La cocina del infierno: Comando Meón (IX)

Fernando Morote

Nariz

A las cinco de la mañana decidieron continuar el bacanal en las playas de Cerro Azul. Cogieron a sus hembritas y las treparon a la Grand Vitara, un genuino envase de metal con una insuperable economía de espacio. Apretujados, emprendieron el desértico recorrido que los escoltaba desde Punta Hermosa. El objetivo era llegar al despuntar el día y tirar como locos sobre la arena fresca.

No obstante, fallaron al subestimar el cansancio de la jornada anterior. Ingobernables e invencibles, su fantasía era aspirar a la inmortalidad. No fue raro que el Doctor, atontado por el sobregiro de tóxicos y dudosamente identificado como experto conductor, enterrara el pico en plena ruta. Esquivando milagrosamente un poste de telefonía, se despistaron en un campo de cultivo recién regado. Cuatro vueltas de campana incrustaron la camioneta de costado en el fondo de una zanja.

Vecinos de la zona acudieron en su auxilio y, después de bolsiquearles sus pertenencias, los movilizaron a la posta médica local. Allí el Narizón –único pasajero consciente durante los servicios de emergencia- fue informado de la desgracia. Un niño labrador de nueve años, atendiendo su faena de la aurora en compañía de sus padres, había sido embestido y arrollado brutalmente por el descalabro vehicular; su pierna derecha tuvo que ser amputada para salvarle la vida.

-¡Doctor hijo de puta! –masculló- Cómo pude hacerle caso…¡A quién se le ocurre hacer un viaje de 90 kilómetros en estas condiciones!

Sabía que se le venía encima un juicio de indemnización por daños y perjuicios. Entonces recibió la otra noticia que lejos de confortarlo acabó por desbaratarlo.

-¿Sabe cuántos huesos tenemos en la nariz?

“¿Por qué una enfermera arrugada como ésta tiene que hacerme este tipo de preguntas?”, pensó.

-Ni idea –contestó.

-Seis.

-¿Algo malo?

-Todos rotos.

-¿Tendrán que operarme?

-No queda otra.

-¿Aquí?

-Lo trasladarán al hospital de Cañete.

El Narizón sólo mitigó su ansiedad cuando encontró que el profesional esperándolo en el quirófano de ese sanatorio frígido y tugurizado al menos vestía una bata limpia. Volvió a inquietarse cuando notó la ausencia de anestesiólogo en la sala.

-Tranquilo –dijo el cirujano, estirando sus dedos como un concertista-. Déjame ver cómo está esto.

Mientras ese extraño hombre de ojos paternales e insospechado ceño amable introducía el índice y el pulgar en sus fosas nasales, el Narizón recordó la noche en que se empotró contra una pared de Lince por tratar de eludir a un espectro jorobado que repentinamente le saltó al paso. Uno de sus acompañantes salió volando de cabeza por el parabrisas, el otro cayó desmayado en el asiento posterior y él se fue a comer en un chifa para olvidar el mal momento. Asimismo afloró en su mente la imagen de ese camión cisterna cuyo chasis trasero fue lo último que alcanzó a ver, tras ser bruscamente despertado por los alaridos histéricos de la señora a su lado en el colectivo de medianoche, antes de quedar patas arriba sobre la autopista a Chaclacayo.

Ni cuenta se dio cuando concluyó la intervención. Sin instrumentos ni narcóticos, el galeno traqueteó la media docena de piezas óseas en su nariz con la misma plasticidad que él solía agitar los dados en el cubilete cada vez que apostaba en el cachito.

Al final se vio obligado a reconocer el mérito y agradecer la pericia del doctor que, sin proponérselo, además le ahorró el gasto de un tratamiento pendiente para enderezar su prolongado tabique, desviado tiempo atrás por efecto de un pelotazo a mansalva recibido en la cancha de Pompeya.

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