La luna y seis peniques (V)

Somerset Maugham

 

 

 

CAPÍTULO XLIV

CREO que éste es el sitio adecuado para decir lo que sé de la opinión que Strickland tenía respecto a los grandes artistas del pasado, aunque es poco lo que pueda saber. Strickland no era conversador y carecía del don de saber expresarse con frases que pudieran pasar a la posteridad. No tenía humour, Su manera de decir las cosas era burda y a veces provocaba la risa, sobre todo cuando decía la verdad.

Strickland no era un hombre de gran inteligencia y sus opiniones sobre pintura estaban lejos de ser extraordinarias. Jamás le oí hablar de aquellos pintores cuya obra tuviera cierta analogía con la suya; de Cezanne, por ejemplo, o de Van Gogh, y hasta dudo de que hubiera visto algún cuadro de éstos. Los impresionistas no le interesaban, aparte, quizás, de su técnica. Cuando Dirk Stroeve manifestaba su admiración por Manet, él solía decir que prefería a Winterhálter; pero creo que lo decía sólo para fastidiar al holandés. Y por cierto que lo lograba. Lamento no poder transmitir alguna extravagancia de opinión respecto a los maestros antiguos, pues eso hubiera completado el cuadro de su personalidad. Pero debo confesar que opinaba sobre los grandes pintores lo mismo que opina la mayoría de la gente. Creo que no conocía al Greco. Sentía gran admiración, aunque mezclada con cierta impaciencia, por Velázquez. Hallaba delicioso a Chardin y describía el éxtasis que le provocaba Rembrandt con palabras que no se pueden reproducir. El único pintor que realmente le interesaba, y en forma inusitada, era Brueghel el Viejo. Lo que dijo una vez respecto a este artista me ha quedado bien grabado en la memoria, porque entonces no le entendí.

—Esto está bien. Apostaría a que pasó las de Caín para poder pintar.

Años después, en Viena, vi varios cuadros de Brueghel y me pareció entender lo que quiso decir Strickland, pues aquellas obras me dieron la impresión de que el artista había tratado de expresar con el pincel sentimientos más aptos para ser expresados mediante otro arte. Quizás tanto él como Strickland han tratado de fijar con la pintura ideas más apropiadas para el arte literario.

En esa época Carlos Strickland debía contar unos cuarenta y siete años.

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CAPÍTULO XLV

Como he dicho, sin el azar de un viaje a Tahití, seguramente no habría escrito jamás este libro. En aquella isla feliz, Strickland terminó su vida miserable y pintó la mayor parte de los cuadros que han forjado su gloria. Creo que ningún artista puede realizar completamente su sueño, y Strickland mucho menos que cualquier otro, en la lucha continua con la técnica. Mas en Tahití el medio le era favorable. Mil motivos respondían a sus aspiraciones. De sus últimas telas se desprende su altivo ideal. Ofrecen algo nuevo y extraño a la imaginación. Diríase que este espíritu, siempre errante, había descubierto por fin en esa tierra perdida en medio del océano, la posibilidad de tomar cuerpo. Según la repetida expresión; allí Strickland se encontró a sí mismo.

Mi visita a Tahití debería haber reavivado al momento el interés que me inspiraba Strickland. No ignoraba que había muerto nueve años atrás, pero nuestra última entrevista databa de quince años. Por otra parte, una novela que yo escribía entonces me absorbía hasta el extremo de que, en un principio, ni siquiera pensé en él. Finalmente, los encantos de Tahití concluyeron por borrar toda preocupación.

Recuerdo que la primera mañana de mi estada en la isla me desperté temprano. Salí a la terraza del hotel, y estaba aún desierta; caminé hasta la cocina y la hallé cerrada. Un muchacho indígena se había dormido sobre un banco cerca de la puerta, y las probabilidades de un pronto desayuno eran remotas. Comencé a caminar hacia el agua. Los chinos ya habían abierto sus tiendas: El cielo estaba aún pálido y reinaba un silencio impresionante sobre la laguna. La isla de Morea, a una distancia de diez millas, parecía custodiar un secreto.

No daba crédito a mis ojos. No hay nada que se parezca tanto al dorado reino de la fantasía como la llegada a Tahití. Morea, la isla hermana, surge del mar como por arte de magia. La belleza de la isla se va revelando al acortarse la distancia, pero sin descubrir su secreto. Nadie se sorprendería si, al llegar muy cerca de sus costas, la isla desapareciera, quedando tan sólo la soledad azul del Pacífico.

Tahití es una isla verde y escarpada, cruzada por varios valles de colorido ligeramente más oscuro por donde corren algunos torrentes frescos y cristalinos. Hay algo en el ambiente que dice al visitante que bajo aquellas umbrosas regiones la vida ha estado, desde tiempos inmemoriales, regida por costumbres inmutables. Un pasado milenario produce cierta impresión de trágica melancolía, que no hace sino dar mayor valor al minuto que se escapa. Tahití es amable. Parece una mujer hermosa,” pródiga en encantos y bondades. Nada hay más acogedor que el puerto de Papeete. Las goletas amarradas a su muelle se ven rozagantes y limpias; la pequeña ciudad ha dispersado sus blancas casas alrededor de la bahía; púrpuras resplandecientes suben al cielo y su color vibra como un aullido de pasión. Cierta ardiente sensualidad enlanguidece el ambiente. Una multitud reidora se apretuja cuando atraca un barco. Es una marejada de rostros morenos.

La isla, tornasolada, deslumbradora, bajo el azul candente del cielo. Todo ocurre con la mayor agitación; la descarga de los equipajes, la visita a la aduana. No se ven dos labios en que no brille una sonrisa. Con el intenso calor, la luz ciega a los que llegan.

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CAPÍTULO XLVI

Poco después de mi llegada conocí al capitán Nichols. Cierto día, mientras almorzaba en la terraza del hotel, se acercó a mi mesa. No sé quién le había dicho que me interesaba por los cuadros de Strickland. Pues bien, quería hablarme de él. Se charla en Tahití como en cualquier ciudad de Inglaterra. Comencé por preguntarle si había almorzado.

—Sí. Acostumbro almorzar temprano; pero aceptaría de buena gana un poco de whisky. Llamé al muchacho chino.

—¿No cree usted que es un poco temprano para un whisky? —preguntó luego el capitán.

—Eso es cosa suya.

—Por principio, soy bebedor de agua —dijo apurando un gran vaso de Canadian Club.

Su sonrisa descubrió unos dientes cariados. Era extremadamente delgado, de mediana estatura; llevaba sus cabellos grises cortados al ras y lucía bigote entrecano.

No se afeitaba desde dos días atrás. Llevaba un traje en bastante mal estado, y sus manos, indiscutiblemente, habrían podido estar más limpias. En su rostro cruzado de arrugas, quemado por el sol de los trópicos, brillaban sus pequeños ojos azules constantemente alerta. Espiaban hasta los menores gestos y daban al capitán la expresión de un pícaro; pero por el momento era todo cordialidad.

—Conocí muy bien a Strickland —comenzó echándose atrás en su sillón y lanzando al aire dos bocanadas de humo del cigarro que acababa de ofrecerle—. Yo, precisamente, lo traje a estas islas.

—¿Dónde lo reconoció usted?

—En Marsella.

—¿Qué hacía usted allí?

Mi interlocutor tuvo una sonrisa equívoca.

—¡Hum! No andaba harto de oro, por cierto.

Tampoco parecía estar harto en la actualidad. ¡Singular compañero me deparaba la Providencia! La sociedad de los aventureros compensa siempre de las pequeñas molestias que su presencia ocasiona. Tienen la acogida fácil y la conversación afable. No se hacen rogar: un trago es suficiente para abrir las puertas de su corazón. Al momento se entra de lleno en su intimidad, y, para asegurarse, no sólo su confianza, sino su eterna gratitud, basta con prestar atención a su discurso. Consideran que la conversación es el gran placer de la vida, lo que naturalmente los honra, y son en general brillantes charladores. La fertilidad de su imaginación iguala a la extensión de su experiencia. Son personas astutas y hábiles, es verdad; pero, ¡cuán respetuosos de la ley cuando ella se encuentra sostenida por la fuerza! Si bien es cierto que jugar al póker con ellos ofrece sus peligros, no puede negarse que su ingenio agrega un encanto singular al juego más excitante del mundo.

Cuando me vine de Tahití, conocía a fondo a Nichols y, de los das, yo fui quien salió más beneficiado con la amistad. Los cigarrillos y el whisky que consumió a costa mía este «bebedor de agua» que no se conformaba jamás con los cocktails, y algunos dólares que le presté y que recibió como si me hiciera un favor, compensaban, sin duda, las distracciones que me había procurado. Soy su deudor. Ahora estaría lleno de remordimientos si, demasiado exclusivamente apegado al asunto de este libro, mi conciencia de biógrafo hubiese despachado al capitán cada vez que abordaba otro tema, o lo que es lo mismo, cada dos líneas.

¿Por qué había salido de Inglaterra? Sobre este punto, él se mostraba reservado y yo sabía muy bien que con la gente de su condición nunca se pueden formular preguntas directas sin correr el riesgo de caer en una indiscreción. Sus alusiones a un infortunio inmerecido lo presentaban como a una víctima. Mi simpatía para con él acogía con indiferencia las críticas que prodigaba al formulismo administrativo de nuestra vieja patria; pero sus juicios desfavorables para el suelo natal no habían debilitado su ardiente patriotismo.

—¡Inglaterra es el primer país del mundo! —no se cansaba de repetir.

Y sentía una marcada superioridad sobre norteamericanos, holandeses y canacas.

El capitán no era un hombre feliz. Sufría una dispepsia crónica y recurría con frecuencia a las tabletas de pepsina. Por la mañana lo encontraba sin apetito; pero semejante bagatela no podía bastar para alterar su buen humor. Arrastraba por la vida una carga de miserias mucho más pesada. Ocho años atrás había cometido la imprudencia de enamorarse de una mujer. Hay seres que la misericordiosa providencia destina, evidentemente, al celibato perpetuo, y que, ya por torpeza, ya por debilidad de carácter, infringen tal decreto. ¿Hay objeto más digno de compasión que el «celibato casado»? Era el caso del capitán Nichols. Su mujer podía tener unos veintiocho años; siempre parecía haberlos tenido, y de seguro a los cuarenta no representaría más. Todo en ella se encontraba restringido hasta el exceso: el rostro ingrato de labios delgados, la piel estirada sobre los huesos, la sonrisa, los cabellos. En ella, el cotí blanco hacía el mismo efecto que la lustrina negra. ¿Por qué la había hecho Nichols su mujer, y, sobre todo, por qué después de contraer matrimonio, no la había abandonado? Seguramente lo había intentado más de una vez, y sus tentativas frustradas bastaban para explicar su melancolía. Dondequiera que se refugiase, su mujer inexorable como el destino y sin remordimientos de conciencia; se le reunía en seguida. Como el efecto de la causa, no podía separarse de ella. El aventurero como el artista y quizás como el «gentleman», no pertenece a clase alguna. Se acomoda tan bien con la falta de miramientos del palurdo como con las etiquetas de los aristócratas. Pero la mujer de Nichols pertenecía a la pequeña burguesía. Y —ésta es una clase que, sobre todo en los últimos tiempos, se ha dado cuenta de su importancia. Su padre, para decirlo todo de una vez, era agente de policía, y un agente de energía según puedo asegurar. ¿Cómo explicar el interés de aquella mujer por el capitán? No creo que sea posible por el amor. Nunca la oí pronunciar una palabra, aunque también es cierto que podía reservarse la elocuencia para cuando se encontraba a solas con su marido. En todo caso éste la temía y de una manera horrible. A veces, mientras charlaba conmigo en la terraza del hotel, la divisaba en el camino. Ella no lo llamaba; hasta parecía ignorarlo. Se limitaba a pasearse en todas direcciones. Al momento, cierto malestar agitaba al capitán, quien miraba el reloj y suspiraba:

—Ya es hora de retirarme.

Ni la charla, ni el whisky lograban retenerlo. Sin embargo, este hombre había afrontado huracanes y tifones y en cierta ocasión no titubeó en lanzarse contra una docena de negros, desarmados, es verdad, pero sin más ayuda que su revólver. Algunas veces, la mujer de Nichols enviaba al hotel a su hija, una chica de siete años, pálida y desagradable.

—Mamá me envía a buscarte —decía con un tono llorón.

—Voy en seguida, hijita —respondía el capitán.

Se levantaba al momento y la seguía. Era aquél un hermoso ejemplo del triunfo del espíritu sobre la materia. ¡Valga, al menos, la conclusión moral de mi digresión!

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CAPÍTULO XLVII

EL capitán Nichols conoció a Strickland a fines del invierno que siguió a nuestra última entrevista en París, aquélla en que él me mostró sus cuadros. ¿Qué había sido de Strickland durante ese intervalo? Lo ignoro, pero su situación, ciertamente, no debió ser muy brillante porque fue en un asilo nocturno donde el capitán lo vio por primera vez. Las huelgas hacían estragos en Marsella, y Strickland no pudo trabajar en paz.

El asilo nocturno de esta ciudad es un gran edificio de piedra, donde los desocupados pueden alojarse durante una semana, siempre que presenten sus papeles en regla y logren convencer a los frailes, sus posaderos, de que poseen un oficio. Entre la multitud que acechaba la apertura de las puertas, las anchas espaldas y el aspecto extravagante de Strickland llamaron la atención del capitán. Todos esperaban con resignada paciencia. Algunos se paseaban y los demás se apoyaban contra la pared o se instalaban al borde de la acera, con los pies en el agua. Cuando todos se precipitaron hacia la oficina, Nichols observó que el fraile que examinaba los papeles de Strickland le dirigía la palabra en inglés; pero no alcanzó a hablarle. Llegados a la sala común, entró otro fraile con una enorme Biblia bajo el brazo. Subió a una plataforma que se levantaba en el fondo de la pieza y comenzó a verter oraciones sobre los desgraciados parias. ¡Duro precio de la hospitalidad! Los dos ingleses quedaron instalados en dormitorios diferentes. A las cinco de la mañana, un robusto hermano lego vino a despertar a Nichols, quien, una vez que se hubo lavado y afeitado y arreglado su cama, se puso a buscar a Strickland; pero el pintor ya había partido. Después de vagar una hora por las calles, Nichols desembocó en la plaza Victor-Gélu, donde se reúnen los marinos. Strickland dormitaba allí, agazapado contra el pedestal de una estatua. Nichols se aproximó a él y le despertó.

—Vamos a almorzar, viejo —le dijo.

—¡Déjeme en paz! —refunfuñó Strickland. Reconocí el vocabulario limitado y conciso de mi amigo. El capitán debía ser un testigo digno de fe.

—¿No tiene dinero? —le preguntó Nichols.

—¡Váyase al diablo!

—Venga conmigo; me encargo de encontrarle qué comer.

Este argumento hizo levantarse a Strickland, quien se encaminó con Nichols a la «Bouchée de pain», donde los indigentes recibían algunas migajas que deben engullir al momento y allí mismo, porque está prohibido llevárselas. Se dirigieron luego a la Cuillére de soupe, donde, durante ocho días, a las once y a las cuatro, se puede catar una taza de cierta sopa clara y salobre. Los dos establecimientos están separados por una larga distancia, que sólo los muy hambrientos se resignan a recorrer. Desde aquel día databa la camaradería del capitán y de Strickland.

Cuatro meses de miseria en común terminaron por unir a los dos infelices.

Cuando las puertas del asilo nocturno les fueron cerradas, acudieron a la hospitalidad de Tough Bill, propietario de una pensión para marineros. Se trataba de un mulato colosal, fuerte de puños, que proporcionaba alimento y posada a los marineros sin recursos, mientras les procuraba un embarque. Su bondad tenía el límite de un mes. Los favorecidos con ella dormían generalmente en el suelo de las dos piezas desnudas con que contaba, junto con una docena de aventureros suecos, negros, brasileños. Todos los días los conducía de madrugada a la plaza Victor-Gélu, donde se dan cita los capitanes que necesitan marineros. Su mujer era una norteamericana obesa y grasienta… ¡Sabe Dios qué aventuras la habían precipitado a este grado de abyección! Los marineros se turnaban para ayudarla en los quehaceres domésticos. Strickland, con gran envidia del capitán, se libró de su turno haciendo un retrato de Tough Bill, quien no sólo le dispensó de aquella obligación, le pagó la tela, los colores y los pinceles, sino que todavía le dió encima, además de lo convenido, una libra de tabaco de contrabando. Seguramente este cuadro engalana aún la oficina de aquel deteriorado barracón, cerca del muelle de la Joliette. ¡Ahora debe valer alrededor de mil quinientas libras! Strickland quería partir para Australia o Nueva Zelandia, con el propósito de pasar de allí a Samoa o Tahití. ¿Por qué este deseo de ver los mares del sur? Recuerdo que su imaginación estaba obsesionada desde mucho antes por una isla verde y primitiva, rodeada por un mar más oscuro que el de nuestras latitudes. Sin duda tomó afecto al capitán Nichols porque conocía esas regiones, y él fue, precisamente, quien le convenció de las ventajas de Tahití.

—Como usted ve, Tahití es francés —me explicaba—. Y los franceses no son tan infernalmente minuciosos como los ingleses.

Creí adivinar su punto de vista. Strickland no tenía papeles; pero esto no bastaba para confundir a un Tough Bill cuando presentía un buen negocio; a él le correspondía el primer mes de sueldo cada Vez que lograba enrolar a un marinero, y entregó a Strickland los papeles de un fogonero inglés que murió muy oportunamente bajo su techo. El capitán Nichols y Strickland no soñaban sino en el Oriente, mas todas las ocasiones se presentaban en barcos que partían para el oeste. Dos veces Strickland se negó a embarcarse hacia Nueva York, y otra hacia Newcastle, a bordo de un carbonero. Tough Bill se exasperó ante este empecinamiento que para él significaba una pérdida importante. Por fin, hastiado, arrojó a la calle sin mayores ceremonias a Strickland y al capitán. Y ya los tenemos de nuevo al aire libre.

Naturalmente, las comidas de Tough Bill eran bastante frugales, y todos se levantaban de la mesa con el vientre casi tan vacío como al sentarse; empero, durante varios días, los dos amigos tuvieron buenas razones para echarlas de menos. Conocieron lo que era hambre, en el cabal sentido de la palabra. La Cuillére de soupe y el asilo nocturno les estaban cerrados; su único recurso eran las migajas de la «Bouchée de pain». Dormían en cualquier parte, en un vagón de ferrocarril vacío, en un baldío, bajo una carreta; pero el frío los despertaba, y, después de una o dos horas de sueño agitado, reiniciaban el interrumpido vagabundear. Lo que más les hacía falta era tabaco, sobre todo al capitán Nichols, quien no se acostumbró nunca a vivir sin él. Solía recorrer la Cannabiére, recogiendo las colillas de cigarros que tiraban los paseantes nocturnos.

—Con peores he cargado mi pipa —decía filosóficamente, encogiéndose de hombros, mientras sacaba dos cigarros de la caja que yo le había tendido. Encendía uno y se guardaba el otro, con gran cuidado, en el bolsillo.

A veces, la suerte cambiaba. Cuando atracaba un paquebote, Nichols se las arreglaba para captarse las simpatías del inspector; entonces, él y Strickland eran enrolados cono estibadores. Una vez a bordo de los barcos ingleses, se deslizaban al comedor de la tripulación, donde nunca faltaba quien les ofreciese un almuerzo abundante; pero se corría el riesgo de toparse con alguno de los oficiales y de verse expulsados de un puntapié.

—¿Qué importancia tiene un puntapié…, cuando se está con el estómago lleno? —decía el capitán Nichols—. No me ofendí jamás. Ante todo, un oficial debe respetar la disciplina.

Me parecía ver a Nichols rodando por el puente, impulsado por la pierna estirada de un oficial, y regocijándose luego, como verdadero inglés, con la gracia de la marina mercante.

La venta de pescado ofrecía recursos imprevistos. Cargando camiones con cajas de naranjas, nuestros personajes llegaron a ganar hasta un franco al día.

Cierta vez se les presentó una ocasión. Uno de sus protectores se había encargado de pintar un barco de carga que volvía de Madagascar por el Cabo de Buena Esperanza. Los contrató a ambos. Durante varios días, balanceándose sobre una tabla, estuvieron embadurnando el casco enmohecido. Esta situación debía encantar el ánimo de Strickland. Pregunté cómo soportaba tantas privaciones.

—A veces regañaba un poco; pero cuando no habíamos comido nada en todo el día, ni ganado lo suficiente para dormir en el refugio de «Chink», solía estar tan alegre como un pinzón.

No me extrañaba. Conocía la superioridad de Strickland en casos que, como éste, habrían desconcertado a cualquier otro. Estos rasgos de su carácter, ¿denotaban igualdad de humor o simplemente afición a la paradoja?

El «Chink’s Head» es el nombre que los desocupados marselleses dan a una pocilga que un chino tuerto mantiene en la rue Bouterie. Es el refugio obligado de todos los miserables. Y en las noches glaciales, cuando la mouise hace más desoladora su desesperanza, abrigan sus cuerpos casi siempre esqueléticos con los diarios del día. Esos vagabundos ignoran lo que es mezquindad, y el que posee algún dinero no vacila en compartirlo. Sus nacionalidades, muchas veces antagónicas, no perturban en absoluto la cordialidad de sus relaciones. Se sienten ciudadanos de un país sin fronteras que los engloba a todos: el gran país de Jauja.

—Pero cuando se le hablaba con dureza, Carlos era implacable; no puede decirse que fuera tolerante —prosiguió el capitán Nichols—. Cierto día; en la plaza, Tough Bill le pidió los papeles que le había dado: «¡Ven a buscarlos!», le respondió Carlos.

Tough Bill no soportaba atrevimientos, pero el aspecto de Strickland le hizo desconfiar un tanto de sus fuerzas; se contentó con insultarlo. Los vocablos más duros e insultantes pasaron por sus labios, y, cuando se disponía a seguir su camino, Carlos lo contempló un instante, avanzó en seguida unos pasos y le gritó: «¡Trompudo!». No era tan grave la palabra como el tono con que se lo dijo. Tough Bill se puso verde de ira y echó a andar apresuradamente.

Mas Tough Bill no era hombre que soportara los atrevimientos de un simple marinero. Su autoridad dependía de su prestigio. En varias oportunidades, los dos inseparables fueron advertidos de que había jurado matar a Strickland.

Una tarde el capitán Nichols y Strickland bebían en un bar de la rue Bouterie, que es una callejuela limitada a ambos lados por una hilera interminable de casitas que tienen la particularidad de no poseer más que una habitación; recuerdan los carros de los gitanos y las jaulas de fieras de los circos. En cada puerta hay siempre una mujer. Con voz chillona, cantan entre dientes alguna pieza de moda o se insinúan a los transeúntes. A veces, fingen leer.

¡Qué confusión de francesas, italianas, españolas, japonesas y negras! Bajo el afeite grosero, la pintura espesa de las cejas y el rojo violento de los labios se transparentan en todas estas criaturas delgadas como un huso, cuando no inválidas por la grasa, las huellas de la edad y los estigmas de la prostitución. Unas se exhiben envueltas en tela negra y con medias color carne; otras dejan caer sus cabelleras sucias y desgreñadas sobre un vestido de muselina rosada o blanca. A través de la puerta entreabierta se divisa un enladrillado rojo, un jarro con agua y una palangana. Afuera circula un mundo abigarrado. Hindúes de un «P. and O.», rubios gigantes de una goleta sueca, aventureros ingleses, españoles, alemanes, pálidos tripulantes de un navío japonés, alegres marineros de la flota francesa, negros de un transporte norteamericano. Durante el día, flota en el ambiente un rumor sórdido; pero por la noche, las luces pestañeantes de las casas dan a la calle una belleza siniestra. El sabor a vicio que envenena el aire transporta al transeúnte al mundo de la sensualidad. A pesar de su repulsión, el espectáculo obsesiona y embarga con su inquietante misterio. Aquella oscura llamada a los instintos elementales disgusta y fascina. En esa atmósfera densa, los convencionalismos de la vida cotidiana desaparecen. Allí se vive frente a frente a la realidad bruta.

Un piano mecánico martilleaba algunos trozos de música bailable en el bar donde se encontraban Strickland y Nichols. Alrededor del mesón se hallaban instalados varios grupos. Aquí, una media docena de marineros borrachos rasgaban el aire con sus gritos y sus risas; allí, siete u ocho soldados no menos bulliciosos. En el centro del local, apretujadas unas contra otras, varias parejas bailaban. Con sus manos groseras y callosas algunos marineros barbudos de rostros curtidos por los aires marinos, manoseaban a sus parejas, que no llevaban encima más que un pingajo transparente. De cuando en cuando, se levantaban dos marineros y comenzaban a bailar juntos. Canciones, carcajadas y alaridos se fundían en un ruido ensordecedor. Cuando un hombre daba un prolongado beso a la moza que tenía en las rodillas, los silbidos de los ingleses venían a sumarse a la batahola. El humo oscurecía el aire, donde flotaba el polvo levantado por los toscos zapatos de los bailarines. El calor se hacía cada vez más insoportable. Allá, en un rincón, una mujer daba de mamar a su hijo. El mozo, un adolescente desmedrado, pecoso y con cara de estúpido, iba y venía con una bandeja llena de vasos de cerveza:

De súbito, Tough Bill, seguido de dos colosos negros, irrumpió en el establecimiento. Venía medio borracho y buscaba una pelea. Al entrar tropezó con la mesa de tres soldados y volcó un vaso de cerveza. Se cambiaron algunas amenazas y el dueño del bar, cuya fuerza sabía hacer respetar su voluntad, invitó a Tough Bill a retirarse. Tough Bill vaciló un instante. La policía sostenía al dueño; era preferible no presentar resistencia. Lanzando un juramento, dió media vuelta, e iba ya a salir cuando divisó a Strickland. Dió entonces un paso hacia él y, sin pronunciar una palabra, reunió toda la saliva que tenía y le escupió en la cara. Strickland manoteó un vaso de sobre la mesa y se lo tiró. Los bailadores se detuvieron. Hubo un momento de completo silencio, pero cuando Tough Bill se arrojó sobre Strickland, la fiebre de la lucha se apoderó de todos los espectadores y la confusión se hizo general. Varias mesas se fueron al suelo y los vasos rodaron, haciéndose pedazos.

Las mujeres huyeron hacia la puerta o se escondieron detrás del mostrador. Entraron algunos transeúntes. Se cruzaron injurias en todas las lenguas, entre ruidos de golpes, gritos y carcajadas. Pronto se despejó el centro del local, donde sólo quedó una docena de hombres luchando furiosamente. Llegó la policía. Los más listos escaparon. Cuando el bar estuvo casi desierto, pudo verse a Tough Bill tendido en el suelo, con una gran herida en la cabeza. A su lado, con sus ropas hechas jirones, Strickland se secaba la sangre de una herida que tenía en el brazo derecho. El capitán Nichols, a quien un directo a la nariz había enceguecido, se esforzaba por hacerlo salir del local.

—Le aconsejo que se marche de Marsella antes de que Tough Bill salga del hospital —dijo a Strickland cuando, de regreso a Chink’s Head comenzaba a ver claro.

—¡Qué pronto lo asustan las peleas de gallo! —respondió Strickland.

Creí ver su sonrisa sarcástica.

Nichols se inquietaba porque conocía los rencores de Tough Bill. Dos veces había llevado Strickland la ventaja; por lo mismo, con doble despecho, el mulato no era un adversario despreciable. Ya acecharía la ocasión. Una noche Strickland recibiría una puñalada por la espalda, y dos o tres días después se sacaría del agua sucia del puerto el cadáver de un desconocido. Al día siguiente, por la tarde, Nichols fue a informarse sobre el estado de Tough Bill. Estaba todavía en el hospital; pero ya podía recibir visitas. Tan pronto como saliera, afirmaba su mujer, daría su merecido a Strickland.

Pasó una semana.

—Insisto en lo que he dicho —decía el capitán—. Cuando se hiere a un hombre, no hay que descuidarse.

El azar vino en ayuda de Strickland. Un barco que partía para Australia pidió un fogonero al «Hogar del Marino». Uno de los suyos se había lanzado al mar, en una crisis de delirio, durante la travesía de Gibraltar.

—Lárguese al puerto, viejo, y firme al momento —dijo Nichols a Strickland.

Strickland partió en seguida y el capitán no volvió a verlo. El barco se detuvo sólo seis horas y, aquella misma tarde, Nichols vió desvanecerse el humo de sus chimeneas, que se perdían hacia el Oriente entre las brumas del mar.

He narrado todo esto de la mejor manera, porque me gustan los contrastes que representan estos episodios con la vida que Strickland llevaba en Ashley Gardens, ocupado en la compraventa de títulos y acciones, pero sé muy bien que el capitán Nichols era terriblemente mentiroso y es muy posible que no hubiera una palabra de verdad en todo lo que me contó. No me extrañaría en lo más mínimo saber que ni había visto en su vida a Strickland y que todo lo que de él contaba lo había sacado de las páginas de una revista de Marsella.

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CAPÍTULO XLVIII

ME proponía terminar aquí mi libro. En un principio pensé comenzar por los últimos años de Strickland en Tahití y su horrible fin, para volver atrás, y hablar luego de sus primeros tiempos. Me habría gustado concluir mostrándole en la ruta hacia la isla desconocida que obsesionaba su imaginación. Me representaba esta partida para un nuevo mundo, a los cuarenta y siete años de edad. Era mucho decir. Acaso a esta edad no se ha deslizado ya la mayoría de los hombres a la comodidad de la rutina? En el horizonte gris del mar agitado por el mistral, miraba, firme e intrépido, desaparecer para siempre las costas de Francia. Esto me habría dado ocasión para terminar con una nota de esperanza y confirmar el carácter de su naturaleza indomable. Pero no lo pude conseguir. Mi historia se encadenaba mal, y ello me indujo a renunciar después de una o dos tentativas. Resolví entonces comenzar por el principio, resignándome a relatar lo que sabía, en el mismo orden en que había llegado a mi conocimiento.

Por desgracia, en la cadena de los acontecimientos faltan eslabones. Me encuentro en la situación del paleontólogo que, con la ayuda de un hueso único, debe reconstituir, no solamente el aspecto de un animal desaparecido, sino también sus costumbres. En Tahití, la presencia de Strickland no causó sensación. Se le consideraba un bohemio, siempre sin un franco y siempre dispuesto a mal pintar unos cuadros incomprensibles. Sólo varios años después de su muerte, cuando los comerciantes de París o de Berlín comenzaron a buscar por la isla sus últimas telas, sus amigos tuvieron la sensación de haber convivido con un hombre extraordinario. ¡Pensar que habrían podido adquirir a cambio de un trozo de pan esas obras de gran valor! No podían consolarse. Un cierto Cohen, viejo negociante judío, tenía una tela de Strickland que llegó a sus manos por una singular casualidad. Se trataba de un francés de ojos dulces y sonrisa amable, mitad marino y mitad colono, que traficaba entre los Pomotous y las Marquesas. Salía cargado de mercaderías y regresaba con copra, corales y perlas. Alguien me había dicho que me vendería barata una enorme perla negra. Fuí a verlo; pero sus pretensiones eran superiores a mis medios. Para no perder el viaje le hablé de Strickland, a quien había conocido muy bien.

—Vea usted —me confió—, yo me interesé por el porqué era pintor, que aquí son muy escasos. Pero me daba lástima su falta de talento. Le procuré su primer empleo. Tengo una plantación en la península y buscaba entonces un blanco para que la vigilara. De los indígenas no se puede obtener nada si no están bajo las órdenes de un blanco. Le dije: «Usted dispondrá de todo el tiempo que quiera para pintar, lo que aliviará mucho sus tareas». Saltaba a la vista que se moría de hambre; pero no pude aprovechar de esta circunstancia para explotarlo.

—¡Qué guardián habría sido!

—Siempre he sentido simpatía por los artistas. Nosotros llevamos eso en la sangre. Pero Strickland no permaneció mucho tiempo a mi servicio. Tan pronto como pudo comprar pinturas y pinceles, me abandonó. Le obsesionaba el país y no pensaba más que en la selva. Sin embargo, seguí viéndolo. De cuando en cuando reaparecía en Papeete, cambiaba dos o tres frases con nosotros y luego se marchaba otra vez. Durante una de esas cortas permanencias en el puerto vino a pedirme doscientos francos prestados. Comprendí que hacía muchos días que no probaba bocado; no tuve corazón para negarme. Naturalmente, sabía que era dinero perdido. Pues bien, un año más tarde volvió a verme trayéndome un cuadro. Por cierto que no le hablé de la deuda; él tampoco, pues se limitó a decirme: «He pintado especialmente para usted este paisaje de su plantación». Sin saber qué responderle, miré su mamarracho y se lo agradecí como debía. Cuando hubo partido, enseñé el paisaje a la vecindad.

—¿Y qué tal era?

—¡No hablemos de eso mejor! No tenía pies ni cabeza. ¡Nunca he visto nada semejante! «Y qué haremos con él?» —dije a mi mujer—. «No podemos colgarlo en el salón —me respondió—. Se burlarían de nosotros». Lo echó entonces al desván, junto con los trastos viejos e inmundicias de la casa, porque mi mujer, según verá usted, no se resuelve jamás a tirar nada. Es su manía. Pero poco antes de la guerra, mi hermano me escribió desde París, diciéndome: «Has oído hablar de un pintor inglés que vivía en Tahití? Parece que era un genio. Sus pinturas están alcanzando precios locos. Trata, pues, de conseguir algunas de sus obras y envíamelas. Hay mucho que ganar».

«Crees tú que estará todavía en el desván —dije a mi mujer— ese cuadro con que nos obsequio Strickland?». «Allí tiene que estar —me respondió—. Bien sabes que lo guardo todo». Como pudimos, nos encaramamos al desván y allí, entre el fárrago de cosas acumuladas en los treinta años que vivíamos en aquel barracón, logramos localizar la tela. La miré de nuevo y declaré: «¡Quién hubiese pensado que era un genio el que vigilaba mi plantación! ¡Un genio el deudor de mis doscientos francos! ¿Te dicen algo estos garabatos?». «No —respondió mi mujer—, ésta no puede ser nuestra plantación. ¿Ha visto alguien alguna vez cocoteros con hojas azules? Pero estos parisienses tienen el cerebro al revés; y puede ser que paguen a tu hermano los doscientos francos que te debía Strickland».

Por fin embalamos el cuadro y lo remití a mi hermano. Pasaron algunas semanas, un mes, dos; por fin, un buen día recibo una carta de mi hermano.

Adivina usted lo que decía? «He recibido tu cuadro y confieso que al verlo creí perder la cabeza. No habría dado jamás un céntimo por un mamarracho semejante. Hube de vencer mi vergüenza para mostrárselo al señor de que te había hablado. ¿Te imaginas mi embeleso cuando él me declaró que era una obra maestra y que me ofrecía por ella treinta mil francos? Estoy cierto que habría dado más; pero, francamente, yo estaba tan sorprendido, que perdí el norte: acepté antes de reponerme de la sorpresa».

Entonces, Cohen tuvo una frase admirable:

—¡Qué lástima que Strickland haya muerto! ¿Qué habría dicho al devolverle yo los veintinueve mil francos que le correspondían?

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CAPITULO XLIX

ME hospedaba en el hotel «La Flor». Su propietaria, la señora Johnson, no se conformó nunca con la ocasión única que había dejado escapar. Muerto Strickland, una parte de sus trastos fue vendida al mejor postor en la pieza de Papeete. Cierta sartén norteamericana que le interesaba la trajo al remate. Pagó veintisiete francos por ella.

—Había también una docena de cuadros —agregó —que ni siquiera tenían marco. Como usted comprenderá nadie se interesó por ellos. Algunos subieron a diez francos, pero la mayoría salieron en cinco o seis. ¡Vea usted si los hubiese comprado, hoy día sería rica!

Pero Tiaré Johnson no había nacido para ser rica. El dinero se le escapaba de entre los dedos. Hija de una indígena y de un capitán inglés que vivió largos años en Tahití, era, cuando la conocí, una voluminosa y marchita matrona de cincuenta años de edad. Sin su expresión de inalterable benevolencia, habría infundido respeto. Sus brazos parecían piernas de cordero; sus senos, coles gigantes; su rostro carnoso daba una impresión de indecente desnudez, y su papada le descendía con majestad hasta las profundidades del pecho. Por lo general usaba una gran peineta rosada y un enorme sombrero de paja; pero cuando se descubría, lo que ocurría con frecuencia porque le gustaba exhibir su cabellera, que la llenaba de orgullo, todos admiraban su color negro azabache y su opulencia. Sus ojos conservaban aún la chispa de la juventud y de la vivacidad. ¡Y cómo reía! Nunca he oído nada más comunicativo. Un ruido sordo comenzaba a agitarse en el fondo de su garganta, aumentaba lleno de intensidad, subía de tono, y, por fin, cuando llegaba el momento de la bulliciosa carcajada, todo su vasto cuerpo se estremecía. Tres cosas la transportaban de júbilo: una picardía, un vaso de vino y un buen mozo. No conocerla era algo sin consuelo.

No tenía rival para la cocina y adoraba la buena mesa. De la mañana a la noche se la podía ver sentada en una silla baja, junto al fuego y rodeada de un cocinero chino y de dos o tres muchachas indígenas, dando órdenes, charlando con quien se acercara y probando los guisos que, inventaba. Cuando quería agasajar a algún amigo, no se conformaba ya con dirigir: preparaba las viandas con sus propias manos. La hospitalidad era su manía y en la isla nadie corría el riesgo de ayunar mientras quedara algo en la despensa de la dueña de «La Flor». Nunca negaba alojamiento a los malos pagadores. Los creía siempre deseosos de reivindicarse en la primera oportunidad. Hospedaba desde meses atrás a un viajero sin recursos. Cierto día el lavandero chino rehusó seguirle lavando. Tiaré hizo lavar la ropa blanca del pobre diablo junto con la suya. «¿Cómo dejar que el desgraciado se paseara con la camisa sucia?», se justificaba más tarde. Y como era un hombre, y los hombres deben fumar, comenzó luego a darle un franco diario para su tabaco. Lo atendía con los mismos cuidados que al mejor de sus dientes. Privada del amour por su edad y sil obesidad, parecía haber encontrado su compensación en el interés de los jóvenes.

A sus ojos, el comercio amoroso era la ocupación más natural. No quería otra cosa que hacer aprovechar a los detrás de su experiencia y de sus consejos.

—No había cumplido quince años aun, cuando mi padre se enteró de que tenía un amante —contaba—; un apuesto muchacho, segundo piloto del «Oiseau des Tropiques».

Suspiraba al decirlo. Se pretende que una mujer no recuerda jamás sin ternura su primer amor, pero acaso lo recuerda siempre?

—Mi padre era un hombre de buen sentido.

—¿Qué hizo?

—Por poco me rompe los huesos… En seguida me casó con el capitán Johnson. No pude objetar nada. Era más viejo, es verdad, pero buen mozo también.

Tiaré —su padre le había dado el nombre de esas flores blancas y perfumadas cuyo aroma, según se dice, termina siempre por atraer a Tahití— recordaba muy bien a Strickland.

—Solía venir al puerto. Todos lo veíamos errando sin rumbo fijo por las calles de Papeete. Me inspiraba Compasión. ¡Tan flaco y siempre sin un céntimo! Cuando yo sabía que estaba en la ciudad, le mandaba a decir con un muchacho que se viniera a almorzar conmigo. Una o dos veces le encontré trabajo, mas no duraba en parte alguna. Pronto renacía en él el deseo de volver a la selva y, así, una mañana cualquiera desaparecía…

Strickland desembarcó en las playas de Tahití seis meses después de partir de Marsella. Se había enrolado en un velero que nave ha entre Auckland y San Francisco. Al bajar a tierra, una caja de colores, un caballete y una docena de telas componían todo su equipaje. Poseía algún dinero, porque en Sydney había encontrado trabajo, y arrendó un pequeño cuarto en una choza en las afueras de la ciudad. En Tahití se sintió al momento en su ambiente. Cierta vez, contó a Tiaré:

—Me preparaba para lavar el puente, cuando oí exclamar a un compañero: «¡Esta vez, a ella!». Levanté la vista y divisé en el horizonte los perfiles de una isla. Al instante comprendí que eso era lo que había soñado toda la vida. A medida que nos acercábamos, me parecía reconocer algunos sitios ya vistos. Cuando desembarqué, todo me fue familiar. Diríase que ya había vivido en estos lugares.

—A veces ocurre así —le contestó Tiaré—. He visto a algunos muchachos descender a tierra durante las horas que sus barcos tardan en hacer carbón, que no se han movido más de aquí; como he oído a otros que han pasado aquí un año encerrados en una oficina, decir al reembarcarse que preferirían reventar antes que volver… Pues bien: seis meses después estaban de regreso. ¡No podían vivir en otra parte!

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CAPÍTULO L

TENGO la idea de que algunos hombres no nacen donde les corresponde. En el rincón del mundo en que el azar los ha puesto, viven con la nostalgia de un sitio desconocido. Son extranjeros en el suelo natal; los senderos cubiertos de hojas que hollaron desde su infancia, las calles populosas donde jugaron de niños, no son para ellos sino algo transitorio. Aislados durante toda la vida en el seno mismo de su familia, permanecen indiferentes a los únicos paisajes que han contemplado sus ojos. ¿Es esto lo que mueve a ciertos individuos a buscar en la distancia algo a qué ligarse? ¿Es éste un profundo atavismo que conduce al vagabundo a la tierra que abandonaron sus antepasados en los orígenes confusos de la historia? A veces llega a un lugar y allí le atan lazos misteriosos. ¡Es el país de sus sueños! Se siente en él como en su casa. Es de creer que estos horizontes le eran familiares desde su nacimiento. Allí, por fin, encuentra la paz.

Narré a Tiaré la historia de un hombre que conocí en el hospital Santo Tomás. Era un judío de nombre Abraham, rubio, joven, más bien grueso, tímido y modesto, pero de notable talento. Llegó al hospital gozando de una beca y durante los cinco años del curso obtuvo todos los premios. Se graduó de médico y fué nombrado cirujano interno, y en seguida jefe de servicio, con lo que vió asegurado su futuro. Hasta donde es humano predecir, es seguro que alcanzaría las más altas cumbres en su carrera. Honores y riquezas lo esperaban. Antes de asumir una nueva posición de jefe de servicio, quiso tomar unas vacaciones y no disponiendo de medios se alistó, con la ayuda de uno de sus superiores, como médico, a bordo de un barco de esos que habitualmente viajan sin él.

A las pocas semanas de partir, las autoridades del hospital recibieron su renuncia al tan solicitado cargo, que él había obtenido gracias a su talento y tesonero trabajo. La decisión creó gran asombro y dió pábulo a los rumores más extravagantes. Cada vez que un hombre hace algo inesperado, sus amigos le adjudican los motivos más inverosímiles. Pero había un hombre listo para ocupar el puesto de Abraham, y Abraham fué pronto olvidado. Nunca más se supo de él. Había desaparecido.

Unos diez años más tarde, hallándome a bordo de un barco que estaba por atracar en Alejandría, tuve que hacer fila con los demás pasajeros para el examen médico. Éste era un hombre gordo, mal vestido, y cuando se quitó el sombrero vi que era calvo. Vagamente me pareció haberlo visto antes. De repente lo recordé.

—¡Abraham! —le dije.

Me miró sorprendido y luego, reconociéndome, me tomó la mano. Después de las recíprocas protestas de asombro, enterado él de que yo iba a pasar la noche en Alejandría, me invitó a comer en el Club Inglés. En cuanto nos encontramos por la noche, le expresé mi sorpresa al verlo en un puesto tan modesto. Entonces me contó su historia.

Cuando inició aquel viaje de descanso por el Mediterráneo, tenía todas las intenciones de volver a Londres. Una mañana, el carguero que lo llevaba ancló en Alejandría. Desde la cubierta contempló la ciudad, blanca a la luz del sol. Vió a los indígenas con sus ropas raídas, vió negros del Sudán, vio griegos e italianos vociferando, turcos sombríos, el sol y el cielo azul, y algo sucedió dentro de él. No podía explicarlo, decía. Fué como una revelación. Se sintió invadido por una gloriosa libertad. Se sintió como en su casa y en ese instante decidió que viviría para siempre en Alejandría. No tuvo dificultades para abandonar el barco y a las veinticuatro horas estaba en tierra con todo su equipaje.

—El capitán debe haberlo creído loco —le dije sonriendo.

—No me importó lo que pudiera pensar de mi. No era yo quien obraba en ese momento, algo más fuerte me impulsaba. Decidí alojarme en un hotelito griego, hasta orientarme un poco y, ¿quiere creerme, me fuí derecho a uno como si lo hubiera conocido antes?

—¿Había usted estado anteriormente en Alejandría?

—Jamás había salido de Inglaterra. Pues aquí me quedé y al poco tiempo se me ofreció el puesto que ocupo.

—No se lamenta de haber abandonado su carrera?

—Nunca, ni un minuto. Gano lo suficiente para vivir y eso me basta. Sólo pido poder vivir así hasta el fin de mis días. ¡Vivo una vida maravillosa!

Al día siguiente me fuí de Alejandría y no recordé más de Abraham, hasta un día en que comí con otro viejo amigo, Alec Carmichael, que se encontraba en Inglaterra gozando de unas cortas vacaciones. Lo hallé en la calle y lo felicité por los honores que había recibido en reconocimiento de los eminentes servicios prestados durante la guerra. Me llevó a su hermosísima casa de la calle Reina Ana. Después de la comida, cuando su mujer, ¡hermosa mujer!, nos hubo dejado solos, comenté sonriendo el cambio favorable que se había producido en su situación, desde nuestros tiempos de estudiantes, en que nos parecía una extravagancia comer todos los días, en un restaurante italiano de quinto orden. Ahora, Alec pertenecía a una media docena de hospitales y creo que ganaría unas diez mil libras por año.

—Me ha ido bastante bien —me dijo—; pero lo más extraño del caso es que lo debo todo a una casualidad.

—¿Qué quieres decir con eso?

—¿Recuerdas a Abraham? Era el hombre que al salir de la facultad tenía el porvenir asegurado. En todo me precedía. Obtenía siempre lis becas y los premios a que yo aspiraba. Él debió ocupar la posición que yo detento ahora. Era un genio de la cirugía. A su lado, sólo me quedaba dedicarme a la práctica de la medicina general y tú sabes el corto recorrido que eso tiene. Pero Abraham desapareció y yo obtuve el puesto que él dejó vacante. Eso me brindó mi oportunidad.

—Quizás tengas razón.

—Todo fue cuestión de suerte. Abraham debe tener alguna tara. ¡Pobre demonio!

Se habrá hundido por completo. Tiene un puesto de mala muerte en Alejandría. Me dijeron que vive con una vieja griega, con la que tiene media docena de hijos escrofulosos. La verdad es que no basta tener talento; lo que cuenta es el carácter, y Abraham no lo tenía.

¿Carácter? Me parecía que hace falta carácter para abandonar una carrera brillante después de media hora de meditación, sólo por el hecho de haber visto, en un modo de vivir distinto al que se lleva, un mayor significado. Y hacía falta más carácter todavía, para no haber lamentado nunca ese paso repentino. Pero no comuniqué a Alec mis reflexiones, y él siguió diciendo:

—Sería un hipócrita si dijera estar apenado por lo que hizo Abraham. Al fin y al cabo yo salí ganando con ello, pero no puedo dejar de considerar lamentable que un hombre eche a perder su vida de ese modo.

Yo dudaba de que Abraham hubiera echado a perder su vida. Vivir como se quiere, en paz consigo mismo, ¿es echar a perder su vida? ¿Y se llama tener éxito a ser un cirujano eminente, ganar diez mil libras anuales y tener una mujer hermosa? Supongo que eso depende del valor que se quiera dar a la vida y al derecho que se le quiera conceder a la sociedad y al individuo. Pero me callé la boca. Después de todo, ¿quién soy yo para discutir con un eminente cirujano?

.

CAPÍTULO LI

DESPUÉS de oír mi historia, Tiaré permaneció en silencio unos instantes. Hallábamonos desgranando guisantes y conversábamos distraídamente. De súbito, sus ojos, siempre alertas, sorprendieron una operación del cocinero chino, que la enfureció. Se dio vuelta hacia él y descargó sobre el desgraciado un torrente de injurias. El chino era cáustico y agresivo para contestar. Su respuesta desencadenó una violenta querella. Se insultaron mutuamente en su dialecto tahitiano, del que yo apenas conocía una que otra palabra. Al oírlos, habríase dicho que el mundo iba a estallar; pero la tempestad amainó luego y Tiaré terminó por ofrecer un cigarrillo a su altanero subalterno. El humo del tabaco vino a sellar la paz y todo recobró su tranquilidad habitual.

—Sabe usted que yo le presenté a su mujer? —dijo repentinamente Tiaré con su ancha faz iluminada por una sonrisa.

—¿Al cocinero?

—No, a Strickland.

—¡Pero si ya tenía una!

—Me lo repitió muchas veces; pero yo le observé que ella vivía en las Islas Británicas, y las Islas Británicas están en el otro extremo del mundo.

—¡Bien dicho!

—Cada dos o tres meses, cuando comenzaban a escasearle los colores, el tabaco o el dinero, Strickland reaparecía en Papeete, para errar por sus calles como un perro perdido. Tenía yo de lavandera a una muchacha llamada Ata, que había recogido a la muerte de sus padres. Strickland solía venir al hotel con el propósito de almorzar bien alguna vez o de jugar una partida de ajedrez con sus amigos. Habiendo reparado que Ata tomaba pretexto de todo para mirarlo, le pregunté un día lo que pensaba de él. Le gustaba. Y usted sabe cómo son estas mujeres; siempre están listas para ofrecerse a un blanco.

—¿Era una indígena?

—Sí. No tenía una gota de sangre blanca. Pues bien, después de haber hablado con ella, mandé a buscar a Strickland, y le dije: «Strickland, ha llegado el momento de que ponga orden en sus cosas. Un hombre de su edad no puede mantenerse en su situación respecto a las mujeres. No son ellas una —gran cosa; tampoco lo conducirán a nada bueno. Pero no tiene usted un franco y es incapaz de desempeñar un puesto durante dos o tres meses. Nadie quiere saber nada con usted. Aunque dice que siempre puede llevarse a la selva a tal o cual indígena y que todas ellas no quieren otra cosa que seguirlo porque es blanco, no lleva una existencia digna de un hombre de su raza. Ahora, quiero que me escuche bien».

Tiaré mezclaba el francés y el inglés, que hablaba con la misma facilidad. Su voz aguda y penetrante no carecía de encanto. Hacía pensar en el gorjeo de las aves.

«—¿Por qué no se casa con Ata? Es una buena muchacha y no tiene más que diecisiete años. No aspira al libertinaje, como las demás; ni un capitán, ni un primer piloto; pero, ¿qué digo? ¡Ni siquiera un indígena la ha tocado alguna vez! Se respeta, ¡y cómo! El comisario del Oahu me decía la última vez que anduvo por estas costas que no había conocido una muchacha más recatada en todas las islas. Está en edad de colocarse y, por otra parte, los capitanes y primeros pilotos son aficionados a los cambios; nunca una doncella me ha durado mucho tiempo. Ata posee un pedazo de terreno cerca de Taravao, a poca distancia del promontorio. Al precio que tiene el copra hoy día, les bastaría para vivir con desahogo. La choza está ya construida, y dispondría usted del tiempo que quisiera para pintar. ¿Por qué lo piensa tanto?». Tiaré se interrumpió para respirar.

—Fué entonces cuando me habló de su mujer de Inglaterra… «Pero, mi pobre Strickland, le dije, todos tienen alguna mujer en alguna parte. Sin embargo, hay muchos que no vienen a estas islas sino en busca de otra, o de otras… Ata es una muchacha discreta; además es protestante y usted sabe que las protestantes no pierden la cabeza en estas cosas como las católicas».

Entonces, él me preguntó:

«—¿Y qué diría Ata a todo esto?

»—Pues está enamorada de usted. Si está de acuerdo, ella también lo estará. ¿Quiere que la llame?». Tiaré dio un profundo suspiro, y prosiguió en seguida:

—Strickland sonrió con su risa seca que tantas cosas quería decir, y yo llamé a Ata. La pícara sabía muy bien de qué se trataba; mientras conversábamos era todo oídos; pero fingía componer una de mis blusas que acababa de lavar. Entró. Sonreía, un poco atemorizada, y Strickland la observó de pies a cabeza sin decir una palabra.

—¿Era bonita?

—No se apresure. Pero usted debe conocerla por sus retratos. Strickland la pintó en todas las posturas y con toda clase de ropas, a veces en «pareo» y a veces… sin nada. Sí, era bastante bonita. ¡Y qué cocinera! Yo le había enseñado. —Comprendí lo que turbaba a Strickland y me apresuré a agregarle:

—Tiene buen dinero ahorrado. Los capitanes y pilotos de los barcos le hacen de cuando en cuando sus regalos. Dispone de varios centenares de francos.

Strickland repasó su larga barba rojiza y sonrió.

—¡Adelante!… Ata —preguntó—, ¿querrías tenerme por marido?

Ella no respondió cosa alguna y se limitó a hacer con su cuerpo un movimiento caprichoso.

«—Le repito, mi pobre Strickland, que la muchacha está enamorada de usted —le dijo Tiaré.

»—Te golpearé —continuó él, fijando los ojos en la moza.

»—De otro modo, ¿cómo podría saber que me quieres?» —respondió ella.

Tiaré, después de hacerme este relato, permaneció un momento pensativa.

—Mi primer marido, el capitán Johnson, me maltrataba regularmente. ¡Era un hombre soberbio! Medía seis pies y tres pulgadas y cuando había bebido nadie podía retenerlo. Quedaba amoratada de pies a cabeza durante días enteros. ¡Oh, cuánto lloré cuando murió! Creí no consolarme nunca. Pero sólo después de casarme con Jorge Rainey vine a comprender lo que había perdido. ¿Sabe alguien lo que vale un amante antes de haber vivido con él?

Jamás he sufrido mayor decepción con un hombre que cuando comencé a vivir con Jorge. Sin embargo, era un mozo interesante, casi tan grande como Johnson y bastante fuerte. Pero todo quedaba en la superficie. No debió nunca un sorbo; no levantó nunca una mano para castigarme: habría podido ser un perfecto misionero. No zarpaba un barco del puerto antes que yo hubiese intimado con todos los oficiales. ¡Y Jorge no se daba cuenta de nada! Naturalmente, terminé por aburrirme y nos divorciamos. ¿De qué vale tener un marido semejante? ¡Es inaudito cómo tratan algunos hombres a sus mujeres! Presenté mis sentimientos a Tiaré y me condolí de las pobres víctimas de esos hombres de tan engañosas apariencias. En seguida le rogué que continuase la historia de Strickland. Ella prosiguió:

—Pues bien —le dije— nada nos apura. Reflexione. Ata tiene un hermoso cuarto en el anexo. Viva con ella durante un tiempo y verá si le gusta podrá comer aquí. Y al cabo de tres semanas o un mes, si decide casarse, nada le costará ir a instalarse en su tierra. Aceptó. Ata continuó desempeñando sus ocupaciones y Strickland vino diariamente a sentarse a mi mesa, como le había ofrecido. Enseñé a Ata a preparar uno o dos platos que le gustaban a él. Entonces, Strickland no pintaba mucho. Erraba por las colinas y se bañaba en el torrente. O bien se sentaba en la playa, frente al mar, y al ponerse el sol miraba lleno de melancolía hacia Morea. También solía ir a pescar a un banco de rocas. Nada le entretenía tanto como conversar con los indígenas en el puerto. Todas las noches, apenas concluida la comida, se retiraba al anexo con Ata. Pero seguía con el prurito de volver a la sagrada selva y cuando, al terminar el mes de prueba, le pregunté qué pensaba hacer, me respondió que, si Ata quería, estaba dispuesto a irse con ella. Les ofrecí entonces una gran comida de bodas, que preparé con mis propias manos: un puré de garbanzos, langosta a la portuguesa, curry y ensalada de cocos. ¿Ha probado usted mis ensaladas de cocos? ¡Ya le prepararé una antes de su partida!, y, para terminar, helados. Bebimos champaña hasta saciarnos y todavía varios otros licores, fuera de lo conveniente. Después se bailó hasta tarde en el salón. En aquellos tiempos yo estaba más delgada y bailaba con maestría. Siempre he adorado el baile.

En el hotel «La Flor», el salón era una pequeña pieza con un piano vertical y varios muebles de caoba con tapices de felpa, alineados contra las paredes. Encima de algunas mesas redondas se veían varios álbumes de fotografías y con los muros, dos retratos ampliados de Tiaré y su primer marido, el capitán Johnson. Aun ahora, aunque Tiaré estaba entrada en carnes y en años, cuando se presentaba la ocasión, reuníamos a las doncellas ele la casa y una o dos amigas de la patrona y bailábamos al son de un gramófono gangoso. A través del balcón penetraba el perfume sutil de los tiarés. La Cruz del Sur centelleaba en un ciclo sin nubes:

Tiaré sonreía con indulgencia y suspiraba ante el recuerdo de aquellos tiempos que acudían a su memoria.

—La fiesta —continuó contando— duró hasta las tres de la mañana y, cuando nos retiramos, nadie estaba derecho sobre sus piernas. Ofrecí mi desvencijado coche a los novios, con el encargo de conducirlos hasta donde llegara el camino. Más allá tendrían todavía un trecho bastante regular que recorrer. La posesión de Ata estaba en un rincón muy apartado, entre dos repliegues de la montaña. Partieron poco antes del amanecer y el muchacho que los condujo no regresó sino al día siguiente por la tarde… Así fué el casamiento de Strickland.

(Continuara…)

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