La luna y seis peniques [Final]

Somerset Maugham

 

 

CAPÍTULO LII

Los tres años siguientes fueron, supongo, los más felices de su estropeada existencia. La choza de Ata se levantaba unos ocho kilómetros del camino que rodea a la isla. Un sendero zigzagueante, sombreado por los frondosos árboles de los trópicos, conducía hasta ella. No tenía sino dos cuartos, una pequeña galería y un cobertizo que servía de cocina. Allí no se conocían los muebles, salvo las esteras que servían de camas, y un rocking-chair para el balcón. Algunos bananeros adherían sus anchas hojas desmenuzadas a la vivienda. Inmediatamente detrás de ella se erguía un peral de las islas, y por todas partes enseñaban sus líneas graciosas los cocoteros, que constituyen la principal riqueza del terreno. El padre de Ata había circundado la propiedad de un cercado de crotones, y su esplendente profusión parecía rodearla de llamas. Frente a la casa se levantaba un mango, y junto a ella, en el terreno recién cultivado, dos resplandecientes arbustos escarlatas desafiaban con sus colores el oro de los cocoteros.

Strickland vivía de los productos de la tierra. No necesitaba ya de Papeete y dejó de frecuentarlo. No lejos de allí corre un pequeño torrente donde se bañaba y donde solía extraviarse algún banco de salmones. Cuando esto ocurría, los indígenas se reunían en una y otra ribera y, arpón en mano, entre grandes gritos y carcajadas atravesaban a los peces perdidos, que buscaban llenos de prisa la salida hacia el mar. De cuando en cuando, Strickland bajaba a las rocas y regresaba a casa con una langosta o una cestada de pequeños pececillos multicolores, que Ata freía en aceite de oliva; también solía ella preparar un plato suculento con esos enormes cangrejos de tierra, que de súbito cruzan en el camino de los exploradores. En la montaña crecen naranjos silvestres. Ata llegaba alguna que otra vez hasta ella acompañada de dos o tres mujeres y volvía cargada de frutas verdes, dulces y jugosas. Venía en seguida la cosecha de cocos. Como todas las indígenas, Ata poseía una parentela numerosa; sus primos se encaramaban en masa a los árboles para echar a tierra los cocos maduros. Los partían y los ponían a secar al sol. El copra era embolsado; las mujeres bajaban a la aldea, se instalaban cerca del lago para ofrecerlo a los comerciantes minoristas y recibían en cambio arroz, jabón, carnes en conserva y algo de dinero. A veces, con motivo de una fiesta, mataban un cerdo. Entonces, después de los cantos y danzas, venía una comilona como para enfermar a cualquiera.

Pero la choza estaba lejos de la aldea y los tahitianos son perezosos. Si adoran vagar y charlar, detestan la marcha. Strickland y Ata permanecían aislados durante semanas enteras. Él pintaba, leía y, en las tardes se instalaba en la galería con su mujer a fumar o admirar el ciclo. Por fin, Ata dió a luz un chico, y la comadrona que subió a asistirla no descendió mas. Pronto vino a acompañarla su nieta, y en seguida un adolescente, cuyo origen nadie sabía. Los tres se instalaron en la choza con el más completo desenfado, y todos vivieron bajo el mismo techo.

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CAPÍTULO LIII

—TENEZ, voila le capitaine Brunot—dijo Tiaré cierto día que yo trataba de conocer nuevos detalles de la vida de Strickland—. También conoció muy bien al pintor. Comieron juntos muchas veces.

Divisé una gran barba negra, estriada de gris, un rostro bronceado y unos ojos vivos. El capitán Brunot, correctísimo en su traje blanco, ya no era joven. Había reparado en él durante el almuerzo y Ah-Lin, el chino, me informó que acababa de llegar procedente de Pomotous. Tiaré nos presentó.

Él me tendió su tarjeta, tina tarjeta enorme: «René Brunot, capitán de navío». Nos hallábamos sentados en la angosta galería que pasaba ante la cocina. Tiaré cortaba un vestido para una de sus criadas. El marino se sentó con nosotros.

—Si conocía a Strickland? —comenzó diciendo—. ¡Jugamos muchas partidas de ajedrez! Cuando yo venía a Papeete y él se encontraba aquí —mis asuntos me traían por estos lugares tres o cuatro veces al año—, nos reuníamos en este mismo sitio a jugar. Cuando se casó = el capitán sonrió y se encogió de hombros —bueno, digamos las cosas como son: cuando aceptó a la muchacha que Tiaré le había elegido, me invitó al anexo, donde vivía. Asistí también a la comida de bodas.

Miró a Tiaré y ambos soltaron una sonora carcajada.

—Desde entonces fueron contadas las veces que se le volvió a ver en Papeete. Alrededor de un año más tarde, hube de volver a esta parte de la isla y, una vez liquidados mis asuntos, pregunté por Strickland. Algunos indígenas me informaron: vivía a algunos kilómetros de distancia. Resolví ir a verlo. Nunca olvidaré esa visita. Yo vivo en un atoll, una isla baja que contiene un lago, y su belleza se confunde con la de la tierra y el cielo, las nubes fugitivas del estanque y la gracia de los cocoteros; pero el sitio donde vivía Strickland tenía la esplendidez del Edén. ¿Cómo describirle el encanto de aquel rincón perdido bajo el cielo azul y la bóveda suntuosa de los árboles? Una verdadera fiesta de color. ¡Y aquel aire fresco y embalsamado! No hay palabras para pintar este paraíso. Allí se había confinado, sin recordar al mundo y sin ser recordado por él. ¿Qué habrían pensado los europeos al verlo? La choza, mal conservada, parecía dispuesta a derrumbarse. Al aproximarme divisé a dos o tres indígenas recostados en la galería. Usted conoce, sin duda, su gusto por la vida en común. Tendido de espaldas, un muchacho joven fumaba. Toda su vestimenta consistía en un simple «pareo». El pareo es una ancha faja de algodón rojo o azul, surcada por algunas bandas blancas, que se coloca alrededor de la cintura y suele caer hasta las rodillas.

Una muchacha de unos quince años trenzaba hojas de pandanos para hacer un sombrero, y más allá, en cuclillas, una anciana fumaba. Entonces divisé a Ata, quien daba de mamar a un recién nacido. Otro chico, completamente desnudo, jugaba a su lado. Al verme, llamó a Strickland, quien apareció en la puerta de la choza. Como el muchacho, él tampoco llevaba más que un pareo. Con su barba rojiza, sus cabellos largos y su pecho de gorila, producía un efecto inesperado. Por los arañazos de sus pies endurecidos, se veía que andaba descalzo. Se había convertido furiosamente en un indígena. Parecía contento de volverme a ver y ordenó a Ata que matara un pollo para el almuerzo. Luego me hizo pasar al interior y me mostró el cuadro en que trabajaba. En un rincón del aposento había un lecho y en medio de él un caballete con una tela. Para agradarle y hacerle un favor, yo le había comprado por una miseria dos de sus obras, y había enviado otras a algunos amigos franceses. Después de adquirirlas por piedad, me había acostumbrado a ellas. Comenzaban a gustarme. Poco a poco iba descubriéndoles una belleza singular. Todo el mundo me creía loco; pero los hechos me han dado la razón. Fui el primer admirador de Strickland en todas las islas.

Guiñó los ojos hacia el lado de nuestra amable huéspeda, y una vez más hubimos de sufrir el relato de la subasta en que Tiaré, ¡amargo recuerdo!, había preferido a los cuadros de Strickland una sartén norteamericana de veintisiete francos.

—¿Conserva usted esos cuadros? —pregunté al capitán.

—Sí. Los reservo para el día en que mi hija esté en edad de casarse; entonces los venderé. ¡Qué espléndida dote!

En seguida continuó su relato:

—No, nunca olvidaré aquella velada que pasamos juntos. Pensaba no quedarme más de una hora; pero Strickland insistió en que pasara allí la noche. Vacilé un poco, porque, a decir verdad, las esteras que me ofrecía por lecho no me tentaban en absoluto; pero acepté, recordando que durante semanas enteras, mientras construía mi casa en los Pomotous, había dormido en peores condiciones todavía, y sin conocer más techo que los ramajes de los arbustos silvestres; en cuanto a los insectos, mi piel ya ni los sentía.

Mientras Ata preparaba la comida, descendimos hasta el torrente para bañarnos y, después de comer, pasamos a la galería. Fumamos, charlamos. El muchacho tocó al acordeón algunos trozos de musichall a la moda de doce años atrás, lo que denotaba una separación de miles de kilómetros del mundo civilizado. Pregunté a Strickland si no le molestaba esta promiscuidad. «No —me contestó—; me gusta tener los modelos a mano». Temprano, después de repetidos bostezos, los indígenas se retiraron, y nosotros quedamos solos. Es imposible dar una idea del intenso silencio de aquella noche. Ni en mi isla de los Pomotous se conoce una calma tan absoluta. Allí se oye un perpetuo zumbido en la playa, donde hierven los crustáceos y los cangrejos de tierra. De cuando en cuando se siente saltar un pez en el lago, y a veces el agua deja escuchar sus oleajes en la distancia: es algún tiburón que pone en fuga a los peces menudos. Y por sobre todo esto, implacable como la marcha del tiempo, se escucha el constante azotar de las olas contra las rocas. Pero aquí, ni un sonido perturba la tranquilidad del ambiente, donde flota el aroma de las flores enormes de la vecindad. Aquello es tan sereno, tan hermoso, que el alma quisiera evadirse de su prisión. Se la siente lista para tomar el vuelo; tal vez por eso se piensa en la muerte como en un ser ataviado con los encantos de una amiga amada.

Tiaré suspiró.

—¡Ah, si volviera a mis quince años!

Su enternecimiento fue interrumpido al instante. Con una pata estirada, el gato trataba de alcanzar un plato de camarones que había sobre la mesa de la cocina y con un gesto diestro y con una vívida descarga de insultos cortaron el suspiro evocador para dar paso a una andanada de injurias; simultáneamente, el libro que tenía entre las manos describió una trayectoria en el aire, y no se vió más que la cola del que huía.

Brunot prosiguió:

—Le pregunté si era feliz con Ata.

«—Tengo paz —contestó—. Prepara la comida y se ocupa de los niños. Me obedece en todo. Es cuanto puedo pedir a una mujer.

»—¿No echa usted de menos a Europa? ¿O recuerda con nostalgia las luces de Londres y París, la compañía de sus amigos de otros tiempos? ¿No le hacen falta los teatros, los periódicos, el ruido ensordecedor de ruedas sobre el pavimento?

»Permaneció un largo rato en silencio, y luego continuó:

»—Moriré en esta tierra —me dijo.

»—Pero, ¿no se siente usted nunca triste y solo?». Se rió con desprecio.

»—¡Pobre amigo mío! ¡Cómo se ve que usted no sabe lo que es ser un artista!».

El capitán Brunot se volvió hacia mí con una sonrisa de gentileza y sus ojos obscuros tomaron una expresión extraordinaria, Strickland no me hacía justicia. Para mi modo de ver, yo también soy artista.

Permanecimos silenciosos durante un momento. Tiaré extrajo de su enorme bolsillo un puñado de cigarrillos. Nos tendió uno a cada uno, y los tres nos pusimos a fumar.

Por fin, ella propuso:

—Ya que este señor se interesa tanto por Strickland, ¿por qué no lo lleva usted a ver al doctor Coutrás? Él le contaría su enfermedad y su muerte.

—Con mucho gusto —dijo el capitán, después de consultarme con la mirada.

Le agradecí la amabilidad y él miró su reloj.

—¡Más de las seis! Si le parece, podernos ir en seguida. Lo encontraremos en su casa.

Me levanté sin hacerme repetir el ofrecimiento. El médico vivía en las afueras de la ciudad; pero el hotel «La Flor» estaba en un barrio apartado, y muy pronto nos hallamos en pleno campo. Algunos pimientos jalonaban con sus sombras el ancho camino, y a uno y otro lado se extendían las plantaciones de cocoteros y vainilleros. Las aves de rapiña acechaban entre las hojas de las palmeras. Cerca de un puente de piedra lanzado sobre un río poco profundo, nos detuvimos un momento para observar a unos indígenas que se bañaban. Se perseguían entre risas y gritos agudos y sus obscuros cuerpos mojados brillaban al sol.

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CAPÍTULO LIV

UN detalle me había llamado la atención en el curso de estas conversaciones concernientes a Strickland. Reflexionaba distraídamente en él mientras marchaba. En esta isla lejana, su libertad de maneras y su grosería parecían no haber chocado a nadie. Ni un detalle recordaba la indignación que por todas partes provocaba en Europa. Aquí, Strickland excitaba más bien la compasión. Los habitantes se amoldaban a sus extravagancias. ¿Acaso no está el mundo lleno de locos que hacen locuras? Tal vez sentían ellos, obscuramente, que un hombre no es lo que quiere, sino lo que puede. En Inglaterra y Francia, Strickland era lo que el perno cuadrado en agujero redondo; pero aquí os agujeros se prestaban para toda forma de pernos. ¿O se mostraría menos egoísta y menos brutal en Tahití? No lo creo; mas su manera de vivir parecía convenir al medio. Si no hubiese vivido en otros, seguramente no habría pasado nunca por tan mal compañero. La verdad es que en la isla había encontrado lo que jamás esperó o deseó fuera de ella: la simpatía.

Expresé mi admiración al capitán Brunot, que permaneció un momento sin responder.

—En todo caso —dijo—, es natural que yo me haya interesado por él, pues, a fin de cuentas, sin que lo pensáramos, buscábamos lo mismo.

—¿Qué podían buscar dos seres tan distintos como usted y Strickland?

—La belleza.

—Es algo impreciso.

—Usted sabe que el amor encadena a los hombres con una fuerza tan invencible como la de los grilletes que sujetan los galeotes a los bancos de las galeras. Pues bien, la pasión que hechizaba a Strickland tenía esta violencia.

—¡Qué curioso! Yo también lo creí siempre un hechizado.

—Y esta pasión era la de crear belleza. Ella no lo dejaba un momento en descanso. Fue, mientras vivió, • el peregrino a quien obsesiona una nostalgia divina. La verdad inflama a ciertos hombres con tan violento ardor que, para alcanzarla, no vacilan en remover hasta los cimientos de la sociedad. Strickland era uno de éstos; pero para él la belleza reemplazaba a la verdad. Por sobre todo, me inspiraba una lástima profunda.

—He aquí algo más singular aún. Cierto amigo a quien había ofendido gravemente experimentaba hacia él idéntico sentimiento.

Guardé silencio un instante.

—¿No habrá resuelto usted, por casualidad, el enigma de su carácter indescifrable?

El capitán sonrió.

—Hace algunos minutos le dije que, a mi manera, yo me consideraba un artista. He realizado el deseo que me animaba; pero, mientras que su modo de expresión era la pintura, el mío ha sido siempre la vida.

Me contó entonces una historia que repetiré aquí, porque, por contraste, completa la idea que me he formado de Strickland. En verdad, también tiene su grandeza.

El capitán Brunot, bretón de nacimiento, renunció a su cargo de oficial de la marina el mismo día que se casó, hace de esto una veintena de años. Se instaló con su mujer en una pequeña propiedad de familia, cerca de Quimper. Allí, rodeado de paz y tranquilidad, se escurrían los días de su retiro. Mas, arruinados inesperadamente por la quiebra de un hombre de negocios, ni él ni su mujer se resolvieron a aceptar una vida de miserias en la misma tierra donde habían gustado la comodidad y el desahogo. En el curso de sus viajes, Brunot había atravesado todos los mares del Sur, y decidió tentar suerte en ellos. Pasó algunos meses en Papeete para madurar su plan y adquirir experiencia, y luego, con dinero facilitado por un amigo de Francia, compró una isla en las Pomotous. En este anillo de tierra deshabitado —pues rodeaba a un lago profundo— no crecían sino malezas y guayabos. Con la intrépida criatura que era su mujer y uno que otro indígena, construyó una casa y comenzó a cultivar el terreno, que plantó en seguida de cocoteros. Hoy día, esa isla salvaje se halla convertida en un opulento vergel.

—En un principio, me demandó un trabajo penoso y febril. No descansábamos en todo el día. Durante meses enteros estuvimos levantándonos al alba día a día, para cavar, plantar y disponer todo lo necesario para el buen orden de las labores. Por la noche, cuando me echaba en la cama, me dormía como un lirón hasta la madrugada siguiente. Mi mujer no me iba en zaga. Tuvimos dos hijos: un chico primero y luego una niña. Todo lo que saben se lo hemos enseñado personalmente. Encargamos un piano a Francia y mi mujer les ha dado lecciones de música y de inglés; por mi parte, me he ocupado del latín y de las matemáticas, y leernos historia en voz alta. Han aprendido a conducir un barco y nadan tan bien como los indígenas. La ciencia del plantador no tiene secretos para ellos. Mis árboles prosperan y mi banco de rocas está cubierto de ostras. Ahora he venido a Tahití a comprar una goleta para llevarlos al extranjero. Pescaré tantas ostras como desee y —¿por qué no?— tal vez encontraré algunas perlas. He sacado algo de la nada. También he creado belleza. ¿No he plantado con mis manos todos mis grandes árboles, hoy tan robustos?

—Permítame repetirle la pregunta que usted formuló a Strickland. ¿No ha echado nunca de menos a Francia y a su Bretaña natal?

—Más tarde, cuando mis hijos se hayan casado y el muchacho pueda reemplazarme, regresaremos a terminar nuestros días en la vieja casa donde nací.

—Y habrá llenado bien una vida.

—Claro está —prosiguió— que en nuestra isla no abunda lo imprevisto, y estamos muy lejos de todo. Vea usted: cuatro días para llegar a Tahití. Pero somos felices. Son raros los hombres que pueden escoger su tarea y más escasos aún los que la concluyen. Llevamos una vida sencilla y sin tacha. La ambición no se ha apoderado de nosotros; nuestro único orgullo es contemplar la obra de nuestras manos. La maldad no nos preocupa y no conocemos la envidia. ¡Ah!, querido señor, con mucha frecuencia se habla de la bendición del trabajo, frase que a primera vista parece vacía; yo, en cambio, penetro hasta lo más profundo de su sentido, y, lo repito, ¡soy un hombre feliz!

—Y, por cierto, merece serlo —dije, a manera de conclusión.

—Así quisiera creerlo. ¿Por qué, principalmente, me tocó en suerte una mujer que ha sido la amiga y la compañera ideal, el alma de mi hogar, la madre perfecta?

Reflexioné un instante en la existencia que el capitán acababa de evocar.

—Para lanzarse en semejante empresa y triunfar en ella se necesitaba una voluntad de hierro y una perseverancia incansable.

—Tal vez; pero olvida usted lo esencial.

—Qué?

Permaneció un instante en silencio y en seguida, levantando un dedo hacia el cielo, dijo, no sin énfasis:

—La fe en Dios. Sin ella nuestras fuerzas no habrían bastado. En ese momento llegábamos a la casa del doctor Coutrás.

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CAPÍTULO LV

EL doctor Coutrás era un viejo francés de elevada estatura y de una gran corpulencia. Parecía un colosal huevo de pato y sus ojuelos vivos se solían detener llenos de complacencia sobre su vientre. Sus cabellos albos hacían resaltar su tez morena. Se le encontraba simpático desde el primer instante. El cuarto donde nos recibió recordaba la provincia francesa. Sólo desentonaban una o dos curiosidades polinésicas. Apretó mi mano entre sus cinco dedos enormes y me observó con una cordialidad extrema, que dejaba traslucir, no obstante, un fondo astuto y sagaz. Preguntó al capitán por su mujer y sus hijos. En fin, hubo durante unos minutos un verdadero asalto de cortesías. Luego se discutió de copra y de vainilla.

Convergimos, por último, hacia el objeto de mi visita.

Para hacer revivir el relato del doctor Coutrás, sería necesario reproducir lo pintoresco de su lenguaje. Su voz gruesa y sonora correspondía a su imponente figura. No se habría seguido con mayor interés la más patética situación de la pieza de teatro mejor representada.

Cierto día, la mujer del gobernador de Taravao cayó enferma y lo hizo llamar. ¡Cómo nos trazó el cuadro de esa gigantesca bola de grasa, que gemía sobre un lecho inmenso y fumaba, a pesar de su mal, cigarrillo tras cigarrillo! La rodeaba una nube de criadas de piel cobriza. Después del examen, se hizo pasar al doctor a una pieza vecina. La clásica minuta indígena le esperaba allí: pescado crudo, plátanos fritos, pollo. Mientras comía, divisó a una muchacha que lloraba sin consuelo y a quien se impedía entrar. Cuando salió, ella seguía esperando. Apartándose un poco, le imploró con una triste mirada. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Coutrás se informó. La muchacha había bajado de la montaña con el objeto de pedir su ayuda para un blanco moribundo, y he aquí que se le prohibía importunarlo. Venía, según precisó cuando se hubo acercado, de parte de Ata, la antigua empleada del hotel «La Flor». El Rojo no estaba bien. Diciendo esto, entregó al doctor un pedazo de papel arrugado. Al abrirlo, Coutrás encontró en él un billete de cien francos.

—¿Quién es el Rojo? —preguntó.

Se refería al inglés, el pintor que vivía con Ata a algunos kilómetros del valle. Inmediatamente comprendió que se trataba de Strickland. Pero había que hacer el trayecto a pie y por eso se quería alejar a la mensajera.

—Confieso —dijo el doctor dirigiéndose a mí— que vacilé un momento. Catorce kilómetros sobre mal sendero no me tentaban en absoluto; además, había que renunciar a regresar a Papeete aquella misma tarde. Por otra parte, Strickland no me inspiraba ninguna simpatía. Lo consideraba un flemático, un inútil que prefería vivir con una indígena cualquiera antes que ganar su vida como nosotros. ¡Dios santo! ¿Podía yo imaginar entonces que llegaría un día en que el ruido de su gloria resonaría por el mundo entero? Pregunté a la muchacha si estaba en condiciones de venir a consultarme a la ciudad. ¿De qué sufría? No supo responderme. La apremié con impaciencia; pero se limitó a bajar la vista y a reiniciar el llanto. Me encogí de hombros; después de todo, mi deber era ir. Ordené a la muchacha que me indicara el camino, aunque siempre de mala gana.

Seguramente no estaba de mejor humor cuando llegó, empapado de transpiración y con la garganta seca. Ata lo esperaba con impaciencia y salió a su encuentro.

—¡Ante todo, dome algo de beber; estoy muerto de sed! —exclamó—. ¡En nombre de Dios, traedme un coco!

Ata llamó y al instante llegó un pilluelo corriendo. Se encaramó al árbol más próximo y lanzó en seguida a tierra un coco maduro. La mujer lo partió con destreza y el doctor lo apuró vorazmente. Encendió luego un cigarrillo, dio dos o tres vueltas frente a la vivienda y respiró profundamente; ahora se sentía mejor dispuesto.

—¡Veamos al Rojo!

—Está pintando en la casa. No le he advertido de que usted vendría. ¡Adelante!

—Pero, ¿de qué se queja? Si está en situación de pintar habría podido muy bien bajar a Taravao y economizarme este maldito viaje. ¡Creo que mi tiempo vale tanto como el suyo!

Sin contestar una palabra, Ata se dirigió hacia la choza acompañada de su pequeño hijo. La muchacha que había guiado al doctor descansaba en la galería.

Apoyada contra el muro, una mujer anciana armaba cigarrillos. Ata señaló la puerta. Intrigado por sus gestos de misterio, el doctor entró y encontró a Strickland limpiando su paleta. Sobre el caballete había un cuadro, fresco aún. Strickland, en pareo, daba la espalda a la puerta. El ruido de los pasos atrajo su atención. Lanzó al doctor una mirada de descontento. Esta intrusión le irritaba. Pero, con sus ojos fijos en él, Coutrás permaneció inmóvil en el umbral, lleno de sorpresa y de temor. Nada lo había preparado para lo que veía… Strickland lo interpeló:

—Pues bien, ¿qué le ha traído por estos lados? Y, ante todo, ¿quién es usted?

Coutrás trató de volver en sí; pero necesitó hacer un visible esfuerzo para recobrar la palabra. Su irritación había desaparecido para dar lugar a una compasión sin límites.

—Soy el doctor Coutrás. Me encontraba en Taravao, donde había ido a examinar a la mujer del gobernador, y Ata me hizo llamar.

—¡Qué estupidez! He tenido durante el último tiempo algunos dolores y un poco de fiebre; pero no es nada de gravedad. Ya pasará todo. Cuando alguien vaya a Papeete encargaré una dosis de quinina.

—Mírese usted —le dijo Coutrás señalando un espejo.

Strickland observó al médico con indignación, sonrió y se acercó a un mal espejo que colgaba de la pared, en un marco de madera.

—¿Y bien?

—¿No nota usted un cambio extraño? El espesamiento de sus rasgos y ese aspecto…, ¿cómo decirlo?… Los libros llaman a esto la «facies» de león. Mi pobre amigo, es necesario que yo lo cure. Usted está afectado por un mal terrible.

—¿Yo?

—Examínese usted bien. Tiene en sus ojos los síntomas característicos de la lepra.

—¿Está usted bromeando?

—Por desgracia, no.

—¿Quiere usted decir que tengo lepra?

—Desgraciadamente, no me cabe duda alguna.

El doctor había notificado a muchos hombres la fatalidad de su muerte, pero le era imposible sobreponerse al horror que esto le causaba. Comprendía el odio feroz que debe apoderarse del enfermo cuando se compara con el doctor que posee la ventaja inestimable de la salud. Strickland lo contemplaba sin decir una palabra. Su fisonomía, ya desfigurada por el repugnante mal, no traicionaba emoción alguna.

—¿Lo saben ellos: —preguntó por fin, señalan o el grupo que se hallaba sentado a la galería, en un silencio insolente, inexplicable.

—Los indígenas no se equivocan jamás en esto —dijo el doctor—. No se atrevían a decírselo.

Strickland se dirigió a la puerta y miró al exterior. Su expresión debía ser espantosa, porque al verlo, todos prorrumpieron en gritos y lamentos. Las voces se mudaron pronto en sollozos. Strickland guardaba silencio. Después de mirarlos un instante, volvió al aposento.

—Cuánto tiempo cree usted que puedo vivir?

—¡Quién sabe! A veces, la enfermedad se prolonga durante veinte años. Hay que dar gracias al cielo cuando su evolución es más rápida.

Strickland se acercó al caballete y examinó su cuadro con un aire pensativo.

—Usted ha hecho un largo y cansador viaje. Es justo que el portador de nuevas importantes sea recompensado. Acepte usted este cuadro. Ahora no le producirá agrado alguno; pero quizás llegue un día en que se sienta contento de poseerlo.

El doctor protestó que no aceptaría nada; acababa de devolver a Ata su billete de cien francos. Pero Strickland le obligó a recibir el cuadro. En seguida salieron juntos.

Los indígenas lloraban.

—Cálmate, hija mía. No te lamentes así —dijo Strickland a Ata El mal no es tan grande. Te dejaré muy pronto.

—¿Cómo? ¿No te llevan? —exclamo ella esperanzada.

En aquella época no existía aún en las islas el secuestro inflexible de los leprosos, y los que lo deseaban, podían conservar su libertad.

—Me iré a la montaña —dijo Strickland.

Entonces Ata se puso de pie, cerrándole el paso.

—Que los demás se vayan, si lo quieren; pero yo, por mi parte, no te abandonaré jamás. Eres mi marido y soy tu mujer. Si me dejas, me colgaré de un árbol. ¡Lo juro ante Dios!

Estas palabras fueron pronunciadas con gran energía Aquella pequeña indígena, delicada y humilde, hablaba ahora como una mujer de voluntad. El cambio era extraordinario.

—¿Con qué objeto vas a quedarte conmigo? Vuelve a Papeete, donde luego encontrarás otro blanco. La vieja se ocupará de los niños y Tiaré te tomará de nuevo a su servicio.

—Eres mi marido y soy tu mujer. Iré donde tú vayas.

La energía de Strickland decayó un momento; sus ojos se velaron. Una lágrima se deslizó por su mejilla. Pero pronto recobró su ironía ordinaria.

—¡Qué porfiadas son las mujeres! —dijo al doctor—. Se las puede tratar como a perros, golpearlas hasta quebrarles los huesos, y ellas continúan queriendo. —Se encogió de hombros—. Por cierto, una de las más absurdas ilusiones del cristianismo es creer que tienen alma.

—Qué dices? —preguntó Ata—. ¿Verdad que no te vas?

—Si así lo quieres, me quedaré, mujercita mía.

Ata se echó de rodillas y le abrazó las piernas. Strickland miró al doctor, que sonreía débilmente.

—Por último, nos agarran, y nos encontramos desarmados en sus manos. Blancas o morenas. Todas son iguales.

Coutrás sintió lo inoficioso de toda palabra de consuelo ante semejante desastre y optó por retirarse.

Strickland lo hizo acompañar hasta la aldea por Tapé, el muchacho.

Aquí, el narrador se interrumpió un instante. En seguida, continuó:

—No me agradaba, no me era simpático, según acabo de decirlo; pero, mientras descendía lentamente hacia Taravao, comencé a sentir, muy a mi pesar, cierta extraña admiración por el coraje estoico que le permitía soportar con esa serenidad la más horrible de las pruebas. Al despedirme de Tané, prometí enviarle algunas medicinas… ¿Las aceptaría Strickland, y, en este caso, le producirían algún alivio?… Mandé decir a Ata que volvería cada vez que me lo pidiese. Aquella tarde entré en mi confortable vivienda de Papeete profundamente entristecido.

Pasó un largo rato sin que ninguno de los presentes pronunciara una palabra.

—Pero Ata no envió más por mí —prosiguió el doctor—, y transcurrió mucho tiempo antes de que yo regresara a esa parte de la isla. Carecía de noticias sobre Strickland. Supe, sí, que Ata había venido a Papeete una o dos veces en busca de pinturas; mas no la había visto. Al cabo de dos años, volvieron a llamarme de Taravao, siempre mi vieja amiga. Allí pude informarme sobre Strickland. Ahora nadie, ignoraba su estado. Tané había sido el primero en irse de la casa; luego lo había imitado la anciana y por último su nieta.

Strickland y Ata vivían solos con sus hijos pequeños. Nadie se aproximaba a la plantación, porque, como usted sabe, los indígenas tienen terror a la lepra, y, hasta hace algún tiempo, cuando descubrían a un enfermo, lo mataban; pero esta vez, al divisar desde lo alto de las colinas al blanco de la barba rojiza, que erraba a lo lejos, huían espantados.

Ata tenía que bajar a la aldea durante la noche y despertar expresamente al comerciante que la proveía de las diversas mercaderías que necesitaba, pues los indígenas le manifestaban la misma aversión que a Strickland, y debía evitar toparse con ellos en su camino. Cierto día, algunas mujeres se aventuraron más cerca que de costumbre y la divisaron lavando algunos vestidos en el arroyo. Inmediatamente la emprendieron a pedradas contra ella. El parroquiano fué encargado de advertirle que, si volvía a hacerlo, le prenderían fuego a la casa.

—¡Qué salvajismo! —exclamé.

—No, mi querido señor. En todas partes los hombres son iguales. El temor los torna feroces. Después de mi visita a Taravao, quise ir a ver a Strikland, y con tal objeto pedí a un muchacho que me acompañase; mas todo fue inútil. Se negó redondamente.

Tuve que ir solo.

Cuando Coutrás llegó a la plantación; sintió cierto malestar. A pesar de su larga marcha al sol, tiritaba de frío. Sentíase en el aire la presencia de algo hostil, que lo hizo vacilar: habríase dicho que fuerzas misteriosas le obstruían el camino. Nadie venía ya a cosechar los cocos, que se pudrían en las ramas. Todo lo había invadido la maleza. Muy luego, la selva recuperaría la posesión de esa franja de terreno que se le había arrancado al precio de tantos sacrificios. Penetrar hasta la choza era internarse en un sitio de desolación. En todas partes, incluso al lado de la vivienda, reinaba el mismo silencio de muerte. En un principio Coutrás creyó la casa abandonada. De súbito, divisó a Ata. Sentada sobre sus talones en el cobertizo que le servía de cocina, preparaba una sopa que se calentaba lentamente en una marmita. A su lado, un chico jugaba en la arena. Acogió al doctor con una sonrisa.

—Vengo a ver a Strickland —dijo el médico.

—Voy a avisarle.

La mujer subió las gradas que conducían a la habitación y entró. El doctor siguió detrás; pero ella le indicó con un signo que esperase afuera.

Al abrirse la puerta, percibió ese olor azucarado que hace tan repugnante la vecindad de los leprosos. Oyó la voz de Ata y luego una respuesta de Strickland, cuya voz no reconoció; ahora era ronca y velada. Coutrás se estremeció. ¡El mal había afectado ya las cuerdas vocales! Ata reapareció.

—No quiere verlo. Es preferible que se vaya.

El doctor insistió; mas ella no lo dejó pasar. Ante esta resolución se encogió de hombros, y, después de un momento de vacilación, se resolvió a, partir. Ata lo acompañó. Ella también deseaba deshacerse de Coutrás cuanto antes.

—¿Cree usted que no podré hacer nada por él?

—Mándele colores. Es lo único que le interesa. ¿Puede pintar todavía? Ahora está pintando en las paredes de la casa.

—¡Qué vida para usted, pobre Ata!

Ella sonrió y dejó entrever en sus ojos una expresión de indecible amor.

El doctor se sintió turbado y, conmovido de repente, calló.

—¿Acaso no es mi marido?

—¿Y su otro chico? La última vez que vine, usted tenía dos.

—Sí. Murió. Lo enterramos bajo ese mango.

Pero Ata quiso regresar. Seguramente temía encontrarse con algún indígena. El doctor le reiteró su resolución de acudir al primer llamamiento.

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CAPÍTULO LVI

PASARON dos años, tres quizás, porque en Tahití transcurre tan insensiblemente el tiempo que es muy difícil medirlo. Strickland se moría. Ata bajó a esperar junto al camino el paso del carricoche de la posta para suplicar al conductor que advirtiese antes al médico. Pero Coutrás había salido y no recibió el recado sino al anochecer. ¿Cómo ponerse en camino a esa hora? Partió a la madrugada del día siguiente.

Llegado a Taravao, inició a pie, una vez más, el largo recorrido que conducía a la casa de Ata. La senda, abandonada durante años enteros, había desaparecido bajo la hierba. El doctor hubo de seguir, más de una vez, el lecho de un torrente. En varias ocasiones tropezó con los guijarros y estuvo a punto de caer. Más allá hubo de deslizarse entre arbustos espinosos. Las colmenas pendían de las ramas. Este peligro le obligó a caminar por las rocas, que salvó con grandes dificultades. En todos los alrededores reinaba un lúgubre silencio. Ni un alma…

Al divisar la pequeña construcción rústica, más arruinada aún, más deteriorada, dió un suspiro de alivio. Pero una vez más lo recibió el mismo silencio insoportable. Avanzó. Un chicuelo jugaba despreocupado al sol. Al divisar al doctor, huyó lleno de sobresalto. Para él, un extraño era un enemigo. Coutrás sentía que el niño lo observaba, oculto entre los árboles. Llamó, gritó; pero no obtuvo respuesta.

Se acercó a la choza y golpeó a la puerta. Nadie contestó. Se resolvió entonces a dar vuelta la perilla y entró. Una ráfaga de olor infecto lo hizo vacilar.

Su corazón se agitó. Se llevó el pañuelo a la nariz y se obligó a avanzar. El contraste de la obscuridad del interior con la intensa luz de afuera, lo mantuvo un instante en la imposibilidad de distinguir nada. De repente, se estremeció de terror. ¿Dónde se encontraba? ¿Había penetrado en un mundo mágico? ¿Qué significaba esta alucinación? A su alrededor erraban algunos seres desnudos, que se ocultaban pronto entre las espesuras de un bosque primitivo.

—¡Dios mío! —balbuceó—. ¿He perdido la cabeza?

Por fin comprendió que todo aquello se hallaba; pintado en las paredes.

Un ligero movimiento atrajo su atención. Ata, se encontraba tendida en tierra y lloraba en silencio.

—¡Ata! —llamó—. ¡Ata!

La mujer no se movió. Una nueva ráfaga de hediondez casi lo hizo desfallecer. Encendió un cigarrillo. Sus ojos se habituaban a la obscuridad y, a medida que se le iba revelando la decoración del aposento, mayor fascinación le producían las nuevas apariciones. Una composición misteriosa, llena de grandiosidad cubría las paredes del suelo al techo. Lo embargó la emoción. Un hombre que presenciara la creación de un mundo experimentaría tal vez aquella misma admiración y aquel mismo horror sagrado. El pintor había arrancado secretos temibles y sublimes de las vírgenes profundidades de la naturaleza. Sabía lo que es impío saber. Su obra, de una esplendidez primitiva, obscena, suntuosa, estaba por encima del orden humano.

—¡Dios mío! Pero…, esto… ¡es de un genio!

Estas palabras se escaparon de sus labios sin que supiese siquiera que las había pronunciado.

Entonces sus ojos fueron a detenerse sobre el camastro que se hallaba instalado en un rincón. Se acercó a él y vió la cosa horrible, mutilada, lívida, que había sido Strickland. Estaba muerto. En una exaltación de su voluntad, el doctor se inclinó hacia esa podredumbre. Pero de súbito se puso a temblar. Alguien se había movido. Era Ata. La había olvidado. De pie, a su lado, miraba con él aquella miseria humana.

—¡Qué nervioso estoy! Me ha asustado usted. Se acercó entonces al cadáver, para levantarse repentinamente y más sobresaltado aún.

—¡Ciego! ¡Estaba ciego! —Sí, desde hace un año.

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CAPÍTULO LVII

LA llegada de la señora de Coutrás nos interrumpió. Acababa de hacer varias visitas, de manera que venía elegantemente vestida. Un corset de frente recta que ceñía su busto generoso. Su nariz autoritaria sobresalía entre dos mejillas rojas y regordetas. Nada le hacía perder su posición de erguida rigidez. Los trópicos no habían logrado adormecerla, ya que su vivacidad habría sorprendido hasta en los climas templados. Inmediatamente después de saludarnos, comenzó a contar una serie de anécdotas, interrumpidas de vez en cuando por sonoras exclamaciones. La conversación que acabábamos de tener se alejó, de súbito, hasta una distancia casi irreal.

Por fortuna, el doctor se dirigió luego hacia mí:

—Conservo en mi escritorio la tela con que Strickland me obsequió. ¿Quiere usted verla?

—¡Ya lo creo!

Me condujo primero a la galería exterior. Allí nos detuvimos un instante para admirar las magníficas flores que crecían desordenadamente en el jardín.

—Nunca he podido sacarme de la cabeza la decoración extraordinaria que revestía las paredes de aquel aposento —dijo, absorbido de nuevo por sus recuerdos—. En ella se encontraba la revelación suprema del «yo» de Strickland. Envuelto en el silencio, seguro de expresarse por última vez, puso en esa obra todo el sentido que atribuía a la vida y todo lo que en ella presentía también. Su existencia no fue sino una dolorosa escuela para esta realización. Tal vez, liberado por fin de su demonio, había conocido la paz, mientras la tranquilidad descendía a su alma huraña y torturada. Ahora podía morir: había alcanzado su objeto.

—¿A qué representaba?

—¡Quisiera poder explicárselo! Una visión del nacimiento del mundo; el jardín del Edén con Adán y Eva, un himno a la belleza del hombre y de la mujer, un himno también a la naturaleza, sublime, indiferente, adorable y cruel. ¿Quién no habría temblado ante aquella afirmación de lo eterno y de lo infinito? Desde que pintó los cuadros que veo día a día, cocoteros, pimientos, bananeros, perales de las islas, todos estos árboles tienen para mí un sentido diferente; me parecen animados de una vida propia. Guardan un secreto que siempre estoy a punto de descifrar y que siempre se me escapa. Strickland empleaba colores que me son familiares; pero sabía comunicarles un valor nuevo. ¡Y esos hombres y mujeres desnudos! Eran de este mundo, sin que, no obstante, perteneciesen a él. Había en ellos algo del barro original y al mismo tiempo algo de divino. La libre expansión de sus instintos primitivos inspiraba cierto extraño temor, porque uno se reconocía en ellos.

El doctor se encogió de hombros y sonrió.

—Usted va a reírse —continuó—. Soy materialista y pienso que el lirismo no conviene en absoluto a un infeliz, a un Falstaff de mi especie. Tal vez parezca ridículo afirmarlo; pero jamás un cuadro me ha enternecido como los suyos. Exagero: sí, conocí un sentimiento análogo en la Capilla Sixtina. Allí también, ante la grandiosidad del artista que pintó aquellos frescos, sentí el mismo respeto mezclado de cierto temor. Aquello era genial, prodigioso, sobrecogedor. Me hundía en mi pequeñez y en mi insignificancia; mas uno va dispuesto para esta impresión cuando se acerca a las obras de Miguel Ángel. Nada, en cambio, me había preparado para la punzante sorpresa de descubrir una obra maestra en las paredes de una choza indígena perdida entre las montañas. Por último, Miguel Ángel era sano y normal. Sus grandes obras tienen la serenidad de lo sublime. Las de Strickland eran tan inquietantes como hermosas. ¿Por qué? Lo ignoro. A mi admiración se mezclaba algo de angustia. ¿Conoce usted la inquietud que se siente ante una sala que debe estar vacía y donde, no obstante, uno no puede evitar creer que hay alguien? Se puede razonar, acusar a los nervios…, pero luego cesa la lucha ante la parálisis que comunica el terror• de lo invisible. A. mi pesar se mezcló una profunda indignación, lo confieso, cuando supe que esas extrañas obras maestras habían sido destruidas.

—Destruidas?

—¡Pero claro! ¿Lo ignoraba usted?

—¿Cómo iba a saberlo? Además, nunca había oído hablar de ellas; pero las suponía en manos —de algún particular. La lista de los cuadros de Strickland no se ha establecido aún de manera definitiva.

—Cuando quedó ciego, pasaba horas enteras con su mirada sin vida, fija en sus trabajos. Tal vez los viera con más claridad que nunca. Ata me ha contado que no se quejó jamás, que no perdió ni un momento su valor. Hasta el último instante, su espíritu permaneció tranquilo y lúcido. ¿Sabe usted que cavé su tumba con mis propias manos porque no hubo un indígena que consintiera en aproximarse a la casa contaminada? Entre Ata y yo lo enterramos, bajo el mismo mango que su hijo, después de cubrirlo con tres parcos. Antes de morir, había hecho prometer a Ata que quemaría la casa que no se iría hasta que todo, absolutamente todo, hubiese sido devorado por las llamas.

Permanecí callado, reflexionando, y él añadió:

—Y se mantuvo así hasta su último momento. Debo decirle que hice cuanto me fué posible por disuadir a Ata de realizar este postrer deseo del moribundo? Había allí una obra genial, y yo estimaba que no teníamos el derecho de privar de ella al universo; pero Ata no me escuchó. ¡Lo había prometido! Por mi parte, preferí no asistir a semejante acto de vandalismo; sólo mucho más tarde vine a imponerme de sus detalles. Ata inundó de parafina el piso de madera seca y los jergones de hojas. En un abrir y cerrar de ojos, todo estuvo en llamas; una gran obra maestra había desaparecido.

—No le quepa duda de que Strickland sabía qué se trataba de una obra maestra. Había alcanzado el fin de su vida. Creó un mundo y juzgó buena su obra. Luego, por orgullo o desprecio, la destruyó.

—Pero tengo que mostrarle mi cuadro —dijo el doctor, avanzando hacia su gabinete de consultas.

—¿Y qué ha sido de Ata y su hijo?

—Partieron para las islas Marquesas, donde ella tenía unos parientes. El muchacho trabaja en una de las goletas de Camerón. Se parece mucho a su padre. El doctor se detuvo en la puerta que comunicaba la galería con su gabinete.

—El cuadro representa algunas frutas. Usted lo encontrará fuera de lugar en e1 escritorio de un médico, pero mi mujer lo encuentra peor en el salón. Dice que es inconveniente.

—¡Frutas! —exclame, sorprendido.

Entramos y mis ojos buscaron en seguida la tela, llenos de avidez. La contemplé largo rato.

Aquella pila de plátanos, mangos, naranjas y no sé qué más, parecía a primera vista bastante inofensiva, En una exposición de preimpresionistas, un indiferente cualquiera la habría tomado por una excelente, si no por la más notable muestra de la escuela; pero tal vez sin que comprendiese por qué su recuerdo habría vuelto luego a su memoria. ¿Y podría olvidarlo algún día?

A penas si pueden las palabras dar una pálida descripción de la inquietud que emanaba de aquellos colores extraños. Azules obscuros, opacos como un rozo de lápiz azul delicadamente deslustrado y, no obstante, de una esplendidez que hacía sensible el estremecimiento de una vida misteriosa. Púrpuras horribles como la carne cruda y putrefacta, saturadas de una pasión desenfrenada, que revelaba vagas reminiscencias del reino de Heliogábalo. Rojos vivos como las bellotas del ceibo, que, por una especie de magia, iba debilitándose hasta alcanzar la ternura desfalleciente del cuello de la paloma. Había amarillos subidos, que pasando por una escala imperceptible, se convertían en un verde tan suave como la primavera, tan puro como el agua límpida de un arroyo de la montaña. ¿Qué fantasía exasperada había podido concebir aquellas frutas? Pertenecían a un jardín polinésico de las Hespérides y parecían haber sido creadas en un período de la historia de la tierra en que aun no se habían fijado las formas definitivas. Suntuosas frutas cargadas de aromas tropicales, palpitaban con un enigmático ardor. ¿Qué misteriosos palacios de magia y qué obscuros secretos del alma conocería quién mordiese una de aquellas frutas encantadas? Todo lo que hay de sano y natural en el hombre, todo lo que concierne a la felicidad hogareña y a las alegrías sencillas, se desviaba de ellas con repulsión y, sin embargo, despedían un atractivo mórbido; como el fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, representaban las formidables perspectivas de lo desconocido.

Voyons, René, mon ami! —resonó de súbito la voz cordial de la señora de Coutrás—. ¿Qué hacen ahí? Los aperitivos están servidos. Pregunta al señor si aceptaría un vasito de Dubonnet.

Volontiers, madame —le dije, acercándome a la puerta. El encanto estaba roto.

.

CAPÍTULO LVIII

LLEGÓ, por fin, el momento de mi partida. De acuerdo con una simpática costumbre de la isla, todos me ofrecieron un presente: cestas de hojas de cocoteros trenzadas, esteras de pandanos, abanicos. Tiaré me obsequió con tres perlitas y tres frascos de una jalea de guayabos, preparada por sus propias manos. Cuando, después de veinticuatro horas de escala, el barco que hace el servicio entre Wéllington y San Francisco lanzó una estridente pitada para llamar a los pasajeros, Tiaré me atrajo hacia su amplio pecho —creí hundirme entre dos almohadones— y apretó sus rojos labios contra los míos. Dos lágrimas brillaban en sus ojos. Salimos del puerto lentamente, siguiendo con toda prudencia el paso entre las rocas. Ya en la mar, mi corazón se oprimió. Los suaves aromas de la tierra flotaban todavía en la brisa. Tahití se encuentra en uno de los confines del mundo, y sabía que no volvería a verla jamás. Se cerraba un capítulo de mi vida; me sentía algo más cerca de la muerte inevitable.

Un mes más tarde me encontraba de nuevo en Londres. Numerosos asuntos urgentes requirieron mis primeros días. Pronto tuve la idea de que la señora Strickland podría interesarse por conocer cuánto sabía sobre el triste fin de su marido, y le escribí una tarjeta. Nuestro último encuentro se remontaba a varios años antes de la guerra; tuve que buscar su dirección en la guía telefónica. Al día siguiente recibí una comunicación suya, invitándome a ir a su casa. Fuí a visitarla a un elegante departamento de Campden Hill, en que se había instalado.

Amy bordeaba los sesenta años, pero nadie le habría atribuido más de cincuenta. Las arrugas habían respetado el óvalo puro de su rostro. Podía creerse que en su juventud había sido bonita. Sus cabellos, que apenas dejaban ver una que otra cana, estaban peinados con gusto, y el corte de su vestido negro se ceñía a los últimos dictados de la moda. La mujer de Mac Andrew sobrevivió dos años al coronel, y, según se decía, había dejado algo de dinero a su hermana. A juzgar por el aspecto de la casa y de la criada, Amy debía gozar de cierto desahogo.

No la encontré sola. Cuando supe el nombre de su visitante, supuse que no sin intención se nos había dado cita a la misma hora. Amy me dió algunos detalles sobre él —un norteamericano llamado Van Busche Taylor— excusándose con una amable sonrisa.

—Como usted sabe —le dije— nosotros los ingleses somos terriblemente ignorantes. Perdóneme estas explicaciones necesarias.

En seguida se dirigió a mí:

—Míster Van Busche Taylor es el célebre crítico norteamericano. ¿No ha leído usted su libro? Hay, entonces, algo que falta a su cultura. Apresúrese a llenar ese vacío. Ahora está escribiendo algunas páginas sobre mi pobre Carlos, y ha venido a pedirme que le ayude.

La voluminosa cabeza calva, huesosa y brillante de Van Busche Taylor daba una apariencia de mayor debilidad aún a su cuerpo endeble. Bajo la bóveda de su cráneo, su rostro apergaminado y surcado de arrugas contrastaba por su pequeñez. Toda su persona afectaba tranquilidad y corrección.

Hablaba con el acento de New England. ¿Cómo podía este personaje, mesurado y glacial, interesarse por un Strickland?

No es posible imaginar con cuánta dulzura pronunciaba la mujer del ilustre pintor el nombre de su marido. Cuando, después de las presentaciones, se reanudó la conversación, tuve oportunidad de examinar la pieza en que nos hallábamos reunidos. Amy marchaba con su tiempo… Desaparecidos los papeles de Morris y las cretonas clásicas, desaparecidas las estampas de Arundel que engalanaron antaño el salón de Ashley Gardens, el aposento rutilaba de colores violentos. ¿Sabía la dueña de casa que estos tonos impuestos por la moda arrancaban de los sueños de un pobre pintor que vivió perdido en una isla de los mares del Sur? Ella misma se encargó de contestarme.

—¡Qué maravillosos cojines! —manifestó, extasiado, el crítico.

—¿Le gustan? —contestó ella, halagada—. Son Bakst, como usted sabe.

De las paredes colgaban alguna reproducciones en colores, publicadas en Berlín, de las mejores obras de Strickland.

—Veo que admira mis cuadros —dijo Amy, siguiendo la mirada del crítico—. Los originales están por encima de mis medios; pero es un consuelo tener, por lo menos, las reproducciones. El editor ha tenido la gentileza de enviármelas personalmente. Si…, es un gran consuelo para mí.

—Estos cuadros deben ser la mejor de las compañías —opinó Van Busche Taylor.

—Por cierto. ¡Son tan decorativos!

—Una de mis más profundas convicciones —agregó el norteamericano— me dice que el gran arte es siempre decorativo.

Sus ojos se detuvieron sobre una mujer desnuda que daba de mamar a un niño, mientras, arrodillada a su lado, una muchacha alargaba una flor a la criatura, indiferente a todo lo que no fuera su alimento. Una anciana marchita y descarnada se inclinaba sobre el grupo. He aquí la idea que Strickland tenía de la familia. Seguramente, aquéllos eran los habitantes de la choza de Taravao; la mujer y el bebé, a no dudarlo, debían ser Ata y su primer chico.

¿Suponía Amy la verdad?

La conversación siguió su curso. Van Busche Taylor evitaba todos los escollos con habilidad, y Amy no se mostraba menos diestra. Sin faltar abiertamente a la verdad, daba a entender que sus relaciones con Strickland habían sido siempre perfectas. Finalmente, el crítico se puso de pie. Inclinado sobre la mano de su huésped, le dirigió algunas frases emocionadas y llenas de afectación, y nos dejó.

—Espero que no lo haya fastidiado mucho —dijo Amy cuando la puerta se cerró tras él—. A veces me es odioso; pero estoy en la obligación de dar todos los detalles que me pidan sobre Carlos. La mujer de un hombre de genio no puede sustraerse ciertos deberes.

Me miró con los mismos ojos de hace veinte años, cándida y simpática como entonces. ¿Se estaría burlando?

—¿Ha abandonado usted —dije al cabo de un momento— su negocio de copias?

—Naturalmente —respondió en un tono despectivo—. Aquello no era sino un capricho, que mis a hijos me indujeron a dejar. Encontraban que me fatigaba demasiado.

Amy parecía haber olvidado que un día hubo de pensar seriamente en ganarse la vida. El prejuicio de la mujer «bien» se encuentra muy arraigado; para ella, vivir correctamente es gastar el dinero de los demás.

—Están en casa en este momento —prosiguió—. Tendrán mucho gusto en oír lo que usted sabe sobre su padre. Usted no ha olvidado a Roberto, ¿verdad? Con gran orgullo de mi parte, acaba de ser propuesto para la Cruz de Guerra.

Amy se acercó a la puerta y llamó. A los pocos segundos entró un mozo vestido con el uniforme kaki del ejército. Sus ojos, francos e inquietos, eran los del pilluelo de otros tiempos. Su hermana entró detrás. Podría tener la edad de su madre cuando la conocí. Y, rasgo por rasgo, era idéntica a ella.

—Tal vez usted no los reconozca —dijo la madre, toda sonrisa y toda orgullo—. Ella es ahora la señora de Ronaldson, y su marido es mayor de artillería.

Cuando la vi por primera vez, predije que se casaría con un soldado. Era fatal: reunía todos los atractivos de la mujer del oficial. Su cortesía dejaba traslucir la convicción de ser de una esencia superior.

Roberto estaba radiante.

—Ha sido una suerte que me encontrase en Londres en los momentos en que usted llegaba —dijo—. No tengo más que tres días de permiso.

—¡Sólo piensa en volver! —suspiró Amy.

—Madre, no temo decir que adoro la vida del frente: no hay nada comparable. Tengo una infinidad de buenos camaradas. La guerra es algo calamitoso; sobre eso no hay discusión. Pero nada logra valorizar como ella lo mejor que hay en el hombre.

Nadie puede afirmar lo contrario.

En seguida, relaté cuánto sabía sobre la vida de Strickland en Tahití. Mc pareció inoficioso hablar de Ata y de sus hijos; pero en todo lo demás fuí tan verídico como pude. Cuando hube referido su lamentable muerte, guardé silencio. Durante uno o dos minutos nadie pronunció una palabra.

Luego Roberto encendió un cigarrillo.

—Las muelas del Señor trituran con lentitud; mas son terriblemente implacables —concluyó no sin solemnidad.

Su madre y su hermana bajaron la vista con compunción: sin duda creían que la frase pertenecía a la Sagrada Escritura. Por lo demás, habría sido atrevido asegurar que el mismo Roberto no compartía esta ilusión. Repentinamente, acudió a mi memoria el recuerdo del hijo de Strickland y Ata. Me lo habían descrito lleno de vida y alegría. Ahora lo imaginaba, casi desnudo, a bordo de la goleta en que trabajaba. Todas las tardes, cuando una brisa ligera impulsaba suavemente la embarcación, los marinos se reunían en el puente superior; el capitán y el primer piloto se tendían en largas sillas de lona y fumaban. Entretanto, él bailaba con un camarada, bailaba como un poseído al son de un acordeón asmático. Por encima, el ciclo azul y las estrellas y, alrededor, el desierto del océano Pacífico.

Una frase de la Biblia acudió a mis labios; pero retuve la lengua porque sé que los pastores encuentran irreverentes las incursiones de los laicos por su terreno. Mi tío Enrique, que durante veintisiete años fué vicario dé Whistable, acostumbraba decir en casos semejantes que el diablo puede citar siempre la Escritura en su favor.

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