Una profesión de putas [Fragmento]

David Mamet

 

 

 

Cannes

Alguien me contó esta historia.

Según él, es la quintaesencia de Cannes. Estuvo allí el año que Paul Schrader presentó su película Mishima, y en una parte de la presentación había un actor vestido con kimono que se arrodillaba en el escenario y ejecutaba los movimientos de un suicidio ritual. Cuando el público salía de la sala se encontraba con una doble hilera de Osos Amorosos de dos metros y medio de altura, que repartían caramelos y folletos publicitarios de la película Los Osos Amorosos II.

Algo similar me ocurrió a mí, estando en el Grand Hotel du Cap, sin duda el establecimiento hostelero más bonito del mundo. Dábamos un banquete para celebrar el estreno de nuestra película Homicidio. Ed Pressman, uno de los productores de la película, había invitado al banquete a muchos periodistas norteamericanos. Ed se puso en pie y propuso un brindis, diciendo que parecía algo más que una ironía el que estuviéramos celebrando el estreno de una película realizada por judíos y que trataba de judíos, en el edificio que había alojado al cuartel general nazi de la Riviera durante la segunda guerra mundial.

¿Es esto más o menos irónico que lo de los Osos Amorosos? Después de tres días en Cannes, no sé qué decir.

Tras llegar muertos de sueño al aeropuerto de Niza, mi novia, la señorita Pidgeon, y yo somos arrastrados poco a poco al hotel Carlton, con nuestro avance obstaculizado por las atenciones de un grupo muy bien intencionado, supongo que perteneciente a la organización del festival, que nos recibió en el aeropuerto e insistió en transportamos en coche oficial, una insistencia que habríamos apreciado más si hubieran logrado encontrar el coche, pero nada es perfecto en este mundo.

Llegamos a lo que no creo que pueda considerarse el «centro de Cannes», y ahí está el Carlton, un grandioso edificio Victoriano de forma cuadrada, que habría quedado muy bien en Brighton, de no ser por dos detalles: se encuentra en buen estado de conservación y está empapelado de pies a cabeza con carteles que anuncian películas y estrellas, de muchas de las cuales nadie ha oído hablar. Entramos. Alguien me informa de que lo que hay que pedir es una suite con vistas al mar. Pido una suite con vistas al mar, y me comunican que están reservadas con años de anticipación, y que lo que tengo que hacer es vivir y prosperar durante todo el tiempo que voy a pasarme sin suite con vistas al mar. Así que subimos a la habitación, nos vamos a dormir y llega el día siguiente.

Decido romper mi abstinencia del café, que ya duraba varios años, y me tomo una taza, luego otra, y después varias más, y nos vamos a la playa a pasarlo bien.

Se me ha informado de que en Cannes hay mujeres desnudas paseando por la playa, y que su mascota favorita es un cerdo atado con una correa. (A mi regreso, le cuento esto a un amigo mío, veterano de Vietnam, y me dice: «Ah, esos cerdos asiáticos barrigones. Los matábamos para pasar el rato. Debí traerme algunos de matute. Me han dicho que se venden a mil dólares».) Pero no veo ningún cerdo. Sí que veo mujeres desnudas, y todo me parece muy civilizado. También veo mucha gente paseando perros. Muchos son caniches franceses, lo cual me parece un poco rizar el rizo, pero qué le vamos a hacer.

También vi muchos de esos chuchos de raza indefinida que sólo aparecen en los libros de perros y en los retratos de la realeza italiana, y vi mujeres de cierta edad llevando a sus perros al trabajo. El tamaño de los perros oscilaba entre lo mediano tirando a pequeño y lo ridículamente pequeño. Vi un perro de una raza tan diminuta que creo que la dueña me explicó que tenía dos, porque en uno solo no cabían todos los órganos. Pero mi francés no es, ni mucho menos, perfecto, y es posible que la entendiera mal.

Ha amanecido el día siguiente, miércoles, y la señorita Pidgeon y yo nos dirigimos a la playa, como ya digo, para tomar el sol y quitarnos el desfase horario.

Ella va ataviada con un bañador clásico de una pieza, y yo visto vaqueros y camiseta, con la esperanza de ocultar la figura que con tanto esfuerzo y asiduidad he cultivado durante todo el invierno.

A nuestro lado hay una pareja de franceses. Nos ponemos a conversar con ellos y me dicen que les encanta el cine, que su número de la suerte es el ocho y que han venido a Cannes al enterarse de que éste es el 44.° festival, un número cuyos dígitos suman ocho, así que aquí nos tienen.

El trabajaba en el negocio de la piel y el cuero, pero me dice que la piel está acabada y que se teme que al cuero no le quede mucho de vida. Le pregunto si esto se debe al aumento de la simpatía por los animales, y me responde que la combinación de esa lamentable circunstancia con los inescrutables vaivenes de la moda ha «dado el finiquito» al trabajo de su vida, pero que se ha pasado a las fibras y que no me preocupe.

Pregunto por qué será que ici-bas concedemos toda nuestra simpatía a los pequeños roedores de los que obtenemos las pieles, pero no nos mostramos tan vehementes en favor de sus hermanos bovinos, de los que sacamos el cuero. Puedo asegurarles que para decir eso tengo que exprimir a fondo el francés de colegio al que no presté ninguna atención hace treinta años. En respuesta a mi interrogante, él se encoge de hombros. Se encoge de hombros y yo asiento solemnemente, y nadie se ha sentido más continental que yo en aquel momento. Nos pasamos el día en la playa y comemos en el Terrace Café de la misma, escuchando a los vendedores ambulantes de gafas de sol y materiales pornográficos diversos, y lo pasamos de maravilla todo el día.

Se pone el sol. Los productores de cine han llegado y todos nos encaminamos al Salón del Festival para presentar oficialmente la película.

Pasamos por La Croisette, que creo que es como se llama la playa principal. Los productores compran cucuruchos de helado. En la bahía hay varios yates de multimillonarios. Todos nos preguntamos si esa gente puede ser feliz, y decidimos que no, y nos sentimos muy satisfechos de nosotros mismos.

Llegamos al salón y, tras las previsibles idas y venidas en busca de la persona adecuada para aceptar nuestras credenciales, somos admitidos. Ahora bien, creo que esta sala tiene capacidad para unas dos mil quinientas personas. Es inmensa. Parece no tener fin. Cualquiera de sus dimensiones es mayor que todas las demás sumadas. Me presentan a varios miembros de la organización del festival y al representante del Sonido Dolby. Jamás he entendido para qué sirve el proceso Dolby, pero estoy seguro de que es algo importante. Los productores de la película me dicen que sólo tenemos que quedarnos unos minutos, para asegurarnos de que «las cosas» están en orden.

Me parece bien. Los de la organización hablan entre ellos, y el tipo que se sienta a mi lado me explica que, si quiero decirle algo al proyeccionista, dispongo de una línea directa para comunicarme con él. Me estrujo el cerebro. ¿Qué podría querer decirle al proyeccionista? Consigo recordar que la película podría estar desenfocada, y ahí se me acaban las ideas. Además, no sé cómo se dice «foco» en francés, aunque lo más probable, dada la maldita impredecibilidad de esta lengua corrupta, es que se diga «foco».

Me quedo sentado, agarrado al teléfono, mientras se hacen diversos preparativos para la proyección.

Los productores y el tío de Dolby han dejado de hablar. Evidentemente, un ange passé. Decido llenar el vacío. «¿Qué tiro hay?», pregunto. Es lo único que sé preguntar acerca de un cine. El tiro es la distancia del proyector a la pantalla, y ni aunque me pusieran una pistola en la sien podría decir en qué influye ni cuál es el tiro más adecuado, así que no presto demasiada atención a la respuesta. Se apagan las luces y empieza la película.

Somos unas diez personas en una sala construida para dos mil quinientas. La película va precedida por dos logotipos bastante horteras de compañías que creo que aportaron parte del dinero europeo para financiar el proyecto. El ejecutivo del Festival me pregunta si deseo conservar o suprimir los logotipos. Conferencio con mis productores, que me dicen que los dejemos puestos, como señal de respeto. Pues vale.

La película parece estupenda, pero no se entiende ni palabra. Hay conversaciones apresuradas. Resulta que la grabación estéreo sale por unos altavoces grandísimos, y la sala es tan enorme que se producen ecos. Quitan el sonido en los dos altavoces centrales, y se oye un poco mejor.

Me parece que la película está oscura. Le pregunto al ejecutivo y me suelta un discurso técnico acerca de que en una pantalla tan grande la película se tiene que ver oscura, porque si se intensifican más las lámparas del proyector ocurre nosequé y nosecuántos. «Bueno, en ese caso, está bien», le digo. Se supone que sólo tengo que mirar unos minutos de película, pero he invitado a mis amigos parisinos de la playa y no quiero decepcionarlos, así que todos nos quedamos a ver la película entera.

Se termina la película. Espero que la gente del festival esté llorando o rasgándose ritualmente las vestiduras, o cualquier otra cosa que dé ánimos; pero parece ser que mis esperanzas eran desorbitadas. Me estrechan la mano, me dicen que les ha gustado la película y me desean mucha suerte.

Regresamos todos por La Croisette. Hay mucha gente paseando y mirando los escaparates de las tiendas de superlujo. Muchas personas llevan perros.

Los conductores aceleran ferozmente. La habitación del hotel no tiene aire acondicionado. En eso estoy pensando cuando caigo en un sueño inducido por el cambio de horario. Cuando despierto es ya jueves, el día de la inauguración del festival, un festival que va a comenzar con la proyección de mi película.

Mi agenda para el jueves es más o menos la siguiente: entrevistas por la mañana, visita al Salón del Festival para una conferencia de prensa y una sesión de fotos, más entrevistas, la proyección inaugural del festival, y luego una fiesta ofrecida por Jack Lang, ministro de Cultura de Francia. Una jornada muy apretada.

Tenía la intención de hacer todas las entrevistas en la playa, pero cuando me despierto está lloviendo a cántaros, de modo que habrá que hacerlas en la habitación del hotel.

Rezo para no quedar como un tonto en mis encuentros con la prensa. Llevo varios años sin conceder entrevistas y me ha ido muy bien así.

Cuando termino de hablar con la prensa empiezo a ver el proceso publicitario con un interesante distanciamiento: algo así como un tipo que se hace abstemio y va a un cóctel y se pregunta por qué todos se comportan de manera tan rara y qué es lo que encuentran de gracioso unos de otros.

El proceso publicitario acaba por parecerme un buen ejemplo de explotación mutua con alegría, no muy diferente de los recuerdos del clima de promiscuidad sexual de los turbulentos sesenta… algo que también entonces parecía buena idea.

En el proceso publicitario, tanto el sujeto como el interlocutor aparentan desinterés. El entrevistado se siente obligado a adoptar alguna variante de actitud modesta («¿Quién, yo?») y el entrevistador finge ser un honesto buscador de la verdad, ya sea con vistas a su propia formación o en beneficio de sus lectores.

La verdad es que el sujeto intenta vender su mercancía, sus ideas o a sí mismo; y el periodista, por lo general, intenta pillar al otro en renuncio, porque «así consigues mejor material». Y no creo que la culpa sea del periodista. Con lo cual, si lo que estamos buscando es al malo de la película, ya sólo nos queda el entrevistado, que en mi caso soy yo, y por eso es por lo que dejé de conceder entrevistas. Porque me parecía como el paripé que se marcan la Corista y el Productor. La Corista dice: «Me voy a acostar contigo porque me atraen tu amabilidad y tu generosidad, las dos cualidades que me gustan en un hombre»; y el Productor dice: «Respeto tu honestidad y tu integridad al acostarte con un hombre que tiene edad suficiente para ser tu tío; y además, me impresiona tu fortaleza al afrontar los inevitables venablos de esas almas engañadas que seguro que dicen que te acuestas conmigo sólo para conseguir el papel. Y a pesar de ellos, te voy a dar el papel, aunque ya pensaba dártelo de todas maneras.»

Y luego tenemos el superego del Botones, que dice: «Venga ya, por favor… ¿por qué no se mete en el catre y lo deja de una vez?»

Así que rezo para no quedar como un tonto y me recuerdo las supuestas ventajas de la publicidad, y sigo adelante. Por la mañana hablo con un par de periodistas y me marcho a la conferencia de prensa.

Cientos de miles de periodistas, o al menos eso parece, han visto la película en un pase especial para la prensa y están alineados en una sala de conferencias. Los productores de la película, la señorita Pidgeon y yo somos conducidos a la sala de conferencias y ocupamos el estrado. Muchos fotógrafos sacan fotos. Nos presentan a Henri Behar, el moderador y traductor, y da comienzo la conferencia de prensa.

Me hacen preguntas y yo las respondo. Nos sacan fotos, termina la conferencia de prensa y salimos acompañados por un francés amable y corpulento, que supongo que será el jefe de seguridad. Recorremos varios pasillos del Salón del Festival, flanqueados por los esbirros del hombre corpulento, todos los cuales visten chaquetas de madrás que parecen de los años cincuenta.

Llegamos a una terraza al lado del Salón del festival. Allí, alineados en las gradas de la terraza, hay trescientos fotógrafos disparando sus cámaras. Los flashes estallan sin parar y varios individuos me piden a gritos que mire hacia ellos.

Yo me vuelvo a mirar hacia ellos, y entonces los demás me gritan que lo mejor es que vuelva a mirar en su dirección. Esto se prolonga durante muchísimo tiempo. Dos veces saludo con la mano para despedirme de los fotógrafos e iniciar la retirada, y dos veces me lo impiden los organizadores del festival, que indican que ellos decidirán cuándo es suficiente.

Por fin se decide que todo ha ido bien y que los fotógrafos de las gradas han cumplido.

Entonces, mi grupo recibe instrucciones de dar medía vuelta, cosa que hacemos, y a unos veinte metros de distancia nos encontramos con otros cuatrocientos fotógrafos en otra terraza. Ahora les toca a ellos sacar fotos durante un rato. Por fin nos permiten marcharnos. Un coche nos lleva de regreso al Carlton y yo le sugiero al conductor que haga revisar las ruedas, pero él me replica educadamente que el causante de la molesta oscilación soy yo, que estoy temblando como una hoja, como decimos allá en Vermont.

Por la tarde hablo con unos cuantos periodistas más, y llega el momento de prepararse para la gran noche.

¿Quién no ha luchado con un esmoquin? Nuestra amada está en el cuarto de baño, enfrascada en Dios sabe qué serie de preparativos rituales, ajena a todo lo demás. Existe un abismo espiritual entre el cuarto de baño y la alcoba. La habitual unidad de espíritu conyugal, signo de un hogar feliz, se ha interrumpido.

He comprado un esmoquin nuevo, y estoy a punto de ponérmelo por vez primera. El sastre sugirió sacar la cintura un centímetro. Yo me opuse, porque me parecía que la cintura quedaba bien, y se lo dije. El indicó que si pensaba llevar el esmoquin con tirantes, y no con cinturón, me sentiría más cómodo con la cintura un poco más floja. Yo sabía, o creía saber, que sólo estaba siendo amable conmigo, y que si yo accedía, me sacaría la cintura cuatro centímetros, haciéndome creer que sólo la había sacado el centímetro prometido. La seguridad de que el tipo tenía espejos adelgazantes en su taller apoyaba mis sospechas.

Así que le dije que no sacara la cintura y empecé a introducirme en el esmoquin, y me quedaba perfecto y con la cintura bastante floja, lo cual me hizo sentirme superior a mi sastre. Y entonces se me ocurrió que a lo mejor había sacado la cintura a pesar de todo, y reprimí el impulso de quitarme los pantalones y buscar señales del arreglo.

Desde luego, tenía la mente acelerada.

Me puse el esmoquin por etapas. Había un curioso dispositivo que servía para sujetar la parte delantera de la camisa con pechera por dentro de la bragueta del pantalón, de manera que la camisa quede impecable y no se salga. Cuando por fin conseguí hacer funcionar el dispositivo, no pude ponerme derecho, de manera que lo hice otra vez, me até la pajarita y los nueve metros de faja, me miré al espejo y me dije que estaba imponente.

La señorita Pidgeon se había embutido en un llamativo y ceñidísimo vestido de lentejuelas y se había puesto zapatos de tacón alto, y por un momento me olvidé de mi presuntuosa vanidad, dándome cuenta de que era el hombre más afortunado del mundo.

Nos pusimos en marcha, hechos un par de láminas de revista de modas.

Bajamos al vestíbulo, donde había un montón de paparazzi que nos sacaron fotos.

Uno de los encargados del festival nos sacó por la puerta de atrás, donde seguía lloviendo a cántaros, y nos acompañó a uno de los coches de la organización.

Avanzamos por la avenida principal a paso de tortuga. En los cruces había gendarmes con esos kepis tan cinematográficos, y a todo lo largo de la calle cortada al tráfico, desde el hotel al Salón del Festival, había dos apretadas murallas de gente. Cuando llegamos frente al Salón, la línea de automóviles se detuvo por completo. Teníamos que espetar varios minutos cada vez, avanzando luego la longitud de un coche.

Delante de nosotros, a una distancia imprecisa, los coches se detenían para desembuchar su precioso cargamento al extremo de la alfombra roja ceremonial del Salón del Festival.

Estábamos en un túnel de gente que se cerraba sobre nosotros. Se apretaban contra el coche, y daba la impresión de que llegaban al techo por los dos lados, juntándose en el centro. Disparaban cámaras con flash, golpeaban el coche y apretaban los rostros contra las ventanillas.

Se preguntaban unos a otros quién iba en el coche, y debo decir que demostraban bastante buen humor cuando comprobaban que no nos conocían.

Avanzamos centímetro a centímetro. El conductor nos pidió que comprobáramos si las puertas de atrás estaban bien cerradas. Aquello me asustó un poco.

Había estado dos veces en la ceremonia de los Oscar, y me parecía demoledoramente pagana, pero este festival le daba cien vueltas; los mirones de los Oscar no son más que norteamericanos aburridos y feroces como yo, pero a esta gente le interesaba el «cine».

Llegamos a nuestro destino, el extremo de la alfombra roja. Se abrieron las puertas y salimos al exterior, bajo un toldo insuficiente, teniendo en cuenta que llovía como una vaca meando en una piedra plana, como dicen en Vermont.

Tuvimos que aguardar a hacer nuestra entrada ceremonial mientras varias celebridades europeas avanzaban entre el delirio de la multitud. Por fin nos llegó él tumo. En marcha. Salimos de debajo del toldo y quedamos completamente expuestos a la lluvia. La gente nos sacó fotos. Creo que la escalinata estaba flanqueada por dobles hileras de no se qué clase de gente.

Ahora que lo pienso, creo que me dijeron que había trompeteros con libreas napoleónicas, pero no me acuerdo de ellos.

Sí que me acuerdo de los gendarmes, que eran todos muy jóvenes y atléticos y permanecían completamente inmóviles, con las manos juntas a la espalda, en posición de descanso, y resultaban bastante impresionantes. Y me acuerdo del ejército de guardaespaldas de paisano, que habían cambiado sus chaquetas de madrás por otras de sirsaca blanca y gris, y estaban muy monos.

Subimos la amplia escalinata del Salón del Festival (uno de los productores de mi película comparó el vestíbulo con la biblioteca de no sé qué universidad del Medio Oeste que tiene un montón de dinero). Subimos, como digo, la escalera y llegamos a la antesala del inmenso auditorio. Nos condujeron a nuestros asientos.

En el escenario, Geraldine Chaplin hablaba con el presentador, un hombre corpulento de sesenta y tantos años, muy sereno y distinguido.

Llamaron a Román Polanski, que se encontraba entre el público, y lo presentaron como presidente del jurado de ese año; y él hizo subir a los restantes jurados, que se reunieron con él en el escenario. No sé cuántos eran, y no pude prestar mucha atención. Uno de los productores de mi película me presentó a varios de los financiadores japoneses, y todos nos hicimos reverencias y nos dimos la mano. Llamaron al escenario a Robert Mitchum, que subió flanqueado por dos de sus hijos y, en calidad de Prestigioso Representante del Mundo del Cine, declaró inaugurado el festival.

El presentador rogó al público que tuviéramos paciencia, mientras retiraban del escenario todo el equipo de televisión que lo llenaba.

Los del público nos dedicamos a charlar durante un rato, Luego se apagaron las luces y se oyeron siseos pidiendo silencio.

Nos pasaron un tráiler de El baile de los vampiros de Polanski, que resultó agradable como toque histórico. Y después, un tráiler del Ciudadano Kane, que empezaba y terminaba con el logotipo del «Teatro Mercury de las Ondas» de Orson Welles.

Limbo. Una voz de hombre pide un micrófono. Surge un micro acoplado, que zumba. Una mano de hombre lo ajusta y luego se retira del foco. La voz (Welles) habla, presentando el proyecto que estamos a punto de ver.

También esto aparece al final de las películas Mercury. Welles reitera varios datos, el reparto de la película y otros detalles, y el micrófono desaparece de nuevo en el limbo.

Siempre he opinado que esta presentación es una de las cosas con más clase del mundo. Cada vez que la veo, me muero de gusto y de envidia. No sólo me impresiona, sino que me rejuvenece, y de mis labios abiertos escapa el elogio definitivo de mi juventud; «de puta madre».

Descansa en paz, señor Welles; ojalá hubiera tenido el privilegio de conocerte.

Y por fin, se hace el silencio y pasan mi película.

Delante de la película pusieron la cabecera del festival, un vídeo de «arte informático». Vemos varios escalones que flotan en el aire, como una escalera sin contraescalones. Vemos que los escalones están bajo el agua. La «cámara» sube los escalones, y éstos salen del agua y flotan en el aire. Los escalones siguen ascendiendo por el aire, hacia el oscuro firmamento estrellado. El escalón más alto gira hacia la cámara y se ve que lleva grabado el emblema del festival, una hoja de palma. La hoja de palma se desprende del escalón, que se hunde en la lejanía. Luego aparecen diversos textos que nos informan de lo que estamos viendo, y por fin se acaba. Odio los ordenadores. Creo que son un instrumento diabólico. Bueno, el caso es que por fin ponen mi película.

Era la primera vez que veía la película con un público auténtico. La había estado viendo durante seis meses en la pantalla de una montadora Steenbeck, una pantalla que tiene el tamaño de una novela de bolsillo. Durante el proceso de montaje, la vi un par de veces en una sala de proyección con un público de unas treinta personas reclutadas al azar.

Ahora va de veras. La pantalla tiene 55 metros de anchura y hay 2.500 personas como yo —cansadas, aburridas, ansiosas y exigentes— viendo mi película.

Todo salió bastante bien. Varias personas hicieron comentarios al terminar, pero 2.500 prestaron atención durante una hora y 42 minutos, y la película refleja mis intenciones en la medida en que yo sabía expresarlas en aquel momento, y todos han prestado atención, lo cual significa que, al menos en el aspecto técnico, hice mi trabajo razonablemente bien; a partir de ahí, todo queda en manos de los dioses.

Es curioso este asunto de la acogida del público. Llevo veintitantos años presentando mis obras, tanto dramas como películas. Y durante ese tiempo, me he esforzado por entender los fenómenos de la acogida del público y la crítica.

La acogida del público es la más fácil de aceptar. Yo empecé escribiendo obras para mi propia compañía de teatro, y mi relación con el público estaba bastante clara: si uno hacía bien su trabajo, la gente prestaba atención; y si no, no la prestaba. Si la obra era graciosa, se reían; si era triste, lloraban. Si no tenía gracia, no se reían. Y cualquiera que insista en que su obra es graciosa en contra de la opinión del público puede que haga carrera como filósofo, pero no durará mucho en el negocio del espectáculo.

Cuando el público sale del teatro, hay que prestar atención y tratar de comprender otra serie de circunstancias: puede suceder que personas que se han reído y llorado digan del conjunto de la obra: «No la he entendido» o «No me ha gustado».

En el ambiente teatral, el público hace notar su disgusto no acudiendo. Si de su presencia en tu obra depende el pago de tu alquiler, te mueres de hambre.

Por eso es necesario tener siempre en cuenta al público, y creo que hay que esforzarse por ayudarle a comprender tus intenciones.

También es necesario aprender a dominar el resentimiento que pueda provocar su falta de aprobación, y aprender a valorar este resentimiento y a responder a su opinión de una de las dos maneras siguientes: se puede responder a su desaprobación diciendo (a) «Ya veo que no he hecho mi trabajo suficientemente bien; permitidme que lo revise para ver si lo puedo dejar mas claro»; o (b) «Pensándolo bien, creo que mi trabajo ha quedado todo lo claro que podía quedar, y me resisto a la tentación de mutilar mi obra para complacer al público.»

Si la obra tiene que pagar el alquiler, creo que uno queda bastante inmune a los encantos de la alternativa (b), que responde al nombre de Arrogancia.

Enfrentarse a la reacción de la crítica resulta un poco más difícil. Yo creo que los críticos en general son un hatajo de desgraciados, que deberían avergonzarse de sí mismos. ¿Significa esto que soy filosóficamente inmune al deseo de que me elogien? Ya habrán adivinado la respuesta, que es «no».

He intentado durante años liberarme de este deseo. Me he repetido con fervor y frecuencia las sabias palabras de Epícteto, que dijo: «¿Persigues la buena opinión de esta gente? ¿Acaso no es esa misma gente que ayer tachabas de farsantes e imbéciles? ¿Te interesa, pues, la buena opinión de unos farsantes imbéciles?»

Pues creo que sí, aunque procuro que no.

Durante unos cuantos años, no leí las críticas.

Casi todos los que andamos en este bullicioso mundo de la farándula decimos que no leemos las críticas, y los demás hacen como que se lo creen. Pero, lo crean o no, durante un par de años no leí las críticas y me sentí mucho mejor.

Pues bien: la reducción al absurdo de esta guerra artista-crítico es el concurso conjurado.

Incluye los peores elementos de la autocracia crítica y del compromiso de comité.

¿Qué sentido tiene decir que tal película u obra teatral es mejor que las demás, y que podemos estar seguros de su calidad porque lo dice un grupillo de personajes? ¿Qué significa eso? No significa nada. A menos, naturalmente, que ganes tú.

Y por eso me he bajado del púlpito y he traído mi película a Cannes, y por eso estoy aquí sentado como una puta, mirando mi película con otras 2.500 personas vestidas de lo que antes se llamaba «de etiqueta».

Al terminar la película dirigieron los focos a la zona aproximada donde me sentaba yo y la gente aplaudió. (Un crítico, cuya obra conozco por haberla leído, dijo que el público ovacionó la película puesto en píe. Yo recuerdo más bien lo contrario, pero…)

Me puse en pie, preguntándome si debía pedirle a la señorita Pidgeon que saludara conmigo. Me volví a sentar, el público aplaudió un poco más y me levanté de nuevo, preguntándome otra vez si pedirle que se levantara conmigo.

Tenía serias dudas al respecto. Me volví a sentar. Apagaron las luces. Tenía que haberle dicho que se pusiera en pie conmigo. Nuestro grupillo salió escoltado de la sala a la antesala, donde nos colocaron en medio de un cuadrado humano formado por gendarmes. Dichos gendarmes, unos quince por banda, se quedaron de espaldas a nosotros, manteniéndonos apartados de otro grupo, el público, que ya no sentía el más mínimo interés por nosotros.

Los guardaespaldas de paisano, que se habían cambiado otra vez de chaqueta y ahora lucían unas prendas a cuadros rojizos muy bonitas, nos escoltaron a un sitio apartado del festival, junto al puerto, donde se había montado una enorme carpa.

Pasamos bajo varias marquesinas azotadas por la lluvia. Las marquesinas estaban a punto de salir volando y hacía frío.

Nos metimos bajo la carpa, donde había asientos para unas setecientas u ochocientas personas.

Nos indicaron nuestra mesa y nos sentamos. Yo había jurado, por motivos de salud en general, no beber nada durante el viaje, pero me acometió un deseo existencial de anular el juramento y pregunté a quien quiso escucharme si sabía dónde podía conseguir un pelotazo doble de lo que fuera. Todos dijeron que lo tenía mal, pero los camareros empezaron a traer vino a la mesa y yo empecé a beberlo.

Jack Lang, el ministro de Cultura de Francia, estaba sentado en la misma mesa. Mi productor me había dado una chuchería conmemorativa de la película para que se la regalara, pero no llegué a dársela. También Robert Mitchum estaba en nuestra mesa. Me acerqué a decirle lo mucho que me alegraba conocerlo y él asintió.

Yo me sentaba entre la señorita Pidgeon y mi amigo y agente, Howard.

Casi al extremo de nuestra mesa se sentaba una estrella de cine francesa con su acompañante, un director de ópera. La estrella había quedado cautivada por la película y habló de ella largo y tendido, lo cual me sentó de maravilla.

Seguimos sentados, charlando y bebiendo vino. Los camareros trajeron la comida, que era muy francesa, y magnífica, y sobre todo muy caliente, lo cual me pareció toda una proeza, tratándose de una comida para ochocientas personas, servida en una carpa bajo la lluvia.

Unos tipos que me parecieron productores empezaron a moverse de una mesa a otra y a formar grupillos en los estrechos y abarrotados pasillos. Muchos de estos hombres fumaban puros.

Anunciaron a un cantante africano, que subió al escenario y tocó una música muy bonita en un instrumento nativo de cuerda con el que acompañaba su canto.

El ambiente se había llenado de humo, o eso parecía, y sentí que bajo la carpa se iba fraguando una cierta —¿me atreveré a decirlo?— atmósfera orgiástica. Nosotros, los sacerdotes levíticos, habíamos celebrado nuestra ceremonia y nos habíamos retirado al tabernáculo, donde los no ungidos no podían acercarse bajo pena de muerte, y allí nos habíamos quitado nuestros ceñidores.

¿Qué extraño, salvaje e imprevisible festejo iba a tener lugar mientras la noche continuaba su inevitable avance hacia el alba? ¿Con qué jóvenes starlettes se irían a dormir los productores?

¿Qué magnífica diversión, recién traída de los fumaderos de opio de Indochina, elegiría y practicaría aquella gente tan sofisticada? ¿Se darían de cuchilladas unos a otros y se beberían la sangre? ¿Se jugarían al póquer mentiroso las almas de los aún no nacidos? ¿Se abrazarían y se besarían?

No podría decirlo, porque no soy muy amigo de fiestas, y me retiré con la señorita Pidgeon.

Nos despedimos de la estrella de cine y del director de ópera, que formaban una pareja encantadora, a la que agradecimos su amistad y su hospitalidad farandulera, y salimos a la lluvia, que ya he descrito antes, y al viento, que podría describir como «un monstruo rabioso, que daba zarpazos primero por aquí y luego por allá».

Sé que no van a creerme, pero los guardaespaldas se habían cambiado de chaqueta una vez más y ahora vestían chupas de piqué blanco. Nos acompañaron bajo la serle de marquesinas, ahora desiertas, hasta un coche que nos llevó de regreso al hotel.

La señorita Pidgeon y yo nos pusimos sendos albornoces y nos dispusimos a diseccionar los acontecimientos de la velada.

Sonó el teléfono. Era nuestra amiga Brigitte. Estaba abajo, en el vestíbulo, y no había conseguido encontramos en las sucesivas etapas de las celebraciones. La invitamos a subir. Dijo que estaba con varios miembros del equipo de producción/distribución de la película. Los invitamos a ellos también. Subieron.Teníamos en la habitación una botella de champán verdaderamente espléndido, enviada por un agente amigo nuestro, con una nota que decía: «Hoy, Cannes: mañana, el Mundo; y después, la Agencia de Artistas Creativos.»

Brigitte y los acompañantes antes mencionados se sentaron en el suelo, y los hombres se aflojaron las pajaritas, se quitaron las chaquetas y fumaron puros. Nos bebimos el champán y vaciamos el minibar, y Brigitte sacó fotos de la señorita Pidgeon y yo, sentados en la cama en albornoz.

A la mañana siguiente, viernes, cuando la señorita Pidgeon y yo nos despertamos, la habitación olía a humo de cigarro.

Decidimos archivar en nuestra memoria colectiva los eventos de las últimas horas como «la Noche de los Pingüinos». Bajamos a tomar café. Aquel viernes, el mediodía nos pilló en el Hotel du Cap, aquel sitio que, según el productor, había servido de cuartel general de los nazis del sur de Francia.

Comimos y conversamos en tono franco y amistoso con varios periodistas, muchos de los cuales, fieles a su responsabilidad con sus lectores, seguramente nos pusieron de vuelta y media en cuanto nos separamos; pero fue una comida muy agradable.

Aquella tarde la pasamos charlando con varios grupos de periodistas internacionales, y no recuerdo lo que hicimos por la noche.

El día siguiente amaneció cálido y despejado, un día magnífico para sentarse en la playa mirando el puerto. Pero teníamos otros planes.

Brigitte tenía que fotografiar a la señorita Pidgeon y yo tenía que matar un par de horas. Di un paseo por La Croisette y pasé por la zona del Salón del Festival, que ahora, como es natural, estaba desierta.

Cerca del Ayuntamiento encontré un mercadillo y me sentí como en el cielo durante una media hora.

Compré un broche para el pelo en forma de gallo, para regalárselo a Harriet, mi ayudante.

Compré una bonita jarra de cerámica en forma de cuervo, con la leyenda HOTEL DU COURBEAU.

Volví andando al hotel y compré camisetas y chucherías conmemorativas para niños y amigos.

El vendedor era un hombre muy viejo y muy educado. Se pasó conmigo un montón de tiempo, abriendo una a una las camisetas envueltas en plástico, para mostrar la diferencia entre la idea que tienen los franceses de «mediano» y la que tienen de «grande». Me ofreció unas pastillas de menta y se las acepté. Hacia el final de la transacción entró en la tienda una mujer madura con un caniche francés y, sin que el hombre le hiciera ningún caso, se metió detrás del mostrador. La mujer apenas prestaba atención al anciano, que iba repitiendo los detalles de nuestra transacción y le enseñaba a la mujer la factura que me estaba preparando.

Ella siguió sin prestarle atención y me dijo el precio total. Le pagué y me llevé mis recuerdos. Al salir de la tienda, el hombre me dio otra cajita de pastillas de menta y yo le di las gracias.

La señorita Pidgeon y yo fuimos en coche al aeropuerto de Niza.

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