He soñado con Hitler estos días

Fernando Morote

 

He soñado con Hitler estos días.

Nada que ver con lo que una mente simple pudiera pensar. Es simplemente una cuestión de interés histórico.

¿Cómo un pobre imbécil e ignorante, frustrado artista plástico, que sólo servía para mensajero entre trincheras durante la primera guerra mundial, pudo hechizar a un pueblo tan culto como el alemán?

La pandilla de asesinos conocida como el Partido Nacional Socialista creó una compleja organización para manipular a sus seguidores través de la propaganda y someterlos explotando un delirio de grandeza en el que la raza jugaba un rol primordial. En esa pintura los judíos eran los naturales candidatos a ser eliminados por la sencilla razón de haber traicionado a Jesucristo e, impunemente, prosperado en los negocios, las ciencias y las artes. Por lo tanto el Fuhrer y sus allegados dictaminaron una sentencia ejemplar: borrarlos completamente del mapa.

El Museo del Holocausto en Long Island, Nueva York ofrece un sugestivo espacio para reflexionar acerca del tema.

El ingreso pasa desapercibido desde la avenida, sólo un muro de piedra y una reja de fierro con un pequeño cartel clavado en la tierra lo identifica. Un estrecho sendero escoltado por árboles resecos y deshojados a causa del invierno conduce hasta la mansión que acoge el recinto. La propiedad es un auténtico palacio, rodeado de colinas y bosques con una espléndida vista al Océano Atlántico. Resulta significativo –irónico, contradictorio quizás- que este actual centro de homenaje a las víctimas del exterminio se encuentre ubicado en una de las millonarias zonas que en los años 20’ y 30’ del siglo pasado constituía lugar de retiro y veraneo, escenario de fastuosas orgías y bacanales, para las estrellas de Hollywood de la época.

La suave iluminación de las salas proporciona un ambiente de intimidad que hace más amistoso el contacto visual con las atrocidades perpetradas por el supuesto régimen de los 1,000 años.

Una de las primeras estaciones muestra una selección de libros e historietas con caricaturas fomentando el odio anti-semita entre niños de escuelas primarias, alentando a los adultos a boicotear sus productos como una manera de protegerse ante la amenaza que representaban.

En una de las amplias vitrinas se exhibe un vistoso parche de tela blanca con la Estrella de David cosida en hilo celeste; el distintivo inequívoco de los residentes de los ghettos, marcados como ganado para el matadero. En oposición a ello, los elegantes uniformes de la SS o la Gestapo, forrados con abrigos y botas de cuero –además del siniestro brazalete rojo adornado con la esvástica negra sobre un fondo blanco-, son el diseño perfecto para vestir de manera imponente a sádicos homicidas cuya misión era infundir terror entre la población cautiva.

Una habitación provista de una pantalla panorámica presenta videos de sobrevivientes, ya ancianos, relatando sus experiencias en los campos de concentración. En la sala contigua dos viejos conocidos: Ana Frank y Oscar Schindler. A su lado, sin embargo, aparecen retratos y reseñas informando sobre la historia de otros hombres y mujeres anónimos que arriesgaron sus vidas para salvar las de otros, pero cuyas proezas no han sido promocionadas por el cine ni la literatura.

No deja de impresionar la forma en que los Nazis estigmatizaban a sus compatriotas judíos, negándoles la nacionalidad, sellando sus pasaportes con una “J” gigante de color rojo al lado del nombre. Estos infortunados eran los más difíciles de ayudar mediante la emisión de documentos de viaje y cartas de inmigración falsificadas por agencias fantasmas que intentaban rescatarlos de los países ocupados.

En urnas separadas se hallan expuestas dos piezas relevantes: el botín chamuscado de un niño que, motivado por su osadía, logró escapar a la cámara de gas dejando uno de sus calzados en el camino; y el acordeón en intactas condiciones de otro, que se libró del crematorio gracias a su talento musical, el cual le permitía entretener y divertir a los oficiales a cargo de su custodia.

En la sección dedicada a los libertadores destaca una inmensa fotografía mostrando un grupo de 4 corpulentos hombres, luciendo cascos y uniformes trajinados por el combate, sentados sobre la carrocería de un tanque, sonriendo asustados y a la vez orgullosos. La leyenda debajo no dice que son soldados negros del ejército norteamericano. Mientras estas imágenes de solidaridad se ofrecían a los ojos del mundo, en casa los negros (que aún no eran llamados afro-americanos por la clásica tendencia estadounidense al eufemismo compasivo) seguían siendo vistos por la mayoría blanca de la sociedad como una masa de irresponsables, incapaces e indeseables, incluso 8 décadas después de la guerra de secesión que le costara la vida al propio Lincoln por su afán emancipador y que cobraría 18 años más tarde la de Kennedy por favorecer sus derechos civiles. En el frente interno la discriminación era más disimulada pero no menos brutal que la ejercida en Europa.

Al final del recorrido las instalaciones cuentan además con una biblioteca totalmente equipada.

Repasando una de las enciclopedias disponibles, un concepto inquietante asalta mi cabeza. ¿Qué tal si utilizamos los métodos de Hitler –en realidad poco diferentes a los de Capone- para deshacernos de algunos delincuentes irrecuperables y un monumental número de servidores públicos podridos en un pozo de ineptitud profesional y un mar de ambiciones personales?

Sé que no es una iniciativa admirable, pero estoy seguro de que sería una opción práctica y muy efectiva. Después de todo, no se trata de defender ingenuamente los derechos humanos de unos cuantos sino de elevar la calidad de los sentimientos de la humanidad en general.

 

 

 

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