La luna y seis peniques (III)

Somerset Maugham

 

 

CAPÍTULO XXIII

VEÍA a Strickland con bastante frecuencia y, de cuando en cuando, jugábamos al ajedrez. Las variaciones de su carácter me desconcertaban. A veces permanecía sentado, silencioso y como absorto, sin preocuparse de, persona alguna. En sus buenos momentos, por el contrario, hablaba con entusiasmo, si bien es cierto que con su falta de ilación acostumbrada. Sus conversaciones no tenían nada de extraordinario, pero los giros de su espíritu brutal y sarcástico eran imprevistos y, además, decía siempre cuanto pensaba, lo que nunca deja de interesar. Lejos de respetar la susceptibilidad de los demás, se empeñaba, precisamente, en herirla. Ciertos días, Stroeve, con su paciencia agotada, se iba resuelto a no ocuparse más de él; pero había en Strickland una fuerza misteriosa que atraía al voluminoso holandés a pesar de su voluntad. Era cuestión de tiempo; nunca demoraba en volver tan humilde como un perro azotado. Sin embargo, sabía muy bien que a guisa de acogida, recibiría el temido puntapié:

Y a mí, ¿por qué me toleraba Strickland? Nuestras relaciones eran singulares. Cierta vez me pidió que le prestara cincuenta francos.

—No puedo —le respondí.

—¿Por qué no?

—Sus necesidades no me —conmueven.

—Como usted sabe, no tengo un franco.

—Eso me es indiferente.

—¿Y si me muero de hambre?

—Puede creerme que no me preocupa en absoluto. Me miró un instante, mientras repasaba su barba.

Sonreí.

—¿De qué se ríe? —gruñó, con un destello de cólera en los ojos.

—Usted es un ser admirable; no se reconoce obligación alguna para con los demás; por lo tanto, nadie puede estar obligado para con usted.

—Quisiera ver la cara que usted pondría si yo, arrojado del cuarto en que vivo, por mora en el pago, me colgara de una viga y…

—Eso es cosa suya.

Strickland sonrió con desprecio.

—Usted bromea. Si aquello ocurriese, ¡qué de remordimientos acosarían su conciencia!

—Haga la prueba…

Pasó por sus ojos un gesto de indiferencia y removió su ajenjo en silencio.

—Una partida de ajedrez? —le propuse.

—Si usted quiere…

Colocamos las piezas y, cuando el tablero estuvo dispuesto, él se quedó mirándome con satisfacción. El jugador experimenta un sentimiento de suficiencia al ver sus piezas alineadas para el combate.

—¿Se imagina usted, en verdad, que voy a prestarle ese dinero?

—¿Qué podría impedírselo?

—Usted me sorprende.

—¿Por qué?

—En el fondo, usted es un sentimental, lo que me fastidia sobremanera. Habría preferido no oír esta ingenua llamada a mi compasión.

—Si se hubiese conmovido, yo lo habría despreciado.

—¡Vaya una cosa curiosa! —le aprobé riendo.

Comenzamos a jugar, y la partida nos absorbió luego. Cuando la hubimos concluido, dije a Strickland:

—Escuche usted: ya que se encuentra sin dinero, muéstreme sus cuadros. Si me agrada alguno, se lo compraré.

—¡Váyase al diablo!

Se levantó y se dispuso a partir. Lo detuve:

—¿Y no paga su ajenjo?

Lanzando un juramento tiró el dinero sobre la mesa y salió.

Pasaron varios días sin que nos encontrásemos. Por fin, una tarde en que yo, instalado en el café, leía el diario, entró y fue a sentarse a mi lado.

—¡Vamos! Por lo visto, no se ha colgado usted.

—No; tengo un trabajo. Estoy haciendo, por doscientos francos, el retrato de un plomero retirado de los negocios.

—¿Y cómo lo obtuvo?

—Por recomendación de mi panadero. Sabía que él deseaba tener su retrato, y, naturalmente, se acordó de mí. Le daré veinte francos de comisión.

—¿Y qué tal el modelo?

—¡Soberbio! Una cara de borracho, roja como una pierna de cordero asada, y en la mejilla derecha un enorme lunar erizado de largos pelos.

Strickland estaba en sus buenos días, y cuando Stroeve se nos reunió cargó contra él con una ironía feroz. Nadie podría negarle habilidad para descubrir los puntos sensibles del infortunado holandés. No sólo le disparaba la flecha del sarcasmo; blandía, además, el garrote de la invectiva. Lo repentino del ataque desconcertó a Stroeve. Parecía un cordero aturdido. El pobre pasó por un período de sobrecogimiento, por otro de estupor, y finalmente las lágrimas asomaron a sus ojos. Se podía detestar a Strickland, se podía hallar innobles sus procedimientos, pero no era posible contener la risa. El desgraciado Stroeve era uno de esos seres nacidos para hacer el ridículo hasta en las situaciones más patéticas.

Sin embargo, a él debo los recuerdos más agradables de aquel invierno parisiense. En su hogar se respiraba un ambiente muy grato. ¡Qué suave, qué quieta imagen la de aquella pareja cuyo candoroso amor irradiaba una gracia tranquila! Naturalmente, Dirk seguía siendo siempre grotesco; pero la sinceridad de su pasión lo hacía simpático. Yo creía adivinar los sentimientos de su mujer, y tanta tierna afección me conmovía. Si Blanca poseía el más remoto sentido del humor, debía reír de buenas ganas al verse sobre un pedestal y adorada con tanta ingenuidad. Pero, ¿cómo no ser feliz con un marido que era el tipo del enamorado fiel? Bien podía ella envejecer, perder la redondeada plenitud de sus líneas, su expresión conciliadora; para él seguiría siendo siempre la misma, la mujer más hermosa del mundo. Su vivienda se componía de un taller, un dormitorio y una pequeña cocina. Blanca se ocupaba de la casa. Mientras Dirk pintaba, ella salía de compras, preparaba las comidas, cosía, tan infatigable como la laboriosa hormiga. Y por las tardes, en el taller, siempre inclinada sobre sus costuras, escuchaba a Dirk interpretar una música que ella no comprendería jamás. Stroeve tocaba con gusto, muchas veces con bastante sentimiento, comunicando al piano su alma sencilla, exuberante y romántica.

Esta vida casi idílica alcanzaba una elevación singular. La sencillez que iba adherida a todos los actos y gestos de Stroeve era una nota curiosa, como una disonancia sin solución; era el menos vulgar y el más humano de sus rasgos, como una salida brutal que, lanzada en medio de una escena dramática realza la punzante belleza de ésta.

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CAPITULO XXIV

Poco antes de Navidad, Stroeve vino a invitarme a pasar la velada en su casa. Esta fecha hablaba a su sentimentalidad, y se había propuesto reunir a sus amigos con todas las ceremonias tradicionales. Desde hacía dos o tres semanas, ninguno de nosotros había visto a Strickland. Algunos camaradas que se hallaban de paso en París me habían absorbido el tiempo; en cuanto a Stroeve, después de una querella más violenta que las habituales, había jurado no volver a dirigirle la palabra. Pero la cercanía de las festividades lo enternecía. ¡El pobre Strickland pasaría la Navidad solo! Le atribuía espiritualidad, y no podía soportar que un día símbolo de la fraternidad humana el pintor, sin familia se encontrase abandonado a su melancolía. Stroeve había colocado un árbol de Navidad en su taller. Me parecía prever cuántos regalillos absurdos colgarían de sus ramas iluminadas. Sin embargo, temía volver a encontrarse frente a Strickland; el olvido demasiado rápido de las afrentas tiene algo de humillante. Por eso, quizá, prefirió hacerme testigo de la reconciliación.

Nos encaminábamos a la Avenue Clichy. Strickland no estaba en el café. Como hacía demasiado frío para sentarnos afuera, nos instalarnos en las banquetas tapizadas del interior. El humo de los cigarrillos hacía el aire irrespirable. Strickland no aparecía. Pero luego llegó el artista francés que ordinariamente jugaba con él al ajedrez.

Había hablado dos o tres veces con él, y vino a sentarse a nuestra mesa. Stroeve le preguntó si había visto a Strickland.

—Está enfermo —respondió—. ¿Lo ignoraban ustedes?

—¿De gravedad?

—Sí, si he comprendido bien.

Stroeve palideció.

—¿Cómo no me ha avisado? ¡Qué necio he sido al disgustarme con él! Vamos a verle en seguida. Debe estar solo. ¿Dónde vive?

—No tengo la menor idea —contestó el francés. Ninguno de nosotros sabía su dirección. Stroeve estaba cada vez más angustiado.

—¡Pensar que puede morir ignorado de todos! ¡Es horrible! Vamos.

En vano trataba yo de hacerle comprender lo insensato que era buscarle al azar en París. Ante todo había que preparar un plan.

—Sí —respondió—, pero perder este tiempo precioso es tal vez para peor. Un poco que demoremos, y ya puede ser demasiado tarde.

—Tranquilícese y déjeme reflexionar —le interrumpí con impaciencia.

Sólo conocía una dirección: el «Hotel des Belges», que Strickland había dejado hacía ya mucho tiempo, y donde de seguro ni siquiera lo recordarían. Con su manía de los misterios, debió haber callado su nuevo domicilio; por otra parte, la mudanza se remontaba a unos cinco años atrás, lo que, en verdad, para mí no era mucho. ¿Continuaría de otro modo frecuentando el mismo café? Por fortuna, recordé que gracias a las recomendaciones de su panadero le habían encargado un retrato, y se me ocurrió que este hombre podría orientarnos. Me procuré un anuario comercial y consulté la lista de los panaderos. Había tres en la vecindad inmediata. Era necesario visitarlos. Stroeve me acompañó de mala gana. Habría preferido recorrer las calles que desembocan en la Avenue de Clichy preguntando por Strickland de puerta en puerta. Los hechos me dieron la razón. En el segundo negocio que visitarnos, la cajera conocía a Strickland. Vivía en frente. El portero nos dijo que lo encontraríamos en el último piso.

—Parece que está enfermo —le dijo Stroeve.

—Es muy posible —respondió el portero con placidez—. Hace varios días que no lo veo.

Dirk subió precipitadamente la escalera. Cuando llegué a lo alto, él conversaba con un obrero en mangas de camisa, en cuya casa había golpeado. Este hombre indicaba una puerta. Según creía, el señor que vivía allí pintaba. Pero no lo veía desde hacía una semana. Stroeve dió un paso hacia la pieza de Strickland, y en seguida se volvió hacia mí con un gesto de duda. Temblaba de miedo.

—¿Y si ha muerto?

—No hay peligro.

Llamé. Nadie respondió. Tomé la perilla de la puerta, que no estaba cerrada con llave, y entré, seguido de Stroeve. En el cuarto reinaba la más densa obscuridad. Apenas si se distinguía que se trataba de una bohardilla de techo inclinado. A través de una pequeña lumbrera penetraba un débil resplandor, que no alcanzaba a transformar en penumbra la obscuridad.

—Strickland —llamé.

Nadie respondió. A mi espalda, Stroeve temblaba. En uno de los rincones de la pieza distinguí un lecho. ¿Encontraríamos un cadáver en él?

—¡Idiotas! ¿No tienen fósforos?

La voz de Strickland, que partía del fondo de esas tinieblas, me sobresaltó.

—¡Oh, Dios mío, lo creíamos muerto! —exclamó Stroeve.

A la pálida claridad de un fósforo, me puse a buscar una vela. Tuve la visión rápida de una pequeña habitación, medio dormitorio y medio taller; un lecho, algunas telas vueltas hacia el muro, un caballete, una mesa y una silla. No había chimenea. Sobre la mesa, entre algunas tacitas con pintura y dos o tres espátulas, había un cabo de vela. Strickland se hallaba tendido en un lecho demasiado pequeño para él, y se había echado encima, para abrigarse, cuanto había encontrado a mano. Bastaba verlo para comprender que tenía una fiebre feroz. Con la voz temblorosa de emoción, Stroeve se acercó a él:

—¡Oh, mi pobre amigo! ¿Qué tiene usted? No imaginaba que estuviese enfermo. Por qué no me avisó? ¡Bien sabe que yo haría cualquier cosa por usted! ¿Acaso por lo que le dije la última vez? Estuve muy precipitado. He sido un estúpido al enojarme.

—¡Váyase al diablo! —gruñó Strickland.

—Sea razonable. Déjeme instalarlo como es debido. No tiene usted nadie que le atienda?

Profundamente entristecido, dió una ojeada a la sórdida bohardilla. Luego trató de arreglarle la cama. Strickland, que respiraba con dificultad, guardaba silencio, profundamente irritado. Me dirigió una mirada llena de ira. Permanecí tranquilo, con los ojos fijos en él.

—Si tiene tanto empeño en hacer algo por mi, vaya a buscarme leche —dijo por fin—. Hace dos días que no puedo salir.

Divisé al pie de la cama una botella de leche, vacía. Cerca de ella y sobre un periódico, había algunas, migas de pan.

—Y qué ha comido usted? —le pregunté.

—Nada.

—¿Hace dos días que no come ni bebe? —exclamó Stroeve—. ¡Es horrible!

—Tenía algo de agua —dijo el enfermo, indicando una jarra con un brazo descarnado y velludo.

—Voy en seguida —dijo Stroeve—. Necesita algo más?

Le sugerí que trajera un termómetro, algunos racimos de uva y un poco de pan. Feliz con la idea de ser útil en algo, Stroeve se echó escaleras abajo con precipitación.

—¡Qué imbécil! —refunfuñó Strickland.

Le tomé el pulso. Latía con rapidez, pero débilmente. Le formulé dos o tres preguntas, mas sin obtener respuesta, y, como insistiera, Strickland se volvió, irritado, contra el muro. Diez minutos más tarde llegaba Stroeve rendido de cansancio.

Además de lo que le había indicado, traía varias velas, jugo de carne y una lámpara de petróleo. Listo y desenvuelto, se puso en seguida a preparar una sopa de leche. Tomé la temperatura al enfermo. ¡Tenía cuarenta grados y algunas décimas!

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CAPÍTULO XXV

PRONTO lo dejamos solo. Dirk se iba a comer a su casa. Me ofrecí para ir en busca de un médico y acompañarlo en seguida a examinar a Strickland; pero cuando estuvimos en la calle, felices de respirar el aire fresco —el ambiente viciado de la buhardilla nos tenía casi ahogados—, el holandés me pidió que lo acompañara a su taller. Sin querer explicarse, insistió con porfía. Como yo, en realidad, no viera lo mucho que podía hacer un médico en tales circunstancias, consentí. Blanca estaba disponiendo los cubiertos. Dirk se acercó a ella y le tomó las dos manos.

—Querida, tengo algo que pedirte —le dijo.

Ella levantó hacia él sus ojos con esa serena gravedad que era uno de sus principales encantos. El rostro de Dirk brillaba de transpiración y traicionaba una cómica agitación; pero sus ojillos redondos y admirados traslucían una ardiente claridad.

—Strickland está muy enfermo; moribundo, tal vez. Se halla solo en una bohardilla y sin nadie que lo atienda. Vengo a pedirte autorización para trasladarlo a nuestro taller.

Blanca retiró vivamente las manos. Nunca le había visto hacer un movimiento tan brusco. Sus ojos se enrojecieron:

—¡Oh, eso nunca!

—No te niegues querida. No puede permanecer donde se encuentra. Este pensamiento me impediría dormir.

—Si quieres ir a cuidarle, nadie te lo impide. Su voz tenía un timbre frío y seco.

—¿Y si se muere?

—Peor para él.

Stroeve se sobresaltó. Se pasó un pañuelo por la cara y me miró para implorar mi ayuda; pero yo no encontré nada que decir.

—Es un gran artista.

—Poco me importa. ¡Lo odio!

—¡Oh, amor mío, eso no es posible! ¡Te lo suplico, permíteme traerlo! Nos ocuparemos juntos de él. Quizá lo salvemos. No te molestará. Yo me encargaré de todo. Lo instalaremos en el taller. No podemos dejarlo reventar como un perro.

—¿Y el hospital?

—¡El hospital! Necesita manos tiernas; necesita ser tratado con extrema dulzura.

Yo estaba sorprendido de ver a Blanca tan agitada. Continuaba poniendo la mesa; pero sus manos temblaban.

—¡Me impacientas! —le dijo por fin—. ¿Te imaginas que si el enfermo fueses tú, él movería un dedo para ayudarte?

—¿Y qué importa eso? Te tendría a ti que me atenderías. Y, por lo demás, no entremos a comparar; yo no soy un genio.

—¡Vamos! Me exasperas con tu ingenuidad. Sólo estás contento cuando te pisotean.

Stroeve tuvo una pequeña sonrisa. Creí comprender la actitud de su mujer.

—¡Oh, querida mía, todavía recuerdas el día que vino a ver mis cuadros! ¿Qué significa que los haya encontrado malos? Fuí un idiota al mostrárselos, eso es todo. Ellos, por otra parte, no tienen nada de maravilloso, indudablemente.

Dirk paseó por el taller una mirada llena de desconsuelo. En el caballete, un campesino italiano levantaba, sonriente, un racimo de uva. A su lado había una muchacha de ojos negros.

—Aunque no le hubiesen gustado, bien pudo haber sido cortés. Pero, ¿por qué insultarte? Ha demostrado que te desprecia, y ahora tú le lames las manos. ¡Oh, lo odio!

—Amor mío, es un genio. Espero que no creerás que yo me imagino tenerlo… Pero, por lo menos, sé reconocer el de los demás, y lo admiro de todo corazón. El genio es lo más maravilloso del mundo; pero es también un pesado fardo para quien lo posee. Debemos mostrarnos muy pacientes e indulgentes con ellos.

Bastante molesto por esta escena doméstica, me mantenía a distancia, deseando pasar inadvertido. ¿Por qué había querido Stroeve mi presencia? Su mujer estaba a punto de llorar.

—Pero no sólo porque reconozco su talento es que insisto —continuó Stroeve—. Ante todo, se trata de socorrer a un ser humano enfermo y pobre.

—Nunca lo recibiré. ¡Nunca!

Stroeve se volvió hacia mí:

—Explíquele usted que se trata de una cuestión de vida o muerte. No podemos dejarlo en ese abandono.

—En verdad, sería mucho más cómodo atenderlo aquí —respondí yo—; pero también, ¡qué molestias ocasionaría! Seguramente habría que permanecer a su lado día y noche.

—Amor mío, ¿verdad que no serás —tú quién retroceda ante un pequeño sacrificio?

—¡Si él entra en esta casa, yo salgo de aquí! —declaró Blanca con violencia.

—¡No te reconozco! ¡Tú, tan suave, tan buena, tan caritativa!

—¡Oh, te lo ruego, tranquilízate! Me tienes loca.

Sus lágrimas desbordaron. Se echó entonces sobre una silla, ocultando el rostro entre las manos y sacudiendo convulsivamente los hombros.

Dirk cayó de rodillas, a su lado; la rodeó con sus brazos, la abrazó, le prodigó las más tiernas frases. Lloró también. Al cabo de un momento, ella se levantó y se secó los ojos.

—¡Déjame! —le dijo sin dureza.

Y dirigiéndose a mí con una pobre sonrisa:

—¿Qué pensará usted de mí?

Stroeve, perplejo y vacilante, la miraba de hito en hito. Su frente se había arrugado, sus labios rojos mostraban un gesto que nunca le había visto: el verdadero perfil de un jabalí espantado.

—Entonces, ¿quiere decir que no, querida? —concluyó, por fin. Ella hizo un gesto de fastidio.

—¡Estás en tu casa! Aquí todo te pertenece. ¿Cómo lo voy a impedir yo si tú quieres traerlo? La redonda faz de Dirk se iluminó.

—¿Consientes? ¡Ya sabía yo que no podrías negarte, tesoro mío!

De súbito ella volvió en sí —parecía no haberse dado cuenta en el primer momento de lo que acababa de decir su marido— y lanzó sobre Stroeve una mirada huraña. Al mismo tiempo, como para detener sus insoportables latidos, se comprimió el corazón con las dos manos.

—¡Oh! Dirk, desde que nos conocemos no te he pedido nunca nada.

—Yo haría cualquier cosa por ti, bien lo sabes. —Te suplico que no me impongas la presencia de Strickland. Aparte de él, a quien quieras: a un ladrón, a un borracho, al último vagabundo de esas calles; te prometo recibirlos a todos lo mejor posible y de buen corazón. Pero en cuanto a Strickland…

—Bueno, ¿y por qué?

—Tengo miedo…, no comprendo. Me aterra. Nos hará mucho mal. Lo sé, lo siento. Si él viene, todo terminará en una desgracia.

—¡Pero tú desatinas!

—No, no. Sé que es la verdad. Algo terrible nos sucederá.

—¿Por haber hecho una buena acción?

Ahora Blanca jadeaba. Su rostro reflejaba una angustia inexplicable. Un temor sin nombre la dominaba. Su tranquilidad habitual hacía aún más extraña esta agitación.

Stroeve la miró, consternado.

—Eres mi mujer. Nadie está por encima de ti en mis afectos, y en mi casa no entrará nadie sin tu consentimiento.

Blanca cerró los ojos, como si fuera a desmayarse. Nunca la habría creído tan nerviosa. Entonces volví a oír la voz de Stroeve, que sonó en el silencio con un acento extraño:

—¿No te han tendido nunca una mano generosa cuando te has hallado en una angustia amarga? Sabrás entonces lo que es eso. ¿Y vas a negarte tú a alargarla a un desgraciado cuando se presenta una oportunidad?

Estas palabras no tenían nada de extraordinario, Pero su tono presuntuoso me hizo sonreír. Por lo mismo, me sorprendió su efecto. Blanca se estremeció y envolvió a su marido en una larga mirada. Los ojos de Dirk estaban fijos en el suelo. No comprendí qué podía confundirlo. Un ligero rubor subió a las mejillas de su mujer, para palidecer luego más y más hasta tornarse casi blanca. Toda su sangre pareció agolparse en el corazón. Un calofrío la sacudió. Habríase dicho que el silencio se materializaba a nuestro alrededor, en una presencia palpable. Me hallaba confundido.

—Tráelo. ¡Haré por él todo lo que pueda!

—¡Amor mío!

Stroeve quiso tomarla en sus brazos, pero ella se desprendió:

—Nada de efusiones ante extraños, Dirk. Es grotesco.

Blanca había recuperado el dominio de sí misma. No subsistía vestigio alguno de la emoción que acababa de agitarla.

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CAPÍTULO XXVI

AL día siguiente trasladamos a Strickland. Fue necesaria mucha insistencia, y todavía más paciencia para que aceptara; pero estaba demasiado enfermo para poder resistir las instancias de Stroeve y la tenacidad mía. A pesar de sus sordas maldiciones, lo vestimos, lo metimos en un coche y lo subimos luego hasta el taller del holandés. Estando, como estaba, con sus fuerzas agotadas, se dejó acostar sin mayores protestas. La enfermedad duró seis semanas. Una vez creímos que se moría. Estoy convencido de que debe su vida a la paciencia y firmeza de Dirk. Nunca he visto un enfermo más difícil de atender. No porque fuera exigente o quejumbroso, pues no se quejaba jamás, no pedía nada, ni siquiera hablaba; sino porque parecía recibir con disgusto los cuidados que se le prodigaban. A cada manifestación de interés que se le hacía respondía con una mueca, un sarcasmo, un juramento. ¡Insoportable personaje! Tan pronto como estuvo fuera de peligro, no tuve escrúpulo alguno en echárselo en cara:

—¡Váyase al diablo! —me respondió.

Stroeve había abandonado todos sus trabajos para dedicarse por entero a Strickland. Lo cuidaba con ternura y devoción; se ingeniaba de mil maneras para aliviarlo; imaginaba ardides increíbles para inducirle a ingerir las drogas prescriptas. Nada lo desalentaba. Sus recursos bastaban apenas para las necesidades de su hogar; no tenía, por cierto, dinero que derrochar. Sin embargo, compraba sin vacilar las cosas más caras, con tal de tentar el caprichoso apetito del enfermo. No olvidaré jamás la paciencia llena de tacto con que le persuadía de la necesidad de alimentarse. Las maldiciones de Strickland no lo afectaban. Si Strickland regañaba, él fingía no oírlo; si se mostraba agresivo, se conformaba con reír. Cuando el paciente, ligeramente aliviado, se manifestaba de buen humor y se divertía burlándose de él, Dirk acentuaba su ridiculez para provocar sus chistes. ¡Qué miradas deslumbrantes me echaba entonces para hacerme ver la notable mejoría de Strickland! Stroeve era sublime.

Pero su mujer me sorprendía más aún. Se revelaba una enfermera no menos asidua que hábil. Ningún rasgo de su actitud hacía recordar su vehemente oposición del día en que su marido habló por vez primera de instalar a Strickland en el taller; al contrario, ahora parecía empeñarse en tomar parte en las atenciones del enfermo. Se dedicaba a cambiar sus sábanas sin molestarlo, lo lavaba con toda solicitud. Como admirara su destreza, me respondió, con su minúscula sonrisa en los labios, que había trabajado antes en un hospital. Jamás dejó traslucir su odio encarnizado por el intruso. Le hablaba poco, es verdad; pero era porque preveía sus deseos. Durante la primera quincena fué necesario pasar las noches a su lado; Stroeve y su mujer se turnaron. ¿En qué pensaba ella, sentada a la cabecera del enfermo, durante las largas horas de obscuridad? Ante Strickland tendido en el lecho, más esquelético que nunca, yo experimentaba una impresión de siniestra fascinación. Su barba rojiza había crecido como una maleza; sus ojos afiebrados, desorbitados por la enfermedad, brillaban, fijos en el vacío, con un resplandor insólito.

—¿Habla durante la noche? —pregunté cierta vez a Blanca.

—Nunca.

—¿Lo sigue odiando usted?

—Más que nunca.

Me miró entonces con la tranquila mirada de sus ojos grises. Al ver su plácido rostro, no era fácil creerla capaz de la violencia que había presenciado.

—¿Le ha agradecido siquiera cuanto ha hecho por él? No —respondió decepcionada.

—Es abyecto.

—¡Abominable!

Stroeve, por cierto, desbordaba de admiración ante la inagotable bondad de su mujer. ¡Con qué serenidad había aceptado todas las fatigas! Pero la relaciones de Blanca y Strickland lo desconcertaban.

—¿Creerá usted —me decía— que los he visto permanecer horas enteras sin cambiar una palabra?

Strickland mejoraba visiblemente. En uno o dos días más podría levantarse. Nos hallábamos reunidos todos en el taller. Yo charlaba con Dirk. Blanca zurcía, y me pareció reconocer una dé las camisas de Strickland entre sus manos. Tendido de espaldas, éste guardaba silencio. Vi detenerse sus ojos sobre la mujer de Stroeve y pintarse en su rostro un gesto de ironía. En ese instante, ella levantó la vista y sus miradas se cruzaron. No comprendí lo que reflejaba la de Blanca. Se leía en su faz una perplejidad singular, y tal vez – ¿mas por qué? —una cierta angustia. Por fin, Strickland se dió vuelta y se puso a examinar el techo con descuido. Ella continuó observándolo, y de repente su fisonomía tomó una expresión indefinible:

Pronto dejó Strickland la cama. No le quedaba más que la piel y los huesos. La ropa le quedaba como los jirones de un espantajo. Su barba hirsuta y sus cabellos de apóstol, sus rasgos, ya de ordinario más acentuados que lo que manda Natura, y ahora exagerados por la enfermedad, le daban un aspecto extraordinario, demasiado extraordinario, no obstante, para poder calificarlo sencillamente de feo. Su espalda, ancha e inelegante, no excluía la grandeza. ¿Cómo describir la impresión que me producía? A pesar de la casi transparencia de su envoltura carnal, es difícil hablar de espiritualidad; su aspecto acusaba una sensualidad demasiado brutal, pero, a pesar de la aparente contradicción, esta sensualidad deslindaba con lo inmaterial. Algo de primitivo emanaba de su persona. Diríase que procedía de esas fuerzas obscuras que los griegos personificaban bajó formas medio humanas y medio animales, como el sátiro y el fauno. Pensaba en Marsyas desollado, cuyo canto quiso rivalizar con el de Dios. En el corazón de Strickland vibraban armonías desconocidas, flotaban formas nebulosas. Preveía para él un fin de torturas y desesperanzas.

Demasiado débil aún para volver a pintar, permanecía sentado en el taller, sin moverse, sin pronunciar una palabra, absorbido sabe Dios en qué sueños y fantasías. También solía leer. Sus aficiones me admiraban. Devoraba los poemas de Mallarmé, moviendo los labios a la manera de los niños. ¿Qué misteriosas emociones podían aportarle aquellas frases sutiles y obscuras? De Mallarmé, pasaba a las novelas policiales de Gaboriau. La elección de sus lecturas revelaba los rasgos incompatibles de su naturaleza extravagante. ¿No era curioso, además, comprobar que sobre su estado de debilidad permanecía indiferente a las comodidades? Stroeve era aficionado a la comodidad. Tenía en el taller dos mullidos sillones y un gran diván acolchado. Strickland no se sentó nunca en ellos. No porque presumiese de estoicismo, pues cierto día lo encontré solo en el taller y sentado en un banco de tres patas, sino porque no sabía apreciarlos. Una silla de cocina era su preferida. ¡Cómo me exasperaba! No había visto jamás un ser humano tan totalmente desprendido del medio que le rodea.

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CAPÍTULO XXVII

PASARON dos o tres semanas. Una mañana, habiendo concluido una parte de mi trabajo, resolví darle un descanso, y me dirigí al Louvre. Vagué largo ato por sus salas, mirando los cuadros que tan bien conocía. Mi imaginación se adhería a las impresiones que me evocaban. De súbito, divisé a Stroeve en la gran galería. Al ver a aquel hombrecillo medrado y regordete hube de vencerme, como de costumbre, para retener una sonrisa; pero, al aproximarse, descubrí en la expresión de su fisonomía un sello de angustia que me impresionó vivamente. El pobre diablo que se ha caído al agua y ha escapado milagrosamente de la muerte tiene esta traza mísera entable cuando, tiritando aún, se da cuenta de que su situación no pasa de lo grotesco.

Dirk volvió la cabeza, y su mirada se detuvo en mí, pero sin reconocerme. Tras los lentes, sus ojos azules parecían inconscientes.

Lo llamé.

El holandés, sorprendido, sonrió con ingenuidad.

—¿Por qué anda usted con ese aspecto? —le pregunté, tratando de ser jovial.

—Hacia mucho tiempo que no entraba en el Louvre, y he venido a ver si hay algo nuevo.

Pero yo creía que usted tenía un cuadro que terminar esta semana.

—Strickland está pintando en mi taller.

—Bueno, ¿y qué hay con eso?

—Yo mismo se lo ofrecí. No está aún lo suficientemente fuerte para que vuelva a su bohardilla. Creí que podríamos pintar los dos. ¡Cuántos camaradas comparten sus talleres! Siempre he pensado que sería ideal tener alguien con quien conversar cuando se está cansado de trabajar.

Dirk cortaba su narración con pequeños silencios dolorosos; en sus ojos bovinos, fijos en los míos, brillaban dos lágrimas.

—¿Y entonces? —le repetí—. No comprendo nada.

—Strickland necesita estar solo para trabajar.

—¡Dios mío! ¡Pero si el taller no es suyo!

Stroeve guardó silencio.

—¿Qué ha ocurrido? —le pregunté con energía.

Vaciló y enrojeció. Su mirada se desvió, llena de vacilación, hacia uno de los cuadros.

—No me ha permitido pintar. Me dijo que ¿por qué no lo mandó usted al demonio? Me puso en la puerta. ¿Podía yo luchar con él?

Tiró el sombrero y cerró luego la puerta con llave.

Y lo escuchaba exasperado, lleno de indignación. La corrida continencia de Dirk me dió deseos reír, lo confieso avergonzado.

—Y a todo esto, ¿qué dice su mujer?

—Iba de compras.

—¿La dejará Strickland entrar?

—No tengo idea.

Miré perplejo a Stroeve. Me parecía un colegial pillado por su maestro en el momento de cometer a falta.

—Cree usted necesario que yo lo desembarace Strickland?

Dirk tembló, y su brillante rostro enrojeció.

—No; es preferible que usted no se mezcle en el asunto.

Saludó y se alejó. Evidentemente, temía la discusión. Imposible comprenderlo.

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CAPITULO XXVIII

EL enigma me fué despejado una semana más tarde. Serían las diez de la noche, cuando, después de una comida solitaria, acababa de llegar a mi departamento y me disponía a leer. Oí la campanilla y fui a abrir. Me hallaba frente a Stroeve.

—¿Puedo entrar?

En la penumbra de la entrada, no lo veía bien; pero me llamó la atención el timbre de su voz. Si no hubiera conocido sus hábitos de sobriedad habría creído que estaba un poco ebrio. Lo hice pasar y le ofrecí asiento.

—¡Gracias a Dios que lo encuentro! —exclamó.

—¿Qué le ocurre? —le pregunté, inquieto ante su agitación.

Ahora podía examinarlo con comodidad. El desorden de su ropa me sorprendió. No cabía duda: había bebido. Estuve a punto de hacerle una broma.

—No sabía dónde ir —expresó—. Pase por aquí hace ya un rato; pero usted no estaba.

—Comí un poco tarde.

Cambié de opinión: no era el alcohol lo que lo había transformado. Su tez, en general tan rosada, estaba marmórea. Sus manos temblaban. Le pregunté:

—Qué le ha pasado?

—Blanca se ha fugado…

Hablaba con dificultad. Por fin, lanzó un suspiro las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus redondas mejillas. Enmudecí de estupor. Mi primer pensamiento fué que su exagerada antipatía por Strickland había concluido por exasperarla, y que, ante la última hazaña de tan cínico personaje, había exigido su expulsión. A pesar de su calma aparente, sabía capaz de un arrebato; si Stroeve se había tinado, podía muy bien haber dejado el taller jurando no volver más a él. Esta vez la angustia del generoso holandés me impedía sonreír.

—No se aflija usted, hombre. Ya volverá a verla. Es un arranque de mujer encolerizada.

—Usted no comprende. Se ha enamorado de Strickland.

La idea me hizo estremecer; pero apenas hube recuperado la plena posesión de mi espíritu, reconocí lo absurdo de ella.

—¿Cómo puede ser tan ingenuo? Supongo que no va a ocurrírsele tener celos de Strickland… reprimí una carcajada y continué—: Usted sabe muy bien que no podía soportarlo.

—Usted no comprende nada repitió Dirk.

—Y usted desatina —le interrumpí, impaciente—. Permítame ofrecerle un whisky.

Supuse que, por una o por otra razón —y sólo Dios sabe el ingenio de los hombres para atormentarse— se había apoderado de Stroeve la idea de que Strickland gustaba a su mujer. Con su torpeza habitual, seguramente la había herido. Para vengarse, ella se había empeñado en excitar sus celos.

—Escúcheme —le dije—. Vuelva usted a su casa y trate de enmendar su sinrazón de cualquier manera honorable. No va usted a decirme que su mujer es rencorosa.

—¡Cómo quiere usted!… —gimió, entristecido—. Ellos están en mi casa. Les he cedido el departamento.

—¡Bueno, entonces no es su mujer quién lo ha abandonado! Confiese: ¿es usted quien ha huido?

—No me hable así, se lo ruego…

¿Cómo tomar en serio esta historia? No creía una palabra. Pero el pobre hombre era verdaderamente muy desgraciado.

—En fin, ya que ha venido a verme, cuénteme todo.

—Esta tarde mi paciencia llegó a su término. Hable seriamente a Strickland y le hice ver que, ahora que estaba repuesto, haría muy bien en volver a su casa. Necesitaba mi taller.

—Nadie, salvo Strickland, habría esperado que le dijeran algo semejante —observé—. ¿Y qué le respondió?

—Se rió. Usted conoce su manera de reír; no como si se divirtiera, sino como si encontrara estúpido al que tiene por delante. Comenzó a juntar sus cosas. Yo le había traído de su casa, como usted recordará, todo lo que podría necesitar, y pidió a Blanca papel e hilo para hacer un paquete.

Stroeve se interrumpió. Respiraba con dificultad.

Creí que iba a desmayarse. Su relato tomaba un giro inesperado.

—Ella estaba muy pálida; pero le trajo el papel y el hilo. Strickland guardaba silencio. Preparaba su paquete silbando, sin ocuparse de nosotros. Un pensamiento diabólico hacía brillar sus ojos. El corazón me pesaba como plomo. Estaba arrepentido de mis palabras. Hecho el paquete, buscó su sombrero, y entonces Blanca dijo: «Me voy con Strickland, Dirk. No puedo vivir contigo». Quise hablar, pero no pude pronunciar una palabra. Strickland no despegaba los labios. Seguía silbando como si nada de eso le concerniera.

Stroeve se detuvo una vez más y se sonó ruidosamente. Ya no vacilaba; ahora no había duda posible …

Sin embargo, existía algo que no comprendía.

Entonces, fundido en lágrimas y con voz temblorosa, Stroeve me explicó el resto.

Se había acercado a su mujer para tomarla entre sus brazos; ella lo había rechazado. Le había suplicado que no lo abandonase. Ni su amor apasionado, ni su abnegación de todas las horas, ni la felicidad pasada, evocada sin cólera, sin reproches, habían logrado conmoverla.

«—Dirk, déjame partir en paz. No ves que quiero a Strickland? Iré donde él vaya.

»—¿Y no sabes tú que él no podrá hacerte feliz? Por ti misma te ruego que no te vayas. No imaginas lo que te espera.

»—La culpa es tuya. Tú lo trajiste casi a la fuerza». Dirk se dirigió entonces a Strickland:

«—Tenga usted compasión de ella. No le permita cometer semejante locura.

»—Eso es asunto suyo. Nadie la obliga a venir.

»—Ya he tomado mi resolución —dijo Blanca, con frialdad».

La insolente calma de Strickland terminó por hacer perder Stroeve su ordinaria tranquilidad. Un furor ciego se apoderó de él, y lo lanzó precipitadamente sobre el seductor de su mujer. Strickland tambaleó, mas, a pesar de su enfermedad, conservaba aún un poco de vigor, y en un instante Stroeve rodó por el suelo.

«—¡Pobre infeliz! —dijo entonces Strickland».

Stroeve se levantó. Blanca permaneció impasible. ¡Ser tratado de este modo en su presencia! En la lucha, sus anteojos habían caído. No los encontraba. Ella los recogió y se los alargó sin pronunciar una palabra. De súbito, él rompió a llorar, ocultando la cara entre las manos. Los otros lo observaban silenciosos e inmóviles.

«—¡Amor mío! —gimió por fin—. ¿Cómo puedes ser tan cruel?

»—No es culpa mía, Dirk.

»—Te he adorado como no lo ha sido nunca una mujer. Si te he disgustado, ¿por qué no me lo dijiste? Habría cambiado. He hecho todo por ti».

Ella no respondió. Su rostro seguía helado, indiferente. Dirk no lograba enternecerla. Blanca tomó su abrigo, se puso el sombrero y avanzó hacia la puerta. Un instante más y desaparecía. Stroeve se precipitó hacia ella y, olvidando toda dignidad, cayó de rodillas y le agarró las manos.

«—¡Querida, no te vayas, no puedo vivir sin ti; me mataré! Si te he herido, perdóname. Dame una última oportunidad. Me esforzaré una vez más por hacerte feliz.

»—Levántate, Dirk. Haces el ridículo».

Stroeve se puso de pie, fuertemente asido a ella.

«—¿Adónde vas a ir? —prosiguió con calor—. No conoces el cuchitril de Strickland; allí no puedes vivir: sería horroroso.

»—Si yo me acomodo, ¿qué te puede importar?

»—Espera un minuto. Escúchame.

»—¿Con qué objeto? Ya he tomado mi decisión, y nada me hará desistir». Dirk se sofocaba.

«—No es ésa la cuestión —continuó—; te suplico que me concedas un minuto. Es lo último que pido. No me lo niegues».

Ella se detuvo y lo miró con esos ojos pensativos que para él no reflejaban sino indiferencia. En seguida, Blanca se acercó hasta la mesa y se apoyó ella.

«—¿Y bien?».

Con un esfuerzo enorme, Stroeve consiguió volver en sí.

«—Sé razonable. No vas a poder vivir de aire ocho tiempo… Strickland no tiene un franco.

»—Ya lo sé.

»—Llevarás una existencia imposible. ¿Ignoras por qué ha tardado Cante en reponerse? ¡Estaba medio muerto de hambre!

»—Ganaré dinero para él.

»—Cómo?

»—Buscaré. Ya encontraré un medio».

Un pensamiento terrible cruzó el espíritu del holandés.

»—Estás loca. ¿Qué te ha ocurrido?».

Ella se encogió despectivamente de hombros.

«—¿Puedo irme ahora?

»—Espera otro momento».

Stroeve recorrió el taller con una mirada llena de fastidio. Sólo la presencia de su mujer daba alegría a aquella estancia, y la hacia íntima y amable en su hogar. Cerró luego los ojos, como para grabar esta visión en su recuerdo y, en seguida, se levantó y cogió su sombrero.

«—No; soy yo quien se irá.

»—¿Tú?».

Ella estaba estupefacta.

«—La idea de que te halles en esa horrible bohardilla me sería insoportable. Después de todo, estarás aquí en tu casa con la misma razón que yo. Aquí vivirás, por lo menos sin grandes privaciones».

Abrió el cajón donde guardaba el dinero, y sacó de él algunos billetes.

«—Quisiera dejarte la mitad de lo que tengo».

Colocó varios billetes sobre la mesa. Ni Blanca ni Strickland pronunciaron una palabra. En seguida tuvo una idea:

«—¿Quieres empaquetar mi ropa y entregársela a la portera? Vendré a buscarla mañana —se esforzó por sonreír—. Adiós, querida. Te agradezco toda la felicidad que me has dado». Salió y cerró la puerta tras él.

Me pareció ver a Strickland arrojando entonces su sombrero sobre la mesa, sentándose en su banco de tres patas, y encendiendo un cigarrillo, exclamar para sí:

¡Qué imbécil!

.

CAPITULO XXIX

REFLEXIONÉ durante un momento sobre lo que Stroeve acababa de referirme. En mi silencio, él sentía mi desaprobación.

—Usted conoce las costumbres de Strickland —explicó tímidamente—. ¿Podía yo dejar que mi mujer viviese en semejante miseria?

—Eso es asunto de ella.

—¿Qué habría hecho usted en mi lugar?

—Blanca sabía lo que hacía. ¡Tanto peor para ella!

—Usted puede decir eso… porque no la quiere.

—¿La quiere usted aún?

—Más que nunca. ¿Concibe usted a una mujer feliz con Strickland? Esto no durará mucho. Quiero que sepa que no la abandonaré jamás.

—¿De modo que usted estaría dispuesto a perdonarla?

—Sin vacilar. ¡Entonces reconocería ella la falta que le hago! Sola, humillada, con el corazón hecho trizas, sin nadie que la acoja… ¡Oh, aquello sería horrible!

No parecía guardar rencor alguno… Sin duda, era un prejuicio estúpido; pero tanta bondad me chocaba. Seguramente, Dirk adivinó mi sentimiento porque prosiguió:

—No esperaba ser amado como yo la amaba, por cierto. Con este aspecto de bufón que tengo no llevo muchas probabilidades de gustar a las mujeres. ¿Cómo voy a censurarla por haberse enamorado de Strickland?

—Decididamente, usted carece del más elemental amor propio.

—¡La quiero más que a mí mismo! Creo que cuando el amor propio se mezcla al amor, es porque en el fondo uno se ama a sí mismo por sobre todo. El regreso al hogar del marido hastiado de la aventura, la reanudación de la vida en común, es algo corriente: todos lo encuentran natural. ¿Por qué han de ser otras las reglas cuando se trata de la mujer?

Muy a mi pesar, lo confieso, sonreí.

—¡Yaya una lógica! ¡Lo sensible es que todos los hombres no piensen como usted!

De súbito vino a mi memoria el recuerdo de aquella expresión indefinible que se traslucía en los ojos de Blanca. ¿Comenzaba ya a adquirir conciencia del amor que se apoderaba de ella?

—¿No tuvo usted alguna sospecha antes? —le pregunté.

Dirk no respondió. Había un lápiz sobre la mesa, y él, con un gesto maquinal, lo tomó y se puso a garabatear un papel.

—Si mis preguntas le disgustan, nada le obliga a responder.

—Al contrario, ¡qué gran alivio siento al hablar! ¡Oh!, ¿cómo explicarle la terrible angustia de mi corazón?

Lanzó lejos el lápiz.

—Sí; lo sabía desde hacía quince días. Lo supe antes que ella.

—¿Por qué no invitó entonces a Strickland a retirarse?

—No podía creerlo. Aquello parecía imposible. Era más que improbable, inverosímil. Me decía: sólo son celos. Siempre he sido celoso; pero había logrado disimularlo. Celoso de todos los hombres que ella conocía; celoso hasta de usted. Blanca no me quería como yo la quería. Y era lo natural, ¿verdad? Pero me permitía amarla, y eso bastaba para mi felicidad. Voluntariamente, salía durante horas enteras, para dejarlos solos; quería castigarme por esas sospechas indignas de mí. Y, al volver, comprendía que los importunaba. No a Strickland, a quien poco importaba que yo estuviese o no, sino a Blanca. Mis besos la estremecían de horror. Cuando por fin tuve la certidumbre, no supe qué hacer. ¿Una escena? ¡Se habrían burlado de mí! Creí preferible disimular, guardar silencio; seguro de que todo concluiría por arreglarse. Para ello era indispensable deshacerme de Strickland con suavidad, sin discusión. ¡Oh, si usted supiera cuánto he sufrido!

Una vez más me relató su tentativa para alejar a Strickland. Por cierto, él no esperaba otra cosa, y comenzó en el acto sus, preparativos. ¿Y cómo prever entonces la decisión de Blanca? Comprendí que, de todo corazón, Dirk deploraba haber hablado. ¡La angustia de los celos era menos cruel que la separación!

—Tuve ganas de matarlo; pero sólo conseguí cubrirme de ridículo.

Hubo un largo silencio. Por fin, dejó escapar lo que yo estaba leyendo en su espíritu.

—¡Si siquiera hubiese esperado algunos días! No debí precipitarme. ¡Oh, pobrecita, a lo que la he obligado!

Me encogí de hombros. Blanca no me inspiraba simpatía alguna; mas lo que pensaba de ella habría afligido al desolado Dirk.

—Y ahora, ¿qué piensa hacer, usted? —le dije para concluir.

—¿Qué puedo hacer? ¡Esperar que me llame!

—¿Por qué no se va de París por algún tiempo?

—No, no. Es necesario que ella me encuentre cuando me necesite.

Stroeve parecía completamente desamparado. Le aconsejé que se acostara; pero objetó que no podría dormir: Quería salir, caminar por las calles hasta el amanecer. Le era imposible abandonarse a sí mismo. Lo persuadí que pasara la noche conmigo, y le cedí mi cama. A mí me bastaría con el diván. Rendido, agotado, se dejó convencer. Le obligué a tomar una dosis de veronal: era la paz de la conciencia durante algunas horas. ¿Qué mejor servicio podía hacerle?

.

CAPÍTULO XXX

PERO mi lecho improvisado carecía de mayores comodidades. Durante esa noche de insomnio, repasé en mi mente las confidencias del desgraciado.

La acción de Blanca Stroeve no me intrigó mayormente, pues la tomé por el resultado de una simple atracción física. No creo que nunca haya amado, verdaderamente, a su marido, y que lo que parecía amor no era más que la respuesta femenina a las caricias y al bienestar que en la mente de la mayoría de las mujeres pasa por amor. Es un sentimiento pasivo capaz de despertarse por cualquier objeto, como puede crecer la vid adherida a cualquier árbol; y la sabiduría del mundo reconoce su fuerza cuando aconseja a las muchachas casarse con el primero que las pretenda, en la seguridad de que el amor llegará. Es una emoción compuesta por la satisfacción de sentirse segura, por el orgullo de la propiedad, el placer de ser deseada, el halago de un hogar y una amable vanidad, a lo que la mujer aduce un valor espiritual. Es una emoción que no tiene defensa contra la pasión. Sospeché que la violenta aversión que Blanca sentía por Strickland tenía por origen cierto elemento de atracción sexual.

Quién soy yo para descifrar las misteriosas complicaciones del sexo? Quizás la pasión de su marido excitaba, sin satisfacerla, esa parte de su naturaleza, y ella odiaba a Strickland porque sentía que él poseía el poder de darle lo que hacía falta a su modalidad material. Creo que fué sincera cuando se opuso al deseo de su marido de llevar a Strickland al taller. Tal vez le temía, sin saber por qué, y recuerdo que presentía un desastre. Es posible que el horror que tenía al pintor no era más que el reflejo del que se tenía a sí misma al sentirse perturbada ante esa presencia salvaje y descuidada, grande y fuerte, con sensualidad en la boca y desprecio en los ojos. Era inevitable amarlo u odiarlo, y ella lo odiaba.

Pienso que después, la diaria intimidad con el enfermo debió haberla conmovido extrañamente. Le levantaba la cabeza para alimentarlo y la sentía pesada en la mano; después debía secarle la boca sensual y la barba roja. Debió lavarle los brazos y las piernas cubiertas por un vello espeso. Y al secarle las manos, las hallaba fuertes y vigorosas a pesar de la debilidad del enfermo. Sus dedos largos, dedos hábiles y creadores de artista, quién sabe qué pensamientos perturbadores habrán despertado en ella. El enfermo dormía muy tranquilamente, sin t moverse, parecía muerto, y ella pensaba en los ensueños que él estaría soñando. ¿Soñaría con ninfas que corrían por los bosques de Grecia perseguidas por un sátiro? Ella huía entonces desesperada, con pie alado, pero cada vez lo sentía más cerca, hasta que el aliento del perseguidor le calentaba la nuca… Seguía huyendo, y él, tenaz y silenciosamente, la acosaba, y cuando al fin la alcanzó, ¿fué terror o éxtasis lo que sintió su corazón?

Blanca se encontraba en las garras crueles del hombre. Tal vez odiaba todavía a Strickland, pero lo deseaba, y todo lo que había compuesto su vida hasta ese momento no contaba para nada. Dejó de ser una mujer amable, compleja, considerada y egoísta al mismo tiempo; era una hembra, era el deseo.

Pero tal vez todo esto no sea más que fruto de mi imaginación. Quizás ella estuviera simplemente harta de su marido y lo que la llevó hacia Strickland no fué más que la curiosidad. Quizás no sentía ni amor ni odio por él, y cedió al deseo por no tener otra cosa que hacer, para darse cuenta, demasiado tarde, de que estaba presa en una trampa preparada por ella misma. Cómo podía saber yo qué pensamientos y emociones escondía esa frente plácida y aquellos ojos frescos, grises?

La conducta de Strickland también seguía siendo un enigma. En vano me atormentaba reflexionando sobre esta acción tan contraria a la idea que me había formado de él. Que burlara la confianza de un amigo, que no vacilara en satisfacer una fantasía, sacrificando la felicidad de otro, eran rasgos que estaban de acuerdo con su carácter. Ignoraba lo que eran la gratitud, la piedad, y ninguno de los escrúpulos que nos detienen en nuestros impulsos existían para él. Habría sido tan absurdo criticarlo como reprochar al tigre sus instintos sanguinarios. Pero el capricho en sí era algo que no podía comprender.

No concebía a Strickland enamorado de Blanca. No lo creía capaz de amar. No supone el amor, ante todo, una ternura? Pues bien, Strickland no conocía la ternura, ni consigo mismo ni con los demás.

El amor es exclusivo: arrebata de sí mismo al enamorado. Ni el amante más experimentado cree por un momento que su amor tendrá fin. Sus ilusiones pasan a ser una realidad, y se aferra a ellas como a algo tangible. Juguete de una fuerza extraña, pierde su libre albedrío. En una palabra, el amor no está nunca exento de sentimentalidad. Ahora bien, de todos los hombres que había conocido, Strickland era el menos inclinado a esta flaqueza. Jamás habría soportado ser poseído por el amor, someterse a su yugo. Así tuviera que desgarrarlo, hacerlo pedazos, habría arrancado de su corazón todo lo que pretendiera levantarse contra él, y esa aspiración misteriosa que le impulsaba ciegamente hacia un destino desconocido.

Si he logrado reflejar la completa impresión que me producía Strickland, se comprenderá que me pareciera a la vez demasiado grande y demasiado pequeño para el amor.

Pero cada cual concibe la pasión según su temperamento; un Strickland no podía amar sino a su manera. Vanos serían cuantos esfuerzos se hicieran para analizar sus sentimientos.

.

CAPITULO XXXI

AL día siguiente, a pesar de mis insistencias, Stroeve salió temprano de casa. Me ofrecí para ir a buscarle sus efectos al taller; pero prefirió ir personalmente. Esperaba que no se los hubiesen embalado, y tener así un pretexto para ver a su mujer, y quién sabe si no esperanzado en decidirla a volver con él. Pero todos los paquetes lo esperaban en la portería, y el conserje le dijo que Blanca había salido. Naturalmente, no pudo callarse sus miserias, y se las confió íntegras. Incapaz de guardárselas para sí, se las comunicaba a cuantos encontraba, buscando una simpatía que no le conducía sino al ridículo. Todos los días, a la misma hora, Blanca salía de compras. Cierta vez no pudo resistir, y la esperó en una esquina. Ella se negó a hablarle, pero él insistió. Apasionadas protestas se mezclaron con sus excusas. Le rogó quisiera escucharlo. Blanca dio media vuelta y siguió apresurada su interrumpida marcha Me parecía ver las piernecillas cortas y gruesas de Stroeve tratando de alcanzarla. Sin aliento, agitado, se esforzó por moverla a compasión. Invocó su desgracia, imploró. Si consentía en perdonarlo, haría lo que deseara. Le aseguró, por fin, que Strickland se cansaría pronto de ella.

El relato de esta repugnante escena, en que había demostrado tan poco buen sentido y dignidad, me llenó de irritación. Nada puede compararse a la crueldad de una mujer para con el hombre que la ama y a quien ella no corresponde; transportada por una loca indignación, no sabe de bondad, ni de indulgencia. Blanca se detuvo bruscamente, golpeó a Dirk en la cara con todas sus fuerzas, y aprovechando la consiguiente confusión de su marido, escapó y subió corriendo la escalera del taller.

Al referirme el incidente, Dirk se llevó la mano a la mejilla. El golpe le ardía aún. Sus ojos expresaban a la vez un dolor desgarrador y una grotesca estupefacción. Su figura era la de un colegial reñido del que, a pesar de mi compasión, me costaba no reírme.

Tomó entonces la costumbre de seguirla. Blanca lo encontraba sin cesar ante sus pasos. Con mucha frecuencia lo veía de pie en una esquina que quedaba cerca del taller. Como ya no se atrevía a acercársele, trataba de poner en sus ojillos redondos la súplica de su corazón. Creía, sin duda, que tanta miseria acabaría por conmoverla. Pero ella parecía no advertir su presencia. Nunca alteró la hora de sus salidas, ni trató de cambiar de camino. Su indiferencia iba amalgamada con una especie de crueldad. Tal vez experimentase un placer al torturarlo. ¿Por qué odiaba así a este desgraciado?

Me esforcé por hacerlo entrar en razón. No era posible tolerar tranquilo tanta debilidad.

—Con los medios que usted emplea no logrará cosa alguna. Lo único que queda es molerla a palos. Así, por lo menos, dejaría de despreciarlo.

Le aconsejé luego que se fuera a su país por algún tiempo. Muchas veces me había hablado de la aldea silenciosa, de calles amplias y desiertas, donde vivía su familia, en el norte de Holanda. Era gente modesta. El padre era carpintero, y vivía con su mujer, a la orilla de un canal, en un viejo y rústico caserón de ladrillos rojos. Desde hacía doscientos años la ciudad languidecía. Los ricos comerciantes que exportan sus mercaderías a las Indias lejanas, habían pasado en ella los dos últimos años de sus vidas reposadas y prósperas. En una decadencia llena de dignidad, las casas conservaban su severa sencillez, y mostraban ufanas el sello de un pasado esplendoroso. El canal cruzaba extensos prados verdes donde giraban al viento las aspas de los molinos. El ganado blanco y colorado pacía con indolencia. Allí, los recuerdos de la infancia mecerían la pena de Stroeve hasta adormecerla. Pero él se negó a ir.

—Es necesario que esté aquí cuando me necesite —repetía—. Supóngase que le ocurra una desgracia, y no me encuentre.

—¿Qué quiere usted que ocurra?

—No sé; pero algo temo. Me encogí de hombros.

El ridículo se apegaba a Stroeve hasta la desesperanza. Una figura pálida, de rasgos descompuestos, habría inspirado lástima; pero él no había perdido un gramo y sus redondas mejillas parecían dos manzanas maduras. Cuidaba mucho de su persona. No renunciaba a su americana negra, que, en los hombros de otro, habría tenido cierta elegancia. Su sombrero era demasiado pequeño, y lo llevaba con ínfulas de dandy. El dolor no impidió que aumentara el volumen de su barriga. Tenía, más que nunca, las apariencias de un comerciante acomodado. Stroeve ocultaba la pasión de Romeo en el cuerpo de sir Toby Belch. A pesar de su naturaleza afable y generosa, acumulaba torpeza sobre torpeza. Un sentido real de la belleza, una rara ternura de sentimientos contrastaban en él con modales desmañados y con la incapacidad más absoluta para crear otras cosas que no fueran vulgaridades. Si trataba los asuntos de los demás con cierto tacto, demostraba no poseer ninguno para los suyos. No queda esperanza alguna en la vida para los infortunados que llevan en sí tal desequilibrio; permanecen siempre desamparados ante la indiferencia universal.

.

CAPITULO XXXII

DEJÉ de ver a Strickland durante varias semanas. Me inspiraba repugnancia, y no habría tenido embarazo en decírselo; ¿pero podía salir en su busca nada más que para ello? No era yo el llamado a defender los fueros de la moral. La reprimenda traiciona con mucha frecuencia aquella grave satisfacción de sí mismo, cuyo lado burlesco sólo escapa a los ingenuos. Para entrar en el terreno de la acción, habría sido necesario perder toda sangre fría. La brutal franqueza de Strickland me inducía a huir de cuanto pudiese parecer afectación.

Pero una tarde, al pasar por la Avenue de Clichy, frente al café que él frecuentaba, y que ahora yo evitaba, nos encontramos inesperadamente. Acompañado de Blanca, se dirigía hacia su rincón favorito.

—Qué se ha hecho de usted durante todo este tiempo? —exclamó—. Le suponía en el extranjero.

Su cordialidad estaba demostrando que adivinaba mi deseo de rehuir su presencia. Con él eran inútiles todas las amabilidades.

—No —le respondí—; estaba aquí.

—¿Y por qué no lo vemos por estos lados?

—No faltan los cafés donde matar el tiempo.

Blanca me tendió la mano y me deseó las buenas tardes. Esperaba no sé por qué, encontrarla cambiada; pero llevaba el vestido gris, recto y bien cortado, que tanto conocía, y su frente seguía tan cándida, sus ojos tan tranquilos como en la época en que la veía afanarse en la atención de su marido.

—¿Quiere que juguemos una partida de ajedrez? —propuso Strickland.

Tomado de sorpresa, no encontré qué responder. Contra mis deseos, me dejé arrastrar a la mesa donde Strickland se sentaba siempre. Él pidió el tablero. La pareja parecía encontrar tan natural la situación, que sentí lo absurdo de cualquiera otra actitud. La mujer de Stroeve seguía la partida con un semblante impenetrable. Estaba silenciosa; pero siempre lo había sido. Yo buscaba en sus rasgos una expresión reveladora, trataba de encontrar en sus ojos un vislumbre, un signo de desesperanza o amargura; era en vano. Ningún pliegue sobre su frente traicionaba una inquietud: su rostro permanecía tan rígido e impasible como una máscara; sus manos, juntas sobre sus rodillas, parecían no saber lo que era el movimiento. Bien me constaba que era capaz de las más violentas cóleras: y ese golpe pernicioso que le había infligido a Dirk, que la quería con tanta devoción, traicionaba un carácter arrebatado hasta la crueldad. Para lanzarse en la más arriesgada de las aventuras, había renunciado a la protección segura de su marido, a una situación sin inquietudes ni preocupaciones. Esta sed de imprevisto, esta actitud para vivir al día, se oponía a sus condiciones de dueña de casa. ¡Qué notable contraste existía entre su mentalidad compleja y su expresión de reserva y sobriedad!

Estaba emocionado por el encuentro, y mi fantasía trabajó afanosamente mientras buscaba concentrarme en el juego que estaba jugando. Siempre hice mi mejor esfuerzo para vencer a Strickland, porque era un jugador que despreciaba al oponente que vencía; su exaltación en la victoria hizo que la derrota fuera más difícil de soportar. Por otro lado, si era derrotado, lo tomaba con total buen humor. Era un mal ganador y un buen perdedor. Aquellos que piensan que un hombre traiciona a su personaje, en ninguna parte sucede más claramente que cuando está jugando un juego en el que pueden extraerse sutiles inferencias.

Cuando terminó, llamé al encargado para pagar las bebidas, y los dejé. La reunión había estado desprovista de incidentes. No se había dicho nada para darme cualquier motivo para pensar, y cualquier conjetura que pudiera hacer era injustificada. Yo estaba intrigado. No podía decir que se llevaban bien. Hubiera dado mucho por ser un espíritu incorpóreo para que poderlos verlos en la intimidad del estudio y escuchar lo que hablaban. No tenía la menor indicación sobre la cual dejar que mi imaginación funcionara.

.

(Continuará…)

 

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