Entremientras: “Las cartas del día” (IV)

Miguel Rodríguez

Cartero

Muy a menudo, al salir del colegio, Tuyet me enseñaba las cartas de quienes fueran huéspedes hace tiempo, algunos de los cuales nunca llegué a conocer, pues su estancia en la Mara había terminado antes de que naciera. Ante mi insistencia, volvía sobre algunas de ellas una y otra vez, como sucede con los cuentos que acompañan los minutos anteriores al sueño y que construyen el filtro con el que los niños aprenden a interpretar la vida.

Me las leía despacio, explicándome los hechos que narraban cada vez con motivos distintos, y yo, aunque anticipaba la información que seguía en muchas de ellas, prefería abandonarme a esa puesta al día – irreal por desfasada – en la que recreaba las vidas de aquellos personajes desconocidos y familiares al mismo tiempo: Carmina, Rosario, Balta, Floro, Amparo, Faustino, Amable, Alicia: todos ellos nos tenían al tanto de por dónde andaban sus vidas, de forma que, aunque no se alojaban en la Mara, seguían presentes en el día a día de la casa.

Mensualmente, Amelia les respondía contándoles cómo íbamos creciendo los hijos, para que nos reconocieran al ir a sus casas como huéspedes durante el verano. A cada uno le asignaba un día del calendario. El 13, por ejemplo, era el día de Floro, el 14 el de Faustino, y el de Amparo el 27. No solía repetir noticias en sus cartas, sino que a medida que los días iban pasando, así los iba poniendo por escrito para quienquiera que fuera el destinatario. Así, nuestras historias se desarrollaban de manera fragmentaria e inconexa según la suerte que el correo del día llevara a casa de los ex-huéspedes. Supongo que así también es la vida. Amelia escribía a diario, incluso a aquellos que no correspondían en el correo y que por razón de edad seguramente ya habrían muerto; aun así, prefería ser cauta con este tipo de certezas y creía, en todo caso, que el correo era un lazo adecuado entre ambas vidas.

– ¿Por qué se marchó Faustino?

– ¿Cómo que por qué se marchó? Pues supongo que porque quería vivir con Marta y tener una familia y una casa, tal cual vivimos nosotros aquí.

– ¿Y Darío? ¿Por qué se fue Darío? ¿Por qué no se quedó con mamá y con nosotros?

– ¡Michael…! Se fue porque nunca se queda en ningún sitio, ya sabes cómo es, le entra el ahogo y ya se ha ido. Sin más.

Pero yo creo que siempre hay más. Cuando un huésped se marcha, la historia de su estancia en la casa y los motivos por los que llegó aquí se quedan con nosotros, que pasamos a ser algo provisional en su vida. Si alguna vez vuelve, encuentra que todos hemos crecido, que somos personas distintas, al igual que la ciudad. ¿En qué barrio quedamos para una puesta al día? ¿Qué señalar de la vida más importante que el día a día?

Luego jugábamos a mezclar remitentes y destinatarios, como por ejemplo que Faustino escribiera una carta de amor a Rosario o a Amable, e inventábamos las respuestas airadas, ilusionadas o meramente sorprendidas de ambos, a quienes más tarde enredábamos en un inesperado episodio de pasión amorosa.

En realidad quizás todos somos un poco huéspedes.

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