La luna y seis peniques (II)

Somerset Maugham

 

 

 

CAPITULO XII

A esta hora la muchedumbre bullía y, con un poco de fantasía, podía verse en ella a todos los héroes de una novela de la miseria. Allí se codeaban dependientes y midinettes, siluetas de ancianos escapados de las páginas de un libro de Balzac, profesionales masculinos y femeninos de aquellas industrias pestilentes que explotan los vicios de la humanidad. En los barrios pobres de París se siente una vitalidad colectiva que fustiga la sangre y nos prepara para observar las situaciones más imprevistas.

—¿Conoce usted bien París? —le pregunté.

—No. Pasé en él la luna de miel; pero desde entonces no había vuelto.

—¿Cómo fue usted a caer en ese hotel?

—Me lo habían recomendado. Necesitaba algo barato.

El ajenjo llegó, y con la solemnidad requerida echamos el líquido sobre los trocitos de azúcar.

—Creo conveniente decirle, desde luego, el objeto de mi visita —comencé, no sin confusión. Sus ojos brillaron.

—Estaba cierto que, tarde o temprano, alguien vendría. He recibido muchas cartas de Amy.

—Entonces no tengo gran cosa que decirle.

—No he leído ninguna.

Para darme tiempo, encendí un cigarrillo. ¿Cómo saldría del atolladero? ¿Las hermosas frases, patéticas e indignadas, que había preparado, caerían en el vacío al ser pronunciadas en la Avenue de Clichy? Súbitamente, Strickland soltó una carcajada.

—Nada cómoda la misión, ¿eh?

—¡Hum!… No mucho —respondí.

—Bueno, en fin, pronuncie usted su discurso; después pasaremos una tarde agradable.

Vacilé un momento.

—¡Vamos! ¿No ha pensado en el dolor de su mujer?

—Ya se tranquilizará.

¿Cómo dar una idea de la extraordinaria insensibilidad con que lanzó esta respuesta? Quedé desconcertado, pero traté de ocultárselo. Recordé el tono de mi tío Enrique, el pastor, cuando pedía a algunos de sus parientes que se suscribieran al fondo de ayuda de los clergymen.

—¿Me permite usted hablarle con toda franqueza?

—Por cierto.

—¿Merecía ella lo que usted le ha hecho?

—No.

—¿Tiene usted algún agravio en su contra?

—Ninguno.

—Entonces, ¿no es monstruoso abandonarla así, después de diecisiete años de matrimonio, sin tener nada que reprocharle? —Es monstruoso.

Lo miré sorprendido. Su aquiescencia a todo lo que le decía me desarmaba por completo. Mi situación era delicada, por no decir grotesca. Me había preparado para ser persuasivo, conmovedor, elocuente, y, si el caso lo requería, altanero, indignado y sarcástico. Pero ¿qué puede hacer el mentor cuando el pecador se adelanta a confesar su falta? Mi táctica personal, en casos similares, había sido siempre la de negar todo; ahora estaba confundido.

—Y entonces ¿qué? —preguntó Strickland.

Pretendí tomar un aire de indiferencia.

—¡Oh! Si usted admite sus errores, no me queda nada que decir.

—Lo mismo me parece a mí.

No cumplía mi misión con mucha diplomacia, y, a fe mía, ello me mortificaba.

—¡Pero no es posible dejar a una mujer con dos hijos y sin un penique!

—¿Por qué no? La he mantenido durante diecisiete años. ¿Acaso, para variar, no podría ahora mantenerse con sus propios medios?

—No está en condiciones de hacerlo.

—Que al menos lo intente.

Habría habido, en verdad, mucho que replicar; habría podido hablarle de la situación social de las mujeres, del contrato tácito que un hombre acepta al contraer matrimonio y de mil otras cosas; pero por el momento sólo un punto me importaba:

—¿No le interesa ella, ya?

—En absoluto.

El tono de Strickland dejaba entrever tanta alegre desvergüenza, que a pesar de la suma gravedad del asunto debí morderme los labios para no sonreír.

A mismo tiempo recordaba su abominable conducta, y hube de hacer un esfuerzo para no exaltarme hasta la indignación.

—¿Y sus hijos? ¿Vinieron al mundo por voluntad propia? Si usted los abandona de esta manera se encontrarán en la calle.

—Han conocido varios años de comodidades. Muchos más que la mayoría de los niños. Por otra parte, ya se ocuparán de ellos. Cuando vean que la cosa no tiene remedio, los Mac Andrew costearán sus estudios.

—Pero ¿no siente usted por ellos el cariño del padre? ¡Y unos chicos tan encantadores! ¿Está usted resuelto, en verdad, a romper todas sus relaciones con ellos?

—Mucho los quería cuando eran menores; pero, en la actualidad, debo confesarle con franqueza que no me inspiran ya ninguna ternura especial.

—Usted es un padre desnaturalizado.

—Seguramente.

—Y no parece avergonzarse.

—De ninguna manera.

Traté entonces de asirme de otro argumento.

—Todo el mundo comentará su falta de nobleza.

—¡Que digan lo que quieran!

—Lo odiarán, lo despreciarán. ¿Acaso todo esto no tiene importancia para usted?

—Ninguna.

Esta breve respuesta fue lanzada tan desdeñosamente, que mi pregunta, no obstante natural, quedó sonando en mis oídos como un absurdo. Pregunté:

—¿Cómo va a vivir en medio de la reprobación general? Y luego, ¿está usted seguro de que esto no le afectará jamás? Todos tienen su conciencia, y, tarde o temprano, la suya hablará. Supongamos que su mujer acaba de morir. ¡Qué remordimiento!

Strickland permaneció mudo. Después de algunos minutos, hube de romper una vez más el silencio:

—¿Qué tiene que responder a esto?

—Nada, como no sea que usted es un tonto apasionado.

—Por último, quiéralo o no, usted deberá mantener a su mujer y a sus hijos —contesté yo, herido—. La ley se encargará de protegerlos.

—El rey pierde sus derechos cuando no tiene un penique. Apenas si me quedan unas cien libras.

Me intrigaba cada vez más. A decir verdad, su elección del «Hotel des Belges» revelaba la más precaria escasez.

—¿Y cuando las haya gastado?

—Ya veré lo que hago.

Estaba perfectamente tranquilo. Su expresión desdeñosa dejaba en el ridículo cada una de mis frases. Agotados los argumentos, opté por guardar silencio. Habló él, entonces.

—¿Por qué Amy no vuelve a casarse? Es joven todavía y no carece de atractivos. Es una perfecta esposa. Dado el caso, yo la recomendaría. Y si quiere divorciarse, no seré yo quien se oponga.

Esta vez le había atrapado. Aunque Strickland derrochaba astucia, no había logrado ocultar sus intenciones. Debía tener sus razones para no confesar que lo acompañaba una mujer, y todos sus esfuerzos tendían a ese objeto.

—Por ningún motivo se resolverá su mujer a iniciar expediente de divorcio —le contesté, ufano de mi ventaja—. Ha tomado ya todas sus decisiones.

El marido prófugo me miró con sincera extrañeza y volvió a hablar con un acento más serio.

—Mi querido amigo, nada puede inquietarme. ¿Qué diferencia puede haber para mí entre estar divorciado y no estarlo?

—Vamos, ¿nos toma usted por unos idiotas? Usted se ha fugado con una mujer.

Strickland se echó atrás, sobresaltado, y enseguida se lanzó a reír. Reía tan sonoramente, que llamó la atención de nuestros vecinos, algunos de los cuales se echaron a reír también.

—No veo lo divertido que pueda haber en suponerlo —exclamé.

—¡Pobre Amy! —dijo lleno de ironía.

Casi inmediatamente se pintó en su rostro un amargo desprecio.

—¡Qué escasas de cerebro son las mujeres! ¡El amor, siempre el amor! Se imaginan que sólo se las puede dejar para irse con otra. ¿Cree usted que yo habría cometido la tontería de hacer lo que he hecho solamente por una mujer?

—¿No es por una mujer que ha abandonado usted a su esposa?

—¡Claro que no!

—¿Palabra de honor?

¡Qué ingenuo fui al formular esta pregunta!

—¡Palabra de honor!

—Entonces, en nombre del cielo, ¿por qué la dejó Usted?

—Para pintar.

Sin poder comprender, lo miré durante un momento. ¿Me las había con un loco? No hay que olvidar que yo era muy joven y que consideraba a Strickland un hombre ya maduro. El estupor me clavó en mi asiento.

—¡Pero usted tiene cuarenta años!

—Por lo mismo, no hay que perder el tiempo.

—¿Ha pintado usted alguna vez?

—Cuando muchacho, mi mayor ilusión era llegar a ser pintor; pero mi padre me obligó a dedicarme a los negocios, so pretexto de que las artes no producían nada. Hace un año que comencé a pintar. Poco después me matriculé en algunos cursos vespertinos.

—¿En esto se ocupaba usted cuando su mujer le creía jugando bridge en el club?

—Precisamente.

—¿Y por qué no se lo decía?

—No lo comprendería. Por lo demás, necesito de la tranquilidad que proporciona el aislamiento.

—¿Y sabe usted pintar?

—Todavía no, pero ya aprenderé. Por eso estoy aquí. En Londres no encontraba lo que quería. Quizá tenga más suerte en París.

—¿Cree usted que un hombre, a su edad, tiene probabilidades de triunfar? La mayor parte de los pintores ha comenzado a los dieciocho años.

—Aprendo con más rapidez de lo que habría podido hacerlo a esa edad.

—¿Qué es lo que le hace creer que tiene disposición?

No respondió en seguida. Sus ojos erraban tras los transeúntes, sin detenerse sobre ellos.

—Debo pintar.

—¡Pero esto es una aberración!

Me miró de frente. La expresión de sus ojos me hizo sentirme mal.

—¿Qué edad tiene usted? ¿Veintitrés años? —me preguntó.

La pregunta me pareció completamente fuera de lugar. A mi edad yo habría podido embarcarme en una aventura semejante. ¡Pero él, que había dejado atrás el tiempo de la juventud, él, un agente de cambio, dueño de una hermosa situación, con una buena mujer como esposa y padre de dos hijos!…

Lo que habría sido admisible en mí era absurdo en él. No le oculté mi manera de pensar:

—Naturalmente, es posible el milagro. Usted puede llegar a ser un gran artista, pero reconocerá que lleva sólo una oportunidad contra un millón. ¿No sería terrible que por hacer algo bien terminara comprobando que lo ha echado todo a perder?

—Debo pintar —repitió.

—Supongamos que usted no lograra llegar a ser sino un pintor mediocre. ¿Valdría eso los sacrificios que ha impuesto a su mujer y a sus hijos? En las demás carreras no importa no sobresalir sobre el término medio. Con tal de cumplir con sus obligaciones, se sigue adelante; en un artista la cosa cambia.

—¡Imbécil! —exclamó.

—¿Qué? ¿Acaso es una locura reconocer la evidencia?

—Le digo que debo pintar. Es algo superior a mí. Cuando un hombre se cae al agua, poco importa que nade bien o mal; lo indispensable es que salga del paso como pueda.

La pasión sincera que vibraba en su voz me impresionó, muy a mi pesar. Sentía que una fuerza extraña dominaba su voluntad. No lograba comprender nada. Un demonio lo poseía. Y, no obstante, tenía las apariencias de hallarse en su estado natural. Mi curiosidad no le causaba confusión alguna. ¿Por quién habría podido tomarle un extraño al verle sentado allí, con su vieja americana de presillas y su hongo grasiento? La raya de sus pantalones había desaparecido tiempo atrás. La limpieza de sus manos era muy dudosa. Los pelos rubios de su barba mal afeitada, sus ojos vidriosos, su nariz fuerte y agresiva tenían algo de rudo y de vulgar. La boca era grande, los labios gruesos y sensuales. No, no habría sabido en qué categoría clasificarlo.

—De modo ¿qué ha resuelto no volver al lado de su mujer? —le dije por fin.

—¡Jamás!

—Ella está dispuesta a olvidarlo todo, a volver a la vida en común. No le formulará el menor reproche.

—¡Que se vaya al diablo!

—¿Es indiferente para usted pasar por un monstruo y dejar a sus hijos reducidos a la miseria? Completamente.

Alargué la pausa para reforzar el efecto de mis palabras, y agregué luego con la mayor solemnidad que me fue posible:

—¡Usted es un perfecto sinvergüenza!

—Ahora que usted se ha desahogado —replicó tranquilamente—, vamos a comer.

.

CAPÍTULO XIII

CONFIESO que habría sido más correcto declinar la invitación. Quizás debí manifestarme indignado, como en realidad lo estaba; cuando menos, mi categórica negativa a sentarme a la misma mesa que semejante individuo, me habría significado la aprobación del coronel Mac Andrew. Pero yo he titubeado siempre antes de adoptar una actitud severa por temor a no poder sostenerla, y, en aquella ocasión, la certeza de que Strickland no atribuiría importancia a mis sentimientos, vino a completar mi indecisión. Sólo la fe del poeta o del santo puede esperar que crezcan lirios en el asfalto de una acera.

Pagué lo que habíamos bebido y nos encaminarnos hacia un pequeño restaurante, estrecho y bullicioso, donde comimos muy alegremente. Yo tenía el apetito de mi edad y Strickland el de una conciencia endurecida. Luego, para el café y los licores, emigramos hacia una taberna.

Había agotado ya todos mis argumentos. Bien sabía que no insistir era traicionar a la señora Strickland; pero sentí la absoluta imposibilidad de atravesar la coraza de indiferencia de mi interlocutor. Hay que poseer la tenacidad femenina para repetir siempre lo mismo sin cansarse. Yo pretendía excusar mi actitud, tratando de persuadirme de que era necesario estudiar ante todo el estado de ánimo de Strickland. Y, en efecto, nada me intrigaba más. ¿Pero cómo lograr comprenderlo?

Strickland no era locuaz. Se hacía entender con dificultad, como si la palabra no hubiese sido su modo natural de expresión. No era cosa fácil seguir su pensamiento a través de sus frases entrecortadas, sus palabras confusas y sus gestos vagos. Mas, si no decía nada extraordinario, tenía, sin embargo, algo que le impedía hacerse pesado. Tal vez su franqueza. No parecía interesarse en absoluto por este París que veía por primera vez —el viaje con su mujer no podía contarse— y los espectáculos que debían haberle sorprendido no le provocaban ninguna admiración. Yo he estado en París un centenar de veces y con un agrado siempre renovado. Nunca he vagado por sus calles sin sentirme al borde de la aventura. Strickland, en cambio, permanecía indiferente. Cuando pienso en ello, me convenzo de que no veía nada que no fuera alguna inquietante visión interior.

De súbito, sobrevino un incidente. La taberna rebosaba de muchachas, algunas sentadas a la mesa con sus amigos y otras solas. Una de éstas nos miraba. Cuando sus ojos se encontraron con los de Strickland, sonrió. Él no pareció darse cuenta. Por unos pocos momentos, ella salió, para volver al instante y rogarnos, con toda gentileza, al pasar por nuestra mesa, que le ofreciésemos alguna cosa. La joven se sentó y yo comencé a hacer mis cálculos; pero estaba a la vista que ella no pensaba sino en Strickland. Le previne, entonces, que él no sabía sino dos o tres palabras en francés. No obstante, ella trató de hablarle, mitad en signos y mitad en un francés infantil, que suponía, no sé por qué, más fácil de comprender. Además, chapurreaba una media docena de frases inglesas. Lo que sus pocos conocimientos no le permitían expresar, hube de traducírselo yo, y ella esperaba las respuestas con visible impaciencia. Strickland parecía divertirse; pero se veía que conservaba su indiferencia.

—Usted acaba de hacer una conquista— le manifesté.

—No me halaga en absoluto.

En su lugar, yo me habría interesado más. La muchacha tenía unos ojos sonrientes y una boca tentadora. Era muy joven. ¿Qué podía atraerla en la persona de Strickland? No hizo misterio de sus impulsos y me rogó que los transmitiera a mi compañero de mesa.

—Desea que usted la acompañe a su casa.

—Estoy muy bien aquí.

Suavicé como pude tan poco galante respuesta, que atribuí a su falta de dinero.

—Insisto —agregó ella—. Dígale que no le costará nada.

Cuando transmití esto a Strickland, él alzó los hombros con impaciencia.

—¡Que se vaya al demonio!

Con el gesto subrayó la respuesta. La muchacha no necesitó traducción; se puso de pie y nos volvió la espalda indignada. Seguramente se había avergonzado de su fracaso.

—No puede decirse que sea cortés —dijo mientras se abría paso entre las mesas vecinas.

Yo estaba sorprendido y molesto.

—Por qué la ha insultado usted?… —le dije a Strickland—. Después de todo, la aventura no dejaba de ser lisonjera.

—Estas cosas me disgustan —replicó.

Lo observaba con curiosidad. Su rostro reflejaba un disgusto verdadero, y, no obstante, sus rasgos eran los de un hombre ardiente y sensual. Seguramente la muchacha se había sentido atraída por cierta brutalidad que se presentía en él.

—En Londres habría podido tener todas las mujeres que hubiese querido. No es a buscarlas a lo que he venido a París.

.

CAPITULO XIV

DURANTE mi viaje de regreso a Inglaterra, repasaba mentalmente el caso de Strickland. ¿Qué diría a su mujer? No podía enorgullecerme con las nuevas que le llevaba.

El hombre seguía siendo un enigma para mí. Cuando le pregunté cómo se le había ocurrido pintar, no había sabido o no había querido responderme. Quizá un obscuro sentimiento de rebelión había germinado, poco a poco, en su cerebro obtuso; pero ¿cómo explicar entonces que su monótona existencia no revelara nunca la tempestad que se preparaba? Si su fuga tenía por causa primera la necesidad de romper lazos insoportables, su conducta habría sido comprensible y vulgar; ahora bien, en él, precisamente, no había nada de vulgar. Por fin, vino a mi espíritu una idea que se me impuso por su carácter romántico, idea bastante discutible, más la única que me satisfacía ligeramente: una vocación durante largo tiempo contrariada debía haberse desarrollado, poco a poco, en este hombre, tal como se desarrolla un cáncer, hasta poseerlo todo entero y lanzarlo a la acción con una fuerza irresistible. Hay aves que ponen sus huevos en los nidos de otras. Una vez salido del cascarón, el pequeño extraño desaloja del nido a toda la pollada, y en seguida destruye la construcción que hasta entonces lo ha abrigado.

Era ciertamente extraordinario que, para ruina suya y desgracia de sus familiares, se hubiese despertado el instinto creador en este insípido agente de cambio. Pero, ¿no es más extraordinario todavía ver al espíritu de Dios apoderándose de hombres ricos y poderosos, después de perseguirlos con implacabilidad, hasta el día en que, por fin, abandonan las alegrías del mundo y el amor, por las austeridades del claustro? La conversión reviste formas variadas y sigue vías diversas. Existen rocas que no pueden ser destruidas sino por el furor del cataclismo; otras se disgregan bajo la sola acción de una gota de agua. Strickland unía la violencia del fanático a la intransigencia del apóstol. ¿Lo justificarían sus obras? Cuando le pregunté lo que sus camaradas de las clases vespertinas pensaban sobre su pintura, me había contestado haciendo una mueca.

—No toman nada en serio.

—¿Trabaja usted en un taller?

—Sí; el viejo, quiero decir el maestro, pasó esta mañana; cuando vió mi dibujo, levantó las cejas y se alejó sin decir una palabra.

Strickland había reído irónicamente. No parecía desalentado. El juicio de los demás no tenía importancia alguna para él. Y era lo que más me desconcertaba en este hombre.

En general, los que se declaran indiferentes a la opinión ajena se dejan engañar por una falsa esperanza. Si bien es cierto que actúan como les place, no lo es menos que tienen buen cuidado de evitar que sus aventuras trasciendan. Es necesario que se sientan sostenidos y aprobados por los que los rodean para resolverse a desafiar la opinión de la mayoría. ¿Qué mérito existe en fingir desprecio por los convencionalismos, cuando este desprecio es, precisamente, uno de los convencionalismos de su medio? No creo en la sinceridad de los que desprecian la opinión. Su orgullo es el de la ignorancia. Mas esta vez me encontraba ante un hombre que no atribuía en verdad importancia alguna a lo que se pensase de él. Los juicios resbalaban sobre su conformidad, como resbala la mano sobre el cuerpo aceitado del luchador. Esto le daba una independencia casi agresiva. Recuerdo haberle dicho:

—Si todo el mundo procediera como usted, la vida sería imposible.

—¡Qué frase más tonta! Todo el mundo no puede aspirar a proceder como yo. La masa se resigna perfectamente a permanecer en la rutina.

En otra ocasión, ensayé la ironía:

—¿Qué dice usted de la máxima «procede de manera que cada una de tus acciones pueda erigirse en regla universal»?

—No la conocía, pero ahora puedo decir que es estúpida.

—Sin embargo, es de Kant.

—No por eso es menos estúpida.

Nada conmovía la conciencia de este hombre. Era como tratar de obtener sin un espejo la reflexión de una imagen. La conciencia es en el individuo la guardiana de las leyes dictadas por la colectividad, considerando su necesidad de conservarse. Es un guardián que vigila nuestros corazones para impedirnos infringir las reglas establecidas, un espía instalado en la íntima fortaleza del ser. El hombre tiene tal sed de simpatía, su temor por las críticas es tan vivo, que por sí mismo ha introducido al enemigo en la plaza; su conciencia no cesa de vigilar, siempre dispuesta a ahogar toda veleidad de independencia. Es el lazo poderoso que encadena al individuo con la masa y que le impulsa a preferir a los suyos los intereses de la colectividad, que ha aprendido a considerar superiores. El hombre llega a convenirse en el esclavo de su conciencia. La coloca sobre un pedestal. Por último, como el cortesano, adulador servil del cetro que lo oprime, se vanagloria de su esclavitud. A sus ojos, ninguna inventiva es suficientemente fuerte para castigar al que desconoce el principio de autoridad, porque se siente desarmado ante este ser independiente. Frente a la monstruosa insensibilidad de Strickland, yo no podía menos que retirarme horrorizado. Cuando nos despedimos, sus últimas palabras fueron:

—Dígale a Amy que perderá su tiempo tratando de hacerme regresar. Por lo demás, voy a cambiarme de hotel y no volverá a encontrarme.

—La felicitaré, además, por haberse desembarazado de usted —le dije.

—Hágale comprender que es acreedora a la felicitación, mi buen amigo. ¡Pero es tan estrecha la inteligencia de las mujeres! …

.

CAPÍTULO XV

EN Londres me esperaba una tarjeta en que se me rogaba que pasara por la casa de la señora Strickland después de comer.

La encontré con el coronel Mac Andrew y su mujer. La hermana de la señora Strickland, la mayor de la familia, estaba algo más envejecida que ella, pero se le parecía mucho. Tenía un aspecto de suficiencia, ese aspecto de dueña de los destinos del Imperio británico, que da a las esposas de los oficiales el sentimiento de pertenecer a una casta superior. Era franca en su hablar, y su buena educación disimulaba mal su convencimiento de que fuera del ejército no había sino dependientes del comercio. Detestaba, por lo tanto, a los oficiales de la guardia, a quienes encontraba presumidos, no gustaba hablar de sus mujeres, poco puntuales para devolver las visitas. Además, sus «toilettes» eran vistosas y de muy mal gusto.

La señora Strickland parecía muy nerviosa.

—Pues bien, cuénteme cómo le ha ido —dijo, después de saludarme.

—Estuve con su marido. Temo que su decisión de no volver sea irrevocable.

Proseguí, luego de una pausa.

—Quiere pintar.

—¿Qué? —exclamó la señora Strickland llena de admiración.

—¿No supuso usted nunca que él se interesase por esta suerte de cosas?

—Está loco de remate —manifestó el coronel.

Amy frunció las cejas. Repasaba sus memorias.

—Recuerdo que antes de nuestro matrimonio tenía algunas cajas de pinturas, cuyos pinceles manejaba malamente. ¡Había que ver sus mamarrachos! Lo reñíamos de continuo. No tenía ni una sombra de talento.

—Es sólo un pretexto —insinuó Mac Andrew.

La señora Strickland reflexionaba. Para ella, mi revelación no tenía pies ni cabeza. Su instinto de dueña de casa había vuelto a manifestarse y el salón no se encontraba ya en el abandono con aquel aspecto de hotel amueblado que observara inmediatamente después de la catástrofe.

—Pero si el arte le atraía tanto, ¿por qué no decirlo? —manifestó por fin la señora Strickland—. Yo habría sido la primera en simpatizar con gustos de este género.

La mujer de Mac Andrew apretó los labios. No había aprobado nunca la inclinación de su hermana hacia las personas que cultivan las artes. Siempre que se le ofrecía, ella hablaba de los intelectuales con desprecio.

Amy continuó:

—Después de todo, si tuviera talento, yo no querría otra cosa que estimularlo. Nada me habría costado. Preferiría mil veces ser la mujer de un pintor que la de un agente de cambio. Sin los hijos, todo me sería igual. Viviría tan bien y tan contenta en un pequeño taller como: en este departamento.

—Querida, me pones nerviosa —interrumpió la señora Mac Andrew. ¿Vas a creer esa historia?

—Me parece que es la verdad desnuda —insinué con timidez. Ella me miró con desdeñosa condescendencia.

—Un hombre no renuncia a sus asuntos ni abandona a su familia sin que haya una mujer de por medio. Quizá ha debido conocer a una de tus famosas artistas, que le han hecho perder la cabeza.

Las mejillas de la esposa abandonada se animaron de súbito con un ligero rubor.

—¿Qué aspecto tiene esa mujer?

Vacilé. Sabía que todos se admirarían.

—No existe tal mujer.

El coronel y su mujer manifestaron bulliciosamente su escepticismo, y la señora Strickland se levantó sorprendida.

—¿Acaso no la ha visto usted? —exclamó con arrebato.

—No había persona alguna que ver. Strickland está solo.

—¡Imposible! —aseguró la señora Mac Andrew.

—Debí haber ido yo mismo, como deseaba hacerlo —intervino el coronel—. No habría necesitado mucho tiempo para descubrirla.

—En efecto, es sensible —repliqué yo, bastante molesto—. Usted habría comprobado que se halla engañado en todas sus suposiciones. Strickland no vive en un hotel elegante. Se aloja en una pieza miserable. Si ha dejado su hogar y sus comodidades no es para lanzarse a una vida de placeres. No Tiene un penique.

—Habrá hecho algo, que ignorarnos y emprende Ahora la fuga, por temor a la policía.

Esta hipótesis fue un rayo de esperanza que alentó aquellos corazones; pero me encargué de desvanecerles pronto la ilusión.

—Entonces no habría tenido la ingenuidad de dar su dirección a su socio — repliqué agriamente—. Por lo demás, vuelvo a afirmar que partió solo. No está enamorado. Nada se encuentra más lejos de su pensamiento.

Hubo un silencio. Reflexionábamos.

—En fin, si lo que usted dice es exacto —manifestó la señora Mac Andrew—, las cosas no son tan graves como suponía.

Su hermana la miró sin decir una palabra. Estaba extremadamente pálida. Su expresión me sorprendió. La mujer del coronel continuó:

—Si sólo se trata de un capricho, pronto se le pasará.

—¿Por qué no va usted a buscarlo, Amy? —sugirió Mac Andrew—. Nada le impide vivir con él en París durante un año. Nosotros nos encargaremos de los chicos. Luego desistirá de sus manías; estoy persuadido de ello. Tarde o temprano, querrá volver a Londres, y el mal no habrá sido tan grande.

—¡Jamás en la vida! —le interrumpió su mujer—. Por mi parte, me limitaría ahora a dejarle suelta la brida. Ya regresará, sumiso, tranquilo, encantado con volver a la vida normal.

Pronunciada la última palabra, miró a su hermana con severidad.

—¿No fuiste siempre condescendiente y atenta con él? Los hombres son seres extraños: hay que saberlos tomar.

La señora Mac Andrew compartía una opinión muy corriente en su sexo: un hombre es un bruto si abandona a una mujer que lo quiere; pero en tal caso, la mujer también merece un reproche. Los ojos de Amy se volvieron lentamente hacia nosotros.

—No volverá jamás.

—¡Oh, vamos! ¿Después de lo que acabas de oír? Está acostumbrado a la comodidad y a las pequeñas atenciones. ¿Crees tú que no se hastiará pronto de la buhardilla y las mortificaciones? Por otra parte, si no tiene dinero, se verá forzado a regresar de buena o de mala gana.

—Mientras le suponía con una mujer conservaba la esperanza. Estas historias terminan siempre en una desilusión. Al cabo de dos o tres meses, era fatal el desenlace. Pero si no ha partido por amor todo está perdido.

—¡Oh, es bien sutil! —manifestó el coronel, poniendo en esta frase todo el desprecio que experimentaba por una cualidad tan extraña a los hábitos de su profesión—. Volverá, y, como lo dice Dorothy, sus escándalos no lo harán más insoportable.

—¡Pero si vuelve le daré con la puerta en las narices!

—¡Amy!

La cólera acababa de apoderarse de ella y su palidez traicionaba ahora una exaltación fría y repentina. Hablaba con rapidez y con frases entrecortadas.

—Habría podido excusarle si, perdiendo la razón por una mujer, hubiese huido con ella. Era lo natural. En verdad, ¿cómo hacerle reproche alguno? Me habría dicho: he sido arrastrado, ¡son tan débiles los hombres y tan poco escrupulosas las mujeres! Pero no es el caso. ¡Lo odio! ¡Ahora no se lo perdonaré jamás!

En su estupefacción, el coronel y su consorte se pusieron a hablar simultáneamente. Creían loca a la mujer del fugitivo agente de cambio. Ella se dirigió hacia mí, llena de esperanza:

—¿Tampoco me comprende usted? —gimió.

—No estoy del todo seguro. ¿Debemos creer que usted soportaría ser abandonada por una mujer y no por una idea? ¿Por qué, si usted se siente capaz de luchar contra la una, se siente desarmada ante la otra?

Amy me lanzó una mirada desprovista de compasión; pero no contestó nada. Yo había puesto el dedo en la llaga. Momentos después, continuó con voz baja y temblorosa.

—No creía posible odiarlo como lo odio. ¡Pensar que me consolaba con la suposición de que, tarde o temprano, tendría necesidad de mí! Me decía: si se sintiera en artículo de muerte y me mandara llamar, acudiría a su llamada. Le habría cuidado como una madre. En el momento supremo, le habría asegurado que le seguía queriendo, que le perdonaba todo…

¿Qué afán tienen las mujeres por mostrarse sublimes en el lecho de muerte de aquellos que han querido? A veces parecen deplorar que, viviendo mucho tiempo, retardan la realización de la escena.

—Pero, ahora, ahora todo ha terminado. Ningún extraño me es más indiferente. Quisiera que muriese pobre, desprovisto de todo, sin un amigo, es el más grande de los abandonos. Le deseo que sea minado por un mal repugnante. Ya no me interesa más. ¡Lo odio!

Osé entonces hablarle de la proposición que Strickland me había hecho.

—Si usted desea el divorcio, le dará toda clase de facilidades.

—¿Y por qué he de devolverle su libertad?

—No creo que él piense en eso. Suponía que esto le sería más cómodo.

La señora Strickland se encogió de hombros. Quedé desorientado. En aquellos tiempos, con mucha más confianza que ahora, yo creía que los caracteres no se desmentían, no podían desmentirse.

Me chocaba tanto rencor en una criatura tan suave. Pero ahora lo sé: pequeñez y grandeza, malevolencia y caridad, odio y amor, suelen estar juntos en su corazón.

Me esforcé por atenuar la amarga humillación que atormentaba a la señora Strickland.

—Como usted sabe, no estoy completamente cierto de que su marido no sea responsable en absoluto. Pero no lo creo en su estado normal. Me parece dominado por una fuerza extraña. La mosca atrapada en una tela de araña no está más desarmada. Diríase la víctima de un hechizo. Esto me recuerda ciertos extraños casos de encantamiento. El alma no es ya una parte integrante del cuerpo; puede sufrir misteriosas transformaciones. En los tiempos pasados se habría dicho que Strickland estaba hechizado.

La señora Mac Andrew se acomodó un pliegue de la falda y sus brazaletes de oro se le deslizaron hasta las muñecas.

—Todo eso me parece traído por los cabellos —observó secamente—. Tal vez Amy ha tratado a la ligera a su marido. Confesémoslo: menos absorbida por sus propios asuntos, habría observado algo. No puedo concebir que Alec tuviera una idea en la cabeza, durante un año o más, sin que yo me diese cuenta.

El coronel tomó un aire de ausencia, que me hizo preguntarme si era posible ser tan inocente como lo parecía.

—Pero no por eso Carlos es menos inexcusable.

La señora Mac Andrew me miró con severidad.

—Voy a decirle por qué ha abandonado a su mujer: por puro egoísmo y nada más.

—He aquí, ciertamente, la explicación más sencilla —dije yo, pensando que ella no explicaba nada.

Pretextando hallarme cansado, me levanté y me despedí. La dueña de casa ni siquiera trató de retenerme.

.

CAPÍTULO XVI

Lo que siguió a esta visita a la señora Strickland demostró que era una mujer de carácter. Disimuló toda su pena. Comprendió que el mundo se aburre pronto de las historias de mala suerte y evita el contacto con la desgracia. Cada vez que salía de su casa —y la compasión de sus amistades se traducía en frecuentes invitaciones— su comportamiento era perfecto. Se mostraba valiente, aunque no en exceso; alegre, sin ser provocadora, y parecía agradarle más escuchar las penas ajenas que contar las propias. Cuando hablaba de su marido, lo hacía demostrando lástima. Al principio me dejaba un poco perplejo su actitud. Un día me dijo:

—Estoy convencida de que usted debe haber estado equivocado al asegurar que Carlos vivía solo. Ciertas personas, cuyo nombre no puedo darle, me han dicho que no fué solo a París.

—En tal caso, ha borrado las huellas con mucho éxito —le respondí.

Ella miró hacia otro lado y se ruborizó un poco.

—Lo que le quiero decir es que… si usted habla con alguien que le dice eso, que lo acepte, que no contradiga al que le afirme que se fugó con alguien.

Comprendiendo, la tranquilicé:

—Claro que no lo haré.

Cambió la conversación como si el asunto no tuviera la menor importancia para ella.

Oportunamente descubrí que circulaba entre sus amistades una extraña historia. Decían que Carlos se había enamorado perdidamente de una bailarina francesa, a la que había visto por primera vez en el teatro Imperio, y que la había acompañado a París. No pude encontrar el origen del chisme, pero por más extraño que parezca, el rumor le proporcionó muchas simpatías a la señora Strickland, dándole, al mismo tiempo, cierto prestigio. Eso tenía sus ventajas para la vida que ella pensó adoptar. El coronel Mac Andrew no había exagerado cuando dijo que quedaba sin un penique, y ella debió pensar en ganarse la vida lo más pronto posible. Aprovechó su relación con numerosos escritores, y sin pérdida de tiempo comenzó a estudiar taquigrafía y dactilografía. Dada su educación esmerada, era más probable que llegaría a ser una dactilógrafa más eficiente que la mayoría de ellas, y la situación dramática en que se hallaba la ayudó a conseguir trabajo. Sus amigos le brindaron ocupación y se empeñaron en buscársela.

Los Mac Andrew, que no tenían hijos y que gozaban de una posición desahogada, se hicieron cargo de la educación de los niños, y la señora Strickland sólo debió pensar en ella misma. Dispuso de su departamento y vendió sus muebles. Se instaló en dos pequeñas habitaciones en Westminster y comenzó una nueva vida. Se sentía tan capaz que no dudaba en que tendría éxito en su aventura.

.

CAPÍTULO XVII

ALREDEDOR de cinco años más tarde, decidí instalarme en París. Estaba harto de Londres y de su vida invariablemente monótona. Mis amigos se abandonaban al plácido curso de su existencia; ya no me reservaban nada imprevisto. Cuando los encontraba, sabía de antemano lo que iban a decirme.

Hasta sus aventuras de amor eran de una fastidiosa vulgaridad. Nos asemejábamos a los tranvías que corren sobre sus rieles de esquina en esquina, y cuyo número de pasajeros es posible calcular casi con exactitud según la hora del día. Ante el entorpecimiento de esta vida sin alternativas, el espanto se apoderó de mí. Vendí lo poco que tenía y resolví cambiar de horizonte.

Antes de mi partida fuí a despedirme de la señora Strickland. Hacía mucho tiempo que no la veía. La encontré envejecida, arrugada; su carácter, como su físico, me pareció cambiado. Pero sus negocios prosperaban. Acababa de abrir una oficina en Chancery Lane, donde tenía cuatro empleadas a sus órdenes. Algunos refinamientos en sus tintas azules y rojas y los tonos pálidos con reflejos muarés del papel que empleaba, daban a sus copias un realce que le había valido merecida reputación de elegancia y corrección… Ganaba dinero. Mas, para ella, el ejercicio de una profesión llevaba envuelta la idea de una decadencia. A cada instante recordaba la distinción de su origen y no podía dejar de citar los nombres de sus brillantes relaciones. Nadie la oyó jamás hacer alarde de sus aptitudes comerciales, y en cambio todos la veíamos darse tono ante la idea de comer al día siguiente con un consejero del rey que vivía en South Kensington. ¡Y con qué énfasis nos hacía saber que su hijo estudiaba en Cambridge! Enumeraba, llena de orgullo, los bailes a que se había invitado a su hija, que comenzaba, por entonces, a figurar en sociedad.

—Piensa hacerla trabajar con usted algún día? —le pregunté, muy torpemente por cierto.

—¡Oh! ¡Nunca en la vida! Siendo bonita como es, estoy segura de que hará un buen matrimonio.

—Y mientras aquello llega, ¿tampoco la ayudará?

—Muchos la encuentran con aptitudes para el teatro, pero yo ni quiero oír hablar de ello. Si consintiese, la contratarían de seguro de un día a otro; pero, Ese la imagina usted en un mundo semejante?

Esta estrechez de ideas me extrañó un poco.

—¿Ella tenido usted noticias de su marido? —le pregunté.

—No. Ni una palabra. Bien puede haberse muerto. Quizás se encuentre en París.

—¿Quiere usted que le dé nuevas suyas?

Amy titubeó.

—Si verdaderamente fuese necesario, estaría dispuesta a ayudarlo. Le enviaría cierta cantidad, que usted le iría entregando a medida que lo requiriesen sus necesidades.

—¡Qué generosidad!

Sin embargo, bien sentía yo que esta oferta no estaba dictada por la generosidad. Es falso que el sufrimiento ennoblece el carácter. La felicidad produce a veces este efecto; pero, en la mayor parte de los casos, la desgracia hace al ser humano mezquino y rencoroso.

.

CAPÍTULO XVIII

Ocurió que, efectivamente, encontré a Strickland antes de quince días de mi llegada a París. He aquí como:

Descubrí muy pronto un pequeño departamento en una casa de la rue des Dames, en un quinto piso, y un revendedor me cedió por doscientos francos un moblaje bastante aceptable. La portera se comprometió a arreglar mi cuarto y a prepararme el desayuno. Apenas instalado, fui a ver a mi amigo Dirk Stroeve.

Dirk Stroeve era uno de esos seres ridículos en quienes, según nuestra disposición de ánimo, no podemos pensar sin reír o sin encogernos de hombros. Pintaba pero sin ningún talento. Lo conocí en Roma y recordaba todavía cada uno de sus cuadros. La vulgaridad le inspiraba un verdadero entusiasmo. Jamás retrocedía ante lo fácilmente pintable. En su corazón ardía la llama sagrada, y mientras ella le lamía el pecho, pintaba los modelos que se detienen en las graderías del Bernini, en la plaza España. Y esos estudios llenaban su taller: campesinos cubiertos con sombreros puntiagudos, con los rostros ornados con fuertes bigotes, con ojos de ascuas; pilluelos vestidos con harapos convencionales… Sus personajes esperaban en el atrio de una iglesia o entre los cipreses de un bosque que apenas dejaba penetrar los rayos de un cielo luminoso; en muchas ocasiones se hacían el amor junto a un pozo Renacimiento o caminaban por el campo al lado de una carreta con bueyes. Todos estaban dibujados con cuidado, bien pulidos. Una fotografía no habría podido reproducirlos con mayor exactitud. Cierto pintor de la ciudad de los Médicis había apodado a Stroeve «el maestro de la caja de chocolates».

—No pretendo ser un gran artista —concedía—. No soy un Miguel Ángel, no; pero tengo una condición de gran valor para mí: vendo. Aporto algo de romántico al hogar de toda clase de gentes. ¿Sabe usted que mis obras tienen aceptación, no sólo en Holanda, sino que también en Noruega, Suecia y Dinamarca? Los que con mayor interés las solicitan son comerciantes, ricos comerciantes. Usted no puede forjarse una idea de los inviernos interminables y glaciales de esos países. Sus habitantes gozan pensando que Italia se asemeja a mis cuadros. Así la imaginaba yo también antes de conocerla.

Y sin duda esta visión lo había obsesionado y alucinado siempre, hasta el extremo de enmascararle la realidad. A pesar de la evidencia, persistía en ver una Italia Pena de ruinas pintorescas y de bandidos de opereta. Mas no por eso el ideal que pintaba, tan mezquino, tan vulgar, tan comercial como era, dejaba de ser un ideal, y esto daba al carácter de Stroeve un encanto particular.

Por eso no me parecía a mí, como a todo el mundo, sencillamente ridículo. Sus camaradas no hacían misterio del desprecio por sus obras; pero él ganaba bastante dinero y nadie vacilaba en contribuir con algo de su bolsillo. Junto con burlarse de la ingenuidad con que acogía sus dolencias, los artistas necesitados recurrían a él sin la menor vergüenza. Su sensibilidad, tan fácil de despertar, rayaba en lo absurdo. Todos sacaban provecho de ella, sin guardar el menor reconocimiento. Se dejaba despojar como un niño, y, naturalmente, todos se burlaban de su candor. Ocurre lo mismo con el ratero que, orgulloso de su destreza, debe experimentar cierta indignación hacia la mujer distraída que olvida su bolso en un taxi. Por desgracia, la naturaleza, al predestinarle para el papel de «súfrelotodo», le había negado la indiferencia. Hasta las malas farsas lo conmovían. Más todavía: habríase dicho que buscaba las oportunidades para exponerse a ellas. La cosa más insignificante lo hería; pero su bondad ignoraba lo que era rencor. La experiencia no lo corregía. Apenas curado de la mordedura de una víbora, podía acoger a otra con ternura. Bajo las apariencias de una comedia, su vida era una intensa tragedia. Como yo no me burlase nunca de él, me refería, lleno de gratitud, los detalles interminables de sus miserias. Por desgracia, sus lamentaciones eran siempre burlescas, y mientras más se acercaban a lo patético más se prestaban para la risa.

Cosa extraña: este pintor detestable poseía un sentido muy sutil del arte. Visitar un museo en su compañía proporcionaba un goce singular; no era fácil encontrar un entusiasmo más sincero ni una crítica más penetrante. Stroeve era ecléctico. Su amor hacia los viejos maestros no le impedía interesarse por los modernos. Sabía discernir el talento y lo alababa con calor. No creo haber escuchado de otros labios un juicio más certero. Mucho más cultivado que la mayoría de los pintores, no ignoraba nada referente a las demás artes, y su gusto por la música y la literatura daba a su sentimiento por la pintura más comprensión y más profundidad. Para un hombre joven como yo, su opinión y sus consejos eran de un valor inapreciable.

Después de haber dejado a Roma, seguí en contacto epistolar con él. Cada dos meses —con regularidad casi matemática—, una larga carta escrita en presuntuoso inglés, hacía revivir en mí sus apasionados arrebatos y su mímica gesticulante. Poco antes de mi llegada a París, Stroeve había contraído matrimonio con una inglesa. Vivían en un taller de Montmartre. Hacía cuatro años que no nos veíamos, de modo que no conocía a su mujer.

.

CAPÍTULO XIX

No anuncié a Stroeve mi visita. Cuando toqué la campanilla de su taller, salió a abrirme personalmente, y necesitó de un instante para reconocerme. Lanzó un grito de alegría y me hizo entrar. Tanta solicitud me emocionó. Su mujer cosía cerca de la sartén que había puesto al fuego. Al verme entrar, se levantó, confundida, y él nos presentó.

—¿Recuerdas? Te he hablado muchas veces de él. Pero, ¿por qué no me escribió usted anunciándome su llegada? —continuó, dirigiéndose a mí—. Desde cuándo está usted aquí? ¿Cuánto tiempo va permanecer en París? Si hubiese llegado una hora antes, habríamos comido juntos.

Perdido bajo la avalancha de preguntas, me vi instalado en un sofá y golpeteado como un cojín. Luego me ofreció con insistencia cigarrillos, pasteles y vinos finos. No había medio de respirar. ¡Cómo lamentó no tener whisky!

—¿Quiere café? Voy a preparárselo en el acto —resolvió sin darme tiempo para responder. Radiante, lleno de alegría, no sabía qué inventar, y en su exuberancia comenzó a transpirar por todos los poros.

—¡Usted siempre igual! —le dije sonriendo, mientras le observaba de pies a cabeza.

Y, en efecto, seguía tan ridículo como antes: rollizo, corto de piernas, joven todavía —¿tenía siquiera treinta años?— pero prematuramente calvo. En su rostro redondo, de piel lisa y blanca, se destacaba como barnizadas sus mejillas y sus labios rojos. Unos lentes ribeteados de oro se anteponían a sus ojos azules, redondos también, que brillaban bajo la rubia insipidez de sus cejas albinas. Stroeve recordaba a los joviales y ventrudos mercaderes de Rubens.

Cuando le referí que acababa de alquilar un departamento con el propósito de radicarme en París, me reprochó con vehemencia por no habérselo prevenido. Se habría encargado de buscarme una posada, de prestarme algunos de sus muebles —¿había hecho yo una locura al comprarlos?— y me habría ayudado a instalarme. Al privarlo de esta ocasión de hacerme un servicio, lo había ofendido. Su mujer seguía remendando medias y-nos oía hablar con una plácida sonrisa en los labios.

—Por último, como usted ve —dijo él de súbito—, me he casado. ¿Qué tal encuentra usted a mi mujer? Stroeve se acomodó los lentes, que la transpiración hacía deslizar de la nariz, y la miró con adoración.

—¡Vaya una pregunta! —exclamé.

—A decir verdad, Dirk… —interrumpió su mujer.

—¿No es una maravilla? Se lo aconsejo por experiencia, mi querido amigo; no pierda usted el tiempo, cásese sin demora. Soy el hombre más feliz de la tierra. Mírela usted allí, sentada en su rincón. ¿No Parece un cuadro? Un Chardin, ¿verdad? He visto las mujeres más hermosas del mundo, pero no conozco ninguna más bella que la de Dirk Stroeve.

—Si no concluyes, me retiraré…

—¡Tesorito mío!… —le imploró él.

Ella se ruborizó, turbada por la pasión que vibraba en la voz de su marido. Y ella, ¿lo quería? Con su grotesca figura de rigodón francés, no tenía, por cierto, nada como para inspirar amor. Sin embargo, la sonrisa de su mujer era afectuosa, y tal vez se ocultara, tras su moderación, un sentimiento profundo. Si la ardiente fantasía de su marido exageraba sus encantos, ella poseía, empero, una gracia bastante discreta. Era más bien de elevada estatura. Su traje gris, recto y bien cortado, ceñía una línea armoniosa, un cuerpo más apropiado para tentar a un escultor que a un costurero. Espesos cabellos castaños, cuidadosamente peinados, aureolaban su pálida faz. Sin ser notables, sus rasgos no carecían de regularidad. Sus ojos eran grises y tranquilos. Había pasado al lado de la belleza, sin lograr ser hermosa. Pero cuando Stroeve hablaba de Chardin, tenía un fondo de razón. Recordaba singularmente a aquella mujer de cofia y delantal que el gran pintor ha inmortalizado. Me parecía verla entre sus cacerolas y sus tiestos, cumpliendo, como con un rito sagrado, con sus deberes domésticos, y confiriéndoles así un verdadero valor moral. No la encontré inteligente ni entretenida; sin embargo, había en su gravedad algo que excitó mi interés. Su reserva no carecía de misterio. ¿Por qué se había casado con Stroeve? Aunque conocía bien a las inglesas no lograba adivinar de qué medio provenía, qué educación había recibido ni qué género de vida había llevado antes de su matrimonio. Hablaba poco, pero su voz era simpática y sus maneras muy naturales. Pregunté a Stroeve si trabajaba.

—¡Si trabajo! Estoy más ocupado que nunca.

Nos encontrábamos en el taller, y me señaló una tela colocada sobre un caballete. Me sorprendí. Daba las últimas pinceladas a un grupo de campesinos italianos que, vestidos con trajes de la Campagna, conversaban en las graderías de una iglesia romana.

—¿Es ésta su última obra? —le pregunte.

—Sí. Tengo aquí tantos modelos como en Roma.

—Es magnífico, ¿verdad? —intervino su mujer.

—¡Esta loca me tiene por un gran artista! —chanceó él.

Su risa no logró disimular su satisfacción. Sus ojos se detuvieron sobre el cuadro. ¿Cómo su sentido crítico, tan justo, tan libre de todo prejuicio cuando se ejercía sobre las obras de los demás, podía satisfacerse con una composición tan vulgar?

—Muéstreme sus otras obras —le dije.

—¿Desea verlas?

A pesar de su temor a las burlas, Stroeve, ávido de elogios y cándidamente contento de sí mismo, no resistía al placer de exhibir sus cuadros. Sacó el retrato de dos pilluelos italianos de cabello rizado que jugaban a las bolitas.

—¡Qué amores! —dijo a su mujer.

Guardé silencio. Stroeve continuaba pintando en París los mismos temas que en Roma. Todo era falso y convencional. Sin embargo, nadie más honrado ni más sincero que él. ¡Vaya uno a explicarse esta contradicción!

No sé lo que me indujo a preguntarle:

—Dígame, ¿no ha oído hablar por casualidad de un pintor llamado Carlos Strickland?

—¡Ah! ¿Lo conoce usted?

—¡Qué hombre más repelente! —interrumpió la esposa de Stroeve.

Stroeve se echó a reír.

—¡Queridita! —dijo acercándose a ella y besando sus dos manos con ternura—. Strickland no le ha caído bien. ¡Es cosa singular que usted lo conozca!

—No me agradan las personas mal educadas —se excusó su mujer.

Sin cesar de reír, Dirk se volvió hacia mí:

—En cierta ocasión lo invité a que viniera a ver mis cuadros. Vino, le enseñé mis trabajos…

Aquí, lleno de confusión, Stroeve se detuvo. No me explicaba por qué se había aventurado a contarme esta historia, poco halagadora para su amor propio. Le era imposible terminarla sin turbarse.

—Los vió —continuó luego—. Los vió y no dijo una palabra. Creí que se reservaba el juicio en la suposición de que faltaba algo que mostrarle, lo que me indujo a decirle: «¡Eso es todo!». Strickland me respondió: «Vengo a rogarle quiera prestarme veinte francos».

—¡Y decir que eres tú quién lo cuenta! —agregó su mujer con indignación.

—Me tomó de improviso. Ni siquiera pensé en excusarme. Se guardó tranquilamente el dinero, y dándome las gracias y haciendo un pequeño saludo, se retiró.

Durante la relación de esta historia su rostro mofletudo expresaba tal confusión, que hube de hacer esfuerzos para no reír.

—Si siquiera hubiese expresado su opinión; pero nada…, ¡nada!

—¡Y decir que eres tú quién lo cuenta, Dirk! —repitió su mujer.

Para mi bochorno, me sentía más admirado por el aspecto lastimoso del holandés que irritado contra Strickland.

—¡Espero no volverlo a ver! —añadió la mujer del pintor.

Stroeve sonrió e hizo un movimiento de hombros. Ya volvía su buen humor.

—Eso no le impide ser un gran artista, un artista de primera línea.

—¿Strickland? —exclamé yo—. Tal vez no hablemos del mismo hombre…

—Uno, buen mozo, alto, fuerte, de barba rojiza. Carlos Strickland. Un inglés.

—Cuando lo conocí no usaba barba; pero es muy posible que si se la ha dejado crecer sea rojiza. El Strickland en que pienso no comenzó a pintar sino hace unos cinco años.

—Precisamente. Es un gran artista.

—Imposible.

—¿Me he equivocado alguna vez? Le afirmo que es un genio. Estoy convencido de ello. ¡Si dentro de cien años se habla todavía de usted y de mí, será porque hemos conocido a Carlos Strickland!

Me hallaba sorprendido e interesado. De súbito, nuestra última conversación revivía en mi memoria.

—¿Es posible ver sus obras? —le pregunté—. ¿Dónde vive? ¿Ha tenido algunos éxitos?

—No, ninguno. Según me parece, no ha vendido jamás un cuadro. Cuando se pronuncia su nombre, todo el mundo se echa a reír; pero, por mi parte, estoy convencido de que es un gran artista. Después de todo, también se burlaron de Manet. ¡Y Corot tampoco vendió nunca un cuadro! Ignoro la dirección de Strickland, pero puedo buscarla; todas las tardes, a las siete, se le ve en un café de la Avenue de Clichy. Si lo desea, podemos pasar por allí.

—A decir verdad —objeté—, debo preguntarme si tendrá algún agrado de verme. Tal vez mi presencia le recuerde un pasado que prefiera olvidar. ¡Peor para él! Iré de todos modos. ¿Podremos ver algunas de sus telas?

—En su casa no. Nunca muestra nada. Tiene dos o tres en el almacén de un pequeño comerciante; pero no vaya usted a verlas sin mí, porque de seguro no comprenderá nada. Quiero hacérselas admirar personalmente.

—Dirk, me impacientas —le interrumpió su mujer—. ¿Cómo puedes entusiasmarte de tal modo con él, después que ese hombre te ha tratado tan mal? Se dirigió luego hacia mí:

—Algunos holandeses han venido a comprarnos cuadros de Dirk, y él, ¡créame usted!, ha tratado de persuadirlos que adquirieran más bien uno de Strickland. Hasta ha traído algunos para enseñárselos a los interesados…

—¿Y qué le parecen a usted? —le pregunté sonriendo.

—Son unos horrores.

—¡Ah, querida, tú no comprendes nada!

—Pero los holandeses se enfurecieron. Creyeron que pretendías burlarte de ellos.

Stroeve se quitó los lentes y los limpió cuidadosamente. Estaba muy excitado y su cara encendida brillaba con la transpiración.

—La hermosura —dijo por fin— es una cosa rara, maravillosa, que en el tormento de su alma el artista extrae del caos universal. Y, cuando ha sido creada, no es dado a todos el admirarla.

—Entonces, Dirk, ¿cómo he encontrado siempre magníficos tus cuadros? Los admiré desde el primer día.

Los labios de Stroeve temblaron.

—Puedes retirarte a descansar, amor mío. Voy a dar una vuelta con mi amigo. Regreso en seguida.

.

CAPÍTULO XX

STROEVE prometió ir a buscarme a la tarde siguiente para conducirme al café donde encontraríamos a Strickland.

Según supe luego, era el mismo en que juntos habíamos bebido ajenjo cuando vine a verlo a París, lo cual me interesó sobremanera. El hecho de que no hubiese cambiado sus hábitos desde entonces revelaba su característica apatía.

—¡Aquí lo tenemos! —dijo Stroeve al llegar al café.

Estábamos en octubre; aquélla tarde calurosa todo el mundo prefería las mesas al aire libre. Lleno de inquietud y curiosidad trataba de reconocer a Strickland entre los presentes, mas sin poder encontrarle.

—Allí está, en ese rincón, jugando al ajedrez. Divisé a un hombre inclinado sobre el tablero. Sombrero de fieltro de anchas alas, barba rojiza.

Nos acercamos hasta él, deslizándonos entre las mesas.

—Strickland…

El del sombrero aludo levantó la cabeza.

—Salud, Dirk. Qué desea?

—Le traigo un camarada.

Strickland me miró, pero sin reconocerme. En seguida sus ojos volvieron al tablero.

—Siéntense y no hagan ruido —dijo.

Movió una pieza y se absorbió de nuevo en la partida. El pobre Stroeve pareció un poco confundido por el recibimiento que se me hacía; pero yo no me inquietaba por tan poco. Pedí un vaso de cerveza y esperé que Strickland terminara, muy contento con poder examinarlo. Nunca lo habría reconocido. Ni su barba mal recortada ni sus cabellos largos y desordenados me sorprendieron tanto como su delgadez, que hacía resaltar con más arrogancia su gran nariz, acentuaba las líneas de los pómulos y le hacía los ojos desorbitados y salientes.

Dos profundas cavidades ahuecaban sus sienes. El cuerpo era esquelético. Strickland llevaba el mismo traje que cinco años atrás, y que hoy, raído, manchado, brilloso, flotaba sobre su cuerpo como si hubiese sido cortado para otro. Me llamaron la atención sus manos huesosas y sucias, con sus uñas largas y puntiagudas: ya no eran sino huesos y tendones. Sentado a la mesa, con sus cinco sentidos concentrados en el juego, me produjo una impresión extraordinaria, la impresión de una gran fuerza, que sus rasgos demacrados hacían más conmovedora aún.

Luego, después de una jugada, se echó atrás y contempló a su adversario con despreocupación. Éste, un francés regordete y barbudo, examinó la posición, y en seguida, con un gesto de impaciencia y una andanada de juramentos, derribó todas las piezas y las echó en la caja. Siempre refunfuñando, llamó al mozo, pagó la consumición y salió. Stroeve acercó su silla a la mesa.

—Supongo que ahora podremos hablar —dijo.

Los ojos de Strickland se fijaron en él con una expresión algo dura. Seguramente buscaba una respuesta sarcástica, pero se quedó corto.

—Le traigo un camarada —repitió Stroeve, radiante.

Strickland me examinó fijamente durante cerca de un minuto. Permanecí en silencio.

—Un camarada que no he visto nunca —declaró.

No comprendí su intención. Por el brillo de su mirada, estaba seguro de que me reconocía, pero ya no me dejé desconcertar como en otros tiempos.

—Días atrás estuve con su mujer —le dije—. Seguramente usted tendrá mucho gusto en recibir noticias suyas.

Acogió mis palabras con una risa seca. Sus pupilas ardieron.

—¡Qué tarde más agradable pasamos juntos! —dijo—. ¿Cuánto tiempo hace?

—Cinco años.

Pidió otro ajenjo. Stroeve explicó con volubilidad cómo y cuándo nos habíamos conocido, y por qué casualidad habíamos llegado a hablar de él. ¿Le escuchaba Strickland? Una o dos veces detuvo sobre mí su mirada soñadora; pero parecía absorbido por sus pensamientos. Sin la inspirada verba de Stroeve, de seguro nuestra conversación habría languidecido. Al cabo de una hora, el holandés consultó su reloj y anunció que debía volver a su casa. Me preguntó si lo acompañaba, mas ante la idea de que a solas con Strickland podría arrancarle algunas frases, le dije que me quedaba. Después de la partida de Dirk, hablé:

—Stroeve lo considera un gran artista.

—¿Desea usted halagarme?

—Lo que deseo es ver alguno de sus cuadros.

—¿Y si no quisiera vendérselo?

—¿Tan desahogado está usted? —le pregunté, sonriendo.

Strickland, a su vez, sonrió; pero irónicamente.

—¿Lo parezco?

—Todo lo contrario; cualquiera diría que no come desde hace días.

—Y es la verdad.

—Entonces, comamos.

—¿Por qué me invita usted?

—No por caridad, ciertamente —le respondí con energía—. Me tiene muy sin cuidado el que usted esté con hambre o no.

Sus ojos se encendieron de nuevo.

—Vamos —dijo levantándose—. ¡Qué alegría poder comer alguna vez como se debe!

.

CAPITULO XXI

ME dejé conducir a un restaurante de su gusto y durante el camino compré un periódico. Pedida la comida, apoyé mi periódico contra una botella de Saint-Galmier y me puse a leer. Comíamos en silencio. De cuando en cuando, sentía la mirada de Strickland clavada en mí; pero fingía no darme cuenta. Quería forzarlo a que fuera el primero en hablar.

—¿Qué novedades hay? —preguntó poco antes de terminar la lúgubre comida.

Creí notar cierta cordialidad en su voz.

—Estoy leyendo los folletines —le dije. Doblé el diario y lo dejé a un lado.

—Ha sido muy agradable la comida —observó él.

—¿Quiere usted que tomemos el café aquí mismo?

—Muy bien.

Encendimos cigarrillos. Fumábamos sin pronunciar una palabra. Strickland me miraba de reojo y pude observar en él algunos fulgores de alegría. Esperé impaciente.

—Qué ha sido de su vida desde la última vez que nos vimos? —me preguntó, por fin.

¿Tenía yo algo que contar? Varios períodos de trabajo encarnizado y algunas experiencias; en total, pocos acontecimientos de importancia llenaban mis últimos años de vida. Apenas si había adquirido gradualmente el conocimiento de los libros y de los hombres. Tuve buen cuidado de no formular pregunta alguna, de no manifestarle el menor interés, y, por último, como era de esperarlo, mi táctica fué recompensada: Strickland comenzó a hablar de su persona.

Pero mi imaginación debía completar lo que su parsimoniosa expresión no hacía sino esbozar. Aquella recolección de vagos indicios sobre un carácter que me intrigaba, constituía, en verdad; un suplicio de Tántalo… Era como descifrar un manuscrito mutilado. Presentía yo una lucha encarnizada contra dificultades sin número; mas esto, que habría sido horrible para cualquiera, no afectaba a Strickland en absoluto. Su desprecio por las comodidades lo distinguía del resto de los ingleses; él podía vivir indefinidamente en un cuchitril cualquiera, sin sentir la necesidad de hallarse rodeado de cosas bellas. Creo que nunca había observado la suciedad del papel que cubría la pieza donde le había encontrado cuando mi primera visita. La ausencia de sofás no le mortificaba. Se sentía a sus anchas en la más infeliz silla de madera. Comía con apetito, pero sin atribuir mayor importancia a lo que se le ofrecía. Ingería los alimentos con el exclusivo propósito de calmar el hambre. Y, en los momentos de miseria, se conformaba con el más frugal de los regímenes. Durante seis meses le había bastado con un pedazo de pan y una botella de leche. Este hombre sensual se movía por encima de los placeres de la carne. Para él, las privaciones no eran en manera alguna un sufrimiento. Había mucho de conmovedor en esta manera de vivir sólo por el espíritu.

Y así, sin mayor inquietud, gastó el dinero que había traído de Londres. Nadie se interesó por sus cuadros. Y él, lejos de tratar de venderlos, comenzó a buscarse otros medios de vida. Con su laconismo habitual, me hizo un diseño de la época en que se ofrecía a les cockneys para iniciarles en la vida nocturna de París. Ni los barrios más sospechosos guardaban secretos para él. La profesión calzaba con el cinismo de su naturaleza. ¿Cuántas horas callejeó por el boulevard de la Madelaine, a la búsqueda de ingleses, de preferencia borrachos, ávidos de ver lo que la policía prohíbe? A veces el oficio le produjo sumas regulares; pero su pobre presencia y su sobriedad en el hablar, terminaron por alejar a los turistas, hasta que llegó un día en que ya no encontró aventureros que quisieran confiársele. Entonces, empezó a traducir anuncios de especialidades farmacéuticas. Durante una huelga, se le contrató como pintor de carteles en las paredes.

A pesar de todas estas dificultades, no interrumpió sus estudios de arte; pero pronto se disgustó con los talleres y comenzó a trabajar por su cuenta. Nunca la pobreza lo privó de pinturas ni de telas, que eran para él lo esencial. Strickland pintaba entonces con mucha dificultad. En su empeño de no aceptar ningún consejo, se desorientaba buscando problemas técnicos resueltos algunas generaciones atrás. ¿Hacia qué tendía? Era lo que me preguntaba. ¿Acaso él mismo lo sabía? Bajo la acción de un verdadero hechizo, parecía haber perdido el cabal dominio de su buen gusto. Tal vez no mostraba sus cuadros y la realidad no representaba ya nada para él. Comenzaba una tela con todo el vigor de su fogoso temperamento, olvidando por completo la realidad, para reproducir sólo lo que veían los ojos de su espíritu; pero, cuando decaía el entusiasmo que le había animado en un principio, poco importaba que la obra quedara inconclusa. Me parece que sólo excepcionalmente terminaba un cuadro. Nada refería con fidelidad la visión que lo obsesionaba.

—¿Por qué no expone usted sus telas? —le dije— En su lugar, yo desearía saber lo que el público piensa de mis obras.

—¿Sí?

Subrayó esta palabra con un desprecio indescriptible.

—¿No ambiciona usted la celebridad? Pocos artistas han sido indiferentes a ella.

—¡Cosas de niño! ¡Quién va a tomar en cuenta la opinión de la masa, cuando se desdeña la del individuo!

—No somos seres razonables.

—¿Quién forja la celebridad? Los críticos, los escritores, los financieros, ¡las mujeres!…

—¿No sentiría usted alguna alegría ante el pensamiento de que la obra que ha salido de sus manos produce en seres que usted no conoce emociones profundas y sutiles? Todo el mundo ambiciona el poder. ¿Hay algo más maravilloso que excitar en las almas la piedad o el terror?

—¡Melodrama!

—Entonces, ¿qué es lo que le induce a pintar bien o mal?

—Nada. Trato sencillamente de reproducir lo que veo.

—Por mi parte, le confieso que, abandonado en una isla desierta y seguro de que sólo mis ojos leerían lo que escribo, no tendría valor ni incentivo alguno para trabajar.

Strickland permaneció largo rato en silencio. Su mirada brillaba de un modo extraño, como si lo que estaba viendo le transportara al éxtasis.

—A veces sueño con una isla perdida en lo infinito de los mares, donde podría vivir en algún valle ignorado, rodeado de árboles exóticos y de un profundo silencio. Acaso allí encontraría lo que busco.

No se expresó precisamente en estos términos. Vacilaba, reemplazaba los adjetivos por gestos. He transcrito a mi manera lo que pareció querer decirme.

—Pensaba en los cinco últimos años, ¿cree usted que todo esto valía tantos sacrificios? —le pregunté.

Me miró, Comprendí que no me había entendido y me expliqué:

—Usted ha abandonado un hogar agradable, una tranquila felicidad. Sus negocios prosperaban. En París, en cambio, usted lleva la vida de un perro miserable. Si estuviera en su mano retroceder, ¿adoptaría usted la misma actitud?

—Es muy probable.

—Usted no me ha preguntado aún por su mujer, por sus hijos. ¿Acaso no los recuerda?

—No.

—¡Ah, siempre estos monosílabos! ¿No ha sentido usted nunca un arrepentimiento por todos los pesares que les ha ocasionado?

Una sonrisa se desvaneció en sus labios y movió la cabeza de un lado para otro.

—Sin embargo, el pasado debe acudir a su memoria de cuando en cuando, ¿verdad? Dejemos de lado los siete u ocho últimos años. ¿Y los recuerdos más distantes? ¿Su primer encuentro con su mujer, la época de sus amores y su matrimonio? ¿No recuerda usted con alegría la primera vez que la estrechó entre sus brazos?

—No pienso en el pasado. Lo único que me interesa es el eterno presente.

Esta respuesta me hizo reflexionar. Carecía de claridad, pero creí poder adivinar su significado.

—¿Es usted feliz? —insistí.

—Sí.

Pensativo, intrigado, lo examinaba. Él sostuvo un momento mi mirada y luego una expresión burlona iluminó su fisonomía.

—Temo no contar con su aprobación.

—¡Vamos! —respondí—. Yo no desapruebo a la boa constrictor; por el contrario, su trabajo mental me intriga.

—Entonces, ¿es por puro interés profesional que usted se ocupa de mí?

—Exclusivamente.

—Usted también, por su parte, tiene un carácter detestable. Es lo que explica su indulgencia.

—Tal vez por eso usted se aviene conmigo —le repliqué.

Strickland sonrió secamente; pero guardó silencio. ¿Cómo describir su sonrisa? Sonrisa desprovista de seducción, pero que cambiaba el aspecto habitualmente sombrío de su rostro y lo iluminaba con un rayo de malicia sin ruindad; sonrisa lenta, que nacía, y casi siempre moría en los ojos; sonrisa sensual, que evocaba la bestial jovialidad del sátiro. Esta sonrisa me sugirió una pregunta:

—¿Se ha enamorado usted alguna vez desde que se encuentra en París?

—No tengo tiempo que perder en semejantes tonterías. La vida no es suficientemente larga como para contener el amor y el arte.

—Sin embargo, usted no tiene nada de asceta.

—Sin embargo, todo eso me disgusta.

—No lo creo.

—Entonces usted es un imbécil.

—¿Por qué trata usted de engañarme?

—No comprendo.

Sonreí.

—Pues bien —dije—. He aquí lo que pienso de usted. Durante algunos meses, la preocupación del amor no debe aflorar a su espíritu, y usted la considerará muerta para siempre. Goza de su libertad, en fin, es dueña absoluta de su alma. Diríase que usted camina con la frente hacia las estrellas. De súbito, algo le recuerda que ha cesado de chapotear en el barro y experimenta la necesidad de revolcarse en él. Entonces pasa alguna mujer innoble, que encarna todos los horrores de su sexo, y usted se arroja sobre ella como un animal salvaje. Se hartará con un furor ciego.

Strickland me miraba de hito en hito sin hacer el menor movimiento. Mis ojos estaban fijos en los suyos. Yo hablaba con lentitud.

—Lo notable —continué— es que usted cree haberse liberado de su envoltura carnal, que es para usted extraordinariamente pura e inmaterial. Y tiene usted la impresión de poder captar la belleza como una cosa palpable, de estar en íntima comunión con la brisa, con el verdor naciente de los árboles, con el río irisado. Se cree a la altura de Dios. ¿Podría usted explicarme todo esto?

Su mirada se desprendió de la mía y dio vuelta la cabeza. Su fisonomía tomó una expresión extraña, tan extraña, que tuve la idea de que un hombre agonizando entre torturas debía tener aquel aspecto. No pronunció una palabra. Comprendí entonces que realmente nuestra conversación había terminado.

.

CAPÍTULO XXII

ME instalé en París y comencé a escribir una pieza. Llevaba una vida muy arreglada. Por las mañanas, trabajaba; después del almuerzo, me paseaba por el jardín de Luxemburgo o por las calles. Pasaba largas horas en el Louvre, el más acogedor de todos los museos del mundo y el que más invita a la meditación, o en los malecones del Sena, hojeando en las librerías de lance revistas y libros viejos, que no pensaba comprar. Aquí y allá leía una página. Me familiaricé así con muchos autores, que me agradaba conocer al azar de estos callejeos. En las tardes, visitaba a los amigos. Iba con frecuencia a casa de los Stroeve y a veces compartía su modesta comida. Dirk se enorgullecía de saber preparar ciertos platos italianos, y confieso que sus spaghetti estaban muy por encima de sus cuadros. ¡Qué comilona nos dábamos cuando traía un enorme plato de ellos, cuidadosamente presentados en salsa de tomate! Los atacábamos con gran acompañamiento de pan, y una botella de vino tinto rociaba el festín. Poco a poco había simpatizado con Blanca, su mujer. Ella no se veía sino muy de tarde en tarde con algún compatriota, y mis visitas parecían agradarle. A pesar de su acogida cordial y sin afectación, permanecía siempre silenciosa. Me parecía, no sé por qué, que su reserva ocultaba algo; pero, ¿no podría explicar esta impresión la viva locuacidad de su marido, que contrastaba con una moderación tal vez muy corriente? Dirk no hacía misterio de nada. Abordaba los asuntos más íntimos con una ingenua falta de pudor, lo que no dejaba de turbar a su mujer. Mas sólo una vez la vi perder su ordinaria serenidad. Dirk se había purgado aquel día e insistió en contarme el hecho con detalles. No es posible imaginar la imperturbable seriedad con que lo hacía; la abundancia de los detalles más realistas provocaba la risa.

—Diríase que tratas de ponerte en ridículo —le interrumpió su mujer, ruborizada.

Los redondos ojos de Stroeve se redondearon aún más; al comprender que Blanca estaba disgustada, su frente reflejó un gesto de viva angustia.

—¿Te he molestado, querida? Jamás volveré a tomar un purgante. Ahora, como tú sabes, la bilis me forzó. Llevo una vida sedentaria, no hago el ejercicio suficiente. Desde hace tres días me era imposible.

—¡Por favor, te pido que te calles! —le interrumpió ella con las lágrimas en los ojos. El rostro de Stroeve se alteró y sus labios imitaron cierto gesto de los niños taimados. Me lanzó una mirada suplicante pidiéndome a las claras que acudiera en su ayuda; pero me fue imposible no estallar en carcajadas.

Aquella misma tarde fuimos con Stroeve al negocio de ese comerciante de cuadros donde podría por fin ver dos o tres telas de Strickland; mas al llegar, se nos anunció que éste las había retirado. El marchand ignoraba el motivo.

—No vayan a creer ustedes —nos dijo— que me quemaré la sangre por esto. Yo no había aceptado sus cuadros sino para condescender al señor Stroeve. Si se hubiera presentado la ocasión, los habría vendido; pero, en verdad —haciendo un movimiento despectivo con sus hombros—, aunque me intereso por los jóvenes, debo reconocer, señor Stroeve, que de ellos no se puede esperar nada de talento.

—Le doy mi palabra de honor que estoy convencido de que entre nuestros contemporáneos no hay un talento más esclarecido que el suyo. Créame usted, se le ha escapado un espléndido negocio de las manos. Llegará un día en que esos dos o tres cuadros valdrán más que todos los que usted tiene aquí. Recuerde el caso de Manet: nadie quería pagar cien francos por sus telas. ¿Y ahora?

—Es verdad; mas en la época de Manet existían cien pintores tan interesantes como él, que tampoco vendían, y cuyas obras no han adquirido ningún valor. ¿Cómo puedo saber si Strickland es esa excepción o se encuentra entre los cien restantes? Ha bastado alguna vez el mérito para forjar el éxito? ¡Vamos, entonces! Por lo demás, el de su amigo está aún por demostrarse. Nadie se lo reconoce, salvo usted, señor Stroeve. El éxito es el único criterio.

—¡Filisteo! —exclamó Dirk.

—Piense usted en los grandes artistas del pasado: Rafael, Miguel Ángel, Ingres, Delacroix; todos conocieron el éxito en vida.

—¡Vámonos! —me dijo Stroeve—. Si tardo un momento más lo estrangulo.

.

(Continuará…)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.