La cocina del infierno: Comando meón (VI)

Fernando Morote

Víctor Humareda






1986 fue el año del poema en la pared.

—Infidelidad es una fea palabra, Doctor —apuntó el Conde.
—No lo sería tanto si en tu familia hubiera una historia de infidelidades tan abundante y extensa como en la mía.
—¿Muchos?
—Mi papá, mi tío, mi abuelo, mi tío-abuelo, el papá de mi hermana, mi cuñado, yo mismo….

Escrito sobre una tapia de ladrillos blancos, el Doctor jamás imaginó que ese breve texto podría definir su existencia de manera tan precisa. Y generar una insospechada atracción, seguida de comentarios, críticas y polémicas entre los habituales transeúntes de aquella esquina en Pompeya.

Humareda había fallecido una semana antes, el 21 de Noviembre. La muerte del pintor no lo deprimió, ni siquiera lo entristeció; por el contrario lo motivó, lo alentó y extrajo de sus entrañas esos cuatro versos pintados con plumón negro.

—Lo que el Perú necesita es educación —dijo—. Ahí esta la solución.
—Doctor —refutó el Conde—, el gobierno está renovando las fachadas…
—Eso no arregla el complejo de inferioridad, Conde. Tú lo sabes.
—Pura basura…—comentó el Champero.

Salir de un colegio particular para ingresar dos años más tarde a una universidad nacional tuvo un efecto nocivo en el ánimo del Doctor. Trepar una barricada de muebles abandonados para acceder al baño y tener que orinar en un silo pestilente le enseñó lo que significa la cultura del fracaso. Carecer de compañeros con quienes hablar sobre su afición por la tauromaquia lo ilustró sobre la costumbre de la derrota. Nadie conocía al Niño de la Capea, a José Mari Manzanares, a Rafael Puga. No encontraba un cómplice interesado en escuchar que todos los años en Octubre su padre lo llevaba a un tendido de sol en Acho para presenciar la Feria del Señor de los Milagros y que, pese a algunas escenas difíciles de ver, la fiesta ofrecía también gloriosos momentos de arte.

El Conde, mortalmente aburrido, cambió de tema.

—¿No era que fuiste miembro de mesa?

Las elecciones municipales se habían celebrado el fin de semana anterior.

—Me tocó ser presidente —contestó el Doctor.
—Eso fue en el colegio donde tú enseñas, Conde —dijo el Champero—. Ahí lo vi a este huevón, mandungueando a todo el mundo como si fueran sus hijos.
—Los maricones no se presentaron —explicó el Doctor—. Yo llegué temprano y me agarraron mal parado.
—Ah, bueno —bromeó el Conde—. Al menos cumpliste con tu deber cívico.

Al Doctor no le hizo mucha gracia el chiste.

—Lo único que me dieron a cambio fue un almuerzo de mierda.

(Sigue leyendo…)

—–

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