Dos mujeres y una de indios

Helena Garrote Carmena

 

 

La Pruden

La Pruden era la pipera del barrio. No era solo una mujer. Era parte de un conjunto formado por un cajón verde de madera, de un metro por un metro, y la Pruden dentro. Era una especie de caracol. El habitáculo contaba con una ventana al exterior donde se exhibían, como brotes de primavera, bolsas de pipas, cajitas con caramelos de colores vivos, chicles, cigarrillos sueltos, trozos de palulú y un misterioso frasco de plástico con pitorro de metal que olía a gasolina y que por lo visto servía para recargar mecheros. De entre toda aquella flora autóctona asomaban la cabeza y las manos de la Pruden, como un muñeco de guiñol. El resto de su cuerpo nunca lo vimos.

Era muy vieja y muy fea. Tenía en su cara las arrugas de toda la humanidad y un ojo nublado en gris metalizado, como el cielo antes de una tormenta.

El cajoncito verde – con la Pruden dentro – aparecía todos los domingos en la misma esquina, y allí permanecía hasta que se hacía de noche y desaparecía como por arte de magia. No volvíamos a verlo hasta el domingo siguiente, cuando, después de comer, bajábamos con nuestras cinco pesetas en el bolsillo, contentos y dispuestos a dilapidar nuestra minúscula fortuna dominical. La Pruden tenía un vocabulario bastante escueto. Solo tres frases:

– ¿que quieres?
– de eso no tengo (ésta raramente la utilizaba)
– son cinco pesetas

No necesitaba decir más para mantener su próspero y concurrido negocio. Tú pedías y ella te daba la mercancía mientras extendía la otra mano, como un sarmiento seco, para recoger su ganancia.

Ella daba sentido a nuestros días de fiesta, hasta que un domingo, para nuestro asombro y posterior disgusto, la esquina apareció vacía. No volvimos a ver más a la Pruden. Probablemente murió, o tal vez, su cajoncito verde se elevó por los aires para conocer todas las esquinas del mundo, o se inmoló con su pequeña bomba casera de gasolina con pitorro metálico y ardió jubilosa entre estallidos de caramelos de colores. No sé. Cuando tienes ocho años pueden pasar muchas cosas.

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La Fermina

La Fermina era vieja, pero no tanto como la Pruden. Ésta sí tenía cuerpo. Era flaca, menudilla y de andar muy rápido. Llevaba una coleta rubio pajizo en lo alto de su pequeña cabeza. Cuando caminaba, el puñado de paja se balanceaba de izquierda a derecha con la precisión de un diapasón. Siempre llevaba delantal y medias negras por la rodilla.

Vivía en un piso bajo y vendía fruta. Su estrategia de venta, consistía en mostrar parte de la mercancía en la ventana, colocando cajoncitos con pimientos, tomates o cebolletas. El reclamo era efectivo. Las vecinas acudían cada día; alegres y lirondas se acercaban a la ventana, tocaban el género, comentaban un momento, y entraban al portal. Al cabo de un rato salían satisfechas con sus bolsas de nylon hasta los topes.

Al caer la tarde, la Fermina daba por terminada su jornada laboral. Retiraba las hortalizas y se quedaba en la ventana, pensativa, como ausente. Si pasabas lo suficientemente cerca y te topabas con sus ojos de color azul intenso, su mirada se volvía retadora.

Nosotros, para divertirnos, entrabamos muy sigilosos al portal y tocábamos con mucha insistencia el timbre de su puerta entre risas mal contenidas. Cuando escuchábamos que se acercaba salíamos corriendo y no parábamos hasta el final de la calle, donde acalorados y casi sin aliento, esperábamos el resultado de nuestra provocación. No había que esperar mucho para ver a la Fermina salir y plantarse en mitad de la calle, con su delantal y su coleta amarilla, con los brazos en jarras profiriendo todo tipo de insultos hacia nosotros y nuestros progenitores. Su última maldición siempre era la misma: ¡una guerra os daba yo a vosotros!

Ahora que lo pienso, aquella mujer bien pudo ser una libertaria, una brava miliciana. La veo subida en su camión, en pie, pidiendo república y libertad, pero esa historia no me la sé.

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La Festus

La Festus era la abuela de Esther, mi amiga de enfrente. No se como se llamaba en realidad. La bautizamos así por su parecido con un personaje de una serie del oeste de televisión. El viejo Festus, que era un granjero noble y desdentado, de aspecto descuidado y de risa contagiosa.

Nuestra Festus se pasaba las mañanas sacudiendo trapos, alfombras y zapatillas por la ventana. Todo era sacudible. Agitaba con ímpetu cada pieza, formando pequeñas nubes de polvo. Parecía un indio haciendo señales de humo, enviando mensajes cifrados, pidiendo refuerzos, o alertando de un ataque enemigo. A pesar de sus diarias misivas, nunca vimos llegar a la caballería, ni a los apaches (los indios buenos de las series de televisión, los malos eran los sioux). Cuando ya no le quedaba más por sacudir, salía a la calle con un cubo de agua espumosa y lo derramaba por la acera, cerciorándose de que ninguna baldosa quedase sin mojar. Tal vez borraba huellas que pudieran alertar al enemigo de su presencia o simplemente le gustaba el olor de las baldosas mojadas.

Un día la Festus subió a despedirse, se marchaba a vivir a Mallorca con otro de sus hijos. Ya solo la veríamos por la tele.

Nunca sabemos en el recuerdo de quién podemos estar.

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