KAFKA EN EL JUICIO DEL PROCÉS

Pedro A. Curto

 

 

Un juicio como el del Procés, con amplia difusión, se me ocurre que puede moverse entre dos visiones. Una sería la cinematográfica, esas películas sobre juicios que se han convertido ya en un subgénero. Por otro lado estaría la de Kafka, autor cuyo gran tema es el poder y que desmenuza en sus narraciones todo lo jurídico como un complejo mecanismo de ese poder. Las imágenes televisivas de la sala del Tribunal Supremo muestran la artificialidad para elevar al estrado la mística de la autoridad.

La primera parte del juicio ha sido muy cinematográfica, con ese contenido épico donde los acusados se convierten en acusadores y van desmontando las imputaciones. Discursos políticos, de gran altura, que harán historia, en un juicio político con fines políticos: la criminalización de ideologías diferentes al régimen vigente y el escarmiento autoritario contra quienes cuestionen el status quo.

Al otro lado, el frío y gris rostro del estado, el fiscal, los responsables gubernamentales aferrados a la “ley” como forma de despotismo violento, frente a la legitimidad de la ley como articulación social y derechos ciudadanos. Y curiosamente, sin ser capaces de asumir la responsabilidad en la represión y dejándosela a sus subordinados; quizás serán para la historia los rostros de la cobardía y la hipocresía. Esta parte es la más kafkiana, los extraños vericuetos del poder, que el escritor describió como parábola en Ante la ley, donde un campesino espera ante la puerta de la justicia sin poder entrar y al final, en su agonía, termina sabiendo que esa puerta estaba hecha para él, al mismo tiempo para que no entrase. Es crear una realidad artificial o tergiversada, y sobre esa base, juzgar. No es menos importante en ese terreno la construcción de una neo lengua alucinatoria para establecer una peculiar “normalidad”: rebelión, sediciosos, supremacistas, golpistas, políticos presos, referéndum ilegal… Se trata de deshumanizar y criminalizar a quién en teoría sólo se pretende juzgar; es un útil campo abonado. En ese punto ha llegado al absurdo cuando el que fuese delegado gubernamental, para construir una teoría de la violencia, ha llegado a señalar el detergente como poderosa arma enemiga. Esto ya no es cinematográfico o kafkiano, es más bien de Mortadelo y Filemón.

La película nos haría ver la extrema injusticia sobre los juzgados, las circunstancias adversas, la instrucción viciada, violación de derechos humanos, un juez cada vez más de parte y que a pesar de todo, la luz no se apaga, a modo de resistencia.

Kafka, abogado de profesión, que no de vocación, que conoció las estructuras burocráticas del estado y sus mecanismos, creo que le habría interesado lo que sucede en la sala del Tribunal Supremo. Él describió como quien detenta el poder, quiere hacerse, en última instancia, con el dominio de las fuerzas del derecho, así escribió: “En general nuestras leyes no son conocidas, sino que constituyen un secreto del pequeño grupo de aristócratas que nos gobiernan.” Y aunque ahora no sea tanto su conocimiento, sí su interpretación y utilización. Revestirse de una autoridad mística, como ha dicho el coronado (citado como testigo pero liberado de tal labor), hay que situar a la institución por encima de la ciudadanía y claro, dominar ese aparato. O como quien responsable de la violencia estructural, con sus claras extralimitaciones, determina como violentos a quienes se sientan en el suelo y levantan las manos o simplemente meten una papeleta en una urna. Y esto dicho en sede judicial, por responsables policiales con una amplia mochila de arbitrariedades.

En la película nos invadiría la rabia ante la pantalla, deseando la llegada de una especie de súper héroe que diese la vuelta a la situación.

En un relato de Kafka penetraríamos en las estructuras del poder a través de prácticas absurdas y crueles que manejan los engranajes.

En la película, en especial si es americana, donde todo suele terminar bien, tras sufrir ante la pantalla, la injusticia se derrumbaría y triunfaría la verdad. Incluso se abriría una puerta para que juzgadores y sus responsables políticos, acabaran sentándose en el banquillo de los acusados.

En un relato de Kafka…

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