La cocina del infierno: Comando Meón (VIII)

Fernando Morote

Espejo








El Conde sufrió un bloqueo mental. ¿Ése era, finalmente, el castigo de Eudocia?

“¿Qué ves cuando te miras en el espejo?”. No era una pregunta capciosa que su multifacética profesora de educación cívica, geografía e historia le hubiera soltado a boca de jarro para joderle la vida. Era el título de un ensayo, de sólo un párrafo de extensión, que debía entregar el lunes.

¿Por dónde empezar?

El Conde no hacía más que llegar del colegio cada tarde a las tres, almorzar a la carrera y tirarse a la cama. Encendía el viejo Zenith en blanco y negro instalado sobre la cómoda y se amodorraba con el show de Abbott y Costello hasta quedarse dormido. Cuando despertaba, dos horas más tarde, empezaba un ciclo de películas antiguas. John Wayne le parecía un farsante, pero no se perdía una del ídolo. A las seis empalmaba el turno de las series. Dependiendo del día, en su lista de favoritos destacaban “Combate” con Vic Morrow, “El Gran Chaparral” con Leif Erickson, “Marcado” con Chuck Connors y “Los Tigres Voladores” con Robert Conrad.

Los tenía a todos bien tarifados. Preparaba resúmenes orales de los capítulos. Durante los comerciales se acercaba al cristal colgado en una esquina del cuarto y se contaba a sí mismo lo que sucedía en la pantalla. Quería cerciorarse de que estaba entendiendo los argumentos. Era una costumbre que había iniciado con las crónicas de los partidos de fútbol que jugaba los fines de semana en la cancha de Pompeya. Dejar registro de sus actividades le otorgaba una misteriosa seguridad acerca de la forma en que las había vivido.

La práctica llegó a convertirse en una manía. A veces no recordaba detalles del episodio, su memoria inmediata lo traicionaba, se enfurecía y deformaba su cara al punto de tener que correr al lavatorio para refrescarse y relajarse.

¿Sería eso material útil para la composición encargada por Eudocia? Pensaba que, si se trataba de ser honesto, la respuesta era afirmativa. Sin embargo, una duda lo detenía. Estaba seguro de que, al leerla, su maestra y sus compañeros lo considerarían un tarado, un anormal.

Decidió, entonces, realizar un ingenioso vuelco en su enfoque. Anotó simplemente: “Cuando me miro en el espejo veo un joven dinámico, activo y productivo. Siempre pendiente de cumplir con sus responsabilidades y ayudar a su familia con los quehaceres del hogar. Es puntual, limpio y respetuoso. Alguien en quien se puede confiar”.

Su diestra pluma sólo afrontó un inconveniente antes de ser expuesta en público. Su hermana, de manera incidental, descubrió el texto abandonado sobre la tapa del water. No paró de reírse en cinco días.

A despecho de la mofa, el Conde obtuvo de Eudocia una calificación sobresaliente por su excelso trabajo.

(Sigue leyendo…)

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