Los barqueros

Violeta Balián

Ascúa

Los barqueros- Ilustración de Miriam Ascúa (Córdoba, 2016)

 

El servicio meteorológico había anunciado una tormenta severa, posible granizo y poca visibilidad.  En la carretera, rumbo al norte y a una hora o un poco más de Catamarca, no calculamos encontrarnos con ese temporal hasta que un viento, violento, arremetió contra la camioneta. El día oscureció y la lluvia empezó a pegar fuerte contra el parabrisas.

—Berta, no tengo ni la más mínima idea de dónde estamos —dije.

Ella tanteó la guantera, sacó la linterna y abrió el mapa.

—Me parece que vamos bien, sí, sí, es por aquí, esa curva, ¿la ves? ahí, a la derecha.

Aturdido por el granizo me metí por un pedregal que se hizo cuesta y en instantes, descendíamos a una velocidad aterradora. Frené pero ya nos íbamos por el aire, fuera del camino, bajando por un vacío interminable. Finalmente, hicimos fondo, con gran estrépito. En la oscuridad, extendí la mano para tocar a Berta. Estoy bien, dijo. Y para que entrara algo de aire fresco, traté de abrir la ventana atascada a medio camino.

Pregunté otra vez —: ¿Estás bien?

—Sí, creo que sí, no me duele nada.

—A mí, los brazos. Pero estoy entero.

Berta abrió la puerta y salió unos minutos para lavarse con el agua de la lluvia, tenía algo de sangre pegoteada en la cara y manos. Dentro de la camioneta, increíblemente tranquilos, esperamos a que escampara y saliera el sol. Más tarde, afuera, evaluamos la situación. Habíamos caído unos quince metros por debajo de la ruta y sobre una planicie de un par de kilómetros a la redonda, poblada de rocas gigantes. Comencé a preguntarme cómo diablos saldríamos de ahí.

Dispuestos a explorar, caminamos a campo abierto. Nos metimos en una cueva. Y después en otra. Nada. Nadie. Era como estar en la luna. Excepto por los alacranes y una víbora solitaria.

—No te preocupes, pediremos ayuda, no estamos muy lejos de la capital —mentí, para disimular el silencio amenazador.

Emprendimos el regreso hacia el sitio donde estaba plantada la camioneta pero con la conmoción, no nos dimos cuenta de que un grupo de niños nos seguía. Se escondían detrás de rocas y arbustos. Iban semidesnudos, escuálidos. Fue imposible no compararlos con animalitos salvajes.

—¿Les viste la cara?

—Sí, de pájaro…la nariz es un pico de loro, jamás vi algo semejante. Están cubiertos de cal, de tierra. ¿O será ceniza?

Saludamos con la mano. No hubo respuesta. En voz alta dije que habíamos tenido un accidente y estábamos perdidos. Silencio.

—No hablan castellano —dijo Berta.

—O no hablan… parecen de la edad de piedra.

Señalé el camino superior y la camioneta, intentando hacerme entender, intentando que nos ayudaran.

Un adulto se les unió; barba tupida, plumas en la cabeza y un mono colgado a la espalda. Presumí que era el cacique o el chamán. Empezó a mover el brazo. No había dudas, nos estaba echando. Curiosos, un par de niños se acercó a examinar la camioneta. Uno de ellos saltó a la caja y se sentó dentro; el otro hizo lo mismo y también el perro que iba con ellos. Entonces se me ocurrió que era hora de probar el motor una vez más. Cuando ante la asustada audiencia conseguí hacerlo arrancar, le pedí a Berta que se subiera y con cautela, manejé el destartalado vehículo por entre las enormes rocas buscando una salida a la ruta. Miré por la ventana trasera. Los chicos seguían allí, inmóviles excepto que sus caras de pájaro mostraban ahora una mínima expresión, cercana al asombro.

De milagro encontramos la ruta nacional. Mi intención era volver hacia la ciudad. Poco antes que nos sorprendiera la tormenta, habíamos pasado por un pequeño pueblo, sin embargo, en pleno camino, al divisar una iglesia, imaginé que en la parroquia se podrían ocupar de los pequeños salvajes que se me habían agregado.

El cura me recibió, alegre. No le duró mucho, en cuanto le conté el objeto de mi visita, se persignó. No fue un acto reflejo. Fue un gesto de auto-protección. Negó conocerlos, negó saber quiénes eran. Negó tener tiempo para seguir atendiéndome.

Con no poco fastidio e incredulidad seguí buscando el pueblito cercano. Al pasar por una despensa me di cuenta que tenía hambre y sospeché que nuestros silenciosos acompañantes también. Berta volvió cargando una bolsa con pan, fiambres, alfajores, gaseosas y frutas. Los chicos se negaron a comer. Tomaron un poco de Coca pero no pude distinguir si les gustaba o tenían sed.

Aproveché la pausa para probar el celular. Había señal. Y sin poder aguantar las ganas de compartir el descubrimiento, llamé a Pedro Freire, amigo de infancia y jefe del departamento de antropología del Museo Austral. Sorprendido, explicó que no conocía ningún grupo aborigen de esa descripción. Y especuló que serían vestigios de culturas anteriores, Ansilta o aún más antigua. Sin embargo, le intrigaba la fisonomía tan peculiar que yo le había descrito, se conectaba con algo que había leído hacía poco. En cuanto tuviera más datos me lo haría saber.

Apenas corté, le pregunté a Berta qué hacíamos con los chicos. ¿Regresarlos a su lugar en la planicie o llevarlos con nosotros?

—Nada, no hacemos nada. Averigüemos qué quieren ellos.

Los chicos y el perro seguían en la camioneta. Una situación peligrosa, tarde o temprano el cacique vendría a buscarlos. Entonces recordé la reacción del cura pero interrumpí el hilo de mis pensamientos, me llegaba una llamada de Pedro y ya me había pasado una imagen.

—Flaco, ¿se parecen a estas figuras, esclavos que reman el barco de un rey?

—Sí, así son —dije, mientras le verificaba que en la imagen, las cabezas de los barqueros eran idénticas a las de los chicos que viajaban con nosotros.

—Haceme el favor, tomales fotos, todas las que puedas, porque este es un hallazgo antropológico importantísimo, si estoy en lo cierto con que son los descendientes de Qebehsenuf, el hijo halcón de Horus el Viejo, protectores de los difuntos y tutelares de las regiones de Occidente. Muy conocidos por los textos y cantos en El Libro de los Muertos y también los vasos cánopos donde se guardaban las vísceras. Su única función, llevar a los difuntos al inframundo y de paso, interceder por ellos. Es simplemente alucinante que ustedes hayan dado con los barqueros y ¡nada menos que en Catamarca! Te paso un dato. Se habla de posibles migraciones egipcias y mesopotámicas a nuestra Sudamérica, hace unos 10,000 años atrás. Creer o reventar. Si encuentro algo más, te aviso.

¿De qué barqueros hablaba? Por la zona no había agua, ni un riacho siquiera. Berta mencionó a los barqueros del Lago Titicaca. Eso es mucho más al norte, dije.

Conseguí que los chicos se bajaran de la camioneta. Lo hicieron de mala gana y un cierto desdén reflejado en sus pequeños ojos, oscuros y redondos. Por señas, los hice pararse junto al vehículo, uno al lado del otro para tomar unas fotos. De frente, de perfil y hasta la base del cráneo. Terminamos la sesión. Berta, conmovida, le dio una moneda a cada uno. La tomaron, revisaron con cuidado, mordieron y la guardaron en sus puños cerrados.

El próximo paso: enviarle las fotos a Pedro Freire. Para mi sorpresa, se habían malogrado.

—Algo anda mal con la cámara —le comuniqué.

—Probá otra vez —contestó.

Me di vuelta para acomodarlos una vez más pero los chicos habían desaparecido y el perro también. Berta, distraída, se había puesto a investigar un viejo camino entre pircas de piedra y cubierto de espinillos, y no se percató de la huida.

—Te excediste con tantas fotos, están molestos, andarán perdidos, buscando su gente. Hay que encontrarlos.

Pedro volvió a llamar. En la Amazonia peruana, en la perdida ciudad de la cultura Patajén, encontraron unas momias junto a unas estatuas o vasos cánopos representando a los cuatro hijos de Horus: el halcón, el chacal, el mono y la forma humana. Todas con una asombrosa semejanza a las egipcias. Ya me enviaba unas fotos. No esperé a verlas. Berta se mostraba muy inquieta así que sin un minuto que perder, tomamos el camino en dirección norte. Por un buen trecho no hubo rastros de los chicos hasta que ella los divisó en una salida de la ruta.

Cuando los alcanzamos, se internaban en la planicie. El cacique iba con ellos. Esta vez no nos echó y sospeché que estuvo esperándonos todo el tiempo. Hizo un ademán y los chicos lo siguieron. Nosotros también pero en nuestro vehículo, hasta el faldeo de un cerro. Allí, con otro par de señas nos mostró un camino angosto que descendía a un valle donde circulaba un imprevisto río. No sé cómo llegamos. Mientras el grupo hacía un alto en la orilla, nosotros estacionábamos a prudente distancia.

De pronto, transfigurada, Berta se bajó de la camioneta. Le grité, intenté detenerla pero ya no me escuchaba. Tenía un aspecto nimbado y la determinación de los que deben cumplir un designio inminente. Los chicos y el perro aguardaban a bordo de una imposible embarcación, adornada con doseles. El chamán se acercó y la condujo hacia la orilla. Frente a la barca, le indicó que abriera la mano y en ella le depositó las dos monedas que horas antes le había dado a los chicos. Luego, le pintó la cara con ceniza. A punto de invitarla a subir, el hombre se dio vuelta a mirarme, desafiante. Sus diminutos, oscuros ojos de pájaro me comunicaban que Berta y nuestra vida juntos pertenecían a un pasado irrecuperable. Supe entonces que no había nada más que hacer, y en valle indiferente lloré por ella y también por mí.

Moría la tarde. Los barqueros soltaron la soga que amarraba la barca y comenzaron a remar río abajo. Sopló una brisa suave y sonaron, misteriosos y ligeros los címbalos que colgaban del baldaquín.

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