El expediente Glasser: “Los Tres Amigos” (II) Segunda parte

Violeta Balián

Vidrio

La tarde que siguió al entierro de Mercedes terminé mis curaciones un poco más temprano y aproveché el tiempo libre para ir de compras al supermercado. Al volver, cargada con las bolsas, llegué hasta la esquina de San Martín y Maipú. Ahí me paré en seco; el ´hombre invisible´ esperaba junto al quiosco de Manolo. Mi primer impulso fue retroceder y tomar una calle intermedia. Inútil, me había visto y ya venía hacia mí. 

‒‒Buenas tardes, señora.

‒‒Buenas tardes.

Al quitarse el sombrero se presentó como Alcides Carabós. Un apellido extraño y probablemente falso; ya se sabe que los espías nunca dan sus nombres verdaderos.

‒‒Señora, sepa disculpar mi atrevimiento. Anteayer, en casa del brigadier Latorre… no la saludé como correspondía.

Sorprendida, acepté su pretexto con un movimiento de cabeza y dije algo más para normalizar una situación incómoda y absurda. Yo quería volver a casa.  Hice un ademán para continuar mi camino pero el hombre se adelantó:

‒‒Por favor, señora… ¿sería tan amable de acompañarme a tomar un café?

Miré alrededor. La tarde se había destemplado, hacía frío, las bolsas me pesaban. De pronto, la idea de un café me pareció reconfortante.

‒‒Está bien. Pero un rato, nada más. Me espera la familia ‒‒balbuceé, descargando en el individuo la culpa que sentía por haber aceptado el abordaje de un perfecto desconocido y para peor, su invitación.

El hombre tomó mis bolsas y caminamos en silencio una cuadra o un poco más. Noté que llamábamos la atención de la gente que pasaba a nuestro lado. Lo miré de reojo. Mi acompañante era más alto que lo normal. ¿Sería por eso? ¿O era el sombrero?  Vivíamos en 1971. Los hombres ya no usaban sombrero. Y Alcides, con sombrero negro y anteojos gruesos me recordaba a esos personajes de las películas de Hollywood como la que había visto la tarde anterior, anodinos, misteriosos, viajando en coche, en tren, en grupitos de dos o cuatro por el desierto, por la calles de un pueblo abandonado del lejano oeste.  Típicos agentes del FBI.

Llegamos a Los Tres Amigos y encontramos el recinto casi desierto, algo poco común a esa hora de la tarde.

‒‒Se viene una tormenta ‒‒comentó Alcides cuando nos sentábamos a una mesa, él se quitaba el sombrero y lo colocaba sobre la otra silla.

Boquiabierta, reparé en que su voz de barítono-bajo, metálica e impersonal como la de un ventrílocuo emanando del interior de su muñeco parlante, me llegaba demorada. Y su comentario respondía a lo que yo acababa de pensar.  Curioso y extraordinario.  Se quitó los guantes.  Ambos meñiques mostraban una deformación ósea.  Una artrosis prematura, calculé.

Sentados el uno frente al otro, mesa por medio, me facilitó la apreciación de su importante contextura física, el pelo rubio y corto, los rasgos escandinavos o posiblemente eslavos que me recordaban a esos chicos ucranianos con los que había crecido en Misiones.  Me sirvieron un café con leche.  Alcides había pedido un cortado. 

Ansiosa, cobijé la taza con mis dos manos. Quería absorber su calor, calmar mis nervios y estudiar a este hombre con más libertad, especialmente sus ojos grandes, oscuros, metidos en las cuencas como esos de plástico de las muñecas. Lo miré de frente y me esquivaron. Pero cada vez que miraba hacia la derecha o la izquierda, me recorrían de cuerpo entero, estudiándome sin disimulo, como si estuviera relevando un campo de batalla.  Oí un crujido mecánico que pareció arrancar de su cabeza. Sin saber por qué, lo registré como el ruido que podían hacer sus pensamientos cuando  hurgaban entre los míos.

 ‒‒¿Es de aquí, de Buenos Aires?

Mi pregunta lo sobresaltó.

‒‒No…no soy de Buenos Aires, tampoco de la Argentina.

‒‒¿Brasil o Europa?

‒‒Europa, del norte.

‒‒Habla bien el castellano. No tiene acento.

‒‒Tengo cierta facilidad para los idiomas. ¿Y usted, de dónde es? ‒‒inquirió, recordándome que no conocía mi nombre.

‒‒Perdón, soy Clara Glasser. Vengo de Misiones,  de un pueblito sin importancia. Mi padre fue un inmigrante alemán y mi madre es hija de austriacos.

‒‒Ah, bien. Y… ¿cómo llegó a ser enfermera?

‒‒Mi primera vocación fue la medicina. Me la impidieron las dificultades familiares.  A pesar de todo, tuve suerte porque me formé en el Instituto Roffo con una especialidad en casos terminales.

‒‒Entiendo.

‒‒A mi marido le gusta decir que cuando entramos al gran parque de diversiones que es la vida siempre tenemos la intención de jugar tiro al blanco. Apuntamos, hacemos fuego, erramos y nos quedamos con el premio de consuelo.

‒‒Curar a los enfermos, cuidar del prójimo, es una noble misión ‒‒interpretó Alcides con aire reflexivo, mirando hacia el fondo del salón.

‒‒Así es ‒‒respondí.  Mi próximo paso fue sumergirme en ensoñaciones.  No conozco las causas. Sólo recuerdo que comencé a parlotear como si me hubiesen dado cuerda.  Me olvidé de la hora, del tiempo que pasaba, de la comida que tenía que preparar en casa. De las advertencias de Latorre.  Hablé sin parar de temas comunes y trillados.  Y a Alcides le confié cientos de detalles de mi vida y mi familia.  Contaba con pocos amigos y hacía tiempo que no tenía con quien charlar.  En la clínica, nunca me distinguí por ser amiguera.  Sin embargo, en la confitería Los Tres Amigos me sentí protagonista de un evento extraordinario.  Me permití disfrutar de una conversación amena y civilizada que le fue soplando energías y estímulos a mi vida llena de rutinas.

‒‒¿Le molesta si fumo?

‒‒Sí. ¿Me permite que la llame Clara?

‒‒Sí, por favor.

‒‒Bien, Clara.  Dígame, ¿cómo puede fumar una persona como usted, que se dedica a la salud?

‒‒Tiene razón.

Avergonzada, guardé el atado de cigarrillos en el bolso y traté de justificarme.  

‒‒Son los nervios. Lo hago de vez en cuando. ¡Menos mal que no me ve mi marido! Somos luteranos y nuestra iglesia no aprueba del hábito‒‒‒.

‒‒Ah… entonces cree en Dios. Es una persona religiosa. Gente curiosa, la protestante.

‒‒ ¿Por qué dice eso?

‒‒Una observación, nada más. Me interesa comparar doctrinas y liturgias.

No tenía ganas de hablar de religión, ni con él ni con nadie. La salida era fácil: nuestro punto en común, la familia Latorre. Cuando le mencioné la muerte de Mercedes y lo triste que me había dejado, Alcides dijo comprender.

‒‒Estuvo en la catedral. Lo vi. ¿Fue al cementerio?

‒‒Sí. Acompañé a los deudos, a la distancia. Había mucha gente. Clara, usted se fue antes de que terminara la misa.

‒‒Tenía trabajo.

Se acercó el mozo. Sin reparar en Alcides, me preguntó si deseaba algo más. No, gracias.  Regresó y me dejó la cuenta.  Alcides fue a la caja.  Luego, con estudiada delicadeza, me ayudó a ponerme el abrigo.

Salimos. Había anochecido y comenzaba a llover. Para variar, yo no tenía con qué protegerme.

‒‒Me espera la familia ‒‒expliqué apurada cuando nos despedíamos.

Desbocada, insensible al agua que me golpeaba la cara y sintiendo la mirada penetrante de Alcides clavada en mi espalda, corrí por Maipú hacia Irigoyen enfrentando el brillo húmedo, fantasmagórico de las luces del tráfico que venía en la dirección contraria.

Minutos después, entraba a casa. Estaba empapada.

El expediente Glasser II

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