La cocina del infierno: Comando Meón (VII)

Fernando Morote

El ojo que llora









El Champero había nacido para vivir expuesto a situaciones límite.

El 23 de Mayo de 1991, mientras cumplía sus labores como recolector de desechos industriales para un programa ecológico conducido por la Municipalidad de Pachacámac, a 25 kilómetros al sur de Lima, fue testigo de un suceso atroz.

El alcalde de la localidad, un joven político que apenas superaba los 30 años de edad, fue despedazado por un paquete de explosivos que ataron a su cuerpo cuatro activistas de Sendero Luminoso. El atentado ocurrió cerca de la comisaría del sector, cuando el burgomaestre se dirigía de su casa al palacio municipal manejando su auto, en compañía de su esposa. El vehículo fue interceptado violentamente y el hombre amarrado en su interior. La explosión destrozó el automóvil e hizo volar a la víctima. El Champero no pudo contener una náusea arrolladora cuando vio, colgadas en un árbol aledaño, las extremidades partidas y ensangrentadas de su jefe.

El 27 de Marzo de 1984 no fue un día común y corriente para él. Al bajar de un bus en la esquina formada por las avenidas Alfonso Ugarte y España, poco después de las nueve de la mañana, escuchó unos disparos. En el penal El Sexto un grupo de avezados internos encabezados por Luis García Mendoza, alias Pilatos, y Eduardo Centenaro Fernández, alias Lalo, había secuestrado a diez trabajadores penitenciarios, un dirigente de Sendero Luminoso y dos narcotraficantes, incluyendo al célebre Guillermo Cárdenas Dávila, alias Mosca Loca.

Provistos de dinamita, revólveres y chavetas los captores redujeron a los rehenes, amontonándolos en el tópico. En las inmediaciones de la prisión el Champero se veía confundido entre los policías apostados con fusiles, las autoridades tratando de implementar negociaciones y la prensa informando al segundo.

En un monitor instalado en una de las unidades móviles de un canal de televisión, observó cómo los amotinados empezaban a mostrar carteles escritos con lápiz labial exigiendo su libertad. Colocaban cuchillos en la yugular de sus víctimas, obligándolas a interceder por ellos mientras las levantaban como bolsas de basura para exhibirlas ante las cámaras.

Al promediar la tarde los delincuentes cum-plieron su primera amenaza. Un empleado carcelario fue rociado con kerosene y quemado. A otro le dispararon a quemarropa. Un tercer retenido fue atravesado por una bala que le desgarró la cintura tras haber sido acuchillado en una pierna. Miembros del Cuerpo General de Bomberos, asistidos por elementos de la Guardia Republicana, evacuaron a los heridos y los trasladaron al hospital Arzobispo Loayza.

El Champero sabía que estaba atestiguando un hecho sin precedentes, por lo que decidió quedarse a husmear. Entrada la noche, una camioneta ingresó al presidio simulando ser el vehículo de escape exigido por los reclusos. En esos instantes se produjo un apagón general y los efectivos lanzaron gases paralizantes y bombas lacrimógenas. Los francotiradores, parapetados en la azotea del viejo edificio, desataron una tormenta de ráfagas de fuego. Dentro de la enfermería cundió la deses-peración. En el exterior los familiares de ambos bandos fueron presas del pánico. Uno a uno los civiles retenidos fueron rescatados, algunos con heridas de gravedad, otros sólo con contusiones. Todos fueron transportados en ambulancias a diversos nosocomios de la capital, donde quedaron internados. Los reos que hicieron caso omiso a los pedidos de rendición fueron acribillados en la refriega. Desbaratada la reyerta, las fuerzas del orden despejaron la multitud para dar paso al retiro de los cadáveres. El morbo del Champero no daba para tanto. Abatido, caminó hasta la Plaza Bolognesi y esperó el micro de regreso a su casa.

No del todo repuesto aún del asesinato per-petrado contra su jefe en Pachacámac, resolvió aceptar la invitación de un antiguo compañero de facultad y asistir a la pollada que éste y sus vecinos organizaban para recaudar fondos a fin de reparar el desagüe de la quinta donde vivían. Según la tarjeta de cartón azul, la dirección del evento era el Jirón Huanta No. 840 en los Barrios Altos, una de las zonas más tradicionales y populares, pero también deprimidas y miserables, del cercado de Lima. La fecha: el 3 de Noviembre de 1991.

Llegó puntual a las 7, como decía la invitación. El hombre de la puerta, un tipo obeso y descamisado, le indicó pasar al patio de la primera planta. Su tendencia natural lo movió a subir las escaleras de cemento tosco que llevaban al segundo piso.

—¡No, hombre! —exclamó el gordo— ¡Abajo! Los de arriba han alquilado el local para una reunión de trabajo. No quieren que nadie los moleste.

El Champero desanduvo sus pasos con la cabeza gacha y se integró en uno de los grupos que bebía cerveza cerca de una de las parrillas. Cuando el grado alcohólico de la concurrencia había logrado que no distinguiera entre huayno o vals lo que se bailaba, aproximadamente a las once de la noche seis individuos armados, los rostros cubiertos con pasamontañas, irrumpieron con violencia en el edificio. Ordenaron a los asistentes que se tendieran en el suelo. Sin mediar explicación abrieron fuego por espacio de dos minutos matando a 15 de ellos, incluyendo un niño de 8 años, y dejando seriamente heridas a otras cuatro personas. Luego fugaron en dos vehículos. Ante el desconcierto y pavor gene-ralizados alguien corrió a dar parte a la policía, la cual a su llegada encontró 111 casquillos y 33 balas del mismo calibre en la escena del crimen. El Champero, impertérrito, temblando de miedo, salió del baño. Una súbita indigestión, causada por el exceso de aceite en los pollos al barril, le salvó la vida.

Las investigaciones judiciales y los reportajes de la prensa que sucedieron a los hechos revelaron que los sujetos envueltos en el ataque trabajaban para Inteligencia del Estado; habían sido identificados como agentes del Grupo Colina, un destacamento militar formado por miembros de las Fuerzas Armadas, conocido por ejecutar un programa antiterrorista a órdenes del gobierno de Alberto Fujimori y que mediante aquella incursión buscaba eliminar una supuesta conspiración de subversivos senderistas que en realidad tuvo lugar en el segundo piso del inmueble mientras la fiesta se llevaba a cabo en el primero. El Champero nunca se sintió más agradecido a su repentina debilidad estomacal de aquella noche luctuosa.

En la madrugada del 18 de Julio de 1992, apenas dos días después de la explosión del coche bomba a la vuelta de su departamento en Miraflores, regresaba manejando su escarabajo por la Carretera Central. A la altura de Chosica avistó un movimiento extraño. Espoleado por la curiosidad, detuvo el auto a la vera del camino.

Un grupo de hombres fuertemente armados ingresó a las residencias de la Universidad Enrique Guzmán y Valle y forzó a los estudiantes —en su mayoría jóvenes provincianos que venían a Lima para formarse como educadores— a salir de sus habitaciones y echarse boca abajo en el pavimento. Nueve de ellos (7 hombres y 2 mujeres), sindicados como sospechosos de estar conectados al atentado de Tarata, fueron separados y remitidos a una delegación. Uno de los catedráticos también fue arrestado. A ninguno de los diez se les volvió a ver.

Las noticias del día siguiente por la televisión especulaban acerca de una nueva desaparición por motivos políticos. Desalentado frente a su taza de café, antes de partir al trabajo, el Champero recordó lo que su tío, un guardia de seguridad de El Frontón, le confesó durante un almuerzo familiar:

—El Ministro del Interior fue tajante. Palabra por palabra, dijo: “A los asesinos terroristas no los va a amilanar la pena máxima. La gente irrecuperable tiene que ser eliminada de la sociedad. Los sub-versivos deben saber que han herido profundamente al país y que, por ese motivo, han despertado al león”.

El 18 de junio de 1986, los internos de Sendero Luminoso iniciaron un motín en el Pabellón Azul, denunciando un intento de genocidio so pretexto de ser transferidos a una prisión de régimen estricto. Debido a que la presidencia de Alan García había declarado a los establecimientos penales como “zonas militares restringidas”, impidiendo el acceso de jueces y fiscales, los esfuerzos por solucionar pacíficamente la crisis no prosperaron. Se decidió suspender el diálogo e iniciar las acciones para desbaratar el levantamiento. La Marina utilizó no sólo armamento tradicional sino bazucas, morteros, dinamitas y otros explosivos de alto poder. Conseguida su rendición, 118 internos fueron seleccionados y llevados a una zona de la isla llamada “los baños” donde, según los testigos, después de ser torturados con bayonetas fueron asesinados a balazos. La edificación fue demolida deliberadamente al concluir el develamiento.

El Champero tenía fresco el relato de su tío. Para él la única solución era la égira. Aunque tampoco deseaba caer en la humillación de vivir en otro país y terminar mendigando, asaltando o vendiendo drogas como los refugiados cubanos que el 4 de Abril de 1980 invadieron la embajada peruana en La Habana y llegaron a Lima para vivir como perros enjaulados en las carpas extendidas a lo largo de las canchas de fútbol del parque zonal Túpac Amaru en la urbanización San Luis.

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