Bajo la almohada (I)

Miguel Rodríguez

Almohada

Cuando despertó, aún exhausta del parto, Chantal descubrió que su recién nacida, que dormía a su lado, ya tenía nombre. La matrona lo había escrito en un trocito de papel, que deslizó bajo el extremo de la almohada antes de irse: elle s’appelle Annette. Era un parto prematuro, y la niña había nacido apresuradamente y en silencio, sin el grito homínido que anuncia el primero de los principios de la muerte, como si intuyera que unas horas más tarde ambas se reunirían con Pierre, en una habitación cercana, para verle morir sin palabras, sin una nota bajo la sábana, sin nombres o gritos de por medio.

Aun sin el recuerdo de su primer día, Annette creció con la costumbre de apuntar todo lo que pasaba en su vida, y también lo que no pasaba y que le parecía igualmente real. De su madre no sabía mucho: de niña iba con ella a todas partes, tomaba nota de las calles por las que pasaban, las tiendas, los productos que compraban, pero no hablaban mucho. Tampoco pudo dar cuenta al crecer de si tenía amantes o cambiaba de trabajo de vez en cuando. Con los años, en su mapa mental, se fue dibujando un espacio de la ciudad que nunca habían visitado, algo geográfico y afectivo que su madre siempre había evitado. Tan pronto comprendió que nunca le hablaría de ello, Annette alquiló un apartamento y se marchó de casa. Se despidió de su madre con una nota que colocó cerca de la almohada.

No fue allí de inmediato. Aprovechó su facilidad anotadora para procurarse un trabajo de correctora en un periódico, y unos meses después decidió ir recubierta de sus propios enigmas, ya que no de conocimiento. Las mujeres no solían ir solas a aquella zona de la ciudad a no ser que fueran putas. Quizás por eso su llegada levantó tanta expectación en los presentes, que interrumpieron la bronca y el griterío ante tal aparición. Annette llegó igual que nació: inesperadamente y en silencio, aunque aquel día no murió nadie.

Nada más verla, los hombres se retrajeron y pensaron que aquella dama sin duda tenía algún tipo de desorden mental o estaba muy desorientada, de otra forma nunca iría a dar allí. Era guapa, muy guapa, y grácil en el moverse, hasta relegar la belleza a un segundo plano. La observaron acercarse al garçon para pedir té y galletas, y sentarse a la mesa como si ordenara o dispusiera desde allí su trabajo de edición, esperando a que los hombres fueran pasando uno por uno por allí, por ella, como por las putas solo que sin serlo. Los hombres respiraron el olor de su pelo, casi rojo, y comprendieron que debían cuidar de aquella criatura que se había colado, no sabían por qué, en la parte baja del puerto y de sus vidas. Se ató el pelo en una coleta y les miró como diciendo: “Ya podemos empezar”. Estaba llena de pecas y de papelitos con apuntes absurdos en una caligrafía perfecta y educada. Llena de enigmas. Hay poco que seduzca más a un hombre que un enigma.

– ¿Ha visto alguna vez a alguien como yo por aquí? Piense en los últimos 20 años.

– ¿Como usted… de loca, de pelirroja? ¿Alguien que sepa leer y escribir?

Los hombres se daban turno para acceder a sus preguntas, sólo por oírle hablar, por escuchar aquella gramática purísima que no sabían que existía, aquel acento que daba un giro a los pensamientos que hasta entonces desconocían sobre ellos mismos. Pero ninguno sabía bien de qué hablaba, ni comprendía el motivo de venir aquí, día tras día como las putas, pero sin serlo, a hablar, a escuchar, sin más armas que su lápiz, su pelo inevitable y su trenza de té con galletas. Meses después, comenzó a espaciar las visitas, como con los amantes con los que decrece la pasión y se mantiene el cariño, una vez a la semana, luego un par de veces al mes, pero siguió yendo durante años. Con el tiempo, aquél lugar se convirtió en parte de su familia, la que había muerto, y en parte de su vida, que envejecía sin solucionar los enigmas que la devoraban por las noches. Aquél lugar, el obviado, se iba convirtiendo en una segunda naturaleza. Hasta que un día, alguien mencionó algo distinto que le afiló la intuición.

– Una vez mi abuelo me enseñó cómo matar a un hombre.

Era Rudo. Iba muy de vez en cuando y nadie peleaba con él. Nadie le conocía otros nombres, ni tenía demasiado claro quiénes eran sus padres, tal vez había nacido directamente de su abuelo.

Annette escuchó a Rudo del tirón, como si su recuento de la historia encajara a ciegas con sus entrelíneas de oficina y puerto. Este hombre guardaba algún secreto cuyo significado aún no comprendía, y día tras día le escuchaba tratando de dar con el misterio, más allá de desmenuzar un procedimiento asesino bastante rudimentario, por otra parte. Hacía muchos años que había abandonado su motivo inicial, conocer la parte de la ciudad y de la vida que su madre la negó, y aceptado otros más ligeros: escribir las cartas para las amantes que los hombres tenían en otros puertos, ir conociendo a sus hijos, ir enterrando a sus padres. En cada ocasión, depositaba una pequeña nota de papel con el último secreto, el último abrazo de la persona que despedía a los suyos.

– ¿Qué quieres que ponga, querido?

– Dígale que no me olvide aunque esté muerta.

– Tú estás loco. Lo sabes, ¿verdad?

– Ya, bueno… pero, ¿se lo va a poner o no?

La vida y la muerte se resuelven en preguntas. A veces, también en papeles.

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