VIVIR EN TECNÓPOLIS

Pedro A. Curto

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“En poco tiempo no sabría si miraba la imagen o si la imagen la miraba, porque así habían sido siempre la cosas y no se sabría si una ciudad había sido hecha para las personas o si las personas habían sido hechas para la ciudad. Ella miraba.”

La ciudad sitiada, Clarice Lispector

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Cualquiera que pasee por una ciudad moderna sin otro objetivo que vagabundear, deleitarse con todo lo que envuelve el mundo urbano, termina teniendo la sensación de la que ciudad se diluye. Las calles, los edificios, los coches, el ruido, los escaparates, los anuncios de diverso tipo, las gentes, se terminan convirtiendo en un todo, en una masa uniforme que nos engulle,  donde sólo parece haber un presente continuo y mecanizado. Vivir en una especie de presente eterno, banal y gris, acomodados a engullir los símbolos perecederos de la moda, un tiempo en verdad extraño.

Los ciudadanos, personaje central y protagonista de ese cosmos, enganchados a sus aparatos electrónicos  y movilizados en su mayoría por un utilitarismo obligado, se convierten en una parte más del engranaje. Es el no-lugar:  “la negación de la ciudad, entendida como forma de habitar el espacio, para dar paso a algo sin forma determinada, que fluye constantemente, destruyendo a su paso aquello de lo que se nutre para crecer.”  Es lo que expone Juanma Agulles en su ensayo La destrucción de la ciudad, analizando que el papel histórico que ha configurado las ciudades como forma de convivencia, ha dejado paso a otra cosa, que podríamos denominar la post-ciudad, donde han logrado “convertir la ciudad en una exitosa mercancía.”

La ciudad clásica ya no existe más, si por tal se entendía aquella donde se llevaban a cabo las relaciones sociales y de producción así como sus respectivos aspectos simbólicos y narrativos. Y hay que tener en cuenta que la ciudad no se ha construido sólo como un concepto geográfico, sino,  sobre todo, como un espacio simbólico y cultural. Y cada vez más avanza la uniformidad de los espacios, de parecidas y similares arquitecturas, del dominio de los espacios urbanos,  en particular de los centros de la ciudad poblados por escaparates de marcas repetidas o similares. Frente a esa uniformidad, se marcan diferencias, una serie de sistemas identitarios, que aún partiendo en algunos casos de las propias personalidades de cada urbe, se terminan convirtiendo en un cliché, en  una imagen de marca. “Los turistas que visitan lugares como París, Londres o Barcelona realizan un recorrido por el paisaje de sus ensueños .(…) Si por un momento salen del itinerario marcado por los hitos reconocibles que toda postal se encarga de recordar en las tiendas de souvenirs, el continuo urbano se vuelve a la vez indescifrable y extrañamente familiar.” Como señala Juanma Agulles en su ensayo, el turismo convertido en un activo económico y en algunos casos, totalizador,  termina por convertir la personalidad de esa ciudad en un fetiche que la asfixia precisamente en su desarrollo como lugar propio. La Venecia mundialmente famosa invadida por turbas de turistas, está terminando por expulsar a sus propios habitantes; esas aguas que han constituido su particular característica, convertida en tarjeta postal, amenaza con asfixiarla. Y no es un caso único, sino una constante que se impone de diversas formas. Porque la ciudad que  se desarrolla en el capitalismo tardío, al mismo tiempo que en ese presente continuo, se va destruyendo a pasos acelerados: “Es dudoso incluso que muchas construcciones del urbanismo contemporáneo  lleguen a ver el paso de más de una generación.” Porque el destino de esta ciudad, es la tecnocracia. Una tecnología acelerada que domina de una forma sibilina, pero constante, mucho mayor que en otras épocas. Si el automóvil ha tardado varias generaciones en convertirse en amo y señor de las calles urbanas, el teléfono móvil, un invento reciente, ya va por lo que se llama cuarta generación, de su propia sucesión. Eso produce un proceso de asimilación: el ciudadano termina por estar al servicio de la tecnología, no la tecnología al servicio del ciudadano. O como señala Rafael Oswaldo en La ciudad de la presencia; memorias, deseos y narrativas: “la ciudad globalizada se caracteriza por su confesa vocación virtual, cuando el poder capitalista ha encerrado a cada individuo en su personal laberinto donde le acosan los micropoderes que se ensañan con los cuerpos”. Curiosamente, el dominio y la dinámica de esa urbe son sencillas, pero eficaces: trabajar, desplazarse, consumir. Y uno va relacionado con lo otro. Caerse del mundo laboral, no tener ingresos o que estos sean escasos, limitan o impiden ese consumo que te coloca en la geografía de esta post-ciudad, lo mismo que el desplazamiento, donde el automóvil y su posesión, son un elemento de dominio. Porque  si hay algo que la post-ciudad mantiene, es la segregación. En ocasiones una segregación poco visible, en otros más (los arrabales de algunas urbes), pero que ahí está. Los  diferentes tipos de periferia y la vivienda muestran esos modelos de segregación. Como señala Juanma Agulles: “Es posible que la estructura urbana reproduzca las jerarquías inauguradas por el capitalismo industrial donde el rico puede dominar el espacio, mientras el pobre se encuentra atrapado en él.”

La ciudad, hasta en ese no-lugar, o precisamente aún más en él, se antoja como un laboratorio social, donde se analizan los problemas de desorganización social y los nuevos tipos sociales que surgen en su caótico crecimiento. Mientras más grandes son las aglomeraciones humanas, mientras más juntas están obligadas a vivir las personas, más alejados están los unos de los otros, incluso enfrentados en inútiles luchas cainitas: peleas por el tráfico, enfrentamientos entre vecinos, por el control de los espacios, competencia por el trabajo, por el consumo… “El costo social y ambiental del modelo social urbano explotador y consumista se mantiene en gran medida gracias a la ilusión de que es parte inevitable del progreso y desarrollo de todos, a cuya consecuencia nos dirigimos”, señala Rafael Oswaldo. Porque  eso es lo que se nos ofrece, entelequias futuristas como las smar city, que son más de lo mismo. Y resulta paradójico que la ciudad, iniciada casi como una especie de utopía, vaya derivando en algo o mucho de distopía. Da la clave Juanma Agulles al inicio de su ensayo: “La ciudad es una buena idea, cuyo peor defecto es haberse convertido en realidad.”

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