Biografía apócrifa de Nadie

José Luis Barrera

Reconstrucción del ser amado II (1959)-Victor Brauner

 

Nadie es brutal. Es un gato como el de Schrödinger, pero muchísimo más antiguo. Vive, igual que aquel, en una superposición cuántica, está vivo y muerto al mismo tiempo o, mejor dicho, existe y no existe, ¡es todo y nada!

Epopeyas, sagas y novelas eróticas se han escrito sobre él.

En Occidente, uno de los relatos más antiguos que lo menciona apareció en la Grecia clásica: Homero afirma que Nadie fue juez y verdugo en una disputa culinaria entre Odiseo y el gigante de un solo ojo, Polifemo.

El rey de Ítaca y sus marinos habían ido a parar en la Isla de los Cíclopes, quienes, respetando los tratados internacionales, les ofrecieron un banquete, al tiempo que les ayudaban a abastecer sus naves.

En aquella época, los convites no eran sencillos, de hecho, se servían platos exóticos, mientras danzas y obras de teatro animaban a los invitados. Por eso, los cíclopes encargaron a Polifemo, experto cocinero que había estudiado en la Academia Barilla de Parma, la preparación de la cena.

Contrario a su costumbre, explica Homero en el canto IX de la “Odisea”, Polifemo invitó a los marinos a acompañarlo mientras cocinaba. El chef era muy celoso con sus recetas, pero tratándose de invitados tan especiales hizo una excepción.

Los corresponsales de EFE, France – Presse y Prensa Latina que cubrían el evento difieren en lo que ocurrió después. Las dos primeras agencias publicaron que “el alcohol fue el detonante del conflicto”, mientras que la tercera aseguró que el problema “fue, como siempre, el imperialismo aqueo”.

Lo único claro es que cuando se hubo vaciado varias ánforas de vino, Polifemo se propuso cocinar a sus invitados. Los adobó con chimichurri y cerveza bávara, pero justo en el instante en que iba a ensartar un chuzo en medio de las nalgas de Odiseo, los vapores del alcohol lo noquearon.

Ebrio, no se percató de que entre los griegos se escondía Nadie, personaje cruel que le reventó el ojo con uno de los chuzos.

El dolor hizo despertar a Polifemo.

― ¿Quién me dejó ciego? ¿Quién? ¡Díganme el nombre y me vengaré! – exclamaba.

― Nadie fue – dijo el criminal sin el menor asomo de arrepentimiento.

― ¡Nadie me ha reventado el ojo! ¡Auxilio! ¡Atrapad a Nadie!

― Pero si nadie te ha hecho daño, ¿de qué te quejas? – respondían los otros cíclopes ocupados en armar piñatas.

Lo cierto es que los griegos y Nadie festejaron con el resto de gigantes hasta el amanecer, mientras Polifemo, durante veintidós horas, esperó en la sala de emergencias de uno de los hospitales del Seguro Social. El diagnóstico fue peritonitis.

En los siglos siguientes, Nadie dejó las fechorías para dedicarse a grandes hazañas, llegando a ser emperador, artista, científico, abogado, médico y cientos de profesiones y oficios más.

La gente empezó a llamarlo: “Don Nadie”.

― ¿Quién es? – preguntaba alguien.

― ¡Es un Don Nadie!

Impresionado, el escritor Ramón Gómez de la Serna le preparó una comida en el Café Pombo de Madrid. Sin embargo, aún estaba fresco el recuerdo del desastre en la Isla de los Cíclopes, de modo que varios intelectuales, encabezados por Miguel de Unamuno, se rehusaron a asistir. Alegaban que:

“Ese Don – que es un cierto don – y que supone que Don Nadie es, por lo menos, bachiller en artes, está lleno de veneno. Don Nadie el modesto profesional, esto es: de profesión modesta, es el más terrible enemigo que tenemos. Está teñido todo él con baba, hiel y bajas pasiones. No se fíen ustedes de Don Nadie. Y hasta abróchense cuando le vean acercarse.”*

Ramón, desde luego, defendió a su invitado. Para él, los problemas no los provocaba Don Nadie, sino Don Alguien porque, arrogante, siempre pretende hacer “algo” y termina por hacer “nada”.

Pese a los sabotajes, la tertulia fue un éxito para Nadie. Esta vez, no terminó con cíclopes ciegos, sino con el empujón que él necesitaba para retomar una carrera política que empezó siglos atrás, al ceñirse la corona de laureles del César en Roma.

Hoy, Nadie es un señor don. Ha ocupado el puesto de primer ministro y presidente en varios (o todos) los países del mundo. Sus ideales, su cosmovisión son los que nos gobiernan. La guerra y la paz se hacen por él y muchos hombres y mujeres han alcanzado increíbles orgasmos sobre su cama.

El caso es que Ramón Gómez de la Serna se equivocó: científicos serios afirman sin miedo a equivocarse que Don Nadie y Don Alguien no son amigos, hermanos y, peor, enemigos. Son, en realidad, lo mismo y a esta hora deben estar ganando una elección en alguna parte del planeta o quizás esperándole, querido lector, en su cuarto para hacerle el amor…

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* Cita de “Pombo. Biografía del célebre café y de otros cafés famosos” por Ramón Gómez de la Serna, página 299; Editorial Juventud Argentina, Buenos Aires, 1941.

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