La cocina del infierno: “Comando Meón” (III) Tercera parte

Fernando Morote

Cocinero

Desde las profundidades del arbusto, brotó un efluvio filosófico:

-Si no es práctico, no es espiritual.

-Esto no tiene mucho de espiritual –comentó el Champero.

-Tampoco es práctico –observó el Narizón.

El Conde se sobrepuso al montículo de basura y recogió su pierna derecha para apoyar la planta de su zapato contra la pared.

-¿De dónde sacas tantas huevadas, Doctor? –demandó, echándose aire en la cara con ambas manos.

-Si quieres que Dios se ría –insistió el Doctor-, haz planes.

A las cinco de la tarde empezaba el desfile de amas de casa, abuelos, niños y sirvientas hacia la panadería. A la misma hora, iniciando su diario recorrido, Miguel pedaleaba sonriente su carretilla. Su servicio itinerante lo convertía en un serio competidor para los negocios del ramo en Pompeya.

Los integrantes del Comando Meón no se percataron de su presencia hasta que estacionó su vehículo a la vera del parque. Era obvio que sufría una urgencia. Corrió al árbol más próximo. No parecía importarle el fluido tráfico de peatones. Una vez colocado en posición de miccionar -las piernas abiertas y una mano asida al tronco del eucalipto-, sintió una arremetida por la espalda.

El Doctor, micrófono en mano, empezó el interrogatorio:

-¿Estás loco, Miguel?

Los ojos del panadero corrían turbados de izquierda a derecha, de arriba abajo. Las luces del Conde, apuntando directo a sus pupilas, lo enceguecían.

-¡Habla, habla! –presionaba el Champero.

El Narizón enfocó la cámara a la abertura del cierre.

-Miguel –dijo el Doctor-, te conocemos desde que llegaste a la urbanización…

-Ibas de casa en casa con tu mujer, cargando tu saco de panes al hombro – mencionó el Conde- ¿Te acuerdas?

-¿Con esas mismas manos que te coges el pene agarras la mercadería que vendes a tus clientes? –continuó el Doctor.

-¿Dónde te las lavas después de mear? –increpó el Champero.

Miguel comenzó a dar señas de un severo mareo. No pronunciaba palabra. Su cuerpo temblaba.

-Estamos esperando, Miguelito…. –dijo el Conde.

-Miguel –prosiguió el Doctor, en un tono cada vez más amistoso-, las personas confían en ti. ¿Por qué les haces esto?

-¿Qué otra cosa puedo hacer si me gana el apuro?

-Pedir un baño prestado –sugirió el Narizón.

-¿A quién? Nadie lo presta.

-¿Lo has pedido?

-No.

-¿Entonces?

-No lo prestan. Yo lo sé.

-¿Cómo lo sabes si no lo has intentado?

-¿Has tocado la puerta de algún vecino? –intervino el Conde- ¿De uno de tus caseros?

-En las mismas tiendas puede haber alguien que sea amable –estimó el Doctor.

-No los de la panadería, claro –sostuvo el Narizón-. Esos te cortarían el pincho por cagarles el negocio.

-Pero los otros, bueno, algunos –dijo el Doctor-, si les explicas la emergencia que tienes, lo entenderán.

-Estoy seguro de que además lo apreciarán –añadió el Conde.

-Es una cuestión de salud –precisó el Champero-. No jodas buscando pretextos, hombre.

El humilde panadero empezó a sentir sus genitales encogidos, los regresó a su sitio y se subió la cremallera.

-Lo siento, Miguel –dijo el Doctor-. Pero tú también saldrás en la película.

-Serás una de las estrellas –agregó el Narizón.

Completamente ajeno a la connotación de esos avisos, el vendedor de hogazas se limpió las manos refregándolas sobre su mandil blanco, manchado de harina.

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