El gallinero

Beatriz Fiotto

gallinas

El reconcentrado olor, movido en el aire. La tierra apisonada por el tiempo. Las moscas. Entre las chapas bajas del techo y el alambrado asoman las plumas anaranjadas de una gallina. La vista empieza a buscar minuciosamente y a identificar las pequeñas superficies de plumas, patas y crestas. Una cabeza se mueve, poniéndose de perfil: la manera ladina de mirar de estas aves.

Desde acá escucho las voces de la casa. Son pocos pasos hasta la cocina. Son breves las voces y los pasos. El camino es corto para decir. Y no hay distancia entre las palabras. Todas juntas, amontonadas entre tanto silencio.

Súper se acerca con el lomo encorvado y moviendo la cola lentamente, el cansancio le llega hasta ahí y el hambre lo cansa. Son pocas las sobras de la casa y hay otros antes que Súper. Yo estoy antes que él, pero cuenta con la suerte de que mi estómago resiste pocas cantidades y compartimos las sobras.

De todos los lugares de la casa, además del más mal oliente, el gallinero es el más desguarnecido.

El gallo corre a una gallina que grita. Todo el tiempo es así. La gallina más chica, “la negra”, ya tiene pelado el lomo. No pone huevos y creo que no va a servir ni para puchero. Cuando las matan es realmente feo. Al principio me escondía abajo de la cama, no quería escuchar los graznidos ni ver lo que pasaba, cerraba fuerte los ojos y me tapaba los oídos.

Corren en círculos y tratan de escapar del gallo, que no decide por ninguna y las corre a todas. Lo miro desde el tejido de alambre, porque una vez entré y empezó a picotearme las piernas. Abría las alas y daba pequeños saltitos, nunca iba a convencerme de que eso era volar, pero los picotazos fueron efectivos: le tengo miedo.

En la casa, el sexo se hablaba en términos de gallos y gallinas. Jamás los vi haciéndolo, ni en el gallinero ni en la casa, así que nunca terminé de entender lo que estaban diciendo.

Las gallinas corren y escapan del gallo, apurándose sobre sus patas chuecas. No miran de frente, mueven el cuello, para adelante y atrás, al andar y su voz suena a queja de  vieja. Me dan bronca.  Siempre encerradas en este gallinero, corriendo, quejándose y poniendo huevos en cualquier lugar. Son desordenadas, gordas y mironas.  Y cuando miran, quieren disimular. Son muy feas. Solamente los pollitos son lindos, los  pollitos sí me gustan. Pero no me gusta el gallo, además una vez me corrió y picó mis piernas, y abrió las alas y  hacía que volaba para impresionar, pero pica fuerte y me dejó las marcas. No me gustan las marcas en la piel, como las que me hacen en la casa.

Me avisan que se van, que no abra a nadie, la casa queda vacía y me gusta así. Entro con Súper, son penumbras en comparación al resplandor del patio.  Veo en el rincón de la cocina la lucecita de la Virgen de Luján, ya gris entre la tierra y la grasa. Me siento en la cama que se hunde bastante. Súper, a mi lado, me lame. Le pregunto si quiere jugar, pero, haciéndose un bollo,  duerme en el centro de la cama. Paso las horas revisando cajones, mirando fotos, ropas, todas esas cosas raras que guardan.  Tengo hambre. Me acuesto con Súper, está calentito.

Me asusta un alboroto, escucho y es el gallinero. Súper se levanta y ladra. El gallo aletea enganchado en los alambres, que están enroscados en las chapas del techo del gallinero. Veo como  algunas plumas caen despacio, de las alas que no para de mover. No me animo a acercarme.  Por momentos está quieto y luego empieza a aletear. Chilla. No sé qué hacer, entro a la casa, miro todo y vuelvo a salir. No se me ocurre cómo callarlo. El gallo desespera pero no muere. Súper no para de ladrar, eriza los pelos del lomo y el cuello como un puercoespín.   Abro para que pueda entrar al gallinero y comer al gallo, le ladra y no quiero mirar ni escuchar. El alboroto es mayor. Delante de mí, a mis pies, veo una rama gruesa, no pienso nada,  sólo la agarro y la descargo sobre el gallo.  No quiero mirar, con los ojos apretados, con profundo asco, golpeo y golpeo, escucho a Súper llorar un momento y  enmudecer. Sólo retumban  los  golpes sobre las chapas.

Las gallinas van a estar tranquilas, no las van a pisar más, vuelvo a pensar en el gallinero, ahora van a estar tranquilas y a “la negra” le van a crecer las plumas.  Me agité, abro los ojos y no entiendo lo que veo, no se reconoce la forma de ese montón de plumas. Súper está junto a la puerta del gallinero, agachado, en su  boca veo sangre pero no sé si es suya o del gallo.  Entro a la casa corriendo y me quedo en  la cama, esperando.  No van a pisar más a nadie, a nadie.

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