Piedra vieja

Miguel Rubio Artiaga

 

 

Era una piedra tan vieja
que cuando nació,
aún no existían los siglos.
tan relativo su tamaño,
que para una hormiga
era una cordillera
y para un lobo un guijarro.
Antes cuando corría el agua,
en ya muy lejano pasado,
fue un canto de río
de piel pulida como el mármol
redonda y plana.
Más tarde el viento y la lluvia
la fueron esculpiendo
y abrieron su corazón
de endémica veta caliza.
El hielo la resquebrajó,
el Sol la pintó de amarillo
con venas de color rosa,
ella siempre quieta
nido de su propio nido,
en un trono personal de tierra.
Lápida de ella misma
en mitad de un campo
de rudos almendros
que cuando estaban en flor,
alegraban a la piedra, la vista.
Dos veces se pintaba de blanco,
cuando los pétalos de flor del árbol,
buscándola la cubrían
y la segunda, eran los copos
de los eneros nevados.
Había veces que parecía verde
cuando el musgo la abrazaba
y llamaba explorador y valiente
a los tímidos líquenes.
Ahora, la piedra ya era vieja
un recuerdo las aristas
la brillantez como el mármol
y sus vetas coloridas.
Estaba a punto de ser arena
después convertirse en polvo
y que un soplo de aire la esparciera.
Solo quería, que su última mirada,
fuera cubierta de flor de almendro
mientras en enero nevaba.

 

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