El juicio a Eichmann. Causa penal 40/61 [Fragmento] (I)

Harry Mulisch

 

 

 

DIARIO DE JERUSALÉN I

6 a 29 de abril de 1961

Jueves 6 de abril. Quizá un cruzado muerto de sed tumbado entre las rocas haya tenido alguna vez una visión de un viaje como el que hago a Jerusalén: sobrevolando los Alpes nevados, Florencia, Roma, Nápoles, las islas griegas, atravesando Creta hacia la Tierra Santa. Me invitan a la cabina de mando y me invade una mezcla de seguridad y alienación. Empiezo a percatarme de que el avión está quieto. Los cuatro tripulantes regulan el movimiento de la tierra debajo de nosotros con mil botones e indicadores. Unos sacos de nubes negras atravesadas por los relámpagos han descargado sobre Tel Aviv.

Cuando llego al aeropuerto, el sentimiento de alienación es absoluto. ¡Es la primera vez que salgo de Europa! Un amable empleado de la embajada me está esperando y poco después nos adentramos en las colinas balanceándonos en un coche americano, por la misma carretera sobre la que marcharon los romanos y, mil años después, los cruzados. Intento en vano distinguir algo del paisaje. Empieza a llover. De repente tenemos que detenernos: en medio de la carretera, a la luz de nuestros faros, un hombre tendido se incorpora. Pero, no: se trata de un gigantesco puercoespín que se arrastra lentamente hacia el oscuro arcén. La noche lo envuelve todo. Cuando oigo que hemos atravesado un pueblo árabe, Abu Ghosh, me asaltan las dudas. Después de una hora, entramos en una ciudad desierta de piedra amarilla. Sigue lloviendo. Salimos de la ciudad. No me creo que hayamos estado en una ciudad. Un cuarto de hora más tarde me dejan en una pensión empapada; mientras miro cómo se aleja el coche, me arrepiento de todos mis planes. Todo el mundo está durmiendo. Un viejo gruñón se pone un chubasquero encima del pijama y me lleva a través del jardín hasta un pequeño edificio anexo. En la oscuridad creo distinguir una palmera, pero no estoy seguro. Me dan una fría habitación de piedra con dos camas. No tengo ni idea de dónde estoy y no me siento muy feliz. Después de una hora me despierta un hombre sonriente que dice ser un periodista alemán y que se acuesta en la otra cama. Me explica que volaba en el mismo avión que yo, pero que su coche sufrió un accidente a medio camino de Jerusalén. Retomo el sueño, desolado.

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Viernes 7 de abril. Me despierto en un paisaje de colinas cubiertas de rocas y matorrales sobre el que cae una lluvia torrencial. Salgo a la calle empujado por la miseria, sin un abrigo que ponerme, armado solo con mi paraguas. Al parecer, hoy es una especie de domingo y ni siquiera circulan autobuses. Gracias a Dios, a los diez minutos me alcanza un taxi descreído y clandestino —un traqueteante Dodge conducido por un taxista cojo— en el que ya viajan ocho pasajeros. La charla en hebreo me produce el efecto de un masaje y cuando me apeo en el hotel King David empiezo por fin a estar más relajado.

El hotel se encuentra junto a la tumba de Herodes, al borde de un gran valle: es Jordania. El suntuoso vestíbulo está repleto de norteamericanos, seguramente peregrinos judíos; unos camareros extremadamente imponentes se mueven a paso solemne sobre las alfombras… es el tipo de hotel que tienen todas las ciudades del mundo; su inventor: César Ritz. Cuando hace buen tiempo, la parte trasera ofrece seguramente unas magníficas vistas a la ciudad árabe que ahora es prácticamente invisible debido a la lluvia torrencial. Antes, este hotel se encontraba en la parte occidental de Jerusalén; después de la partición de 1948 pasó a ser el extremo oriental del nuevo Jerusalén construido por los israelíes.

Al cabo de una hora ya conozco a un montón de funcionarios israelíes, periodistas y gente de la radio y la televisión procedente de todos los continentes. Los presentes solo hablan de Eichmann encogiéndose de hombros, nadie habla de él ni de sus actos, lo único que se debate es la competencia de Israel para juzgarle. La mayoría duda de este derecho en sentido jurídico, pero considera que, por supuesto, los judíos tienen toda la razón. Casi todos están en contra de la pena de muerte para Eichmann, pues no sería prudente. A nadie le importa el propio Eichmann. El ambiente es sobrio y sereno. Le pregunto a un reportero estadounidense que ya lleva unos días aquí si el ambiente entre los israelíes es tenso o puede que incluso peligroso. Se ríe, toma otro bocado de su matzá y me explica que fue censor en la guerra de Corea y que detecta enseguida si alguien ha abierto el correo: algunas de las cartas que ha recibido aquí, en Israel, habían sido abiertas. Acto seguido, yo también pido matzá con pollo y un café. Cuando le digo que me traiga un poco de leche, el camarero se niega, educado pero tajante, puesto que si un alma bebe café con leche mientras come carne, ya sea de ave o de ganado, esa alma será extirpada de su pueblo. Eso fue más o menos lo que dijo. Compraré una Biblia: en este país la Sagrada Escritura es indispensable como libro de cocina y guía turística.

Por la tarde cesa de llover. La ciudad permanece desierta, incluso los bares están cerrados, pues, según me han dicho, hoy es el último día de la pascua judía, es decir, que en realidad es sábado, lo que aquí significa que es domingo. En el Jaguar del embajador nos dirigimos con un pequeño grupo a un punto alto en las afueras de la ciudad, y allí se despliega el panorama de lo sobrenatural. En el valle, rodeado de colinas, salpicado de iglesias, torres y minaretes, yace el viejo Jerusalén entre sus muros. Bajo los cedros en la ladera al otro lado del valle: el jardín de Getsemaní, y un poco más allá: Gólgota. El monte de los Olivos. En este valle, Abraham puso a su hijo en el altar; allá, en el monte Sión, David fundó su reino. Desde este mismo lugar, la Virgen María ascendió a los cielos, aunque en medio de la ciudad también reluce la cúpula dorada de la mezquita de Omar, construida sobre las cuadras de Salomón. Allí ascendió a los cielos Mahoma. En este mismo valle aparecerá el Mesías de los judíos ortodoxos.

¿Por qué todo esto precisamente aquí? Miro boquiabierto a mi alrededor. ¿Qué tiene de especial este lugar? Suelo santo de tres religiones —¡un campo fértil, no cabe duda!—. En el mapamundi de Ebstorf, del siglo XIII, Jerusalén está dibujada justo en el centro; en vista de que en una superficie esférica cualquier punto puede calificarse de «centro», en el globo terráqueo, Jerusalén es sin duda la que tiene más posibilidades de serlo: es el polo religioso al que señalan más brújulas. Dante descubrió incluso el «polo opuesto»: después del noveno círculo del Infierno, abandonó con Virgilio el interior de la tierra por el lado diametralmente opuesto a Jerusalén; basta con mirar el globo terráqueo para constatar que ese lugar está en el océano Pacífico. Creo que voy a comprar un globo terráqueo y lo sujetaré partiendo de ese eje.

Diametralmente opuesto a los hongos atómicos del mar del Sur está Gólgota. El monte Gólgota o Calvario se encuentra a tan solo media hora a pie de aquí, pero si quisiera ir allí, primero tendría que hacer gestiones durante una semana para obtener un segundo pasaporte sin sellos israelíes, con el cual poder cruzar la Puerta de Mandelbaum en el Jerusalén árabe; también tendría que vacunarme contra la viruela y recibir el bautismo. Para regresar (aunque no es seguro que uno pueda regresar con treinta y tres años de Gólgota), debería ir en tren hasta Amán, en avión hasta Chipre, en Chipre coger otro avión a Tel Aviv, y de Tel Aviv en tren a Jerusalén. Si doy media vuelta, veo a lo lejos un pueblo árabe blanco en el valle. Es Belén, me explica el embajador. Detrás de mí oigo que un hombre cuenta que ayer trasladaron a Eichmann, en secreto y anestesiado, a su celda de Jerusalén.

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Sábado 8 de abril. La frontera entre Israel y Jordania está formada por el inmovilizado frente de batalla de 1948. Jerusalén se encuentra en la cima de una protuberancia irregular, rodeada de territorio árabe por tres costados. El extremo septentrional del mar Muerto está a veinticinco kilómetros de distancia, pero para verlo, hay que dar un rodeo de medio día hasta alcanzar el extremo meridional.

A dos horas al suroeste de Jerusalén, sobre un terreno ondulado, se extiende Kiryat Gat, llamada así en recuerdo de la ciudad filistea de Gat, la ciudad natal de Goliat. En las colinas, desperdigados por un vasto territorio, hay pequeños asentamientos dispuestos en círculo: hileras de casitas blancas que recuerdan irresistiblemente a campos de concentración. Sin embargo, para los habitantes representan por fin la libertad. ¿Qué tipo de libertad? ¿Una libertad triste en un país desconocido? Cada uno de los asentamientos está poblado por inmigrantes de un país distinto que se aferran a sus propias tradiciones y hablan su propio idioma: allí viven marroquíes, allí rusos, allí yemeníes, allí polacos, allí persas. Pero en el centro del círculo hay un núcleo cuadrado de tiendas, escuelas y centros recreativos. Ese núcleo es realmente Israel, el mortero, el crisol donde la gente se reúne, donde los niños juegan entre sí, donde reciben clases en el idioma común: el hebreo. Así funciona el experimento dramático de Israel, considerado imposible, pero que parece tener éxito. Aquí puede uno aprender lo que significa el valor de la desesperación. Es sabbat y en la calle no hay ni un alma. Mientras contemplo los pueblos blancos inmóviles en el paisaje infinito, donde Josué hizo que se detuviera el sol, siento un profundo respeto, al tiempo que se apodera de mí la desesperante desolación que se esconde detrás de este espíritu de pionero: la doble cara del perseguidor.

Comemos en Beerseba; hemos viajado una hora en dirección sur y nos encontramos en el desierto. Es la capital del Negev, creada en tiempos prehistóricos por el patriarca Abraham, que excavó aquí fuentes para su pueblo. Ahora, a derecha e izquierda de las carreteras asfaltadas se oyen los tractores, pero los tiempos del Antiguo Testamento persisten en la figura de los beduinos. Sus tiendas, como capullos negros de gigantescos insectos, pueblan las laderas del desierto en el que ahora nos adentramos rumbo al este. Con los rostros apenas visibles detrás de sus túnicas, apacientan sus rebaños de ovejas y cabras negras que pueden apreciarse a kilómetros de distancia dibujadas con tinta china sobre la piedra amarilla. Un niño beduino pasa por la carretera montado en un camello y tocando la flauta. Las mujeres esconden su rostro cuando nos cruzamos con ellas. De repente, en la profundidad del desierto, donde hace tiempo que ya no crece nada y donde todo se ha transformado en un paisaje amarillo marchito y ondulante, veo a lo lejos a un beduino, un pequeño punto, caminar de ninguna parte a ninguna parte. Mientras el guía habla de ellos con desdén —de su holgazanería, su suciedad, su poligamia—, apenas puedo contener las lágrimas de emoción. Quizá se pueda dividir a las personas en dos clases: las que se suben a tractores e intentan sacar fruto, y las que prefieren seguir caminando solitarias por el desierto.

De vez en cuando, el desierto florece: unas flores amarillas salen de la piedra amarilla. Pasamos por el kibutz de Dimona: hileras de casitas blancas habitadas por los más fuertes. Si ahora, a principios de abril, nos hemos quitado la chaqueta y resoplamos de calor, aquí, en verano, el clima debe de ser similar al de Venus. Poco después surge en el horizonte meridional un complejo de edificaciones oscuras. El guía canturrea sin decir palabra y mira fijamente al frente; pero incluso sin los soldados armados hasta los dientes que aparecen de repente por doquier, los más listos entre nosotros han reconocido el reactor nuclear. Un danés pregunta qué tipo de construcciones son esas que se ven a lo lejos. El guía sonríe. «Una fábrica textil», contesta. El escandinavo se queda mirando asombrado el horizonte. Qué locos estos judíos, piensa.

El guía prefiere hablarnos de la carretera. Casi cien kilómetros de Beerseba al mar Muerto, construidos por cinco mil obreros bajo un sol abrasador y los disparos de los árabes. Hacia el final de recorrido empezamos a descender y ante nosotros se abren unas vistas imponentes. Al bajarnos del vehículo nos envuelve un silencio que no es de este mundo. Decenas de kilómetros más allá se divisan las montañas rojas de Jordania; entre nosotros y esas montañas, rodeado por un paisaje de un blanco inhumano de rocas de sal, a mil metros de profundidad se encuentra una aguamarina sin aliento: el mar Muerto. Si hay un nombre merecido es este. Aquí, en el punto más bajo de la tierra, a cuatrocientos metros por debajo del nivel del mar, sucedió algo terrible. La muerte adquirió una forma. Aquí golpeó el puño: el lugar donde nos encontramos se llama Sodoma. Bajo una niebla de vapor, en las profundidades, el mar se muere y se convierte en sal, aunque nadie mire. Todos nos hemos quedado callados y miramos fijamente la agonía silenciosa y sudorosa. ¿Es esto lo que quiso ser Eichmann?

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Domingo 9 de abril. En este primer día de trabajo, la maquinaria se pone en marcha. Agolpamiento y gritos en la sala de prensa donde deben darnos los pases de acceso a la audiencia y las tarjetas para el télex, el teléfono y los telegramas, así como un kilo de documentos que van desde la acusación hasta una lista de rangos de las SS, y unos elegantes cascos de plástico para las interpretaciones; son de la marca Philips, aunque han eliminado el nombre de la empresa en vista de que esta ya no trabaja para Israel desde que los países árabes la obligaron a elegir. Firmamos una declaración por la que nos comprometemos a someter todos los textos que no tengan que ver con Eichmann a la censura militar. Me da la impresión de que me olvidaré de eso.

El edificio en el que se celebrará el proceso se encuentra en el centro de la parte moderna de Jerusalén. Llevaba años en construcción y debía convertirse en una Casa del Pueblo, Beit Ha’am; sin embargo, las obras se completaron pensando en el juicio que tendrá lugar en la sala de teatro del centro recreativo. Hay un ejército de al menos cien militares y policías. Se los ve por todas partes con sus fusiles automáticos en posición de disparo (unos fusiles que son tan excelentes que el ejército alemán los compra por miles); con un dedo en el gatillo vigilan desde la azotea del edificio recién construido y también están en los tejados de las casas que lo rodean. Delante de todos los controles instalados en las calles hay grupos de judíos hablando: obreros de Jerusalén, mujeres negras del norte de África, figuras de Yemen que parecen salidas del Antiguo Testamento, inmigrantes europeos, y ortodoxos desaseados con sombreros negros, caftanes (una especie de chaqueta entallada que les llega hasta la rodilla hecha de la misma tela que el pantalón), barbas desgreñadas y tirabuzones que les cuelgan sobre las mejillas.

Después de mostrar mi pase, supero el primer control y llego a una hilera de casetas de baño. Abro una puerta y me encuentro con un policía que me recibe amablemente y me cachea de pies a cabeza, evidenciando especial predilección por mis axilas. Después de haber examinado mi mechero con desconfianza, me deja salir por la puerta trasera. Y entonces veo el manicomio en pleno funcionamiento: periodistas y militares que entran y salen corriendo del edificio, chicas cargadas con cajas de zumo de naranja, obreros que izan unas máquinas incomprensibles por las ventanas. También en el interior continúan los trabajos de decoración. Las oficinas de correos, telégrafos y teléfonos ya están amuebladas; en la sala de prensa, que parece un aula con capacidad para cuatrocientos alumnos, se están instalando los aparatos de televisión, que emitirán ininterrumpidamente el juicio. Me paseo como un extranjero por Babilonia.

Por la noche, cuando me voy, el edificio está iluminado por la luz de los focos. Por lo visto es el lugar con más ambiente de la ciudad, puesto que delante del portal hay grandes grupos de jóvenes con radios debajo de las camisas. De sus cuerpos sale música de baile, mientras que intentan agarrar a sus chicas. Cuando me ven salir, me gritan: «Schalom, Doktor Servatius!». Podría convertirse en el título de un éxito musical. Sobre el tejado, el centinela está entre las estrellas.

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Lunes 10 de abril. Los próximos ocho meses brillará el sol. Me he pasado todo el día en el jardín, leyendo y trabajando bajo las palmeras. Ahora, mi pensión me encanta. El viejo gruñón del primer día se ha convertido en un amable rumano con quien converso sobre Bucarest y sobre la curiosa costumbre de las mujeres de allí de no llevar sujetador.

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Martes 11 de abril. En la sala, la gente sigue hablando como si nada. Casi nadie le ha visto entrar por la puerta en su jaula de cristal. Sus movimientos, que son a la vez rígidos y flexibles, delatan que ha llevado uniforme de oficial durante la mitad de su vida. Ha envejecido en comparación con la última foto que le hicieron el año pasado. Lleva un traje oscuro y gafas. Se vuelve dos o tres veces hacia la sala con rostro impasible, algo que ya no volverá a hacer durante el resto de la sesión. Eichmann se encuentra a la izquierda del estrado del moderno auditorio iluminado con suaves lámparas de neón. En las paredes hay orificios detrás de los cuales se esconden las cámaras de televisión. En una larga mesa, dando la espalda a la sala, está sentado su abogado Servatius con su ayudante, junto al fiscal y cuatro ayudantes. Sobre una tarima frente a ellos se encuentran los asientos de los tres jueces. Cuando entran los jueces, Eichmann se cuadra rápido y obediente. El presidente le pregunta si es Adolf Eichmann, y él responde con un escueto «Jawohl». Y vuelve a repetirlo cuando se le pregunta si acepta a Servatius como su representante.

En un hebreo quejumbroso, el presidente empieza a leer la acusación en voz alta, punto por punto, haciendo cada vez una pausa para que el intérprete lo traduzca al alemán. Eichmann escucha en posición de firmes, con la cabeza algo ladeada hacia la derecha y de vez en cuando un leve tic en los labios. Se mantiene más inmóvil que sus guardianes. Uno de ellos no puede apartar los ojos de la nuca de Eichmann. Sé lo que busca. Yo tampoco puedo encontrarlo. Con cada uno de los quince puntos de la terrible acusación se le asesta un golpe. Doce de ellos llevan la pena de muerte. Millones de judíos gaseados en Auschwitz; cientos de miles muertos en los campos de trabajo; abortos forzados de mujeres judías en todas las fases del embarazo; la deportación de medio millón de polacos y catorce mil eslovenos; el asesinato de cien niños de Lidice. La lista no tiene fin. En el cuarto punto, Eichmann adopta una postura más cómoda. Cuando habla el presidente, él mira al presidente; cuando habla el intérprete, él mira al intérprete. No evidencia signo alguno de cambio de estado de ánimo. Es como si no entendiera el alemán. Sin embargo, cuando por fin el presidente le pregunta si ha comprendido la acusación, Eichmann responde de nuevo: «Jawohl». Probablemente sea la única persona del mundo que pueda decir eso.

Mientras los corresponsales corren hacia los teléfonos, empieza la mayor lección pública de la historia del mundo. El abogado Servatius, que tiene el aspecto de un honrado médico rural, protesta. De forma educada y articulada, esperando siempre a que acabe el intérprete, califica al tribunal de incompetente y parcial; pues todos los jueces nacieron en Alemania y llegaron a Israel en 1933, huyendo de Hitler. Eichmann se suena la nariz, y ahora advierto el temblor de sus manos tiesas y torpes. Mientras tanto, Servatius señala —entre educadas reverencias y citas de Heine— la conveniencia de un tribunal internacional y la imposibilidad de la defensa de citar a testigos, puesto que estos serían arrestados de inmediato en Israel debido a sus delitos. Cuando empieza a hablar de responsabilidad sin culpa, se adentra en un terreno peligroso. Se pregunta cómo se puede castigar a un hombre por la muerte de todo un pueblo y por los crímenes de todo un país.

Mientras el juicio empieza a ponerse en marcha como un tren interminable, salgo de la sala. Con el transistor en el oído para no perderme nada, echo un vistazo fuera. Los cámaras filman a la variopinta muchedumbre judía detrás de los controles. La policía a caballo dispersa a grupos de jóvenes que gritan. Se me ocurre que el peor castigo para Eichmann sería su inmediata puesta en libertad.

Cuando desciendo por la escalera, oigo la traducción de lo que ha dicho el fiscal. Afirma que Israel es el único país del mundo que quiere juzgar a Eichmann, y que aquí ningún juez puede ser imparcial. El juez que fuera imparcial aquí, sería incompetente. Aquí no se trata de imparcialidad, sino de justicia. Cada vez que doblo una esquina, el sonido desaparece por un instante.

En la alocada agitación de la sala de prensa veo a Eichmann estornudar en la pantalla de televisión. Pienso: «ha estornudado».

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Miércoles 12 de abril. Con horror recuerdo lo que sucedió anoche, cuando quinientos periodistas se abalanzaron hacia las cabinas para enviar las noticias por telégrafo, teléfono o télex al mundo entero. En la olla de grillos que se formó enseguida, y para consternación de todos los presentes, se fijó un límite de doscientas palabras para los telegramas y una duración de seis minutos para las llamadas. La mayoría de ellos, acostumbrados a moverse en las conferencias cumbre y en las revoluciones como Pedro por su casa, parecían sentirse muy cómodos en medio del griterío y el agolpamiento, pero ese no era lugar para un simple escritor. Acostumbrado a dar un agradable paseo al sol para entregar mis manuscritos al editor que me recibía con una copa de jerez, me veía ahora obligado a apartar a polacos y brasileños, y a golpear con el puño en la mesa para conseguir que las telefonistas israelíes se pusieran en acción. Se suponía que debían pasarme la llamada a las seis: a las ocho estaba desesperado. Furioso y fumando como un carretero observaba a los corresponsales que ya habían entregado sus artículos: se les podía reconocer por la tranquilidad ajena a este mundo que irradiaban sus rostros —daba asco—. Me habían dicho que para el periodista, la calidad de su artículo es menos importante que el hecho de que lo entregue a tiempo al periódico. En este sentido, he demostrado ser un buen periodista: a las diez conseguí, por fin, abalanzarme hacia una cabina, derribando por el camino a varios sudamericanos, para dictar mi texto a gritos y entrecortadamente a Ámsterdam, mientras en la cabina a mi izquierda oía a un italiano que gritaba «Pronto! Pronto!» y al otro lado los gorgoritos de una dama japonesa del Asahi Shimbun —con una tirada diez millones—. Después de eso, yo también me paseé por el Beit Ha’am sobre pies alados. Solo al cabo de una hora, cuando bebía coñac israelí en un sótano lleno de imponentes paracaidistas israelíes, caí en la cuenta de hasta qué punto había fallado. He tardado hasta hoy en comprender por qué.

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El efecto que ha ejercido Eichmann en el mundo no puede reducirse únicamente a sus acciones, sino que también debe explicarse por su invisibilidad. Antes de la guerra, Eichmann era un oficinista invisible del SD; durante la guerra fue un oficial invisible de las SS; después de la guerra, un nazi escondido e invisible; y este último año, un preso invisible en Israel. La teología ha descrito el efecto de la invisibilidad en las personas. La imagen de Satanás, que la prensa ha dado en los últimos meses a Eichmann, se puede enfocar mejor desde la perspectiva «teológica» que desde la psicológica. Servatius tenía sobradas razones para advertir que la prensa no es el tribunal. Ahora, de repente, Eichmann se ha vuelto visible, y para colmo de teología, en Jerusalén, desde cuyas azoteas pueden verse Belén y el monte Gólgota. Es un hecho que preocupa a todos los que estamos aquí, aunque nadie se atreva a escribir al respecto. Sin embargo, en el caso de Eichmann, el efecto teológico desapareció en el momento en que se volvió visible. Resulta que es un ser humano: un hombre resfriado, algo mugriento y con gafas. Para recuperar parte del efecto que tenía antes, es preciso diseñarle una nueva invisibilidad: por ejemplo, que era el amigo íntimo de Himmler. Todavía no me he topado con nadie por aquí que no se entregue a este tipo de ejercicios mentales que tienen por objeto mantener viva la imagen de Eichmann como Satanás para el mundo. Sin embargo, es en vano y seguirá siendo más y más en vano. Eichmann no podrá saciar ese deseo del mundo. Se volverá cada vez más pequeño. Llegará el día en que desaparezca por completo y entonces será lo que siempre fue: una mancha errante en nuestra retina.

Hoy, la sala está medio vacía, y para ver bien a Eichmann, me siento en primera fila, a tres metros de él. Está más relajado que ayer. Cuando entra, me sonríe brevemente. Me llevo un susto de muerte —pero no era a mí a quien sonreía, era a Servatius, que se encuentra justo entre nosotros dos—. Poco después, mientras espera que entren los jueces, habla con él a través del micrófono. Puedo verle bien los ojos. Hay quien ha escrito que tiene ojos de serpiente (France Soir), y que cada uno de sus ojos es una cámara de gas (Libération). Pero en realidad son ojos dulces y algo aterciopelados, lo cual resulta todavía más escalofriante. La expresión de su mirada se endurece cuando escucha al fiscal, que hoy proseguirá con su argumentación jurídica sobre la competencia del Tribunal. A diferencia de los tres jueces, Eichmann mantiene clavada la mirada en él, hora tras hora. A veces, sus ojos saltan a un lado, como en una especie de tic nervioso, entonces su cabeza se estremece un instante, y Eichmann se chupa las mejillas, torciendo la boca hacia la izquierda. En uno de esos momentos se acerca al Eichmann que nos gustaría ver: un rostro incomprensiblemente despiadado que me da escalofríos —un rostro destrozado que suscita al mismo tiempo una intensa compasión—. Ayer estaba sentado demasiado lejos para poder percatarme de eso.

Cuando se suspende la sesión, entablo una conversación en la cantina con un periodista judío de procedencia holandesa. Me cuenta que ha estado comparando la cara de Eichmann con la de las personas presentes en la sala, y que le llamó la atención una diferencia importante: lo que le faltaba al rostro de Eichmann era el «alma judía». Pero a continuación se percató de que también había muchos no judíos en la sala. Eso le sorprendió. «Y no me da miedo decírselo a usted pese a que es tan solo medio judío. Y estoy dispuesto a repetírselo a su compañero, que no es en absoluto judío». Y se lo repite, y mi compañero le dice que durante la crisis del canal de Suez conoció a oficiales judíos que tenían caras como la de Eichmann. A lo cual, el otro responde: «Esos debían ser originarios de países orientales».

A veces tengo la impresión de que, aquí, todos son antisemitas, tanto judíos como gentiles. Otro periodista holandés, muy ario, se me acerca y pregunta si, por el hecho de ser medio judío, reconozco muchas cosas en Israel. La gente parece haber tomado buena nota de que soy medio judío. Cuando le digo que he sido educado por mi padre ario, me da una charla sobre sangre y herencia, y me asegura que, según el Talmud, soy judío. Le contesto que él mismo se habría paseado con tirabuzones delante de las orejas si se hubiese criado en el barrio ultraortodoxo de Mea Shearim, pero él lo pone en duda, preocupado. Por último, zanja la cuestión diciendo que es un holandés de pueblo, normal y corriente, y sin duda demasiado tonto para comprender ciertas cosas, algo que yo confirmo.

Por la tarde nos enteramos de que en las portadas de los periódicos, el nombre de Eichmann ha sido reemplazado por el de Yuri Gagarin, que durante el inicio del juicio también estaba sobre Jerusalén, en el espacio. Sin embargo, tampoco él podrá saciar el deseo del mundo.

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Jueves 13 de abril. Hoy no hay juicio puesto que se celebra el día de la conmemoración de los héroes y mártires. Nos dirigimos en coche a Yad Mordechai, junto a la frontera egipcia cerca de Gaza, para asistir a una celebración. Este kibutz es conocido por su población de supervivientes de los guetos de Polonia y Rusia, y por su lucha durante la guerra de la independencia de 1948. Bombardeado en dos ocasiones y finalmente arrasado por los tanques, se convirtió en la tumba de decenas de judíos que acababan de salir de las masacres de Varsovia y Vilna. Nos presentan al que fue comandante durante la guerra, Shimon Avidan, un viejo granjero con un rostro asombrosamente torcido. El comandante egipcio en esta parte del frente era a la sazón el coronel Gamal Abdel Nasser, y en uno de sus escritos menciona a Avidan. Mientras Avidan habla con nosotros, sus ojos se desvían continuamente hacia los modernos prismáticos que cuelgan sobre mi estómago.

Yad Mordechai es un auténtico kibutz fronterizo, algo a medio camino entre empresa agrícola y fortaleza. Todo el mundo puede luchar si es necesario, también las mujeres; ahora hay armas en abundancia, y en las laderas alrededor de los edificios centrales (la sala de reuniones, el comedor automatizado, las guarderías en las que se educa a los niños colectivamente) se han levantado búnkeres. La frontera está a quinientos metros; allí la tierra fértil se convierte de golpe en arena blanca. En la profundidad de la reseca franja de Gaza, veo a través de mis envidiables prismáticos un wadi verde claro con palmeras. Busco en vano a mis beduinos.

Sobre las carreteras adornadas con banderas rojas, los camaradas del partido nacional comunista Mapam se dirigen a pie hacia el lugar de reunión. En la cumbre de una escarpada colina, delante de un depósito de agua ladeado y destrozado por los disparos, se yergue un gigantesco obrero de bronce empuñando una granada de mano, al estilo del realismo socialista. Grupos de personas que llegan en autocar desde los kibutz vecinos se congregan aquí y esperan la puesta de sol sentados en largos bancos. Como cualquier otro día, el día de la conmemoración empieza cuando aparecen las primeras estrellas. Debajo de los árboles hay grupos de soldados tranquilamente tumbados junto a sus rifles automáticos listos para disparar. Por todas partes se congregan chicos y chicas de las juventudes del Mapam, con monos azules y pañuelos rojos.

Mientras empieza a caer la noche, entablo una conversación con uno de ellos. Cuando empiezo a hablarle de Eichmann, se encoge de hombros. De lo que me dice en su inglés chapurreado deduzco que el juicio le parece machaconería de viejos. Criado en una sociedad medio militar sin dinero y con banderas rojas, educado en una guardería colectiva, sin cigarrillos ni cines, y con el enemigo al otro lado del campo de cultivo, le deja frío la miseria oficial de sus padres. Opina que ya va siendo hora de que cambien de tema.

El hombre con el que hablo luego deja claro a qué se refería el joven del Mapam. «Queremos que nuestros hijos no olviden y no perdonen», dice. «Queremos que sigan odiando a Alemania hasta el día de su muerte». Él fue el único miembro de su familia que consiguió escapar del gueto de Varsovia, luchó durante un tiempo con los partisanos y después en el Ejército Rojo. Le recuerdo que muchos judíos están en contra del juicio a Eichmann porque temen que ello vuelva a nutrir el antisemitismo, y que según ellos hay que utilizar lo menos posible la palabra «judío». Él estalla en cólera. Replica que se trata de la vieja mentalidad del gueto de la que los judíos deben librarse de una vez por todas. Me habla de los judíos holandeses que se dejaron degollar como corderos. Le pregunto qué tendrían que haber hecho, congregados como estaban en Ámsterdam, una ciudad rodeada de campos. No quiere oír hablar de eso. «¿Qué hicimos nosotros en Varsovia? ¿Es que los judíos holandeses no podían haberse abierto camino masivamente hacia el mar, hacia un puerto? ¿No podrían haber intentado ir a Gran Bretaña?» Cuando oigo esto, comprendo de repente por qué en todo Israel la gente siente indiferencia por el Diario de Ana Frank. Porque también representa la mentalidad del gueto.

Cuando suben al podio, los héroes de Varsovia son recibidos con una gran ovación. Diez hombres maduros, vestidos de paisano, que miran algo desconcertados a la multitud jubilosa. Entre ellos hay un hombre de cuarenta y cinco que se está quedando calvo. Lleva un parche negro delante del ojo izquierdo; el derecho, asombrosamente azul y claro, observa el mundo. Se trata del legendario general Moshé Dayán, comandante de las fuerzas armadas israelíes durante la crisis del canal de Suez y un ídolo para sus soldados. Poco después, acompañadas por el redoble de tambores y el sonido de las trompetas, las juventudes del Mapam bajan por la colina con sus banderas rojas; y mientras la noche cae rápidamente y en todas las laderas se oye a los grillos cantar, les habla un hombre de barba blanca que en otro tiempo fue líder de los judíos polacos. Solo entiendo la palabra «Eichmann». Mientras tanto veo que algunas parejas se separan de las últimas filas y desaparecen en la oscuridad del kibutz.

Una vez acabada la alegórica representación de ballet, conversamos con Rozka Korczak, la mujer que lideró la rebelión en el gueto de Vilna. No me llega a la altura de los hombros y en 1942 debía de tener, como mucho, veinte años. No olvidaré nunca su cara. Mientras nos cuenta que no luchaban por sus vidas, sino para decidir por sí mismos cómo morir, aparece en su rostro un dolor como nunca hubiese creído posible en una persona, a años luz del llanto; un recuerdo de desesperación y muerte, mientras que ella sigue viva; un dolor que no puede describirse, al menos no con mi pluma. Me aparto y pienso en Eichmann. Pienso: «Dádmelo ahora y lo destruiré con mis propias manos».

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Viernes 14 de abril. Poco a poco, aquí todo el mundo se está volviendo esquizofrénico sobre Eichmann. Sabemos lo que ha hecho, aunque todavía tenga que demostrarse; sin embargo, el que está encerrado en la jaula de cristal es un hombre solitario y moribundo. ¿Lo odiamos? ¿Lo amamos? De día, todo el mundo se transforma en él y por la noche, los bares y las cafeterías se llenan de grupos de periodistas que intentan reconciliarse con esa idea. Eichmann se ha convertido en una enfermedad. Escucha al fiscal, como una indefensa araña de cruz esvástica a la que han sacado de su telaraña, baja los ojos solo para sonarse la nariz y es evidente que apenas comprende lo que está sucediendo. Si metieran en la jaula un uniforme vacío con su gorra de las SS, conseguirían un inculpado más real. En Argentina, cuando le pusieron una gorra de las SS para identificarlo durante el arresto, la hora de la verdad estaba más cerca que ahora que comparece en la sala este hombre de carne y hueso, que respira, hace la digestión, estornuda. He preguntado a algunas personas que lo vieron en los campos de concentración hasta qué punto había cambiado Eichmann. Solo recordaban una gorra, unas botas relucientes y unos pantalones de montar cuadrados.

Durante la audiencia, Eichmann casi pasa desapercibido. El gordo funcionario de la fiscalía, que con un grito incomprensible anuncia la llegada del Tribunal, es más importante que él. Detrás de una mesa cubierta de libros, el fiscal, Gideon Hausner, prosigue su disertación técnica a favor de la competencia del Tribunal. Con innumerables precedentes secundarios intenta crear un «superprecedente» que permita condenar a un acusado por hechos que no eran punibles cuando se cometieron. La argumentación sigue girando en torno al sospechoso X, puesto que el juicio contra Eichmann todavía no ha empezado. Esto hace las delicias de los juristas.

Aunque Hausner adopte la pose de orador brillante, no lo es; además tiene que lidiar con las pausas obligatorias para la traducción. Es polaco de nacimiento, tiene cuarenta y siete años de edad y ya se está quedando calvo. Su gesto es adusto, sus ojos azules están escondidos debajo de unas cejas gruesas y fruncidas: es el rostro de un hombre con un propósito. Casi nunca mira a Eichmann. Si se encuentra con su mirada, aparta de inmediato la vista. Lleva tiritas en la punta de cuatro de sus dedos.

El juez Moshé Landau mira a Eichmann como mira a cualquiera en la sala. Aunque eso apenas ocurre. Tiene cuarenta y nueve años, pero aparenta sesenta. Todos, incluida la defensa, lo admiran sin reservas. Si hay algo que está por encima de cualquier duda, es que presidirá este juicio de forma justa. Sus silencios, su forma de escuchar a Hausner y a Servatius, su gesto al pasarse la mano por la barbilla, sus amables interrupciones e informaciones, podrían conmover más a Eichmann que el dedo índice acusador de Hausner… eso suponiendo que algo pudiera conmoverle, cosa que no sucede.

El juez Benjamin Halevi, también nacido en Alemania, aparenta menos de sus cincuenta y un años. Tiene el cabello grueso y canoso, unos ojos inexpresivos y una boca fría. Con regularidad saca algo a colación, a diferencia del juez Yitzhak Raveh, que en ocasiones da la impresión de estar a punto de quedarse dormido. Incluso un extranjero advierte el acento alemán de todos ellos cuando hablan hebreo.

Al final de la mañana, cuando Hausner acaba por fin su disertación, el abogado Servatius todavía tiene derecho de réplica. Dice que Eichmann, ya liberado de su juramento nazi, se ha convertido en un ciudadano pacífico —un murmullo de incredulidad recorre la sala; incluso se oye un tímido llanto—. Landau levanta la vista y de inmediato se hace el silencio. Diez reporteros abandonan la sala para difundir ese comentario alrededor del mundo. Los dos funcionarios de la policía judicial, vestidos con trajes azul claro, que están sentados en el estrado y toman nota de todo lo que sucede en la sala, aguzan el oído. Eichmann no evidencia ningún signo de emoción.

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Sábado 15 de abril. Por la noche, cuando llego a la pensión, veo a un hombre en la penumbra del jardín que me sigue con la mirada hasta que he entrado. En el vestíbulo del anexo, que tiene aspecto de búnker, distingo de nuevo a otro hombre en la oscuridad; permanece de pie bajo las palmeras y la mano derecha hundida en el bolsillo de su abrigo. Me reconoce y me desea buenas noches. Son los guardaespaldas de Servatius, que duerme en la habitación contigua a la mía.

Mientras escribo estas notas en el pequeño salón, Servatius cena detrás de mí y concede una entrevista a un periodista estadounidense. Su ayudante está sentado a mi mesa inmerso en un debate con una reportera holandesa, un israelí y el propietario de la pensión. Tiene veintinueve años, se llama Wechtenbruch, lleva el pelo corto y es más inteligente que amable. Hace meses que habla cada día al menos tres horas con Eichmann y afirma que es el hombre más corriente que quepa imaginar: «indecentemente normal». Un millón de personas habrían hecho lo mismo que él si hubiesen estado en su lugar. Un cámara de la televisión británica considera necesario salir en defensa del pueblo alemán, pero Wechtenbruch le responde que «por desgracia, es cierto».

En la barra, la ayudante de Servatius cuenta anécdotas sobre Eichmann a un juez de Milwaukee y a un reportero italiano. La oigo decir que Eichmann ha solicitado poder ahorcarse a sí mismo. Que en una ocasión se desmayó en una corrida de toros. Que cuando lo trasladaron a Jerusalén le pidió un espejo porque hacía un año que no se veía a sí mismo.

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Domingo 16 de abril. Durante todo el día prosiguen las conversaciones sobre la competencia del Tribunal, en el salón, en el césped al sol, bajo las palmeras. La mayoría espera una decisión negativa, que sería lo mejor para todo el mundo, empezando por Israel. En tal caso, se podría extraditar a Eichmann a Polonia, un juicio de diez días y, en veinticuatro horas, al patíbulo y con el rostro mirando a Auschwitz.

Sin embargo, en un periódico holandés leo que un famoso pastor protestante declaró durante una reunión en Ámsterdam: «Eichmann es la persona convertida en monstruo, un fenómeno de descreimiento y crueldad absolutas». ¡Ojalá fuera tan sencillo! Esa observación es tan piadosa como funesta. Si hay algo que podemos echarle en cara a Eichmann no es que no creyera (él creía: creía en el Führer, en la Endlösung (La solución final), en los judíos, y en muchas cosas más), sino que no dudara. Precisamente la duda de una absolutez, también la absoluta descreencia. Las palabras del pastor le resultarían muy edificantes al propio Eichmann.

Por la tarde voy en el Jaguar al valle de Elah, donde David venció a Goliat —tras ocho días de sol, todas las flores están casi marchitas—, y por la noche me adentro en la vida nocturna de Jerusalén. Aunque la ciudad con sus cuatro mil años sea una de las más antiguas de la tierra, y ya aparecía en jeroglíficos y en escritura cuneiforme, es igual de provincial que Haarlem (Capital de la provincia de Holanda Septentrional y ciudad natal de Harry Mulisch), y solo un poco más grande que el aburrimiento absoluto. Una ciudad ideal para trabajar. El aburrimiento es el habitual en una ciudad que es sede de un gobierno, pero aquí se multiplica debido a la sofocante influencia de la población religiosa. Resulta terrible la ausencia de terrazas en los bares. Parece ser que en Tel Aviv todo eso es diferente; incluso se rumorea que allí los autobuses circulan en sabbat, con siervos de Baal al volante. Eso sí, Jerusalén brinda oportunidades insospechadas a los enemigos jurados del domingo. Anteayer hablé con un sargento holandés del contingente de la ONU: los viernes, el día de descanso de los musulmanes, este hombre digno de envidia se dirige en su jeep blanco a la ciudad judía, mientras que los sábados se desplaza a la parte árabe, y de este modo lleva años evitando los domingos (por supuesto, aquí nadie ha oído hablar nunca de innovaciones como el domingo).

En el centro, las tres calles principales forman un triángulo equilátero dentro del cual tiene lugar la vida de la ciudad. Allí hay un bar excelente donde saludan al huésped holandés con unas frasecillas de neerlandés, igual que saludan en ruso al ruso, y donde uno puede aprender palabras deliciosamente obscenas de los periodistas ingleses borrachos; allí están también las paradas de taxis y el restaurante árabe, las tiendas, el puesto de babuchas, el oscuro sótano de jazz lleno de artistas, los bares de café espresso y el restaurante italiano, que es aún más caro que los demás restaurantes de este país que es el más caro del mundo. Por lo demás hay una agradable y absoluta falta de riqueza que, no obstante, no equivale a pobreza. Es el ambiente de un país comunista, pero sin la presión que envenena la vida en Alemania Oriental, Checoslovaquia o Rumanía. En resumidas cuentas, aquí reina la atmósfera más agradable que quepa imaginar y que en estos momentos probablemente solo pueda encontrarse en Cuba. Pero algún día, la destructora prosperidad llegará también aquí. ¿Cuándo se atreverá un político a declararse en contra de la prosperidad? Y no para prometer más, sino, de una vez por todas, porque es indigna… tanto como la pobreza.

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Lunes 17 de abril. Al abrir la sesión, Landau decide, tras una breve declaración, que el Tribunal es competente. De este modo acaba el juicio contra X y se inicia el juicio contra Eichmann. En lo que respecta a la imparcialidad de los jueces, Landau afirma que, si bien es cierto que los jueces no dejan de ser personas de carne y hueso, con sentimientos humanos, su tarea es siempre luchar contra sus sentimientos, pues de lo contrario un juez nunca podría sentenciar en un caso de asesinato o cualquier otro delito grave. Acto seguido pide a Eichmann que se levante y se inicia el siguiente diálogo:

—¿Ha oído usted la acusación formulada el primer día de este juicio?
—Jawohl.
—¿Es usted culpable o inocente del primer cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.
—¿Es usted culpable o inocente del segundo cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.
—¿Es usted culpable o inocente del tercer cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.
—¿Es usted culpable o inocente del cuarto cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.
—¿Es usted culpable o inocente del quinto cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.
—¿Es usted culpable o inocente del sexto cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.
—¿Es usted culpable o inocente del séptimo cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.
—¿Es usted culpable o inocente del octavo cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.
—¿Es usted culpable o inocente del noveno cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.
—¿Es usted culpable o inocente del décimo cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.
—¿Es usted culpable o inocente del decimoprimer cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.
—¿Es usted culpable o inocente del decimosegundo cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.
—¿Es usted culpable o inocente del decimotercer cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.
—¿Es usted culpable o inocente del decimocuarto cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.
—¿Es usted culpable o inocente del decimoquinto cargo?
—No culpable en el sentido que se formula en la acusación.

La sala ha escuchado conteniendo la respiración. En ninguna de las dos caras se evidenciaba rastro alguno de emoción. Eichmann hablaba con voz suave, bastante rápido, en un tono cada vez más rutinario. Todo el mundo esperaba que dijera, al menos una vez, «culpable». (Más tarde, durante un descanso, le comenté a una periodista qué gran alivio hubiese sido para nosotros y para el mundo que se declarara culpable, pero ella me respondió: «No olvides que tiene hijos».)

A continuación, el fiscal Gideon Hausner se levanta para no volverse a sentar en todo el día. Se dirige a los jueces llamándolos «jueces de Israel» y pide a los seis millones de muertos que hablen por su boca. Hace referencia a los faraones y a Haman, afirma que los actos más atroces de Nerón, Atila y Gengis Kan palidecen comparados con el horror del exterminio que se mostrará en este juicio. Me parece que no debería hablar según el estilo de Eichmann y rápidamente miro al hombre encerrado en el terrario. Su rostro no delata emoción alguna, pero sé, con todo mi ser, que se siente halagado: prefiere ser más terrible que Gengis Kan antes que fiscal en el caso número 40/61, como se llama oficialmente el juicio. Hausner resulta más acertado cuando, poco después, habla de los asesinos modernos que no se apartan de sus escritorios y señala que solo conoce a ciencia cierta un caso en el que Eichmann haya matado con sus propias manos: cuando en Budapest apaleó hasta la muerte a un joven judío que había robado algunos melocotones de su jardín.

En ese momento, la sala se estremece más que cuando mencionó la cifra abstracta de seis millones, que a estas alturas ya resulta medio mística. Hausner todavía no demuestra nada, se limita a esbozar los antecedentes. Duda que este juicio saque por completo a la luz las raíces del mal, como tampoco sucedió en Núremberg. Será tarea de historiadores, sociólogos, escritores y psicólogos explicarle al mundo lo que le han hecho. Al parecer, Hausner sigue creyendo en una «explicación», pese a que al mismo tiempo habla de «romper el marco de la lógica humana». Detrás de esta realidad ya no hay explicación alguna. Es en sí misma una explicación de lo que es el ser humano. Es, por ahora, la última palabra.

Luego, el fiscal habla del efecto que tenía Hitler sobre su entorno, cita a Goethe refiriéndose a la «personalidad demoníaca» y aborda las fuentes del antisemitismo. Apenas añade nada nuevo a lo que ya se ha dicho sobre todas esas cosas. Pero probablemente tampoco sea esa su intención; su intención es difundir, dar al mundo una memoria. Al final de su introducción, cita el testamento de Hitler, en el cual, unos días antes de su muerte, cuando los cañones rusos ya podían oírse en su búnker de Berlín, encomendó al pueblo alemán la meticulosa observancia de las leyes de la raza y la resistencia implacable al «envenenador universal» de todos los pueblos: el judaísmo internacional.

Acto seguido, Hausner relata cómo se creó el aparato de terror, al que ya me he referido antes, aunque me detuve en el año 1938. Cuando se declaró la guerra en 1939, Himmler dividió sus SS en doce Hauptamter u oficinas centrales. Una de ellas era la Reichssicherheitshauptamt (RSHA) dirigida por Heydrich; en esa Oficina Central de Seguridad del Reich, que no tardó en controlar toda Europa y en tener agentes en todas partes, estaban organizados todos los servicios de la policía y los de seguridad e inteligencia. Puesto que a partir de aquel momento, Hitler se ocupaba casi exclusivamente de la guerra, el poder de Himmler y Heydrich aumentó inmensamente. La RSHA contaba con siete oficinas; una de ellas era el SD, que en la guerra ya tenía cerca de doscientos mil funcionarios. Un departamento especial del SD espiaba al servicio de espionaje del ejército, el Abwehr dirigido por Canaris. La oficina IV era la Geheime Staatspolizei-Amt (La Oficina de la Policía secreta del Estado), o Gestapo, bajo la dirección del SS-Gruppenfuhrer Heinrich Müller, el jefe directo de Eichmann. La sección IV B era la Gestapo; la subsección IV B1 el departamento de asuntos católicos; la IV B2, el de asuntos protestantes; la IV B3, el de todo tipo de sectas religiosas, y la sección IV B4 era el departamento de asuntos judíos. Eichmann recibió el mando de este último departamento. Fue una jugada astuta por parte de Heydrich dar a esta enorme oficina, que pronto tuvo que ocupar su propio edificio, una categoría administrativa insignificante. ¿Quién iba a suponer que una subsección, la IV B4, dirigía el exterminio de millones de judíos? Al mismo tiempo, esta tapadera brindaba a Eichmann la posibilidad de trabajar en un anonimato casi absoluto. Por ejemplo, es posible que ni siquiera Goebbels conociera su nombre. Por ese mismo motivo, su rango nunca fue superior al de Obersturmbannführer —teniente coronel—, sin embargo, tenía más poder que los ministros y comisarios del Reich o los generales del ejército.

Para finalizar este apartado, Hausner aborda detalladamente el principal instrumento de poder de las SS: los campos de concentración, y explica cómo estos se construyeron conscientemente para paralizar por completo a las personas, ya fuera mediante el hambre, las torturas o las ininterrumpidas escenas de ejecuciones. En la sala de costura podía suceder que, por casualidad, le dieran a alguien prendas de su esposa muerta o de sus hijos muertos, para que les quitara la estrella y zurciera los orificios de bala. Entonces, sus ojos centelleaban por un instante, pero enseguida se apagaban, no gritaba, no se volvía loco, sino que seguía remendando, insensible, la ropa para las mujeres y los niños alemanes.

Todo lo que cuenta Hausner sobre la vida de Eichmann coincide con lo que escribí antes. Habla de sus métodos unas veces violentos y otras reconfortantes con los judíos austríacos y checos. Cuando el fiscal explica cómo Eichmann abofeteó en una ocasión al líder de los judíos vieneses, el hombre enjaulado coge un trozo de papel y garabatea algo.

Hora tras hora, Hausner sigue explorando el terreno, una exploración que probablemente le llevará meses. Enumera las acciones de los representantes que Eichmann envió a Croacia, Grecia, Dinamarca, Rusia, los Países Bajos, Bulgaria, Luxemburgo y muchos otros países; explica que, como Grossmeister der Vemichtung (Gran maestro del exterminio), Eichmann encabezó personalmente un selecto grupo de bandidos en 1944 en Hungría y en cuestión de nueve meses transportó a casi medio millón de judíos a las cámaras de gas. Era de esperar que Hausner hiciera especial hincapié en este dato, puesto que en este caso Eichmann no puede apelar al tradicional Befehl ist Befehl: una orden es una orden. Al contrario: en octubre, Himmler le ordenó que pusiera fin a las deportaciones. A esas alturas, incluso el Reichsführer SS comprendía que la guerra acabaría mal. Himmler creía que los aliados estarían dispuestos a negociar con él, y no con Hitler, y que por consiguiente debía convertirse en el sucesor de Hitler, así que intentó borrar las huellas allí donde podía. Pero entonces, Eichmann deportó a los judíos en contra de las órdenes de Himmler: primero en trenes de mercancías abarrotados —noventa judíos por vagón, en cada cruce descargaban a los muertos y mataban de un tiro a los que se habían vuelto locos—, y al final a pie: marchas de la muerte, como nunca antes había visto el mundo. El comandante de Auschwitz Rudolf Höss las calificó de inhumanas.

Y cuando Hausner explica que, junto a estas acciones masivas, Eichmann todavía encontraba tiempo para impedir que uno u otro judío especial pudiera emigrar, y anuncia que dispone de innumerables ejemplos que presentará ante el tribunal, nosotros solo podemos mirar con perplejidad al hombre del traje oscuro. ¿Se trata del mismo hombre? Nadie acaba de comprenderlo. Él escucha inmóvil, y solo de vez en cuando mueve un dedo de sus manos cruzadas.

Ha llegado el momento de hablar de la Endlösung der Judenfrage, es decir, el asesinato de todos los judíos, que se decidió el 20 de enero de 1942 y cuya dirección recayó en Eichmann, con solo Heydrich y Himmler entre él y Hitler. Eichmann organiza la deportación de los guetos, busca en el pueblo polaco de Auschwitz un lugar adecuado para un campo de concentración, decide qué gas debe utilizarse (el plaguicida Zyklon B), observa las ejecuciones en masa de mujeres y niños en Rusia, ve como cientos de judíos desnudos son conducidos a las cámaras de gas, está presente cuando, después de su muerte, les arrancan a hachazos los dientes de oro de las mandíbulas. Y meses más tarde, envía las postales que les hizo escribir meses antes para sofocar los rumores sobre el exterminio de personas.

A pesar de todo esto, el periodista que está sentado a mi lado se ha quedado dormido en su silla. Abandono la sala de audiencias y me voy al piso de abajo a ver la televisión entre el repiqueteo de las máquinas de escribir, mientras Hausner ofrece una relación de los exterminios de judíos en Polonia y Rusia. En el televisor, las tomas de Eichmann se alternan con las de Hausner, y también con rostros del público presente en la sala. De repente veo que algunas personas lloran. También veo quiénes son, pero solo lo vemos nosotros: se trata de un circuito cerrado, en Israel no hay televisión. Entonces, la cámara enfoca al hombre dormido, junto al cual me hallaba yo. Se queda pegada a la figura, como si no diera crédito. Luego, la imagen salta abruptamente al rostro del juez Moshé Landau. Su rostro no delata nada.

(Continuará…)

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