La luna y seis peniques (I)

Somerset Maugham

 

 

 

 

CAPÍTULO 1

DEBO confesar que cuando conocí a Carlos Strickland no me dio la impresión de ser un personaje extraordinario; sin embargo, sería difícil hallar ahora quien le niegue excepcional valor; no me refiero al que suele ostentar un político afortunado o un militar de éxito, pues estos valores son más inherentes a la situación que al hombre, ya que un cambio en las circunstancias los puede reducir a proporciones muy discretas. Un primer ministro retirado de la política resulta, con el tiempo, no haber sido más que un retórico ampuloso, y un general sin su ejército puede llegar a ser tan sólo el héroe manso y familiar de una ciudad rural. La grandeza de Carlos Strickland era auténtica. Puede ser que no a todos agrade su arte, pero de ninguna manera podrá ser tildado de insignificante.

Era la suya una personalidad artística de las que perturban y cautivan.

La época en que la gente se reía de él ya pasó, y ya no se considera excéntrico a quien lo defienda, ni pervertido a quien lo admire. Las taras de su moral son aceptadas como un complemento de su mérito. Aun es posible discutir su lugar en el arte, y el entusiasmo de sus admiradores es quizá no menos caprichoso que la crítica de sus adversarios, pero nunca se podrá dudar de que tuvo genio. En mi opinión, lo más interesante del arte es la personalidad del artista, y, si ésta sale de lo común, estoy dispuesto a perdonarle las fallas.

Descubrir el sentido esotérico de un artista es como leer una novela policial. Es una adivinanza que comparte con el universo el mérito de no tener solución. La más insignificante de las obras de Strickland sugiere una personalidad extraña, atormentada y compleja, y eso es lo que impide que sean indiferentes hacia su arte aun los que no admiran sus cuadros, y eso es también lo que ha suscitado tan extraño interés por el conocimiento de su vida y de su carácter.

Apenas cuatro años después de la muerte de Strickland escribió Maurice Huret en el «Mercure de France» el artículo que sacó al pintor del olvido, y abrió el camino, que siguieron luego, más o menos dócilmente, otros escritores.

Durante mucho tiempo ningún crítico gozó en Francia de tanta autoridad como Huret, y era imposible dejar de sentirse impresionado por sus afirmaciones, que parecieron extravagantes cuando las emitió. Pero juicios posteriores confirmaron su opinión, y la calificación artística de Carlos Strickland está ahora firmemente establecida de acuerdo con las premisas que él trazó. El progreso de su reputación es uno de los incidentes más románticos de la historia del arte; pero no es mi intención ocuparme aquí del arte de Carlos Strickland más que en lo que se relacione con su carácter.

El amor a los mitos es innato en la raza humana. Ésta se aferra con avidez a cualquier circunstancia extraña o misteriosa en la vida de aquellos que han sobresalido del resto de sus semejantes e inventa una leyenda, para creerla luego con todo fanatismo. Es la protesta del romance contra los lugares comunes de la vida. Los incidentes de la leyenda son el pasaporte más seguro del héroe para la inmortalidad. El filósofo irónico sonríe al comprobar que sir Walter Raleigh es más recordado por haber arrojado al suelo su capa para que sobre ella pasara la Reina Virgen que por haber descubierto para Inglaterra tantas tierras desconocidas. Carlos Strickland vivió obscuramente; se creó más enemigos que amigos; por lo tanto, no ha de extrañar que los que escribieron sobre su vida adornaran sus escasos recuerdos con una viva fantasía, aunque es evidente que había bastante en lo poco que se sabía de él como para darle más de una oportunidad al escritor romántico. Algo había en su vida de extraño y terrible; muchos aspectos chocaban de su carácter, y su destino no tenía poco de patético. Con el andar del tiempo se creó en torno a su vida una leyenda tan circunstanciada, que un historiador prudente reflexionaría dos veces antes de atacarla.

Pero el reverendo Roberto Strickland tenía de todo menos de historiador prudente. Escribió la biografía de su padre admitiendo que lo hacía para «desvirtuar ciertos malentendidos muy arraigados en el público respecto a la vida del pintor, que causaron acerbo dolor a personas que todavía viven». Es evidente que en la historia que se relataba corrientemente sobre la vida de Strickland había lo suficiente para causar desazón a una familia respetable. Leí la obra del reverendo con regocijo, y me felicito por ello, pues la hallé incolora y aburrida. El hijo ha pintado el retrato de un excelente esposo y mejor padre, un hombre de humor amable, costumbres laboriosas y recta moral. Los eclesiásticos modernos han adquirido en el estudio de una ciencia que creo que se llama exégesis una facilidad asombrosa para convertir lo blanco en negro, y viceversa. Y la sutileza con que el reverendo Roberto Strickland ha «interpretado» —interpretar es hacer exégesis— algunos hechos de la vida de su padre, ha de llevarlo con el tiempo a las más altas cumbres de la Iglesia…

Es un gesto de digna piedad, filial, pero arriesgado, ya que es muy probable que la leyenda comúnmente divulgada haya ayudado a acrecentar la reputación de Strickland, pues deben haber sido muchos los que se han sentido atraídos por su arte en razón inversa a la aversión que experimentaban por su temperamento, o de la compasión que les inspiró su muerte. Y es probable que los esfuerzos bien intencionados del hijo hayan desencantado a más de uno de los admiradores del padre. No fué debido a una mera casualidad que, cuando, poco después de la discusión que suscitó esta biografía, se remató en la casa Christie una de sus más importantes obras, «La mujer de Samaria», el cuadro se vendió por 235 libras menos de las que había pagado por ella un conocido coleccionista fallecido nueve meses antes.

La fama y la originalidad de Carlos Strickland no le hubieran sobrevivido, quizá, si el amor que la humanidad siente por los mitos no hubiera desechado con impaciencia la historia sencilla del hijo, que no alcanzaba a satisfacer el afán por lo extraordinario.

El doctor Weitbrecht Rotholz pertenece a esa escuela de historiadores que cree que la naturaleza humana es no sólo todo lo mala que puede ser, sino mucho peor; y por cierto que el lector está más seguro de encontrar de su gusto los relatos encarados con ese espíritu que los de los escritores que se complacen en representar las grandes figuras románticas como ejemplos de virtudes domésticas. Por mi parte, no quisiera pensar que entre Antonio y Cleopatra hubo tan sólo una situación económica. Y gracias a Dios, nunca se podrían hallar pruebas suficientes como para convencerme de que Tiberio fue un monarca tan irreprochable como Jorge V.

El doctor Weitbrecht Rotholz se refirió a la biografía «inocente» del reverendo Roberto Strickland en tales términos, que es difícil no sentirse inclinado a cierta simpatía hacia el infortunado sacerdote; su reticencia decente es llamada hipocresía; sus circunloquios, tachados lisa y llanamente de mentiras, y sus silencios, considerados traición. Y basándose en «pecadillos», objetables en cualquiera pero excusables en un hijo, la raza anglosajona es acusada de gazmoñería, fraude, afectación, astucia y mala cocina. Personalmente, creo que el reverendo Strickland fué algo imprudente al querer desvirtuar los rumores sobre ciertas «desavenencias» entre sus progenitores diciendo que su padre aludió a su esposa en una carta escrita desde París como «una excelente mujer», pues el doctor Weitbrecht Rotholz publicó un facsímil de esa carta, donde se puede leer: «… esa maldita mujer a quien quisiera ver en el infierno, aunque es una excelente mujer…».

El doctor Weitbrecht Rotholz era un admirador entusiasta de Carlos Strickland, y no hay peligro de que lo haya «blanqueado». Tenía ojo clínico para hallar los aspectos despreciables en acciones aparentemente inocentes. Era psicoanalista además de entendido en arte, y lo subconsciente encerraba pocos secretos para él. Ningún místico vió significados más profundos en cosas ordinarias. Es fascinante observar la ansiedad con que el erudito trata de descubrir todas las circunstancias que pueden desacreditar a su héroe. Su corazón se siente más atraído hacia él si puede documentar un ejemplo de crueldad o bajeza, y se regocija como un inquisidor en un auto de fe cuando en algún cuento olvidado puede aplastar la piedad filial de un reverendo Strickland.

En ese sentido, la labor del doctor Weitbrecht Rotholz fue sorprendente. Nada ha sido suficientemente ínfimo para escapársele, y podéis estar seguros de que si Carlos Strickland ha dejado sin pagar una cuenta de la lavandera, el hecho será relatado «in extenso», y si se olvidó de devolver algún penique pedido en préstamo no se omitirá ningún detalle de la importante transacción.

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CAPÍTULO II

AGREGAR algo a lo mucho que se ha escrito sobre Carlos Strickland puede parecer superfluo. Por otra parte, la biografía de un pintor es su propia obra. Sin embargo, me estimula el hecho de que, a decir verdad, creo ser uno de los que mejor le conocieron. En efecto, lo traté mucho antes de que pensara en la pintura, y en París lo frecuenté durante los años difíciles de sus comienzos. Empero, si los azares de la guerra no me hubiesen conducido a Tahití, seguramente lo habría escrito nunca mis recuerdos sobre él. En aquellas tierras fué, según todos saben, donde terminó sus días, y allí pude conversar con muchas personas que vivieron en su intimidad. Estoy, pues, en condiciones de hacer alguna luz sobre el período más ignorado de su trágica carrera.

Si sus admiradores no se equivocan, el testimonio de quienes lo conocieron personalmente no puede carecer de interés. ¿Qué no daríamos por las memorias de alguien que hubiese estado tan ligado con el Greco como yo lo estuve con Strickland?

Pero no quiero abonar nada en mi favor.

No recuerdo quién recomendaba hacer todos los días un par de cosas que le fueran desagradables. Ése era un sabio, y su consejo lo he seguido con toda escrupulosidad, pues todos los días de mi vida me levanto por las mañanas y me acuesto por las noches. Mas como en mi naturaleza existe una vena de ascetismo, he sometido mi cuerpo, todas las semanas, a una mortificación mayor: nunca he dejado de leer el suplemento literario de «The Times». Es una disciplina saludable pensar en el gran número de libros que se escriben, las esperanzas que sus autores abrigan a su respecto y en el destino que les espera.

¿Qué probabilidad existe de que un libro se abra camino entre esa multitud? Y los libros de éxito son tan sólo el éxito de una temporada. Solamente Dios sabe todo lo que su autor ha trabajado, qué experiencias amargas ha sufrido y cuánta pena encerró su corazón para ofrecer a un lector casual unas horas de distracción o para ayudarlo a soportar el tedio de un largo viaje. Y, a juzgar por las críticas bibliográficas, muchos de esos libros han sido bien y cuidadosamente escritos; su preparación ha requerido profunda preocupación, y para algunos significó la labor de toda una vida. La moraleja que todo esto encierra es, para mí, que el escritor debe buscar su recompensa sólo en el placer que le depara su trabajo y permanecer indiferente a todo lo demás; no importarle las alabanzas ni las censuras, ni el fracaso ni el éxito.

Ahora ha sobrevenido la guerra, trayendo consigo una actitud nueva. La juventud eleva su mirada hacia deidades que nosotros no conocimos, y ya es posible vislumbrar la orientación que seguirán los que vienen detrás de nosotros. Las nuevas generaciones, tumultuosas y conscientes de su fuerza, no se detienen a golpear a las puertas: entran y usurpan nuestros lugares. Algunos de los «viejos» quieren convencerse a sí mismos de que aun no han pasado sus días, e imitan las posturas de la juventud. Otros, los más sabios, siguen su propio camino, con una gracia decente. Recuerdan que también ellos fueron jóvenes, y que la juventud actual llegará a la vejez para ser sucedida a su vez por una nueva generación.

A veces un hombre sobrevive a su época un período de tiempo considerable, hallándose entonces en un lugar que le es extraño; en tal caso, los curiosos presencian un espectáculo muy singular en la comedia humana. Por ejemplo, ¿quién recuerda ahora a George Grabbe? En su tiempo fué un poeta famoso, y el mundo reconoció su genio con una unanimidad que la complejidad de la vida moderna hace poco frecuente. Aprendió su arte en la escuela de Alejandro Pope y escribió cuentos morales en verso.

Se produjo la Revolución francesa y las Guerras napoleónicas, y los poetas cantaron canciones nuevas. George Grabbe continuó escribiendo cuentos morales en verso. Debe haber leído los versos de los poetas jóvenes y ha de haberlos encontrado insípidos. Y por cierto que tenía un poco de razón… Pero las odas de Keats y de Wordsworth, un poema o dos de Coleridge, algunos más de Shelley, descubrieron ricas vetas del espíritu hasta entonces no exploradas por nadie. George Grabbe estaba más muerto que un asado, pero seguía escribiendo cuentos morales en verso. He leído con desgana los libros de la nueva generación; tal vez haya entre ellos un Keats más ferviente, un Shelley más etéreo; no lo sé. Admiro su acabada elegancia, me sorprende su feliz estilo, pero a pesar de su verbosidad, no me dicen nada; me hacen el efecto de que saben demasiado y que sienten con harta evidencia; sus pasiones me parecen anémicas y sus sueños algo pesados. Seré anticuado, pero no me gustan. Seguiré «escribiendo cuentos morales en verso». Pero sería tres veces tonto si lo hiciera por otra cosa que para mi propio solaz.

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CAPÍTULO III

ERA yo muy joven cuando escribí mi primer libro. Por una feliz circunstancia aquella obra llamó bastante la atención y mucha gente quiso conocerme.

No sin cierta melancolía evoco el mundo de las letras londinenses en los tiempos en que, por primera vez, modestamente, pero lleno de esperanzas, hice mi entrada en él. Hace ya bastante tiempo que no lo frecuento, y si las novelas que lo describen hoy día son dignas de fe, allí han cambiado muchas cosas. El cuadro es muy diferente. Chelsea y Bloomsbury han reemplazado a Hampstead; Nottinghill Gate y High Street a Kensington. En aquella época, para que un autor se hiciese notar, debía tener, cuando más, cuarenta años. Hoy es absurdo haber cumplido los veinticinco. Entonces nuestro pudor se ruborizaba de los entusiasmos intemperantes y el temor del ridículo moderaba la expresión de una excesiva suficiencia. Claro está que en nuestra bohemia refinada no se tenía en gran honor la castidad, pero no recuerdo una promiscuidad tan cruda como la que se practica en nuestros días. No encontrábamos hipócrita correr sobre nuestras travesuras el velo de un decoroso silencio. El «No me inquieta» no se traducía invariablemente por «No tengo que dar cuenta a nadie», y las mujeres no hablaban todavía de «vivir su vida».

Yo residía cerca de Victoria Station, y recuerdo muy bien los ómnibus que me conducían, entre bruscos vaivenes y un ensordecedor ruido de hierro viejo, hacia los salones del mundo literario. En mi timidez, atravesaba titubeante la acera y debía apelar a todo mi coraje para tocar la campanilla; por último, enfermo de aprensión, entraba a una pieza sin aire y repleta de gente. Se me presentaba a tal celebridad, luego a tal otra, y sus conceptos amables para mi libro acrecentaban mi azoramiento. Sentía que esos grandes hombres esperaban de mi parte algún pensamiento trascendente; pero todo era inútil; no encontraba nada que decir hasta que oía cerrarse la puerta de salida tras de mí. Para disimular mi embarazo me escurría entre los presentes, en su mayoría empeñados en vaciar tazas de té y engullir tostadas con manteca. Mi único deseo era de pasar inadvertido para poder observar en libertad a tan ilustres personajes y escuchar las sentencias definitivas que pronunciaban.

Recuerdo algunas mujeres altas y secas, de narices prominentes y de ojos rapaces, que llevaban sus vestidos como armaduras; veo todavía a las solteronas menudas, con sus decires socarrones y sus miradas engañosas; se obstinaban en servirse tostadas con manteca sin quitarse los guantes, y nunca dejaba de verlas limpiándose los dedos en los sillones cuando suponían que nadie las miraba. El moblaje era el que sufría, pero la dueña de casa tomaba luego su desquite en el de sus amigas, al devolverles la visita. Algunas vestían con elegancia. ¿Por qué —decían— ha de vestirse con desaliño por el hecho de escribir novelas? Cuando se tiene buena apostura, hay que hacerla valer, y un piecesito bien calzado no ha sido nunca un antecedente para que un editor rechace un original. Otras juzgaban frívola esta manera de ver, y sólo exhibían alhajas negras. Era raro que la reunión de los hombres llamara la atención. Se esmeraban en parecer lo menos autor posible. Su sueño consistía en pasar por hombres de mundo, y, efectivamente, se les habría tomado por jefes de oficina. Tenían siempre los rasgos un poco descompuestos. Yo no había frecuentado hasta entonces a la gente de letras; me parecían extravagantes y fuera de toda realidad.

Deslumbrado por su elocuencia, escuchaba con la boca abierta sus conversaciones acerbas, sobre todo cuando, llenos de humor, comenzaban a despellejar a un camarada desde que éste daba vuelta la espalda. El artista se distingue del común de los mortales en que ofrece de pasto para los sarcasmos, no solamente su físico moral, sino además, su obra. Yo desesperaba de no poder expresarme jamás con tanta locuacidad y discreción. En aquellos tiempos la conversación se cultivaba todavía como un arte; a un buen bailarín se prefería un buen charlista; una frase oportuna hacía disculpar una mala comida. Desgraciadamente, no conservo en la memoria mayores recuerdos de todos esos fuegos de artificio. Pero puedo afirmar que nunca la conversación tomaba un giro más sabroso que cuando se extraviaba entre los bastidores comerciales del oficio. Después de haber terminado con los méritos del último libro, era natural discutir sobre el número de ejemplares vendidos, sobre los adelantos recibidos por el autor, y calcular lo que producirían sus derechos. En seguida tocaba el turno a los editores, comparando la generosidad de uno con la mezquindad de otro. ¿Era preferible confiar su destino a éste, conocido por sus «tanto por ciento» magníficos, o a aquél, hábil como pocos para divulgar por todos los medios la obra que se proponía imponer? Tal, era un virtuoso de la propaganda; tal otro, era torpe y timorato. En esta casa existía la organización más moderna; aquélla no salía de la rutina. Existía también la cuestión de los agentes intermediarios y de las proposiciones que nos hacían. Pero siempre volvíamos al reglamento y a los caprichos de los editores. ¿Cuánto daban por mil? Todo esto me parecía muy romántico. Me daba la sensación de pertenecer a alguna cofradía mística.

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CAPÍTULO IV

NADIE en aquella época me demostraba tanto interés como Rosa Waterford, que unía a su perversidad de mujer una inteligencia vivaz. Sus novelas tenían siempre un desenlace original e imprevisto. Fue en su casa donde conocí un día a la señora Strickland. Rosa Waterford ofrecía un té. Todos los invitados nos hallábamos reunidos en un pequeño salón. Charla general. Demasiado tímido para mezclarme con aquellos grupos absorbidos en sus discusiones, yo permanecía sentado en mi rincón. Como buena dueña de casa, la señorita Waterford comprendió mi turbación y se dirigió hacia mí.

—Quisiera presentarle a la señora Strickland —dijo—. Está encantada con su libro.

—¿Se trata de una mujer de letras? —pregunté.

Consciente de mi ignorancia, prefería, para el caso que la señora Strickland fuese una escritora conocida, pedir informaciones antes de empeñarme en la conversación. Para aumentar el efecto de su respuesta, Rosa Waterford bajó los ojos con afectación.

—Suele hacer algunas invitaciones —me murmuró al oído—. Es seguro que no se olvidará de usted.

Rosa Waterford era cínica. Según ella, la vida no era sino un pretexto para escribir novelas, y los hombres sólo materia prima. De cuando en cuando recibía en su casa algunos modelos, con la condición de que le hicieran cumplidos y la entretuviesen. Su afán por frecuentar las personas escogidas le inspiraba un desprecio tranquilo, lo que no le impedía, por otra parte, representar ante ellos, cuidando muy bien su mise en scene, el papel de eminente mujer de letras.

Presenté mis respetos a la señora Strickland.

Charlamos durante una decena de minutos. Su voz bien timbrada me llamó la atención. Vivía en Westminster, frente a la inconclusa catedral, de modo que éramos vecinos, lo que nos disponía a la simpatía. Los grandes almacenes «Ejército y Armada» constituyen un lazo de unión para todos los que residen entre el río y el parque Saint James. La señora Strickland me pidió mi dirección, y algunos días después me invitaba a su casa.

Como mis relaciones no eran numerosas todavía, acepté con prontitud. Cuando entré, un poco retrasado —con el temor de llegar demasiado temprano había dado tres veces la vuelta a la catedral—, la reunión estaba en pleno: la señorita Waterford, la señora de Jay, Ricardo Twining y Jorge Read. Todos gentes de letras. Ese día límpido y, claro, uno de los primeros de la primavera, nos tenía de buen humor. Se trataron todos los temas. El sombrero nuevo que lucía Rosa Waterford testimoniaba a la vez una fidelidad obstinada hacia las tradiciones de su juventud —flores y plumas verde mar— y cierta frivolidad de su edad madura fascinada por los tacos altos y las modas de París. Esta elegancia la inspiraba. Nunca la había visto más sutil para juzgar a nuestros amigos comunes. La señora de Jay, persuadida de que la procacidad es la esencia del buen humor, mantenía una charla muy a propósito para ruborizar a un negro. Ricardo Twining lanzaba proposiciones absurdas y Jorge Read, estimando superfluo exhibir su brío legendario, no abría la boca sino para comer. Si la señora Strickland hablaba poco, poseía, en cambio, el precioso arte de sostener la conversación general y de saber hallar, cuando llegaba a decaer, la idea precisa para hacerla resaltar. Sus treinta y siete años no le impedían estar en carnes sin salirse de una línea decente. No era precisamente bonita, pero en su rostro sin magnificencias brillaban dos —ojos pardos de una expresión suave y acogedora.

De las tres mujeres presentes, ella era la única que no se maquillaba, lo que daba, por contraste, un agradable aspecto de naturalidad y sencillez.

El comedor, decorado al gusto de la época, era de un estilo austero. Sobre el papel verde, por encima de las maderas del zócalo, se destacaban en discretos marcos negros algunos aguafuertes de Whistler. Las cortinas verdes, pendientes de suntuosas varillas, caían en grandes pliegues, y la alfombra; también verde, traicionaban la influencia de William Morris. Sobre la chimenea, algunas porcelanas azules de Delft. En esos tiempos, había en Londres quinientos comedores parecidos: sobrios, artísticos y aburridos.

Salí con la señorita Waterford. El buen tiempo y su sombrero nuevo nos invitaban a vagar por el parque.

—¡Qué encantadora reunión! —exclamé.

—¿Y cómo ha encontrado usted el buffet? Convencí a Amy de que el mejor medio para atraerse a los literatos consiste en seducirlos por el paladar.

—Admirable consejo. Pero, ¿con qué objeto quiere ella atraerlos? Rosa Waterford se encogió de hombros.

—La entretienen. Quiere animarse. Me parece bastante ingenua la pobre, y se imagina que somos unos fénix. Después de todo, le agrada invitarnos. Por eso me gusta.

Cuando pienso en ello, la señora Strickland se me aparece como la más inofensiva de todas las mujeres que, buscando a las jóvenes celebridades, seguían sus huellas desde las alturas etéreas de Hampstead hasta los bajos fondos de los talleres de Cheyne Walk. Su juventud había transcurrido en el campo y los libros romancescos que le enviaba la librería Mudie, le parecían más fabulosos aun por el hecho de venir de Londres. Poseída de una rara pasión por la lectura —con mucha frecuencia el interés va al autor antes que al libro, al pintor antes que al cuadro—, terminó por crearse un mundo imaginario, donde evolucionaba con más facilidad que en el mundo real. Cuando comenzó a frecuentar escritores, habríase dicho que se aventuraba sobre la escena, después de haberse limitado a contemplarla desde el otro lado de las bambalinas. Los rodeaba a todos, de una aureola y creía sinceramente que el privilegio de recibirlos y de penetrar en su santuario ensanchaba su propia existencia. Pero si su concepto ficticio de la vida le parecía aceptable para ellos, nunca tuvo la idea de conformar a tal concepto su conducta. Más que sus rarezas en el vestir, sus teorías y sus paradojas, le divertían sus excentricidades morales, pero sin dejar que influenciaran sus propias convicciones.

—¿Existe un señor Strickland? —pregunté un día—. Por cierto. Tiene negocios en la city. Creo que es agente de cambios. Es alguien.

—¿Qué tal se llevan?

—Se adoran. Si usted come alguna vez con ella conocerá a su marido; pero invita muy rara vez a comer. Strickland es un hombre muy tranquilo. La literatura y el arte no existen para él.

—¿Por qué las mujeres atrayentes se casan siempre con hombres insignificantes?

—Porque los hombres inteligentes no toleran a las mujeres atrayentes.

Esto no me pareció una respuesta. Pregunté si la señora Strickland tenía hijos.

—Sí, un niño y una niña. Ambos están en el colegio. El tema estaba agotado. Se habló de otra cosa.

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CAPÍTULO V

DURANTE el verano me vi a menudo con la señora Strickland. Asistí en su casa a alegres recepciones y a notables tés. Nos hicimos muy amigos. Yo era muy joven y tal vez por eso mismo no le desagradaba guiar mis primeros pasos por la carrera de las letras. En cuanto a mí, me complacía de haber encontrado alguien a quien confiar mis pequeños hastíos, en la seguridad de que serían oídos con benevolencia y de que recibiría consejos juiciosos. La señora Strickland tenía una simpatía singular, facultad encantadora, pero de la cual abusan los que tienen conciencia de poseerla. ¡Por ella casi se alegran del infortunio de sus amigos, a fin de poder manifestársela! Su simpatía brota como un pozo de petróleo, con una impetuosidad que aniquila a las víctimas. Mis lágrimas repugnan a secarse en regazos que otras lágrimas hayan humedecido ya. La señora Strickland, por el contrario, procedía con tacto. Uno se sentía forzado a aceptar su interés. Cuando en el entusiasmo de mi inexperiencia, se lo hice notar a Rosa Waterford, me respondió:

—La leche es cosa preciosa, sobre todo realzada eón una gota de coñac. Lo que no impide que la vaca se alegre de ser ordeñada. La ubre demasiado hinchada debe molestarle.

Apreciaba también en la señora de Strickland otra cualidad: sabía crear una atmósfera de elegancia. Hermosas flores alegraban siempre su departamento, y, a pesar de su severa decoración, las cretonas del salón ponían en él una nota clara y animada. ¡Y qué comidas exquisitas se servían en su pequeño comedor de estilo, cuya mesa, siempre bien dispuesta, servían dos camareras hábiles y agradables! La señora de Strickland era el modelo de las dueñas de casa. Y se adivinaba en ella a una madre admirable. Tenía en el salón las fotografías de sus hijos. Roberto, que estudiaba en Rugby, andaba en los dieciséis años. Aquí se le veía en traje de franela y cubierto con una gorra de más allá, con un Eton de cuello almidonado. Su ceño candoroso y sus hermosos ojos pensativos recordaban a su madre. Tenía un raro aspecto de santidad y de equilibrio.

—No lo creo muy inteligente —me confió la señora Strickland un día que mirábamos los retratos—. Pero es muy gentil. Tiene un carácter encantador.

La niña acababa de cumplir catorce años. Sus cabellos, negros y opulentos como los de la señora de Strickland, ondeaban sobre sus hombros, y la misma expresión cariñosa iluminaba sus límpidos ojos.

—Los dos son su imagen viviente —observé.

—Sí, creo que se parecen más a mí que a su padre.

—¡Pensar que no le conozco aún!

—¿Quisiera conocerlo?

Sonrió —su sonrisa era, en verdad, muy suave—, y sus mejillas enrojecieron ligeramente. ¿Cómo, a su edad, podía ruborizarse con tanta facilidad? Su deducción debía tal vez mucho a su ingenuidad.

—Como usted sabe, no tiene nada de literato —agregó—. Es un perfecto filisteo.

Estas palabras fueron pronunciadas en un tono que no dejaba traslucir reproche alguno, sino más bien el deseo de desarmar de antemano, confesando lo peor, las posibles apreciaciones malévolas.

—Está en la Bolsa. Es el clásico agente de cambio. Usted le encontrará aburrido.

—¿Acaso aburre a usted? —me aventuré a preguntar.

—Yo, como usted ve, soy su mujer. Lo quiero mucho.

Ocultó su emoción bajo una sonrisa. «¿Temía verme recibir con una burla esta confesión, como no habría dejado de hacerlo Rosa Waterford?». Titubeó. Una expresión de ternura pasó por sus ojos.

—No pretende ser un genio. Ni siquiera gana mucho dinero. Pero es perfectamente correcto y bueno.

—Creo que me agradará.

—Una de estas tardes lo invitaré a usted a comer con nosotros. Pero le advierto los riesgos a que va a exponerse. Si la tertulia carece de interés, declino toda responsabilidad.

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CAPÍTULO VI

CUANDO por fin vi por primera vez a Carlos Strickland, ocasionales circunstancias me permitieron conocerle ampliamente. Cierta mañana, su esposa me envió una tarjeta; aquella misma tarde ofrecía una comida y uno de los invitados acababa de excusarse. Me rogaba que lo reemplazara y agregaba:

«Esta reunión no ha pretendido nunca ser amena, pero si usted viene, le quedaré muy reconocida. Y ya encontraremos los medios de aprovechar el tiempo haciendo un aparte». Como buen vecino, no podía negarme.

La señora de Strickland me presentó a su marido, quien me tendió la mano con indiferencia. Entonces, ella se volvió alegremente hacia él y aventuró una broma:

—Le he invitado para demostrarle que tenía verdaderamente un marido; creo que comenzaba a dudar.

Strickland tuvo una sonrisa cortés, la misma con que se acoge una humorada que no se encuentra del todo tonta, pero guardó silencio.

Otras visitas que llegaban acapararon la atención de mis anfitriones, y me encontré abandonado a mí mismo.

Estábamos todos. Se esperaba el anuncio de la comida. Sin dejar de atender a la dama a quien debía ofrecer el brazo, pensaba que el hombre civilizado se ingenia por derrochar parte de su vida en ceremonias fastidiosas. ¿A qué responden, pregunto yo, estas invitaciones abrumadoras para los dueños de casa y fatigosas para sus visitas? Había allí diez personas. Se encontraban sin agrado y se separaban con alivio. ¡Una verdadera carga mundana! Los Strickland «debían» un cierto número de comidas: ahora pagaban. ¿Por qué habían aceptado todas esas personas? Para escapar al aburrimiento de la soledad, para dejar en libertad a sus criados, porque no veían razón alguna para negarse, y, en fin, porque se les «debía» una comida …

En la mesa estábamos tan juntos que apenas nos podíamos mover. Entre los comensales se hallaban un consejero del rey y su mujer, la hermana de la señora Strickland y su marido el coronel Mac Andrew, y la mujer de un diputado, retenido esa noche en el Parlamento. A fuerza de estiramiento, la reunión se hacía pesada. Las mujeres eran demasiado recatadas par vestir bien y estaban demasiado penetradas de su importancia para ser entretenidas. La satisfacción de sí mismo se leía en todas las caras.

Por un deseo instintivo de crear un poco de animación, los convidados alzaban ligeramente la voz. Sin embargo, nada de conversación general; cada uno se ocupaba de su vecino, del de la derecha durante la entrada, la sopa y el pescado; del de la izquierda durante el asado, los postres y el café. Se hablaba de política y de golf, se hablaba de los niños, de la última pieza de teatro, de los cuadros de la Royal Academy, del tiempo, de los proyectos para las vacaciones. El silencio se extinguió para siempre y el rumor comenzó a crecer. La señora Strickland podía sentirse orgullosa: su comida había resultado brillante.

Strickland desempeñaba su papel con decoro. No hablaba gran cosa, y hacia el final de la comida creí sorprender una expresión de hastío en sus vecinas. Lo encontraban aburrido, sin duda. Una o dos veces su mujer lo miró con inquietud.

Por fin, la señora Strickland se levantó e invitó a las señoras a ir a la pieza vecina. Strickland cerró la puerta tras de ellas y fue a sentarse entre el consejero y el funcionario. El oporto y los cigarros circularon. El consejero alabó la calidad del oporto y Strickland nos dio la dirección de su proveedor. Se comenzó a hablar de vinos y de tabacos.

El consejero relató un asunto en que se hallaba ocupado, y el coronel se lanzó sobre el polo. Yo no tenía nada que decir, y, sentado en silencio, me esforzaba en tomar, por cortesía, cierto interés en la conversación. Como nadie se ocupaba de mí, aproveché el tiempo para examinar a Strickland. ¿Por qué lo había imaginado débil y enfermizo? En realidad, era ancho de espaldas, y sus manos y pies eran desmesuradamente grandes; llevaba el frac con soltura. Semejábase a un cochero endomingado; un hombre de cuarenta años, ni buen mozo ni feo. Sus rasgos, bastantes regulares, pero desproporcionados, carecían de armonía; su faz, ancha y afeitada, habría ganado mucho, sin duda, adornada con un bigote; por debajo de sus cabellos, rojizos y cortos, brillaban un ojillos de color gris azul. Tenía un aspecto vulgar. Comprendí la mortificación de la señora Strickland. Para una mujer que quería formarse una situación en el mundo de las letras y de las artes, este marido no ofrecía nada de halagador. Los dones brillantes de que estaba desprovisto no son indispensables, pero nada notable salvaba de la banalidad a este personaje, irreprochable, sin duda, pero desesperadamente «un cualquiera». Se podrían admirar sus condiciones de buen esposo y de buen padre, rendir homenaje a su probidad profesional, pero nadie se decidiría a perder el tiempo alternando con semejante nulidad.

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CAPÍTULO VII

LA season polvorienta tocaba a su fin y todos mis amigos se preparaban para partir. La señora Strickland llevaría a su familia a la costa de Norfolk. Sus hijos encontrarían allí los placeres de la playa y su marido los del golf. Nos separamos quedando en reunirnos en otoño, pero la víspera de su partida la encontré en la puerta de una tienda, con sus dos niños. Venía como yo de hacer sus últimas compras, y ambos sentíamos el cansancio de un día de calor insoportable. Le propuse ir a tomar helados al Parc.

No se hizo rogar y fuimos. Encontré a sus hijos mejor todavía al natural que en fotografía; eran notablemente distinguidos y evidenciaban espléndida salud. En verdad, su madre podía estar orgullosa de ellos. Mi juventud les hizo entrar en confianza y comenzaron a charlar libremente.

Un fresco delicioso circulaba bajo los árboles. Al cabo de una hora, los Strickland tomaron un cabriolé para volver a su casa y yo me dirigí a pie hacia mi círculo.

Tal vez me sentía un poco solo; no sin un fondo de envidia pensaba en la amable vida de familia que acababa de entrever. ¡Qué unidos parecían! ¡Y cómo se divertían con ciertas impaciencias, sin significado sino para ellos! Desde el punto de vista mundano, Carlos Strickland podía ser insignificante, pero tenía, después de todo, la inteligencia de su profesión, que le aseguraba, no solamente un vivir holgado y honesto, sino también la felicidad. La señora Strickland era encantadora y lo adoraba. Me representaba la vida de estos dos seres al abrigo de todo trastorno inesperado, límpida, digna y destinada, con toda evidencia, por sus hermosos hijos, a perpetuar, no sin nobleza, las tradiciones normales de su raza y de su condición. Llegarían a la vejez sin darse cuenta. Roberto y su hermana se casarían. Él con una graciosa muchacha, futura madre de hijos robustos; ella con algún buen mozo, oficial, sin duda. Y, por último, respetados en su retiro, queridos por sus hijos, bajarían a la tumba después de haber vivido una vida feliz y fecunda.

¿Su historia? La de innumerables matrimonios, pero tal destino tiene siempre algo de armonioso hace pensar en el arroyo que serpentea entre la tienta hierba de las praderas, bajo la sombra de los grandes árboles, hasta el momento en que se echa en el vasto mar. Mas ante este mar demasiado tranquilo, demasiado silencioso, demasiado indiferente, sucede a veces que un vago malestar nos perturba. ¿Es, acaso, por efecto de una íntima perversión de nuestra naturaliza? Parecíame que algo faltaba a esta existencia. Reconocía su valor social, su felicidad bien dispuesta; pero tan apacibles delicias me habrían inquietado. En mi corazón ardía el deseo de vivir más peligrosamente. Las rocas escarpadas, los escollos ocultos no me atemorizaban si debían aportarme un cambio; un cambio y las emociones de lo imprevisto.

CAPÍTULO VIII

AL releer lo que he escrito sobre los Strickland, me percato de que aparecen como meras sombras. No he podido darles ninguna de esas características para que los personajes de un libro tengan vida real. Y creyendo que la culpa puede ser mía, me trituro el cerebro para recordar algún detalle con el que pudiera prestarles un poco de vida. Pienso que al acentuar alguna particularidad en el modo de hablar o alguna otra modalidad, sería posible darles un significado especial. Así como me han salido, parecen figuras de un viejo gobelino; no se destacan de su fondo y a cierta distancia se confunden con él, viéndose nada más que un agradable conjunto de colores. ¡La única disculpa es que tampoco para mí representaban otra cosa…! Son como las células de un tejido, esenciales en si mismas, pero absorbidas por una unidad importante… Los Strickland eran una familia media de la ciase media: una mujer agradable, hospitalaria, con una debilidad inofensiva por las estrellas menores de la sociedad literaria; un hombre más bien pesado, que cumplía con su deber en el ambiente donde el destino lo había colocado; dos hijos hermosos y sanos. Nada podía ser más común. Nada veo que hicieran que pudiera llamar la atención de los curiosos.

Cuando reflexiono sobre los sucesos posteriores, me pregunto cómo pude no observar lo que distinguía a Carlos Strickland del común de los mortales. Desde entonces, la vida me ha enseñado, según creo, a conocer mejor a los hombres; mas si, cuando en mi primera entrevista con los Strickland, hubiese poseído mi experiencia actual, seguramente no habría juzgado de otro modo. Pero a lo menos, sabiendo que el ser humano escapa a todas nuestras investigaciones, no me habría sorprendido por las nuevas que me esperaban cuando retorné a Londres a principios del otoño.

No hacía veinticuatro horas que había llegado cuando me encontré con Rosa Waterford en Jermyn Street.

—¿Por qué está usted tan alegre?

En sus ojos brillaba una malicia que me era bien conocida. Seguramente acababa de saber alguna enormidad sobre uno de sus buenos amigos, lo que había despertado su instinto de mujer de letras.

—¿Recuerda usted a Carlos Strickland, verdad? No sólo su fisonomía, sino toda su persona tenía algo raro. Hice un signo afirmativo. ¿Se había el pobre diablo arruinado en la Bolsa o le había atropellado un ómnibus?

—¡Catástrofe!… Acaba de abandonar a su mujer. Rosa Waterford sentía la imposibilidad de sacar partido de su cuento en una acera de Jermyn Street, y, cuidadosa de los efectos, declaró, después de haberme sorprendido con la imprevista noticia, que ignoraba los detalles. No le hago la injuria de creer que una razón tal fútil hubiese podido confundirla; tenía una gran imaginación. Pero todas mis instancias fueron vanas. —Le digo que no sé nada…

En seguida, alzando ligeramente los hombros, terminó:

—Se cuenta que una vendedora de cierto almacén de té acaba de dejar su puesto.

Me hizo luego la más graciosa de sus sonrisas y, bajo pretexto de una cita con su dentista, se alejó con paso rápido. Quedé más intrigado que consternado. En aquellos tiempos mi experiencia era poca, y nada me interesaba más que observar en la vida real un caso de los que se encuentran en los libros. Hoy la vida me ha habituado a no asombrarme de nada. Estaba también un poco extrañado. Strickland tenía cuarenta años y yo encontraba de mal gusto seguir ocupándose a esta edad de los asuntos del corazón. Con la suficiencia de los jóvenes, fijaba en los treinta y cinco años el límite extremo de toda aventura de amor. Doblado este cabo, el ridículo nos acecha. La nueva me afectaba tanto más cuanto que desde el campo había escrito a la señora Strickland para comunicarle mi regreso y decirle que, salvo que ella resolviera lo contrario, iría a tomar el té en su casa precisamente ese día hasta entonces no había tenido respuesta. ¿Deseaba ella verme? En su emoción podía haberse olvidado. Quizás fuera preferible abstenerme de ir. Por otra parte, si ella quería conservar el secreto, ¿no era falta de tacto manifestarse demasiado bien informado? Dudaba ante el temor de herir a una mujer amable o, simplemente, de importunarla. Tampoco me agradaba el espectáculo de un dolor que no estaba a mi alcance aliviar. No obstante, en el fondo de mi corazón se agitaba cierta curiosidad por ver cómo sobrellevaba ella su prueba.

Finalmente, decidí hacer mi visita como si nada hubiese ocurrido, preguntando previamente, como es natural, si sería recibido.

Cuando la puerta se abrió, experimenté la más viva confusión para pronunciar mi primera frase. Mientras esperaba su respuesta, hube de hacer esfuerzos para contener mi nerviosidad. La criada volvió. Mi excitada imaginación creyó comprender a través de su actitud que ella no ignoraba nada de la catástrofe.

—¿Quiere pasar el señor?

La seguí al salón. Las cortinas estaban medio corridas y la señora Strickland se hallaba sentada frente a una ventana. Apoyado en la chimenea, su cuñado, el coronel Mac Andrew, se reconfortaba ante un fuego imaginario. Me pareció que nadie me esperaba. De seguro la señora Strickland me recibía únicamente porque había olvidado rechazar mi visita. El coronel parecía descontento de mi inoportunidad.

—No estaba seguro de que usted contara con mi visita… —comencé en un tono que me esforcé por nacer natural.

—Lo esperaba, claro está. Ana, sirve el té en seguida.

A pesar de la penumbra, observé que el rostro de la señora Strickland estaba enrojecido por las lágrimas. Su tez, nunca esplendente se veía ahora de un color terroso.

—Recuerda usted a un cuñado, ¿no es así? Comieron juntos, aquí, unos días antes de las vacaciones.

Nos estrechamos la mano. La timidez me producía una rara afonía. La señora Strickland vino en mi ayuda, preguntándome dónde había pasado el verano, y logré mantener la conversación hasta que llego el té.

El coronel pidió un whisky.

—Usted haría bien en servirse uno también, Amy —le aconsejó.

—No, prefiero té.

Era la primera alusión a un acontecimiento extraordinario. Fingí no darme cuenta y me empeñé en hacer hablar a la señora Strickland. Siempre apoyado en la chimenea, el coronel guardaba silencio. Yo me preguntaba cuándo podría despedirme elegantemente. ¿Por qué se me había recibido? El salón estaba sin flores y aun no habían vuelto a sus sitios ordinarios las diversas chucherías guardadas durante el verano. Esta pieza, de ordinario tan confortable tenía ahora un aspecto triste y poco acogedor; me producía cierto malestar. Habríase dicho que se velaba a un muerto en el cuarto vecino.

Me serví precipitadamente el té.

—¿Un cigarrillo? —propuso la señora Strickland.

—Buscó la caja, pero sin encontrarla.

—Temo que se hayan terminado —dijo.

De súbito irrumpió en lágrimas y salió precipitadamente.

Quedé confundido. Su marido era quien, de ordinario, traía los cigarrillos; la caja vacía le actualizaba vivamente su recuerdo. ¡Había concluido la vida de antes! La fachada mundana se derrumbaba.

—Creo que es preferible que me retire —dije al coronel, levantándome.

—Supongo que usted sabe que este canalla la ha abandonado —rugió.

Titubeé.

—¡Es tan habladora la gente! —respondí—. Se me había sugerido vagamente que algo iba mal.

—¡La ha abandonado! Partió para París con una mujer, dejando a Amy sin un centavo.

—Créame que estoy consternado.

El coronel vació su vaso de whisky. Alto y delgado, con las sienes grises ya, acusaba una cincuentena de años. Su bigote caído, sus ojos azul vidrioso, su boca floja, demostraban al hombre sin carácter. En nuestro primer encuentro me había llamado la atención su aspecto poco inteligente. Se enorgullecía de haber dedicado, durante sus seis últimos años de servicio, tres días por semana al polo.

—Temo que mi presencia sea indiscreta —balbucee—. ¿Quiere usted hacer llegar toda mi simpatía a la señora Strickland? En cualquier cosa que pueda ayudarla, estoy a su disposición.

No me escuchaba.

—¿Qué ocurrirá? ¿Y los chicos? ¿Vivirán del aire? ¡Diecisiete años!

—¿Qué? ¿Dicisiete años de qué?

—¡De matrimonio! —gruñó—. Nunca pude soportarlo; pero era mi concuñado y tuve que tolerarlo. ¿Lo tenía usted por un caballero? Jamás debieron casarse.

—¿Es algo irreparable?

—A Amy no le queda más recurso que el divorcio. Es lo que iba a aconsejarle cuando usted entró. «Es indispensable que inicie usted un juicio, le decía, por usted y por sus hijos». ¡Que no lo encuentre nunca en mi camino! ¡Lo aniquilaría como a un canalla!

Muy a mi pesar, suponía que el coronel tropezaría con algunas dificultades, pues la figura atlética de Strickland me había llamado la atención. Es bien sensible que la moral ultrajada no tenga siempre a su servicio un puño fuerte con que castigar al culpable. Cuando por fin esperaba retirarme, la señora Strickland volvió. Se había secado las lágrimas y empolvado la nariz.

—Le ruego excusarme —dijo—. Felizmente no se ha retirado todavía.

Se sentó. Una vez más, no había qué decir. El asunto no me concernía. Ignoraba todavía la existencia de aquella necesidad que tienen todas las mujeres de confiar sus más íntimos secretos al primero que llega. La señora Strickland se había serenado.

—¿Hablaban del asunto? —preguntó.

La certeza de que yo conocía su desgracia me desconcertó.

—Acabo de llegar. La única persona con quien he hablado es Rosa Waterford…

La señora Strickland frunció el ceño y me dijo:

—Cuénteme todo lo que ella le ha dicho. —Como yo titubeara, insistió—: Me interesa mucho.

—Usted sabe cómo es la gente. Rosa no es, precisamente, una buena amiga. ¿Quién podía confiar en sus cuentos? Me dijo que su marido la había abandonado. ¿Eso es todo lo que le dijo?

Ni por un instante pensé en repetirle la alusión a la joven vendedora. Mentí.

—¿No agregó que había partido con alguien?

—No.

—Es cuanto quería saber. Gracias.

Un poco sorprendido, comprendí que nada me impedía reírme. Estrechando la mano de la señora Strickland, le renovaría afecto. Ella me respondió con una sonrisa de desaliento.

—Gracias. Desgraciadamente, no sé de nadie pueda hacer algo por mí.

Demasiado tímido para expresar mi simpatía, me dirigí hacia el coronel, quien no me tendió la plano.

—Yo también me voy. Si usted sube por Victoria Street lo acompasare.

—Entendido —le dije—. Partamos.

.

CAPÍTULO IX

—¡Qué cosa terrible! —repitió cuando estuvimos afuera. Comprendí que no había bajado conmigo sino para insistir sobre lo que acababa de discutir con su cuñada.

—Ignoramos el nombre de la mujer —continuó—. Todo lo que sabemos es que ese miserable ha partido para París.

—¡Y yo que creía que el matrimonio iba tan bien!

—Pero es claro, y Amy me lo decía todavía cuando usted llegó. No tuvieron nunca una discusión desde el día en que se casaron. Usted conoce a Amy. Es la mejor criatura del mundo.

Ante estas confidencias, me sentí autorizado para permitirme, por mi parte, algunas preguntas.

—Pero, ¿en verdad que no suponía ella nada? —Nada. Strickland pasó el mes de agosto con ella y sus hijos en Norfolk. Estaba como siempre. Mi mujer y yo pasamos dos o tres días con ellos en su casa y yo jugué con él varias veces al golf. En septiembre, Carlos volvió a Londres para que su socio pudiera, a su vez, tomar sus vacaciones. Amy quedó sola en el campo. Habían alquilado una quinta por seis semanas. Antes de que vencieran, ella, le escribió para anunciarle su regreso a Londres. Él le respondió desde París diciéndole que no pensaba vivir más a su lado.

—¿Y qué razones daba?

—Ninguna. Vi su carta. Un billete de diez líneas. —¡Pero es inconcebible!

En este momento atravesábamos una calle, y la acumulación de personas y carruajes interrumpió las confidencias. Lo que el coronel acababa de revelarme era tan inesperado, que supuse que la señora Strickland le habría ocultado una parte de la verdad. Después de diecisiete años de matrimonio, un hombre no deja a su mujer sin que algunas manifestaciones revelen con anterioridad ciertas hendiduras en la vida conyugal. ¿Qué explicación habría podido dar, como no fuese la de que había huido con cualquiera? Ha pensado sin duda que su mujer, ante el hecho consumado, no tendría otro recurso que resignarse. El procedimiento revela al individuo.

—¿Qué ha resuelto la señora Strickland?

—Ante todo, debemos reunir nuestras pruebas. Iré a París personalmente.

—¿Y los negocios de Strickland?

—No les presta mayor atención. En el curso del último año se fue desprendiendo progresivamente de ellos sin alarmar a nadie.

—¿Y su socio? ¿Le advirtió de su partida?

—Ni una palabra.

El coronel Mac Andrew poseía un conocimiento muy vago de los negocios, y yo no tenía de ellos la menor noción. Por eso no pude comprender en qué condiciones había abandonado Strickland sus asuntos. Supuse que su socio, exasperado por el proceder, pensaría iniciarle un proceso. Cuando todo estuviese dispuesto, ¿no correría el riesgo de perder cuatrocientas o quinientas libras?

—Por fortuna, el moblaje del departamento está a nombre de Amy. En todo caso, ella podrá conservarlo.

—¿Hablaba usted en serio cuando decía que ella quedaría sin un penique?

—Absolutamente. Quedará con doscientas o trescientas libras y el moblaje de su casa. —¿Y cómo va a vivir?

—Sólo Dios lo sabe.

El caso parecía cada vez más grave, y ni los comentarios ni la indignación del coronel aportaban el más mínimo remedio. Respiré cuando el reloj del almacén «Ejército y Armada» le recordó la hora de su bridge en el club. Se despidió y atravesó con rapidez el parque Saint-James.

.

CAPITULO X

UNO o dos días después, la señora Strickland me envió una tarjeta para rogarme que fuera a su casa aquella misma noche, después de comer. La encontré sola. Su vestido negro, sencillo hasta la austeridad, recordaba su infortunio, y tuve la ingenuidad de extrañarme de que, a pesar de la sinceridad de su dolor, hubiese pensado en relacionar su traje con las circunstancias.

—Usted me dijo que estaba dispuesto a hacer cuanto le pidiera —comenzó.

—Así es, señora.

—Es necesario que vaya a ver a Carlos a París.

—¿Yo?

Quedé estupefacto. No había visto sino una vez a Strickland. ¿Qué podía esperar ella de mí?

—Alfredo está listo para partir – Alfredo era el coronel Mac Andrew —pero no es el hombre de la situación; de eso estoy segura. Sólo conseguiría empeorar más las cosas. No sé a quién dirigirme.

Su voz temblaba. Tuve vergüenza de mi vacilación.

—¡Pero yo no he cambiado diez palabras con su marido! Puede decirse que ni me conoce. Me enviará al demonio…

—Pero no por eso debe usted desanimarse…

—¿De qué desea usted que sea portador?

Amy eludió la respuesta.

Tal vez el hecho de que él no lo conozca sea más bien una ventaja. Vea usted: nunca ha sentido simpatía por Alfredo; no comprende a los soldados. Se pondrían a gritar y las cosas quedarían peor. En cambio, si usted se le acerca en mi nombre, no podrá negarse a escucharle.

—¿Cómo quiere usted que un tercero se encargue de una misión semejante? Detesto mezclarme en lo que no me concierne. ¿Por qué no va usted misma a buscar a su marido?

—Usted olvida que no está solo.

Permanecí un instante en silencio. Imaginaba mi entrevista con Strickland: le había enviado mi tarjeta; él entraba al cuarto donde yo esperaba, con ella entre el pulgar y el índice:

«—¿Con quién tengo el honor de hablar?».

»—Vengo de parte de su esposa.

»—¿Ajá? Si usted lo ignora todavía, la vida se encargará de enseñarle que nunca es conveniente ocuparse de otros asuntos que de los propios. Tenga la bondad de volver ligeramente la cabeza hacia la izquierda. ¿Ve usted esa puerta? Le deseo buenos días».

Mi salida, lo preveía, carecería por completo de dignidad. Comenzaba a lamentarme, desde luego, de mi regreso a Londres, sin poder aliviar los pesares de la esposa abandonada. Entretanto, la miré a hurtadillas. Estaba absorbida por sus reflexiones. De repente suspiró profundamente y levantó la cabeza.

—¡Es tan inesperado todo esto! —exclamó con una pobre sonrisa—. ¡Diecisiete años de casados!… Nunca creí a Carlos capaz de perder la cabeza. Siempre nos entendimos bien. Verdad es que no compartía todos mis gustos, pero…

—Ha descubierto usted quién… —no hallaba cómo expresarme—, quiero decir, ¿con quién se ha ido?

—No. No sospechamos de nadie. ¡Fué tan imprevisto! En general, cuando un hombre se enamora, sale con su conquista, se le suele ver con ella, y las buenas amigas se encargan de prevenir a la esposa. Yo no he recibido advertencia alguna, nada. Su carta me cayó como una bomba. Creía a mi marido perfectamente feliz.

Irrumpió en lágrimas. Traté de consolarla con toda solicitud. Poco a poco se calmó.

—¿Para qué hacer el ridículo? —exclamó por fin, llevándose las manos a los ojos—. Procuremos más bien ver con claridad.

En seguida se puso a evocar todos sus recuerdos los hechos más recientes, su primer encuentro con Strickland, su matrimonio. El padre de la señora Strickland, administrador civil en las Indias, había establecido su retiro en el interior del país. Todos los años, en el mes de agosto, llevaba a su familia a Eastbourne con el objeto de hacerla cambiar de ambiente, y allí fué donde, teniendo Amy veinte años, conoció a Carlos Strickland, que tenía veintitrés. El tenis los reunió; vinieron luego los paseos por la playa. Juntos escucharon el coro de los calores negros. Una semana antes de que él se declarara, ella estaba decidida a aceptarlo.

Se fueron a vivir a Londres, primero en Hampstead y en seguida, tan pronto como los negocios de Strickland lo permitieron, a la «city». Tuvieron dos hijos.

¡Parecía quererlos tanto! Suponiendo que estuviese cansado de mí, no comprendo cómo ha tenido corazón para abandonar a sus hijos. ¡Qué desconcertante! Todavía no puedo creerlo.

Por último, me mostró la carta de su marido. A pesar de mi curiosidad, no me había atrevido a pedírsela.

.

Mi querida Amy.

Creo que encontrarás todo en orden en el departamento. He comunicado a Ana sus instrucciones, y cuando llegues estará lista la comida para ti y para los niños. No esperes verme en la estación. He decidido no vivir más contigo, y parto hoy mismo para París. No volveré. Mi decisión es irrevocable.

Siempre tuyo,

Carlos Strickland.

.

—¡Ni una palabra de justificación, de pesar! ¿No es inhumano?

—¡Vaya una carta singular!

—No hay sino una explicación posible: que ya o es el mismo. Ignoro qué mujer le ha seducido, pero, en todo caso, ha hecho de él otro hombre. Seguramente esto no data de ayer.

—¿Qué le hace suponerlo?

—Alfredo lo ha descubierto. Tres o cuatro veces por semana mi marido iba, decía, al club. Alfredo aludió, conversando con un miembro de ese club, a las condiciones de jugador de su concuñado, y el otro se manifestó muy sorprendido, pues no lo había visto nunca en la sala de juego… Cuando yo creía a Carlos en el club, seguramente estaba con esa mujer.

Guardé silencio. Pensé luego en los hijos.

—No ha debido ser muy fácil explicar todo esto a Roberto —observé.

—¡Oh! No he querido decirle una palabra, ni a él ni a su hermana. Como regresamos a Londres la víspera de la apertura de las clases, tuve la presencia de ánimo necesaria para decirles que su padre había partido por asuntos de negocios.

¿Cómo había podido mostrarse alegre y despreocupado con el corazón oprimido por un peso semejante?

Su voz se quebró de nuevo:

—¿Y qué va a ser de ellos, mis pobres hijos queridos? ¿Cómo vamos a vivir?

Se esforzó por dominarse, y vi que sus manos se crispaban. Aquello era desgarrador. Le dije:

—Sea. Iré a París si usted cree que puedo hacer algo, pero dígame con claridad lo que desea de mí. Quiero que él vuelva.

—Según lo que me dijo el coronel, creí entender que usted había resuelto divorciarse.

—¡No me divorciaré jamás! —me interrumpió con incontenida violencia—. Puede usted decírselo de mi parte. No podrá casarse con esa mujer. Soy tan empecinada como él, y no me divorciaré. Ante todo, tengo que pensar en mis hijos.

Sin duda, agregaba este argumento para justificar su actitud, que yo atribuía a orgullo y celos, por lo demás muy explicables, antes que a la solicitud maternal.

—¿Lo quiere usted todavía?

—Deseo que vuelva. Si consiente en ello, nos desentenderemos de lo ocurrido. ¡Cómo olvidar diecisiete años de matrimonio! Soy generosa en mis ideas. Mientras no sepa nada, todo lo que ha hecho me es indiferente. él debe pensar que su arrebato no puede durar. Si vuelve pronto podremos olvidar el asunto y evitar el escándalo.

La idea de que se inquietara por los cuentos y chismes me entibió.

Ignoraba entonces el importante sitio que ocupa la opinión de los demás en la vida de las mujeres. Esta preocupación proyecta una sombra de sospecha sobre la sinceridad de sus más profundas emociones.

Sabíamos la dirección de Strickland. Por intermedio del banco, su socio, en una carta violentísima, lo acusaba de ocultarse. Algunas frases de respuesta, cínicas y groseras, revelaban al momento, y con precisión, dónde podría encontrársele. Estaba en un hotel.

—Un hotel del que nunca he oído hablar —prosiguió la señora Strickland—, pero Alfredo lo conoce. Parece que está en un barrio muy lujoso.

Sus mejillas se sonrojaron. Seguramente se representaba a su marido instalado en un departamento carísimo, frecuentando restaurantes elegantes, pasando sus tardes divertido y sus noches en el juego.

—A su edad, esto no puede durar —repitió—. Después de todo, tiene cuarenta años. En un muchacho, sería excusable, pero en un padre de familia, con hijos casi mayores… Su salud no resistirá. ¡Y qué vergüenza! …

La cólera luchaba en ella con la pena.

—Dígale que nuestro hogar le reclama. Nada ha cambiado, y sin embargo todo es diferente. No puedo vivir sin él. Preferiría matarme. Invoque el pasado y todos nuestros recuerdos comunes. ¿Y qué diré a mis hijos cuando me pregunten? Su cuarto está como antes de su partida. Lo espera. Todos lo esperamos.

En seguida me explicó en detalle lo que debería decirle. Contemplé cada una de las objeciones posibles.

—Haga todo lo que pueda —insistió, quejumbrosa—. ¡Dígale en qué estado me encuentro!

En suma, me rogó que pusiera en juego cuanto estuviera de mi parte para enternecer a su marido. Sollozaba sin cesar. Yo estaba conmovido. La fría crueldad de Strickland me llenaba de indignación. Prometí hacer lo imposible para inducirlo a regresar. Partiría para París al día siguiente y permanecería allí hasta que hubiese obtenido un resultado. Por último, como la noche estaba bastante avanzada y los dos nos hallábamos vivamente emocionados, me despedí.

.

CAPÍTULO XI

DURANTE el viaje, mi misión no cesó un instante de inquietarme. Lejos del espectáculo de la señora Strickland angustiada, consideraba la situación con más serenidad. Las contradicciones de su actitud me traían desconcertado. Había sabido emplear muy bien su dolor, por lo demás muy sincero, para excitar mi simpatía. La cantidad de pañuelos de que se había provisto demostraba que contaba con sus llantos. ¡Loable previsión! Pero resultaba que, a la distancia, sus lágrimas ya no me conmovían. ¿Era el amor por su marido o el temor a los chismes lo que la hacía desear el regreso de Strickland? Al impulso de la pasión desgraciada se mezclaba en su corazón la rebeldía de la vanidad herida, despreciable a mis ojos inexpertos. Yo me admiraba todavía de las contradicciones de la naturaleza humana, ignorando cuánta afectación se oculta en la sinceridad, cuánta villanía en la nobleza y cuánta generosidad en el vicio.

Pero, a medida que me aproximaba a París, se redoblaba mi curiosidad. ¿Cómo no tomar a lo trágico este papel de amigo incondicional que va a recuperar el esposo inconstante para la esposa indulgente? ¡Qué entrevista! En tales circunstancias, la hora debe ser escogida con prudencia. ¿Hay posibilidad de conmover a alguien antes de la comida? Por otra parte, era indispensable ver a Strickland aquella misma tarde.

Apenas instalado, me informé sobre el «Hotel des Beiges», donde vivía Strickland. Esa maravilla de lujo se levantaría, seguramente, cerca de la rue de Rivoli. Buscarnos en la guía. El único hotel de este nombre se encontraba en la rue des Moines, barrio poco reluciente. Sacudí la cabeza.

—No puede ser éste, estoy seguro —afirmé, convencido.

El conserje se encogió de hombros. No existía otro hotel de ese nombre en París. Seguramente Strickland no quería revelar su domicilio y había enviado aquella dirección a su socio para engañarle una vez más. Me parecía ver a Strickland encantado ante la idea de hacer venir en balde a París al exasperado agente de cambio y enviarle a estrellarse como un imbécil contra la puerta de una posada. No obstante, quise informarme sobre el terreno. Al día siguiente, hacia las seis, tomé un coche y me dirigí a la rue des Moines. Quise examinar el hotel antes de entrar. Unas cuantas tiendas miserables abrían sus puertas y exhibían sus escaparates a la calle.

Hacia la mitad de la calle divisé, a la izquierda, al «Hotel des Beiges». El que me servía a mí de alojamiento era un palacio a su lado. Junto a un gran caserón arruinado, con sus muros descascarados y sucios, las casas vecinas tomaban un aspecto limpio y cuidado. Todos sus postigos estaban cerrados. Podía ese lúgubre edificio abrigar la magnificencia criminal en que Carlos Strickland vivía con la encantadora desconocida a quien había sacrificado su amor y su deber. Temeroso de hacer el papel de tonto, estuve a punto de deshacer lo andado sin ir más lejos en mi investigación. Sólo el deseo de demostrar mi buena voluntad a la señora Strickland me indujo a entrar.

La puerta se encontraba al lado de una tienda improvisada. Estaba abierta, y en su interior se leía:

Bureau au premier.

Subí por una estrecha escalera, y desde un descanso divisé una especie de jaula de vidrio, una mesa y dos sillas. A su lado, un banco, donde un sereno nocturno debía pasar horas melancólicas. No había alma viviente; pero un timbre eléctrico —un cartel lo advertía al visitante— servía para llamar al mozo. Toqué, y a los pocos momentos apareció, en mangas de camisa y arrastrando unas chancletas viejas, un adolescente de mirada viva e inquisitorial.

—¿Será aquí, por casualidad, donde se hospeda míster Strickland? —le pregunté con el más amable de los tonos.

—Sexto piso, número 32.

La sorpresa me cortó la palabra.

—¿Y estará aquí en este momento?

El criado miró un estante con departamentos que se divisaba en la oficina.

—No está su llave. Suba y vea usted mismo. —¿Y la señora?

—No sé. Acá vino solo.

Ante la mirada llena de desconfianza del criado, comencé a subir por una escalera oscura y mal ventilada. Un olor fétido flotaba en el ambiente. En el tercer piso, una mujer desmelenada, en ropas de casa, entreabrió una puerta y me miró pasar en silencio. Por último, llegué al sexto…, el número 32. Hubo un ruido en el interior, y la puerta se abrió furtivamente. Me encontraba frente a Carlos Strickland, que no pronunció una palabra. Evidentemente, no me había reconocido.

Le llamé por su nombre, esforzándome por hablar con naturalidad.

—¿No se acuerda usted de mí? Tuve el placer de comer en su casa en el mes de julio.

—Adelante —dijo con frialdad—. Encantado de volverlo a ver. Siéntese usted.

Estaba en un pequeño cuarto repleto de muebles Luis Felipe. Un amplio lecho de madera, con un almohadón rojo a los pies, un gran armario, una mesa redonda, un peinador minúsculo y dos sillas tapizadas con una felpa encarnada llenaban la pieza.

Todo era sucio y raído. Nada revelaba el desenfrenado lujo que el coronel Mac Andrew había descrito con tanta precisión. Strickland echó al suelo las ropas que cubrían una de las sillas, y yo me senté.

—¿Qué le trae por aquí? En el pequeño cuarto, Strickland se veía más grande que nunca. Llevaba una vieja americana de deporte, y su cara mostraba una barba de varios días.

La primera vez que lo vi su vestimenta era muy cuidada, pero parecía no sentirse bien con ella. Ahora, despreocupado y sucio, se movía con agilidad y confianza. ¿Cómo recibiría lo que iba a decirle?

—Vengo a verlo de parte de su esposa.

—Tengo costumbre de servirme algo antes de las e comidas. Venga usted conmigo. ¿Le gusta el ajenjo? —Sí, me gusta.

—Entonces, bajemos.

Se cubrió con un sombrero que pedía un cepillo a gritos.

—Podemos comer juntos. Por lo demás, usted me debe una comida.

—En efecto. ¿Está usted solo?

Me felicité de haber lanzado esta pregunta capital con tanta naturalidad.

—¡Pardiez! Hace tres días que no hablo con nadie. ¡Mi francés no es de lo más brillante!

Mientras le seguía en la escalera, me preguntaba qué sería de la hermosa vendedora. ¿Una disputa, acaso? ¿O habría terminado ya el capricho de Strickland? Era poco verosímil si, como se decía, había titubeado un año antes de resolverse a dar el paso. Por fin, nos instalamos en la terraza de un eran café de la Avenue de Clichy.

(Continuará…)

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