EL HONESTO Y BESTIAL MUNDO MOROTE

Kabalcanty

Naturaleza muerta con plato de cebollas (1889)-Vincent Van Gogh

 

 

Si me he dado cuenta que Fernando Morote (Piura, 1962) es un escritor honesto y bestial, diferente, ha sido tras la lectura de la reedición de su novela “Los quehaceres de un zángano” (Ediciones Erradícame, 2018). No sólo he disfrutado con el texto en cuestión sino que he conocido a un verdadero escritor y toda su circunstancia. Tras varios periodos sin abordar el trabajo literario (lo cual se entiende perfectamente desentrañando los recovecos de la novela que menciono), también tiene publicada la novela “Polvos ilegales, agarres malditos”, el libro de relatos “Brindis, bromas y bramidos” y el poemario “Poesía Metal-Mecánica”.

La novela “Los quehaceres de un zángano” (Morote cambió el título original por ser en demasía explicito), la cual me aventuraré a comentar a partir de ahora, es un escrito rompedor que, en un principio, puede parecer hasta pueril y desnortado, sin embargo debemos perseverar en la continuidad de la páginas para adentrarnos en el sugestivo mundo Morote. También me atrevo a decir que es un libro para escritores, un reflejo incómodo en el espejo de eso que apretamos con vehemencia bajo los sobacos los que nos dedicamos a juntar palabras.

La primera parte de la novela son una serie de relatos breves con recuerdos y anécdotas de juventud. El autor nos da pinceladas de su niñez centrándose, casi por entero, en su adolescencia y juventud. Su lenguaje en desenfadado y tremendamente realista, sin escatimar una sinceridad que irá en crescendo sobre todo en la segunda parte de la obra. El personaje principal, Federico Barrionuevo, (alter ego del autor) y los demás actores literarios de la novela se comportan con la impronta de una juventud vigilada por la legalidad y extrema en sus adicciones. Parecen estos jóvenes personajes abocados al despilfarro y la desintegración en pos de una quimera que se les prohíbe insistentemente. Caídas en el abismo y rehabilitaciones para redimirlos en una sociedad que no desea otra cosa que adocenarlos. Y así todos parecen acechar al desarrollo del joven Federico con la excusa bienintencionada de un futuro mejor y estable, y ahí se produce  el choque, todavía leve, con el adolescente que quiere ser escritor aunque todavía ni lo sabe ni se lo facilitan. Es clave el informe del test psicológico del profesor Plinio Monterosso, docente en el instituto, para mostrarle un camino que el joven no reconocía. “El informe sobre mí del profesor cobró sentido”, dice literalmente el adolescente escrutando un futuro incierto.

No es menos la reacción de la familia al triunfo a rédito que le procuraría la carrera de Derecho e insisten para que su meta sea ser un abogado de vida sosegada. El joven Federico se angustia pero sucumbe al deseo del padre. Sale y entra, entra y sale de la universidad, busca, rebusca, trabaja y estudia, la coherencia auténtica de la escritura le avasalla y, al tiempo, le aleja de la vida cotidiana.

La grandeza de estas historias inconexas logrará su cenit tras la lectura de la segunda parte de la novela. Todo este despilfarro de nobleza literaria y riesgo extremo que Morote no escatima tendrá la recompensa, en el lector paciente, mediado el texto. No sólo arriesga en la forma sino que lo que condimenta en el meollo es la esencia misma del escritor: su lucha por ser reconocido, por creerse capaz, la verdad desnuda sin ornamentos.

Y llegamos a lo excelso de “Los quehaceres de un zángano”, la segunda parte de la obra. Entre epístolas y apuntes de un diario nos encontramos ya a un Federico Barrionuevo adulto y enamorado a distancia de Valentina. Desde un primer momento me asaltó la comparación con Kafka. No sólo porque parte de la obra del autor checo son sus cartas a las mujeres que supuestamente amó y sus fantásticos diarios que nos ayudan a comprender la complejidad de sus obras, pero no sólo por eso identifico a Morote, sino por la similitud en sus sentimientos e inquietudes. Su miedo a la relación física con las mujeres, por perder un tiempo que cree solamente destinado a la escritura, y su obsesiva recreación e inseguridad en su trabajo literario, tienen en este escritor peruano una semejanza evidente. Pero me atrevería a decir más: Morote es todavía más sincero, va más allá, nos relata lo que va más allá de lo meramente literario hasta casi despreciarse con un equilibrado lenguaje y la franqueza más espeluznante. Comprendemos entonces al Federico niño y adolescente, sus coqueteos con la droga, su miedo al fracaso, su desconfianza con el futuro, su equilibrio sobre el alambre entre lo cotidiano y lo posible, comprendemos por entero la primera parte de la novela.

Fernando Morote nos muestra el lado endiablado de los escritores y nos los muestra desnudos, tal y cómo lo hace él a través de su personaje estrella. Podría haber sido menos brutal y honrado, más pulido y piadoso, pero si hubiera sido así la novela sería una de tantas. La maravilla de esta obra radica en la contundencia de la franqueza, en no escatimar palabras para nombrar lo que no deseamos oír.

Si alguien que lea todo esto tiene alguna duda que no pierda más tiempo y dedique parte de su ocio a la grata sorpresa literaria que Fernando Morote nos regala con “Los quehaceres de un zángano”. Y si eres escritor, o te lo crees, todavía es más urgente.

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