasa por alto?

Magnin reflexionó:

—Si aquellos con quien debo combatir, aquellos con quienes me gusta combatir, no me tienen confianza, ¿a qué combatir, muchacho? Da lo mismo reventar…
—Si su hijo se equivocara, ¿le tendría usted rencor?

Por primera vez Magnin encontraba ese vínculo profundo, fisiológico, que une a los mejores comunistas con su partido.

—Jaime está en el avión, ¿verdad?
—Sí: ametrallador delantero.

La noche avanzaba cada vez más.

—Nuestra sensibilidad —continuó el joven— y hasta nuestra vida son muy poca cosa en esta guerra…
—Sí. Pero si su padre no tiene razón…
—Yo no había dicho padre: había dicho su hijo.
—¿Tiene usted un hijo, Attignies?
—No. Usted, sí, ¿verdad?
—Sí.

Dieron algunos pasos, mirando el cielo a lo lejos, acechando a Marcelino.

—¿Sabe usted quién es mi padre, camarada Magnin?
—Sí. Es por eso por lo que…

Lo que Attignies (era un seudónimo) creía un secreto era sabido por toda la escuadrilla: su padre era uno de los jefes fascistas de su país.

—La amistad —dijo— no es estar con sus amigos cuando tienen razón, es estar con ellos hasta cuando están equivocados.

Subieron a casa de Sembrano.

El faro estaba listo, todos los autos disponibles fueron enviados al campo con orden de encender los faros a la primera señal.

—Empezad, ¡encended enseguida!
—Quizá tengas razón —dijo Sembrano—, pero yo prefiero esperar. Si los fascistas se presentan, no vale la pena iluminarles el terreno. Sí, yo prefiero esperar.

Magnin sabía que era por superstición el que Sembrano prefiriese no iluminar; ahora, casi todos los aviadores eran supersticiosos.

Las ventanas estaban abiertas, antes de la guerra, el jefe del aeropuerto, a esta hora, tomaba su whisky. La noche de fines de verano ascendía de toda la tierra.

—¡Las luces!, —gritaron los tres al mismo tiempo.

Se oía la sirena de llamada del aparato.

Entre las líneas cortas de los faros de auto, la barra del faro de aviación se tendía a través del campo vacío. Los bigotes hacia delante, Magnin bajó corriendo la escalera. Attignies lo seguía.

Abajo, las cabezas paralelas le indicaron el avión. Nadie lo había visto venir, pero ahora, guiados por el sonido, todos lo veían dar vueltas para aterrizar. Bajo el cielo, cuyo color pizarra se oscurecía por instantes, el perfil del aparato se deslizaba, con una precisión de papel recortado, en el centro de un halo azul pálido, nítido como los monumentos sobre un fondo de iluminación al mercurio.

—El motor exterior está en llamas —dijo una voz.

El avión aumentó de tamaño: dejó de dar vueltas tomando el terreno de frente. Sus alas, convertidas en líneas, se perdieron en la noche del campo: la oscuridad se acumulaba a ras de tierra. Las miradas no seguían sino la mancha confusa de la carlinga, acosada como por un ave de rapiña por esa llama azulada de enorme soplete oxídrico, y que parecía que no habría de llegar nunca a tierra: los aviones cuyos muertos se aguardan caen lentamente.

—¡Las bombas! —gruñó Magnin, con las dos manos en sus anteojos de larga vista.

En el instante en que el avión tocaba tierra, la carlinga y las llamas se aproximaron como para un pugilato exasperado. La carlinga brincó en las llamas, se retorció, se aplastó, brotó de nuevo cantando: el avión capotaba.

Atenta como la muerte, la ambulancia pasó traqueteando. Magnin saltó en ella. Los pelícanos que habían llegado a todo correr desde que vieron cómo el avión se posaría (injuriados por los pilotos que, por lo demás, los seguían), corrían ahora alrededor de la llama larga y recta, proyectando sus sombras en torno a sí, como los radios de una rueda. La llama no alcanzaba ya el aparato que iluminaba con una luz temblorosa y descolorida. Como si los hombres hubiesen estado pegados por su sangre a la carlinga rota en dos como una concha, los pelícanos los despegaban con los ademanes prudentes con que se despega una venda de una llaga, pacientes y crispados por el olor amenazador de la gasolina. Mientras los extintores atacaban la llama, apartaban del aparato heridos y muertos los camaradas en torno a ellos en ese revoltijo de sombras; bajo esa luz cadavérica, los muertos, inmóviles, parecían protegidos por los muertos agitados.

Tres heridos, tres muertos. Faltaba un ametrallador. Era Jaime, que bajó mucho después que los otros. Las manos hacia delante, temblorosas, y un camarada que lo guiaba: una bala explosiva a la altura de los ojos. Ciego.

Llevándolos por los hombros y los pies, los aviadores llevaron a los muertos al bar. El furgón llegaría más tarde. Como a Marcelino lo había matado una bala en la nuca, estaba poco ensangrentado. A pesar de la trágica fijeza de los ojos que nadie había cerrado, a pesar de la luz siniestra, la máscara era hermosa.

Una de las camareras del bar lo miraba.

—Hace falta por lo menos una hora para que se comience a ver el alma —dijo.

Magnin había visto morir lo suficiente para conocer el sosiego que trae la muerte a muchos rostros. Pliegues y pequeñas arrugas se habían ido con la inquietud y el pensamiento; y ante ese rostro limpiado de vida, pero cuya voluntad mantenían los ojos abiertos y el casco, Magnin pensaba en la frase que acababa de oír, que había oído de tantas maneras en España; solamente una hora después de morir, de la máscara de los hombres comienza a surgir su verdadero rostro.

(Continuará…)

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