¨Los quehaceres de un zángano¨ de Fernando Morote

Ediciones Erradícame

 

 

Alejándose de la estructura tradicional de una novela, Fernando Morote, en ¨Los quehaceres de un zángano¨ (Ediciones Erradícame, 2018), juega con distintos tipos de formatos que integra en un solo cuerpo para contarnos dos historias en paralelo: la lucha del hombre buscándose a sí mismo y enfrentándose más tarde al amor y el matrimonio; y la del escritor que una vez descubierta su vocación no ve otro camino posible para él y  quiere darse a conocer.

 

1.—En origen “Los quehaceres de un zángano” era un libro de relatos ¿cómo acabó convirtiéndose en una novela?

El libro original en realidad se titulaba “El arte de cagar parado” y contenía además de relatos, algunos poemas y un conjunto de textos breves que mezclaba la crítica social con el juego literario. Era una obra escrita en diferentes tonos, empleando variedad de formatos, cuyo objetivo era ofrecer una propuesta dinámica y divertida. Ya que el título produjo en su momento reacciones desfavorables entre los editores que evaluaron el material, busqué otro que describiera igualmente las incongruencias planteadas y así fue como apareció “Los quehaceres de un zángano”.

 

2.—¿Desde un principio te planteaste que estuviera estructurada de esta forma o fue evolucionando hasta encontrar su forma definitiva?

Cuando finalmente conseguí un editor arriesgado, algunos desencuentros de último minuto frustraron su publicación. Tras un período de 10 años, en los que estuve dedicado a otras actividades, retomé el proyecto y lo reconstruí por completo. Mi punto de vista acerca de la vida y de la literatura había cambiado radicalmente, por lo que me empeñé en que esta nueva versión lo reflejara. Una mañana, incluso, desperté sintiendo que tenía entre manos una cantidad de cartas y diarios personales (con los cuales planeaba escribir otros libros en el futuro) que podía incorporar como una segunda parte de la historia que quería contar.

 

3.—En la primera parte de “Los quehaceres de un zángano” experiencias de infancia, adolescencia y del personaje ya adulto se entrelazan, se mezclan, se revuelven, mientras que en la segunda parte el tiempo es lineal, también el lenguaje y el tono de la narración son completamente diferentes en ambas partes dando la sensación de estar ante dos libros distintos, ¿Tu intención era producir esa impresión?¿Por qué?

Ésa era precisamente la intención. A lo largo de la historia el protagonista atraviesa una serie de situaciones que lo van transformando como persona. Primero se pierde en el caos emocional, mental, espiritual; se enfrenta al conflicto de identificar su auténtica vocación. La primera parte está diseñada para transmitir esa vorágine que aparentemente no conduce a ningún lado pero que en realidad lo está llevando a ocupar su posición en el mundo. En la segunda parte el hombre ha encontrado ya un sentido a su vida y desarrolla un proceso de crecimiento que además lo conecta con un renacimiento de sus intereses intelectuales, artísticos, lo que le permite integrarse en la sociedad alejándose de los conflictos. Eso explica aquí el énfasis en mostrar el orden y la dirección de una existencia que antes estaba regida por la anarquía.

 

4.—¿Cuál era tu propósito al apartarte de la estructura tradicional de la novela?

Lo tradicional me aburre y me espanta, me desmotiva. Siempre he admirado a los que prueban los caminos menos transitados, aquellos que hacen lo mismo que los demás pero de un modo distinto. Escribir es un asunto tan serio para mí que sólo puedo sostenerlo si me divierto en el proceso.

 

5.—Algunos de los relatos insertos en distintos capítulos de la primera parte, como es el caso de “Protocolo oficial”, “Relato fútil escrito en lengua decadente” o “Alegre panorama estival”, entre otros, casi parecen experimentos, como si en aquel momento estuvieras buscando algo, ¿Qué buscaba Fernando Morote a través de esos textos?

Exploraba formas de decir las cosas recurriendo a moldes poco frecuentes. Era una manera de retarme a mí mismo. Por mucho tiempo me carcomió la inseguridad de si lo que hacía era correcto o no, me quemaba la infame duda que impone la visión común de que las cosas se deben hacer sólo de un modo y no de otro. En ese sentido el rechazo y la crítica son los mejores maestros. En el fondo yo me sentía cómodo utilizando las formas que elegía para desarrollar mis textos y luego satisfecho observando las reacciones entre los que los leían. Si consigues que un lector experimente la sensación que quieres transmitirle, entonces tu trabajo está realizado; más allá del formato que hayas escogido o de lo que opinen los demás.

 

6.—¿El título de “Los quehaceres de un zángano” nos viene a decir que todo  escritor es un zángano?

Todo escritor debe cultivar el ocio creativo. Desconfío de los escritores que son máquinas de escribir libros. El escritor necesita mirar hacia otra parte, nutrirse de otras disciplinas, hacer en las pausas lo que más placer le cause. Es la única manera de reunir la energía que requiere para desarrollar su trabajo.

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