La luna y seis peniques (IV)

Somerset Maugham

 

 

CAPITULO XXXIII

Dos o tres días después, Dirk Stroeve me llamó.

—Me he enterado de que has visto a Blanche, —dijo.

—¿Cómo diablos te enteraste?

—Me lo dijo alguien que te vio sentado con ellos. ¿Por qué no me dijiste?

—Pensé que sólo te dolería.

—¿Y eso qué importa? Hasta los más insignificantes detalles sobre sus actos me interesan. Espero sus preguntas.

—¿Qué tal la encontró usted?

—Idéntica, exactamente.

—¿Parecía contenta?

—¿Cómo quiere usted que lo sepa? Jugamos al ajedrez con Strickland, y no tuve ocasión de hablar con ella.

—¡Oh! ¿Y la observó usted, siquiera?

Tuve un gesto evasivo. Ni una palabra, ni una alusión me habían dado la menor idea sobre los sentimientos de Blanca. ¿Y acaso no conocía él mejor que yo eso perfecto dominio de sí misma que caracterizaba a su mujer?

Dirk juntó sus manos con emoción.

—¡Oh, tengo tanto temor! ¡Espero algo terrible, y no puedo hacer nada, nada para impedirlo!

—¿Pero qué teme usted?

—No sé qué —gimió, tomándose la cabeza con ambas manos—. Preveo una catástrofe.

Stroeve había sido siempre un ser impresionable; pero ahora excedía todos los límites: me era imposible conseguir que se tranquilizara. Como él, yo creía, en efecto, que Blanca terminaría por encontrar intolerable su vida con Strickland. Pero, en el fondo, había algo más incierto? ¿No se ven día a día personas a quienes sus actos deben conducir al desastre, y que logran, no obstante, escapar a las consecuencias de su locura?

—¿Cree usted que ella volverá a su lado?

—Por lo menos quiero que sepa que siempre podrá contar conmigo. Esto es lo que deseo que usted le transmita.

Tomé una hoja de papel.

—Dícteme lo que quiera que le diga.

He aquí lo que me hizo escribir:

«Estimada señora:

»Dirk me ruega le haga saber que si algún día usted necesita de él, será feliz de poder serle útil. No le guarda rencor alguno. Sus sentimientos para con usted no han cambiado en absoluto. Lo encontrará siempre en la siguiente dirección, etc.».

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CAPÍTULO XXXIV

Como he dicho, compartía la convicción de Stroeve de que la armonía entre Blanca y Strickland duraría poco; pero no imaginaba jamás un desenlace como el que tuvo.

Había llegado el verano, tórrido y sofocante. Ni en las noches podía gozarse de esa frescura que templa los nervios exasperados. Las calles, recalentadas, parecían seguir reflejando el sol que las había quemado durante el día. Los transeúntes erraban, jadeantes y sudorosos. Hacía varias semanas que no veía a Strickland. Tenía muchas cosas que hacer y no disponía de tiempo para pensar en él. En cuanto a Dirk, hastiado con sus vanas lamentaciones, procuraba evitarlo. Estaba harto de tan despreciable historia.

Cierta mañana me encontraba trabajando en mi casa. Mis pensamientos vagabundeaban. Evocaba las soleadas playas de Inglaterra y la frescura del mar. Tenía a mi lado un plato con algunas tostadas y la taza, ya vacía, de mi café con leche. Cerca, mi criada aseaba el baño. Sonó la campanilla: fueron a abrir la puerta.

Distinguí la voz de Stroeve que preguntaba por mí. Sin levantarme, le grité que pasara.

El inesperado visitante se precipitó al interior.

—¡Se mató!— gritó con voz ronca.

—¿Qué? —pregunté yo, casi sin comprender lo que oía.

Sus labios se esforzaron por articular algo, mas no logró emitir sonido alguno. Por fin, pronunció dos o tres palabras confusas y aisladas.

—¡En nombre del cielo, tranquilícese usted! ¡Ya tendremos tiempo de conversar! ¡Cálmese!

Incapaz de expresarse, agitaba las manos en el Incapaz de expresarse, agitaba las manos en el aire.

Lo tomé de los hombros y lo sacudí fuertemente.

—Déjeme sentar —dijo con voz débil.

Llené un vaso con agua de Saint-Galmier, que le hice ingerir como a un niño. Tragó un sorbo; pero un poco de líquido se derramó sobre la pechera de camisa.

—¿Quién se mató?

¿Con que objeto formulaba yo esta pregunta útil? Dirk trató de reponerse.

—Ayer tarde tuvieron una escena. Strickland ha partido.

—¿Y ella ha muerto?

—No, la llevaron al hospital.

—¿Entonces qué decía usted? —le pregunté con impaciencia—. Por qué afirmaba que se había dado muerte?

—No se enoje. Si me apremia, no podré contarle nada.

—Perdóneme —le dije, haciendo un esfuerzo—. Tómese el tiempo que quiera. No hay por qué apurarse.

Tras sus lentes, el terror dilataba sus ojillos redondos, ya deformados por los cristales.

—Esta mañana, cuando la portera subió llevando una carta, nadie salió a abrir. Oyó entonces ciertos vagos gemidos. Como la puerta no estaba cerrada con llave, entró. Blanca yacía en el lecho, lívida. Sobre la mesa había una botella de ácidos, oxálico.

Stroeve se ocultó la cara con las manos. Oscilaba como un péndulo. Un lamento continuo se escapaba de sus labios.

—¿Conservaba el conocimiento?

—Sí. ¡Oh, si usted supiera cómo sufre! Corrieron a casa del doctor; se me llamó; avisaron a la policía. Yo había entregado veinte francos a la portera con el objeto de que me enviase a buscar a la menor alarma.

Dirk se interrumpió. Bien duro debía de ser lo que le quedaba por referir.

—Blanca se negó a hablarme, y pidió a los que la rodeaban que me sacaran de allí. Aunque yo juraba que perdonaba todo, ella no me escuchó. El doctor me aconsejó que no permaneciera más ante su vista, y ella repetía, sin cesar: «¡Sáquenlo!». Me fuí a esperar al taller. Y cuando llegó la ambulancia y colocaron a Blanca en la camilla me obligaron a ocultarme en la cocina, para que ella no me viera… Stroeve insistió en llevarme en seguida al hospital. Mientras me vestía, me dijo que había tomado a sala individual para su mujer, a fin de evitarle, por lo menos, la promiscuidad de la sala común. Durante el camino, me explicó por qué deseaba mi presencia: si Blanca se obstinaba en no recibirlo, quizá aceptara hablar conmigo. Yo le afirmaría su amor y su perdón. Su único deseo era ayudarla, y desinteresadamente, porque cuando estuviese cura no le haría valer ningún derecho: ella conservaría toda su libertad.

Llegamos al hospital, un lúgubre edificio de varios pisos. Su solo aspecto causaba profunda impresión. Se nos llevó de oficina en oficina. Después de subir una escalera y recorrer interminables corredores, encontramos, por fin, al médico interno de servicio. Nos expresó que Blanca estaba muy mal para recibir ese día. Aquel gnomo barbudo de blusa blanca y modales insolentes no veía allí sino un caso como tantos otros, y en los visitantes ansiosos no otra cosa que unos importunos, que debía despedir cuanto antes. ¿Hay algo más vulgar que la histérica que se envenena después de una disputa con su amante? En el primer momento tomó a Dirk por el amante, y lo trató con atrevida violencia. Cuando le hice ver que era el marido, que venía dispuesto a perdonar, lo examinó con una curiosidad saturada de ironía.

—No hay peligro inmediato —dijo—. Ignoramos la dosis de veneno ingerida, pero seguramente no ha sido suficiente para ocasionarle la muerte. El suicidio por amor es muy corriente entre las mujeres; mas, en general, toman todas las precauciones necesarias para que falle. No es sino un gesto destinado a excitar la piedad o el temor en el objeto de sus amores.

El tono de su voz denotaba un desprecio glacial. Para él, Blanca no representaba sino una unidad más que agregar a la estadística municipal de las tentativas de suicidio del año. Por otra parte, el servicio lo requería. Antes de alejarse nos agregó que si volvíamos al día siguiente, a la misma hora, y el estado de Blanca lo permitía, su marido podría verla.

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CAPÍTULO XXXV

APENAS sé cómo llegamos al término de ese día. Stroeve no quiso quedarse solo un instante, y yo me agoté en el afán de distraerlo. Lo llevé al Louvre, y él fingió mirar los cuadros, pero me di cuenta de que sus pensamientos estaban muy lejos. Lo obligué a comer algo, y después del almuerzo lo induje a recostarse un rato, pero no pudo dormir. Agradecido, aceptó mi invitación de quedarse a vivir unos días conmigo. Le di un libro para que leyera, pero lo abandonó en seguida y se puso a girar hacia el vacío con desesperación. Durante las oras de la noche jugamos innumerables partidas de piquet, y, para no disgustarme, hizo lo posible por mostrarse interesado en el juego. Por último, le di un calmante para los nervios, y cayó en un sueño tranquilo.

A la mañana siguiente volvimos al hospital, donde nos recibió una enfermera.

Blanca estaba un poco mejor. La religiosa entró su cuarto para anunciarnos; pero salió casi en el acto. La enferma rechazaba toda visita. Le habíamos enviado decir que, en caso de que no deseara ver a Dirk, podría entrar yo solo. Los labios de Stroeve temblaron.

—No me atrevo a insistir —dijo la hermana—. Está demasiado débil. Tal vez en uno o dos días…

—Pero ¿no hay alguien a quien vería con agrado? —preguntó Dirk en voz baja.

—Dice que todo cuanto desea es que la dejen en paz.

Las manos de Stroeve se agitaron de manera extraña, como sustraídas de súbito al imperio de la voluntad.

—Si desea ver a alguien, se lo traeré. Sólo quiero su felicidad.

Los ojos llenos de benevolencia de la religiosa se detuvieron sobre él. Aquellos ojos habían contemplado todo el horror, todo el dolor de la humanidad. Sin embargo, saciados con la visión de un mundo sin pecado, permanecían serenos.

—Se lo diré cuando esté menos agitada.

Dirk le suplicó que realizara esta misión lo antes posible.

—Tal vez le haga bien. Le ruego quiera hablarle en seguida.

La hermana volvió a la pieza, sonriendo con simpatía. Al momento oímos el grave timbre de su voz, y luego otra voz, que no reconocimos:

—No, no, no.

La religiosa reapareció y movió la cabeza.

—¿Es su voz la que acabamos de oír? —le pregunté yo—. Me ha parecido tan extraña.

—El ácido ha quemado sus cuerdas vocales.

Dirk ahogó un grito de espanto. Le insinué entonces que bajase a esperarme en la puerta de entrada.

Sin hacer una objeción, dócil como un niño, se alejó. Parecía haber perdido completamente la voluntad.

—¿Je ha confiado ella el porqué de su actitud? —pregunté a la hermana.

—No, no habla. Responde sin inmutarse, muy tranquila, y permanece horas enteras inmóvil; pero no cesa un instante de llorar. ¡La almohada está empapada! Su estado de debilidad es muy grande para poder servirse de un pañuelo, y las lágrimas corren por sus mejillas.

Mi corazón se agitó. En aquel momento habría sido capaz de matar a Strickland como a un perro. Mi voz se ahogaba cuando me despedí de la religiosa.

Encontré a Dirk en la escalera. Parecía inconsciente. Cuando le toqué el brazo dió un salto de sorpresa. Regresamos en silencio. ¿Qué misteriosos impulsos habían movido a aquella criatura?

Sólo Strickland debía conocerlos. Strickland y la policía, que ciertamente lo habría interrogado. ¿Dónde estaba él? Seguramente en el cuchitril que le servía de taller, lías ¿cómo Blanca no le reclamaba? Quizá ella salía que todo sería inútil, que se negaría a venir. ¿Qué abismo de crueldad habría divisado para haber querido renunciar a la vida?

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CAPÍTULO XXXVI

LA semana siguiente fue dramática. Stroeve iba al hospital, a in formarse sobre el estado de la enferma, dos veces al día. Blanca persistía en su negativa de verlo. Mientras le mantuvieron la esperanza de una curación, el pobre hombre conservó su confianza; pero súbitamente se produjeron las complicaciones temidas. No quedaban esperanzas. A pesar de su compasión, la hermana no pudo engañarlo. La infortunada Blanca, cada vez más quieta e inmóvil, dejó, luego, de hablar. Su mirada parecía acechar la llegada de la muerte. Ya no era cuestión sino de algunas horas; por eso, cuando una tarde, a hora avanzada, vi entrar en mi departamento a Stroeve deprimido y roto, comprendí que venía a anunciarme el desenlace. Estaba abrumado de fatiga. Esta vez su locuacidad ordinaria lo había abandonado, y se arrojó, inerte, sobre mi diván. Vana habría sido toda frase de simpatía en aquellos momentos. Lo dejé descansar, tranquilizarse. Yo, entretanto, me hallaba imposibilitado para leer; habría sido demostrar falta de corazón. Sentado ante la ventana y fumando, esperé que Dirk sintiera la necesidad de desahogarse.

—Usted ha sido muy bondadoso conmigo —dijo por fin—. Todo el mundo ha sido muy bondadoso.

—¡No diga eso hombre!…

—En hospital me dijeron que esperase. Me dieron una silla, y me senté junto a la puerta. Cuando ella perdió el conocimiento se me permitió entrar. Tenía la boca y la barba quemadas por el ácido. ¡Si usted hubiese visto aquella hermosa piel cubierta de llagas! Se extinguió suavemente. No la creí muerta hasta que la hermana lo afirmó.

Su extremo agotamiento le impedía llorar. Como si sus miembros hubiesen perdido todo vigor, Stroeve yacía inerte. Luego se durmió. Era su primer sueño natural desde hacía una semana. Lo abrigué con algunas ropas y apagué la luz. Al otro día, por la mañana, cuando desperté, él seguía durmiendo. No se había movido. Tenía todavía los anteojos puestos.

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CAPÍTULO XXXVII

ESTE deceso requirió toda suerte de formalidades penosas. Sólo después de múltiples gestiones se consiguió el permiso para la inhumación. Fuera de nosotros, nadie acompañó el ataúd al cementerio. Por fortuna, la ceremonia no fué muy larga, gracias, principalmente, a la horrible prisa del cochero de la carroza fúnebre. Azotaba sin piedad a los caballos, como si tuviera prisa por deshacerse de la muerta. De cuando en cuando yo divisaba por la ventanilla a la carroza dando tumbos y vaivenes. Nuestro cochero, por su parte, excitaba a sus bestias para no quedarse atrás. Yo también sentía infinitos deseos de concluir con aquello. Después de todo, en nada me concernía esta lamentable historia.

So pretexto de distraer a Stroeve, me empeñé en abordar otro tema cuando nos hallábamos de regreso, una vez terminada la ceremonia.

—Creo que usted haría muy bien en ausentarse de París durante un tiempo. Nada lo retiene aquí. Dirk no respondió. Insistí:

—¿No ha formado usted algún proyecto para el futuro?

—No.

—Hay que volver a la vida normal. ¿Por qué no irse a Italia y reiniciar el trabajo?

Una vez más él guardó silencio; pero nuestro cochero vino en su ayuda. Disminuyendo la marcha, se dirigió hacia nosotros.

—¿A qué dirección conduzco a los señores?

—Venga usted a almorzar conmigo —propuse a Dirk—. Voy a decirle que nos deje en la plaza Pigalle.

—Quisiera ir al taller.

Después de una corta vacilación.

—Quiere que lo acompañe? —le pregunté.

—No. Prefiero ir solo.

—Muy bien.

Di las indicaciones del caso al cochero, y de nuevo se hizo el silencio entre nosotros. Dirk no había vuelto a su casa desde la mañana en que Blanca fué llevada al hospital. Yo me sentía feliz, en Vista de que no me vería obligado a acompañarlo. Después de conducirlo hasta la puerta, me alejé, lleno de alivio. París había adquirido para mí un atractivo nuevo. Me interesaba el ir y venir de los transeúntes; me atraía el variado espectáculo de los carruajes.

Aquella mañana luminosa me sentí saturado de un ardiente deseo de vivir. Era algo más fuerte que yo. Stroeve y sus penas llenaban un pasado que me era necesario olvidar. Por el momento, sólo me atraía París en fiesta.

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CAPÍTULO XXXVIII

Lo dejé de ver durante cerca de una semana. Por fin, una tarde, hacia las siete, vino a buscarme para comer. Vestía de riguroso luto y llevaba una ancha cinta negra alrededor del sombrero. Sus pañuelos tenían un espeso borde negro. Habríase dicho que en una sola catástrofe había perdido a todos sus parientes, hasta esos primos distantes cuya filiación se pierde en la noche de los tiempos. Su lozanía y sus redondas y rosadas mejillas daban a su duelo un no sé qué de chocante. Su desesperanza era a la vez penosa y patética.

Me anunció su decisión de partir, no para Italia, como yo le aconsejara, sino para Holanda.

—Me voy de París mañana. Tal vez no nos volvamos a ver.

Acogió mi respuesta —una frase de circunstancias— con una sonrisa forzada.

—Hace cinco años que no veo a mis padres. Ya creí haberlos olvidado; la casa familiar me parecía tan distante, que la idea del regreso me intimidaba; mas ahora pienso en él como en mi único refugio.

Sólo la ternura de una madre podría mecer y suavizar una depresión semejante. Ahora no podía soportar las bromas que toleró durante años enteros; su buen humor, sobre el que se estrellaban sin herirle, se había ido con la traición de Blanca. No reía ya con las bromas que le hacían. Se sentía un paria. ¡Cómo recordaba ahora los días de su infancia, transcurridos en aquella casita tan alegre, tan acogedora! ¡Cómo evocaba la figura venerable de su madre, tan meticulosa, tan ordenada! En su patria las cosas irían de otro modo.

—Mi padre quería hacer de mí un carpintero, como él. Durante cinco generaciones de padres a hijos, todos habíamos ejercido este oficio. Tal vez la verdadera sabiduría consiste en seguir las huellas de los antepasados, sin mirar a la derecha ni a la izquierda. Cuando era chico me quería casar con la hija de un cuidador de bosques, nuestro vecino, una muchacha de ojos azules y cabellos rizados. Habría tenido mi casa limpia como una moneda nueva. Mis hijos me habrían sucedido…

Suspiró y calló. Sus pensamientos se detenían sobre esta visión, y la vida tranquila y sin imprevistos que había desdeñado lo llenaba de arrepentimiento.

—El mundo es duro y cruel —prosiguió por fin—. Nadie sabe para qué estamos aquí abajo, y nadie sabe a dónde iremos. Humildemente, deberíamos comprender la belleza de la quietud, esforzarnos por cruzar la vida sin ruido, a fin de que el destino no nos advierta, y buscar el afecto de los seres sencillos e ignorantes. Hay más profundidad en su ignorancia que en todo nuestro saber. Hablar poco, vivir oculto en un rincón, he aquí la verdadera sabiduría.

Así se expresaba su corazón herido. Tan apostólica renunciación me indignaba. Cambié de tema.

—¿Cómo comenzó usted a pintar? Dirk se encogió de hombros.

—Tenía condiciones para el dibujo. En la escuela obtuve todos los premios. Mi pobre madre, orgullosísima de mis dotes, me obsequió cierta vez con una caja de acuarelas. Llena de arrogancia, mostraba mis garabatos al pastor, al médico y al juez. Me enviaron luego a Amsterdam a competir por un premio, que gané. ¡Pobre madre mía, qué feliz se sintió! Y, aunque profundamente entristecida por separarse de mí, sonreía y me ocultaba su pesar. Le halagaba la posibilidad de tener un hijo artista. Hubieron de imponerse grandes privaciones para hacer posible la continuación de mis estudios, y, cuando se expuso mi primer cuadro, mi padre, mi madre y mi hermano hicieron un viaje a Amsterdam nada más que para verlo. Mi madre lloraba, mirándolo. —Sus ojillos brillaban al decirlo—. Y ahora, en cada cuarto de nuestro viejo caserón, hay uno de mis cuadros en un hermoso marco dorado.

Estaba radiante de orgullo. Yo, entretanto, pensaba en sus paisajes sin vida, con sus personajes convencionales, sus cipreses y sus olivos. ¡Qué efecto debían producir en aquellos marcos de mal gusto y sobre los muros de la pobre barraca!

—La buena mujer creía haberme hecho un gran servicio al hacer de mí un artista; pero quizá, después de todo, habría sido preferible que hubiese predominado el deseo de mi padre, y que no fuese hoy día sino un modesto carpintero.

—Ahora que usted sabe lo que el arte puede ofrecer, ¿cambiaría usted de carrera, sacrificaría las satisfacciones que le ha dado?

—El arte es lo más bello del mundo —respondió, después de una corta pausa.

Me miró vacilante, y luego continuó:

—He ido a ver a Strickland.

—¡Usted!

No era posible creerlo. ¿Cómo podía Stroeve soportar siquiera la vista de este hombre? Él sonrió, un poco turbado, y luego dijo, para justificarse:

—Ya sabe usted bien que no tengo amor propio… Y me contó una historia singular.

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CAPÍTULO XXXIX

DESPUÉS del entierro de la pobre Blanca volvió a su casa con el corazón consternado. ¿Qué fuerza secreta, qué obscuro deseo de torturarse, de reavivar sus sufrimientos lo llevó al taller? Lentamente subió hasta lo alto de la escalera. Una vez ante la puerta, permaneció inmóvil un rato largo, tal vez para acumular coraje. Estaba a punto de desmayarse. Por fin, dió vuelta a la llave y entró. Nada en el departamento daba la impresión de abandono. Habríase dicho que Blanca acababa de salir. Sus cepillos estaban cuidadosamente colocados en el peinador, al lado de la peineta; el lecho donde ella pasara la última noche estaba arreglado, y su camisa de dormir, doblada y guardada en su funda, esperaba bajo la almohada. ¿Cómo creer que ella no volvería más?

Dirk tenía sed, y pasó a la cocina en busca de agua Allí también todo se hallaba en orden. Las cacerolas que Blanca empleaba para hacer la comida hasta la tarde misma de su disputa con Strickland colgaban junto a la pared. Brillaban de limpias. Los cuchillos y tenedores se encontraban perfectamente alineados en un cajón. En la quesera había un trozo de queso, y en una caja de hojalata sé conservaban aún varios pedazos de pan.

Por las averiguaciones realizadas por la policía, Stroeve sabía que Strickland había dejado la casa inmediatamente después de la comida. Como de costumbre, Blanca lavó la vajilla. A juzgar por estos gestos metódicos y habituales, el suicidio parecía un acto premeditado, realizado con toda sangre fría. Presa de una angustia indescriptible, casi sin fuerzas para andar, entró en el dormitorio y se arrojó sollozando sobre la cama, gritando: «¡Blanca!… ¡Blanca!»… La idea de tanto sufrimiento le aniquilaba. Tuvo la visión repentina de su mujer, de pie en el umbral del taller. La vió desabrocharse el delantal, sacárselo —el delantal se hallaba colgado detrás de la puerta—, tomar un frasco de ácido oxálico y entrar en el dormitorio.

El dolor lo rechazó del lecho. Pasó al taller, que se hallaba oscuro en ese momento. Las cortinas tendidas impedían el paso de la luz. Las corrió con un movimiento brusco. La primera visión de este cuarto, testigo de sus momentos felices, le arrancó un sollozo. Aquí tampoco había cambiado nada: Con su indiferencia ordinaria, Strickland había vivido allí sin mover nada de su lugar. Aquel interior, instalado con tanta solicitud artística, representaba a los ojos de Stroeve el tipo de taller que conviene a un pintor. Algunos trozos de viejos brocados adornaban los muros, y sobre el piano se extendía una seda antigua de colores marchitos. En los rincones, copias de la «Venus» de Milo y de la «Venus» de Médicis. Aquí y allá un bajorrelieve, una columna italiana coronada con una porcelana de Delft. Se veía todavía, en un marco suntuoso, una copia de «El Inocente» de Velázquez, hecha por Stroeve en Roma. El cuadro estaba colocado de manera de atraer todas las miradas. Por otra parte, en marcos dorados, telas originales de Stroeve, que siempre se lisonjeaba de tener un gusto esclarecido. Su opinión sobre la atmósfera romántica de un taller no había variado nunca. Aunque la apariencia del suyo fuera en esta ocasión para él una puñalada en el corazón, olvidando un instante su tristeza, modificó ligeramente la posición de una mesa Luis XV, uno de sus más preciados tesoros. De súbito divisó, vuelta contra la pared, una tela algo más grande que las que él acostumbraba a emplear. Intrigado, se acercó y la inclinó hacia sí. Era un desnudo. Al momento adivinó que se trataba de una obra de Strickland. Su corazón se agitó, y lleno de cólera la arrojó contra el suelo. ¿Por qué el otro la había dejado allí? Pero el brusco movimiento lo precipitó a tierra. Cualquiera que fuese el cuadro, ¿podía él abandonarlo al polvo? Lo levantó cuidadosamente. Entonces la curiosidad lo venció: colocó la tela sobre un caballete y retrocedió algunos pasos para examinarla con comodidad.

Dirk se sintió ahogar. Tenía ante sus ojos a una mujer tendida en un diván, con un brazo tras la cabeza y el otro a lo largo del cuerpo; una rodilla levantada y la otra pierna estirada. Una «pose» clásica. Stroeve creyó perder la cabeza; era el retrato de Blanca. El dolor, los celos, la rabia se apoderaron de él; comenzó a gritar como un loco, con voz ronca e inarticulada; sus puños amenazaban a un enemigo invisible. Pronto sus clamores se convirtieron en alaridos salvajes. Esto excedía todos los límites. No pudiendo ya tolerar la vista del cuadro, se puso a buscar un instrumento cualquiera para destrozarlo. Mas no encontró nada apropiado. En vano revolvió furioso todos sus útiles de pintura. Por fin, cuando ya se aprontaba para embestir a puntapiés contra la tela, cayó en sus manos un raspador. Lo tomó dando un grito de triunfo, lo blandió como una daga y se precipitó hacia el cuadro.

Al relatarme la escena, Stroeve la revivía. Tomó un cuchillo que había sobre la mesa que nos separaba, levantó el brazo como para golpear, y en seguida, abriendo la mano, dejó caer el arma. Una sonrisa inquieta pasó por su mirada. Se calló.

—¿Y entonces?— le dije.

—No comprendo lo que me ocurrió. Iba a destrozar la tela, cuando repentinamente se abrieron mis ojos.

—¿Qué quiere usted decir?

—Sí; hasta ese momento sólo había visto a Blanca; ahora veía la obra maestra. ¡No era posible tocarla! Tuve miedo de hacerlo.

Stroeve volvió a callarse. Me observaba con sus ojillos inquietos y brillantes. Tenía la boca entreabierta.

—Era una obra maravillosa. Un instante más, y cometo un crimen abominable. Me hice atrás para juzgar mejor, y mis pies tropezaron con el raspador Me estremecí. Cosa extraña: como si me hubiese transportado de súbito a un mundo donde la escala de los valores no era ya la misma, el eco de esta emoción vibró en mí. Quedé perplejo, como el extranjero que, en sonrisa desconocida, comprueba ante los incidentes más ordinarios un trastorno profundo de su sensibilidad. Haciendo un esfuerzo, Stroeve trató de describirme este cuadro; como pude, seguí el hilo de sus ideas a través de sus frases confusas y atropelladas. Según él, Strickland había roto todos los lazos que hasta entonces le estorbaban. Acababa, no de descubrirse a sí mismo, según la expresión vulgar, sino de manifestar un alma nueva, un alma con facultades insospechadas. El triunfo de tan poderosa personalidad se conseguía no sólo con la simplificación audaz del dibujo, ni con el color, a pesar de que la carne palpitaba con una sensualidad apasionada, milagrosa; ni siquiera con esa seguridad de composición que hacía sentir el peso del cuerpo, sino, sobre todo, con una espiritualidad inquietante e inédita, que paseaba a la imaginación por sendas inexploradas, a través de las tinieblas donde sólo brillan las estrellas eternas. En esta inmensidad, el alma, despojada de su envoltura carnal, se aventuraba, medrosa, en persecución de lo desconocido.

La singular emoción que provocó en Stroeve la contemplación de esta obra maestra fué, sin duda, lo que le indujo a ir a ver a Strickland.

—¿Y qué le ha dicho usted? —le interrogué.

—Le propuse que me acompañara a Holanda. La sorpresa me hizo enmudecer.

—Acaso los dos no habíamos amado a Blanca? En casa de mi madre habría sitio para él. La sociedad de aquella gente sencilla le haría mucho bien, Podría sacar mucho provecho de ella.

—¿Y qué respondió?

—Se limitó a reír. Me habrá encontrado idiota. Dijo que tenía muchos otros proyectos en la cabeza.

¿No pudo Strickland, pensé yo, encontrar una excusa mejor?

—Me regaló el retrato de Blanca.

Este gesto de Strickland me sorprendió; pero me abstuve de todo comentario. Guardamos silencio durante unos instantes.

—¿Y qué piensa hacer con los muebles? —pregunté por fin.

—Un judío se quedó con ellos. Me llevo, sí, mis cuadros. Descontándolos, no poseo otra cosa que una maleta, uno que otro traje y varios libros.

—Me alegro de que vuelva usted a su casa.

Su salud exigía una ruptura completa con el pasado. El tiempo calmaría su pesar, y cuando el olvido bienhechor se hubiera abierto paso podría volver a cargar con el fardo de la vida. Era joven todavía. Dentro de algunos años evocaría su angustia actual con una melancolía no desprovista de dulzura. Tarde o temprano se casaría con alguna holandesa que lo haría feliz. La idea de todos los mamarrachos que seguiría pintando me hizo sonreír.

Al día siguiente lo dejaba en viaje para Amsterdam.

CAPÍTULO XL

DURANTE el mes siguiente, la atención de mis propios asuntos desvió mi pensamiento de Stroeve, y nada ni nadie lo trajo a mi memoria. Por lo demás, no quería otra cosa que olvidarlo. Pero un día me crucé en la calle con Strickland, y al momento todo revivió en mí. Una repulsión instintiva me hizo apurar el paso. Sin el temor de parecer pueril, habría esquivado su saludo. No había transcurrido un minuto, cuando sentí que su mano se posaba sobre mi hombro.

—¿Lleva usted mucha prisa? —dijo con naturalidad.

Responder con esta simpatía a mi frialdad era algo muy propio de él. Mi acogida, por cierto, no pudo dejarle la menor duda sobre mis sentimientos.

—En efecto —le respondí secamente.

—Lo acompañaré.

—Con qué objeto?

—Por el placer de acompañarlo.

Recorrimos así unos trescientos metros, lo que bastó para que comenzara a sentirme mal. Por fin, pasamos frente a una papelería y tuve la idea de comprar papel. Sería una ocasión para desembarazarme de su molesta persona.

—Yo entro aquí —le dije—. Hasta la vista.

—Lo espero.

Me encogí de hombros y entré en la tienda, donde no hallé lo que deseaba.

Strickland me esperaba en la puerta. Sin pronunciar palabra, continuamos hasta una plaza donde desembocan varias calles. Me detuve al borde de la acera.

—¿Qué camino lleva usted? —le pregunté.

—El suyo.

—Voy a mi casa.

—Entraré a fumar una pipa con usted.

—Podría haber esperado mi invitación.

—La habría esperado si hubiese supuesto que ella vendría.

—¿Ve usted esa pared que tiene delante?

—Sí.

—¿Y no ve usted con la misma claridad que su compañía me molesta?

—Le confieso que lo dudo un poco.

A pesar mío, su respuesta me agradó. Una de mis debilidades es la de no saber detestar a quien me hace reír. Pero me dominé.

—¡Usted me disgusta! ¡Es el personaje mas innoble que he conocido! ¿Por qué se empeña en continuar conmigo, que lo detesto?

—¿Cree usted por un momento que me preocupo de su opinión?

—Suficiente —le interrumpí tanto más tercamente, cuanto que mi convicción comenzaba a debilitarse—. No quiero tener nada que ver con usted.

—¿Déjeme que lo pervierta?

Me miraba de reojo, con una sonrisa sarcástica en los labios.

—¡Usted debe andar con los bolsillos vacíos!

—¿Me cree tan ingenuo como para pensar sacarle un solo franco?

—Debe haber descendido mucho usted si ya no le queda otro recurso que tener que lisonjearse a sí mismo.

Strickland sonrió con desprecio.

—Pero usted no ha reparado en esta particularidad: que el deseo de observarme no me impide comprender el abandono de su moral.

Hube de morderme los labios. No se equivocaba. Mi odio hacia él sólo se sostenía gracias a un esfuerzo de voluntad. No me quedó otra alternativa que encogerme de hombros y encastillarme en un mutismo lleno de dignidad.

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CAPÍTULO XLI

LLEGAMOS a mi casa. No le propuse entrar; al contrario, sin pronunciar una palabra, comencé a subir la escalera. Strickland me siguió y cruzó la puerta del departamento pisándome los talones. No había estado nunca en mi casa; sin embargo, no tuvo una mirada para la pieza en que entramos, que estaba amueblada con primor. Sobre la mesa había una tabaquera; sacó su pipa y la cargó. En seguida se sentó sobre la única silla que había y se echó para atrás.

—Ya que hace como si estuviera en su casa, ¿por qué no toma un sillón? —le pregunté, molesto. ¡Cómo se preocupa por mi comodidad!

—En absoluto. Pienso en mí; me incomoda verlo tendido de ese modo en una silla tan poco resistente.

Strickland sonrió con ironía, pero no se movió. Y comenzó a fumar en silencio, perdido en sus pensamientos, sin preocuparse más de mí. ¿Para qué había venido?

Mientras la rutina no ha enervado su sensibilidad, el escritor se interesa instintivamente por las singularidades de la naturaleza humana hasta el extremo que a veces su sentido moral se ve anulado. Con un ligero estremecimiento se descubre una voluptuosidad de artista al contemplar el mal. ¿Acaso no es un ultraje a la moral y a la ley el amor con que el autor lleva a escena a un malvado perfecto? Al crear a Yago, Shakespeare debió sentir un goce muy distinto que cuando dió vida a Desdémona, hija del claro de luna y de su fantasía.

Se unía a mi aversión por Strickland una fría curiosidad. Me intrigaba. ¿Cómo consideraba él la tragedia de que había hecho víctima a sus salvadores? Resolví cortar por lo sano.

—Si he de creer a Stroeve, el retrato de Blanca es su obra maestra.

Strickland quitó la pipa de su boca; sus ojos se iluminaron.

—Me entretuve mucho pintándolo.

—¿Por qué se lo obsequió?

—Estaba terminado. Ya no me interesaba.

—¿Sabe usted que Stroeve estuvo a punto de destruirlo?

—¡Cosa curiosa!

Strickland volvió a su silencio.

—¿Creerá usted —dijo luego irónicamente— que ese idiota fue a verme?

—Lo sé. ¿No le impresionó su invitación?

—No. La encontré de un sentimentalismo estúpido.

—Seguramente habría olvidado usted que había destrozado su vida. Pensativo, acariciaba su barba.

—Es un pésimo pintor.

—Pero un hombre bonísimo.

—Y un cocinero excelente.

Su insensibilidad era monstruosa. Mi indignación no me invitaba, por cierto, a medirme en las palabras.

—¿Sería una indiscreción preguntarle si la muerte de Blanca le causó algún remordimiento?

—¿Por qué había de tenerlo?

—¿Debo recordárselo? Usted estaba moribundo, y Stroeve lo llevó a su casa, donde lo cuidó como a un hijo. Sacrificó todo: su tiempo, su comodidad, su dinero. Lo salvó de la muerte.

Strickland se encogió de hombros.

—Ese imbécil goza sacrificándose por los demás. No sirve para otra cosa.

—No hablemos de agradecimiento; pero, ¿qué lo obligaba a seducirle la mujer? Hasta que usted llegó ambos vivían felices. ¿No podía dejarlos en paz?

—¿De qué deduce usted que vivían felices?

—Eso saltaba a la vista.

—¡Qué perspicacia! ¿Cree usted que Blanca le perdonaría algún día lo que había hecho por ella?

—¿Qué quiere usted decir?

—¿Sabe usted en qué circunstancias tuvo lugar el matrimonio?

Moví la cabeza.

—Blanca era institutriz de un príncipe romano, y el hijo de la casa la sedujo. Se la arrojó a la calle. Estaba encinta, y trató de suicidarse. Stroeve la conoció en ese momento y la recogió. En seguida se casó con ella.

—Bien propio de él. No he conocido otro corazón tan compasivo.

Muchas veces me había intrigado aquel matrimonio mal ajustado; pero nunca le habría atribuido un origen semejante. ¿Había que ir a buscar aquí la explicación de la singular calidad del amor de Dirk? Aquello era más que una pasión. La reserva de Blanca me había parecido siempre una máscara; ahora no veía en ella otra cosa que el deseo de ocultar un secreto vergonzoso. Su tranquilidad era la calma oscura y tenebrosa que sigue al temporal. Una observación cínica de Strickland, como todas las suyas, interrumpió mis reflexiones.

—Una mujer puede perdonar a un hombre el mal que le ha hecho; pero los sacrificios que se ha impuesto por ella, jamás.

—En este caso, usted puede estar tranquilo. No caerá sobre usted el resentimiento de ninguna mujer.

Una ligera sonrisa se evaporó en sus labios.

—¿Y qué ocurrió con el niña?

—¡Oh!, nació tres o cuatro meses después del matrimonio. Murió luego.

Volví entonces sobre lo que me preocupaba.

—En fin, ¿por qué se echó encima el peso de Blanca?

Tardaba tanto en responder, que ya iba yo a repetir la pregunta, cuando él rompió el silencio.

—¡Vaya uno a saberlo! Ella me detestaba, lo que, no dejaba de divertirme.

—En efecto.

Strickland tuvo un gesto de cólera.

—¡Vamos, y me interesó!

Pero en seguida recobró su tranquilidad habitual y volvió a mirarme con sus ojos vidriosos.

—En un principio, ella estaba enloquecida.

—¿Le había usted hablado?

—Habría sido inútil. Ya lo sabía. No le dije nunca una palabra. Estaba resuelta. Por último, la tomé.

¿Por qué la manera como me relató todo aquello traicionaba con extraordinaria intensidad la violencia de su deseo? Era desconcertante y aterrador. En este hombre tan extrañamente desprendido de todas las exigencias de la materia, parecía que el cuerpo tomaba a veces su revancha sobre el espíritu. En él, el sátiro triunfaba de repente, y entonces se encontraba desarmado contra un instinto tan irresistible como las fuerzas primitivas de la naturaleza. La obsesión se hacía tan completa, que no dejaba lugar en su alma para la prudencia o la gratitud.

—Pero, ¿por qué se resolvió usted a llevársela consigo?

—Yo no resolví nada —refunfuñó—. Cuando comprendí que ella estaba dispuesta a seguirme, me sentí tan sorprendido como el mismo Stroeve. Y luego le previne que tan pronto como me cansara, tendría que levantar el campo; pero ella respondió que estaba dispuesta a correr el riesgo.

Strickland se interrumpió un instante. En seguida prosiguió:

—Tenía un cuerpo admirable y yo quería pintar un desnudo. Terminado el cuadro, perdió todo interés para mí.

—Pero ella lo quería de todo corazón.

Se puso de pie y comenzó a pasearse por la pieza.

—¿Amores? ¡No los deseo! No tengo tiempo que dedicarles. Por lo demás, no son sino una debilidad. Soy un hombre, y a veces… ¡Eso es todo! Satisfecho mi deseo, paso a otra cosa. No puedo sobreponerme al instinto, pero lo odio, pues traba el espíritu. Ambiciono un día, en que, libre de esta tiranía, pueda consagrarme sin obstáculos a mi trabajo. Como las mujeres no sirven para otra cosa que para el amor, le atribuyen una importancia ridícula. Quieren persuadirnos de que eso es todo en la vida. En realidad, su papel es inútil. El amor es una enfermedad y las mujeres son los instrumentos del placer. Me exasperan sus pretensiones de ser nuestro sostén, nuestras asociadas, nuestras camaradas.

Nunca había oído a Strickland hablar tan largamente. Vibraba de indignación. Pero ni aquí, ni en parte alguna, pretendo transcribir con exactitud sus palabras; su vocabulario era restringido y no sabía construir bien una frase; era necesario adivinar su pensamiento a través de las interjecciones, de los gestos, de los períodos incompletos, y descifrarlo en la expresión de su fisonomía.

—Usted nació para vivir en la época en que las mujeres se vendían en el mercado —le dije.

—Soy sencillamente un hombre normal.

Me fue imposible contener la risa ante esta conclusión, enunciada con la mayor seriedad. Mientras se esforzaba por explicar sus sentimientos, seguía paseándose a grandes trancos, como una fiera en su jaula.

—Cuando una mujer ama, no está satisfecha sino al adueñarse del alma de su amado. Como es débil, tiene el afán, la obsesión de dominar, y nada más puede conformarla. Su limitado cerebro se ofende con las abstracciones que es incapaz de comprender. Las cosas materiales la absorben, y entonces siente celos del ideal. El espíritu del hombre se lanza hacia las regiones más remotas del universo, y ella trata de aprisionarlo en el círculo estrecho de su libreta de cuentas. ¿Recuerda usted a mi mujer? Pues Blanca comenzó a ensayar poco a poco los mismos artificios. Con una paciencia inagotable se preparaba para cazarme en la trampa, e imposibilitarme para hacer cosa alguna. Quería rebajarme a su nivel. Poco le importaba mi satisfacción; le bastaba con sujetarme. Siempre estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por mí, salvo lo único que yo necesitaba: que me dejara en paz.

Permanecimos un instante en silencio.

—¿No pensó usted en lo que sería de ella cuando la hubiese abandonado?

—Podría volver con Stroeve, que no quería otra cosa.

—Usted es inhumano. Tan inútil es hablarle de estas cosas como describir los colores del arco iris a un ciego de nacimiento.

Strickland se detuvo ante mi sillón y su mirada descendió hacia mí con una expresión de desdeñoso estupor.

—¿Tiene alguna importancia a sus ojos la vida y la muerte de Blanca?

Reflexioné un instante, porque quería responder con sinceridad.

—Su porvenir estaba lleno de promesas. Encuentro horrible que se haya destrozado de esa manera brutal…, y siento vergüenza de permanecer tan indiferente ante su tragedia.

—Usted no tiene el valor de sus convicciones. Blanca no se suicidó porque yo la abandoné, sino porque era irracional y desequilibrada. Ya hemos hablado bastante de ella; no ofrece mayor interés. Venga usted conmigo, voy a mostrarle mis cuadros.

Me trataba como a un niño a quien se quiere distraer. Yo estaba descontento; mas no tanto de él como de mí mismo. Pensaba en el confortable nido de Montmartre. Me parecía demasiado cruel que un destino despiadado hubiese tronchado tantas alegres expectativas, y más todavía, que después de todo, aquello fuera tan poca cosa. El mundo seguía viviendo sin detenerse a contemplar toda esta miseria. En Dirk, las emociones se manifestaban con más vehemencia que profundidad, y no tardaría, por su parte, en olvidarlo todo. Entonces, la vida de Blanca, iniciada sin duda entre sueños y esperanzas, muy bien podía no haber existido. Todo esto carecía de significado y de valor.

—¿Me acompaña?

—¿Por qué me busca usted? —le repetí—. Ya sabe que lo detesto y lo desprecio.

Él no se inmutó. Un momento después dijo:

—En el fondo usted supone que me preocupo de lo que piensa de mí, y éste es el mayor reproche que le merezco. Pero esté tranquilo: sus opiniones no tienen mayor importancia para mí.

Una súbita cólera sonrojó mis mejillas. Strickland no lograba comprender lo que su egoísmo empedernido tenía de chocante. ¿Cómo romper esta coraza de indiferencia? Pero, en suma, había mucho de verdad en sus palabras. Inconscientemente, quizás, medirnos nuestro mérito cuando alguien opina sobre nosotros, y entonces detestamos a todos los que escapan a nuestra influencia. Creo que no hay herida más dolorosa para el orgullo humano. Pero no quise que él fuera el último en hablar y dije:

—¡Nadie puede permitirse despreciar a sus semejantes hasta ese extremo! Dependemos para todo de los demás. Es una locura pretender vivir solo, por si y para sí. Llegará un día en que, viejo, enfermo y desengañado, usted conocerá la humillación de mendigar la simpatía y la piedad.

—Vamos a ver mis cuadros.

—¿Ha pensado usted alguna vez en la muerte?

—¿Con qué objeto? La muerte no significa nada.

Lo examinaba. Allí estaba, de pie, inmóvil, con un aire de desafío en los ojos que, no obstante, en el lapso de un relámpago, me dejó entrever un espíritu fogoso, atormentado, cuyas aspiraciones excedían a todo lo qué se halla ligado a la carne. Tuve la visión fugitiva de una persecución de lo inaccesible. Ante este hombre, que irradiaba cierta dignidad a través de su traje raído, con su enorme nariz y sus ojos ardientes, su barba rojiza y sus cabellos enmarañados, no pude rehuir una impresión extraña: me parecía estar frente a un ser inmaterial.

—¡Vamos a ver los cuadros! —dije.

.

CAPITULO XLIII

RELEYENDO lo que he escrito hasta aquí, me apercibo de que lo que he narrado sobre Carlos Strickland debe ser muy poco satisfactorio para el que sienta alguna curiosidad por el raro personaje. He relatado incidentes que parecen oscuros, porque no conozco las razones que los provocaron. El más extraño de ellos, la determinación de Strickland de ser pintor, parece, a todas vistas, arbitrario, y aunque para ello debe haber tenido sus razones, yo las ignoro. De mis conversaciones con él, no he podido deducir casi nada. Si en vez de narrar los hechos que conozco hubiera tejido una novela, habría podido inventar muchas cosas para explicar el cambio que se produjo en él y que lo hizo pintor. Seguramente hubiese documentado una fuerte vocación desde la infancia, aplastado por la voluntad de su padre inclinado desde la necesidad de ganarse el sustento. Yo debería haberlo imaginado impaciente con las restricciones de la vida; y en la lucha entre su pasión por el arte y el deber impuesto por las circunstancias, le hubiera creado un ambiente de simpatía. Y así hubiese hecho de él una figura más importante. Tal vez hubiera hecho posible ver en él un nuevo Prometen. Habría tenido, quizás, oportunidad para modelar una versión moderna del héroe que, para bien de la humanidad, se expone a las agonías del alma condenada. Ése siempre es un sujeto conmovedor.

Por otra parte, podría haber encontrado las razones de su dedicación al arte en la influencia de sus relaciones matrimoniales. Veo una docena de maneras distintas en que eso se podría haber hecho. Un don latente podría haberse descubierto al frecuentar la sociedad de pintores y escritores en que actuaba su mujer; o una incompatibilidad doméstica podría haberle hecho buscar la soledad y un medio de expresarse. Alguna relación amorosa podría haber convertido la incipiente brasa en una hoguera. Creo que en tal caso hubiese descrito a la señora Strickland de un modo muy distinto. Hubiera dejado de lado la realidad para convertirla en una mujer gruñona, eternamente descontenta, mezquina y sin comprensión para los vuelos del espíritu.

Hubiera convertido al matrimonio Strickland en un suplicio continuo, cuya única solución fuera la fuga. Creo que hubiera hecho resaltar la paciencia del marido para con la compañera incomprensiva, así como una especie de compasión que le impidiera sacudir el yugo que lo oprimía. Y por cierto que hubiera empezado por eliminar a los hijos.

También podría haber tramado un cuento impresionante poniéndolo a él en contacto con algún viejo pintor, el cual, fuera por necesidad o por afán de lucro, hubiera vendido el genio que alentara en su juventud, y que, vislumbrando en Strickland las posibilidades que él habría malgastado, lo habría influenciado para que, abandonando todo, siguiera la divina tiranía del arte.

Los hechos, en cambio, son mucho menos románticos. Strickland, joven recién salido del colegio, se inició en una firma de comisionistas de Bolsa sin la menor repugnancia. Hasta el día en que se casó, vivió la vida de sus compañeros, jugando en la Bolsa pequeñas sumas, y apostando un par de libras en las carreras de caballos dos o tres veces por año. Creo que hacía un poco de box de vez eh cuando; leía comúnmente el «Punch» y el «Sporting Times». Me parece que alguna que otra vez fue a un baile.

Es de lamentar que no pueda describir el trabajoso camino que lo llevó lentamente hasta la cumbre; pues si pudiera mostrarlo luchando duramente contra el fracaso, sobreponiéndose a la desesperación que suele apoderarse del artista cuando cae en las garras de su peor enemigo, la duda de sí mismo, podría despertar alguna simpatía para una personalidad que, demasiado bien lo sé, estaba singularmente exenta de atractivo. Pero no tengo ningún índice en ese sentido. Nunca he visto trabajar a Strickland ni sé de nadie que lo haya visto. Guardó firmemente para sí el secreto de su lucha. Se recluyó desesperadamente en la soledad de su estudio, jamás permitió que alma alguna presenciara su agonía.

Cuando llego al momento de sus relaciones con Blanca Stroeve, me desespera lo fragmentario de los hechos a mi disposición. Para dar continuidad a mi historia debería describir el proceso de esa trágica unión, pero nada se de los tres meses que vivieron juntos. Ignoro si se llevaron bien y de qué hablaron. Después de todo, el día tiene veinticuatro horas y las cumbres de la emoción pueden ser alcanzadas sólo en grandes intervalos. Puedo sí imaginarme cómo pasaban el resto del tiempo. Mientras había luz, y las fuerzas de Blanca resistieran para posar, él pintaría y a ella debe haberla molestado el verlo absorto en su trabajo. En esos momentos no existiría para él como amante sino tan sólo como modelo.

Luego imagino las largas horas en que vivieron uno al lado del otro en silencio. Eso debe haberla asustado. Cuando Strickland sugería que al entregársele ella debió haber sentido cierto desprecio hacia Dirk porque éste la había socorrido en su hora más amarga, abría la puerta a muchas conjeturas abstrusas. Confío en que eso no era verdad, pues hubiera sido demasiado horrible… Pero, ¿quién puede sondear las sutilezas del corazón humano? Ciertamente aquellos que esperan hallar sólo sentimientos decorosos y emociones normales, Blanca debe haber comprendido que para él era sólo un instrumento de placer y en esa angustia trató de atarlo a ella, proporcionándole toda clase de comodidades, no queriendo, o no comprendiendo simplemente, que para él la comodidad no significaba nada. Tenía miedo de dejarlo solo y lo perseguía con atenciones, forjando en torno a él una red que debía serle fatal a ella. Debía ser muy desgraciada. Pero la ceguera del amor debe haberle hecho creer que era verdad lo que ella quería que lo fuese y que su amor tan grande no podía dejar de provocar otro tan intenso como el suyo.

Pero mi estudio del carácter de Strickland padece de un defecto mayor que mi ignorancia de muchos hechos. Me he referido a sus relaciones, con mujeres porque fueron notables y llamativas; sin embargo, fueron parte insignificante en su vida. Su verdadera vida consistía en sueños y trabajo extenuante.

En Strickland, el apetito sexual ocupaba un lugar muy pobre. Tenía pasiones violentas pero odiaba al instinto que le robaba el dominio sobre si mismo. Creo que odiaba hasta a la compañera ocasional de sus pasiones. Tengo para mí que el arte es una manifestación del instinto sexual. Es una misma emoción la que siente el corazón humano ante una mujer hermosa, la bahía de Nápoles en una noche de luna o «El entierro de Cristo», de Tiziano. Me maravillo a mí mismo al decir que Strickland era un idealista, después de haberlo descrito como un egoísta brutal y sensual.

Vivía con más pobreza que un artesano. Trabajaba con más ahinco. No apetecía ninguna de aquellas cosas que para la mayoría significaban la sal y la belleza de la vida. El dinero le era indiferente. No le importaba un ardite la fama. No se le puede admirar porque resistiera a la tentación de comerciar con su arte, ya que nunca sintió esa tentación. Vivía en París más solo que ermitaño. No pedía nada a sus semejantes, sino que lo dejaran tranquilo. Tenía un único propósito, y para alcanzarlo estaba dispuesto, no sólo a sacrificarse a sí mismo, pues eso lo hace cualquiera, sino que también a sacrificar a los demás. Era un hombre odioso, pero era, aun lo creo, un gran hombre.

(Continuará…)

 

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