El error inevitable

Miguel Rodríguez

charliz-theron-muslos

 

 

Qué es ese ruido, ha pasado algo, oigo sirenas por todas partes pero no las veo, están muy cerca, un accidente mortal tal vez, tampoco veo gente, solo una mujer junto a mí, no habla, coge y deja cosas continuamente y atiende una llamada en su móvil, es hermosa, no me ve, apenas responde con un par de palabras y sigue buscando algo, ahora las sirenas me llenan la cabeza, posa algo sobre mi cuerpo y de repente me arde el dolor, por fin me mira, ¿qué ha pasado?, ¿por qué estoy aquí?, pero no sé dónde estoy, y sin más ella me dice que me han disparado.

Me lo dice sin atender a mi reacción, sus manos vuelan cerca de mí, a veces me tocan y algo en mi cuerpo me quema, ella no se sorprende, me han disparado, sigue al teléfono, no sé por qué estoy con ella, quiero que me hable.

– Pero… eso es imposible… ¿cómo va a dispararme alguien? Habrá sido un error.

Pero ella no me oye, me ha hablado pero no me oye. Yo tampoco he oído mi voz. Solo veo sus ojos. Sus manos.

– Ha tenido suerte, aún está vivo. Vamos camino del hospital.

No tengo pensamientos. No sé qué pensar. Apenas puedo moverme.

– No se preocupe, ya me encargo yo de todo; descanse.

Ella sigue con sus cosas, las mías, regula el gotero cada poco, me toma la presión y otros datos que no entiendo, apunta todo en una hoja que deposita a mis pies, miro la camilla, estoy lleno de sangre, tengo las piernas destrozadas, ella no, ella las tiene perfectas, son preciosas, su muslo de vez en cuando me roza, me presiona ligeramente para sostenerme en las curvas de la carretera, a mí me gusta, me encuentro débil, como que me desmayo, se me va la cabeza, quiero que me toque, que su muslo me presione levemente y contenga las hemorragias de tantos años, que me sostenga, que no me deje caer, ella parece comprender lo que le digo con la mirada, no puedo hablar, llevo puesta una mascarilla de oxígeno, pero ella lo entiende, alargo la mano y alcanzo a posarla sobre su muslo, ella me deja hacer y sujeta mi vida, lo que va quedando de mi vida, me sostiene con firmeza, si no fuera por ella estaría aquí muriéndome, a pesar de que su muslo me presione los pulmones cada vez más fuerte y me impida respirar, yo le hago una señal con la mano, casi no puedo moverme, me ha inmovilizado por mi propia seguridad, es lo que se suele hacer en estos casos para evitar hemorragias internas, y entonces trato de decir alguna palabra, pero la mascarilla me lo impide y ella no me oye. No se da cuenta de que me está aplastando el pulmón con su rodilla, es más dura que su muslo, habrá cogido mala posición con las curvas, deberíamos ir más despacio, quizás, pero ella me mira, creo que me mira con cariño porque no aparta los ojos de mí, no sé si hace esto con todos los enfermos y las emergencias que verá a lo largo del día, o solo conmigo porque le he caído bien. Su cara me resulta familiar, como de habernos conocido antes o cruzado en algún café, creo que también me fijé en sus muslos, tan firmes, ella llevaba una cámara de fotos y no se dio cuenta de que yo la observaba; luego la vi otro día en el súper, lo que es la casualidad, también llevaba cámara, quizás en sus ratos libres sea fotógrafa o esté haciendo un curso, debería aflojar la presión sobre mi tórax, me está haciendo mucho daño. Ella casi sonríe, sin duda lo hace porque también me ha reconocido, igual se acuerda de aquel día del café o del súper, tiene unos ojos preciosos aunque no sé bien de qué color, está todo un poco borroso, como si hubiera pasado hace mucho tiempo, pero no, fue hace muy poco, es un recuerdo reciente, tal vez pueda invitarla a café cuando me reponga, me encantan sus piernas, tan cerca de mis labios, quiero ese café cuanto antes, su rodilla me hace mucho daño, ella no se da cuenta, no lo sé, porque me mira fijamente y no escucha las cosas que yo le cuento con los ojos, seguro que no se da cuenta, pero es imposible que sepa a qué me dedico, no lo sabe nadie, ella me lleva a curarme, yo alargo la mano en su muslo pidiéndole que afloje la presión en mí, y ella accede, aunque no me oye, los dos lo sabemos, no me explica nada pero lo comprendo, no sé cómo me han descubierto ni cómo he venido a morir aquí, en medio de sus piernas y sus palabras escasas, ella deja ya todo y me acaricia el pelo, no fue un accidente fortuito, no fue un disparo casual, fue algo inevitable, como ella, tiene unas piernas preciosas, inevitables, me dice algo por fin, pero ya no la oigo, me gustan sus labios, tal vez me esté diciendo su nombre, no sé desde cuándo me sigue, ahora está muy cerca de mí, ya no siento presión en el pulmón, me quita con cuidado la mascarilla, me coge la mano entre las suyas y la posa en sus piernas, pero ya no las veo, solo las siento. Ya no oigo la sirena. Creo que ya ha terminado todo, y me afloja las correas de la camilla. Tenía que haberme dado cuenta, lo sé. Tenía que haber sido más precavido y no apartarme del protocolo. Pero ninguna cautela me llevó nunca a ningún sitio; solo ahora, solo ese café, ese supermercado impreciso por primera vez, me encendieron los ojos y descuidé procedimientos, cálculos y salidas de emergencia, y solo vi sus piernas, que caminaban hacia mí como si conocieran mi vida, como si hubieran estado antes y buscaran su sitio en mí. Siento que se acerca, me dice algo al oído, pero ya no la oigo. Ya no la oigo. Me besa los ojos, los que amaron sus piernas. Creo que ya ha acabado todo. Eran preciosas.

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